«Nana en el día de los Inocentes», de Víctor Manuel Arbeloa

Víctor Manuel Arbeloa (Mañeru, Navarra, 1936- ) es otro escritor que se ha acercado con mucha frecuencia a la temática de la Navidad, en una doble faceta de estudioso y de poeta, según quedó consignado en una entrada anterior. En otra ocasión, también un 28 de diciembre, he recordado su «Villancico cruel a un subnormal no nacido». Para el día de los Santos Inocentes de este año copio otro poema ad hoc, su «Nana en el día de los Inocentes», correspondiente a la sección «Poemas inéditos» de su poemario La otra Navidad (1996). La composición es sencilla y no requiere mayor comento.

La matanza de los inocentes, de Pedro Pablo Rubens
La matanza de los inocentes, de Pedro Pablo Rubens.

Día de los Inocentes

Tengo miedo al fantasma
que anda de noche
asustando a los niños
que no conoce.
No es un fantasma, mi niño,
sólo es un hombre.

—Tengo miedo al dragón
que vuelve al monte
con los niños que roba
y los esconde.

—No es dragón, niño mío,
que sólo es hombre.

—Tengo miedo a los lobos
negros del bosque
que se llevan los niños
y se los comen.

—No son lobos, mi niño…
Duerme…
¡¡Son hombres!![1]


[1] Cito por Víctor Manuel Arbeloa, Obra poética (1964-2010), prólogo de Jesús Mauleón, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo, Institución Príncipe de Viana), 2010, p. 786.

El «Villancico que repite la letanía de siempre», de Jesús Górriz Lerga

El nombre de Jesús Górriz Lerga (Pamplona, 1932-2016) ya se había asomado a este blog como fino cultivador poético de la temática navideña, al tratar precisamente de «La Navidad de los poetas navarros». Todo un poemario suyo está dedicado a esta materia; me refiero a Memorial del gozo (Pamplona, edición del autor, 1994), título significativo, porque gozo e inmensa alegría es lo que nos trae la Navidad. Como certeramente escribe Miguel dʼOrs,

Memorial del gozo es una colección de villancicos (en el hoy usual sentido navideño del término), que prolonga una tradición, casi tan antigua como la poesía española misma, en que brilla una larga teoría de figuras ilustres, desde Gómez Manrique, Fray Ambrosio Montesino, Fray Íñigo de Mendoza, Juan del Encina y otros poetas de hacia 1500 —de nombre conocido o no— influidos por el franciscanismo y la “devotio moderna” hasta contemporáneos jóvenes, como José Mateos o Abel Feu, pasando por Lope de Vega, Góngora, Gerardo Diego, Luis Rosales, Aquilino Duque o los hermanos Murciano; una tradición —no puedo dejar de notarlo— considerablemente viva entre los poetas navarros de la segunda mitad del siglo XX, supongo que en gran parte a causa del fuerte sustrato católico, y aun sacerdotal en no pocos casos, que los caracteriza[1].

En esa entrada anterior ya quedaron transcritos algunos poemas suyos como el «Villancico del anuncio gozoso», el «Villancico del vagabundo», el «Villancico del corolario que resume el gozo», los «Gozos para entonar en la Nochebuena» y el «Romancillo de la Natividad del Señor». Hoy transcribo su «Villancico que repite la letanía de siempre», perteneciente a ese mismo poemario, Memorial del gozo, que se construye como una acumulación de vocativos dirigidos a la Virgen María, como una letanía, entre los que destacan los nombres de flores a Ella aplicados (clavelina, retama, camelia, rosa, buganvilla, azucena…).

Jan Brueghel el Joven, Virgen con el Niño
Jan Brueghel el Joven, Virgen con el Niño.

La emotividad del texto se refuerza por el empleo de diminutivos (doncellica, galanica, virgencica), en tanto que el uso del hexasílabo (romancillo, pero con rima diferente en cada estrofa) dota de grácil musicalidad al poema.

A la clavelina,
a la perla fina.
(Lope de Vega)

Clavelina blanca,
doncellica hermosa
retama florida,
florecida rosa
que donáis de amores
lo que de graciosa.

Estrella del alba,
camelia bendita,
preciosa entre todas,
que disteis la vida
al Dios del Eterno
para su venida.

Limpia como el oro,
madre virginal,
galanica y bella,
rosa en su rosal,
que nos dais al niño
celeste y mortal.

Clavelina blanca
flor de buganvilla,
virgencica guapa,
serena y sencilla,
que dais a la tierra
tan buena semilla.

Azucena abierta,
granada crecida,
sol del Sol más claro,
perla, la más fina…[2]


[1] Miguel dʼOrs, introducción a Jesús Górriz Lerga, Obra poética (1950-2006), Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo, Institución Príncipe de Viana), 2006, p. 23.

[2] Lo cito, con algún ligero retoque, por Jesús Górriz Lerga, Obra poética (1950-2006), p. 189. 

«Villancico del niño caribe», de Leopoldo Panero

Leopoldo Panero (Astorga, León, 1909-Castrillo de las Piedras, León, 1962) es autor que cultivó en algunas ocasiones el tema navideño. Así, cabe recordar títulos como «Villancicos del jinete iluso» (de Poemas sueltos, 1, 1939-1949); «Villancico del Niño caribe» (de Poemas sueltos, 2, 1950-1962); «Navidad de Caracas» y «Nochebuena del Ávila» (de Navidad de Caracas y otros poemas, 1955); «Villancico de la Navidad errante» (de Romances y canciones, 1960), «La nieve en Navidad» o «Nochebuena muerta» (de Poemas inéditos. Poemas varios).

Natividad-Murillo
Natividad del Señor, de Bartolomé Esteban Murillo.

Reproduzco hoy su «Villancico del niño caribe», que adopta la forma métrica de la seguidilla arromanzada (7- 5a 7- 5a), con rima á a.

A Gastón Baquero

¡Navidad del Caribe,
lejos de España!
¡Navidad de las islas,
vaivén del agua!

… Navidad de otros niños,
y de otras caras,
que esperan el milagro
de hoy a mañana.

Mi errante Nochebuena
no tiene escarcha;
sin cierzo está el pesebre
y el chopo es palma.

¡Ay, corazón a solas,
lumbre lejana!
… Movidas por los remos
van mis palabras.

Con el son de la espuma
la madrugada,
un niño entre los brazos,
mece mi alma.

Que a todos esta noche
toque con alas
y con risa de niño,
canta que canta.

Un solo nacimiento,
solo una casa
de agrupada ternura
la noche santa[1].


[1] Lo tomo de Mundo Hispánico, año XIII, núm. 142, enero de 1960, p. 23, retocando ligeramente la puntuación y manteniendo, en el título, la minúscula en la palabra caribe (en otras ocasiones se edita con mayúscula, Caribe). Puede verse también en Leopoldo Panero, Obra completa. Poesía I, ed. crítica de Javier Huerta Calvo con la colaboración de Javier Cuesta Guadaño y Juan José Alonso Perandones, Astorga, Ayuntamiento de Astorga, 2007, pp. 489-490. María José Cordero musicó este texto, y otros poemas de Panero, cantados al piano, en su espectáculo Leopoldianas (2015).

«Zagalejo de perlas, / hijo del Alba», villancico de Lope de Vega

Hoy en Belén de Judá
os ha nacido el Salvador.

Vaya para este gozoso día de Navidad otro villancico de Lope de Vega, incluido también en Pastores de Belén (como otros ya recogidos en el blog: «De una Virgen hermosa / celos tiene el sol», «Nace el alba María, / y el Sol tras ella» o «Campanitas de Belén»). Antonio Carreño nos recuerda el contexto narrativo en que se inserta este poema:

Canta esta composición Aminadab, el hombre «leído y sabio en las divinas letras» y «después de haberle dicho mil amorosos requiebros, bastantes a enternecer las piedras de aquellos muros, cuánto más los corazones de aquellos santos pastores». Le acompaña Palmira con su voz e instrumento (ff. 401-402). Es este villancico una de las más destacadas nanas a lo divino de la lírica española[1].

Y en nota a los vv. 1 y 9 explica:

Es Zagalejo de perlas porque ha nacido del Alba, que es María, de ahí la asociación con las perlas. Se creía que estas nacían del rocío que dejaba el alba al salir el sol.

El Pastor como el Cordero son imágenes iconográficas que ha consagrado la liturgia en himnos y en representaciones plásticas.

Sandro Botticelli, Virgen del libro
Sandro Botticelli, Virgen del libro.

Una vez más, el Fénix nos brinda un villancico que es pura delicadeza, una composición plena de ritmo y musicalidad:

Zagalejo de perlas,
hijo del Alba,
¿dónde vais, que hace frío
tan de mañana?

Como sois lucero
del alma mía,
al traer el día
nacéis primero;
Pastor y Cordero
sin choza y lana,
¿dónde vais, que hace frío
tan de mañana?

Perlas en los ojos,
risa en la boca,
las almas provoca
a placer y enojos;
cabellitos rojos,
boca de grana,
¿dónde vais, que hace frío
tan de mañana?

Que tenéis que hacer,
pastorcito santo,
madrugando tanto
lo dais a entender;
aunque vais a ver
disfrazado el alma,
¿dónde vais, que hace frío
tan de mañana?[2]


[1] Antonio Carreño, en su edición de Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, Barcelona, Crítica, 1998, p. 611.

[2] Lope de Vega, Pastores de Belén. Prosas y versos divinos de Lope de Vega. Dirigidos a Carlos Félix, su hijo, en Madrid, por Juan de la Cuesta, año 1612, fol. 203. Lo cito por Rimas humanas y otros versos, ed. de Antonio Carreño, núm. 298, p. 611, con ligeros retoques en la puntuación (añado coma al final del verso 2, y también coma tras vais en el estribillo). 

«Nace el alba María, / y el Sol tras ella», villancico de Lope de Vega

¡Gloria a Dios en las alturas
y paz en la tierra a todos los hombres
de buena voluntad!

Vaya para este día de Nochebuena un villancico del Fénix, perteneciente a Pastores de Belén (como otros ya recogidos en el blog en años anteriores; ver, por ejemplo, «De una Virgen hermosa / celos tiene el sol», o «Campanitas de Belén»). Explica su editor moderno, Antonio Carreño:

Canta este villancico Palmira, que con Aminadab mueve el discurso narrativo de esta novela pastoril a lo divino. El drama de la redención está alegóricamente aprisionado en este villancico: María es concebida por una gran luz que penetra su vientre; se anuncia la epifanía y el destierro alegórico de la noche ante la figura mesiánica del que va a nacer: Cristo[1].

Y en nota a los vv. 1-2 añade:

En términos lumínicos y cósmicos se establece la alegoría del nacimiento de María (Alba) y con ella la promesa de Cristo (Sol), que al nacer desterrará el pecado de nuestras vidas, idea que refuerza el estribillo (vv. 3-4, 11-12, 19-20 y 27-28).

Natividad

Como tantas otras composiciones de temática navideña de Lope de Vega, este villancico tiene toda la gracia y sencillez de la mejor poesía popular:

Nace el alba María,
y el Sol tras ella,
desterrando la noche
de nuestras penas.

Nace el Alba clara,
la noche pisa,
del cielo la risa
su paz declara;
el tiempo se para
por sólo vella,
desterrando la noche
de nuestras penas.

Para ser señora
del cielo, levanta
esta niña santa
su luz como Aurora;
él canta, ella llora
divinas perlas,
desterrando la noche
de nuestras penas.

Aquella luz pura
del Sol procede,
porque cuanto puede
le da hermosura
el alba segura
que viene cerca,
desterrando la noche
de nuestras penas[2].


[1] Antonio Carreño, en su edición de Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, Barcelona, Crítica, 1998, p. 606.

[2] Lope de Vega, Pastores de Belén. Prosas y versos divinos de Lope de Vega. Dirigidos a Carlos Félix, su hijo, en Madrid, por Juan de la Cuesta, año 1612, fol. 19. Lo cito por Rimas humanas y otros versos, ed. de Antonio Carreño, núm. 295, pp. 606-607 (modifico la puntuación del v. 24).

Poesía de Adviento: «Espera la Virgen pura», de Francisco Vaquerizo

La Virgen sueña caminos,
está a la espera…

Mañana ya es Nochebuena, pero hoy todavía estamos en tiempo de Adviento, de espera para la llegada del Niños-Dios, el Emmanuel (ʽDios con nosotrosʼ), el Salvador del mundo. Vaya, pues, para cerrar este tiempo de preparación espiritual el poema «Espera la Virgen pura», de Francisco Vaquerizo. El poema (42 versos de romance con rima é e) tiene la musicalidad y la gracia de la mejor poesía tradicional navideña. La repetición del verso inicial, «Espera la Virgen pura…», además de incidir en esa gozosa espera (espera que es esperanza) de María, contribuye igualmente al ritmo de la composición. Se trata de una poesía sencilla y emotiva, que no requiere mayores notas explicatorias[1].

VirgenEmbarazada

Espera la Virgen pura,
el momento ya inminente,
en que dé a luz al Infante
que ha concebido en su vientre,
porque va a nacer el día
veinticuatro de diciembre.
En la grávida doncella[2]
un gozo especial se advierte
y hay un brillo en su mirada
que sobrepasa con creces
la belleza y el candor
que imaginarse uno puede.
Espera la Virgen pura,
el momento ya inminente,
en que la familia humana,
sumida en sombras de muerte[3],
con la venida del Niño,
la claridad recupere
y se sienta hija de Dios
y heredera de sus bienes.
Espera la Virgen pura,
el momento ya inminente,
en que aparezca en la tierra
el que será Rey de Reyes
y el que abra al hombre las puertas
de las moradas celestes[4].
Mientras llega ese momento,
la esperanza la mantiene
en una íntima vigilia
de ternuras y quereres,
siempre atenta a los anuncios
que a su Niño se refieren
porque sabe a ciencia cierta
que, ya en el mismo Pesebre,
será preciso que empiece
a cumplir con sus deberes.
Gozosa mira a José,
ensimismada y silente,
mientras piensa que su Niño
llenará el globo terrestre
de amor e instaurará un reino
que durará eternamente.


[1] Publicado en la revista Ecclesia el 7 de diciembre de 2014: «“Espera la Virgen pura”, poema de Adviento con María, por Francisco Vaquerizo», de donde lo tomo.

[2] grávida doncella: bella formulación; grávida vale ʽencinta, embarazadaʼ.

[3] sumida en sombras de muerte: alude al pecado y, por extensión, a todo el mal que se extiende por el mundo. La antítesis sombras / claridad es evidente.

[4] el que abra al hombre las puertas / de las moradas celestes: Cristo, con su muerte y resurrección, redimirá al género humano.

«Guerra a la guerra» de Manuel García y «Miserias» de Rafael Perpiñán, dos piezas de teatro proletario español de la preguerra

Guerra a la guerra de Manuel García y Miserias de Rafael Perpiñán[1] son dos piezas en un solo acto, una en verso, la otra en prosa, pero, en cualquier caso, de estructura y lenguaje muy sencillos. La calidad literaria, obvio es decirlo, es mínima, pues importa mucho más el fondo que la forma: se trata de transmitir un mensaje ideológico (comunista o socialista), que viene a coincidir en ambas obras: un ataque a la guerra (como en Hinkemann, de Ernst Toller), causa de casi todos los males que amenazan a los trabajadores; y un mensaje de unión y solidaridad para hacer frente a esos problemas y plantear una defensa de los intereses comunes del proletariado, frente a la burguesía y los demás poderes o estamentos que lo alienan y explotan. En definitiva, antibelicismo, pacifismo a ultranza, proclamas de la Internacional Obrera.

Tercera Internacional Obrera

En ambas obras el número de personajes se reduce a dos, el mínimo imprescindible para que se produzca un diálogo (más que tratarse de un intercambio de opiniones, las de un interlocutor vienen a reforzar las del otro, pues ambos coinciden en sus premisas). Apenas hay acción representada, sino que lo que cuenta es el mensaje encerrado en las palabras de los personajes, lo que da a las obras cierta sensación de estatismo y un tono reflexivo, discursivo.

Hay algunas coincidencias de tipo estructural y en los recursos utilizados. En primer lugar, dos detalles secundarios: las acotaciones se reducen al mínimo imprescindible para consignar algún dato de interés acerca del decorado o del aspecto físico de los personajes (por otra parte, es de suponer que las obras se representarían con gran escasez de medios, con escenarios desnudos o estilizados que, en cualquier caso, el objeto de la obra hace innecesarios o superfluos). En segundo lugar, se da la circunstancia de que algunos hechos o sonidos que ocurren fuera de escena provocan o impulsan la acción: en Guerra a la guerra, los cánticos y músicas militares dan pie a la reflexión del abuelo sobre la guerra; en Miserias, los cantos felices de unos niños provocan los pensamientos pesimistas de Fernando y Alberto.

Más interesante es la coincidencia exacta en ambas piezas en un recurso melodramático, a saber, la orfandad del protagonista (si cabe hablar de «protagonistas» en estas obras) motivada por la guerra: el nieto y Fernando han perdido a sus padres en una guerra que sucedió unos años antes del momento en que se plantea la acción: el padre en las trincheras, la madre, traspasada por el dolor al recibir la noticia. En Miserias se añade otro rasgo típico del melodrama: la anagnórisis final o reconocimiento de la verdadera identidad de una persona por una prenda, en este caso, un medallón.

Otro aspecto en el que coinciden ambas obras es la «ingenuidad» con que están trazadas sus acciones. Por ejemplo: en Guerra a la guerra, el niño de diez años, aparte de actuar de forma reflexiva, madura, queda inmediatamente convencido por el ideario comunista tras la breve explicación de su abuelo, y se muestra decidido a ser un luchador más del partido. En Miserias, Fernando va a lanzarse iracundo sobre el asesino de su padre (e, indirectamente, de su madre) pero se detiene un momento, hay una breve transición y, acto seguido, en lugar de golpearle, le perdona y pronuncia un discurso en el que reconoce que Alberto es inocente, pues él también es una víctima más del sistema, etc.

En cuanto al lugar de representación y al permiso para la misma, Guerra a la guerra estaba organizada por la Agrupación Cultural Deportiva de Artes Blancas y se pensaba realizar, pues fue prohibida, en el Teatro Rosales. Miserias, presentada por el secretario del Círculo Socialista (Zonas Centrales. Distritos Latina-Inclusa), sí obtuvo el correspondiente permiso para representarse exclusivamente en el sitio indicado, la Casa del Pueblo. A las autoridades políticas (recordemos que en las elecciones de 19 de noviembre de 1933 había triunfado la C.E.D.A.) interesaba controlar la repercusión social de estas obras, de forma que era más fácil que se autorizase la representación en un local pequeño y al que asistirían los propios miembros del grupo o partido (casa del pueblo, casino…) que la representación en un local o teatro público, donde el efecto proselitista podía ser más amplio, más difícil de controlar y, por lo tanto, mucho más peligroso y subversivo.

Por último, un dato me llama la atención: ambas obras, que van a ser representadas en diciembre de 1935 y marzo de 1936, respectivamente, están fechadas en febrero y abril de 1934, es decir, por lo menos año y medio antes. ¿Es posible que por esas fechas, finales del 35 y la «primavera caliente» del 36, al vislumbrarse por el enrarecido ambiente nacional la proximidad de la guerra civil, se recuperaran algunos textos anteriores que son precisamente un ataque a la guerra?[2]


[1] Agradezco al Dr. Víctor García Ruiz (Universidad de Navarra) su amabilidad al proporcionarme las copias xerográficas por él obtenidas de estas dos obras.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Notas sobre el teatro proletario español de la preguerra: Guerra a la guerra y Miserias», Rilce. Revista de Filología Hispánica, 11.1, 1995, pp. 68-87.

Teatro proletario español de la preguerra: «Miserias» de Rafael Perpiñán (y 2)

Las miserias a las que hace referencia el título de la obra de Rafael Perpiñán[1], comienzan a explicitarse en las primeras palabras de Fernando: «¡Flores, amadas flores! Vosotras, que sois testigos de tantas risas y tantos juegos, ¿por qué no me contáis también los dolores de los pobres desheredados de la fortuna, como yo? […] ¿Acaso os da vergüenza de amparar tanta miseria?». Las palabras del libro que está leyendo son también significativas: «No más guerras. Los hombres han nacido para amarse y no para odiarse. No; paz, siempre paz; guerra, jamás», palabras que Fernando comenta con estas otras: «Dice bien; la guerra es odiosa; hay que combatir con las armas de la inteligencia contra ella; y, sobre todo, contra los creadores de ella».

A continuación se escuchan unos cantos de niños y, tras elogiar la candidez de la niñez, Fernando deja paso a sus tristes recuerdos: cuando él tenía nueve años, estalló una guerra; los soldados, entre ellos su padre, marcharon al combate: «Y de pronto, ¡Horror! Las ametralladoras desgranando su horrible tableteo y muchas vidas segadas. ¡Mi padre! … (TRANSICIÓN) Nada de él volvimos a saber; mi madre, tronchada por el dolor, ¡muerta! Yo, huérfano».

En esto llega Alberto, «tipo vagabundo; representa 40 años. Aspecto fatigado»; se sienta en el mismo banco y entabla conversación con Fernando; vuelven a oírse los cánticos de los niños, lo que hace exclamar al recién venido:

Y quién sabe lo que les quedará por pasar. ¡Pobrecillos! ¡En cuanto seáis mayorcitos, comprenderéis lo dura que es la vida! La lucha tan cruenta que hay que librar con infinidad de factores, que se interponen en la vida del trabajador. ¡Miserias! ¡Hambre! ¡Frío! ¡Desolación! ¡Tristezas y amarguras! ¡Ya veréis las risas en qué van a quedar!

A continuación lee en un periódico la noticia de que se ha encontrado en el campo a una mujer gravemente enferma, que pronto morirá, con su hijo pequeño muerto entre sus brazos, lo que hace exclamar a Fernando:

¡Maldita vida! ¡Qué mal repartida está! Mientras unos se mueren de necesidad, una minoría de avaros, desaprensivos y canallas están con toda clase de comodidades y de lujos. ¡Maldita vida! ¡Qué despreciable eres!

Alberto le dice que no se desespere, que su vida puede dar fruto puesta al servicio de los humildes y desamparados; la suya, en cambio, no: «Mi vida ha dejado de serlo. Me la cercenó el egoísmo humano». Fernando y Alberto se identifican en sus respectivos sufrimientos: «Veo que nos identifica el dolor»; Fernando le pide a Alberto, su nuevo compañero —«permita que le dé este fraternal nombre», dice— que le explique su pena, pues las penas compartidas lo son menos. Él, para animarle a hablar, le cuenta que es un huérfano, que hoy camina por el mundo «como un detritus», y que no tiene trabajo: «Y por corolario, solo encuentro el desprecio y el desamparo de una sociedad en aras de la cual fueron sacrificados mis más caros afectos». Alberto lanza entonces nuevos denuestos contra la guerra:

¡El furor bélico! ¡La guerra! ¡Maldita guerra! ¡Su fantasma me sigue!; y si a usted le sumió en la miseria y en la orfandad, a mí me hizo más: llenó mi vida de remordimiento y me obligó a expatriarme de una tierra que defendí palmo a palmo, y de cuya defensa solo pude sacar la vida. (RECONCENTRADO) ¡Que más valiera que la hubiese dejado también!

Animado por las preguntas de Fernando, Alberto explica que es extranjero y que, por tanto, peleó en el bando contrario al del padre de su interlocutor. Vienen después nuevas imprecaciones contra la guerra: «¡Odiosa guerra! ¡A los hombres los convierte en fieras!».

Sigue contando Alberto cómo un día, después de un terrible combate cuerpo a cuerpo, vio que un hombre con la pierna rota se arrastraba hacia él; entonces dos ideas cruzaron por su mente: la primera, que quería disputarle el único sitio seguro que allí existía, una letrina; la otra, que tenía unas botas de cuero que le vendrían muy bien por haber perdido las suyas; entonces se dejó llevar por su instinto de supervivencia y, en vez de prestar socorro al herido, le aplastó el cráneo; además de las botas, su ración, sus armas y municiones le tomó un medallón que todavía conserva, porque busca sin descanso a la mujer de la fotografía: «Necesito descargar mi corazón ante ella; que me perdone o me maldiga; sin eso no tendrá paz mi espíritu». Se lo muestra y, como podíamos imaginar, resulta que es la madre de Fernando (por tanto, aquel desgraciado al que mató, su padre). Alberto cae de rodillas ante Fernando, este alza los brazos para golpearle, pero tras una transición le dice:

¡No, alzad! ¡Víctima tú y víctima yo! ¡No! ¡Tú no eres el culpable! ¡Los culpables son los que provocaron la guerra! ¡La burguesía sin entrañas, que convierte a los hombres en fieras, para alimentar sus arcas con la miseria moral y material de los trabajadores! ¡Alzad! ¡Que la venganza hemos de tomarla juntos los trabajadores!

En ese momento se empieza a escuchar «La Internacional» y se produce la última réplica de Alberto: «Que nuestro dolor sirva de palanca para remover los países con la Revolución social, que haga imposibles las guerras y la miseria de los trabajadores del mundo»[2].


[1] Agradezco al Dr. Víctor García Ruiz (Universidad de Navarra) su amabilidad al proporcionarme la copia xerográfica por él obtenida de esta obra. En las citas restituyo algunos acentos y signos de puntuación que faltan.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Notas sobre el teatro proletario español de la preguerra: Guerra a la guerra y Miserias», Rilce. Revista de Filología Hispánica, 11.1, 1995, pp. 68-87.

Teatro proletario español de la preguerra: «Miserias» de Rafael Perpiñán (1)

Esta obra, mecanografiada[1], presenta un sello de entrada en la Dirección General de Seguridad, Asuntos Generales, de 6 de marzo de 1936[2]. A mano figura escrito: «Estreno día 8 a las 17 horas en velada teatral Casa del Pueblo. Solicitado por el Secretario del Círculo». Se adjunta el siguiente informe de la Sección de Asuntos Generales:

Examinada la obra teatral titulada MISERIAS, original de D. Rafael Perpiñán, cuyo estreno se anuncia para el día 8 de los corrientes en velada teatral de la Casa del Pueblo de Madrid, resulta: Que el diálogo se mantiene y sustenta la ideología peculiar del Círculo solicitante del oportuno permiso. Teniendo en cuenta que el fondo ideológico referido de la obra se ha de desarrollar en el teatro societario a que se ha hecho referencia, sin que fuera de su ideología dicha contenga ataques alusivos a Instituciones, Autoridades o sus Agentes, esta sección estima que / PROCEDE: Autorizar el estreno de la referida obra y su representación en el teatro de la Casa del Pueblo, y no en otros lugares en donde la exaltación de la ideología de los componentes de la misma puedan [sic] herir susceptibilidades de otras ideologías, igualmente respetables para este Centro directivo, que pudieran ser causa o motivo de alteraciones de orden público, que a todo trance y como función principal de esta Dirección deben preveerse e impedirse. / Madrid, 7 de marzo de 1936. El Letrado [sigue la firma]

A continuación se añade: «CONFORME: Elévese al Iltm.º Sr. Secretario General, a sus efectos. [firma] 9 de marzo de 1936»; y después: «Visto el informe de la Sección de Asuntos Generales, autorícese la representación de la obra en el lugar indicado. EL DIRECTOR GENERAL [firma]».

Latina

Miserias es un «Diálogo en un acto y prosa», a cuyo frente va la siguiente dedicatoria: «Dedico este diálogo a las compañeras Alejandrina Serrano, Sagrario Fernández y al cuadro Artístico del Círculo Socialista LATINA INCLUSA»[3]. Esta dedicatoria parece indicar que el autor es un miembro de dicho Círculo Socialista[4]. Se trata, como indica el subtítulo, de una obra en prosa. Comienza con un monólogo de Fernando, hasta que llega el segundo y último personaje, Alberto, y se entabla el diálogo. Como en el caso de Guerra a la guerra de Manuel García, tampoco aquí hay acción en sentido estricto, pues apenas sucede nada en el escenario, siendo lo más importante el mensaje que se comunica a través de las réplicas de los personajes[5].


[1] Agradezco al Dr. Víctor García Ruiz (Universidad de Navarra) su amabilidad al proporcionarme la copia xerográfica por él obtenida de esta obra. En las citas restituyo algunos acentos y signos de puntuación que faltan.

[2] Sin embargo, la fecha que figura al final del texto es «Madrid, 4 de abril de 1934».

[3] En efecto, todas las hojas van selladas con un cuño del «Círculo Socialista. Zonas centrales. Distritos Latina Inclusa».

[4] Viene después, tras la indicación DECORADO, la siguiente acotación: «Un parque público; en el parque, un banco. Es por la mañana. Fernando, con un libro entre las manos, permanecerá en actitud preocupada. Tiene aspecto de obrero ilustrado, sin trabajo».

[5] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Notas sobre el teatro proletario español de la preguerra: Guerra a la guerra y Miserias», Rilce. Revista de Filología Hispánica, 11.1, 1995, pp. 68-87.

El conde de Villamediana en «Villamediana» (2008), de Ignacio Gómez de Liaño (2)

Tal como señala la acotación inicial, la acción de Villamediana[1] transcurre desde el 31 de marzo de 1621 hasta el 21 de agosto de 1622, valga decir desde el momento de la muerte de Felipe III y el levantamiento del destierro a Villamediana hasta el día de su asesinato. Se insiste en este texto en las notas habituales del retrato del conde, quizá incidiendo más en la osadía y el atrevimiento, junto con el aprovechamiento de los mitos de Ícaro y sobre todo de Faetón.

Faeton.jpg

Aquí Villamediana se enamora de la reina y la reina de él. El segundo acto culmina con la escena del incendio de Aranjuez: Villamediana saca a doña Isabel en brazos y ambos se dan un beso, mientras el bufón Soplilo mira a Villamediana con envidia. Cabe destacar algún diálogo amoroso de Villamediana y la reina Isabel, como por ejemplo este:

LA REINA.- (Después de una larga pausa.) Amar, sufrir, callar…, ¡cosa singular eso de amar y ser poeta! Como poeta aspiráis a decirlo todo, pero una fuerza misteriosa os obliga a callar…

VILLAMEDIANA.- Bulle en mi corazón una inquietud que nunca halla reposo, un fuego que me devora y trata de declararse en vano, un ansia de volar siempre más alto. Pero no quiero sólo cantar, señora, sino también obrar, hacer realidad los hermosos paisajes de una España y una monarquía renovadas que atesoro en mi interior. Que el rey sea Júpiter y yo el Mercurio que le abre el camino en esta gran empresa.

LA REINA.- Hay algo frágil e infantil en los poetas que parece estar reñido con las severas funciones del hombre de Estado. Mientras que éste tiene como jurisdicción la realidad, para el poeta sólo parecen contar los sueños…

VILLAMEDIANA.- Mas hay poetas, señora, para los que los sueños no descansan hasta encontrar el camino de hacerse realidad. En el horizonte que diviso, con la Ciudad del Sol surcando el firmamento de España, el Reino y la Poesía están destinados a abrazarse y fundirse. ¿No anheláis, Majestad, que el sueño del poeta haga fértil la realidad de la que se ocupa el hombre de Estado? (pp. 112-113).

Estos amores constituyen un peligro para la monarquía y Olivares no está dispuesto a consentirlos. La muerte del conde es ordenada por el valido, pero cuenta con la venia del rey. Interviene en la obra el personaje de Francisca de Tavara, pero su presencia no es demasiado destacada (Villamediana hace de tercero para los amores reales y prepara una cita con la portuguesa). Sí adquiere cierta importancia el personaje de Quevedo, que aparece reprendiendo y afeando la conducta de Villamediana, su enemigo desde el punto de vista literario.

Otro detalle interesante es la insistencia en el carácter melancólico del conde en sus últimos meses de vida, así como su afición a la astrología. Gran importancia a lo largo de la acción tiene un objeto simbólico, la rosa de diamantes que unos nigromantes entregan a Villamediana y que se verá ensangrentada en el momento de su muerte[2].


[1] Las citas son por Ignacio Gómez de Liaño, Hipatia, Bruno, Villamediana: tres tragedias del espíritu, Madrid, Siruela, 2008.

[2] Ver para más detalles mi trabajo «“La verdad del caso ha sido…”: la muerte del conde de Villamediana en cuatro recreaciones dramáticas (1837-2008)», en Ignacio Arellano y Gonzalo Santonja Gómez-Agero (eds), La hora de los asesinos: crónica negra del Siglo de Oro, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2018, pp. 59-95.