Hechos legendarios en «Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada

Repasaré muy brevemente los principales hechos pertenecientes a la leyenda que encontramos en Amaya[1].

Francisco Navarro Villoslada[2] presenta a García Jiménez como primer rey de Navarra, alzado sobre el pavés pocos años después de la invasión musulmana, y lo supone padre de Iñigo Arista. En realidad, el primer rey navarro o pamplonés (porque antes de existir el reino de Navarra existió el de Pamplona) del que se tiene noticia histórica es Iñigo Jiménez Arista (824-852), que fue efectivamente elevado sobre el pavés en los alrededores de la ermita de San Pedro, cerca de Alsasua; le sucedió García Jiménez I (852-860). Legendaria es la participación de los vascos, encabezados por el mismo García Jiménez y por el caudillo Andeca, en la batalla del Guadalete.

Y, por supuesto, todo el episodio relativo al involuntario parricidio de Teodosio de Goñi[3], su dura penitencia y la aparición del Arcángel San Miguel para derrotar al infernal dragón en la cima del monte Aralar (que, según vimos en entradas anteriores, es el núcleo original a partir del cual se gestó toda la novela).

SanMiguel

 


[1] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[2] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Pío Baroja, Familia, infancia, juventud, en Obras completas, VII, Madrid, Biblioteca Nueva, 1949, pp. 513-514, se refiere a esta leyenda al comentar el origen de sus apellidos (Goñi era el cuarto del escritor donostiarra): «Quién sabe de dónde procederá la leyenda de don Teodosio. Probablemente no es muy antigua. Esta leyenda es muy conocida en el país por una novela de Navarro Villoslada, titulada Amaya o los vascos en el siglo VIII, novela imitada de Walter Scott, que no tiene, ni mucho menos, la gracia ni el arte de las del maestro escocés» (p. 514).

«Las bodas de Camacho el rico» de Juan Meléndez Valdés: el personaje de don Quijote

Centraré ahora mi análisis[1] en la consideración de tres personajes destacados de esta pieza dramática de Meléndez Valdés, comenzando en esta entrada por don Quijote, y dejando para la siguiente lo relativo a Sancho Panza y Dulcinea (personaje —como en la novela— referido, sin intervención en la acción, pero importante por las alusiones que los personajes hacen a ella).

Don Quijote queda retratado con sus rasgos característicos tópicos: actitud caballeresca (varias acotaciones insisten en ello) y fabla medievalizante plagada de arcaísmos (fermosa, fermosura, non, facer, al ‘otra cosa’, maguer, do, ferido, fablada, folgar, e por y, fuyamos, pro, desfacer, fechos, fazañas, sabidor, etc.). Son varios los pasajes en los que él mismo u otro personaje expresa su misión caballeresca; por ejemplo, en este del Acto primero, escena III, donde el propio don Quijote se presenta con estas palabras ante el zagal Camilo, que se queda admirado al ver su extraño traje y arreo:

DON QUIJOTE.- Non vos faga
pavor, zagal amigo, su extrañeza.
Un caballero soy, de los que dicen
van a sus aventuras:
e que maguer de tiempos tan perdidos
al ocio renunciando y las blanduras,
huérfanos acorriendo y desvalidos,
y enderezando tuertos y falsías,
si el cielo no le amengua su esperanza,
ha de resucitar la antigua usanza (vv. 332-341).

Don-Quijote

Pasaje que Sancho remata burlescamente con un disparate:

SANCHO.- Es mi señor el más valiente andante
que tiene el mundo todo. A Rocinante
oprime el fuerte lomo, y deja fechos
cien mil desaguisados (vv. 342-345).

Al comienzo de la escena séptima del Acto segundo, dialogan de nuevo Camilo y Sancho; Camilo pregunta si es mucha la fama de don Quijote y su escudero aprovecha para enumerar las principales aventuras que ha protagonizado:

SANCHO.- No hay deciros
sus fechos y proezas.
Acometer le he visto denodado
gigantes como torres, y meterse
de dos grandes ejércitos en medio,
y al rey Pentapolín dar la victoria;
fracasar un andante vizcaíno;
libertar galeotes;
ganar el rico yelmo de Mambrino;
y luego, si encantado no se viera,
del gran Micomicón rey estuviera.

CAMILO.- ¡Que decís!

SANCHO.- Esperad, que no en un día
la cabra al choto cría.
Al valeroso andante
venció de los Espejos,
y luego dos leones
feroces, y tamaños
como una gran montaña,
cuyo nombre tomó para memoria
de tan grande aventura,
que antes el Caballero se llamaba
de la Triste Figura,
sin otros mil encuentros y refriegas (vv. 1023-1045).

Y alude, en fin, al motivo de la ínsula prometida como recompensa de sus servicios:

SANCHO.- Y así, o me engaña la esperanza mía,
o sus fechos extraños
un reino han de ganalle,
y luego encaja bien a Sancho dalle
la ínsula, que ha de estar yo no sé dónde,
y verme así gobernador o conde. […]

CAMILO.- ¡Qué extraño desvarío! (Aparte.)
Sin seso están… (vv. 1063-1074).

Cuando Camilo se presente ante don Quijote y solicite la ayuda de su «fuerte brazo» para socorrer a un cuitado (Basilio), el propio caballero dirá:

DON QUIJOTE.- Mi profesión, mi estado (Con tono caballeresco.)
ayudar es a los que pueden poco,
y agravios desfacer; que esta es forzosa
ley de caballería,
sin que cosa en contrario darse pueda.
¿Algún menesteroso en este día
necesita de mí? Corramos luego… (vv. 1087-1093)[2].


[1] Todas las citas son por esta edición: Juan Meléndez Valdés, Las bodas de Camacho el rico, ed. e introducción de Carlos Mata Induráin, en Ignacio Arellano (coord.), Don Quijote en el teatro español: del Siglo de Oro al siglo XX, Madrid, Visor Libros, 2007, pp. 305-403.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Lecturas dieciochescas del Quijote: Las bodas de Camacho el rico de Juan Meléndez Valdés», en Felipe B. Pedraza Jiménez y Rafael González Cañal (eds.), Con los pies en la tierra. Don Quijote en su marco geográfico e histórico. Homenaje a José María Casasayas. XII Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas (XII-CIAC), Argamasilla de Alba, 6-8 de mayo de 2005, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2008, pp. 351-371.

El «Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado» de Quevedo: comida y bebida

En el contexto de la atmósfera carnavalesca que predomina en este poema de Francisco de Quevedo[1], la comida y la bebida constituyen un aspecto muy importante, que se hace presente a través de pequeñas alusiones sueltas y, algo más significativo, por medio de una forma articulada compleja como es la del convite grotesco (estructura habitual en las comedias burlescas, presente por ejemplo en El rey don Alfonso, el de la mano horadada o El hermano de su hermana)[2].

En los vv. 161-164 se nos indica que los extremeños que acuden a las justas lanzan como gritos de guerra los nombres de dos lugares famosos por sus jamones y por la fruta, Algarrobillas y la Vera, respectivamente; se añade que, en lugar de cintas u otros favores de las damas, llevan en los sombreros ristras de chorizos (vv. 165-168). El banquete grotesco se estructura a lo largo de varias octavas (especialmente, vv. 217-288 y 353-392), en las que el rasgo predominante es la continua exageración:

Llegose, pues, el señalado día
de la justa de Carlos, y a su mesa
inmensa se embutió caballería,
con sumo gasto y abundante expesa (vv. 217-220).

Bodegon_FransSnyders

Las comidas y bebidas mencionadas son tocino y vino (vv. 257-260), ante ‘entrante, aperitivo’ (v. 261, en juego dilógico con el sentido ‘piel de ante’), orejones ‘pedazos de melocotón seco’ (v. 264), pasas y almendras (v. 262, propias de moriscos), natas (v. 265), higos, pasas y almendras (v. 279), torreznos y jarros (vv. 281-284[3]), pasteles (vv. 285-288), aceitunas y quesos (vv. 354-355). Los asistentes al banquete no son comensales muy finos; en lugar de comer, engullen; en vez de beber, tragan:

Las damas a pellizcos repelaban
y resquicio de bocas solo abrían;
los barbados las jetas desgarraban
y a cachetes los antes embutían:
los moros las narices se tapaban
de miedo del tocino y engullían
en higo y pasa, y en almendra tiesa
solamente los tantos de la mesa (vv. 273-280).

La abundante comida y los exagerados postres, como no podía ser menos, van acompañados de formidables tragazos:

De natas mil barreños y artesones
tan hondos que las sacan con calderos,
con sogas de tejidos salchichones;
los brindis, con el parte de los cueros
llevan, con su corneta y postillones,
correos diligentes y ligeros;
resuenan juntos en París mezclados
los chasquidos del sorbo y los bocados (vv. 265-272)[4].

En los vv. 233-234 se indica que los comensales necesitan la madera de los árboles que hay en siete leguas de los Pirineos para hacer las cubas donde guardar todo el vino que beben, así que no extrañará que cojan una gran zorra ‘borrachera’ (v. 236). En los vv. 241-247 encontramos una serie de imágenes y menciones de vasijas en las que beben (cangilón, balsopetos de vidrio, talegas de plata, taza penada, simas) para significar que ‘beben en toda clase de recipientes’, con saludes imperiales (v. 248; salud metonímicamente vale ‘trago’, por alusión a los brindis, e imperial «se toma muchas veces por especial y grande en su línea», según indica Autoridades). Los vv. 249-256 aluden a los recipientes para las damas, más delicados y pequeños que los de los hombres (búcaros, dedales de vidro, arracadas, brincos de sorbo y medio cristalinos). En los vv. 268-270 hay una serie de juegos de palabras relativos a los correos y postillones, que sirven de metáforas aquí a los brindis, incitaciones a beber y tragos, sucedidos con rapidez, como el correo urgente va a toda velocidad. Los resultados de tan hiperbólico convite no pueden ser otros que estos:

Echaban las conteras al banquete
los platos de aceitunas y los quesos;
los tragos se asomaban al gollete;
las damas a los jarros piden besos;
muchos están heridos del luquete;
el sorbo, al retortero trae los sesos;
la comida, que huye del buchorno,
en los gómitos vuelve de retorno (vv. 353-360).

 Al final, todos los invitados quedan asimilados a micos, lobos, zorros (v. 378), alegres (v. 381), metáforas por ‘borrachos’, que andan «la voz bebida, las palabras erres» (v. 383)[5].


[1] Manejo la edición de Malfatti: Francisco de Quevedo, Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado, introducción, texto crítico y notas por María E. Malfatti, Barcelona, Sociedad Alianza de Artes Gráficas, 1964, que cito con ligeros retoques. He consultado también, aprovechando sus espléndidas notas, el texto de Arellano y Schwartz, que reproducen solo el Canto I en Francisco de Quevedo, Un Heráclito cristiano, Canta sola a Lisi y otros poemas, Barcelona, Crítica, 1998, pp. 635-676. De entre la bibliografía reciente sobre esta obra, destacaré el trabajo de Marcial Rubio Árquez, «Modelos literarios y parodia quevedesca: algunas notas sobre el Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando enamorado», La Perinola. Revista Anual de investigación quevediana, 20, 2016, pp. 203-220.

[2] Cfr. El rey don Alfonso, el de la mano horadada, ed. de Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 1998; y El hermano de su hermana, en Dos comedias burlescas del Siglo de Oro, ed. de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin, Kassel, Reichenberger, 2000.

[3] Quevedo acude a la imagen de un torneo para expresar los desafíos entre el tocino (que incita a beber) y los jarros de vino: «Dábanse muy aprisa en los broqueles / los torreznos y jarros» (vv. 281-282).

[4] Nótese la expresiva onomatopeya de ese v. 272, «los chasquidos del sorbo y los bocados».

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Aspectos satíricos y carnavalescos del Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado de Quevedo», Rivista di Filologia e Letterature Ispaniche, III, 2000, pp. 225-248. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

Juan de Mairena / Antonio Machado y el Barroco literario español (1)

La primera cuestión que debo recordar es que las ideas que Antonio Machado expone sobre Lope, Cervantes, Góngora, Calderón y otros autores, es decir, sobre el Barroco literario español, se encuentran dispersas en varios lugares de su obra: no solo en «El Arte poética de Juan de Mairena», incluida en su Cancionero apócrifo, o en el libro recopilatorio Juan de Mairena (1936), sino también en los prólogos de sus obras, en especial en las palabras resumen de su «Poética» para la famosa Antología de Gerardo Diego de 1931; en algunos pasajes de los artículos recogidos en La guerra, etc.

La segunda idea, idea esencial, es que, como no podía ser menos, a Machado/Mairena le gustan los autores populares, cercanos al pueblo, o mejor dicho, que son voz del pueblo: especialmente Cervantes y Lope de Vega; para él, Cervantes en el Quijote hace uso de la lengua del pueblo y condensa en sus páginas todo el saber popular, al tiempo que da entrada a multitud de elementos del folclore como refranes, cuentecillos… En cambio, no son de su agrado los escritores que tienen una concepción aristocráticamente culta de la literatura (Góngora) o aquellos que son excesivamente lógicos y racionales (Calderón). Su principal crítica del Barroco literario se centrará precisamente en su retoricismo alambicado, en su hueca palabrería. Esto lo apreciamos de una forma muy clara en el capítulo V de Juan de Mairena[1], epígrafe «(Sobre el barroco literario)»:

El cielo estaba más negro
que un portugués embozado,

dice Lope, en su Viuda valenciana, de una noche sin luna y anubarrada.

Tantos papeles azules
que adornan letras doradas,

dice Calderón de la Barca, aludiendo al cielo estrellado.

Reparad en lo pronto que se amojama un estilo, y en la insuperable gracia de Lope (p. 75).

LopeyCalderon

A Lope lo llama «aquel monstruo de la naturaleza, prodigio de improvisadores, que se llamó Lope Félix de Vega Carpio» (p. 88). Y más adelante, en el capítulo XXXIV, introduce una consideración sobre los estilos de Lope y Calderón (situada entre una reflexión política y otra dedicada al folclore andaluz):

Si definiéramos a Lope y a Calderón, no por lo que tienen, sino por lo que tienen de sobra, diríamos que Lope es el poeta de las ramas verdes; Calderón, el de las virutas. Yo os aconsejo que leáis a Lope antes que a Calderón. Porque Calderón es un final, un final magnífico, la catedral de estilo jesuita del barroco literario español. Lope es una puerta abierta al campo, a un campo donde todavía hay mucho que espigar, muchas flores que recoger. Cuando hayáis leído unas cien comedias de estos dos portentos de nuestra dramática, comprenderéis cómo una gran literatura tiene derecho a descansar, y os explicaréis el gran barranco poético del siglo XVIII, lo específicamente español de este barranco. Comprenderéis, además, lo mucho que hay en Lope de Calderón anticipado, y cuánto en Calderón de Lope rezagado y aun vivo, sin reparar en los argumentos de las comedias. Y otras cosas más que no saben los eruditos (pp. 215-216)[2].

Y, tras una separación marcada tipográficamente con un asterisco, se añade:

Respóndate, retórico, el silencio.

Este verso es de Calderón. No os propongo ningún acertijo. Lo encontraréis en La vida es sueño. Pero yo os pregunto: ¿por qué este verso es de Calderón, hasta el punto que sería de Calderón aunque Calderón no lo hubiera escrito? Si pensáis que esta pregunta carece de sentido, poco tenéis que hacer en una clase de Literatura. Y no podemos pasar a otras preguntas más difíciles. Por ejemplo: ¿por qué estos versos:

Entre unos álamos verdes,
una mujer de buen aire,

que recuerdan a Lope, son, sin embargo, de Calderón? A nosotros sólo nos interesa el hecho literario, que suele escapar a los investigadores de nuestra literatura (p. 216)[3].


[1] Todas mis citas del Juan de Mairena son por la edición de Pablo del Barco, Madrid, Alianza Editorial, 2004.

[2] Ver Juan Matas Caballero, «El pensamiento crítico de Antonio Machado sobre el barroco literario», en Antonio Machado hoy. Actas del Congreso Internacional conmemorativo del cincuentenario de la muerte de Antonio Machado, Sevilla, Ediciones Alfar, 1990, vol. 4, pp. 109-124; Manuel José Ramos Ortega, «Las ideas literarias en el Juan de Mairena periodístico (1934-1936)», en Antonio Machado hoy. Actas del Congreso Internacional conmemorativo del cincuentenario de la muerte de Antonio Machado, Sevilla, Ediciones Alfar, 1990, vol. 1, pp. 317-328; y Enrique Jesús Rodríguez Baltanás, «Las ramas verdes y las virutas: sentido y funcionamiento de la antinomia Lope/Calderón en el pensamiento literario de “Juan de Mairena”», en Antonio Machado hoy. Actas del Congreso Internacional conmemorativo del cincuentenario de la muerte de Antonio Machado, Sevilla, Ediciones Alfar, 1990, vol. 1, pp. 329-338. En otra copla machadiana leemos: «El pensamiento barroco / pinta virutas de fuego, / hincha y complica el decoro», citada por Manuel Alvar, estudio preliminar a Antonio Machado, Los complementarios, Madrid, Cátedra, 1980, p. 31.

[3] Nótese de paso en el final de esta cita, y también en el de la anterior, la ironía maireniana contra los investigadores y eruditos… Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Lope de Vega, entre Antonio Machado y Juan de Mairena, con el Arte nuevo al fondo», Rilce. Revista de Filología Hispánica, 27.1, 2011, pp. 119-143 (número monográfico dedicado a El «Arte nuevo» de Lope y la preceptiva dramática del Siglo de Oro: teoría y práctica, coordinado por J. Enrique Duarte y Carlos Mata).

Cervantes en «El manco de Lepanto» de Manuel Fernández y González (1)

En el caso de la novela que ahora me ocupa[1] tenemos a un Cervantes espadachín, pendenciero y reñidor, galán y enamoradizo, que acabará loco y enfermo de amor, consumido por unas ardientes fiebres derivadas de la pasión que siente por doña Guiomar. Ciertamente, la obra de Manuel Fernández y González bien podría ser calificada de novela ígnea, pues todo son llamas, volcanes y fuegos diversos en los que abrasarse, consumirse y, casi, terminar pereciendo de amor. Por ejemplo, en el capítulo VIII, leemos que «íbase embraveciendo Miguel, y crecía tanto en su pecho su amorosa llama, que harto claros indicios de ello daban la brava y siniestra mirada de sus ojos, y el ardoroso aliento que de su pecho salía» (p. 98). Y así, por el estilo, en muchos otros lugares.

Antes, en el capítulo III, titulado «De cómo, sin esperarlo, hallose la hermosa viuda con aquel su amor que tan acongojada la tenía», se nos había mostrado a doña Guiomar enamorada, primero preocupada por las cuchilladas que se sentían fuera de su casa, y luego hablando apasionadamente con el enamorado galán que la ronda. Veamos esta descripción de la dama:

Saliose Florela, y doña Guiomar fue a sentarse a su tocador, y contemplose al espejo, y hallose más hermosa que nunca; que el amor hace hermosos aun a los ojos feos, y a los hermosos los sublima, haciendo de ellos un cielo; y un cielo veía en sus ojos doña Guiomar, porque en el amor que en sus ojos hallaba, la parecía como que veía la imagen de aquel por quien el amor acongojaba su alma; y la sucedía que cuanto más se contemplaba, más la parecía ver en sus ojos la fugitiva sombra de su deseo; y a tal llegó su amorosa ilusión, que creyó que no en sus ojos, sino detrás de ella, sobre las rubias trenzas de sus cabellos, aparecía la imagen de su anhelado, mirándola ansioso, copiado por el espejo, y como si detrás de ella hubiese estado de rodillas. Pareciola asimismo que una mano trémula asía una mano suya que pendía descuidada, y que en ella unos labios ardientes posaban un amoroso beso (pp. 32-33).

Ocurre, en efecto, que su anónimo rondador ha logrado entrar en la casa huyendo de la riña y ahora, al encontrarla, le besa la mano y se dirige a ella con estas palabras:

—Hermosa señora —dijo levantándose aquel hombre—, no mi voluntad, sino los no sé si para mí crueles o propicios hados son los que, cuando yo pensaba solo en libertarme de ser preso, aquí me han traído, para que postrado a vuestros pies pueda deciros que vos sois mi vida, sin la cual vivir no puedo, ni quiero; y que si en vos no hallo esperanza a mi pena, alivio a mi enfermedad, alegría a mi tristeza, luz a mis ojos, a mi pecho aliento y gloria a mi deseo, por condenado me doy y sin vislumbre de redención que me salve (p. 34).

Este es otro ejemplo de los dulces coloquios que mantienen ambos:

—¿Y quién os ha dicho —exclamó ella— que yo os amo, ni en amaros piense, ni para vos me haya criado, ni al cabo la dureza mía para el amor por vos se haya deshecho?

—Dícenmelo —respondió él— vuestros divinos ojos, que en vano de mí se apartan para no verme, porque con más afición y más encendidos rayos de amor, ¿qué digo?, de gloria, a mirarme tornan; dícemelo vuestro hermoso seno, que los amantes latidos de vuestro corazón mueven; dícemelo vuestra voz enamorada, que en vano pretende remedar al enojo; dícemelo, en fin, mi deseo, señora mía, porque si vos no me amarais, tormento insoportable sería para mí la desesperada memoria de vuestra adorada imagen, muerte mi vida, infierno mi esperanza (pp. 47-48).

CervantesGalante

Y aunque el avisado lector podría imaginar de quién se trata, no es hasta el capítulo IV, «En que se sabe quién era el incógnito amante de doña Guiomar», cuando averiguamos que ese valiente y constante enamorado que ronda con músicas a la bella viuda indiana es Cervantes, que se presenta a sí mismo con estas palabras:

—De buenos y honrados padres vengo, señora —respondió él—; hidalgo soy; Alcalá es mi patria; cursé en las aulas de su famosa universidad; tirome la afición a las armas, y muy más el amor a las letras; soldado soy, y a poeta aspiro por mi desgracia, porque la poesía es sueño que devora el alma y la finge lo que no existe, y en los espacios imaginarios la pierde: Miguel de Cervantes Saavedra me llamo, y vuestro esclavo soy.

—¿Miguel de Cervantes Saavedra sois vos? —exclamó con encarecimiento doña Guiomar—; pues por ahí andan en unos papeles impresos los versos que se recitan en casa de Arquijo [sic] por todos los buenos ingenios de Sevilla, y entre ellos haylos, y no de los peores, que según el papel han sido compuestos por vos.

—Si yo hubiera podido creer —dijo Cervantes— que los pobres versos míos habían de llegar a tan hermosas manos, puede ser bien que el deseo de contentaros hubiera sido inspiración que los hiciese dignos de Píndaro; ¿pero qué poesía queréis que haya sin amor, y cuando solo se escribe para ejercitar el ingenio?

—¿Y sin amor vivíais cuando esos versos compusisteis? Pues o no me amáis como decís, o me amáis desde muy poco tiempo, que ha ocho días se vendía el papel nuevo, y versos vuestros había en él (pp. 49-50).

Como vemos, Cervantes se muestra apasionado, y confiesa galante que prefiere el amor de ella al propio laurel de Apolo:

—Enjugáraos yo, hermosa señora mía, esas lágrimas que por vuestras alabastrinas mejillas corren con mis labios, si tan bienaventurado fuera que ya me llamara vuestro esposo; y tal procuraría que fuese para vos mi amor, que no lágrimas de amargura, sino de contento del alma enamorada vertieseis, si es que mi amor podía enamoraros, cosa en la que no espero, porque si la esperara, ya en la sola esperanza encontraría la ventura milagrosa de este amor que por vos me abrasa las entrañas, y es mi vida en mi muerte y mi contento en mi tristeza (pp. 54-55).

Esto sucede ya en el capítulo V, «En que doña Guiomar comienza a contar su historia a Miguel de Cervantes». Asistimos ahora, casi, a una escena propia de un libro de caballerías, con Cervantes asimilado, de alguna manera, a un caballero andante protector de mujeres desvalidas, esto es, parangonable con su futura creación, don Quijote:

—No digo yo —respondió Miguel de Cervantes— por el temor de un viejo, que tal debe serlo quien, teniendo vos veintidós años, pretendió a vuestra madre antes que vos nacierais, sino por el de todos los trasgos, gigantes, enanos y vestiglos de los libros de caballería, y aun por el de los doce de la Tabla Redonda que vinieran a reñiros con toda la cohorte de magos y de encantadores que en los tales libros se nombran, dejara yo de venir a daros música y a hablar con vos, si era que vos me concedíais esta merced venturosa (pp. 57-58)[2].

Y en esta línea continúa el relato de Fernández y González, que nos muestra a un Cervantes galante y enamorado, pero también pendenciero, aficionado a las bravatas y presto a las riñas, que es un soldado pobre, pero al mismo tiempo un escritor que asiste, ahí en Sevilla, a la tertulia literaria de Juan de Arguijo, etc. No parece necesario seguir acumulando más ejemplos y citas similares…[3]


[1] Todas las citas de El manco de Lepanto son por esta edición de 1874: Manuel Fernández y González, El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, por don…, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Muñoz y Reig, 1874.

[2] Y en otro pasaje, en diálogo ahora con Margarita, se dirige a ella de esta caballeresca manera: «—Aunque yo no tuviera más valor que el que el encanto de vuestra hermosura y el amor que me mostráis me infunden, dígoos que no ya ese capitán que de tal modo os espanta, sino el mismísimo Orlando con toda una cohorte de encantadores y vestiglos, no bastaría para contrarrestar el poder de mi brazo, que vengada ha de haceros, mal que le pese al brío y a la fama de vuestro enemigo; y tened más confianza en el aliento de quien bien os ama, y no tembléis ni empalidezcáis, mi dulce señora, que en verdad os digo que para vos y para mí han empezado ya días más bonancibles de amor, de ventura y de esperanza. Y en esto no porfiemos, porque ved que yo no he de dejaros por todos los hombres del mundo, así sean gigantones de los que por los libros de caballería se encuentran , y que si no os dejo, él sobre mí vendrá y provocarame, y en trance me pondrá de que yo le ponga de manera que más mal que el que ha hecho no pueda hacer a nadie en este mundo; y otrosí, señora mía, que a doña Guiomar tengo prometido castigar a ese su contumaz y peligroso contrario» (pp. 183-184).

[3] Para el análisis completo de la novela remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193.

El fondo histórico de «Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada (y 2)

Como es habitual en las novelas de Francisco Navarro Villoslada[1], aparecen en Amaya[2] algunos personajes históricos de gran relevancia: unos, como Pelayo y Favila, en primer plano, íntimamente entrelazados con los de ficción; otros, sin intervención directa en la acción, en un puesto secundario (el rey don Rodrigo) o simplemente mencionados por el narrador o en el relato de otros personajes (el duque Teodomiro). Sin embargo, la mayoría de los personajes pertenecen a la leyenda (Miguel y Teodosio de Goñi, García Jiménez, Andeca) o a la pura ficción (Ranimiro, Amaya, Eudón, Amagoya, Petronila, Echeverría, Pacomio y muchos otros más, hasta completar un censo numerosísimo).

Como siempre, los datos históricos, aunque aquí sean menos, se ofrecen al principio de la obra para orientar al lector. Así, al comienzo del primer capítulo se nos presenta la situación del reino visigodo a finales del año 710, cuando Rodrigo ha sustituido a Witiza en el trono; en la historia, Rodrigo fue elegido por el Senado visigodo tras la muerte del monarca anterior; en la novela, Navarro Villoslada supone a Witiza derribado por una revolución encabezada por un tal Eudón (cfr. las pp. 15-17), porque así le interesa para la acción novelesca: el hecho de que Rodrigo deba la corona a Eudón es una circunstancia que será aprovechada para hacer más verosímil la enorme influencia de este último personaje. A lo largo de la novela encontramos otras alusiones históricas: Villoslada se refiere a la traición de los hijos de Witiza, a los que da el nombre de Sisebuto y Ebbas (está probada la defección de los hermanos de Witiza, don Oppas, arzobispo de Sevilla, y Sisberto, y los tres hijos de aquel); alude también a la traición del conde Juliano (don Julián) de Ceuta[3], a la deserción de los nobles godos en la batalla del Guadalete (p. 355), a la batalla de Covadonga, a las campañas de Tarik y Muza o a la resistencia de Teodomiro en el ducado de Aurariola[4].

BatalladeCovadonga

Un hecho histórico importante que recoge la novela es la presencia del rey Rodrigo en el norte de la península en el momento de producirse la invasión musulmana; en efecto, don Rodrigo se encontraba sujetando a la ciudad de Pamplona, que se había alzado en armas (o, por lo menos, estaba guerreando por las riberas del Ebro); esto se aprovecha en la novela, ya que la rebelión de Pamplona forma parte de una trama bien urdida por los judíos y los witizianos para mantener alejado al rey, con lo más granado de su ejército, de la zona de la Bética. Por otra parte, en el primer capítulo del libro cuarto, «De como principió la Reconquista en España», se dan también algunas noticias históricas de los primeros años de lucha contra los musulmanes; el autor, muy escrupuloso siempre en lo relativo a la veracidad de lo narrado, anota en la p. 644: «Hay en lo que sigue algún pequeño, insignificante, anacronismo que, cuanto más entendido sea el lector más fácilmente lo perdonará en interés del relato» (cursiva mía). El libro termina con estas palabras:

De muy avanzada edad murió Teodomiro, sucediéndole por elección, en el reino de Aurariola, el opulento y pródigo magnate Atanagildo. También a Pelayo sucedió su hijo Favila en Asturias, e Íñigo Arista a su padre García Jiménez en el reino de Vasconia. / No tuvo este nombre en los principios. Dedúcese de algunas palabras del libro de los Fueros que se llamaba reyno de España. Igual denominación debió de tener el de Pelayo, como en señal de que entrambos iban encaminados a la unidad católica, pensamiento dominante, espíritu vivificador y sello perpetuamente característico de la monarquía española (p. 677).


[1] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[3] En cambio, Navarro Villoslada no menciona en ningún momento, al hablar de la pérdida de España, la tradición literaria de los amores de don Rodrigo con la Cava.

[4] Se ofrecen además otros datos muy concretos sobre la celebración por la Iglesia visigoda del misterio de la Inmaculada Concepción de María desde el siglo VII (p. 443); sobre Prisciliano (p.278); sobre el vicario Unicomalo (p. 450); sobre los avances de Tarik y Muza; sobre los judíos españoles (pp. 269-270 y nota), etc.

«Las bodas de Camacho el rico» de Juan Meléndez Valdés: valoración de la crítica

En cuanto a la crítica moderna sobre Las bodas de Camacho el rico[1] de Meléndez Valdés, Georges Demerson habla de «ensayo dramático desafortunado, que parece imposible rescatar de un merecido olvido»[2], y para explicar la fría acogida por parte del publico, añade:

Es cierto que nuestro autor, que apenas sentía en él la inspiración épica, tampoco se creía dotado por la naturaleza de la vis cómica o trágica[3].

MelendezValdes_Demerson

También José Montero Reguera ha señalado algunas características de la obra:

La comedia sigue bastante fielmente el capítulo cervantino, pero […] se acude al sistema de «cada oveja con su pareja», como dice Sancho, y en esta ocasión es Petronila, hermana de Quiteria y enamorada en secreto de Camacho, la que al final se unirá a éste. Don Quijote, igualmente, es utilizado para el resultado final, aunque él no sabe nada. La acción se desarrolla, curiosamente, en una «enramada como la que describe Cervantes», pero que está situada en la ribera del Manzanares. Se recurre, finalmente, a la aparición de un mago —un amigo de Basilio— que dé «credibilidad» a la curación milagrosa del protagonista[4].

Emilio Palacios Fernández, en su introducción a la edición del teatro y la prosa de Meléndez Valdés, destacaba estas características:

La obra de Meléndez, en cinco actos, es un modelo excelente de drama pastoral, que con tanto éxito cultivaba el teatro italiano y francés, pero por el que mostraron escaso interés nuestros dramaturgos. […] Meléndez ha construido un drama que, alejándose del realismo de Cervantes, enlaza directamente con la tradición bucólica. […] De Guarini le viene al menos la estructura general de la obra: los cinco actos con prólogo y coros. Y también los elementos sobrenaturales, aunque tales usos estaban registrados ya en nuestra narrativa de pastores. Los dramas pastoriles, como las églogas en las que Meléndez fue maestro en su época, tienden a la simplicidad argumental. A pesar del esfuerzo del dramaturgo ocasional por darle una mayor densidad al argumento, predomina la acción interior y el tono lírico. Tal vez por eso utiliza la silva de heptasílabos y endecasílabos, acogiéndose a los usos métricos de la égloga, salvo en el prólogo y los coros, que siguen la métrica propia de los cantables. También la propensión al lenguaje más densamente lírico recuerda los modelos eglógicos[5].

En fin, la valoración más reciente es la de Antonio Astorgano, en su estudio preliminar a su edición de las Obras completas de Meléndez Valdés[6]:

Hoy no podemos defender los 2647 versos de esta única obra dramática de Meléndez, por las razones que apunta Quintana, y porque modificó bastante la narración cervantina, al pasar la acción triangular (Quiteria frente a Camacho y Basilio) a acción bipolar doble con la introducción del personaje Petronila (Quiteria y Petronila frente a Basilio y Camacho), y porque construyó la pieza completamente en torno al engaño de Basilio. Con todo, Meléndez había escrito una excelente comedia pastoral que, a pesar de sus problemas con los rigores normativos de la retórica, contiene emotivos remansos líricos propios de un drama poético[7].


[1] Todas las citas serán por esta edición: Juan Meléndez Valdés, Las bodas de Camacho el rico, ed. e introducción de Carlos Mata Induráin, en Ignacio Arellano (coord.), Don Quijote en el teatro español: del Siglo de Oro al siglo XX, Madrid, Visor Libros, 2007, pp. 305-403.

[2] Georges Demerson, Don Juan Meléndez Valdés y su tiempo (1754-1817), trad. revisada por Ángel Guillén, Madrid, Taurus, 1971, vol. I, p. 233.

[3] Demerson, Don Juan Meléndez Valdés y su tiempo (1754-1817), vol. I, p. 234.

[4] José Montero Reguera, «Imitaciones cervantinas en el teatro español del siglo XVIII», en Actas del Tercer Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, Barcelona, Anthropos, 1993, pp. 119-129, p. 123.

[5] Emilio Palacios Fernández, introducción a Juan Meléndez Valdés, Obras completas, vol. III, Teatro. Prosa, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 1997, pp. XV-XVI.

[6] Antonio Astorgano Abajo, introducción a Juan Meléndez Valdés, Obras completas, Madrid, Cátedra, 2004, p. 55.

[7] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Lecturas dieciochescas del Quijote: Las bodas de Camacho el rico de Juan Meléndez Valdés», en Felipe B. Pedraza Jiménez y Rafael González Cañal (eds.), Con los pies en la tierra. Don Quijote en su marco geográfico e histórico. Homenaje a José María Casasayas. XII Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas (XII-CIAC), Argamasilla de Alba, 6-8 de mayo de 2005, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2008, pp. 351-371.

El «Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado» de Quevedo: el retrato grotesco de los caballeros

Pasando ya a los caballeros que intervienen en el Poema heroico[1] de Francisco de Quevedo, encontramos que a Ferragut —el gigante sarraceno de enormes fuerzas, vulnerable tan solo en el ombligo— se le califica en el v. 6 como «guerrero endemoniado». Más adelante se le llama «el soberbio, el insolente, / el de superlativa valentía, / el de los ojos fieros, por lo bizco, / pues se afeitaba con cerote y cisco» (vv. 189-192). Es, sin duda alguna, uno de los personajes mejor retratados.

ElGiganteFerragut

Escribe Sabor de Cortazar a este respecto:

Ferragut es, sin disputa, el máximo representante del automatismo que se manifiesta en acción torrencial. Ahí le vemos trinchando, descosiendo y despachurrando gigantes; ladra, bufa y resuella; descarga sin control tajos y reveses; arde en brutal erotismo. Fantasma enfurecido, en febril movimiento sin pausa, antes de desaparecer en persecución de Angélica, lo vemos corriendo y gritando por los cerros […]. Personaje fuera de quicio, fantoche articulado, Ferragut es la creación grotesca más feliz de Quevedo. Su medio expresivo es el grito, el alarido, el aullido. La automatización caracteriza su avasallador dinamismo[2].

El rey Grandonio, por su parte, es un cornudo: en el v. 10 se habla de su «testuz arisco» (testuz es vocablo que remite a la frente del toro muy a menudo, y arisco, con sus connotaciones de ‘erizado’, apunta a los cuernos). Más adelante se completa su retrato con estas notas:

El rey Grandonio, cara de serpiente,
barba de mal ladrón, cruel y pía,
el primero rey zurdo que en Poniente
se ha visto, por honrar la zurdería (vv. 185-188).

En otra octava quedan grotescamente descritos tres nuevos caballeros, el rey Balugante, Serpentín e Isolier:

Vino el rey Balugante poderoso,
de Carlos ilustrísimo pariente,
recién convalecido de sarnoso
hediendo al alcrebite y al ungüente;
Serpentín, más preciado de pecoso
que un tabardillo; Isolier valiente,
y otros muchos gentiles y cristianos
que son en los etcéteras fulanos (vv. 193-200).

Por lo que toca a Reinaldos, se trata de un pobrete que se cubre con unos vestidos rotos que dejan ver sus vergüenzas:

Reinaldos, que por falta de botones
prende con alfileres la ropilla,
cerniendo el cuerpo en puros desgarrones,
el sombrero con mugre, sin toquilla,
a quien, por entrepiernas, los calzones
permiten descubrir muslo y rodilla
dejándola lugar por donde salga
—requiebro de los putos— a la nalga… (vv. 288-296).

Veamos ahora el retrato de Galalón, un gorrón que se harta de comer en casa ajena (la descripción está plagada de alusiones escatológicas):

Galalón, que en su casa come poco,
y a costa ajena el corpanchón ahíta,
por gomitar haciendo estaba el coco;
las agujetas y pretina quita,
en la nariz se le columpia un moco,
la boca en las horruras tiene frita,
hablando con las bragas infelices
en muy sucio lenguaje a las narices.

Danle los doce Pares de cachetes;
también las damas, en lugar de motes;
mas él dispara ya contrapebetes
y los hace adargar con los cogotes… (vv. 385-396).

Como hemos podido apreciar, sobre todos estos personajes operan procesos de animalización: Galalón tiene hocicos (v. 301) y gruñe (vv. 305-306), luego ahíta de comida su corpanchón (v. 386); Oliveros tiene zancas (v. 596); Angélica da coces (v. 908); se habla de dejar a Malgesí que gruña y ladre (v. 951), etc. Todo ese proceso de degradación sigue en el Canto II, en pasajes que me limito a apuntar: la descripción de Astolfo (II, vv. 27-32 y 49-56; el inglés es «soror, por lo monjoso, / poco jayán y mucho tique mique, / y más cotorrerito que hazañoso, / con menos de varón que de alfeñique»; en II, v. 105 él mismo se dirá «tamarrizquito y hombre astilla»). Se dice de él que es un bultillo de un cascabel armado (II, v. 166); se le llama gusano y zorra (II, vv. 590 y 593), títere armado (II, v. 660), muñeco (II, v. 673), etc. Algo similar ocurre con Reinaldo el mendicante (II, v. 33). Angélica no es aquí la bella princesa del Catay sino una vulgar muchacha, «la mancebita» (II, v. 98), «la mozuela» (II, v. 115); de Ferragut se indica que tiene voz de gallo (II, v. 306) y una cabezota tan dura que, cuando Argalía le golpea en ella con la espada, esta sale rebotada (cfr. II, vv. 385-392; ya antes, en II, v. 338, había hablado de «este pelo que traigo jacerino»), etc.[3]


[1] Manejo la edición de Malfatti: Francisco de Quevedo, Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado, introducción, texto crítico y notas por María E. Malfatti, Barcelona, Sociedad Alianza de Artes Gráficas, 1964, que cito con ligeros retoques. He consultado también, aprovechando sus espléndidas notas, el texto de Arellano y Schwartz, que reproducen solo el Canto I en Francisco de Quevedo, Un Heráclito cristiano, Canta sola a Lisi y otros poemas, Barcelona, Crítica, 1998, pp. 635-676. De entre la bibliografía reciente sobre esta obra, destacaré el trabajo de Marcial Rubio Árquez, «Modelos literarios y parodia quevedesca: algunas notas sobre el Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando enamorado», La Perinola. Revista anual de investigación quevediana, 20, 2016, pp. 203-220.

[2] Celina Sabor de Cortazar, «Lo cómico y lo grotesco en el Poema de Orlando de Quevedo», Filología, XII, 1966-1967, p. 134.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Aspectos satíricos y carnavalescos del Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado de Quevedo», Rivista di Filologia e Letterature Ispaniche, III, 2000, pp. 225-248. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

Juan de Mairena, heterónimo apócrifo de Antonio Machado (y 4)

Otro punto de contacto que se aprecia entre Mairena/Machado y Lope es que, al menos en apariencia, ambos se expresan siempre con una actitud irónica y escéptica; y si bien el problema del alcance de la ironía en el Arte nuevo se ha discutido ampliamente[1], podemos dar por bueno que el poema lopesco tiene una dosis considerable de ironía, de la misma forma que la ironía recorre y vertebra también todo o buena parte del discurso de Mairena.

Insistamos un poco más en esta cuestión de la ironía. Sabemos que en sus clases Mairena se vale del diálogo a la manera de la mayéutica socrática: el maestro hace la preguntas, muestra a los alumnos lo equivocado de las enseñanzas previas recibidas y aceptadas acríticamente y, en suma, con su ironía les enseña a desconfiar de todo y de todos (incluido él mismo y sus enseñanzas; podríamos recordar también otro proverbio famoso, el «Doy consejo a fuer de viejo, / nunca sigas mi consejo»). Como escribe Muñoz Millanes, en Juan de Mairena[2] «la ironía es inseparable del diálogo»[3].

Tenemos, pues, que  y quiere restaurar la Escuela Popular de Sabiduría Superior de su maestro Abel MMairena enseña Retórica de modo apócrifoartín, que solo tendría dos cátedras, la de Sofística y la de Metafísica. En sus clases plantea una «nueva retórica» que se opone a la vieja retórica y a la vieja filosofía, un pensamiento poiético, que debe ser vivo y fecundo como la lengua del pueblo[4]: para Mairena, la claridad debe darse en el lenguaje, porque si no se da en el lenguaje, no se ha dado previamente en el pensamiento. Claridad es sinónimo, para él, de brevedad y elegancia. Ese arte del lenguaje debe ser algo popular, debe estar radicado en la entraña misma del pueblo (y aquí de nuevo podríamos ver un paralelismo claro con Lope). La lengua viva rehúye la escritura y las conceptualizaciones racionalistas. La retórica es pensamiento hablado: «La escritura es la cárcel del lenguaje, como el cuerpo es la cárcel del alma»[5]. Otra idea clave de su pensamiento es la distinción entre la filosofía (que trabaja con abstracciones, con conceptualizaciones) y la poesía (que trabaja con imágenes).

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Valga lo dicho, en apretado resumen, para una somera presentación del heterónimo Mairena y de los temas principales que plantea su poética. En próximas entradas pasaremos a la consideración de las ideas de Mairena y Machado —negativas, en general, aunque con matices— acerca del Barroco literario español[6].


[1] Para una interpretación general del Arte nuevo, todavía vigente, ver Juan Manuel Rozas, Significado y doctrina del «Arte nuevo» de Lope de Vega, Madrid, SGEL, 1976. Desde el 2009, año de su centenario, la bibliografía sobre el Arte nuevo ha aumentado considerablemente. Remito únicamente a este trabajo: Lope de Vega, Arte nuevo de hacer comedias. Edición crítica. Fuentes y ecos latinos, edición crítica y anotada de Felipe B. Pedraza Jiménez, Fuentes y ecos latinos: Pedro Conde Parrado, Ciudad Real, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2016.

[2] Todas mis citas del Juan de Mairena serán por la edición de Pablo del Barco, Madrid, Alianza Editorial, 2004.

[3] José Muñoz Millanes, «En torno a Juan de Mairena», en Silva. Studia philologica in honorem Isaías Lerner, coord. Isabel Lozano-Renieblas y Juan Carlos Mercado, Madrid, Castalia, 2001, p. 491.

[4] Ver Víctor García de la Concha, «La nueva retórica de Antonio Machado», en Antonio Machado hoy. Actas del Congreso Internacional conmemorativo del cincuentenario de la muerte de Antonio Machado, Sevilla, Ediciones Alfar, 1990, vol. I, pp. 13-32; y Ricardo Piñero Moral, «Estética y nueva retórica en Juan de Mairena», El Basilisco. Revista de filosofía, ciencias humanas, teoría de la ciencia y de la cultura, 21, 1996, pp. 66-67; para otras cuestiones relacionadas con la prosa y el pensamiento machadiano remito a Rafael Antonio González, La prosa de Antonio Machado en la metafísica poética, Puerto Rico, Universidad de Puerto Rico, 1955; Rafael Gutiérrez-Girardot, Poesía y prosa de Antonio Machado, Madrid, Guadarrama, 1969; Pablo de A. Cobos, El pensamiento de Antonio Machado en «Juan de Mairena», Madrid, Ediciones Ínsula, 1971; y Antonio Sánchez Barbudo, El pensamiento de Antonio Machado, Madrid, Guadarrama, 1974.

[5] Resumo en todo este párrafo las ideas de Ricardo Piñero Moral, «Estética y nueva retórica en Juan de Mairena», El Basilisco. Revista de filosofía, ciencias humanas, teoría de la ciencia y de la cultura, 21, 1996, pp. 66-67.

[6] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Lope de Vega, entre Antonio Machado y Juan de Mairena, con el Arte nuevo al fondo», Rilce. Revista de Filología Hispánica, 27.1, 2011, pp. 119-143 (número monográfico dedicado a El «Arte nuevo» de Lope y la preceptiva dramática del Siglo de Oro: teoría y práctica, coordinado por J. Enrique Duarte y Carlos Mata).

«El manco de Lepanto» de Manuel Fernández y González, novela folletinesca

Como es bien sabido, Cervantes no quiso perderse «la más alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros». Pues bien, ocurre que en esta novela de Manuel Fernández y González[1] Cervantes está afiebrado en el momento del combate como consecuencia de una calentura de amor, porque no ha logrado alcanzar el amor imposible que siente por una dama, doña Guiomar:

Y como, aunque era noble y altivo, no era santo, y de tal manera le apretaban el amor y el deseo por doña Guiomar, y hasta tal punto doña Guiomar iba acreciendo para él en lo preciosa e incomparable, ganándole la fiebre, apoderándose de su pensamiento la locura, atormentado ya de tal manera por las ansias que le acongojaban que resistirlas no pudo, como si una potencia invencible de él hubiese tirado y atraídole a doña Guiomar, con las bascas casi mortales de su pasión, determinose; y diciéndose que su vida era doña Guiomar y que Dios hiciese lo que fuese servido de Margarita, levantose del sillón… (pp. 223-224).

Estamos ante una novela muy mala, ¿por qué no decirlo?, en lo que se refiere a calidad literaria… pero también ante una novela buenísima… en su género, el de la novela de capa y espada (el de la novela de aventuras históricas, según la taxonomía de Juan Ignacio Ferreras mencionada en una entrada anterior), de la que presenta todos los clichés y rasgos característicos[2]. Tenemos, en efecto, una dama bellísima, celestial, la rica indiana doña Guiomar, perseguida incansablemente por el villano de turno; una huérfana, Margarita, también perseguida por el correspondiente villano; y un Cervantes espadachín y pendenciero, súbitamente enamoradísimo de doña Guiomar, pero atraído igualmente por la huérfana Margarita. Añádase a ello una Sevilla descrita como ciudad especialmente hecha para el amor; su porción de duelos, cuchilladas y rondas de alguaciles; un familiar del Santo Oficio de la Inquisición encaprichado él también de la bella y tentadora indiana; unas gotas de superstición (la casa donde vive la dama, supuestamente encantada con duendes), etc., etc. Si mezclamos todos esos ingredientes en la coctelera de la novela folletinesca (o, mejor, si los mezcla a su manera el ínclito Manuel Fernández y González), obtenemos entonces como resultado un relato como El manco de Lepanto: desestructurado y falto de coherencia narrativa, donde lo esencial es la yuxtaposición mal hilvanada de aventuras, lances y peripecias, que, eso sí, no faltan; más bien al contrario, el autor las prodiga generosamente.

Duelo

Para empezar, no existe profundidad psicológica en el trazado de los personajes —tampoco hay que engañarse: esperarla en este tipo de relatos sería pedir cotufas en el golfo—. Por ejemplo, este Cervantes espadachín se parece muchísimo al Quevedo espadachín que encontramos en otras novelas de Fernández y González, como por ejemplo la titulada Amores y estocadas. Vida turbulenta de don Francisco de Quevedo. El Cervantes de una y el Quevedo de otra son personajes que, haciendo abstracción de los datos biográficos y las circunstancias propias de cada uno, resultarían prácticamente intercambiables en esos relatos. Ignacio Arellano, refiriéndose a la citada recreación quevediana del novelista sevillano, comenta lo siguiente:

Leonardo Romero, con amable generosidad, le concede [a Fernández y González] una gran capacidad para inventar tramas y saberlas contar de modo atractivo. En la novela que pergeña con don Francisco de Quevedo hay sin duda trama, pero tan deshilachada que el lector ha de adoptar una perspectiva lúdica para tomarse con buen humor las vicisitudes de un relato que en ciertos momentos parece parodia de su mismo género. Resulta, sin embargo, un curioso documento que revela muchos tics de este tipo de obras poco elaboradas artísticamente, pero útiles para averiguar cuál es la imagen que de una época o personaje (como Quevedo) se ha ido sucediendo a lo largo del tiempo[3].

Pues bien, insisto: lo que se indica a propósito de Quevedo en Amores y estocadas sirve igualmente para Cervantes en El manco de Lepanto. Tan solo haría falta cambiar el nombre del escritor convertido en personaje de ficción protagonista de cada novela, y lo predicado para uno se acomodaría perfectamente al otro[4].


[1] Todas las citas de El manco de Lepanto son por esta edición de 1874: Manuel Fernández y González, El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, por don…, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Muñoz y Reig, 1874.

[2] Ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Ignacio Arellano, «Amores y estocadas, de Manuel Fernández y González, o la novela histórica grotesca», introducción a Manuel Fernández y González, Amores y estocadas. Vida turbulenta de don Francisco de Quevedo, Pamplona, Eurograf Navarra, 2002, p. 5a. Las principales características relacionadas con la trama y estructura, el retrato de los personajes, el estilo lingüístico para lograr el color de época, etc., que menciona Arellano para Amores y estocadas son aplicables a El manco de Lepanto y, en general, al conjunto de las novelas históricas de Fernández y González ambientadas en el Siglo de Oro español.

[4] Para el análisis completo de la novela remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193.