El «Quijote»: la «historia de la narración» (1)

Quijote3Uno de los aportes de mayor modernidad en el Quijote reside en el terreno de las técnicas narrativas[1]. La obra de Cervantes no solo nos cuenta la historia de unos personajes, sino que incorpora a la narración la historia de la propia narración. Esto va a suponer la introducción de un complejo juego de perspectivas y de voces narrativas. Evidentemente, el autor de la novela es Miguel de Cervantes Saavedra, quien en el prólogo de la Primera Parte confiesa que «aunque parezco padre, soy padrastro de don Quijote» (p. 10). Que el autor se confiese padrastro de su personaje —por extensión, de la obra entera— puede causar extrañeza a quien va leyendo estas líneas del prólogo, pero la afirmación de Cervantes se va a aclarar, va a cobrar pleno sentido más adelante, como explicaré en una próxima entrada.

La historia de las aventuras de don Quijote es presentada por un narrador personal que se manifiesta ya en las primeras líneas de la obra: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…» (I, 1, p. 35; cursiva mía). Es una voz que no corresponde a la de un personaje protagonista de los sucesos que se van a narrar, es decir, no estamos ante un narrador protagonista como el de la novela picaresca. Sin embargo, tampoco se trata del tradicional narrador en tercera persona característico de la novela de caballerías. Es el del Quijote un narrador que no sabe todo acerca de los hechos que va a contar o, dicho de otra forma, tiene un conocimiento limitado de la materia objeto de su narración. En muchos momentos este narrador se declara dependiente de fuentes anteriores, por ejemplo en ese mismo capítulo I, 1, cuando alude a un detalle tan importante como el nombre de su protagonista:

Quieren decir que tenía el sobrenombre de «Quijada» o «Quesada», que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben, aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba «Quijana» (pp. 36-37; destacado mío).

Y en el capítulo I, 2 añade:

Autores hay que dicen que la primera aventura que le avino fue la del Puerto Lápice; otros dicen que la de los molinos de viento; pero lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo que he hallado escrito en los anales de la Mancha es que él anduvo todo aquel día, y, al anochecer, su rocín y él se hallaron cansados y muertos de hambre (p. 48; destacados míos).

Es decir, el narrador maneja distintas fuentes (autores, los anales de la Mancha…) que le brindan información acerca de las andanzas de don Quijote. De esta forma, este narrador aparece como un compilador de la historia, una especie de pseudo-historiador que trata de presentar todos los hechos narrados como una «historia verdadera». De hecho, sintagmas de este tipo («verdadera historia», «grande historia», «puntual y verídica historia»…) se repiten continuamente a lo largo del relato y en los títulos de los capítulos.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

Personajes del «Quijote»: Grisóstomo, Cardenio y don Fernando

Varios personajes más los encontramos en las historias intercaladas del Quijote[1]: Grisóstomo es el prototipo de pastor enamorado que, tras sufrir el desdén de su amada Marcela, muere —o se suicida— por amor.

Grisóstomo muerto de amor

Por su parte, Cardenio y don Fernando protagonizan unos amores entrecruzados: don Fernando es hijo del duque Ricardo y Cardenio su vasallo; entre ambos existe una relación jerárquica, pero también una amistad, que será traicionada por don Fernando cuando intente seducir a Luscinda, la amada de Cardenio. De esta pareja destaca el modo de caracterización de Cardenio, cuyo comportamiento se encuentra marcado por la cobardía y la falta de decisión.

Cardenio

Asimismo, Cardenio aparece como un loco frente a don Quijote. Recordemos el abrazo que se dan en Sierra Morena el Caballero de la Triste Figura y el Roto de la Mala Figura. Además, el enloquecido deambular del enamorado Cardenio por la agreste sierra sirve de modelo para la penitencia amorosa de don Quijote. Por su parte, don Fernando encarna al noble que olvida su deber y deja de comportarse como se esperaría de su condición, ya que abusa de su poder al deshonrar a su vasalla Dorotea.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

Personajes del «Quijote»: Ginés de Pasamonte

Otro personaje destacado en el Quijote es Ginés de Pasamonte, uno de los galeotes liberados por don Quijote en I, 22[1].

Aventura de los galeotes

A través de su figura Cervantes entabla una relación dialogística con el género picaresco: en efecto, Ginés es una especie de pícaro, condenado a galeras, que está escribiendo su autobiografía (dejamos ahora de lado la posibilidad de que se trate de un trasunto de Jerónimo de Pasamonte, soldado compañero de Cervantes en la milicia que escribió su propia Vida, y la posibilidad de que fuera Avellaneda, el autor del Quijote apócrifo de 1614)[2].

FirmaPasamonte

Este personaje industrioso reaparece más adelante bajo distintas máscaras: como gitano, cuando roba el rucio a Sancho, y en la II Parte, encarnando a maese Pedro, que se gana la vida con el mono adivino y su retablillo de títeres.

Ginés de Pasamonte como maese Pedro


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] Ver Jerónimo de Pasamonte, Autobiografía, prólogos de Miguel Ángel de Bunes Ibarra y José María de Cossío, Sevilla, Espuela de Plata, 2006; o también Jerónimo de Pasamonte, Relato de un cautivo: vida y trabajos, prólogo de Luisgé Martín, Madrid, La Tinta del Calamar / Servicio de Publicaciones de la Universidad Autónoma de Madrid, 2008; y el trabajo de Margarita Levisi, Autobiografías del Siglo de Oro: Jerónimo de Pasamonte, Alonso de Contreras, Miguel de Castro, Madrid, Sociedad General Española de Librería, 1985. Ver también, entre otros estudios posibles, los de Juan Antonio Frago Gracia, El «Quijote» apócrifo y Pasamonte, Madrid, Gredos, 2005; Alfonso Martín Jiménez, El «Quijote» de Cervantes y el «Quijote» de Pasamonte: una imitación recíproca. La «Vida» de Pasamonte y «Avellaneda», Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cervantinos, 2001; Cervantes y Pasamonte: la réplica cervantina al «Quijote» de Avellaneda, Madrid, Biblioteca Nueva, 2005; y Las dos segundas partes del «Quijote», Valladolid. Universidad de Valladolid (Facultad de Filosofía y Letras), 2014. El Quijote de Avellaneda puede leerse en esta edición: Alonso Fernández de Avellaneda, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, ed. de Luis Gómez Canseco, Madrid, Biblioteca Nueva, 2000.

Personajes del «Quijote»: el cura y el barbero

El cura del QuijoteEn la Primera Parte destaca la pareja formada por el cura y el barbero, que son amigos del hidalgo Alonso Quijano y representan la voz de la razón frente a su locura libresca[1]. Estos personajes tienen una doble función en la novela: por un lado, salen al camino para devolver a don Quijote a casa después de su segunda salida. Sin embargo, para traerlo al redil del hogar, tendrán que entrar en su juego caballeresco e idear diversas tramas ajustadas a su modo aventurero de pensar y entender el mundo. La locura caballeresca, por momentos, se vuelve contagiosa. Para sacar a don Quijote de Sierra Morena, el cura no tendrá reparos en disfrazarse de mujer, aunque muy pronto se da cuenta de lo inadecuado del plan y será reemplazado en ese papel de doncella menesterosa por Dorotea-Micomicona.

La segunda función que encarnan estos personajes se relaciona con el mundo literario: ellos estarán presentes en los dos escrutinios y actuarán como censores de las obras que consideren perniciosas e inverosímiles, además de participar en los debates sobre los distintos géneros literarios.

El barbero del Quijote


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

Importancia estructural de Sancho Panza en el «Quijote»

Cabe destacar la importancia estructural que tiene Sancho en la construcción del Quijote[1]. Recordemos que su primera salida don Quijote la hace solo; pero al regresar a casa ya tiene pensado volver a salir en compañía de «un labrador vecino suyo que era pobre y con hijos, pero muy a propósito para el oficio escuderil de la caballería» (I, 4, p. 62). Y así, la segunda y la tercera salida son ya en la inseparable compañía de Sancho Panza. La presencia continua de ambos personajes permite que los capítulos se estructuren en forma dialógica: juntos don Quijote y Sancho por los caminos de las Españas se enfrascan en jugosas y amigables conversaciones en las que amo y escudero hablan de todo lo divino y lo humano.

La inocencia y la bondad natural de Sancho harán que jamás deje desamparado a su señor, la fidelidad será rasgo destacado en su servicio. Los dos, amo y escudero, son uña y carne y, aunque por momentos discutan y se enfaden, aunque don Quijote llegue a dar algún golpe con su lanzón a Sancho y este le engañe en ocasiones, llegan a formar una entrañable comunión espiritual, una auténtica, profunda y emotiva amistad.

Don Quijote y Sancho Panza

Y de esa estrecha relación entre personajes nace el que ambos cambien y se enriquezcan como personas a lo largo de la obra: Sancho se eleva en espíritu, entendimiento y palabra al contacto con don Quijote (se ha hablado de su proceso de quijotización), de la misma forma que don Quijote se «sanchifica» en cierto sentido. Don Quijote y Sancho, juntos en perpetuo diálogo, resultan inseparables, y juntos conforman la pareja central protagonista de la novela. Tanto es así que, sin la presencia de Sancho al lado de su amo, el Quijote sería inimaginable.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

El personaje de Sancho Panza

Sancho PanzaEl personaje de Sancho Panza se construye por contraste, físico y psicológico, con el de don Quijote[1]. Sancho responde al tipo del labrador inculto (no sabe leer ni escribir), pero de ingenio despierto y con un sentido común a flor de piel. Por su simplicidad e ingenuidad entronca con el bobo o pastor rústico del teatro, pero no es un necio; al contrario, es un personaje que rebosa sabiduría popular y que sabe ser discreto, como lo demuestra con creces su gobierno de la ínsula Barataria. No ha recibido una educación escolar, pero tiene el conocimiento natural de las cosas, que expresa fundamentalmente a través de los refranes.

Si don Quijote ha sido caracterizado como un personaje cuaresmal, Sancho personifica el aspecto carnal de la humanidad. Si don Quijote es alto y avellanado, Sancho destaca por su oronda figura; el escudero disfruta con la comida y la bebida en abundancia y, en general, con todos los aspectos materiales de la existencia, en claro contraste con los altos vuelos del espíritu de su amo. Si uno campa por la región del ideal, el otro se mueve siempre muy a ras de tierra, y juntos sintetizan ese binomio de idealismo y materialismo presente en todo ser humano. El contraste con su amo se da también en el plano lingüístico, pues ambos utilizan registros muy distintos (fabla arcaizante, estilo culto y elevado vs. refranes y habla rústica y vulgar). Frente a la valentía extrema de don Quijote, Sancho rehuirá siempre que pueda las ocasiones de peligro, aunque en muchos momentos terminará compartiendo golpes y sufrimientos con su amo.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

El personaje de don Quijote y sus interpretaciones simbólicas

Don QuijoteEn este sentido, interesa recordar que, para los contemporáneos de Cervantes, don Quijote era, exclusivamente, un personaje cómico, una figura ridícula, caracterizada por su comportamiento grotesco y disparatado: un loco del que todos se podían burlar para divertirse y reírse a su costa[1]. En el siglo XVIII, momento en que empiezan a aparecer estudios más profundos sobre la obra y el personaje, este se leerá en clave satírica, como personificación del daño que pueden causar las lecturas de ficción caballeresca. Y tendremos que esperar al siglo XIX, a las interpretaciones románticas, para ver convertido a don Quijote en un personaje más rico y complejo, de profundo carácter simbólico.

Cada generación irá añadiendo nuevas lecturas, nuevas interpretaciones del Quijote y de don Quijote, con una enorme pluralidad de enfoques y perspectivas. Así, don Quijote pasará a convertirse en símbolo de la lucha por la justicia y la libertad, o del conflicto entre lo ideal y lo real. Con la Generación del 98 se refuerza la lectura hispanista: las derrotas de don Quijote son el reflejo de la decadencia de la España heroica y caballeresca. Para Ortega y Gasset, unos años después, don Quijote es el espejo del hombre que tiene un proyecto vital auténtico y desarrolla la idea filosófica del heroísmo del fracaso: el personaje cervantino es un héroe que surge del fracaso, y en ese fracaso nos está brindando una enseñanza. Más recientemente, otros estudios (en especial los de Augustin Redondo[2]) han puesto de manifiesto el carácter cuaresmal del personaje, en el contexto de una interpretación en clave carnavalesca del conjunto de la novela. Etcétera.

Sea como sea, don Quijote es un personaje entrañable y rebosante de humanidad, coherente siempre con sus ideales hasta las últimas consecuencias, cuya peripecia vital no está exenta de tragedia y patetismo (recordemos las numerosas ocasiones en que resulta herido, sufre caídas, termina con los huesos molidos, pierde dientes y muelas…); un personaje que con su vivir y actuar nos lega una enseñanza que sigue plenamente vigente, pues viene a mostrarnos que la mayor hazaña del hombre es vencerse a sí mismo; un personaje, en fin, cuyas aventuras nos hacen reír muchas veces, en ocasiones sonreír y quizá también, en algunos momentos, llorar amargamente.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] En Otra manera de leer el «Quijote». Historia, tradiciones culturales y literatura, Madrid, Castalia, 1997, especialmente el capítulo II.2, «El personaje de don Quijote», pp. 205-230.

Don Quijote o la locura caballeresca

Alonso Quijano enloquece leyendo libros de caballeríasUno de los rasgos que definen a don Quijote es la locura, cercana a la paranoia; pero es la suya una locura muy peculiar[1]. Don Quijote es loco solo en aquello que tiene que ver con la caballería andante; cuando su mente no está dominada por su monomanía caballeresca, piensa y razona a las mil maravillas, y hasta declama discursos que dejan admirados a sus oyentes por su discreción y buen juicio. De ahí que don Diego de Miranda, tras la aventura de los leones, lo defina como «un cuerdo loco y un loco que tiraba a cuerdo» (II, 17, p. 768), y que poco más adelante su hijo don Lorenzo hable de él como «un entreverado loco, lleno de lúcidos intervalos» (II, 18, p. 776).

Sin embargo, al final de sus días, se invierte el proceso con que comenzaba la novela: de cuerdo había dado en loco y, tras su derrota como caballero andante, que supone la pérdida definitiva de su voluntad heroica, deja de ser loco para volver a estar cuerdo. En efecto, el regreso a casa significa también un regreso a la cordura: el personaje vuelve a recuperar el juicio, vuelve a ser de nuevo el hidalgo Alonso Quijano el bueno, para morir cristianamente, rodeado de sus familiares y amigos, en su lecho, después de haber hecho testamento, y él mismo proclama taxativamente:

—Yo fui loco y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno (II, 74, p. 1220).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

Don Quijote, personaje adánico

Don QuijoteDon Quijote, como personaje, es un protagonista completamente diferente a los que aparecían en las obras narrativas al uso hasta entonces, incluidas las correspondientes al género caballeresco o al picaresco[1]. En efecto, no se trata de un personaje determinado por su origen, como sí lo eran el caballero (poseedor de una genealogía heroica, heredada por su nacimiento) y el pícaro (un «caballero enrevesado», para decirlo en palabras de Pedro Salinas, que cuenta con una genealogía ruin e infamante). Don Quijote, por el contrario, es un personaje «adánico» que se hace a sí mismo, del que no conocemos su historia previa: no sabemos quiénes fueron sus antepasados, ni a qué ha dedicado los años de su existencia anterior, y surge para nosotros, lectores, entrado ya en la cincuentena, cuando (según la esperanza de vida de aquel entonces) es ya casi un anciano[2].

En el primer capítulo, de forma muy sintética, se nos ofrece un acabado retrato de este hidalgo «de segunda», con ejecutoria de linaje pero empobrecido (hidalgos de gotera llamaban también en la época a estos representantes de la baja nobleza): se nos describe su menú diario más bien frugal que abundante («Una olla de algo más vaca que carnero…», pp. 35-36), su austera y algo anticuada vestimenta y también los escasos pasatiempos que la vida de aldea le brindaba para combatir el tedio de una existencia igual y sin horizontes. Téngase en cuenta que los hidalgos no podían trabajar puesto que se consideraba que el trabajo manual deshonraba y era, por tanto, una actividad impropia de la nobleza. Así, las únicas aficiones con las que Alonso Quijano podía llenar tantas horas de monotonía[3] eran la conversación cotidiana con los amigos (el cura y el barbero) y familiares (la sobrina y el ama), la práctica de la caza (ejercicio, este sí, propio de los nobles por ser imagen de la guerra) y, especialmente en su caso, la lectura, sobre todo de libros de caballerías, que serán los que le hagan enloquecer:

En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio (I, 1, p. 39).

En ese mismo capítulo primero, Alonso Quijano transmuta el mundo a través del poder mágico de la palabra. De este modo, vuelve a nombrar a su caballo (de rocín lo vuelve en Rocinante), se bautiza a sí mismo con un nombre sonoro propio de héroe caballeresco (deja de ser el hidalgo Alonso Quijano para convertirse en el caballero andante don Quijote de la Mancha) y lo mismo hace con su amada (transforma a la rústica labradora Aldonza Lorenzo en la sin par princesa Dulcinea del Toboso). En esta actividad nominativa —y en fabricarse una celada— emplea varios días, buena señal de que el tiempo le sobraba a este ocioso hidalgo. Y es que don Quijote, antes de ejercitarse con las armas, se bate en el campo del decir poético, de la creación —a partir de la palabra— de un nuevo mundo, idealizado, completamente diferente de la realidad prosaica que perciben sus ojos.

En suma, don Quijote antes que caballero andante es poeta. Don Quijote se crea a sí mismo y crea, igualmente, el mundo que añora habitar. Y nosotros sentimos el deseo íntimo, la arrolladora voluntad de ser y hacerse del personaje, un personaje completamente libre[4], como proclamará más adelante, en el capítulo I, 5: «Yo sé quién soy» (p. 73). Don Quijote de la Mancha tiene una fe absoluta en sus sueños e ideales, en su proyecto de vida; don Quijote es, como acertadamente sugiriera Unamuno en su Vida de don Quijote y Sancho, el Caballero de la Fe.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

[2] Para más detalles, Eduardo Godoy, «Cervantes (Don Quijote): en torno a aspectos novelescos fundamentales», en AA. VV., Vigencia de la lectura del «Quijote», Santiago de Chile, Cuadernos Juvenal Hernández, 1996, pp. 37-55.

[3] Este problema del aburrimiento era propio de toda una generación, como han señalado Francisco Rico y Joaquín Forradellas en su lectura del capítulo I, 1, en Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Volumen complementario, pp. 16-18.

[4] Véase Luis Rosales, Cervantes y la libertad, Madrid, Valere, 1960.

Los personajes del «Quijote»

El censo de personajes del Quijote es verdaderamente elevado[1]. Se han hecho recuentos que sitúan en torno a los setecientos el número de los mencionados (un total de 659 personajes, de los cuales 607 son hombres y 52 mujeres), pero los que intervienen en la acción, aunque sea de forma mínima, son unos doscientos[2], que conforman un personaje coral o colectivo. En efecto, con los numerosos personajes que pueblan las páginas de su novela, Cervantes recorre todos los estratos sociales, los distintos oficios, las diversas regiones de la geografía peninsular, conformando un acabado retrato de la sociedad de su tiempo.

Personajes del Quijote

Se ha afirmado, con plena razón, que en el Quijote está toda la España del XVII, desde el rey hasta el último villano, pasando por representantes de los distintos estamentos, clases sociales y oficios: miembros de la alta nobleza, hidalgos más o menos empobrecidos, labradores ricos, comerciantes, médicos, letrados, eclesiásticos, estudiantes, militares, cabreros, arrieros, mozos de mulas, venteros, actores, mozas de mesón y del partido, amas, dueñas, doncellas, damas principales, y un larguísimo etcétera. En suma, puede decirse que en el Quijote están representadas, sin excepción, todos los grupos de la pirámide social, y que leer esta obra es un modo de asomarse al inmenso mosaico de la España de aquel entonces. En cualquier caso, no por esta circunstancia de su concreta y exacta localización espacial pierde el libro valor universal, y en ello precisamente radica, en buena medida, la riqueza de la magistral obra cervantina.

Por otra parte, Cervantes tiene la habilidad de caracterizar a muchos de sus personajes con rasgos bien definitorios y representativos de su condición, aunque no por ello se queden siempre en la categoría de meros tipos: así, acumula en su retrato elementos que nos hablan de su presencia física, su temperamento y psicología, su indumentaria y sus hábitos alimenticios, su ideología, sus sentimientos y aspiraciones, sus peculiares formas de hablar… Dicho con otras palabras, el modo de caracterización de los personajes cervantinos no es excluyente, sino incluyente: cada uno de ellos no está caracterizado por un sólo rasgo que lo tipifica sino que conforma una psicología con rasgos positivos y negativos. Recordemos que Cervantes retrata sus personajes sirviéndose del perspectivismo (cada uno de ellos es descrito por el narrador y también por otros personajes) y, en este sentido, no son unívocos, sino que quedan presentados desde distintos puntos de vista.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] Remito a Alberto Sánchez, «La sociedad española en el Quijote», Anthropos. Suplementos, 17, 1989, pp. 267-274; y a Antonio Domínguez Ortiz, «La España del Quijote», estudio preliminar en Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998, pp. LXXXVII-CIV.