Toledo en «Camino de perfección»(1902), de Pío Baroja (1)

Camino de perfección (pasión mística)[1] de Pío Baroja es una de las cuatro novelas con las que en 1902 se dan a conocer los jóvenes escritores del 98 (las otras tres son Amor y pedagogía de Unamuno, la Sonata de otoño de Valle-Inclán y La voluntad de Azorín).

Camino de perfección, de Pío Baroja

Su protagonista, Fernando Ossorio, es el típico héroe barojiano que se debate entre el deseo de acción, la voluntad, por un lado, y el abatimiento, la inacción, por otro. Su recorrido vital reflejado en la novela ha sido equiparado a un viaje místico[2]. Así, la primera sección de la obra, ambientada en Madrid, nos muestra al personaje sumido en un estado de confusión, abatido también por el pecado. Fernando está fuertemente marcado por la presencia de la muerte (la de su padre, la de su abuelo, la de su tío abuelo…), incluso se ha sugerido que su apellido, Ossorio, evoca fonéticamente, por paronomasia, osario ‘muerte’. Está verdaderamente obsesionado, y ese estado de caos mental le conduce a una relación incestuosa con su tía Laura. Además, ha profanado un Cristo, que luego se le aparece en una serie de visiones macabras. Para escapar de ese estado de caos y abatimiento, para huir de la sombra de la muerte y el pecado que le persiguen de continuo, un amigo le recomienda salir de Madrid. Es así como Fernando inicia el recorrido de su personal camino «místico» y se encamina en primer lugar hacia una vía purgativa, dolorosa y oscura.

Esa vía purgativa ocurre en El Paular: allí Fernando medita en soledad, conversa con su nuevo amigo Max Schulze…, pero todavía no está purificado de su idealismo; de ahí que decida continuar su viaje, que le llevará hacia Toledo, dando paso así a la que sería la vía iluminativa de su particular camino de perfección. La llanura castellana, plena de luz y calor, ciega a Ossorio, que pasa diez días enfermo en Illescas; esta será su «noche oscura», no solo del alma, pues sus ojos también están afectados. De hecho, el protagonista parte hacia Toledo con los ojos vendados (en lo que constituye un claro símbolo de su situación personal).

Toledo representa en su pensamiento la ciudad mística por antonomasia, y así aparece en sus sueños. Sin embargo, la realidad que va a encontrar va a ser muy distinta, hasta el punto de que Toledo será para él sinónimo de oscuridad[3]. Escribe Cansinos Assens que:

A partir del 98, se beneficia Toledo de esa atención inquisitiva, entre amorosa y hostil, que los escritores fijan en las viejas ciudades castellanas, áreas de tradición que guardan, o parecen guardar, el alma de la raza, inmutable. Los escritores, impresionados por el desastre colonial, van a interrogar a esas esfinges del pasado para pedirles la clave de la decadencia de España. Esas viejas ciudades —Ávila, Segovia, Salamanca, Toledo— son como los grandes sarcófagos donde los escritores evocan el espíritu de la muerta Castilla, haciendo comparecer a las sombras gloriosas de sus santos y de sus héroes. Como treinta años antes, en la época romántica, vuelven a ser esas ciudades hitos de peregrinaciones literarias; sólo que ahora los escritores van a ellas, no a gozar simplemente de sus bellezas arqueológicas y a ensoñar en el claro de luna, sino a sentir la emoción de la raza y analizar luego serenamente sus reacciones. Van a ellas a ver la eterna representación teatral que allí se da de la España de los siglos pretéritos, que habrán de presenciar como críticos, animados de fría curiosidad[4].


[1] Citaré por Pío Baroja, Camino de perfección (Pasión mística), prólogo de Pío Caro Baroja, Madrid, Caro Raggio, 1993.

[2] Ver Weston Flint, «Mística barojiana en Camino de perfección», en Alan M. Gordon y Evelyn Rugg (eds.), Actas del Sexto Congreso Internacional de Hispanistas, Toronto, University of Toronto, 1980, pp. 252-254, al que sigo en este resumen.

[3] Remito para más detalles a mis trabajos: Carlos Mata Induráin, «La herencia del 98. Félix Urabayen o el idilio entre Vasconia y Castilla»Pregón Siglo XXI, núm. 12, Navidad de 1998, pp. 23-27; «Toledo, ciudad dormida. El retrato físico y moral de la “imperial ciudad” en la narrativa de Félix Urabayen», en Kay M. Sibbald, Ricardo de la Fuente y Joaquín Díaz (eds.), Ciudades vivas / ciudades muertas: espacios urbanos en la literatura y el folklore hispánicos, Valladolid, Universitas Castellae, 2000, pp. 217-234; y «Toledo en la narrativa del 98 y del Regeneracionismo: Camino de perfección (1902) de Pío Baroja y Toledo: Piedad (1920) de Félix Urabayen», en Manuel Casado Velarde, Ruth Fine y Carlos Mata Induráin (eds.), Jerusalén y Toledo. Historias de dos ciudades, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2012, pp. 215-231.

[4] Rafael Cansinos Assens, «Toledo en la novela», en Obra crítica, tomo II, Sevilla, Diputación de Sevilla, 1998, pp. 329-330.

Temas de «Teresa» (1924) de Unamuno: Vida

Ya en la rima 3 de Teresa[1] de Unamuno encontramos que la «sed de vivir» está íntimamente unida a la «sed de amar». La rima 15 es muy importante para la identificación de Vida, Amor y Muerte: «Por el amor supimos de la muerte, / por el amor supimos que se muere: / sabemos que se vive / cuando llega el morirnos». La misma idea se expresa en la estrofa final de la 20: «Virgen, Amor, Muerte y Vida, / todo formaba una rosa».

Rosa

Rafael desea morirse para reunirse con su amada, pero por otro lado el instinto de supervivencia le mantiene aferrado a la vida. Vida y Muerte se identifican también en la sepultura de Teresa. Rafael refiere en la rima 22 que escucha el canto de su amada, y «era un canto de tumba y un canto de cuna». A la 48 pertenecen estos bellos versos:

Tú no puedes morir aunque me muera,
tú eres, Teresa, mi parte inmortal,
tú eres mi vida, que viviendo espera,
la estrella de mi flor breve y fatal.
[…]
Hecha mujer por mí quedaste presa
de la razón eterna del vivir,
y al hacer que no mueras, mi Teresa,
aunque me muera yo no he de morir.

En la rima 71 Rafael se dirige a la Virgen, con el ruego de que interceda por ellos para que puedan vivir unidos en la vida perdurable:

Haz por ella que en la hora del ocaso,
en el último trance,
cuando de mi alma al fin se rompa el vaso,
de nuestro Padre alcance
eterna vida
mi tierra con su tierra confundida.

Por ello, porque confía en reunirse con su amada en la vida eterna, un tono de júbilo preside la rima 85: «¡Que me ahogo en un piélago de gana / terrible de morir!». En las últimas composiciones de Teresa se intensifica notablemente la vivencia poética de la muerte, pero de una muerte que se identifica ya, en la conciencia del poeta, con el nacimiento pleno a otra vida, a una Vida superior (cfr. especialmente las rimas 90, 93 y 95)[2].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

Toledo en la narrativa del 98 y el regeneracionismo

La ciudad de Toledo, con su rica historia a lo largo de los siglos, con sus paisajes y sus gentes, ha generado una infinidad de recreaciones, muy variadas, en las artes y las letras. También en la novela: en su trabajo Toledo en la novela, valiosa aproximación preliminar a este tema[1], Rafael Cansinos Assens escribe unas palabras valorativas sobre el conjunto de esta «literatura novelesca inspirada por la imperial ciudad en los últimos tiempos». Dice así:

Lo primero que se nos ocurre al encararnos mentalmente con esta formidable mole de evocaciones legendarias e históricas que representa la secular ciudad, fundada según una hipótesis que parece abonar su nombre mismo —Toledoth, generaciones— por colonias judías anteriores a la dispersión definitiva de Israel, sede de cortes y concilios visigóticos, teatro de dramáticas luchas civiles en tiempos de los árabes, y más tarde de sangrientas contiendas entre cristianos viejos y cristianos nuevos, nidal de las bicéfalas águilas imperiales en tiempos de Carlos V, solar en que se alzan monumentos arquitectónicos, dechado de belleza y expresión al par de lo más íntimo del alma de diversos pueblos, aljamas, catedrales, alcázares y sinagogas, y a cuyo alrededor forman cenefa esos famosos y traviesos cigarrales, todo ello ceñido y reflejado por las aguas de ese Tajo eglógico y fatídico que acariciaron el bello cuerpo de la Caba e imprimen un temple heroico a los aceros, y cubierto por un cielo reverberante, en el que parecen brillar como astros ciertos nombres inmortales y fúlgidos —Yehuda Halevy, Garcilaso, Samuel Levy, el Greco—, lo primero que se ocurre, repetimos, es preguntarse si nuestra literatura contemporánea ha sabido exprimir en obras dignas tan rico racimo de sugestiones estéticas. Desde luego, podemos responder que no. Falta, no sólo en nuestra literatura contemporánea, sino, en general, en nuestra literatura, una novela histórica magistral que recoja el intenso dramatismo de alguno de los momentos apuntados: los nombres luceros de esos cielos musulmanes, cristianos y judíos no han conducido a nuestros escritores a ningún Natal artístico[2].

Vista de Toledo

En las entradas que seguirán pretendo ofrecer algunos comentarios acerca de la imagen de Toledo reflejada en la narrativa española de comienzos del siglo XX. Para ello, centraré mi análisis en dos novelas concretas, Camino de perfección (1902), de Pío Baroja, y Toledo: Piedad (1920), de Félix Urabayen[3].


[1] Ver Rafael Cansinos Assens, «Toledo en la novela», en Obra crítica, tomo II, Sevilla, Diputación de Sevilla, 1998, pp. 315-384, que estudia un corpus de varias novelas y finaliza a modo de conclusión con unas «Características de la novelesca toledana» (pp. 377-384).

[2] Rafael Cansinos Assens, «Toledo en la novela», en Obra crítica, tomo II, Sevilla, Diputación de Sevilla, 1998, pp. 317-318.

[3] Remito para más detalles a mis trabajos: Carlos Mata Induráin, «La herencia del 98. Félix Urabayen o el idilio entre Vasconia y Castilla»Pregón Siglo XXI, núm. 12, Navidad de 1998, pp. 23-27; «Toledo, ciudad dormida. El retrato físico y moral de la “imperial ciudad” en la narrativa de Félix Urabayen», en Kay M. Sibbald, Ricardo de la Fuente y Joaquín Díaz (eds.), Ciudades vivas / ciudades muertas: espacios urbanos en la literatura y el folklore hispánicos, Valladolid, Universitas Castellae, 2000, pp. 217-234; y «Toledo en la narrativa del 98 y del Regeneracionismo: Camino de perfección (1902) de Pío Baroja y Toledo: Piedad (1920) de Félix Urabayen», en Manuel Casado Velarde, Ruth Fine y Carlos Mata Induráin (eds.), Jerusalén y Toledo. Historias de dos ciudades, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2012, pp. 215-231.

Temas de «Teresa» (1924) de Unamuno: Amor

El Amor, la Vida y la Muerte constituyen los temas nucleares del cancionero Teresa[1] de Unamuno; los tres se presentan estrechamente relacionados y al final llegan a constituir para el poeta conceptos cuasi-sinónimos.

El amor por Teresa es el sentimiento que ha inspirado a Rafael todos sus versos, como confiesa en la rima 31:

Todo el saber de amor que se desate,
cual un río que baja de la sierra,
de estas mis rimas, se lo debo sólo
a ella, sólo a ella.

Es el suyo un amor que se presenta como sufrimiento (rima 36), «un querer que es sufrimiento puro» (rima 44). Y, al mismo tiempo, un amor salvador: «Es tu recuerdo mi escudo / y ya, Teresa, no dudo, / de que tú me salvarás» (rima 54). Desde el primer poema se va destacando la idea de la identidad entre el amor y la eternidad: «Ya, Teresa, me espera / para la eterna cita / hecho tierra bendita / tu pobre corazón» (rima 1). Gracias al amor se puede trascender esta existencia terrena y caminar hacia un concepto de eternidad; eterna boda, eterna esperanza, eterna vida son expresiones que se reiteran a lo largo del libro.

Corazones

A veces surge la duda y la desesperanza, como en la rima 70: «Cúname, Amor, en el divino engaño / de la inmortalidad…». Sin embargo, en la parte final y en particular en la última rima, Rafael se reafirma totalmente en su creencia de una vida después de la muerte, de un amor eterno y trascendente que unirá en una sola su alma y la de Teresa. En este sentido, no parece casualidad que la última palabra de las rimas sea precisamente «Resurrección»[2].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

Motivos y símbolos de «Teresa» (1924) de Unamuno: las avecillas y el sueño

Las avecillas aparecen en diversas ocasiones en Teresa[1] de Unamuno, pero no se trata de un motivo importante. Ya vimos cómo los ojos de Teresa eran «palomas» o bien, en otra ocasión, «alondras». En la rima 7 leemos «pajarillos», en la 22 «pájaro herido». Predominan las alusiones a las golondrinas, a veces como un recuerdo de los famosos versos de Bécquer (rimas 8, 27, 51 y 95).

Golondrinas sobre un cielo azul en medio de un paisaje verde

En cambio el sueño es un símbolo importante en este poemario, sobre todo por su relación con la muerte, porque dormirse, entregarse al sueño, es «sumirse / en no vivir» (rima 80). En la rima 52 se dice: «Acaso fue nuestra vida / nada más que un aletazo / del Señor, que en el regazo / del sueño nos enterró». A propósito del verso de Bécquer «tu corazón de su profundo sueño…», Teresa señala: «Morir… dormir… soñar acaso, / ¿no me dijiste así? / Soñar entre tus brazos, ¡dulce sueño!». Pertenecen estos versos a la rima 51. En la 77, en fin, Rafael sueña a su amada[2].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

Motivos y símbolos de «Teresa» (1924) de Unamuno: el otoño y el color amarillo

Estos dos motivos del otoño y el color amarillo están profundamente relacionados en Teresa[1] de Unamuno. Veamos algunos ejemplos:

Y al llegar en otoño los días
y las noches febriles del año,
con las hojas… Tu tierra las lluvias
están abrevando (rima 2).

Una noche serena de otoño
vi a la lívida luz de la luna
de nuestro árbol temblar en la copa
una hoja, ya última.
[…]
Amarillo el recuerdo, la muerte,
amarillo todo lo que se usa… (rima 26).

… y en las tardes doradas y tranquilas
del otoño supiste del dolor (rima 48).

… y temblaste en tu silla
viendo caer del árbol una hoja
de otoño, ya amarilla (rima 79).

Hojas amarillas

El otoño, el color amarillo, la caída de las hojas de los árboles simbolizan, claro está, la muerte que amenaza a los amantes[2].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

Motivos y símbolos de «Teresa» (1924) de Unamuno: los besos y las flores

El de los besos es un motivo bastante repetido en Teresa[1] de Unamuno, pero menos importante. Se habla de besos «febriles» (siempre está presente la enfermedad) en la rima 10, de los besos de Teresa que aún viven en las mejillas de su hermanita (rima 50), de un beso en los dedos (rima 23), de los primeros besos que se dieron (rimas 58, 89 y 90). La vida y la muerte se entremezclan con los besos, pues si bien «en cada beso nuestro amor vivía, / nacía en cada beso», en otra ocasión se habla de «un beso lento, / pero beso de muerte» (rimas 30 y 77, respectivamente).

«Lʼanniversaire», de Marc Chagall
«Lʼanniversaire», de Marc Chagall

Tradicionalmente la flor ha sido el símbolo por excelencia de la fugacidad de la belleza (desde, por lo menos, el «Collige, uirgo, rosas…» de Ausonio). Pero el valor de los símbolos no es siempre unívoco y, así, nuestro poeta puede hablar de «la eternidad de la flor»:

Recordando tus dolores,
dolores de puro amor,
aquí te traigo estas flores,
fruto de nuestros amores:
¡La eternidad es la flor! (rima 54).

La flor puede asociarse también al ocaso: «Y entonces a poniente el cielo se hace / todo como una rosa» (rima 9); la mar quiere «ceñir al sol poniente una amapola / que en ella muere» (rima 91). Puede tratarse de un simple motivo: «¿Te acuerdas de la amapola / que hube una vez de prender / en tu pecho?…» (rima 54), y lo mismo la corona de siemprevivas de la rima 56. Sirve también como base para una metáfora: sangre=rosas o pétalos de carne (rimas 6 y 10, al hablar del pañuelo manchado). O puede simbolizar a la mujer amada: Teresa es «lirio / de casta pureza» (rima 54). Además del término genérico flor, flores[2], se emplea rosas, lirios, amapolas, siemprevivas, pensamientos y azucenas[3].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Los poemas en los que se encuentran menciones de las flores como motivo o como símbolo son los números 6, 7, 9, 10, 16, 20, 26, 43, 44, 51, 54, 56, 60, 69, 73, 91, 92 y 98.

[3] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

Motivos y símbolos de «Teresa» (1924) de Unamuno: la enfermedad

Además de lo dicho al tratar de la descripción de la amada, la enfermedad se refleja en algunos versos de las rimas de Teresa[1] de Unamuno: en la 21 se habla de «eslabón de fiebre», en la 46 de «la fiebre / que ceñía por dentro a sus huesos», en la 60 de «noches de febril desvelo». En la 54 leemos: «y en fiebre hacía esclava / de tu salud mi salud». La 47 es un diálogo entre Teresa y Rafael en el que ella manifiesta su intención de marchar en verano a la sierra «para dorarme al sol de las alturas», esto es, para someterse a una «helioterapia».

«La primera y última comunión», de Cristóbal Rojas (Galería de Arte Nacional, Caracas, Venezuela)
«La primera y última comunión», de Cristóbal Rojas (Galería de Arte Nacional, Caracas, Venezuela)

En cualquier caso, la referencia más clara a la tisis (Rafael morirá de la misma enfermedad que su amada) se halla en la rima 13: «Me muero de un mal cursi, Bécquer mío, / se me agota el pulmón»[2].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

Motivos y símbolos de «Teresa» (1924) de Unamuno: el amanecer y el ocaso

Normalmente identificamos amanecer con ‘vida, nacimiento’ y ocaso con ‘fin, muerte’. Sin embargo, en Teresa[1] de Unamuno ambos términos se hacen sinónimos: «El ocaso y el alba son lo mismo» (rima 59), «El alba y el ocaso se fundían / sobre tu cuna, / y fundidos en uno me traían / nuestra fortuna» (rima 68). En esa misma rima se anuncia que «nace el alba en tu tierra de la huesa» y que «Es un alba sin sol, eterna aurora / que siempre avanza». Sigue una poética descripción del ocaso, que «era tu hora»:

En la rosada puesta del oeste
lento sonaba
toque fundido en el azul celeste
como de aldaba.
Le cerré al cielo el ojo en un abrazo
la campa en lloro,
recojiendo piadosa en su regazo
lágrimas de oro.

Atardecer en un campo de trigo con un árbol al fondo

La rima 69 es muy importante: Rafael recuerda que quemó sobre la tumba los versos escritos en vida de Teresa «a la puesta del sol, hora / de nuestro amor». En fin, en la rima 71 la sonrisa de la amada se equipara al amanecer[2]: «El alba es tu sonrisa y es la brisa / del alba tu respiro; / acuérdate cuando iba al alba a misa / por ti y en el retiro / por mí rogaba»[3].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Otros ejemplos de estos motivos: «A la puesta del sol la cruz del leño […] / va alargando su sombra. / Es el reló de sol de la otra vida, / el que nos marca la hora / de la oración eterna, mi Teresa, / y de la eterna boda» (rima 9); «A la puesta del sol vi la corona / de siemprevivas…» (rima 56); «…y el sol, todo luz, más amortiguado / su fuego, se acostaba / tibio en tierra / con un ocaso dulce y sosegado» (rima 64). Y más ocurrencias en las rimas 11, 51, 74 y 80.

[3] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

Motivos y símbolos de «Teresa» (1924) de Unamuno: la tierra y la yerba y la cruz

Los motivos y símbolos presentes en el poemario Teresa[1] de Unamuno son muy abundantes[2] y muchos de ellos, o bien remiten directamente a la muerte, o bien aparecen en función de ella, mediatizados por ella.

La tierra y la yerba son símbolos muy importantes y repetidos en el poemario, sinónimos los dos de ‘muerte’ (se reiteran al hablar de la tumba de Teresa), aunque, como luego señalaré al tratar de los temas, la muerte no siempre tiene aquí connotaciones negativas, pues es un paso hacia la Vida perdurable. Ya en la primera rima leemos: «Ya, Teresa, me espera / para la eterna cita, / hecho tierra bendita / tu pobre corazón». En la número 5: «… y mirabas el blanco sendero / que a la tierra nos lleva, que hoy guarda, / Teresa, tu cuerpo». En la rima 8 se recuerda que las golondrinas «sobre tu tierra vuelan sin cesar» y se menciona «la yerba / bajo que has ido al fin a descansar». La siguiente indica que una cruz «tu frente corona / sobre la yerba de tu camposanto»[3]. Toda la rima 12 gira en torno al símbolo de la tierra:

Todos los de mi sangre, de mi raza,
duermen en tierra,
los más desde hace siglos,
en tierra mi Teresa…
[…]
y vine aquí al olvido
de nuestra madre Tierra… 
[…]
y en tierra están sumidos
tus ojos, mi Teresa…

La consideración de la tierra como madre se repite en la rima 52: «Teresa, en la última cuna, / la de madre tierra, pide / que nunca Dios nos olvide / lo que es vivir de verdad». En la 40 se escribe: «Bañé con el rocío de mis lágrimas / el vestido, Teresa, / de tierra que reviste y que recubre / a tu cuerpo de tierra». Nótese aquí la identificación ya total del cuerpo de Teresa con la tierra: su cuerpo es de tierra. De forma similar, en la rima 45 se equiparan sus ojos verdes con la hierba que rodea a su sepultura: «Mas tus ojos verdes, —mi eterna Teresa, / los que están haciendo —tu manto de yerba…».

Tumba rodeada de hierba

Al final, la misma tierra unirá a los amantes, ahora separados: «Lloverá sobre la tierra / que confunda nuestros huesos, / la que nuestras carnes cierra; / serán de lluvia los besos; / sólo el que muere no yerra» (rima 87). La tierra que cubre a Teresa muerta, con su manto de yerba, es un símbolo de la muerte; pero la muerte es el nacimiento a una nueva vida, de ahí que el poeta pueda llamar «cuna» a la huesa en que yace la amada de Rafael[4].

En cuanto a la cruz, es un símbolo íntimamente relacionado con los dos anteriores, porque una cruz preside la sepultura de Teresa. Sus primeras apariciones se registran en las rimas 9 y 20, a las que pueden añadirse la 43: «Y de la cruz que tu tierra corona / brota invisible un Jordán de pureza»; y la 56: «A la puesta del sol vi la corona / de siemprevivas que colgué con manos / temblorosas del leño que eslabona / tu tierra con tu cielo como hermanos» (donde leño equivale a ‘cruz’)[5].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Esta clasificación mía puede cotejarse con la que ofrece Ángel-Raimundo Fernández González en su libro Unamuno en su espejo, Valencia, Bello, 1976, pp. 180-186, la cual incluye motivos cósmicos (otoño, atardecer, noche, amanecer, campo y sierra, mar, tierra, yerba, lluvia), motivos animales (gato, macho cabrío, golondrinas), motivos corporales de la amada (ojos, boca, labios, oídos, dedos, pelo, voz, corazón, respiración, senos), motivos ideales de la amada (nombre, sueño), cosas de la amada (pañuelo), personas queridas de la amada (abuelos, antepasado, primo), otros motivos (la tabla de multiplicar, celos, coronas de flores siemprevivas, medallones de piedra), apoyos literarios (parejas de amantes, don Miguel de Unamuno), motivos religiosos (María y oraciones, Eva) y, en fin, motivos psicológicos (Amor y Muerte).

[3] En la rima 20 aparece de nuevo unida la cruz de la sepultura de Teresa a la tierra en que descansa: «Hoy, cuando la frente inclino / sobre tu tierra, Teresa, / siento la cruz del destino / cómo me llama a tu huesa».

[4] Pueden verse más ejemplos en la rima 47: «Poco después en sus brazos / de sombra / te recojía la tierra materna / y da el padre sol a la verde alfombra / de tu cuna final su lumbre eterna»; en la 57: «Pronto irás también tú, corazón mío, / a la cama de tierra del reposo / que nunca acaba…»; en la 60: «…no al Dios que vela, sino al Dios que duerme, / tierra su almohada. […] Espero despertarme entre tus brazos / hechos tierra mollar, fresca y oscura, / hechos reposo»; en la 68: «…nace el alba en tu tierra de la huesa»; en la 69: «Bien sé por fin que es divina la tierra / que guarda tu beldad, / y sé que el cielo en la tierra se encierra / por toda la eternidad». Las citas podrían multiplicarse (otras rimas en las que aparecen ocurrencias de la tierra o la yerba: 3, 19, 26, 40, 43, 46, 55, 71…).

[5] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).