La Navidad de los poetas navarros: Urrutia, Martínez Baigorri y Gaztelu

Más cerca de nuestros días, ya en el siglo XX, el tema navideño ha sido líricamente cantado por numerosos poetas. Por ejemplo, Ángel Urrutia, Ángel Martínez Baigorri o Ángel Gaztelu; ¿y quién mejor que este trío de “Ángeles” para cantar el Nacimiento del Niño-Dios?

Ángel Urrutia publica su primer poema navideño en la revista madrileña Signo (30 de diciembre de 1955):

Reclíname al Infante en la palabra
aunque sea inexacta,
aunque no quepa en ella
el Verbo, pronunciado con las letras
humanas de la carne.

En Navidad de 1969, en la revista Pregón, aparece su «Canción de Navidad»:

Para hacer todo el camino
que hay de mi vida a Belén
he de prenderme en el alma
o una estrella o un clavel.

Oro, incienso y mirra llevo
si llevo un poco de luz:
¿por qué no hacerme yo cuna
en vez de hacerme ya cruz?

Ángeles de oro y pastores
llenarán mi corazón,
porque ya siento en el pecho
un nacimiento de amor.

Lanza aleluyas de gloria
este arco-iris de paz;
la Navidad es por dentro,
por fuera no hay Navidad.

La Nochebuena no es noche
porque está llena de luz.
A todos nos ha nacido
el mismo Niño Jesús.

Adoración de los Reyes Magos

Y un año más tarde da a las prensas otro poema más logrado, el soneto «Paisaje de la Navidad», de cadenciosos endecasílabos:

Sobre un manso pesebre Dios se atreve
a ser carne mortal, a la locura
de hacer con nuestro barro su hermosura
mientras cae el silencio de la nieve.

La noche está de frío. Un Niño mueve
el paisaje del musgo y la ternura;
y saltan villancicos de agua pura
al abrazarse el fuego con la nieve.

Los caminos terminan en la cuna
donde nacen de nuevo los caminos
y se inclinan de gozo las palmeras.

Luz de ángeles colgantes, pozos, luna,
corre un espejo y mueve los molinos,
y los hombres se dicen primaveras.

Por su parte, el Padre Ángel Martínez Baigorri, durante su estancia en Bélgica, concretamente el año 1932, vertió al castellano la letra de un villancico flamenco. Dice así:

Un sol ha nacido en la noche.
—Estrellas, ¿sabéis dónde está?
La estrella del alba decía:
—Su aurora brilló en un portal.

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

Un niño ha nacido en el campo.
No tuvo casa en que nacer,
y el cielo estrellado su manto
le dio a su cuna por dosel.

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

—¿Qué nombre pondremos al Niño?
Su padre exclamó: —Salvador.
El Niño sonríe y su pecho
palpita en incendio de amor.

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

—¿Qué nombre pondremos al Niño?
Su madre le llama Jesús.
Y luego lo viste de rojo
como ha de subir a la Cruz.

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

El cielo calló media hora.
Hermanos, callad y adorad,
que viene vestido de blanco
aquel que nació en un portal.

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

Ponedle por cuna de oro
en llamas vuestro corazón.
Y haced de silencio de amores
para mecerle esta canción:

Gloria… Gloria
in excelsis Deo.

Uno de los catorce sonetos de su libro Dios en Blancura (México DF, 1960) es el titulado «La Navidad de Ser», muy conceptual y teñido de misticismo:

Todo se ha reunido en tu Presencia:
mi Memoria de Ayer y mi Memoria
de Mañana me dan este Hoy en gloria
de todo en Ti para habitar mi esencia.

La esperanza de ser es ya existencia
del ser cumplido, y dicha sin historia
todo lo que era sombra transitoria,
ciencia de un hombre en luz de la conciencia.

Par es tu nombre: el mundo se ha olvidado
del suyo y dice Dios en lo que nombra
seres, y en todos nace un Niño tierno.

En todos es, el Hoy de su pasado,
Presente de ese Ser sobre su sombra
y luz Tú en todos de su Día eterno.

En fin, el Padre Ángel Gaztelu incluye el soneto «De cómo el silencio fue sonoro la noche del Nacimiento» en su poemario Gradual de laudes (1955):

Era el silencio por la noche plena
al filo del feliz alumbramiento,
como rabel que de afinado suena
al menor y sutil tacto del viento.

Velaba su rocío la Azucena,
pesando en su cogollo el firmamento;
y a su peso la nieve, ya serena,
doblaba su candor a cielo atento.

Destellando extremadamente bella,
asombrando la esfera en manso vuelo,
caía al suelo la mejor estrella.

Resuelto en lenguas de alta plata el hielo,
era rabel de amor por la Doncella,
que adormecía en su regazo el cielo.

La Navidad de los poetas navarros: Navarro Villoslada

La literatura de Navarra es una literatura, por lo general, muy costumbrista (aunque siempre hay excepciones, por supuesto). En efecto, si revisamos algunos de los temas concretos en que se han inspirado con preferencia los literatos de nuestra tierra, descubriremos por ejemplo que uno de los más fecundos es la descripción de nuestras celebraciones religiosas: un tema casi obligado para muchos autores es el de las fiestas de San Fermín. De la misma forma, también otras festividades religiosas, como la Navidad y la Epifanía o la Semana Santa, han dejado una huella muy clara, en especial en el género de la lírica. Esos tres conceptos —historia, costumbrismo y religiosidad— conforman una visión muy tradicional de nuestra historia literaria. Y siendo esto así, siendo la literatura en Navarra tan tradicional, tan costumbrista y tan religiosa, nada tiene de extraño el hecho de que los autores navarros —navarros por nacimiento, por adopción, por decisión personal, etc.— hayan reflejado con frecuencia las fiestas más señaladas de nuestro calendario, sabiendo captar desde una perspectiva literaria sus diversos aspectos folclóricos, etnográficos, culturales, anecdóticos…

En lo que se refiere a la Navidad, si acudimos al siglo XVII, podemos mencionar entre los títulos que forman la producción escrita del venerable Juan de Palafox y Mendoza un tratado de ascética que se presenta bajo el título El Pastor de Nochebuena. Práctica breve de las virtudes, conocimiento fácil de los vicios. Por lo que toca a otros poetas navarros del Siglo de Oro, no encuentro el tema concreto de la Navidad. Muchos de ellos son religiosos (Pedro Malón de Echaide, Leonor de la Misericordia, Juan de Amiax, Miguel de Dicastillo, José de Sierra y Vélez, Ana de San Joaquín), y de hecho la poesía ascético-mística abunda entre sus escritos, pero sus temas se centran más bien en otros aspectos religiosos, como la Pasión y Muerte de Cristo, la paráfrasis de salmos bíblicos, etc.

En cuanto al siglo XVIII, ya sabemos que es una época poco dada a las expansiones líricas que escapen del ámbito de la poesía anacreóntica, a lo Villegas y Meléndez Valdés, y tampoco he documentado el tema entre los escasos vates navarros del momento. Por tanto, tenemos que dar un salto hasta el siglo XIX.

Adoracion de los pastores

En esta centuria, no puedo olvidarme de Francisco Navarro Villoslada[1], autor de un villancico «Al Niño Jesús», enunciado por una voz femenina. La muchacha va a ofrecer como regalo al recién nacido unas coplas, pero se queda ronca y no puede cantarle; luego quiere llevarle unos bollos, pero se los come antes de llegar al portal; piensa después en darle la rosa que adorna su cabello, mas se la acaba entregando a su amigo Andrés. Desesperada por no poder entregar nada al Niño-Dios, su madre la consuela diciendo que le ofrezca su llanto, su amor y su fe, regalos que agradarán sobremanera al Señor:

Al Niño donoso
nacido en Belén
unos llevan leche
y otros llevan miel.
Yo que nada bueno
tengo que ofrecer,
madre, la mi madre,
¿qué le llevaré?
Hilando en la vela
de mi tía Inés,
unos villancicos
hube de aprender.
Al Niño esta noche
festejar pensé,
cantando las coplas
al son del rabel.
Con otros mancebos
allí estaba Andrés,
aquel zagalillo
que baila tan bien.
De mi voz prendado
quedó al parecer;
me miró, mirele,
suspiró, y se fue.
Ayer todo el día,
¡que día el de ayer!,
del alba a la noche
cantando pasé.
Andrés me escuchaba
con tanto placer,
que por darle gusto
ronca me quedé.
Ya no puedo cantos
al Niño ofrecer:
madre, la mi madre,
¿qué le llevaré?
En un canastillo
con arte junté
seis bollos, dos tortas
y medio pastel.
Ufana con ellos
echeme a correr…
Como un corderillo
seguíame Andrés.
Husmea los bollos,
levanta el mantel,
los toma, los deja,
los vuelve a coger.
Una de las tortas
me comí con él,
luego un bollo, y otro,
y aun otro después.
Cuando tres quedaron
yo me acongojé:
vergüenza me daba
llevar solo tres.
Seguimos comiendo,
¿que había de hacer?
Yo comer, comía,
¡pero bien lloré!…
Sin tortas el Niño
se queda por él:
madre, la mi madre,
¿qué le llevaré?
La cándida rosa
que adorna mi sien,
después del fracaso
llevarle pensé.
Cata que el goloso
me asalta otra vez,
la rosa pidiendo
que llevo a Belén.
Le ofrezco mil otras
de nuestro vergel,
pero Andrés se empeña
en que esa ha de ser.
Con ceño le miro,
me llama cruel,
y adentro, en el alma,
sentí no sé qué.
Temblaba el mancebo,
temblé yo también,
y mano a mis trenzas
eché sin saber.
¡Ay, madre del alma!,
creerlo podéis:
la flor a sus manos
cayó… sin querer.
Por él soy al Niño
tres veces infiel:
madre, la mi madre,
¿qué le llevaré?

La madre.

—Hija arrepentida,
ven conmigo, ven;
cuando al Niño veas,
póstrate a sus pies.
Llora, que tu llanto,
tu amor y tu fe
le saben más dulce
que leche con miel.
Su bendita Madre,
si llorar te ve,
te alzará en sus brazos,
llorando también.

Es un villancico que tiene toda la gracia de la poesía popular, de la que toma el verso repetido «madre, la mi madre». Su sencilla versificación (se trata de un romancillo con rima aguda en –é) da al conjunto un aire de suma ligereza, de alegría casi infantil.


[1] Sobre el autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; y Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Literatura, periodismo y política, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2018.

La Navidad en las letras españolas: el siglo XX (y 3)

A la pluma conjunta de Antonio Murciano y Carlos Murciano se debe la «Canción de la primera madrugada», en la que el tema navideño no es explícito, aunque se adivina fácilmente (la voz lírica es la de la Virgen, y el Niño es flor y, sobre todo, Amor):

Anoche, con la nevada,
de mi tallo brotó la flor.
Anoche, con la nevada.

La nieve sobre el alcor
y el céfiro en la llanada.
Que hasta el ave en la enramada
tuvo cobijo mejor.

Que yo le di mi calor
y mi pecho por almohada,
anoche, con la nevada…
La primera madrugada
del Amor.

Árbol de Navidad de nieve

De Luis Rosales quiero traer a este panorama su «Villancico de las estrellas altas», romancillo (versos de seis sílabas) del que cabe destacar su estructura circular y su alegre musicalidad, ligereza y gracia:

La Virgen María
se siente cansada;
San José la acuesta;
la Virgen descansa.
La techumbre rota;
las estrellas altas;
leguas, muchas leguas
llevan caminadas.
La Virgen María
está soleada
por dentro, su sangre
se convierte en savia,
su cuerpo florece
igual que una vara
de nardos o un ramo
de celindas blancas.
El Niño ha nacido
como nace el alba:
los ojos con risa,
la boca con lágrimas.
En el aire nieve;
en la nieve alas
y el viento que bate
puertas y ventanas.
La Virgen no tiene
rebozo ni manta;
San José la mira,
se quema mirándola.
Entre la penumbra,
pidiendo posada,
la carne del Niño
desnuda se halla.
La nieve que cae,
pues del cielo baja,
va formando techo
para cobijarla.
La Virgen María
se siente cansada;
cuando mira al Niño
la Virgen descansa.

La lista de autores y textos podría ampliarse fácilmente; pero pongo aquí punto final a este somero recorrido por la Navidad en las letras españolas[1], para pasar —en próximas entradas— a los escritores navarros, que también han tratado con frecuencia este bello tema poético en sus obras literarias.


[1] Para más autores, cabe remitir a distintas antologías de poesía religiosa española, donde se hallarán textos antiguos y modernos; por ejemplo, Antología de poesía sacra española, selección y prólogo de Ángel Valbuena Prat, Barcelona, Apolo, 1940; Gerardo Diego, La Navidad en la poesía española, Madrid, Ateneo, 1952; La Navidad en la literatura nacional del siglo XII al XX, selección, prólogo y notas bio-críticas de José Sanz y Díaz, Barcelona, Ediciones Patria, 1941; Torcuato Luca de Tena, La mejor poesía cristiana, Barcelona, Martínez Roca, 1999; Antonio Ortiz Muñoz, La Navidad en el mundo, Madrid, Siler, 1957; José María Pemán y Miguel Herrero (eds.), Suma poética: amplia colección de la poesía religiosa española, Madrid, Editorial Católica, 1944; Poesía religiosa española, selección, estudio y notas por Lázaro Montero, 3.ª ed., Zaragoza, Ebro, 1969; José Sanz y Díaz, La Navidad en España, 2.ª ed., Madrid, Publicaciones Españolas, 1956; Roque Esteban Scarpa, Voz celestial de España: poesía religiosa, Santiago de Chile, Zig-Zag, 1944, etc.

La Navidad en las letras españolas: el siglo XX (2)

(¡Feliz Año Nuevo a todos los insulanos!
Que el 2013 sea un gran año en el que se cumplan
todos vuestros sueños y esperanzas…)

Siguiendo con autores del siglo XX, podemos traer a colación otro soneto, el de José García Nieto titulado «Nacimiento de Dios»:

Y Tú, Señor, naciendo, inesperado,
en esta soledad del pecho mío.
Señor, mi corazón, lleno de frío,
¿en qué tibio rincón lo has transformado?

¡Qué de repente, Dios, entró tu arado
a romper el terrón de mi baldío!
Pude vivir estando tan vacío,
¡cómo no muero al verme tan colmado!

Lleno de ti, Señor; aquí tu fuente
que vuelve a mí sus múltiples espejos
y abrillanta mis límites de hombre.

Y yo a tus pies, dejando humildemente
tres palabras traídas de muy lejos:
el oro, incienso y mirra de mi nombre.

El poema es un apóstrofe a Dios, que llena y colma el corazón del yo lírico, mientras este le brinda el tributo sencillo de su propio nombre, lo mejor que puede entregarle.

También Rafael Morales cantó «Al Niño Dios» en la misma forma estrófica:

El alba tomó cuerpo en tu figura,
el aire se hizo carne, los rosales
desangraron sus rosas virginales
para crear tu piel silente y pura.

Desparramó la brisa su ternura,
la luz cuajó en tu forma sus cristales,
la luna derramó sus manantiales
para crear en Ti nuestra ventura.

Divinidad que, tan pequeña y suave,
se hace niña en tu carne redentora,
en lo infinito ni siquiera cabe.

En Ti la eternidad tiene su aurora,
en Ti nada se halla que se acabe,
¡oh, alba de Dios que entre la paja llora!

Cabe destacar la bella musicalidad de este soneto, similar a la de otro suyo titulado «Al gozo de la Virgen cuando se supo Madre de Cristo». Y en forma tradicional está escrita también su «Cancioncilla del pajar de Belén».

Nacimiento de Cristo

Cierta originalidad encontramos en los poemas navideños de Antonio Murciano, ya desde los propios títulos. Así, «Nochebuena del astronauta» es un romance con la peculiaridad de que todos los versos pares, los que llevan la rima, acaban con la palabra aire. Y el poema termina con dos versos de aire —valga la expresión— muy tradicional:

Aire que el aire me lleva,
aire que me lleva el aire.

Su «Villancico triste por lo que ocurrió aquella noche» evoca las melancólicas palabras de un hombre anónimo que murió en la Nochebuena:

Mi vida entera daría,
Niño, por poderte ver.

En fin, en «La visitadora» recrea con tensión dramática la llegada de una «mujer seca, harapienta y oscura» al Portal de Belén. María teme al ver que se acerca a la cuna y ofrece algo al Niño. Cuando la mujer se alza, se la ve transformada, radiante de hermosura: es Eva, que ha ofrendado al Niño la manzana mordida del Paraíso.

De Carlos Murciano es esta otra composición:

Sale el asno del establo;
salta el galgo de su tabla.
(Por el borde del alero
jilguerea la mañana.)
Sale manso y dulce el buey
con su larga y lenta lágrima,
y la hormiga se atosiga
arrastrando su montaña,
sale el último vencejo
por la más vieja ventana.
(El establo semiazula
y ensilencia sus barandas.)
Viene el ángel. Con la pluma
que le sobra de las alas,
recompone la carreta,
descompone telarañas,
y rellena de oro nuevo
el pesebre tan sin paja.
Luego cuelga de una viga
su pedazo de nostalgia,
desempolva el sucio suelo,
se sacude la su cauda
y se marcha repicando
por el campo su campana[1].

Cabe destacar el tono juguetón del poema, en el que tienen entrada diversas creaciones verbales (como los verbos jilguerear, semiazular o ensilenciar), la rima interna («la hormiga se atosiga»), la paronomasia (campo / campana) o incluso el arcaísmo morfológico («la su cauda»). Este mismo autor ha escrito un soneto titulado «De cómo María dice su sorpresa por el nacimiento del Niño y pregunta a José cómo ocurrió». Este texto se articula como una serie de preguntas de María a José acerca de la llegada del Niño, que es equiparado poéticamente a «nieve pequeña».


[1] Torcuato Luca de Tena, La mejor poesía cristiana, Barcelona, Martínez Roca, 1999, p. 436.

La Navidad en las letras españolas: el siglo XX (1)

Si pasamos ya al siglo XX, encontraremos que la poesía de Navidad va a conocer un gran rebrote, en ambas orillas del Atlántico. El argentino Francisco Luis Bernárdez —que después de su conversión llegó a ser el máximo representante de la literatura católica de su país— nos brinda un bello «Soneto de la Encarnación» sobre el maravilloso misterio de Dios hecho hombre:

Para que el alma viva en armonía
con la materia consuetudinaria
y, pagando la deuda originaria,
la noche humana se convierta en día;

para que a la pobreza tuya y mía
suceda una riqueza extraordinaria
y para que la muerte necesaria
se vuelva sempiterna lozanía,

lo que no tiene iniciación empieza,
lo que no tiene espacio se limita,
el día se transforma en noche oscura,

se convierte en pobreza la riqueza,
el modelo de todo nos imita,
el Creador se vuelve creatura.

Y volviendo la vista a España, ¿cómo no traer a estas páginas la «Canción al Niño Jesús» de Gerardo Diego? Dice así:

—Si la palmera pudiera
volverse tan niña, niña,
como cuando era una niña
con cintura de pulsera.
Para que el Niño la viera…

—Si la palmera tuviera
las patas del borriquillo,
las alas de Gabrielillo,
para cuando el Niño quiera
correr, volar a su vera…

—Que no, que correr no quiere
el Niño,
que lo que quiere es dormirse
y es, capullito, cerrarse
para soñar con su madre.
Y lo sabe la palmera…

—Si la palmera supiera
que sus palmas algún día…
Si la palmera supiera
por qué la Virgen María
la mira… Si ella tuviera…

Si la palmera pudiera…
… la palmera…

Nacimiento de Cristo

El poeta hace aquí un magistral uso de la reticencia. La expresividad del poema, en efecto, está más en lo que se calla que en lo que se dice: la palmera dará palmas, con las que Jesús será recibido triunfalmente en Jerusalén, pero eso será para padecer poco después su Pasión y Muerte en Cruz. De ahí la callada angustia con que la Virgen —que presiente el dolor futuro de su Hijo— mira a la palmera…

Otros poetas del 27 se acercaron también al tema navideño, como por ejemplo Jorge Guillén, quien tiene una composición titulada «Epifanía», que se centra en la Adoración de los Reyes Magos a un Dios que no es rey ni rico, sino «camino, verdad y vida», mientras el Portal de Belén supone una «invitación fraternal» a todos los hombres[1].

Entre el corpus poético de Luis Rosales figuran varios poemas dedicados al Nacimiento del Niño-Dios: «Nana», «Villancico y canción de la divina pobreza»…, pero aquí copiaremos otros dos textos. El primero, «Callar…», está formado por dos décimas que repiten el último verso en una suerte de estribillo:

Dicen que el Niño ha nacido,
y el corazón en la brisa
tiene una fiesta imprecisa
de campanario sin nido…;
siempre hay un niño dormido
junto al silencio…; vivir
sin despertarle ni herir
con la nieve su garganta…;
callar, es la noche santa,
no la debemos dormir.

Callar… ¿Si el Niño tuviera
siquiera luz por abrigo,
y el viento no helara el trigo
de su sonrisa primera…?
Callar… ¿Si el Niño quisiera
descansarnos de vivir,
y el mundo dejara oír
su alegre mensajería?
Callar… Habla todavía,
no la debemos dormir.

El segundo poema se presenta bajo el título «De cómo fue gozoso el Nacimiento de Dios Nuestro Señor», y se trata de un soneto:

¡Morena por el sol de la alegría,
mirada por la luz de la promesa,
jardín donde la sangre vuela y pesa,
inmaculada tú, Virgen María!

¿Qué arroyo te ha enseñado la armonía
de tu paso sencillo, qué sorpresa
de vuelo arrepentido y nieve ilesa
junta tus manos en el alba fría?

¿Qué viento turba el monte y le conmueve?
Canta tu gozo el alba desposada,
calma su angustia el mar antiguo y bueno.

La Virgen a mirarle no se atreve,
y el vuelo de su voz arrodillada
canta al Señor, que llora sobre el heno.


[1] Ver Torcuato Luca de Tena, La mejor poesía cristiana, Barcelona, Martínez Roca, 1999, p. 266.

La Navidad en las letras españolas: siglos XVI y XVII

A caballo de los siglos XVI y XVII se sitúa la figura de Francisco de Ocaña (1570-1630), autor de un Cancionero para cantar la noche de Pascua (1603). En «Camino de Belén»[1] pone estas palabras en boca de San José:

Caminad, Esposa,
Virgen singular,
que los gallos cantan,
cerca está el lugar.

Caminad, Señora,
bien de todo bien,
que antes de una hora
somos en Belén;
y allá muy bien
podréis reposar,
que los gallos cantan,
cerca está el lugar.

Yo, Señora, siento
que vais fatigada[2]
y paso tormento
por veros cansada;
presto habrá posada
do podréis holgar,
que los gallos cantan,
cerca está el lugar.

Señora, en Belén
ya presto seremos;
que allí habrá bien
do nos alberguemos;
parientes tenemos
con quien[3] descansar,
que los gallos cantan,
cerca está el lugar.

¡Ay, Señora mía!,
si librada os viese,
de albricias daría
cuanto yo tuviese.
Este asno que fuese[4]
holgaría dar;
que los gallos cantan,
cerca está el lugar.

Según vemos, el yo lírico enunciador del poema es San José y la composición se centra en la marcha de Nazaret a Belén de la Sagrada Familia, y concretamente en el desamparo y cansancio de la Virgen María, a la que su esposo trata de consolar con la esperanza de llegar a un refugio que se adivina ya cercano.

Nacimiento de Cristo

Y Juan Díaz Rengifo tiene otro poema dedicado «Al Niño Jesús», que dice así:

Soles claros son
tus ojuelos bellos,
oro los cabellos,
fuego el corazón.

Rayos celestiales
echan tus mejillas,
son tus lagrimillas
perlas orientales,
tus labios corales,
tu llanto es canción,
oro los cabellos,
fuego el corazón.

Niño divino,
Niño adorado,
mi bien amado,
mi buen Pastor,
estos pastorcitos
que tanto te aman
humildes te aclaman,
escucha su voz.

En el pesebre
sobre unas pajas,
con pobres fajas
veo a mi amor;
llora y tirita,
mas no de frío,
del hombre impío
siente el rigor.

Mortal que lloras
los grandes daños
que tantos años
tu culpa da,
con gran anhelo
busca gozoso
al Niño hermoso
nacido ya.

Niño divino,
ven a mi pecho,
que dulce lecho
te quiero dar,
y si en las pajas
lloras de frío,
arrullo mío
te hará callar.

Como podemos apreciar, la primera parte se detiene en la descripción física del Niño, mientras que la segunda insiste en el llanto del recién nacido, que llora, pero no de frío, sino al ver el rigor del hombre y su maldad.

Por su parte, José de Valdivielso dedicó un romancillo al «Día de la Epifanía, descubierto el Santísimo Sacramento», con el hermoso estribillo:

Atabales tocan
en Belén, pastor;
trompeticas suenan,
alégrame el son.

Podríamos recordar asimismo un romance de Bartolomé Leonardo de Argensola, «En la fiesta del Nacimiento de Cristo», que repite estos versos:

Vos, gloriosa Madre,
que le dais el pecho,
recogednos las perlas
que vierte gimiendo;
que por ser de sus ojos,
no tienen precio.

El poema se centra también en el llanto que derrama el Niño-Dios al nacer, indicando que esas lágrimas serán «general remedio» para el hombre, al que devuelve al estado de gracia anterior al pecado original.

Asimismo se pueden traer a colación otros versos, no menos famosos que los de Lope que veíamos el otro día, que Luis de Góngora dedicó igualmente «Al nacimiento de Cristo Nuestro Señor», y que glosan el estribillo:

Caído se le ha un Clavel
hoy a la Aurora del seno:
¡qué glorioso que está el heno
porque ha caído sobre él!

Donde la Aurora es, claro está, la Virgen María, y el Clavel —con mayúscula— que ha caído sobre el heno es el Niño Jesús.


[1] Ver Torcuato Luca de Tena, La mejor poesía cristiana, Barcelona, Martínez Roca, 1999, p. 131.

[2] siento / que vais fatigada: lamento que vayáis fatigada.

[3] quien: quienes.

[4] Este asno que fuese: aunque fuese este asno, incluso este asno.

La Navidad en las letras españolas: Lope de Vega

(Hoy es Navidad, y la Princesa, los dos Guerreros y el Guardián de la Ínsula Barañaria también quieren desear unas muy felices Fiestas a todos los insulanos, es decir, a todos los que visitan este blog regular o esporádicamente…)

En la época áurea, es imposible olvidarse del Fénix de los ingenios españoles, el inmortal Lope de Vega, autor que nos dejó numerosos villancicos y coplas navideñas de subida belleza. Ciertamente, solo con poemas de Lope se podría compilar una magnífica antología de poesía de Navidad. Cabe destacar, por ejemplo, su poema titulado «El sol vencido», un romance endecha que refiere los celos que de María tiene el astro sol «porque vio en sus brazos / otro Sol mayor». Muy hermoso es «Campanitas de Belén», que comienza así:

Campanitas de Belén,
tocad al Alba que sale
vertiendo divino aljófar
sobre el Sol que della nace,
que los ángeles tocan,
tocan y tañen,
que es Dios hombre el Sol
y el Alba su madre:
din, din, din, que vino en fin,
don, don, don, San Salvador,
dan, dan, dan, que hoy nos le dan,
tocan y tañen a gloria en el cielo
y en la tierra tocan a paz.

Lo reproduzco entero en otra entrada del blog. Otro romance, «El evangelio de san Juan», parafrasea en verso ese célebre pasaje evangélico en que se nos anuncia que «El Verbo carne se hizo». Otro «Al Nacimiento» evoca a los pastores guardando el ganado y el aviso angelical:

¡Gloria a Dios en las alturas,
paz en la tierra a los hombres,
Dios ha nacido en Belén
en esta dichosa noche!

Los pastores se acercan al portal con palmas y laureles y el Niño sonríe; y la composición se remata con una petición al alma para que ella también ofrezca a Jesús sus dones. Y todavía podríamos seguir citando versos del gran Lope. Así, su villancico «Al Nacimiento del Hijo de Dios», que lleva por estribillo[1]:

Norabuena vengáis al mundo,
Niño de perlas,
que sin vuestra vista
no hay hora buena.

Pero, quizá, los más famosos versos navideños del Fénix sean aquellos tantas veces antologados:

Las pajas del pesebre,
niño de Belén,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Lloráis entre las pajas
de frío que tenéis,
hermoso Niño mío,
y de calor también.

Dormid, Cordero santo,
mi vida, no lloréis,
que si os escucha el lobo,
vendrá por vos, mi bien.

Dormid entre las pajas,
que aunque frías las veis,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Las que para abrigaros
tan blandas hoy se ven
serán mañana espinas
en corona cruel.

Mas no quiero deciros,
aunque vos lo sabéis,
palabras de pesar
en días de placer.

Que aunque tan grandes deudas
en paja cobréis,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Dejad el tierno llanto,
divino Emanuel,
que perlas entre pajas
se pierden sin por qué.

No piense vuestra madre
que ya Jerusalén
previene sus dolores
y llore con José.

Que aunque pajas no sean
corona para Rey,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Niño Jesús en el pesebre

Hermosos versos en los que, además de cantarse la alegría por el nacimiento («flores y rosas»), se anticipa el dolor («hiel») de la Pasión.


[1] Y otros poemas repiten distintos estribillos: «con unos ojuelos mira / que penetra el corazón»; «Quedito, que duerme ahí», etc.

La Navidad en las letras españolas: siglo XVI

«Gloria a Dios en las alturas y paz al hombre en la tierra.» 

Esta noche es Nochebuena, y el Gobernador de la Ínsula Barañaria quiere desear a todos los insulanos, lectores y amigos, una muy feliz y literaria Navidad.

Muchas gracias a todos por vuestra fidelidad a este blog de Letras…

Siguiendo con el siglo XVI, entre la poesía de Santa Teresa de Jesús encontramos varias composiciones pertenecientes al ciclo de Navidad, por ejemplo dos glosas «Al Nacimiento de Jesús». La primera de ellas glosa el estribillo:

¡Ah, pastores que veláis
por guardar vuestro rebaño,
mirá que os nace un Cordero,
Hijo de Dios soberano!

El poema se construye con diversos juegos inspirados en los nombres de Cristo como Cordero y, a la vez, Pastor. La segunda glosa parte de estos versos:

Hoy nos viene a redimir
un Zagal, nuestro pariente,
Gil, que es Dios onipotente.

Y en la composición aparecen los nombres pastoriles tradicionales de Gil, Bras, Menga o Llorente. Otra composición de la santa «Al Nacimiento del Niño Dios» repite:

—Mi gallejo, mira quién llama.
—Ángeles son, que ya viene el alba.

Otro poema «para Navidad» canta:

Pues el amor
nos ha dado Dios,
ya no hay que temer,
muramos los dos.

Y otro más, «En la festividad de los Santos Reyes», anuncia gozoso:

Pues que la Estrella
es ya llegada,
vaya con los Reyes
la mi manada.

En fin, Santa Teresa cuenta además en su haber poético con varios poemas dedicados «A la circuncisión» de Jesús.

Nacimiento de Cristo

Por su parte, fray Ambrosio de Morales, otro autor del siglo XVI, redactó unas coplas para ser cantadas, dedicadas a ensalzar la dignidad de la Virgen María, que repiten como estribillo:

Aquella Estrella del norte,
tan sobida,
esperanza es y conhorte[1]
de mi vida.


[1] conhorte: consuelo.

Vida y obras de fray Diego de Estella (1524-1578)

La prosa ascético-mística está representada, en el caso de los escritores navarros, por fray Diego de Estella, Pedro Malón de Echaide y Leonor de Ayanz. A estos tres autores en castellano se les sumará, ya en el siglo XVII, Pedro de Axular, cuyo idioma de expresión es el vascuence. No sin cierta exageración escribía José Zalba que

Junto a los nombres de los Luises de Granada y de León, de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y Fr. Juan de los Ángeles, que tanto sublimaron la mística y la ascética, tenemos en Navarra dos que no desmerecen de aquéllos: son el franciscano Fr. Diego de Estella y el agustino Fr. Pedro Malón de Echaide[1].

Hoy repasaré la vida y obras del primero de ellos, fray Diego de Estella.

Fray Diego de Estella

La situación que conoció Estella en el siglo XVI, tras las guerras civiles y episodios bélicos de la centuria anterior en Navarra, era de bonanza. Existía en la ciudad un estudio de Gramática y funcionaba una imprenta instalada a instancias de Miguel de Eguía. Tal sería el lugar de nacimiento del franciscano fray Diego de Estella (Estella, 1524-Salamanca, 1578), conocido especialmente como autor del Libro de la vanidad del mundo. Su nombre en el siglo era Diego de San Cristóbal-Ballesteros y Cruzat de Ortiz Eguía y Jaso. Estudió en la Universidad de Toulouse, cuyas aulas frecuentaban muchos estudiantes navarros, y Teología en Salamanca, donde coincidió con fray Luis de León y Francisco de Vitoria. Teólogo de Felipe II, se incorpora a su Corte entre 1565 y 1569 y en ella fue predicador y consultor. Más tarde se distanció del monarca por el dispendio que suponían las obras de El Escorial.

Sus obras escritas en castellano son Tratado de la vida, loores y excelencias del glorioso Apóstol y bienaventurado Evangelista San Juan (Lisboa, 1554), Libro de la vanidad del mundo (Toledo, 1562; Salamanca, 1574 y Salamanca, 1576) y Meditaciones devotísimas del amor de Dios (Salamanca, 1576); mientras que entre sus títulos latinos se cuentan In Sacrosanctum Jesu Christi Domini Nostri Evangelium secundum Lucam Enarrationes (Salamanca, 1574-1575); Modus concionandi et explanatio in Psalmum centesimum trigesimum sextum (Super Flumina) (Salamanca, 1576).

En su Libro de la vanidad del mundo, que fray Diego dedica a doña Juana, infanta de las Españas y princesa de Portugal, reflexiona el franciscano sobre las frivolidades mundanas, que son «vanidad de vanidades». La obra consta de tres partes, de cien capítulos cada una. Cien son también las Meditaciones devotísimas del amor de Dios, que Menéndez y Pelayo, «tan adverso de ordinario a los escritores navarros» en opinión de Zalba[2], elogia indicando que son «un braserillo de encendidos afectos». A juicio de su editor moderno, se trata de «uno de los libros más hondos, más regalados y elocuentes que se han escrito en castellano»[3]. Ricardo León ha destacado, en efecto, su alegría vehemente y su impulso lírico, frente al «seco y prolijo tratado» de «amarga sabiduría» que es el Libro de la vanidad del mundo, obra sin embargo de fray Diego mucho más popular y difundida:

Las Meditaciones devotísimas —opina— constituyen un florilegio teológico, una filosofía del Amor, pero no en forma abstracta, según los procedimientos de la Escuela, sino al modo espontáneo, artístico y familiar, henchido de emoción, extasiado en el sentimiento de la naturaleza, lleno de imágenes sensibles, con que gustan expresar sus amartelados pensamientos los discípulos del Santo de Asís. Obra a la vez de ciencia y de arte, de poesía y de piedad, es un breviario para todas las almas, lo mismo para aquellas que siguen caminos de perfección como para esotras avezadas a los aires del siglo y que han menester para probar tales manjares, para asimilar tan altas doctrinas, el exquisito aderezo, la culta elegancia de una sabrosa conversación. Cada una de estas cien Meditaciones ofrece un tema espiritual enunciado con candorosa sencillez y desenvuelto libremente como al través de una amorosa plática, de una tierna divagación, a los pies del Amado celestial. Charlando así, con todos los donaires, los requiebros, las copiosas figuras, las exclamaciones ardientes, las mil felices comparanzas de esta lengua española que parece inventada por los ángeles para el amor de Dios y de los hombres, va Fray Diego de Estella engarzando en los puntos de su pluma los más finos diamantes, los más sutiles conceptos de esa eterna Filosofía de la voluntad en que el genio español se anticipó en los siglos a las más agudas aspiraciones del presente[4].

Llama la atención también sobre su actualidad y la riqueza de su contenido. En suma, a lo largo de las cien meditaciones, desde la primera («Cómo todo lo criado nos convida al amor del Criador») hasta la última («De la gloria que alcanzarán los que aman a Dios»), fray Diego pondera los beneficios del amor a Dios y de sus recompensas, en una prosa natural y elegante.

Zalba elogiaba la prosa de fray Diego afirmando tajante que aventaja a la de fray Luis de León «en precisión y variedad de la frase, y en estas cualidades, así como en la claridad y facilidad, a ninguno reconoce ventaja»[5]. Pero no es el único crítico en mostrarse tan entusiasta: «Todas las obras del P. Estella son notabilísimas por la alteza de sus conceptos y la hermosura de su expresión literaria, de tal modo que no hallo reparo cierto en poner a su autor a la par de los más insignes místicos de su época», ha escrito Catalina García. Y, por su parte, E. Ochoa refiere:

El estilo de este ascético no brilla por la pompa ni por la elegancia, sino por la pureza y corrección. Tal vez peca de monótono, defecto común de nuestros autores místicos; mas, como quiera, es entre ellos uno de los más justamente apreciados, no sólo por su erudición y alta doctrina, sino también por la excelencia de su lenguaje[6].


[1] José Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», Euskalerriaren Alde, XIV, 1924, p. 350.

[2] Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», p. 351.

[3] Ricardo León, «Prólogo» a Meditaciones devotísimas del Amor de Dios hechas por fray Diego de Estella de la orden de San Francisco y ahora nuevamente impresas, Madrid, Imprenta de Miguel Albero-Renacimiento, 1920, p. IX.

[4] León, «Prólogo» a Meditaciones devotísimas, pp. XI-XII.

[5] Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», p. 351.

[6] Hay una edición moderna de las Meditaciones devotísimas (1920), por Ricardo León, y otras del Modo de predicar y Modus Concionandi (1951) y del Libro de la vanidad del mundo (1980), debidas estas dos últimas a Pío Sagüés Azcona, con interesantes estudios preliminares. En 2002 Iñaki Pérez Ibáñez preparó un Florilegio de las Meditaciones y la Vanidad del mundo (Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2002), con un prólogo titulado «Fray Diego de Estella, un franciscano predicador, místico y asceta». Ver además Carlos Mata Induráin, «Un acercamiento a fray Diego de Estella (1524-1578)», Pregón Siglo XXI, núm. 26, Invierno de 2005, pp. 29-32.