Actividad literaria de Lope en torno a 1620-1621

(A mi madre, Andresa,
que hoy cumple años.)

Ese año de 1620 Lope es mantenedor en las justas por la beatificación de San Isidro[1]. Ha conocido unos meses de cierto bienestar económico, debido a una recompensa inesperada, tal como explica al conde de Lemos en esta carta de 6 de mayo de ese año:

Yo he estado un año sin ser poeta de pane lucrando, milagro del señor Duque de Osuna, que me envió quinientos escudos desde Nápoles que, ayudados de mi beneficio, pusieron la olla a estos muchachos, entre los cuales hay quince años de una doncella [Marcela], virtuosos y no sin gracia. Paso, Señor Excelentísimo, entre librillos y flores de un huerto lo que ya queda de la vida, que no debe de ser mucho, compitiendo en enredos con Mescua y don Guillén de Castro sobre cuál los hace mejores en sus comedias.

En 1621 da a conocer dos fábulas mitológicas extensas, La Filomena (donde ataca a Torres Rámila e incluye su novela Las fortunas de Diana) y La Andrómeda. Por su parte, Tirso de Molina en sus Cigarrales de Toledo defiende a Lope y su teatro.

Cigarrales de Toledo, de Tirso de Molina

[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

El Fénix fracasa en su intento de ser nombrado cronista real

Un fracaso viene a amargar la alegría de Lope en este momento: no obtiene el cargo de cronista real que solicita insistentemente en 1620 (lo pide el 1 de junio de ese año, pero ya antes, en 1618, lo había pedido indirectamente a través de unos versos de su comedia El triunfo de la humildad)[1]. Este es el documento dirigido al rey:

Señor: Lope de Vega Carpio, Comisario del Santo Oficio y Fiscal de la Cámara Apostólica, dice que por muerte de Pedro de Valencia, Cronista de V. M., está vaco el dicho oficio; suplica a V. M. humildemente se sirva de hacerle merced de él, que el amor y voluntad con que siempre ha deseado emplearse en el servicio de V. M., mostrándolo en las ocasiones que se han ofrecido, le ayudará a acertar a servir a V. M. en este oficio en que la recibirá muy grande.

Pluma, papel y tintero

Pero su vida nada edificante ayudaba muy poco —más bien nada— a la petición, que le es denegada. Falla, pues, ese intento de vincularse a lo más alto de la nobleza, a la propia corona. Y continúa la precariedad económica: Lope quiere desligarse del duque de Sessa, cuyo servicio le sigue obligando a desempeños indecorosos, muy poco acordes con su condición sacerdotal, pero no consigue nuevos mecenas.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope reúne a sus hijos bajo el mismo techo

Marta de Nevares y su hija Antonia Clara marchan a vivir con Lope[1]. Junto a ellas, coinciden también bajo el mismo techo Marcela y Lope Félix (Lopito), hijos de Micaela de Luján; y Feliciana, hija legítima de Juana de Guardo, todos reunidos ahora en la casa de la calle de Francos.

Casa de Lope de Vega

Para su hijo Lopito escribe la dedicatoria de El verdadero amante, comedia publicada en la Parte XIV (1620), que citaré por extenso por incluir interesantes reflexiones:

Ya que tenéis edad, y comenzáis a entender los principios de la lengua latina, sabed que tienen los hombres para vivir en el mundo, cuando no pueden heredar a sus padres más que un limitado descanso, dos inclinaciones: una a las armas y otra a las letras, que son las que aquella celada y libro significan con la letra, que en aquellos tiernos años dice que el cielo sabe cuál de aquellas dos inclinaciones tuviera Carlos si no le hubiera, como salteador, la muerte arrebatado a mis brazos y robado a mis ojos, puesto que a mejor vida, dolorosamente, por las partes que concurrían en él de hermosura y entendimiento con esperanzas de que había que mejorar mi memoria sobreviviendo a mis años […]. Vos quedastes en su lugar, no sé con cuál genio […]

Mas ¿para qué os persuado con autores, cuando aún estáis en los primeros rudimentos de la lengua latina? Cosa que no podéis excusar, aunque si hubiera quien os enseñara bien la castellana, me contentara más de que la supiérades; porque he visto muchos que, ignorando su lengua, se precian, soberbios, de la latina, y todo lo que está en la vulgar desprecian, sin acordarse que lo griegos no escribieron en latín, ni los latinos en griego; y os confieso que me causa risa ver algunos hombres preciarse de poetas latinos, y en escribiendo en su lengua parecer bárbaros; de donde conoceréis que no nacieron poetas, porque el verdadero, de quien se dice que ha de tener uno cada siglo, en su lengua escribe y en ella es excelente, como el Petrarca en Italia, el Ronsardo en Francia y Garcilaso en España, a quien también deben sus patrias esta honra; y lo sintió el celestial ingenio de Fray Luis de León, que pretendió siempre honrarla, escribiendo en ella […]. No os desanimo para que con menos cuidado estudiéis esta reina de las lenguas, tercera en orden a las del mundo, aunque más común que todas; procuralda saber, y por ningún caso os acontezca aprender la griega, porque, desvanecido, no digáis lo que algunos que saben poco della y de otras, por vendernos a gran precio la arrogancia de que la entienden […]

Vos me habéis entendido; y en razón de la inclinación, que fue el principio de esta carta, no tengo más que os advertir, si no os inclináredes a las letras humanas, de que tengáis pocos libros, y esos selectos, y que les saquéis las sentencias, sin dejar pasar cosa que leáis notable sin línea o margen; y si por vuestra desdicha vuestra sangre os inclinare a hacer versos (cosa de que Dios os libre), advertid que no sea vuestro principal estudio, porque os puede distraer de lo importante, y no os dará provecho. Tened en esto templanza; no sepáis versos de memoria, ni los digáis a nadie; que mientras menos tuviéredes desto, tendréis más de opinión y de juicio; y en esta materia, y lo que os importa seguir vuestros estudios sin esta rémora, no busquéis, Lope, ejemplo más que el mío, pues aunque viváis muchos años no llegaréis a hacer a los señores de vuestra patria tantos servicios como yo, para pedir más premio; y tengo, como sabéis, pobre casa, igual cama y mesa y un huertecillo cuyas flores me divierten cuidados y me dan conceptos. […] Yo he escrito novecientas comedias, doce libros de diversos sujetos, prosa y verso, y tantos papeles sueltos de varios sujetos, que no llegará jamás lo impreso a lo que está por imprimir; y he adquirido enemigos, censores, asechanzas, envidias, notas, reprensiones y cuidados; perdido el tiempo preciosísimo, y llegada la non intellecta senectus, que dijo Ausonio, sin dejaros más que estos inútiles consejos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«¡Bien haya la muerte!»: Lope se alegra de la muerte de Roque

Es este un momento de cierta holgura económica y de popularidad creciente[1]. El público madrileño, que lo ha convertido en dueño absoluto de los corrales, le adora. En la edición de 1618 de El peregrino en su patria ofrece una lista con 448 títulos de comedias (las cifras fluctúan). Ese mismo año publica Triunfo de la fe en los reinos del Japón, obra en prosa, sobre los hechos acaecidos en aquellas misiones orientales de los jesuitas.

Abril o mayo de 1620 es la fecha probable en que muere Roque, el marido de Marta, y Lope se alegra cruelmente de ello en la dedicatoria de La viuda valenciana:

¡Bien haya la muerte! No sé quién está mal con ella, pues lo que no pudiera remediar física humana, acabó ella en cinco días con una purga sin tiempo, dos sangrías anticipadas y tener el médico más afición a la libertad de vuestra merced que a la vida de su marido. Puedo asegurarle que se vengó de todos con sola la duda en que nos tenía si se había de morir o quedarse; tanto era el deseo de que se fuese: no porque él faltase, sino porque habiendo imaginado que nos dejaba, fuera desesperación el volver a verle.

Dedicatoria de La viuda valenciana

[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Nuevos ataques literarios y personales al Fénix

Sigue publicando Lope obras piadosas, como su Romancero espiritual (1619) o Catorce romances a la Pasión de Nuestro Señor (1620)[1]. Pero la escritura de tales piezas no logra encubrir su andar en malos pasos, y sus enemigos no desaprovechan la nueva flaqueza amorosa del Fénix para atacarle; de Góngora, por ejemplo, es esta punzante décima, que juega, entre otras referencias, con la homofonía de marta, una piel muy preciada, y Marta, el nombre de la nueva amada:

Dicho me han por una carta
que es tu cómica persona
sobre los manteles mona
y entre las sábanas, marta.
Agudeza tiene harta
lo que me advierten después:
que tu nombre del revés,
siendo Lope de la faz,
en faz del mundo y en paz
pelo de esta marta es.

Marta cibelina

En una décima satírica que comienza «Cuando fue representante…» leemos estos otros versos alusivos a su desordenada vida una vez ordenado sacerdote:

… fue familiar y fiscal,
y fue viudo de arrabal
y sin orden ordenado.

Siguen, pues, los odios literarios, siendo sus enemigos y rivales tanto los preceptistas aristotélicos como Góngora y sus seguidores. El propio Lope alude a estas envidias y rencillas:

Si en el mar de la murmuración se pierden bajeles de alto bordo, anéguese mi pobre barquilla, tan miserable que apenas se ve, en las aguas, y a quien por cosa inútil pudieran perdonar las olas de la ociosidad y los vientos de la envidia.

De todas estas polémicas con los poetas culteranos (la guerra con Góngora arrecia en 1617, con don Luis en la Corte) y con los preceptistas aristotélicos (ataques de Pedro de Torres Rámila en la Spongia y defensa por parte de sus amigos en la Expostulatio spongiae) se hablará con más detalle en otras entradas.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Nace Antonia Clara, hija de Lope y Marta de Nevares

Fuera del ámbito idealizado de los versos, en el terreno más prosaico de la pura y dura realidad, Lope aconseja a su amada que inicie los trámites de separación de su marido, y así se comienzan en 1619, logrando Marta que se declarara nulo su matrimonio[1]. Desde entonces las relaciones de los amantes se hacen menos recatadas. Por ejemplo, el Fénix le pedirá el coche al duque de Sessa para ir con Marta-Amarilis a San Isidro.

Carroza

De esta sacrílega relación resultará una sola hija, Antonia Clara, nacida el 12 de agosto de 1617. Fue su padrino don Antonio de Córdoba y Rojas, conde de Cabra, hijo primogénito del duque de Sessa, si bien Lope había mostrado su deseo de que lo fuera el propio duque, tal como refiere esta carta de junio de 1617:

De los sucesos de Amarilis no hay más de cielo y agua y esperar el puerto con el curso de los días, que en fin no paran; yo lo deseo por mil cosas, y no es la menor volver a emparentar con el Almirante de Nápoles, no porque le quiero poner en las pasadas liberalidades de Feliciana, sino para honrar mi sangre, que sin duda está allí, y porque hasta el cielo que deseo para mis hijos sea de mano de Vuestra Excelencia.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Marta de Nevares, gran pasión de madurez de Lope

Si Elena Osorio fue su gran pasión de juventud, Marta de Nevares es su gran pasión de madurez[1]:

Duque mi Señor: yo no he cerrado los ojos en toda la noche, y hasta ahora he estado en la cama con mil accidentes; y no me levantara della, si una persona que los ha entendido no me enviara a llamar; ni aun he querido comer, que he estado con tantas desesperaciones, que le he pedido a Dios me quitase la vida […] Yo nací en dos extremos, que son amar y aborrecer; no he tenido medio jamás.

¡Bien cierta resulta esta última afirmación! En Lope todo es extremado, exagerado, sin medida, así en su vida como en su creación literaria… A Marta la retrata en hermosos versos de su égloga Amarilis:

Criose hermosa cuanto ser podía
en la primera edad belleza humana,
porque cuando ha de ser alegre el día
ya tiene sus albricias la mañana.
Aprendió gentileza y cortesía,
no soberbio desdén, no pompa vana,
venciendo con prudente compostura
la arrogancia que engendra la hermosura.

Si cátedra de amar Amor fundara,
como aquel africano español ciencias,
la de prima bellísima llevara
a todas las humanas competencias;
no tuvieran contigo, fénix rara,
las letras y las armas diferencias,
ni estuvieran por Venus, tan hermosa,
quejosa Juno y Palas envidiosa.

El copioso cabello, que encrespaba
natural artificio, componía
una selva de rizos, que envidiaba
Amor para mirar por celosía;
porque cuando tendido le peinaba
un pabellón de tornasol hacía,
cuyas ondas sulcaban siempre atentos,
tantos como cabellos, pensamientos.

En la mitad de la serena frente,
donde rizados los enlaza y junta,
formó naturaleza diligente,
jugando con las hebras, una punta.
En este campo, aunque de nieve ardiente,
duplica el arco Amor, en cuya junta
márgenes bellas de pestañas hechas
cortinas hizo y guarnición de flechas.

Dos vivas esmeraldas, que mirando
hablaban a las almas al oído,
sobre candido esmalte trasladando
la suya hermosa al exterior sentido,
y con risueño espíritu templando
el grave ceño, alguna vez dormido,
para guerra de amor de cuanto vían
en dulce paz el reino dividían.

La bien hecha nariz, que no lo siendo
suele descomponer un rostro hermoso,
proporcionada estaba, dividiendo
honesto nácar en marfil lustroso;
como se mira doble malva abriendo
del cerco de hojas en carmín fogoso,
así de las mejillas sobre nieve
el divino pintor púrpura llueve.

¿Qué rosas me dará, cuando se toca
al espejo, de mayo la mañana?
¿Qué nieve el Alpe, qué cristal de roca,
qué rubíes Ceilán, qué Tiro grana,
para pintar sus perlas y su boca,
donde a sí misma la belleza humana
vencida se rindió, porque son feas
con las perlas del Sur rosas pangeas?

Con celestial belleza la decora,
como por ella el alma se divisa,
la dulce gracia de la voz sonora
entre clavel y roja manutisa;
que no tuvo jamás la fresca aurora,
bañada en ámbar, tan honesta risa
ni dio más bella al gusto y al oído
margen de flores a cristal dormido.

No fue la mano larga, y no es en vano,
si mejor escultura se le debe
para seguirse a su graciosa mano
de su pequeño pie la estampa breve;
ni de los dedos el camino llano,
porque los ojos, que cubrió de nieve,
hiciesen, tropezando en sus antojos,
dar los deseos y las almas de ojos.

Marta de Nevares

Y en la dedicatoria de La viuda valenciana «A la señora Marcia Leonarda» le dirige estos encendidos elogios:

Si vuesa merced hace versos, se rinden Laura, terracina; Ana Bins, alemana; Safo, griega; Valeria, latina, y Argentaria, española. Si toma en las manos un instrumento, a su divina voz e incomparable destreza el padre de esta música, Vicente Espinel, se suspendiera atónito; si escribe un papel, la lengua castellana compite con la mejor, la pureza del hablar cortesano cobra arrogancia, el donaire iguala a la gravedad y lo grave a la dulzura; si danza, parece que con el aire se lleva tras sí los ojos y que con los chapines pisa los deseos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega, sacerdote y amante

Lope se amanceba con Marta de Nevares a finales de 1616[1]. Ella tiene 26 años y él, 54. Son los de ahora unos amores sacrílegos (Lope es sacerdote) y adúlteros (Marta está casada, aunque pronto será viuda). Una vez más, el espíritu sigue en lucha tenaz con la carne. A Marta la conoció en una fiesta poética, y fue primero un sentimiento platónico, como le escribe al duque de Sessa, en carta con posible datación a comienzos de septiembre de 1616:

Certifico a Vuestra Excelencia que ha grandes tiempos que es este amor espiritual y casi platónico, pero que en el atormentarme más parece de Plutón que de Platón, porque todo el infierno se conjura contra mi imaginación.

Pero la carne es débil, y unos meses después, en junio de 1617, cambia de tono al referirse a ella:

Porque yo estoy perdido, si en mi vida lo estuve, por alma y cuerpo de mujer, y Dios sabe con qué sentimiento mío, porque no sé cómo ha de ser ni durar en esto, ni vivir sin gozarlo […] Esta noche no he dormido, aunque me he confesado. ¡Malhaya amor que se quiere oponer al cielo!

Ello es estrella mía; yo pienso rogar a las canas que me enseñen dónde vive la prudencia, pues dicen que son sus aposentadoras, aunque la ira siempre hace que se yerre el camino de hallarla y el bien y descanso de poseerla.

Firma de Lope de Vega

Y en otra, con el tono de picardía y desvergüenza tan habitual en estas cartas, refiere:

… estoy en el estado que pintaré aquí, pasando muy lindas mañanas en los brazos de un sujeto entendido, limpio, amoroso, agradecido y fácil, cuya condición, si no mienten principios, parece de ángel. […] he hallado, finalmente, médico a mis heridas, que desde una legua se me ve el parche; trabajo y cuidado me costaron estos principios, pero como me resolví, todo se hizo a pedir de boca.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope conoce a Marta de Nevares

Lope de Vega

El Fénix sigue acumulando cargos y dignidades eclesiásticas, e igualmente los amores se suceden sin pausa[1]: «Lanzado otra vez por la pendiente de la pasión y el desenfreno, Lope se esclaviza con una querencia definitiva», señala bellamente Donald McGrady. Se trata en esta ocasión de Marta de Nevares (Amarilis, Marcia Leonarda), nacida en el seno de una familia hidalga de Alcalá («adonde el claro Henares se desata / en blando aljófar»), una mal casada desde los trece años con un mercader soez y grosero llamado Roque Hernández de Ayala, al que evoca Lope en unos versos recogidos en La vega del Parnaso:

… rudo y indigno de su mano hermosa,
a pocos días mereció su mano,
no el alma, que negó la fe de esposa,

en cuyo altar le confesó tirano;
aquella noche infausta y temerosa,
con tierno llanto resistida en vano […]

¿Qué desdicha fatal de las hermosas
es esa de tener tales empleos?
¿Siempre las feas han de ser dichosas?


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Un amorío más de Lope: Lucía de Salcedo

Y ahora es cuando debemos sumar un nombre más a la ya extensa nómina de mujeres en la vida de Lope de Vega[1]. Se enreda en amores con otra actriz, Lucía de Salcedo, apodada la Loca, con el consiguiente enfado de Jerónima de Burgos (porque ahora el genial dramaturgo dará sus comedias a la compañía de Salcedo), aunque no son muchos los datos de que disponemos acerca de esta relación.

En octubre de 1615 se celebra la boda por poderes del príncipe de Asturias (el futuro Felipe IV) con Isabel de Borbón. El duque de Sessa forma parte de la comitiva real que marcha hasta Irún para recibir a la novia, y Lope le acompaña. En la Isla de los Faisanes, en el Bidasoa, se produce el intercambio de princesas entre las cortes de España y Francia (los españoles entregan a Ana de Austria, que va a ser la esposa del joven Luis XIII de Francia).

Intercambio de princesas en el Bidasoa, Pieter Van der Meulen

El cortejo regresa a Burgos y Lerma, donde Felipe III ha organizado grandes fiestas para conmemorar el enlace, y el viaje queda descrito en la comedia Los ramilletes de Madrid.

En diciembre Lope vuelve a Madrid, y allí pasa el año 1616. A finales de junio de ese año le explica a Sessa que piensa ir a Valencia para encontrarse con el hijo habido en 1599 («voy a Valencia por aquel hijo mío fraile descalzo»). Eso es, al menos, lo que se dice sobre el papel; pero tal explicación parece más bien una excusa: en realidad acude allí para encontrarse con Lucía de Salcedo, que está trabajando con la compañía de Sánchez y viene desde Barcelona. Allí enferma («Diecisiete días he estado en una cama con tan recias calenturas, que entendí que era el último tiempo de mi vida», le escribe al de Sessa el 6 de agosto), y regresa finalmente a Madrid sin el hijo a cuyo encuentro había supuestamente ido. Publica Alabanzas al glorioso San Josef. Gracias a la intercesión de Sessa, es nombrado procurador fiscal de la Cámara Apostólica en el Arzobispado de Toledo.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.