Navarro Villoslada vuelve a la literatura

Entre 1872 (en abril estalla de nuevo la guerra carlista) y 1885 Francisco Navarro Villoslada[1] vive unos «años oscuros». Tradicionalmente se venía diciendo que se retiró a su ciudad natal, ganándose así el sobrenombre de «El Solitario de Viana», y que allí, en la paz de la vida rural, escribió la que sería su obra maestra, Amaya. La realidad es algo distinta. Se retira, sí, de toda actividad pública, pero continúa viviendo en Madrid la mayor parte del año; en los meses de verano viaja al norte para descansar en alguna localidad de las Provincias Vascongadas y para visitar su hacienda en Viana.

Después de varios años sin publicar, entregado a la política y el periodismo, en 1877-1878 vuelve a dar a las prensas algunos trabajos literarios, sobre todo su novela Amaya (primero en el folletín de la revista La Ciencia Cristiana; en 1879 en volumen).

Amaya, de Navarro Villoslada

En reconocimiento a sus méritos vascófilos Navarro Villoslada es elegido miembro de honor de la Asociación Éuskara de Navarra, promovida en Pamplona por Juan Iturralde y Suit y Arturo Campión.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Navarro Villoslada y el carlismo

El triunfo de la Revolución de septiembre de 1868 provocó el acercamiento de Francisco Navarro Villoslada[1] y los denominados neocatólicos (Nocedal, Aparisi y Guijarro, Canga Argüelles, Tejado…) al carlismo. En efecto, tras el destronamiento de Isabel II la legitimidad estará representada para ellos por don Carlos María de Borbón y Austria-Este (Carlos VII), y se unen a él por ser su partido el que mejor podía defender, en aquel determinado momento, los intereses católicos por los que venían luchando.

Don Carlos de Borbón y Austria-Este

En 1869 Navarro Villoslada es detenido y ha de pasar mes y medio en la prisión del Saladero de Madrid por haber publicado, antes de que lo hiciera la prensa oficial, una nota en la que avisaba de la intención del gobierno de incautarse todos los bienes eclesiásticos. Tras salir de la cárcel, se exilia para evitar nuevas persecuciones.

En París se pone a las órdenes del pretendiente, al que acompaña por Centro Europa, y prepara algunos folletos de propaganda carlista, siendo especialmente famoso el artículo titulado «El hombre que se necesita», en el que presentaba a don Carlos a los españoles como el único candidato al trono capaz de acabar con la anarquía reinante en España. Según dijo Aparisi, con este escrito ganó para su causa a millares de partidarios. Desde finales de 1869 pasa a ser secretario personal del duque de Madrid pero, estando en Viena, el 25 de enero de 1870 se rompe una pierna y ha de permanecer cinco meses en cama, teniendo que abandonar el cargo. Esta es la razón de que no se encuentre presente en la famosa Junta de Notables de Vevey.

En 1871 es elegido senador por Barcelona, y la inmunidad parlamentaria le permite volver a España; ejercerá el cargo de secretario de la minoría carlista en el Senado. Se opone con Aparisi y otros a las medidas liberalizantes propuestas por el general Cabrera y discute con don Carlos, empeñado en seguir los consejos «cesaristas» de su nuevo secretario, Arjona. Se muestra igualmente contrario a que toda la prensa carlista esté bajo la dirección de una sola persona, Cándido Nocedal. Al final, para no seguir oponiéndose en público a su rey, renuncia a la dirección de El Pensamiento Español y, desengañado, se retira de la política activa.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Navarro Villoslada y los neocatólicos

Durante todos estos años, se va destacando dentro de las filas moderadas el grupo denominado neocatólico, formado por donosianos y nocedalinos. Portavoz destacado de esa corriente será el periódico El Pensamiento Español, fundado por Francisco Navarro Villoslada[1] y otros socios a finales de 1859, en el que el de Viana pondría durante más de diez años toda su alma y todo su corazón.

Cabecera de El Pensamiento Español

«Católico a machamartillo», desde sus columnas defenderá las ideas tradicionalistas y al Papa Pío IX al suscitarse la «cuestión romana», batiéndose en formidables polémicas con toda la prensa liberal.

En 1865 y 1867, Navarro Villoslada es elegido diputado para dos nuevas legislaturas, siempre por Navarra (aunque ahora por Pamplona, en las dos ocasiones).


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Navarro Villoslada, escritor, periodista y político

Como otros escritores de su época, Francisco Navarro Villoslada[1] distribuirá su tiempo y sus preferencias entre la literatura, el periodismo y la política. En 1846 conoce a una joven vitoriana llamada Teresa de Luna, con la que contrae matrimonio tras un breve noviazgo. Por el delicado estado de su esposa, trasladan su residencia a Vitoria, donde Navarro Villoslada tendrá el cargo de secretario del Gobernador Civil de Álava. Por estas fechas, su nombre empieza a sonar en los círculos literarios por la publicación de sus dos primeras novelas históricas, Doña Blanca de Navarra (1847) y Doña Urraca de Castilla (1849), y lo mismo en los de la vida política, asociado al de otros personajes del partido moderado.

En 1851 muere su mujer: aunque era todavía joven, y le dejaba con dos hijas pequeñas, el escritor de Viana no volvió a casarse. Decide entonces regresar a Madrid. Entre 1853 y 1869 retorna a la actividad periodística, relegando a un segundo plano su faceta como literato (solo publica y estrena algunas piezas de teatro), y comienza a figurar también en la política con cargos públicos. Durante el bienio progresista (1854-1856) colabora en el periódico satírico El Padre Cobos, junto a González Pedroso, Garrido, López de Ayala, Selgas y Suárez Bravo.

El Padre Cobos

En 1856 entra en el Ministerio de la Gobernación; será sucesivamente oficial de los terceros, de los segundos y de los primeros. Al año siguiente es elegido diputado por el distrito de Estella. Es nombrado además director de la Gaceta de Madrid y de la administración de la Imprenta Nacional. Comisionado por el gobierno, realiza en 1857-1858 un viaje para estudiar el estado de las imprentas nacionales en Francia y Austria.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para el contexto de la novela histórica romántica, remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Francisco Navarro Villoslada: estudios y primeros trabajos

Francisco Navarro Villoslada nació en Viana (Navarra), el 9 de octubre de 1818, y allí permaneció hasta 1829, educándose en el seno de una familia de firmes creencias religiosas[1]. Desde muy joven se aficiona a la lectura; además, el entorno medieval de Viana cala hondo en la mente del inquieto joven, que empieza a sentir curiosidad por los tiempos pasados y a emborronar sus primeras cuartillas con versos y otros escritos.

Entre 1829 y 1836 vive en Santiago de Compostela con sus tíos canónigos; cursa Filosofía y Teología y prosigue con sus escarceos literarios. A partir de 1836, debido al recrudecimiento de la primera guerra carlista, permanece de nuevo en su ciudad natal. En noviembre de 1835 había muerto en una emboscada de los carlistas su tío Nazario, que escoltaba el correo de Viana a Logroño, hecho que le afectó profundamente: desde entonces, el tema de la guerra civil aparecerá con frecuencia en sus escritos. Tímidamente liberal —por tradición familiar— en estos años mozos, ingresa en la Milicia Nacional, y hasta dedica algunas poesías al general Espartero.

Baldomero Espartero

En 1839 entra como alumno de la Escuela de Telégrafos de Logroño, pero al año siguiente se traslada a Madrid para estudiar Leyes. A fin de costearse sus gastos sin resultar oneroso a su familia comienza a colaborar en varios periódicos, y de tal forma destaca en el mundillo de la capital que a la altura de 1846 es director, simultáneamente, de cuatro importantes publicaciones: el Semanario Pintoresco Español, el Siglo Pintoresco, El Español y su Revista Literaria. Demuestra ser un trabajador infatigable: después de pasar diez o doce horas en las distintas redacciones, todavía robaba horas al sueño para dedicarse a sus producciones literarias. Su salud comienza a resentirse con estos excesos de trabajo.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para el contexto de la novela histórica romántica, remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

José María Sanjuán, cuentista

Con sus dos libros de cuentos, El ruido del sol y Un puñado de manzanas verdes, José María Sanjuán viene a representar en las letras navarras la corriente de preocupación social que invadió la narrativa española de los años 50 y 60 del siglo XX. Pero en Sanjuán, al contrario de lo que ocurre en otros autores, el cultivo de una literatura «social» no disminuye ni un ápice su calidad literaria. Por el contrario, el espíritu de sus relatos, y lo mismo su valor artístico, está muy cercano al de un maestro del género, Ignacio Aldecoa, que también supo mirar con la misma nostalgia a los seres más desprotegidos de la sociedad.

Historia de la Literatura Navarra, de José María Corella

Esta circunstancia es interesante en el panorama de la historia literaria de Navarra, porque apenas encontramos en otros escritores navarros de los mismos años una preocupación similar, inmersos como estaban —por lo general— en el cultivo de los temas costumbristas o históricos, o bien centrados en la construcción de mundos narrativos personales (caso de Rafael García Serrano o Carmela Saint-Martin).

Valoración de «Un puñado de manzanas verdes», de José María Sanjuán

Los cuentos de este libro, Un puñado de manzanas verdes, escritos con trazos sencillos pero vigorosos, son páginas llenas de vida: se advierte en ellos un pálpito de humanidad y ternura, también de emocionada nostalgia.

Jornaleros

José María Sanjuán sabe dar a cada anécdota, a cada detalle, la máxima categoría estilística. Destaca su capacidad para captar los diversos sentimientos de los personajes: el miedo, la esperanza, la angustia, la resignación, en especial de los seres más desvalidos de la sociedad (niños, jóvenes jornaleros, emigrantes, personas derrotadas…), de nuevo vistos cariñosamente por el narrador, envueltos en su mirada tibia y amorosa. Tal es, sin duda alguna, uno de los principales valores de esta hermosa colección de relatos.

Los cuentos de José María Sanjuán: «El secreto»

«El secreto» (pp. 105-115)[1] es un relato en primera persona, como revelan las palabras iniciales: «Ni siquiera escuché el ruido. Nada. Solamente sé que de pronto torcí mi vista y vi llegar a un hombre que caminaba lentamente hacia mí» (p. 107). El narrador-protagonista es un muchacho que vive con su madre, sus hermanos y un tío. El recién llegado es un hombre joven, muy moreno, con ojos duros y penetrantes, de mediana estatura, bien trajeado, con una cicatriz en la frente. Cuando le pregunta si hay guardias en la casa, el joven siente un escalofrío: «Aquel hombre tenía algún secreto y además estaba sediento» (p. 109). Como en uno de sus sermones el cura había hablado de la obra de misericordia de dar de beber al sediento, decide asumir el riesgo de esta aventura: para evitar preguntas, en vez de subir a la cocina trae el agua del pozo y le da dos vasos. Vienen después los compañeros del hombre, y también les da de beber. «Aquello indudablemente se ponía emocionante» (p. 111). El primer hombre pregunta por la frontera y le advierte severamente que no diga que los ha visto; si los cogen, será porque él ha hablado: «Sonreía. Me puso la mano sobre los hombros. Eran unas manos duras, correosas, morenas y encallecidas» (p. 113).

Emigrantes

Por la noche el joven no puede dormir, pensando en lo sucedido. Al día siguiente, aparecen unos guardias en casa. Siente miedo y baja al establo, para no tener que contar nada: «Así estuve todo el resto del día, vagando por la casa, sin hablar con nadie, escondiendo aquel secreto que me quemaba la sangre y el pecho» (p. 114). Los guardias se van y queda más tranquilo. Al atardecer, mientras permanece tumbado en la cuneta —pues sigue sin querer hablar con nadie— ve aparecer de repente a tres hombres y tres guardias y al hombre moreno, con un guardia a cada lado, que le clava una mirada acusadora: «Yo tenía miedo y me puse a temblar». Uno de sus familiares comenta que son portugueses, de los que quieren pasar a Francia a trabajar:

Dijo mi tío, y yo cerré los ojos. Sentía un mareo y los músculos me los notaba tensos y duros. Me sentía culpable sin saber el porqué (p. 115).


[1] Cito por José María Sanjuán, Un puñado de manzanas verdes, Barcelona, Destino, 1969 (colección Áncora y Delfín, núm. 323).

Los cuentos de José María Sanjuán: «El ojo del mundo»

Cinco secuencias separadas por blancos tipográficos forman «El ojo del mundo» (pp. 91-103)[1]. La primera presenta a un niño obsesionado porque le dicen que no debe mirar por unas ventanas de la casa, pero no le dan ninguna explicación[2]. Un atardecer de domingo en que el muchacho insiste en preguntar por qué no debe mirar, la señora con la que vive le contesta que porque es el ojo del mundo.

Niño en la ventana

En la segunda secuencia se describe aquella extraña casa y se comenta que el muchacho estuvo antes en otra (¿un reformatorio, la inclusa?; él ni siquiera sabe cómo ha llegado allí). Se oyen silencios «que daban al patio y a la casa un instante de intimidad, de secreto y hasta de misterio» (p. 97). La mujer, aludiendo a las ventanas tras las que se escuchan vagas conversaciones de hombres y mujeres, insiste en «que aquello era el mundo y que no debía mirar nunca por allí» (p. 98).

En la tercera secuencia el niño sigue observando «la vida misteriosa y extraña de aquella casa» (p. 98), y descubre que los sábados, domingos y últimos días de mes y, también en los atardeceres, se escuchan menos voces.

Cuarta secuencia. La mujer, que limpia los cuartos con un mohín de disgusto, exclama: «¡Qué vida! ¡Qué mundo!». Y añade misteriosamente para el muchacho: «El mundo está ahí, detrás, el que tú no conoces… pero que nos da de comer» (p. 101).

La quinta secuencia trae el desenlace: un atardecer[3] unos guardias precintan la casa, y el muchacho, desalojado de allí, «se encontró en el camino solo y sin rumbo». Sigue contemplando la casa, la tapia y las seis ventanas, hasta que se las tapa un olivo. «Entonces torció hacia levante y se perdió sendero adelante, triste y a punto de llorar. Pensó en la vida y en el mundo, y lo imaginó cerrado ya, como ciego para siempre» (p. 103). Aunque el autor en ningún momento lo dice explícitamente, queda claro que se trataba de una casa de citas.


[1] Cito por José María Sanjuán, Un puñado de manzanas verdes, Barcelona, Destino, 1969 (colección Áncora y Delfín, núm. 323).

[2] «Desde que estaba en aquella casa siempre le habían dicho lo mismo. La mujer le señalaba la larga pared, las ventanas, seis en total, pintadas con un verde pálido, comido por el sol: / –Por ahí no debes mirar nunca, ¿me entiendes?» (p. 93).

[3] «Sucedió casi de pronto, un atardecer, que era cuando realmente sucedían las cosas mejores y más misteriosas allí, bajo el pedazo de cielo trapezoidal que se extendía por encima de la tapia» (p. 101). La noche anterior había visto «cosas extraordinarias y nuevas» (p. 102): gritos, ruidos de hombre y mujer, etc.

Los cuentos de José María Sanjuán: «Un puñado de manzanas verdes»

Manzanas verdes«Un puñado de manzanas verdes» (pp. 79-89)[1] es el cuento que da título al volumen. Sentados junto a la puerta de casa, un «viejo» muestra al «muchacho» —de nuevo personajes anónimos designados genéricamente— los árboles de la huerta, que están repletos de manzanas; pero el anciano le advierte reiteradas veces que están todavía verdes: «Y el viejo lo decía con nostalgia, pero con dureza. Con la palabra muy firme, como si estuviera encallecida de tanto murmurarlo» (p. 81). Le explica que hay que esperar a que maduren, al tiempo que le clava su mirada «gris, acerada, punzante». «Hería la mirada del viejo cuando la clavaba de aquella manera» (p. 81), pero el niño siente una profunda admiración por él:

Y pensó enseguida que era hermoso imitar al viejo. Porque el viejo sabía muchas cosas del mundo, de la vida, de los árboles y de las manzanas (p. 82).

En efecto, lo que sucede con las manzanas constituye una buena enseñanza para la vida: hay que saber esperar, «porque todas las cosas tienen su tiempo, su momento» (p. 83). La relación que une a ambos personajes se explica a través de un flash-back: «Todo había comenzado unos días antes»; el niño, al pasar por los frutales, dio un tirón de una manzana y rompió la rama; el viejo, lejos de reñirle, le explicó que las manzanas estaban todavía verdes y se hicieron amigos; ahora suele recordarle que, en la vida, «las cosas hay que cogerlas a su tiempo, sin prisas» (p. 86). En primavera muere el viejo; el niño visita su tumba muchos días, hasta que al, llegar el tiempo de las manzanas, una mujer le da una cesta con ellas y recuerda que el anciano le decía que su vida sería distinta cuando creciese y madurase, como las manzanas: «Con los ojos cerrados iba recordando las palabras del viejo y le sonaban dentro, en el corazón, como una melodía suave y hermosa» (p. 89).


[1] Cito por José María Sanjuán, Un puñado de manzanas verdes, Barcelona, Destino, 1969 (colección Áncora y Delfín, núm. 323).