Fray José Alberto Gay, un desconocido literato tudelano del siglo XVIII

Muy poco conocida resulta la figura y la obra de fray José Alberto Gay, carmelita tudelano del siglo XVIII, autor de algunas obras literarias que no carecen de interés. Los principales datos bio-bibliográficos a él relativos los ha resumido Luis María Marín Royo en la entrada que le dedica en la Gran Enciclopedia Navarra:

Gay, José Alberto. (Tudela, 24.6.1705-Tudela, ca. 1780). Carmelita. Ingresó en la orden del Carmen Calzado a la edad de 17 años y obtuvo el grado de doctor en Teología. Fue examinador sindical [sic, errata por sinodal] de los obispados de Albarracín y Jaca, de cuyo convento fue tres veces prior, al igual que lo había sido del de Calatayud; definidor de la provincia carmelitana de Aragón y socio honorario de la Real Médica Sociedad Matritense de la Esperanza.

Las únicas referencias de su vida relacionadas con su ciudad natal son un acuerdo municipal del 17 de mayo de 1747 por el que el ayuntamiento le confió el encargo de predicar el sermón de la colegiata día de Santa Ana, patrona de la ciudad; otro del 17 de mayo de 1751 en que se le nombró predicador para la próxima cuaresma; y el último del día 15 de mayo de 1752 en que de nuevo se le pidió que predicase la cuaresma para el año siguiente.

Escribió y publicó: Triunfo y poder de Santa Orosia, Patrona de la muy noble y leal ciudad de Jaca y [su] montaña (Pamplona, 1745). Desengaños místicos y métricos amorosos afectos para mover al hombre a llorar sus culpas y [a] agradecer las divinas finezas (dos ediciones, la segunda en Zaragoza, 1757); y El grande patriarca y celador Elías, norma y ejemplar de prelados y elecciones religiosas (Zaragoza, 1748).

Santa Orosia de Jaca

Otras referencias a fray José Alberto Gay las hallará el curioso lector en Antonio Pérez Goyena, Contribución de Navarra y de sus hijos a la Historia de la Sagrada Escritura; en José Ramón Castro, Autores e impresos tudelanos; o en Francisco Aguilar Piñal, Bibliografía de autores españoles del siglo XVIII, entre otros autores.

A las obras mencionadas por Luis María Marín Royo, debemos añadir todavía dos títulos más: Parnaso alegórico, corona de musas y estrellas en gloria del Beato Josef de Calasanz, fundador de las Sagradas Escuelas Pías (Zaragoza, 1756) y Métrica lúgubre expresión en la muerte del Excmo. Señor Conde de Gages, Virrey y Capitán General de Navarra, etc. (pieza manuscrita conservada en la Biblioteca Nacional de España, Madrid, sign. Ms. 11.027).

A mi juicio, la obra más interesante del Padre Gay es la titulada Desengaños místicos, y a ella dedicaré unas breves notas en las próximas entradas.

La historia secreta de los kilikis de Pamplona, por Jesús Carlos Gómez Martínez

La historia secreta de los kilikis de Pamplona, de Jesús Carlos Gómez Martínez¿Qué se oculta en realidad detrás de las inmensas cabezotas de los kilikis de Pamplona?[1] Esto es lo que pretende contarnos Jesús Carlos Gómez Martínez en este libro: la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad acerca de la auténtica personalidad de Barbas, Patata, Napoleón, Verrugas, Coletas y Caravinagre. Quizá fue la idea de que la cara es el espejo del alma la que hizo sospechar al escritor que, debajo de esas máscaras, se ocultaban unos verdaderos desalmados. Y así, en seis breves pero ingeniosísimas semblanzas, nuestro amigo Jesús Carlos desenmascara por completo a tan malvados personajes, sacando a relucir todos los trapos sucios de sus vidas pasadas.

Tras una exhaustiva investigación de ocho años, puede al fin informarnos —a todos los lectores, pero en particular a los pamploneses; de hecho, continuamente se está dirigiendo a nosotros: «os debo prevenir…», «Yo te aconsejo…», «Cuídate mucho de…», «quizá te tranquilice saber…», «No has de olvidar…», «Como te imaginarás…», «Has de saber que…»— puede informarnos, decía, de que los kilikis han recalado en nuestra ciudad y desempeñan el noble empleo de escoltar a los gigantes precisamente para ocultar su vergonzante pasado de malhechores: Barbas habría sido un fabuloso espía, experto en mil disfraces, ardides y transformaciones; Patata, un habilísimo ladrón capaz de robar los tesoros mejor guardados y los más arcanos secretos; Napoleón, un inspector de homicidios en la peligrosa ciudad de Nueva York, de esos que se toman la justicia por su mano para limpiar las calles de escoria, al más puro estilo Charles Bronson; Verrugas, un abogado sin escrúpulos que nunca ha dudado a la hora de defender a los grandes capos de la Mafia siciliana; Coletas, un sanguinario pirata del mar Caribe; y Caravinagre, un inquietante gánster que no para de darle gusto al gatillo de su metralleta. En suma, una rica colección de rufianes, criminales, bribones y canallas. De verdaderos facinerosos. Unas auténticas joyas, vamos.

La fantasía y el humor recorren todas las páginas de este libro. El principal recurso literario es la hipérbole, la exageración desmesurada, grotesca y satírica en la presentación de las peripecias de sus vidas, en los detalles de sus correrías. Esta técnica narrativa (que los más cultos y eruditos, siempre dados a los latinajos, emparentarían tal vez con el concepto clásico de turpitudo et deformitas) encaja muy bien con el supuesto carácter de los personajes retratados. Y es que, bajo la aparente sencillez y el tono coloquial de la prosa de Jesús Carlos, se ocultan muchas horas de trabajo, de pulir con esmero el texto, de mimarlo frase a frase, palabra a palabra, actitud que revela una decidida voluntad de estilo.

JesusCarlosGomezMartinezFantasía, humor y tema sanferminero son ingredientes que ya aparecían en otras obras anteriores de este mismo autor. No es esta, en efecto, la primera incursión literaria de Jesús Carlos en el territorio de la fiesta pamplonesa por excelencia. No en balde ganó, en 1991, el Primer Premio Periodístico Internacional San Fermín por su trabajo «Yo, Fermín». Más tarde publicó Sanfermines forever (1995), libro formado por nueve semblanzas breves y un epílogo con acertadas evocaciones del chupinazo, el riau-riau, el encierro, las corridas, el ambiente de la calle, la figura de Hemingway y el pobre de mí, todo ello hilvanado por el tenue hilo de una trama amorosa. Uno de sus relatos, «El grito silencioso» (recogido en Actos de amor ingrato, recopilación de 1993, y también en Capricho de faraones, de 1995), nos cuenta la historia de Javier, un experto corredor del encierro al que una gitana le ha vaticinado: «Estos Sanfermines te va a matar un toro». En otra de sus narraciones, «Todos los caminos» (perteneciente a Actos de amor ingrato), nos recuerda que «El seis de julio, todos los caminos conducen a Pamplona».

Este nuevo libro de Jesús Carlos Gómez Martínez vuelve a ser, de alguna manera, de inspiración sanferminera. Él lo tiene muy claro: los kilikis se ocultan en Pamplona —en estado latente todo su potencial criminal— esperando la llegada de tiempos mejores que les permitan volver a sus andanzas y fechorías de antaño. Los kilikis, sin embargo, también nos dejan oír su voz y desmienten categóricamente, a través de una nota oficial, todas las acusaciones acumuladas en su contra. ¿A quién hemos de creer, al autor o a sus creaciones literarias? ¿Son fantasía o realidad estas vidas tan poco ejemplares de los kilikis de Pamplona? Caravinagre y sus compañeros, ¿son tan malos como nos los pinta Jesús Carlos o asistimos aquí a una venganza —literaria, of course— del miedo que de pequeño («Kiliki -ki, con el palo no, con la verga sí») le hicieron pasar? No sé, no lo tengo muy claro. Yo, por si acaso, estos Sanfermines procuraré contemplar a los kilikis desde una prudencial distancia…

ENLACE a la página web de Jesús Carlos Gómez Martínez:

Biografía


[1] Reproduzco aquí, con algunos ligeros retoques, las palabras que escribí como «Presentación» para el libro de Jesús Carlos Gómez Martínez La historia secreta de los kilikis de Pamplona, Pamplona, Ediciones Fecit, 2001, pp. 7-9.

«Jaunsarás o los vascos en el siglo VI», de Mariano Pérez Goyena

Nacido en Huarte en 1867, muerto en Pamplona en 1903. Doctor en Teología y licenciado en Derecho Canónico, este sacerdote ejerció como coadjutor en Santa María de Tafalla, fue profesor de Matemáticas en el Seminario Conciliar de Pamplona y administrador de Cruzada de la diócesis. Ocupa un lugar en el panorama de la narrativa en Navarra en el siglo XIX por su obra Jaunsarás o los vascos en el siglo VI (Pamplona, Imprenta de Nemesio Aramburu, 1899), que reúne tres «trabajillos» que ya habían sido publicados en la revista La Avalancha; como explica el autor en el prólogo, son «historietas escritas, eso sí, con el mejor espíritu y sana intención». El subtítulo refleja claramente la influencia de la novela de Navarro Villoslada Amaya o los vascos en el siglo VIII.

La primera, «Jaunsarás o los vascos en el siglo VI», cuenta la llegada al monasterio benedictino de san Zacarías de Cilveti, en la Navidad del año 583, de un enviado de san Leandro con el fin de recabar el auxilio de los vascones para Hermenegildo, defensor de la causa católica contra su padre Leovigildo, que quiere que renuncie al cristianismo. Esta circunstancia, y el relato de la expedición de apoyo de los vascones, hasta la victoria final de Recaredo, permite a Pérez Goyena añadir una serie de párrafos digresivos con alusiones continuas a los problemas religiosos de su momento.

Conversión de Recaredo

En cuanto a «La consagración de San Fermín», no es propiamente un cuento, sino un resumen de su predicación animado levemente por la ficción del diálogo entre dos centuriones romanos. Por último, «El voto de Roncesvalles» tampoco puede ser considerado cuento, sino que es simplemente la narración de dos anécdotas relacionadas con la famosa colegiata que sirven al autor para «presentar un cuadro de costumbres montañesas».

Así pues, de las tres «historietas» la más interesante es la primera, la que da título al volumen, que se sitúa en la misma línea de relatos histórico-novelescos habituales en la época, piezas de un género híbrido que permite mezclar la seriedad y las enseñanzas de la historia con la amenidad y las licencias literarias de la narración ficticia.

Ignacio Mena y Sobrino, autor de La batalla de Atapuerca

Hijo de Juan Cancio Mena, Ignacio Mena y Sobrino (Pamplona, h. 1862-Madrid, 1914) se licenció en Derecho y, a la altura de 1885, ejercía el cargo de fiscal municipal en Pamplona; fue también juez municipal de Irún, fiscal del distrito de la Inclusa de Madrid, juez de primera instancia, por oposición, de Espinosa de Henares y jefe de negociado del Ministerio de Gracia y Justicia.

En el panorama de la narrativa navarra del siglo XIX debe ser recordado por La batalla de Atapuerca. Publicado con el subtítulo Ensayo literario que obtuvo el accésit en el Certamen celebrado el año 1882 bajo los auspicios del Excmo. Ayuntamiento de Pamplona (Pamplona, Imprenta de Fortunato J. Istúriz, 1883), se trata de un relato largo (con sus 62 páginas es casi una novela corta) dividido en dos partes, una de diez y otra de nueve capítulos.

Batalla de Atapuerca (1054)

La acción ocurre el año 1054 y presenta las rivalidades del rey don García VI con sus hermanos don Fernando y don Ramiro, aderezadas con una trama amorosa: el rey, casado con doña Estefanía, tiene un idilio con una dama llamada Laura, que suscita los celos de su esposo, el ambicioso caballero Fortún Sancho, ayudado en sus planes de venganza por su hermano Garcés. Finalmente, en el último capítulo se narra la muerte de don García en la batalla de Atapuerca, ocurrida el 1 de septiembre de ese año 1054. Los diálogos que se incluyen son escasos y poco interesantes. Lo mejor es, sin duda, el intento de reconstrucción arqueológica de la época novelada (armas, vestidos, mobiliario…).

Semblanza literaria de Arturo Cayuela Pellizzari (1851-1893)

Poeta laureado con numerosos premios nacionales e internacionales, Arturo Cayuela Pellizzari[1] (Pamplona, 1851-1893), licenciado en Filosofía y Letras, fue por los años 1872-1876 el director del Instituto de Pamplona. Colaboró en distintas publicaciones periódicas y dirigió en Pamplona la revista El Ateneo. Buena parte de su obra la componen las piezas poéticas de asunto histórico, muy semejantes —en los temas y en la propia concepción formal del género— a las de Hermilio Olóriz.

Así, en Notas y preludios (Pamplona, 1885), además de varios poemas de tono sentimental, agrupa los siguientes títulos: «La rota de Roncesvalles», obra formada por tres romances («El despertar de los bravos», «Altoviscar» y «El triunfo de la Vasconia») que había sido laureada en el Certamen del Ayuntamiento de Pamplona de 1882 y publicada ese mismo año; «Al sitio de la isla de León» (de tono patriótico nacional); y «La toma de Zaragoza. 1118 (poema)». En 1886 se premió en el mismo concurso municipal La derrota de Olast. Canto épico, y también se dio a las prensas. Más tarde reunió una serie de Cantos, romances y leyendas (Vitoria, 1889), entre los que se cuentan «La batalla de las Navas. Romance histórico. Año 1212», «La hazaña de los Donceles. Leyenda tradicional. Siglo XV» y «El paje del rey don Sancho. Leyenda del siglo XIII». En fin, más tarde apareció El paladín de las Navas (Pamplona, 1891), obra cuyo protagonista es el estellés Garci López de Lizasoain dividida, como muchos dramas románticos, en cinco partes con título independiente: «El mensaje», «La promesa», «La hazaña de Garci López», «El regreso de la hueste» y «El cumplimiento de un voto».

Como Olóriz, Cayuela Pellizzari maneja con soltura el octosílabo o el endecasílabo heroico en estas composiciones de marcado tono narrativo, aunque se nota la repetición de ciertos motivos (por ejemplo, la despedida del guerrero y su mujer, de raigambre homérica). Vemos que vuelve sobre unos mismos temas (Roncesvalles, Olast, las Navas de Tolosa…) y con una misma intención: la exaltación de los hechos gloriosos de la historia patria mostrando aquellos ejemplos en los que ha sido necesario defender la «navarridad vascónica» frente a las amenazas exteriores. En efecto, aunque Cayuela no desdeña ampliar sus miras tratando también algunos temas castellanos o españoles, la mayoría de sus obras son una llamada de atención para despertar la conciencia del pueblo navarro en un momento en que su herencia cultural y su identidad foral vuelven a estar amenazadas. En este sentido, las derrotas de personajes caracterizados como déspotas y tiranos (Carlomagno, Abderramán, etc.) se presentan como ejemplo y advertencia para posibles imitadores actuales.

Todo eso, por lo que respecta a composiciones de tema histórico en verso. Pero además, en la tercera sección del libro Cantos, romances y leyendas, titulada «Trabajos literarios», figuran tres cuentos en prosa cuya acción se traslada a la antigüedad greco-latina: «La cabaña del Tíber. Episodio de la historia romana» (Sabrunio venga a la ciudad de Alba Longa, y la muerte de su padre Mecio, asesinando al rey de Roma, Tulo Hostilio); «El sueño de la Sabina» (cuenta el asesinato de Sexto Tarquino, que forzó a Lucrecia, y de su amada Régila, suceso vaticinado por la sibila Silvia); y «Kedinna» (presenta a una joven griega así llamada que llora la muerte de su amado Eliodoro en Síbaris, defendiendo la independencia patria). Este último relato, sin apenas diálogo, presenta un tono más lírico que los dos anteriores. En conjunto, estos tres cuentos de características románticas (exotismo espacio-temporal, escenas de crímenes y venganzas asociadas a una tempestad…) resultan interesantes por su novedad dentro del panorama literario del momento en Navarra. Les une a las otras composiciones de Cayuela el tratar, en última instancia, del tema de la libertad de los pueblos, aunque con acciones referidas a otra época y a otro marco geográfico.

Por último, hay que mencionar otras obras de Cayuela Pellizzari como Últimos arpegios (1885), donde recoge dos nuevas composiciones poéticas premiadas, «La siega» y «La paz del hogar», sus novelas Los mártires de la pobreza y El cuadro de la Madonna o su biografía de Lucio Junio Moderato Columela (1888).

Portada de Lucio Junio Moderato Columela, de Cayuela Pellizzari


[1] El segundo apellido se escribe a veces Pellizari, con una sola z; pero lo transcribo con la forma más correcta, tal como figura al frente de sus libros.

Semblanza literaria de Hermilio Olóriz (1854-1919)

Hermilio Olóriz[1] Azparren (Pamplona, 1854-Pamplona, 1919) fue un literato e historiador cuyas inquietudes coincidieron con las de los miembros de la Asociación Euskara de Navarra. Fue secretario de redacción de la Revista Euskara (en 1878), bibliotecario y cronista de Navarra, académico correspondiente de la Real de la Historia, etc. Dejando aparte sus obras de carácter histórico (Fundamento y defensa de los Fueros, 1880; Resumen histórico del Antiguo Reino de Navarra, 1887; La cuestión foral, 1894; La cartilla foral, 1894; Navarra en la guerra de la Independencia. Biografía del guerrillero don Francisco Espoz, 1910; Nueva biografía del Doctor Navarro don Martín de Azpilicueta, 1919, etc.), me centraré aquí en aquellas composiciones poéticas suyas en las que cantó las grandes victorias de los antiguos vascones y las viejas glorias de la historia patria.

Hermilio Olóriz

Se dio a conocer con El romancero de Navarra (Pamplona, Imprenta Provincial, 1876), que incluía tres composiciones: «Roncesvalles», «Olant» [sic, error en el título por Olast] y «Pamplona», formadas por ocho, siete y siete romances, respectivamente, en la misma línea de los Romances históricos del duque de Rivas, que describen las victorias de los vascones sobre francos y moros. En 1882, en el Certamen del Ayuntamiento de Pamplona, se premió otro trabajo titulado «Roncesvalles» y en 1883 «Calahorra», que narra la heroica defensa de la ciudad vascona frente a Roma, equiparable a las de Numancia o Sagunto. En Laureles y siemprevivas (Pamplona, Imprenta Provincial, 1893), además de algunas composiciones líricas y el cuadro dramático En manos del extranjero, recoge obras anteriores («Roncesvalles», «Olast», «Pamplona» y «Calahorra») y añade «La visión del Marichal», «La leyenda de Alesves», «Patriotismo de Estella», «Las Navas de Tolosa» y «En el castillo de Olite. Fantasía». Ahora bien, además de insistir en temas repetidos hasta la saciedad en la literatura cultivada en Navarra en ese momento (Sancho el Fuerte, las guerras de bandos…) intenta la renovación narrando un hecho cercano en «El vado (tradición tudelana)», un episodio de la resistencia contra el invasor francés. Por último, en Ecos de mi patria. Leyendas y poesías (Pamplona, Imprenta Provincial a cargo de J. Ezquerro, 1900) incluye entre otras piezas «Mosén Pierres de Peralta. Leyenda», «La heroína. Leyenda» (sobre la muerte del coronel Villalba, ya tratada por Arturo Campión) y «La defensa de Viana. Leyenda».

En todas estas composiciones de Olóriz el verso octosílabo o endecasílabo fluye fácil; pero esa facilidad versificatoria —que no es, por otra parte la de un Zorrilla y que no excluye, como en este, algunos ripios— más que una ventaja fue un inconveniente, pues encasilló por completo al autor en este subgénero particular de la narración en verso, del que no se apartó en toda su producción literaria.


[1] Muchas veces su nombre se escribe como Hermilio de Olóriz.

Los relatos de Iturralde y Suit: algunas características

En una entrada anterior ofrecía una clasificación de las obras de Juan Iturralde y Suit. Ahora no voy a detenerme en el análisis exhaustivo de sus leyendas y cuentos, que sin duda merecen un estudio mucho más profundo, pero sí que me gustaría señalar algunos rasgos generales que se aprecian en esos relatos.

Juan Iturralde y Suit

Cabe destacar en primer lugar el uso brillante de la adjetivación en las descripciones paisajísticas: la fina captación de la naturaleza se une al hondo sentimiento de amor por la tierra que impregna esos escritos —Iturralde defiende la navarridad vascónica— y que lleva a una visión arcádica de la Euskal-Erria: Vasconia es uno de los últimos reductos puros e incontaminados frente a los efectos devastadores de la civilización moderna y del progreso, destructores inmisericordes de las costumbres de la raza. El tema del respeto a la tradición, encarnada en los mayores, implica en ocasiones consecuencias estructurales, ya que en muchos relatos cobra enorme importancia la oralidad: el narrador es con frecuencia un viajero que tiene oportunidad de escuchar una historia de labios de un anciano, que es quien conserva las viejas leyendas y tradiciones, a quien se cede la palabra. Existen también otros relatos de magnífica arquitectura, construidos por medio de repeticiones paralelísticas y con una estructura circular (ejemplo señero sería el de «Las brisas de los montes euskaros»).

En cuanto a su concepción de la historia, Iturralde y Suit acude al pasado como espacio donde aprender una lección para el presente. Contrapone un pasado glorioso con un presente poco halagüeño, pero en él siempre queda abierta una puerta a la esperanza regeneradora (véase el final de «Las brisas…»), debido en buena medida a sus creencias religiosas. Existen en sus relatos rasgos románticos, como la presencia constante de ruinas de castillos y monasterios, pero no se muestran como mero elemento decorativo, ni siquiera como mero escenario de los episodios históricos narrados, sino que son símbolo de los desgarrones, reales y dolorosos, de la identidad navarra en ese momento crítico de la historia.

En fin, al brillante empleo de la adjetivación, al tono lírico y a la pericia técnica ya apuntada, se podrían añadir como marcas de estilo de estas narraciones (que, por lo general, fluyen de forma sencilla y sobria) la presencia de ciertos rasgos de humor —en los relatos contemporáneos, no así en los ambientados en el pasado— o la inclusión de palabras o expresiones vascas, que por lo común suelen ir destacadas en cursiva: por ejemplo, sorguiñas, aitona, makillas, alayua ‘el grito de guerra vascón’, Jaun-goikoa, irrintz, chirula, lamiñacs, Basso-jaun, ezpata, chaolas, Heren-sugue o Herentsugue ‘dragón mitológico’, nor da or, ongui etorri, jaunac, kaiku, belarra, azkona, gazteluaren jauna, batzarre, maisterrak, mutil, ene seme maitia, sagarduos ‘vascos provincianos’, etc.

La Navidad de los poetas navarros: final

La lista de poetas navarros que han cantado —y siguen cantando en nuestros días— el nacimiento de Cristo podría ampliarse largamente; pero hoy, con la festividad del Bautismo de Jesús, termina ya el ciclo litúrgico de la Navidad y convendrá cerrar igualmente con algunos nombres últimos esta serie de «La Navidad de los poetas navarros», complementaria de la anterior «La Navidad en las letras españolas».

Bautismo de Jesús

Varios poemas navideños tiene, por ejemplo, Carlos Baos Galán. De entre los que incluye Arbeloa en su antología, recojo el titulado «Coplas para andar por la Noche de Belén»:

A este lado del mundo,
en esta orilla
donde el hombre se encuentra
sin lejanías…
En esta orilla
Belén es cielo abajo
y tierra arriba.
Un pobre establo
redime en el sendero
leguas y años.
Un aire, erguido
de promesas cumplidas,
riega el sentido.
Y el horizonte
diluvia cercanías
de Dios y el hombre.
Todo es un huerto,
un caudal de raíces
de amor entero.
Frío encendido
por pastores y ángeles
amanecidos.

… En esta orilla
donde el hombre se encuentra,
Belén respira.
Respira siglos
de sangres arribadas
a su destino.
Sobre la rosa
de los vientos que marca
rutas sin sombra.
La vida empieza
a tener argumento
de vida nueva.
De alta palabra
en el mástil del tiempo.
Sonido de agua.
De agricultura
de trigo pregonado
desde la altura.

… En esta orilla,
la paz nace entre pajas
y no termina.

En esta orilla
del mundo, Belén arde
muertes vencidas.
Todo se alza
junto al Niño, a la sombra
de la esperanza.
Y todo es bueno
en la noche, entre el gozo
de lo más cierto.
… Entre el caliente asombro
del pensamiento.

Blanca Urabayen, en su libro Besos de otoño. Relatos y poesía (Estella, 2000), da entrada a algunas narraciones navideñas («Navidad, paisaje y poesía», «Navidad en la portada») y también a dos composiciones poéticas tituladas «Navidad lejana, feliz Navidad» (evocación de la Navidad de una «vieja chapada a la antigua») y «Caminando la Navidad» (reflexión lírica sobre la puntual cita de esta gozosa Fiesta, que cada año viene «preñada de gloria y de gracia celestial»).

Recordaré que otro poeta y pintor navarro, Alfredo Díaz de Cerio, tiene reunidas sus composiciones navideñas bajo el título De Navidad a Nochevieja. Copio aquí la primera parte de su poema «La otra Navidad»:

Ha crecido la Navidad en nuestras manos. Ha crecido
como una rosa de oro en el techo del mundo,
como una flor transparente y lejana en la ciudad
que amé, que amamos en los días de invierno.

Navidad, niño perdido entre la nieve mansa
de diciembre. Teníamos entonces
la edad primera de los campos —ese leve verdor
de alguna rama todavía frutal y misteriosa—.
El musgo nos hacía cosquillas en los dedos y madre
olía a mazapán y fuego lento, y todas las preguntas
volaban a sus ojos por un camino lleno
de luces amarillas y manteles en flor.

Mira, todavía tintinea en los cielos la luz
que acarició mi infancia; todavía escribe alguien
una postal desde muy lejos con palabras de humo
y dibuja en la arena la huella de mis pasos.

En fin, terminaré mencionando a Ángel de Miguel, poeta castellano-navarro afincado en Estella, quien nos brinda un precioso y cantarín «Villancico de la Fuente de Irache»:

Villancico líquido,
la Fuente de Irache:
Navidad sonora
del Niño que nace.
Música del agua
que a estrellas nos sabe,
a Jesús le suena
a nana de Madre.
Murmullo del vino
en zambomba suave,
los astros se embriagan
con la luz del Padre.
El agua y el vino:
la Fuente de Irache;
Jesús y María,
siempre manantiales.

La Navidad de los poetas navarros: Jesús Górriz Lerga

Otro poeta que se ha acercado con fina sensibilidad al tema navideño es Jesús Górriz Lerga —quizá su nombre, Jesús, le predispone a ello, como a los “Ángeles” que mencionaba en una entrada anterior—. En efecto, tiene todo un libro, del año 1994, dedicado a este asunto, de bello e ilustrativo título: Memorial del gozo, porque gozo e inmensa alegría es lo que nos trae la Navidad. Además de mencionar algunos títulos de poemas tan sugerentes como el «Villancico del payaso que adoró al Niño en representación de todo el circo» o el «Villancico del hombre del siglo XX», quiero copiar el titulado «Villancico del anuncio gozoso», que dice así:

¡Echa pregón, pregonero;
grita tu pregón de gloria!

Que despierte el mundo entero
y reviva la memoria
al son de la Buena Nueva.

¡Echa pregón, pregonero,
mientras la tierra se nieva
y en el frío de la cueva
nos nace el Dios verdadero!

(Ya el arcángel mensajero
lo anunció con su mensaje,
a los pastores primero,
y al resto del paisanaje…)

¡Grita el pregón, pregonero,
y desborde la alegría
este anuncio que nos llega
entre las claras del día:
LA VIRGENCICA MARÍA
HA DADO A LUZ, EN BELÉN,
A JESÚS, EL DIOS HERMOSO…

Belén es maravilloso
por los siglos de los siglos,
amén.

También podemos recordar su «Villancico del vagabundo»:

¿No había posada
para ti en Belén…?
No me extraña nada:
a los vagabundos
nadie quiere bien.
Pero eso… ¿qué importa?
En este portal,
si bien se le mira,
no se está tan mal…
Y eso que la noche
va en nuestro favor
y llena de estrellas
todo alrededor.
¿No había posada
para ti en Belén…?
Te lo dije antes:
a los caminantes
nadie quiere bien.
Ya voy viendo claro.
¿Tú has venido al suelo,
y vienes de arriba,
nacido del cielo?
¡Bienhaya la dicha
de nacer en cueva!,
que es cosa de pocos
—y que no se lleva—.
La brisa acaricia
el sueño del hombre
que va por el mundo
sin lucir su nombre.
¿No había posada
para ti en Belén…?
¿Y nadie le dijo
a tu madre… ven?
Yo tampoco tuve
sitio en el mesón.
Cosa que me alegra
ya, de corazón.

La Navidad del vagabundo

En fin, de ese mismo poemario es el «Villancico del corolario que resume el gozo», que constituye una  lograda síntesis poética de la esencia de la alegría de la Navidad:

Amorosamente Dios
Verdaderamente vino
Hermosamente al portal
Indefensamente niño.
Felizmente nos nació
Gozosamente en Belén
Silenciosamente Dios
Rematadamente bien.

Ya en 1968, Górriz había publicado en la revista Pregón unos «Gozos para entonar en la Nochebuena», de influencia clásica, tal vez guilleniana, al decir de Arbeloa:

¡Aleluya, aleluya,
que floreció el tomillo!
Nace Dios en Belén
y el mundo tiene brillo.

¡Aleluya, aleluya,
toda la nieve es hielo!
El establo perdido
cobra fulgor de cielo.

¡Aleluya, aleluya,
el agua de la fuente
sabe a mieles y a vino
de modo permanente!

………

¡Aleluya, aleluya,
los Tres Reyes de Oriente
adoran al Dios Niño
y se pasma la gente!

¡Aleluya, aleluya,
la noche se ha incendiado!
La voz suena a concierto,
el aire huele a nardo.

¡Aleluya, aleluya,
se apaga el Nacimiento!
Pero lo vemos todos
claramente por dentro.

Podemos recordar por último su «Romancillo de la Natividad del Señor», «casi familiar, de puro clásico», de nuevo en palabras de Arbeloa:

A la media noche
se inundó el Portal
de luz y aleluyas
y olor celestial.

Dios era nacido
en carne mortal
de Santa María,
Madre Virginal.
A la media noche,
toda de cristal…

Trajeron panderos
Florencio y Pascual,
flautas y rabeles
trajo cada cual,
con gran alborozo
de tan buen Zagal.

A la media noche,
entre el palmeral
que a la vieja gruta
sírvele de umbral,
Dios era nacido,
en carne mortal,
de Santa María,
Madre sin igual.

Fue cosa de puro
gozo elemental…
A la media noche
Dios vino al Portal.

La Navidad de los poetas navarros: Víctor Manuel Arbeloa

A Víctor Manuel Arbeloa hay que recordarlo en este recorrido por la Navidad de los poetas navarros en un doble sentido. Por un lado, es autor de dos poemarios de tema navideño: Dios es hombre para siempre: cantos y llantos de Navidad (Salamanca, Sígueme, 1966) y Nuevos cantos y llantos de Navidad (Estella, Verbo Divino, 1977), que fueron reunidos después en un solo volumen titulado Toda la Navidad (1989). Por otra parte, ha recopilado un libro antológico sobre La Navidad en la poesía navarra de hoy (Pamplona, edición del autor, 1987), muy útil para quien quiera profundizar en la lectura de otros poemas. En fin, más tarde volvió a recoger algunos poemas navideños suyos en La otra Navidad (Estella, Verbo Divino, 1993).

Arbeloa es, en efecto, un escritor importante para el tema que nos ocupa, pues con sus obras vino a renovar el panorama de la poesía navideña, no solo en el ámbito navarro, sino en el conjunto de la poesía española. Cabe destacar, en muchos de sus poemas, la mezcla de la Navidad con una clara temática social, como reflejan los títulos de Nuevos cantos y llantos de Navidad: «Villancico a Rafael Alberti», «Entre el frío y el hambre», «Navidad en las chabolas», «Réquiem navideño por el Che Guevara», «Casas de Sicilia», «Guerra entre judíos y árabes», «Los magos del petróleo», «Villancico al P. Camilo Torres», «Canción del niño pastor», «Muchachitos de Praga», «Los niños de Extremadura», «Belenes del siglo XX», «Elegía a Martín Lutero King», «Letrilla al soldado norteamericano en Vietnam», etc. (el libro, lo recordaré, no pudo publicarse hasta 1977, y esa era la época complicada de los primeros momentos de la transición hacia la democracia en España).

En el comienzo del «Villancico del pozo del tío Raimundo» (una conocida población suburbial madrileña) leemos:

Los pastores son muy claros,
los ángeles muy oscuros,
el cielo se llama tierra,
los caminos van sin rumbo
hacia chabolas de latas,
de viento y de barro duro.
Los Magos son las quinielas,
el sueño, el vino y el fútbol.

Los inocentes del Sur
aquí buscaron refugio,
huyendo de los Herodes
con corazones de puño
que van siguiendo a los pobres
con sus anillos de pulpo.

Navidad en la chabola

Arbeloa canta también la Navidad del dinero y el poder:

Dios ha nacido
en la Wall Street.

El dios del dólar
y de Caín.

Le cantan nanas
Ian Smith,
los banqueros de Londres
o de Madrid.

Cien mil marines
con su fusil.

O vierte sus preocupaciones sociales en letrillas cáusticas como estas:

Obrero,
¿te han puesto en este belén
para tocar el pandero?
¡Qué bien!

… … …

Un poco más de valor,
mi señora sensiblera.
¿Era el establo peor
que el cuarto de la portera?

La idea de que las cosas deben cambiar, de que hay que hacer algo más que dar besos, la encontramos al comienzo del poema «Cancionero muy real de Navidad», donde leemos esta versión de un célebre villancico:

San José al Niño Jesús
un beso le dio en la cara,
y el Niño Jesús le dijo:
—Con besos no arreglas nada.

En otros poemas se repite un estribillo sorpresivo:

¡Déjenlo crecer!
«Este niño hermoso»
les dará que hacer.
No es tan delicioso
como algún meloso
puede pretender.
¡Déjenlo crecer!
Entonces veremos
lo que muchos “buenos”
le harán padecer.
¡Déjenlo crecer!

A veces el poema adopta la forma de nana para dormir al Niño:

Duerme, paloma blanda,
panal de nieve,
estrella recortada,
luna creciente.

… … …

Antes de que los hombres
que no te quieren
quieran verte despierto,
mi Niño, duerme.

Que tu madre te guarda
senos calientes
y unos besos de virgen
cuando despiertes.

O bien, se anticipan en los versos dedicados al nacimiento los sufrimientos de la Pasión, como era tradicional en este tipo de poesía en la época clásica:

Como las ramas
del pino
son los dos brazos
del niño.

Redondas
como los clavos
tiene mi niño
las manos.

Generosa y dócil
como una tabla
tiene mi niño
la espalda.

En definitiva, Víctor Manuel Arbeloa es uno de los poetas navarros que más y mejor contribuyeron a renovar el panorama de la poesía navideña, y lo hizo utilizando múltiples y variados registros, que van desde los más tradicionales a otros modernos, como la inclusión en sus poemas de la problemática social española de los años 70.