El fondo histórico de «Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada (1)

La última novela de Francisco Navarro Villoslada[1] ofrece una peculiaridad en cuanto a la presentación de elementos históricos[2]; aquí, a diferencia de las dos novelas anteriores, junto a lo histórico entra en buena medida lo legendario. Pero hay una explicación: la acción se remonta a un pasado muy lejano, el siglo VIII, del que no existen tantas noticias fidedignas como para la Edad Media; la historiografía romántica no estaba muy avanzada y, menos para una época tan remota como la de Amaya[3], la de la conquista de España por los musulmanes y la caída del imperio visigodo[4]. Hemos de recordar también lo dicho en entradas anteriores al hablar de la literatura fuerista: diversas novelas y leyendas pseudohistóricas románticas vinieron a suplir la carencia de una historiografía del pueblo vasco[5]; en este sentido, Amaya se convirtió en la «historia», hasta entonces no escrita, de los primitivos vascos[6]. Los huecos dejados por la historia son suplidos con leyendas y tradiciones, cuando no con la fantasía del autor. El propio Navarro Villoslada lo explica en las palabras finales de la «Introducción»:

Al transportarnos en alas de la fantasía a tan remotas edades, sentimos en el alma la grata frescura de la virtud sencilla, del heroísmo espontáneo y modesto, del vigoroso amor patrio. […] ¡Gloria a Dios, y lancémonos a las tinieblas de lo pasado por entre selvas seculares y monumentos megalíticos, sin más guía que frases de la historia, fragmentos de cantares, leyendas y tradiciones, a sorprender a dos grandes pueblos en el supremo momento de su implacable lucha, para ver cómo acaban unas edades y cómo empiezan otras (p. 12; las cursivas son mías).

Más adelante, en nota en página 278, alude a la «oscuridad histórica del siglo VIII» y en la página 572 habla de «los tiempos de nuestra historia, dentro de cuya oscuridad solo confusamente vislumbramos algunos personajes legendarios». Ahora bien, esto no quiere decir que los datos históricos estén por completo ausentes en esta narración; los hay, solo que en menor cantidad y, como ya dije, entremezclados con elementos legendarios y tradicionales. Podría decirse que lo histórico de la novela, más que en detalles y noticias concretas, está en la reconstrucción general de aquella época: el secular enfrentamiento de dos pueblos, godos y vascos, la descomposición interna del imperio visigótico, las asechanzas de los judíos peninsulares y, finalmente, la invasión agarena del año 711.

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Como ya señaló Arturo Campión, la historia y la leyenda se dan la mano en Amaya:

No es Amaya […] libro que deba la existencia a la imaginación pura. Al contrario, la leyenda y la historia son sus fuentes principales: una y otra han proporcionado los elementos primordiales que después sirvieron al autor para levantar el gallardo edificio que actualmente embelesa nuestros ojos: la erudición y la fantasía marchan juntas en la obra, venciendo la primera la torpeza natural de su paso, gracias a las brillantes alas que la segunda le presta. De esta manera, cuando acabamos de leer la obra, en nuestra memoria quedan, hábilmente grabados por el estilo magistral del autor, los rasgos fundamentales de dos pueblos diversos[7].


[1] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Utilizo los siguientes trabajos para comprobar los aspectos histórico-arqueológicos de la novela: Ángeles Alonso Ávila (et alii), Hispania visigoda. Bibliografía sistemática y síntesis histórica, Valladolid, Universidad de Valladolid, 1985; Julio Caro Baroja, Los vascos, Madrid, Istmo, 1971; Luis A. García Moreno, Historia de España visigoda, Madrid, Cátedra, 1989; José Orlandis, Historia del reino visigodo español, Madrid, Rialp, 1988; E. A. Thompson, Los godos en España, Madrid, Alianza Editorial, 1971.

[3] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[4] Todavía en nuestros días no se conoce bien esa época; un estudioso de la misma escribe: «Nuestra información sobre la España visigótica se empobrece notoriamente desde que falta una fuente tan valiosa como las actas conciliares. Este vacío, imposible de suplir por otros cauces, determina que tan sólo dispongamos de noticias muy fragmentarias sobre los tres últimos lustros del Reino de Toledo» (José Orlandis, Historia de España. La España visigótica, Madrid, Gredos, 1977, p. 287). Si esto ocurre hoy, es lógico que en la época de Villoslada la carencia fuese todavía mayor. De hecho, hay muy pocas novelas históricas románticas ambientadas en ese momento, no sólo porque los románticos prefirieron la idealizada Edad Media, sino también por esa dificultad para encontrar noticias fiables.

[5] Recuérdese la célebre frase de Cánovas del Castillo: «Si los pueblos sin historia son felices, felicísimos han sido los vascongados durante siglos».

[6] «El propio autor define Amaya como “un centón de tradiciones éuskaras”. Y, efectivamente, eso es, al menos en parte, Amaya: un compendio de tradiciones apócrifas, un híbrido de leyenda y novela histórica» (Jon Juaristi, El linaje de Aitor. La invención de la tradición vasca, Madrid, Taurus, 1987, p. 124).

[7] Arturo Campión, «Amaya. Estudio crítico», La Avalancha, 1902, p. 101. En la página siguiente añade: «En la pintura de la sociedad gótica predomina, como es natural, el elemento histórico; en cambio, en la pintura de la sociedad éuskara y a causa de la penuria de documentos, el elemento legendario. Los mitos y las consejas, las tradiciones y los cantos, los recuerdos y las supersticiones que de aquellos oscuros tiempos y pueblo, poco menos que ignorado hasta nuestros días, se conservan, más o menos confusos y alterados, están reunidos en Amaya por Villoslada, con la solicitud del anticuario y la piedad filial de un buen hijo».

«El manco de Lepanto» (1874) de Manuel Fernández y González: estructura y contenido

Esta novela de Manuel Fernández y González, de 271 páginas, incluida en la «Biblioteca Universal Ilustrada» de Muñoz y Reig, se presenta bajo el subtítulo de Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra[1]. Consta de 23 capítulos —a los que se sumará un «Post scriptum»—, cuyos epígrafes son:

I. En que se trata de un percance que le sobrevino a un barbero de Sevilla por meterse a afeitar a oscuras

II. En que se trata de una música de enamorado, acabada no muy amorosamente a tajos y reveses

III. De cómo, sin esperarlo, hallose la hermosa viuda con aquel su amor que tan acongojada la tenía

IV. En que se sabe quién era el incógnito amante de doña Guiomar

V. En que doña Guiomar comienza a contar su historia a Miguel de Cervantes

VI. En que se contiene una carta de Cervantes para doña Guiomar, y se sabe a lo que Florela se aventuró por servir a su señora

VII. En que se suspende la historia para decir algo de Miguel de Cervantes

VIII. En que se relata una aventura que le salió al paso a Cervantes, cuando a las aventuras de sus amores iba

IX. De cómo lo que no podía amparar Cervantes, vino a ampararlo doña Guiomar

X. De cómo Cervantes encontró casa de la tía Zarandaja más de lo que había querido buscar

XI. En que doña Guiomar prosigue el relato de su historia

XII. De cómo se iban cruzando los amores y apercibiéndose a una ruda batalla los celos

XIII. En que se ve que doña Guiomar hubiera hecho muy bien en no contar tan presto su historia a Cervantes, y en no amparar a Margarita

XIV. De cómo hubiera hecho muy bien doña Guiomar en no acudir a la visita que le hizo el señor Ginés de Sepúlveda

XV. De cómo Cervantes oyó el fin de la historia de Margarita entre las cavilaciones que le causaba el no saber adónde le llevaría la historia de sus amores

XVI. En que se ve cuán dura tenía la Inquisición la mano, aun para sus familiares, y cuánta fuerza, cuánta virtud y cuánta prudencia doña Guiomar para encubrir sus amarguras

XVII. De cómo Miguel de Cervantes supo lo que le bastó para meterse en una aventura de más empeño que la más atrevida en que osó meterse cualquiera de los Doce Pares

XVIII. De cómo puede enamorarse una mujer hasta el punto de morir de amor

XIX. De cómo, enloquecido Cervantes por el amor, creyó que la mano de Dios le apartaba de los efectos de su locura

XX. De la horrenda tragedia con que se encontró sorprendido y espantado Miguel de Cervantes

XXI. En que se ve que nada ve la justicia relativamente a Cervantes, y se sabe que Cervantes se había perdido

XXII. En que se sabe lo que fue de Cervantes

XXIII. En que se habla algo de la jornada de Lepanto, y de cómo fue la manquedad de Cervantes

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Como se desprende de la mera lectura de estos títulos de los capítulos, El manco de Lepanto es una novela de capa y espada, una novela repleta de aventuras, protagonizadas por nuestro Miguel de Cervantes, y solo en el último capítulo encontramos lo que anuncia el título, a saber, su participación en la batalla de Lepanto y la famosa manquedad del escritor, cuando combatió heroicamente, pese a estar ese día enfermo de fiebres[2], en uno de los esquifes al mando de doce hombres[3].


[1] Todas las citas de El manco de Lepanto son por esta edición de 1874: Manuel Fernández y González, El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, por don…, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Muñoz y Reig, 1874.

[2] Y en una novela muy reciente, Quijote Z (Madrid, Dolmen Books, 2010), de Házael G. [González], la calentura de Cervantes en Lepanto se debe a que le ha mordido un zombi…

[3] Para el análisis completo de la novela remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193. En su más reciente biografía de Cervantes (La juventud de Cervantes. Una vida en construcción, Madrid, Edaf, 2016), José Manuel Lucía Megías matiza el heroísmo de Cervantes en Lepanto que nos ha transmitido la tradición, formando esa imagen idealizada, casi mítica, que tenemos del escritor: para Lucía Megías, Cervantes fue un héroe, sí, en el sentido de que combatió con valor y denuedo, como lo hicieron millares de soldados cristianos, con la suerte añadida de haber vivido para contarlo.

La recepción de «Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada

Es una cuestión que merece comentario; ya lo he mencionado en entradas anteriores: Amaya[1], la mejor obra de Francisco Navarro Villoslada[2], llegaba tarde, muy tarde. El romanticismo era ya historia: Pereda, Valera y, en cierto modo, Alarcón escriben sus obras con un nuevo estilo, el del realismo. La novela histórica con características románticas (pese a los intentos serios de Cánovas del Castillo, Castelar y Amós de Escalante) había cedido terreno frente a otra manera, más moderna y verosímil, de entender la novelización de la historia: los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. Aparte estaban, claro, todos los folletinistas y entreguistas cultivadores también del género histórico. Como señala Peers, entre 1861 y 1870 el panorama de la novela española está dominado por Fernández y González, que produce nada menos que veintinueve novelas. Es en este nuevo contexto literario cuando Navarro Villoslada da a la prensa «su canto de cisne»[3]. Amaya, en acertada expresión de Jorge Campos, vino a ser «una bella flor tardía». La misma opinión fue expresada por Cejador:

Llegaba ya muy retrasada y a destiempo: había pasado el gusto por la novela histórica y la novela española estaba en su mayor esplendor con Pereda y Galdós. Además, los dos bandos de avanzados y reaccionarios andaban ya muy apartados entre sí, como lo andan hoy, no leyendo los del uno las obras del otro o fingiendo no leerlas. Leyeron y ensalzaron, pues, esta magnífica novela los del partido neocatólico y calláronse como muertos los contrarios. Y, sin embargo, para las grandes obras de arte no hay modas que valgan[4].

Estas palabras nos indican que la novela fue silenciada, al menos por una parte de la crítica, la de tono liberal, debido a la posición ideológica del autor[5], destacado neo y carlista. Por las dos razones, la tardía aparición, fuera de moda, y la «conjura de silencio» en torno a ella, Amaya no tuvo toda la repercusión que podría haber alcanzado de aparecer años antes[6]. De hecho, no hubo una nueva edición hasta el año 1909, al menos en forma de libro[7]. Sin embargo, el éxito local (en Navarra y Provincias Vascongadas) hubo de ser extraordinario si atendemos a los encendidos elogios que se le tributaron. Recordemos lo que dije en una entrada previa al hablar de la literatura fuerista: la novela de Navarro Villoslada aparecía en un momento de gran efervescencia: en 1876 se habían abolido los fueros vascos; un año después empezaba a salir Amaya en La Ciencia Cristiana; fácil es imaginar el calor con que sería recibida en los ambientes conservadores, en general, y por los fueristas de las cuatro provincias, en particular, una obra que exaltaba de forma tan extraordinaria los valores tradicionalistas y el carácter y las costumbres vascongadas[8]. Amaya fue calificada como la «Ilíada del pueblo vasco» y Navarro Villoslada se convirtió, al decir del Padre Blanco García, en «el Walter Scott de las tradiciones vascas»[9]. Y Amaya hizo de Villoslada, nacido en Viana de Navarra, el «cantor de la raza vasca», según reza la placa colocada en la fachada de su casa natal. El profundo amor de Villoslada a la tierra de sus antepasados, los vascones, su respeto por las tradiciones de su patria[10] y, en suma, el sentimiento vascófilo demostrado en su última novela, es lo que permite incluirle hoy entre los escritores vascos o entre los «vascos que escribieron en castellano».

Amaya_PeliculaYa en el siglo XX la novela se ha reeditado muchas veces. Ya he dicho en otra ocasión que la fama y el prestigio de Navarro Villoslada se deben fundamentalmente a Amaya. José María Arroita-Jáuregui escribió el libreto para el drama lírico de Jesús Guridi que, con el mismo título, fue estrenado en Bilbao en 1920. Más tarde, cuando en España se puso de moda el género histórico en el cine, inspiró una película que se estrenó en 1952[11]. En 1956 y 1969 se han publicado ediciones con el texto de la novela abreviado, y en 1981 aparecieron sendas versiones, en castellano y en euskera, en forma de cómic, con el loable propósito de acercar la obra de Villoslada a los jóvenes. Nuestro autor es, en fin, «culpable» de que hoy lleven en esta tierra el nombre de su heroína no ya solo una calle de Pamplona —por no mencionar multitud de empresas, establecimientos comerciales y asociaciones deportivas—, sino también un considerable número de mujeres: una consulta al Registro Civil de las últimas décadas bastaría para comprobarlo.


[1] Utilizaré esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[2] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Cfr. E. Allison Peers, Historia del movimiento romántico español, traducción de José María Gimeno, Madrid, Gredos, 1954, II, pp. 508-509.

[4] Julio Cejador, Historia de la Lengua y Literatura Castellana, VII, Madrid, Gredos, 1972, p. 313. Califica a Amaya como «la mejor de sus novelas» y añade a continuación que es un grandioso «poema en prosa».

[5] Amaya podría ser considerada como «novela católica», por las ideas que presenta, en la línea de otras obras populares como Los últimos días de Pompeya, de Bullver-Lytton, Fabiola, del Cardenal Wiseman, Ben-Hur, de Lewis Wallace, o Quo vadis?, de Sienkiewicz. Dentro de España, Navarro Villoslada podría incluirse junto a Pastor Díaz, Fernán Caballero, Antonio Flores, Alarcón, Pereda o el Padre Coloma entre los autores antiliberales de «propaganda católica» (cfr. Leonardo Romero Tobar, La novela popular española del siglo XIX, Madrid, Ariel / Fundación Juan March, 1976, p. 73, nota).

[6] «Cuando Galdós cerró muy oportunamente en 1879 la segunda serie de los Episodios Nacionales, la novela histórica había pasado de moda, siendo indicio del cambio de gusto la indiferencia con que eran recibidas obras muy estimables de este género, por ejemplo, Amaya, de Navarro Villoslada, último representante de la escuela de Walter Scott en España» (Marcelino Menéndez Pelayo, Estudios sobre la prosa del siglo XIX, Madrid, CSIC, 1956, p. 254).

[7] Amaya no era una obra que pudiese tener, ni por su contenido ni por su estilo, problemas de censura (véase el elogioso juicio que le merece a Pablo Ladrón de Guevara, en su obra Novelistas malos y buenos, 4.ª ed. completa, Barcelona, El Mensajero del Corazón de Jesús, 1932). Sin embargo, el Padre Goy refiere cómo estaba expurgada la edición que él vio cuando era alumno, a principios de siglo, en el Colegio Jovenado de Nuestra Señora del Espino (Juan Nepomuceno Goy, «Flores del cielo. Don Francisco Navarro Villoslada», La Avalancha, 1914, p. 8).

[8] Véanse estas palabras que transcribo de una carta que Luis Echevarría escribe a Navarro Villoslada desde Pamplona el 26 de abril de 1877: «No soy seguramente de los que menos sienten la lentitud con que se publica Amaya. He escrito a Ortí con el pretexto de decirle que me considere como suscritor [sic] indefinido, pero en realidad con el fin de darle a entender que los suscritores que aquí tiene La Ciencia Cristiana —que son algunos y han de aumentar con la recomendación que ha hecho el Boletín Eclesiástico de esta diócesis— verían con mucho gusto que en cada número de los que esperan con verdadera ansiedad no se publicaran menos páginas de la novela que en el último y que no se cortaran los capítulos. La revista va gustando, y quiera Dios que no la mate su propio director a quien considero, como V., no muy hábil para tal cargo; pero aparte de los artículos que publica, es lo cierto que aquí interesa muy especialmente por Amaya».

[9]Amaya entusiasmó a Juan Iturralde y Suit, el promotor, junto con Arturo Campión, de la Asociación Euskara de Navarra, de la que Villoslada fue nombrado miembro honorífico. Campión dedicó a la novela un interesante estudio crítico aparecido en 1880 en la Revista Euskara. Según confesión de Unamuno, fue una de las obras que en su juventud le llenaron de romanticismo el alma. En cambio, no fue tan benévola la opinión de Baroja quien, en El cura de Monleón, señaló que Amaya era un «libro bastante pesado de un Walter Scott de poca monta».

[10] En la dedicatoria a los hermanos Echevarría escribe: «Identificados siempre por acendrado amor a la tierra vascónica, era natural mi deseo de unir también nuestros nombres en obra que reflejase nuestro común apego al suelo en que nacimos y el cariño a las leyes, costumbres y gloriosas tradiciones de la patria».

[11] Dirigida por Luis Marquina e interpretada, en los principales papeles, por Susana Canales, Julio Peña, José Bódalo y Rafael Luis Calvo.

Obras de Manuel Fernández y González relacionadas con Cervantes

Las obras escritas por Manuel Fernández y González que guardan relación con Cervantes son varias, al menos las tres que consignaba en una entrada anterior: La batalla de Lepanto, poema del año 1850 compuesto en 87 octavas reales[1]; El manco de Lepanto (Madrid, 1874), una novela no demasiado larga que se centra en un episodio concreto (ciertos amoríos de Cervantes, que finalizan con su alistamiento como soldado y su participación en la célebre batalla naval de 1571 contra los turcos); y El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (Barcelona, s. a., c. 1878), novela muchísimo más extensa, pues supera con creces el millar de páginas. Las circunstancias de composición de la primera de tales obras, La batalla de Lepanto, las ha resumido recientemente Francisco Cuevas Cervera:

El liceo de Granada arregló una justa poética el 7 de julio [de 1850] sobre el tema de la batalla de Lepanto. Los primeros premios se imprimieron ese mismo año en Granada (José Salvador de Salvador, José García, Manuel Fernández y González, todas con el mismo título). El de Manuel Fernández y González aparece en los catálogos cervantinos por hacer alusión, aunque muy breve, a la participación de Miguel de Cervantes Saavedra en aquel acontecimiento histórico. Como en la obra de Mallí de Brignole [La batalla de Lepanto, drama histórico de gran espectáculo en seis actos y en verso], la presencia de Cervantes en la obra es simplemente un detalle de un cuadro mayor. Fernández y González publicará años más tarde una obra inspirada enteramente en noticias del autor del Quijote, con más fabulación que verdad histórica: El manco de Lepanto: episodio de la vida del príncipe de los ingenios (Madrid, 1874)[2].

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En efecto, esa novela de 1874 —que analizaré con más detalle en próximas entradas— es un relato de 271 páginas, pero con tipos de letra más bien gruesos. Su lectura sugiere, y las propias palabras de Fernández y González en su «Post scriptum» final lo explicitan claramente, que se trata de un primer tanteo de las posibilidades narrativas que le brindaban la vida y hechos del autor del Quijote:

Paréceme oírte decir, bondadoso lector que hasta aquí hayas llegado:

—¿Cómo, señor autor, y así nos deja vuesa merced a media miel, sin decirnos lo que fue de Cervantes, de Margarita y aun de Florela?

A lo cual el autor responde:

—Lector benévolo, si este episodio de la vida de Miguel de Cervantes te hubiere agradado, y a otros muchos, lo que yo veré por la venta de los ejemplares, prométote contarte otros episodios de la vida del mismo héroe, y entonces tal vez salga a luz lo que fue de Margarita, y aun lo que fue de Florela. Entre tanto, VALE (p. 267, cursiva mía)[3].

Pues bien, parece que las expectativas de buenas ventas se debieron de cumplir, pues la tercera incursión narrativa del sevillano por los terrenos de la biografía cervantina —desde el plano de la ficción— es El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (Barcelona, Establecimiento Tipográfico-Editorial de Espasa Hermanos, s. a., pero datable c. 1878)[4]. Se trata de una larguísima novela en dos tomos: mil trescientas páginas de letra apretada, y en este momento me resulta imposible dar acabada cuenta de su trama argumental, que se va alargando merced a la desbordada fantasía de Fernández y González, quien hace correr la pluma inventando mil peripecias, subtramas y personajes secundarios. Tan torrencial materia narrativa bien merece un estudio más detenido que, sin embargo, habrá de quedar pendiente para otra ocasión. Baste ahora con dejar consignados los títulos de los siete libros que conforman su estructura externa, lo que servirá al menos para dar una idea aproximada del contenido que incluye tan folletinesca novela: Libro I, «El Cardenal Aquaviva»; Libro II, «De Roma a Lepanto»; Libro III, «Lepanto» (con 60, 47 y 12 capítulos respectivamente, que conforman el tomo primero); Libro IV, «El cautiverio en Argel»; Libro V, «Esquivias»; Libro VI, «El alcalde de Argamasilla»; y Libro VII, «La hija de Cervantes» (con 59, 21, 13 y 35 nuevos capítulos, más una «Conclusión», todo lo cual constituye el tomo segundo). Las últimas líneas de tan copioso relato, abarcador de toda la vida de Cervantes, hasta su muerte y la publicación póstuma del Persiles, son estas:

¿Qué fue de la familia de Cervantes?

Ninguna noticia se tiene de ella.

¡La miseria!, ¡el dolor!…

¿Qué fue de las cenizas de nuestro grande hombre?

En el año de 1633 se trasladaron las monjas Trinitarias del mal convento que tenían en el Humilladero al nuevo que se las había construido en la calle de Cantarranas.

Trajeron consigo los huesos de los que en su antigua iglesia se habían enterrado.

Entre ellos debían ir los de Cervantes.

¿Dónde está ahora su polvo?

Dios lo sabe (p. 1300).

En fin, para completar el panorama, a las tres obras citadas podríamos añadir la pieza titulada A los profanadores del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Crítica y algo más (Madrid, Imprenta de Manuel Galiano, 1861), que fue publicada bajo el pseudónimo de El Diablo con antiparras. Dado que esta pieza escapa del terreno de la ficción para pasar al de la crítica literaria, me limitaré a reproducir aquí lo que acerca de esta pieza ha dejado escrito Cuevas Cervera[5]:

Manuel Fernández y González protestó contra la avalancha de obras de raigambre cervantina que no estaban a la altura de su objeto con esta obrita en verso, centrada fundamentalmente en la censura a la obra de Ventura de la Vega anterior [Don Quijote de la Mancha en Sierra Morena], aunque también la crítica abarca a la de Hartzenbusch, La hija de Cervantes […], a la que siguen unas «Notas o más bien Buscapié de los anteriores versos» (pp. 17-31), en que se explica, como en el pretendido Buscapié cervantino, las alusiones del texto objeto de la sátira[6].


[1] Se reproducirá en el capítulo XII del Libro tercero, «Lepanto», de la novela El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, pp. 659-667.

[2] Francisco Cuevas Cervera, Del Quijote de Ibarra (1780) al Quijote de Hartzenbusch (1863). El Cervantismo en el siglo XIX. Catálogo comentado y estudio, tesis doctoral, Cádiz, Universidad de Cádiz, 2012, p. 1144, núm. 989.

[3] Todas las citas de El manco de Lepanto son por la edición de 1874 (El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, por don…, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Muñoz y Reig, 1874). Hay otras ediciones posteriores, incluso en formato ePub (disponible en <http://www.epubgratis.net/el-manco-de-lepanto-manuel-fernandez-y-gonzalez/>). En la actualidad, preparo una edición anotada de la novela.

[4] Forma parte de la «Biblioteca Ilustrada de Espasa Hermanos, Editores», en su «Sección moral-recreativa».

[5] Francisco Cuevas Cervera, Del Quijote de Ibarra (1780) al Quijote de Hartzenbusch (1863). El Cervantismo en el siglo XIX. Catálogo comentado y estudio, tesis doctoral, Cádiz, Universidad de Cádiz, 2012, p. 1329, núm. 1169. Ver José Luis González Subías, «A los profanadores del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Crítica y algo más (1861)», en Miguel Ángel Garrido Gallardo y Luis Alburquerque García (coords.), El «Quijote» y el pensamiento teórico literario, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2008, pp. 567-572.

[6] Para el análisis completo de la novela remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193.

Argumento de «Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada

Trataré de resumir ahora el argumento de Amaya[1], la última novela de Francisco Navarro Villoslada[2], aunque es difícil reducir a unas pocas líneas toda la peripecia. Veamos: la acción comienza en Vasconia, el año 711. Después de tres siglos de continuas guerras, los godos, dueños de toda la península, no han conseguido nunca sujetar completamente a los indómitos vascones. En una emboscada, el caudillo vasco García Jiménez hace prisioneros al prócer godo Ranimiro y a su hija Amaya. Muchos vascos quieren dar muerte inmediatamente a Ranimiro, personaje odiado no tanto por la pericia con que les hace la guerra, como por su supuesta crueldad (le creen el incendiario del caserío de Aitormendi, uno de sus lugares sagrados); sin embargo, García Jiménez defiende a sus prisioneros: no se matará impunemente a Ranimiro, sino que tendrá un juicio justo; se hará con él lo que decidan los doce ancianos del consejo reunidos en Goñi. Así pues, padre e hija quedan allí entre los vascos en calidad de huéspedes más que como prisioneros. Poco a poco va naciendo el amor entre García Jiménez y Amaya, pero los dos jóvenes tratan de reprimir ese sentimiento, pues saben que pertenecen a razas que se odian a muerte y que su unión es poco menos que imposible. No obstante, Amaya es mitad goda, mitad vascongada, porque Ranimiro, «el más godo de los godos», casó con Lorea, una joven que —huyendo de su familia pagana— había llegado a territorio godo para convertirse al cristianismo. Lorea era la mayor de tres hermanas descendientes en línea directa de Aitor, el primitivo patriarca vasco; y Amaya, su hija, es por tanto la legítima heredera de ese linaje tan influyente.

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Los vascos, convertidos ya en su mayoría al cristianismo (los únicos paganos que quedan son los del valle de Aitormendi, encabezados por la fanática Amagoya, sacerdotisa hermana de Lorea), y conscientes de que viven unos momentos de transcendentales cambios, creen llegada la hora de contar con un rey, a semejanza de otros pueblos, que ponga fin a su tradicional sistema de gobierno basado en una confederación de tribus. Tres son los candidatos principales: el propio García, que ha comenzado a destacar brillantemente con su victoria sobre los godos; Teodosio de Goñi, hijo de Miguel, el anciano más venerable de los doce que forman el consejo de los vascos; y Eudón, un personaje de origen misterioso que cuenta con la importante protección de Amagoya, que lo tiene por hijo adoptivo. Según las profecías de Aitor, el que case con Amaya será rey de los vascos y podrá disponer de un fabuloso tesoro, guardado durante generaciones bajo tierra. Ahora bien, además de la hija de Ranimiro, existe otra Amaya (bautizada con el nombre de Constanza), que es hija de Usua, otra hermana de Lorea. Esta segunda Amaya, Amaya de Butrón, es amada por Eudón y por Teodosio; para muchos vascos, la hija de Usua es la verdadera heredera del linaje de Aitor, ya que Lorea —y por tanto su hija Amaya— habría perdido sus derechos al casarse con un godo.

Así las cosas, se produce la invasión sarracena; García y otros vascos acuden a pelear a la Bética por la Cruz. Mientras tanto, Teodosio de Goñi consigue casarse con Amaya de Butrón, a la que ha convertido al cristianismo (la única persona que sigue fiel a la antigua religión vascongada es Amagoya); pero Eudón consigue despertar los celos de Teodosio, quien, arrebatado por la pasión, creyendo dar muerte a su esposa y a su amante, mata en realidad a sus padres. Vuelve García de la Bética trayendo la noticia de la total derrota de los godos y la muerte del rey don Rodrigo, así como una orden de Teodomiro, el nuevo monarca: le encomienda hacerse cargo de Vasconia, aunque él prefiere que el rey sea Teodosio; pero este, incapacitado para reinar por el horrible crimen cometido, se ha retirado del mundo a una solitaria peña del monte Aralar, para cumplir la penitencia impuesta por el Papa; solo quedará perdonado cuando caiga desgastada una gruesa cadena que se ha ceñido al cuerpo. Un día llega a su cueva Eudón, moribundo, y le confiesa que él fue el inductor del asesinato: pasa por la mente de Teodosio la idea de matar a Eudón (la tentación está simbolizada por la aparición de un infernal dragón); sin embargo, Eudón pide perdón y, después de sostener una intensa lucha interior, Teodosio vence la tentación (el Arcángel San Miguel, al que ha invocado, mata al dragón); perdona a su enemigo y, tal como se lo ha pedido, lo bautiza; y se produce el milagro: la cadena que ceñía su cintura cae al suelo rota; Dios ha perdonado a Teodosio.

Teodosio baja al llano a predicar la guerra contra los musulmanes. Godos y vascos, ante el enemigo exterior, unen sus fuerzas para defender aquello que tienen en común, la religión cristiana. García y Amaya se casan, dando ejemplo de reconciliación entre los dos pueblos, y el tesoro de Aitor es empleado para diversas compensaciones y para atender a los gastos de la guerra. Da comienzo la Reconquista en España y, así como en Asturias se forma un reino cristiano con Pelayo, en los Pirineos aparece otro con García Jiménez, que es alzado sobre el pavés y proclamado rey de Vasconia.


[1] Utilizaré esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[2] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Manuel Fernández y González (1821-1888) y la novela de aventuras históricas

Manuel Fernández y González (Sevilla, 1821-Madrid, 1888) es autor bastante bien conocido en el panorama de la novela histórica romántica española[1], el máximo representante de la producción folletinesca y por entregas. Copio aquí las palabras que le dedica Juan Ignacio Ferreras al frente del listado de sus obras narrativas en su Catálogo de novelas y novelistas españoles del siglo XIX:

Según todos los críticos este autor es el más prolífico de todos los novelistas del XIX; su obra, considerable y mal estudiada todavía, se centra sobre todo en la tendencia de la novela histórica, en la que llegó a escribir algunas obras notables, y en la tendencia de la novela de aventuras o «popular». Tiene también dos o tres novelas «de costumbres». He recogido novelas nada más, tiene también poesías y dramas, pero no he llegado a las 300 obras de las que habla más de un crítico; creo que la cifra 300 es exagerada, sin duda su producción anda alrededor de las 200 novelas[2].

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En otros trabajos, Ferreras adscribe la mayor parte de la producción del novelista, de forma más precisa, a la tendencia que él denomina novela de aventuras históricas, escrita muchas veces por entregas o para los folletines de los periódicos. El sevillano comienza cultivando una novela histórica romántica de mayor calidad literaria, en la línea de Los bandos de Castilla de Ramón López Soler (1830), El señor de Bembibre (1844) de Enrique Gil y Carrasco o Doña Blanca de Navarra (1847) de Francisco Navarro Villoslada, pero luego se convierte en un escritor que trabaja a destajo y sus obras derivan hacia esa otra tendencia en la que lo sustantivo es la mera aventura en tanto que lo histórico queda reducido a algo secundario o adjetivo:

Fernández y González no es un puro novelista por entregas, su obra, o una buena parte de su obra, pertenece a la novelística que arranca de López Soler; nuestro autor continuó cultivando con mucho acierto y hasta con cierta originalidad la tendencia de la novela histórica, campo en el que logró sus mejores obras, Los Monfíes de las Alpujarras (1856), Men Rodríguez de Sanabria (1853), El cocinero de su Majestad […] (Madrid, 1857) y otros títulos. […] Fernández y González era un superdotado para la novela, pero incluso los superdotados acaban por gastarse y decaer. De los doscientos títulos que escribió nuestro autor, unos cuatrocientos tomos en total, solamente los escritos de 1845 a 1855 se escapan al estilo de la entrega. A partir de 1857, y siempre aproximadamente, Fernández y González, aunque no decae en su producción ni un solo instante, deja a un lado su primer estilo y se convierte en un auténtico escritor por entregas[3].

Efectivamente, Ferreras lo considera fundador, máximo representante, maestro y modelo de esa nueva tendencia de la novela de aventuras históricas, degeneración, por así decir, de la anterior novela histórica de aventuras[4]:

Nuestro autor, al nivel de la novela por entregas, fue el auténtico fundador de la novela de aventuras históricas; esto es, de la novela histórica tradicional que suprime el universo novelesco en aras de la acción aventurera del protagonista; esta novela de aventuras históricas puede combinarse con la tendencia de la novela dualista, en cuyo caso la aventura se transforma en una más o menos complicada narración de tres personajes como mínimo: la heroína perseguida, el traidor y el héroe salvador de la heroína.

Fernández y González no fue solamente un autor, sino toda una época; su novelar histórico, al de por entregas me refiero, fue imitado hasta finales de siglo; sin Fernández y González serían inexplicables Tárrago, Orellana, Ortega y Frías, Rafael del Castillo, Parreño, Moreno de la Tejera y otros muchos, que cultivaron con cierta fortuna y sin ninguna originalidad el tipo de novela histórica inaugurado por Fernández y González[5].

Por otra parte, como acertadamente ha destacado Ignacio Arellano[6], la estructura narrativa y, por ende, la calidad literaria de sus novelas se resienten por las propias circunstancias de composición (obras escritas muchas veces por un amanuense que trabaja al dictado del escritor) y de distribución (obras para ser repartidas por entregas o bien publicadas en el folletín de periódicos y revistas):

Es probable que el método de escritura influya en las características de los relatos. Como recuerda Julio Nombela (citado por Romero Tobar), en la etapa final de su vida Fernández y González, casi ciego, exacerba el mecanismo de producción industrial al estilo del escribidor de la novela de Vargas Llosa: «Fernández y González, casi ciego, no podía escribir, pero dictaba a dos escribientes que acudían a prestarle servicio, uno por la mañana y otro por la tarde, y raro era el día, porque siempre estaba agobiado de encargos, que no dictaba un par de pliegos de 16 páginas cada uno, lo que le proporcionaba de 20 a 24 duros». No sería de extrañar que con semejante técnica acabara no sabiendo en cuál de las ficciones andaban metidos sus personajes, desorientado por los vericuetos de argumentos arbitrarios[7].


[1] Ahora bien, siendo un autor conocido e incluido en los manuales de literatura, los catálogos y otras obras de referencia, no hay mucha bibliografía específica sobre su producción: «No existe ningún libro definitivo, en el sentido de completo, sobre nuestro autor, aunque ya se han publicado numerosos trabajos», escribe Juan Ignacio Ferreras, La novela en España. Historia, estudios y ensayos, t. IV, Siglo XIX. Segunda parte (1868-1900), Colmenar Viejo (Madrid), La biblioteca del laberinto, 2010, p. 93. Cabe destacar la biografía novelesca de Florentino Hernández-Girbal, Una vida pintoresca: Manuel Fernández y González. Biografía novelesca, Madrid, Biblioteca Atlántico, 1931; o, más recientemente, la introducción de Ignacio Arellano a su edición de la novela Amores y estocadasAmores y estocadas, de Manuel Fernández y González, o la novela histórica grotesca», introducción a Manuel Fernández y González, Amores y estocadas. Vida turbulenta de don Francisco de Quevedo, Pamplona, Eurograf Navarra, 2002, pp. 5-11) y un artículo del año 2011 de José Esteban («Ingeniosos españoles. Don Manuel Fernández y González», Barcarola. Revista de creación literaria, 77, 2011, pp. 173-177). Para los datos esenciales sobre el autor y un catálogo de su producción, ver Juan Ignacio Ferreras, Catálogo de novelas y novelistas españoles del siglo XIX, Madrid, Cátedra, 1979, pp. 150a-154b, La novela en España. Catálogo de novelas y novelistas españoles. Siglo xix, Colmenar Viejo (Madrid), La biblioteca del laberinto, 2010, pp. 243-249 y La novela en España. Historia, estudios y ensayos, t. IV, Siglo XIX. Segunda parte (1868-1900), Colmenar Viejo (Madrid), La biblioteca del laberinto, 2010, pp. 93-97. Sobre el triunfo de la novela histórica en España en tiempos del Romanticismo es fundamental el trabajo del mismo Juan Ignacio Ferreras, El triunfo del liberalismo y de la novela histórica (1830-1870), Madrid, Taurus, 1976. Ver también, para el contexto general de la novela en España en el XIX, Juan Ignacio Ferreras, Introducción a una sociología de la novela española del siglo XIX, Madrid, Edicusa, 1973, y Los orígenes de la novela decimonónica (1800-1830), Madrid, Taurus, 1973.

[2] Ferreras, La novela en España. Catálogo de novelas y novelistas españoles. Siglo XIX, p. 243.

[3] Ferreras, La novela en España. Historia, estudios y ensayos, t. IV, Siglo XIX. Segunda parte (1868-1900), p. 93.

[4] Para esta novela de aventuras históricas, ver Juan Ignacio Ferreras, El triunfo del liberalismo y de la novela histórica (1830-1870), Madrid, Taurus, 1976, pp. 179-210, o bien La novela en España. Historia, estudios y ensayos, t. III, Siglo XIX. Primera parte (1800-1868), Colmenar Viejo (Madrid), La biblioteca del laberinto, 2010, pp. 380-406.

[5] Ferreras, La novela en España. Historia, estudios y ensayos, t. IV, Siglo XIX. Segunda parte (1868-1900), p. 94. Sobre Ortega y Frías, ver Francisco Cuevas Cervera, «Entre la biografía y la novela: la canonización del ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes en la obra de Ortega y Frías (1859)», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 63-76.

[6] Ignacio Arellano, «Amores y estocadas, de Manuel Fernández y González, o la novela histórica grotesca», p. 5a. La cita interna remite a la entrada que dedica al escritor Leonardo Romero Tobar en el Diccionario de literatura española e hispanoamericana coordinado por Germán Gullón, Madrid, Alianza, 1993, vol. I, p. 530. Sobre la novela por entregas y la novela popular del XIX, ver especialmente Juan Ignacio Ferreras, La novela por entregas, 1840-1900 (Concentración obrera y economía editorial), Madrid, Taurus, 1972; Leonardo Romero Tobar, La novela popular española del siglo XIX, Madrid, Ariel, 1976; y Emilio Palacios Fernández, «La novela por entregas», en Emilio Palacios Fernández (coord.), Historia de la Literatura española e hispanoamericana, Madrid, Orgaz, 1980, vol. V, pp. 85-119, y también Juan Ignacio Ferreras, La novela en España. Historia, estudios y ensayos, t. IV, Siglo XIX. Segunda parte (1868-1900), pp. 13-207. En las pp. 55-62 explica «El oficio de autor por entregas» a partir de una selección de 28 especialistas en el subgénero. En su opinión, «este sistema de publicación no entra para nada en la factura de las obras, o al menos no determina, la entrega, el nivel artístico alcanzado por las novelas» (p. 93).

[7] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193.

«Amaya o los vascos en el siglo VIII» (1879), de Navarro Villoslada: génesis (y 3)

Después de esa noticia de 1854, ya no disponemos de nuevos datos acerca de la redacción de Amaya[1] hasta el año 1871. Acudiendo a la peripecia vital del novelista podemos suponer, sin temor a equivocarnos, que fueron las ocupaciones derivadas de su doble actividad política y periodística las que le impidieron redactar y ultimar su nueva novela. En efecto, Francisco Navarro Villoslada[2] fue elegido diputado en 1857, 1865 y 1867, secretario personal de don Carlos de Borbón en 1869 y senador en 1871. Además, desde 1860 está ocupado en la magna tarea de sacar adelante El Pensamiento Español, periódico por él fundado, junto con otros socios, que llegaría a convertirse en portavoz del neocatolicismo. Navarro Villoslada puso en él todo sus esfuerzos durante una docena de años, de 1860 a 1872, fecha en que lo abandona: en El Pensamiento Español escribía prácticamente a diario, y más adelante, desde 1865, llegaría a convertirse en su director y único propietario. En esa época, el escritor no tuvo tiempo material para ocuparse de sus proyectos literarios.

ElPensamientoEspañol

En 1871 el vizconde de la Esperanza[3] menciona entre las obras de Navarro Villoslada una novela titulada Amagoya o el alzamiento de los vascos (la mención se refiere a un proyecto literario, no a una obra publicada). Nótese que era el personaje de la sacerdotisa pagana, la representante de la antigua tradición vascongada, el que iba a dar título a la obra. Este dato se confirma con el hallazgo entre los documentos del autor de algún borrador en el que figura el título de Amagoya o los vascos en el siglo VIII. Sin embargo, la obra tampoco salió en esas fechas, sino que, como sabemos, empezó a publicarse en 1877, con el título definitivo de Amaya o los vascos en el siglo VIII. Las razones de esta nueva dilación son fáciles de descubrir acudiendo de nuevo a la biografía del autor y a las circunstancias históricas del momento en España.

Efectivamente, en 1872 Navarro Villoslada abandona todos sus cargos dentro del carlismo, tras una serie de discrepancias con el propio pretendiente a propósito de las personas de Emilio Arjona (su secretario personal, al que acusaba de cesarismo) y de Cándido Nocedal (nombrado director único de la prensa tradicionalista, nombramiento al que se oponía el de Viana por pensar que utilizaría en su beneficio personal tan poderosos medios). Estos enfrentamientos, agravados por los planes de don Carlos de alzar a sus partidarios en armas (hecho que sucederá en el mes de abril de ese año) motivaron el abandono de Navarro Villoslada de la dirección de El Pensamiento Español. Desde ese momento, retirado de la vida pública (pero no retirado a Viana, como tópicamente se venía repitiendo) el escritor podrá dedicarse a perfilar definitivamente los personajes y las acciones de su gran novela sobre los primitivos vascos. Podemos pensar que la redacción de esta obra le aliviaría del desencanto producido por tantos años de estériles luchas políticas y de incansables polémicas periodísticas. Finalmente, en 1877, una vez acabada la guerra civil el año anterior, las primeras entregas salieron a la calle, aunque todavía Navarro Villoslada iría añadiendo nuevos personajes y nuevos episodios al hilo de la publicación en La Ciencia Cristiana. A este respecto, es especialmente interesante una nota en el que doña Petra Navarro Villoslada comenta que la «fecunda inspiración» de su padre le hacía ir escribiendo la continuación «a la punta de la pluma», desarrollando las ideas que tenía en el momento mismo de redactar la versión definitiva:

Sobre Amaya.

No hay argumento completo de la novela Amaya. Hay muchísimos datos en hojas sueltas y un plan incompleto que no es el que prevaleció. Aunque tan lacónico, el adjunto es el que da más idea de la novela que publicó; pero aunque las escenas son muy parecidas, el plan es distinto.

La falta de plan consiste en la fecunda inspiración del autor, que siempre estaba variando, y él mismo decía que tenía que comprometerse con el público empezando a publicar la obra para verse obligado a continuarla y dejar «a la punta de la pluma» (son sus mismas palabras) la acción que prevalecía.

Esto quiere decir que en su imaginación tenía ideas generales y desarrollaba su pensamiento en el momento de escribir.

Y eso es algo que ya lo había señalado el propio escritor en una carta a Chaho del año 1852:

Yo escribo, es decir, escribía, cuando la pereza no me dominaba, porque gozo en escribir e imprimo lo escrito porque con mis hábitos de periodista jamás he podido continuar una obra sin hallarme en compromiso con el público. Bien sé que es esta una falta de respeto; y porque lo conozco me he reducido al silencio[4].

Con Amaya, Navarro Villoslada se nos manifiesta como un «romántico rezagado», no solo por seguir fiel a un género trasnochado, sino por poner en los largos años de su redacción una importante carga sentimental; así lo indican al menos estas dos declaraciones suyas: «He derramado en Amaya, a falta de galas de ingenio, los más íntimos y puros afectos del corazón» (dedicatoria de la novela); «Yo creí haber agotado mis lágrimas en escribir Amaya» (carta de 1880 a José Manterola).


[1] Utilizaré esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[2] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Vizconde de la Esperanza, La bandera carlista en 1871, Madrid, Imprenta de El Pensamiento Español, 1871, p. 229.

[4] Cito por Beatrice Quijada Cornish, «A Contribution to the Study of the Historical Novels of Francisco Navarro Villoslada», en Homenaje a don Carmelo de Echegaray, San Sebastián, Imprenta de la Diputación de Guipúzcoa, 1928, p. 206.

Cervantes, personaje de ficción en la narrativa española del siglo XIX

Uno de los temas de investigación en los que vengo trabajando es la recreación de escritores del Siglo de Oro que, en distintas obras literarias, pasan a convertirse en personajes de ficción: así ha sucedido con Garcilaso, con Lope de Vega, con Tirso, con Góngora, con el conde de Villamediana, con Calderón de la Barca y, por supuesto, también con Cervantes. El Romanticismo (y el post-Romanticismo) es un momento muy propicio para este tipo de recreaciones con escritores auriseculares como protagonistas, principales o secundarios, de las tramas argumentales —tanto en narrativa como en teatro—, pero también en los últimos años se aprecia un incremento muy importante de tales recreaciones, dada la muy abundante presencia de temas y personajes del Siglo de Oro en la novela histórica española.

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En el caso concreto de Cervantes, esa presencia del autor del Quijote convertido en personaje literario se da de forma muy especial en la época romántica (considerada cronológicamente en sentido amplio, hasta los años setenta del XIX), lo que viene a coincidir con el momento en que se produce la plena canonización del escritor alcalaíno. Ya en un trabajo he estudiado cómo Cervantes se convierte en personaje de zarzuela y drama en dos obras de Narciso Serra, El loco de la guardilla y El bien tardío[1]. En las próximas entradas voy a centrar mi atención en las recreaciones cervantinas —que no quijotescas, aunque en algunas de ellas se da cierta quijotización de Cervantes— de Manuel Fernández y González, verdadero profesional de la novela folletinesca y por entregas, quien tiene, al menos, tres recreaciones ficticias de Cervantes: 1) un poema en octavas reales titulado La batalla de Lepanto (Granada, 1850); una novela breve sobre El manco de Lepanto (Madrid, 1874); y otra mucho más extensa, de mil trescientas páginas, que se presenta bajo el título de El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra. Novela original (Barcelona, s. a., c. 1878). Me detendré sobre todo en la segunda de ellas, pero no sin antes recordar —en una nueva entrada— algunos datos esenciales sobre el autor y su contexto literario, que es el de la novela histórica romántica española, concretamente en su tendencia de la denominada novela de aventuras históricas[2].


[1] Ver Carlos Mata Induráin, «Cervantes, personaje de zarzuela y drama: El loco de la guardilla (1861) y El bien tardío (1867), de Narciso Serra», en Christoph Strosetzki (ed.), Visiones y revisiones cervantinas. Actas selectas del VII Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2011, pp. 579-589.

[2] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193.

«Amaya o los vascos en el siglo VIII» (1879), de Navarro Villoslada: génesis (2)

¿Cuál es la razón de ese paréntesis de tres décadas en la producción narrativa del escritor de Viana[1]? En primer lugar, la propia gestación literaria de Amaya[2] fue lenta, y estuvo complicada por diversas circunstancias, que obedecen tanto a los avatares de la vida de Francisco Navarro Villoslada como a su peculiar manera de componer sus obras. De hecho, la idea de escribir una novela con el tema de Amaya es muy temprana y seguramente surgió en Vitoria, donde el autor residió, en distintas temporadas, entre 1846 y 1853[3]. Allí tuvo ocasión de tratar con Joseph Augustin Chaho, el escritor vasco-francés que inventó la leyenda de Aitor, el mítico patriarca éuskaro (figura inexistente en la anterior mitología vasca, y que después popularizó Navarro Villoslada al incorporarla a su novela).

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Además, en septiembre de 1849 realiza un viaje a caballo, desde Viana hasta el valle de Goñi, para conocer in situ el que será luego uno de los escenarios principales de Amaya; y, en efecto, las impresiones del paisaje fueron apuntadas en unas notas que más tarde utilizaría para la ambientación novelesca[4]. Era esta una práctica ya utilizada anteriormente por el novelista: durante sus años de estudio en Santiago de Compostela visitó las ruinas del castillo de Altamira (cerca de Brión, La Coruña), que luego le sirvieron para las descripciones incluidas en Doña Urraca de Castilla. Y es que el novelista navarro gustaba de la exactitud topográfica y toponímica, de la misma forma que cuidaba también la documentación histórica en sus relatos.

Pero volvamos al proceso de creación de Amaya. En el número de La Época de 25 de abril de 1854 se puede leer una noticia sumamente interesante:

El señor don Francisco Navarro Villoslada está concluyendo de escribir una novela titulada El Ermitaño, y su acción pasa en el siglo VIII. Su objeto es pintarnos las costumbres de una época muy poco conocida y presentarnos la lucha que sostuvieron entre sí la raza originaria española y la raza goda[5].

Este breve apunte nos confirma que ya en los años cincuenta Navarro Villoslada tenía en mente una parte de la acción de Amaya, en concreto la referente a la leyenda de Teodosio de Goñi, de honda raigambre en las versiones tradicionales, que el autor situaría en torno al año de 711 para hacerla coincidir con la invasión musulmana. Esa narración original versaría, pues, sobre el parricidio cometido por el celoso caballero de Goñi, incitado por el diablo, y su posterior penitencia en el monte Aralar. Por otra parte, la información recogida en La Época nos permite saber que desde un comienzo era propósito del autor dotar al relato novelesco de un fondo ideológico, una especie de «tesis» que formulase una interpretación mítica de los orígenes de la nación española, la misma que acabará figurando en Amaya, y que puede resumirse en pocas palabras: vascos y godos, enemigos seculares pero que tienen en común la religión cristiana, se unen para hacer frente al Islam; esa unión de pueblos y razas es la base de la nacionalidad española, cuyo principal pilar es la unidad católica[6]. En ese momento, la novela sirve ya de soporte o vehículo transmisor de las inquietudes, del ideario tradicionalista de Navarro Villoslada, que pronto comenzará a distinguirse dentro de los denominados neocatólicos, junto a Nocedal, Tejado o Aparisi y Guijarro.

La breve narración de El Ermitaño fue, pues, el núcleo original de acción sobre el que el autor fue acumulando toda una serie de elementos heterogéneos (leyendas, cantares, historias secundarias…), que complicaron notablemente el argumento de la novela, haciendo que su extensión final duplicase la de sus dos novelas anteriores. Tanto es así que la historia de Teodosio de Goñi penitente se diluye en el conjunto y pasa a ocupar, en la versión definitiva de Amaya, solo los capítulos de los libros tercero y cuarto de la Segunda Parte (siendo además el último libro muy breve). De nuevo conviene destacar que esta forma de composición en distintas etapas era práctica habitual en Navarro Villoslada: Doña Blanca de Navarra había conocido primero una versión reducida titulada La Princesa de Viana (luego convertida, con modificaciones, en parte primera de la novela, a la que se sumó Quince días de reinado para obtener el texto definitivo); y lo mismo sucedió con Doña Urraca de Castilla, que antes fue El caballero sin nombre. Un caso similar, si no idéntico, es el de su proyecto narrativo sobre la conquista del reino de Navarra, englobado bajo el título general de Pedro Ramírez, que conoció diversas redacciones (Doña Toda de Larrea, La madre de la Excelenta, El hijo del Fuerte, Los bandos de Navarra…), y que finalmente no llegó a terminar, quedando inédito en varios borradores[7].


[1] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Utilizaré esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[3] En 1846 contrajo matrimonio con Teresa de Luna, dama vitoriana. En principio, residieron en Madrid, pero el delicado estado de salud de su esposa le llevó a buscar un empleo en Vitoria, y así en 1850 ocupó el cargo de secretario del Gobierno Civil. Al año siguiente murió su esposa y Navarro Villoslada regresó en 1853 a Madrid, para dedicarse de nuevo al periodismo.

[4] Esas notas fueron reproducidas por Beatrice Quijada Cornish, «A Contribution to the Study of the Historical Novels of Francisco Navarro Villoslada», en Homenaje a don Carmelo de Echegaray, San Sebastián, Imprenta de la Diputación de Guipúzcoa, 1928, pp. 203-204, 221 y 225-230, con algunos ligeros errores de transcripción o erratas: clopos por chopos, Borres por Torres [del Río], piertecillo por puertecillo, Vgar por Ugar, Iruja por Irujo o Vidaurra por Vidaurre.

[5] Tomo la cita de Veinticuatro diarios (Madrid, 1830-1900), Madrid, CSIC, 1973, vol. III, núm. 7.656. Por unas notas manuscritas de la hija del escritor, doña Petra Navarro Villoslada, sabemos que El Ermitaño se publicó en un periódico francés: «[Años] 53 y 54. Escribía para un periódico de París y le pagaban a 114 reales por artículo. Se publicó en dicho periódico en abril de 1854 el primer capítulo de una novela titulada El Ermitaño»; «Para el periódico de París escribió una novelita en tres capítulos que tituló El Ermitaño. No la conocemos». Hasta la fecha, no he podido localizarla, pero presumo que su acción será la misma que la de la leyenda épica Don Teodosio de Goñi, cuyo resumen se conserva en el archivo del escritor. El título de El Ermitaño puede responder tanto a la penitencia de Teodosio como al hecho de que el demonio se le aparece en figura de anacoreta para despertar sus celos.

[6] Para el contenido ideológico de la novela, véase sobre todo María C. Mina, «Navarro Villoslada: Amaya o los vascos salvan a España», Historia Contemporánea (Revista del Dpto. de Historia Contemporánea de la Universidad del País Vasco), 1, 1988, pp. 143-162.

[7] Cfr. Carlos Mata Induráin, «Dos novelas históricas inéditas de Navarro Villoslada: Doña Toda de Larrea y El hijo del Fuerte», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 241-257.

«Amaya o los vascos en el siglo VIII» (1879), de Navarro Villoslada: génesis (1)

La que sería la obra más importante de Francisco Navarro Villoslada[1] se publicó primero por entregas en la revista La Ciencia Cristiana[2], entre 1877 y 1879; en este último año (la dedicatoria a los hermanos Manuel y Luis Echevarría y Peralta lleva fecha de 1 de marzo) apareció en forma de libro, en tres volúmenes, Madrid, Librería Católica San José[3]. Sin embargo, sabemos que la gestación de Amaya fue morosa, y que el autor fue incorporando a la narración elementos diversos que, sin merma de la unidad interna de la obra, terminaron por engrosarla considerablemente.

Amaya, de Francisco Navarro Villoslada

Amaya o los vascos en el siglo VIII, por el retraso de su aparición hasta 1877-1879, una vez superada la moda romántica, ha sido calificada con acierto por Jorge Campos como «una bella flor tardía». Ahora bien, si la última novela de Navarro Villoslada, su obra maestra, llegaba fuera de su contexto literario natural, desde el punto de vista ideológico y de su contenido, su salida a la luz pública no podía ser más oportuna: de 1876 databa la ley de abolición de los fueros vascos, y la obra —un «centón de tradiciones éuskaras», al decir de su autor, en que se exalta el carácter, las costumbres y las tradiciones de los antiguos vascones— fue acogida con verdadero entusiasmo por los sectores tradicionalistas y fueristas de Navarra y las Provincias Vascongadas, que le tributaron encendidos elogios. Amaya fue calificada como la «Ilíada del pueblo vasco» y Navarro Villoslada se convirtió en «el Walter Scott de las tradiciones vascas» para el Padre Blanco García, en el «cantor de la raza vasca», según reza la placa colocada en la fachada de su casa natal. Además, en reconocimiento a sus méritos vascófilos, fue nombrado miembro honorario de la Asociación Éuskara de Navarra, impulsada en Pamplona por Juan Iturralde y Suit y Arturo Campión[4].

Las dos primeras novelas de Navarro Villoslada, Doña Blanca de Navarra y Doña Urraca de Castilla, aparecieron respectivamente en 1847[5] y 1849, cuando ya el género histórico comenzaba a desintegrarse como consecuencia de la proliferación de obras de escasa calidad debidas a folletinistas y entreguistas (novelas de aventuras históricas más que novelas históricas, según Ferreras[6]). Pero, en cualquier caso, puede considerarse que están todavía encuadradas dentro de ese marco de la novela histórica española, cuya gran década es la que va de 1834 (El doncel de don Enrique el Doliente, de Larra, Sancho Saldaña, de Espronceda) a 1844 (El señor de Bembibre, de Gil y Carrasco). En cambio, para que los seguidores del de Viana pudieran leer Amaya tuvieron que esperar casi treinta años, hasta que sus primeros capítulos comenzaron a aparecer en 1877 en el folletón de La Ciencia Cristiana, revista dirigida por Juan Manuel Ortí y Lara. Y solo en 1879, al terminar de incluirse la última entrega, fue cuando se publicó en forma de libro (en tres volúmenes) en Madrid, por la Librería Católica San José, como ya indiqué[7].


[1] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] La Ciencia Cristiana. Revista de filosofía, ciencias y literatura se publicó entre 1875 y 1885 en Madrid. Su fundador y director era Juan Manuel Ortí y Lara. Entre los papeles de Navarro Villoslada encuentro varias cartas de Ortí, con los correspondientes borradores de respuesta, que revelan una discusión entre ambos relativa al pago de los derechos por la publicación de la novela en la revista.

[3] Merced a los libros de cuentas de Villoslada podemos saber cuánto cobró por cada capítulo del folletín (200 reales) y por la venta de la propiedad. Por ejemplo, en enero de 1879 anota: «Entra por los siete capítulos de Amaya del trimestre vencido el 31 de diciembre, 1400 [reales]»; y en marzo: «Entra por la inserción de los últimos capítulos de Amaya en la Ciencia [Cristiana] 1.300». En marzo de 1880 apunta: «Día 24. Recibí 5.000 r. de la propiedad de Amaya, que con los 4.000 de 7 de febrero de 1879 hacen 9.000 y restan 15.000 hasta la cantidad de 24.000 en que vendí dicha propiedad»; en febrero de 1881 escribe: «Entra de la librería San José, 8.000 reales»; y el 23 de marzo: «Recibí los 5.000 reales que restaban de la propiedad de Amaya y devolví el contrato con el recibo al pie». En cuanto al precio de la novela, El Eco de Navarra avisaba el 27 de julio de 1879: «Se vende a 12 reales el tomo y 30 los tres, pagando el importe adelantado, en casa de D. Manuel Alonso y Zegrí, calle de Gravina, 14, Madrid». Al final del tomo I de la edición figuran las «Obras publicadas» por la Librería Católica San José: «Amaya o los vascos en el siglo VIII, novela histórica, original de D. Francisco Navarro Villoslada; tres tomos del tamaño y condiciones del presente; precio en rústica, 12 reales cada tomo en toda España, y 15 reales en Madrid y 16 en provincias encuadernado en chagrin y tela. / A los que abonen el importe de toda la obra al pedir el primer tomo, se les hará rebaja de seis reales en el precio total, o se les remitirán los tomos certificados si envían íntegro el importe. / No se servirá ningún pedido del tomo primero sin que venga acompañado del precio total de la obra con la indicada rebaja, o autorizado por el sello de un seminario, autoridad o corporación eclesiástica».

[4] Sobre Amaya, véanse especialmente estos trabajos: Inés Liliana Bergquist, «Amaya», en El narrador en la novela histórica española de la época romántica, Berkeley, University of California, 1978, pp. 187-222; Arturo Campión, «Amaya. Estudio crítico», Revista Euskara, III, 1880, pp. 54-64, 74-86, 115-122 y 145-154; Fernando González Ollé, «Por fin, la novela», en Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1989, pp. 167-183; María C. Mina, «Navarro Villoslada: Amaya o los vascos salvan a España», Historia Contemporánea (Revista del Dpto. de Historia Contemporánea de la Universidad del País Vasco), 1, 1988, pp. 143-162; Beatrice Quijada Cornish, «A Contribution to the Study of the Historical Novels of Francisco Navarro Villoslada», en Homenaje a don Carmelo de Echegaray, San Sebastián, Imprenta de la Diputación de Guipúzcoa, 1928, pp. 199-234.

[5] La primera parte de Doña Blanca de Navarra se publicó en 1846, pero el texto completo de la novela con sus dos partes definitivas (La Princesa de Viana y Quince días de reinado) salió en 1847.

[6] Ver Juan Ignacio Ferreras, El triunfo del liberalismo y de la novela histórica (1830-1870), Madrid, Taurus, 1976, pp. 99 y ss.

[7] Utilizaré esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.