San Ignacio de Loyola en la literatura del Siglo de Oro: poemas de justas y certámenes poéticos (y 4)

Consideremos ahora este soneto del conde de Villamediana dedicado a San Ignacio de Loyola, más difícil por su sintaxis culterana y por las alusiones clásicas que encierra en los cuartetos:

No bárbaras colunnas erigidas
a pompa de soberbios Tolomeos;
piadosos, sí, católicos trofeos,
aras te dan de gloria construidas.

Voces de luz y llamas ofendidas
en culto fuego el claro mausoleo,
pues son centellas del honor sabeo,
a fragantes estrellas reducidas.

Hoy te consagra el religioso gremio
de uniforme, costante Compañía,
que lograr ya con Dios la tuya espera.

Suya, pues, gloria en ti librado el premio
en pompa esclarecidamente[1] pía,
tanto incienso te ofrece, tanta cera[2].

San Ignacio de Loyola
San Ignacio de Loyola

Si gongorino es este soneto, tenemos otro del propio don Luis de Góngora que desarrolla el pie forzado del último verso, «ardiendo en aguas muertas llamas vivas»:

En tenebrosa noche, en mar airado,
al través diera un marinero ciego,
de dulce voz y de homicida ruego,
de sirena mortal lisonjeado,

si el fervoroso, celador cuidado
del grande Ignacio no ofreciera luego
(farol divino) su encendido fuego
a los cristales de un estanque helado.

Trueca las velas el bajel perdido
y escollos juzga que en el mar se lavan
las voces que en la arena oye lascivas;

besa el puerto, altamente conducido
de las que, para norte suyo, estaban
ardiendo en aguas muertas llamas vivas[3].

También me interesa reproducir ahora este otro de Alonso de Ledesma, especialmente por desarrollar en extenso la alusión (tópica, por otra parte, como hemos tenido ocasión de comprobar en una entrada anterior) a Vizcaya y a la abundancia de hierro en esa región, merced a la equiparación del cojo Ignacio con el cojo dios Vulcano:

Vulcano cojo, herrero vizcaíno,
si quieres ablandar un hierro helado
de un pecador protervo y obstinado,
saca tu fragua en medio del camino.

Los muelles de oración sopla contino
hasta que enciendas un carbón tiznado
que en fuego de lujuria se ha quemado
y es para fragua cual carbón de pino.

El hierro y el carbón, que es culpa y hombre,
traerás con las tenazas de paciencia
a tu amorosa y encendida fragua.

Pide a Jesús el fuego de su nombre;
la yunque y el martillo su conciencia,
y tú serás hisopo puesto en agua[4].

De Juan Pérez de Montalbán es un poema que comienza «Divino Ignacio, si al amor, si al celo…», y una glosa a «Segundo Ignacio, y segundo…», que no reproduzco. Existe, asimismo, una canción de Anastasio Pantaleón de Ribera sobre las estrellas del sepulcro de Ignacio, que empieza «Si tu atención no turba, oh, Peregrino…». No copio aquí, tampoco, otros muchos textos más que se podrían aducir de Francisco de Quevedo, Juan de Jáuregui, Antonio Mira de Amescua, etc. En fin, para cerrar este apartado, recordaré que existen, asimismo, versiones en tono jocoserio o incluso plenamente jocosas de los temas ignacianos (ya nos ha aparecido alguna en una entrada anterior). Por ejemplo, a un tal Juan Portillo pertenece este «Romance a lo burlesco justado en Sevilla», que transcribo por extenso —pese a su escasa calidad literaria y métrica— porque sirve como buena muestra de esas composiciones a lo ridículo. El poema (que en su segunda parte, que omito, se centra en Javier) abunda en chistes dilógicos y diversos juegos de palabras, sin que falten, una vez más, las consabidas alusiones a lo corto de razones de Ignacio y al famoso hierro de Vizcaya:

Aquel ingenio de Dios,
Dios es Dios, que no lo entiendo
ni aún entenderá el dïablo
lo que con Ignacio ha hecho.
Habiendo en el mundo tiendas
de científicos supuestos,
a la tienda de los cojos
vino a mostrar sus secretos.
No sé qué es lo que vio en él,
pues que con amor intenso
quiso darle a un peregrino
más virtudes que a un romero.
Y de una pierna quebrada,
cual de regalado lienzo,
pierna de sábana hizo
por darla a su esposa lecho.
En las quiebras que en su ley
heresïarcas hicieron,
hizo nuevas soldaduras
Dios con un soldado viejo.
De un espaldar hizo espalda
que llevó la cruz en peso,
y de su honor poner quiso
en una celada el celo.
Un soldado belicoso
quitó un acerado peto,
por hacerse pectoral
el mismo Dios de su pecho.
En una visera puso
visos para ver el cielo,
y en una lanza los lances
contra el poderoso infierno.
Dolerse de almas cristianas
puso en el libro del duelo,
y en medio de un voto a Dios
un en verdad y por cierto.
En aquel que se alojaba
en los cortijos y pueblos,
cifró de su empírea corte
gloriosos alojamientos.
Al que derribó a sus pies
cien mil adversarios muertos,
hizo tan mortificado
que a pies medirle pudieron.
El que al son de la trompeta
eran un león cuando menos,
ya es cordero y, sobre todo,
trompeta del Evangelio.
Con quien disparó en el campo
tantas bombardas de fuego,
quiso corregir del mundo
los disparates inmensos.
De un capitán que mandaba
dar tratos de cuerda horrendos,
hizo un ángel soberano
en lo tratable y lo cuerdo.
De una mecha de arcabuz,
¿quien vio tan extraño trueco?,
hizo una antorcha divina
que está en su presencia ardiendo.
De un soldado hizo un sol
que dio luz al universo,
y encerró en un ¡Cierra España!
el modo de abrirse el cielo.
Y dando a un falido triste
tu traje, su adorno y fieltro,
de un Marte hizo un Martín,
que es de caridad espejo.
En un corto de razones
puso tan largos conceptos,
que del concepto de Dios
declararon los misterios.
Finalmente a un vizcaíno,
sacándole de entre el hierro,
le dio en un decir ¡Jesús!
oro rico de su imperio,
que si el oro es caridad,
en Ignacio hay tanto de esto,
que con lo medio no hubiera
ningún vizcaíno necio.
Y no menos trueques hizo
Dios con otro Apóstol nuevo,
pues dicen que con Javier
le dio un jabón al infierno.
Que no bastó que en Ignacio
quiso vincular su fuego
para guisar su palabra
en el ártico hemisferio,
sino poner en la India
en Javier, varón excelso,
la especia para el guisado
de su divino Evangelio[5]


[1] Elizalde trae «esclareciente»; enmiendo.

[2] Ángel Valbuena Prat, Antología de poesía sacra española, Barcelona, Apolo, 1940, p. 294. Cito por Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, Salamanca, Universidad Pontificia, 1983, pp. 47-48.

[3] Obras en verso del Homero español Luis de Góngora, que recogió Juan López de Vicuña, prólogo e índices por Dámaso Alonso, Madrid, CSIC, 1963. Cito por Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, Salamanca, Universidad Pontificia, 1983, p. 49.

[4] Cito por Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, Salamanca, Universidad Pontificia, 1983, pp. 51-52.

[5] Para más detalles remito Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 145-176.

Motivos y símbolos de «Teresa» (1924) de Unamuno: el otoño y el color amarillo

Estos dos motivos del otoño y el color amarillo están profundamente relacionados en Teresa[1] de Unamuno. Veamos algunos ejemplos:

Y al llegar en otoño los días
y las noches febriles del año,
con las hojas… Tu tierra las lluvias
están abrevando (rima 2).

Una noche serena de otoño
vi a la lívida luz de la luna
de nuestro árbol temblar en la copa
una hoja, ya última.
[…]
Amarillo el recuerdo, la muerte,
amarillo todo lo que se usa… (rima 26).

… y en las tardes doradas y tranquilas
del otoño supiste del dolor (rima 48).

… y temblaste en tu silla
viendo caer del árbol una hoja
de otoño, ya amarilla (rima 79).

Hojas amarillas

El otoño, el color amarillo, la caída de las hojas de los árboles simbolizan, claro está, la muerte que amenaza a los amantes[2].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

San Ignacio de Loyola en la literatura del Siglo de Oro: poemas de justas y certámenes poéticos (3)

De Tirso de Molina es este «Romance», que se presenta como una justa entre Guipúzcoa, patria de San Ignacio de Loyola, y Navarra, tierra natal de Javier[1]:

Como juez de comisión
por la justa literaria
cometida a los poetas
entre Guipúzcoa y Navarra,
a dar audiencia a las partes,
con un bieldo en vez de vara,
se asentó al brocal del pozo
Paracuellos de Cabañas.
El bachiller Juan Polido,
abogado por Vizcaya,
graduado de barbero
en el juego de las damas,
informó como se sigue:
«Vizcaya, corta en palabras,
larga en obras y en limpieza,
de Ignacio dichosa patria,
querella de su vecina,
porque, siendo patrïarca
Loyola de sus bonetes,
de sus santos primer causa,
posponiéndole a Javier,
quiere que, en silla más alta,
compre su hijo la gloria
a costa de sus hazañas.
Esto es contra el mandamiento
cuarto, en que la Iglesia manda
honrarás tu padre y madre,
y siendo cosa tan clara
que es Ignacio padre suyo
(si no natural, por gracia),
en tercio y quinto merece
mejoras de esta ganancia.
Non est discipulus, dice
de Dios la verdad sagrada,
supra magistrum, ni es bien
que Javier contra esto vaya.»
«Callad —dijo Blas Alonso,
abogado por Navarra—,
que os hace hablar en latín
la sidra de sus manzanas.
La gloria es medida justa
de los méritos y alcanzan
los de Javier en el Cielo
corona más encumbrada.»
«¿Más que Loyola? —replica—.
Eso no, que es patria cara
Vizcaya suya y está
dos dedos de Dios Vizcaya.»
«Andad con Dios —dijo el otro—,
que según el hierro labra
Vizcaya, yo, pecadora,
podré decir, muy errada.»
«A no dar hierro sus minas
—dijo estotro—, ¿con qué espadas
murieran en Roncesvalles
los doce Pares de Francia?
Más noble es esta que esotra.»
«Mentís —dijo— por la barba.»
Era capón Juan Polido,
y respondió: «No me agravia.»
Levantose Paracuellos
y dijo, en la dicha causa:
«Fallo que paguen las costas
el salero y las cucharas.»

San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier
San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier

Según vemos, toda la composición, de tono marcadamente jocoso, abunda en chistes basados en dilogías, paronomasias y otros juegos de palabras, sin que falten las consabidas alusiones a los vizcaínos cortos de razones y al hierro de Vizcaya.

Por su parte, Calderón de la Barca tiene varios poemas dedicados al santo, como por ejemplo un romance a la penitencia de San Ignacio, con el que ganó el primer premio en el certamen de las fiestas de la canonización. Los versos son, ciertamente, gráciles y hermosos:

Con el cabello erizado,
pálido el color del rostro,
bañado en un sudor frío,
vueltos al cielo los ojos,
más muerto que vivo, haciendo
de gemidos y sollozos
los suspiros una esfera,
las lágrimas dos arroyos,
a Ignacio su mismo cuerpo
lado, sangrïento y roto
desta manera le dice
con voz baja y pecho ronco:
«—No te espantes si te trato
como ajeno de ti propio,
que es bien que con otro hable,
pues ya contigo soy otro.
No es mucho ignore quién eres
si el mismo que soy ignoro,
que tal tu rigor me ha puesto,
que aun a mí no me conozco.
Siete días ha que muero,
pues vivo sin saber cómo,
y a mi torpe natural
forzosas leyes le rompo.
Negando lo que me pido,
siete días ha que solo
agua de lágrimas bebo
y pan de dolores como.
Duros abrojos tres veces
castigan mis perezosos
miembros: tan estéril tierra
¿qué ha de tener sino abrojos?
Gastadas tengo las piedras
donde las rodillas pongo,
y porque cabales[2] vivan
cubro de sangre los hoyos.
Vivo cadáver me dejas
y en su espíritu dichoso
vas a gozar dulces gustos,
a gustar süaves gozos.
Todo en amor te transformas
porque vivas en Dios todo
con una gloria amorosa
y con un amor glorioso.
Al alma solo regalas,
quejas justamente formo,
pues a tus gustos mis penas
son manjar dulce y sabroso.
Dueño soy de los sentidos,
¿qué importa, si no los gozo[3]?,
pues sin alma ¿qué me sirven
boca, manos, oídos ni ojos?
Yo sus contentos no gusto,
yo sus gustos no los toco,
sus regalos no los veo,
sus dulzuras no las oigo.
Mira no se ofenda Dios
que cargues sobre mis hombros
murallas de penitencia,
siendo el cimiento tan poco.
Una llama soy que vivo
obediente a un fácil soplo,
humilde barro y, al fin,
fuego y humo, tierra y polvo[4]


[1] Al frente del «Certamen décimo» van estas palabras: «Pudieran competir, a tener discurso, las vecinas patrias de los dos canonizados, padre y hijo, aunque renovaran antiguas competencias, sobre la mayoría de tan ínclitos tutelares. Esta litis pidió la justa literaria se decidiese y Paracuellos, atribuyéndose el compromiso en un romance de dieciséis coplas (tasa de la festiva premática), sentenció, con su donaire acostumbrado, de esta suerte…».

[2] Elizalde trae «cuales», mala lectura que corrijo.

[3] Elizalde lee «sino los gozos», lectura que enmiendo.

[4] Cito por Ignacio Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, Salamanca, Universidad Pontificia, 1983, pp. 35-36. Para más detalles remito Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro»Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 145-176.

Motivos y símbolos de «Teresa» (1924) de Unamuno: los besos y las flores

El de los besos es un motivo bastante repetido en Teresa[1] de Unamuno, pero menos importante. Se habla de besos «febriles» (siempre está presente la enfermedad) en la rima 10, de los besos de Teresa que aún viven en las mejillas de su hermanita (rima 50), de un beso en los dedos (rima 23), de los primeros besos que se dieron (rimas 58, 89 y 90). La vida y la muerte se entremezclan con los besos, pues si bien «en cada beso nuestro amor vivía, / nacía en cada beso», en otra ocasión se habla de «un beso lento, / pero beso de muerte» (rimas 30 y 77, respectivamente).

«Lʼanniversaire», de Marc Chagall
«Lʼanniversaire», de Marc Chagall

Tradicionalmente la flor ha sido el símbolo por excelencia de la fugacidad de la belleza (desde, por lo menos, el «Collige, uirgo, rosas…» de Ausonio). Pero el valor de los símbolos no es siempre unívoco y, así, nuestro poeta puede hablar de «la eternidad de la flor»:

Recordando tus dolores,
dolores de puro amor,
aquí te traigo estas flores,
fruto de nuestros amores:
¡La eternidad es la flor! (rima 54).

La flor puede asociarse también al ocaso: «Y entonces a poniente el cielo se hace / todo como una rosa» (rima 9); la mar quiere «ceñir al sol poniente una amapola / que en ella muere» (rima 91). Puede tratarse de un simple motivo: «¿Te acuerdas de la amapola / que hube una vez de prender / en tu pecho?…» (rima 54), y lo mismo la corona de siemprevivas de la rima 56. Sirve también como base para una metáfora: sangre=rosas o pétalos de carne (rimas 6 y 10, al hablar del pañuelo manchado). O puede simbolizar a la mujer amada: Teresa es «lirio / de casta pureza» (rima 54). Además del término genérico flor, flores[2], se emplea rosas, lirios, amapolas, siemprevivas, pensamientos y azucenas[3].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Los poemas en los que se encuentran menciones de las flores como motivo o como símbolo son los números 6, 7, 9, 10, 16, 20, 26, 43, 44, 51, 54, 56, 60, 69, 73, 91, 92 y 98.

[3] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

San Ignacio de Loyola en la literatura del Siglo de Oro: poemas de justas y certámenes poéticos (2)

De Alonso de Bonilla podemos recordar una composición sobre San Ignacio de Loyola recogida en su Nuevo jardín de flores divinas, publicado en 1617, en la que, al decir del Padre Elizalde, «añade a la semblanza del soldado la nota de disciplina cortante, militar y vasca del “creer y obrar”»[1], verso repetido a modo de estribillo. El autor juega con las cortas razones de vizcaíno[2] ‘vascoparlante’ de Ignacio y la dilogía de hierro (abundante en Vizcaya) / yerro ‘error, equivocación’:

—Ignacio, ¿entre las naciones
vuestro lenguaje es divino?
—Antes, por ser vizcaíno,
soy muy corto de razones.
—Pues si dais cortas lecciones,
¿qué pretendéis enseñar?
—Creer y obrar.
—En Vizcaya es vinculada
hoy la ciencia de justicia.
—Sí, mas la humana estulticia
la tiene por vizcainada.
—Del cielo son estos dones
de vuestro ingenio divino.
—¿No veis que soy vizcaíno
y soy corto de razones?
—Pues con tan cortas lecciones,
¿qué pretendéis enseñar?
—Creer y obrar.
—Sois, Ignacio (si no yerro),
oro entre yerro nacido.
—Para haber de ser sufrido
nacer convino entre hierro.
—Vos sois, entre las naciones,
elocuente y peregrino.
—Corto, como vizcaíno,
soy en todas mis razones.
—¿Qué aprenden los corazones
con tan corto razonar?
—Creer y obrar[3].

San Ignacio de Loyola

También podemos traer a estas páginas otro poema de Alonso de Bonilla, en esta ocasión un soneto[4], de estilo bien diferente, que se abre con una referencia mitológica al Cancerbero e incluye una alusión a Javier en los vv. 7-8:

Como el voraz de la trifauce frente
es valiente y sagaz, el Verbo amante,
celando dél su Esposa militante,
fio su honor de un sabio y de un valiente.

Ignacio fue del brazo omnipotente,
contra el infierno, espada de diamante,
y el insigne Javier pluma elegante
regida por deidad indeficiente.

Porque quien dijo ciencia dijo pluma,
quien dijo espada dijo valentía,
y todo es armas para el brazo eterno;

que si la espada vicios corta, en suma,
la pluma es un cañón de artillería
contra las fuerzas del horrible infierno.

Recordaré asimismo un soneto de Bartolomé Leonardo de Argensola, que el Padre Elizalde valora diciendo que es «de dicción pura, intelectual, sin arrebatado vuelo lírico»[5]:

Cuelga Ignacio las armas por trofeo
de sí mismo en el templo, y con fe ardiente
espera que las suyas le presente
quien la infunde tan bélico deseo.

Que así, en dejando al pastorcillo hebreo
el real arnés, le dio una fiel corriente
limpias las piedras con que hirió en la frente
altiva al formidable filisteo.

Salid, pues, nuevo rayo de la guerra,
a los peligros que producen gloria,
oprimid fieras, tropellad gigantes,

que si al valor responde la vitoria,
no dejaréis cervices repugnantes
ni en los últimos fines de la tierra[6].

Con motivo de las fiestas de la beatificación (27 de julio de 1609), Lope de Vega glosó en décimas «Si por nombre capitán…». Pero la mejor pieza ignaciana del Fénix es «Al Beato Ignacio, cuando colgó la espada en Monserrate», de la que destaco el bello verso paronomástico «armas que conquisten almas»:

En aquel monte serrado
donde gusta de vivir
aquella serrana hermosa
más bella que Abigaíl,
a cuyo niño le ponen
una sierra, por decir
que instrumentos de Josef
no los aparte de sí,
un soldado vizcaíno,
y cansado de servir
guerras del mundo en Navarra
contra las flores de lis,
la espada al altar ofrece
porque se quiere ceñir
armas que conquisten almas,
que Dios se lo manda así.
Mirando se está Jesús,
y la boca de rubí
bañó de risa y de gloria
sobre su blanco marfil,
porque ver que un vizcaíno
la dorada trueque allí
por una cruz de madera,
los niños hará reír.
Mas dicen que fue alegría
de ver que quiere esculpir
su santo nombre en los hechos
del más bárbaro gentil.
Porque ha de hacer Compañía
que por él vaya a morir
desde la dichosa España
hasta las islas de Ofir.
Que adonde el fiero Luzbel
sembrara torpe maíz,
han de sembrar pan del cielo
con ricas aguas de abril.
Mucho le pesa al soldado
de verse cojo al salir
a guerra tan peligrosa,
que se han vuelto más de mil.
Pero díjole una voz:
«—Ignacio fuerte, partid,
que no ha menester las piernas
quien ha de ser querubín.
Cubrid con alas la Iglesia,
que el Jacob a quien servís
de todas sus religiones
os quiere hacer Benjamín.
No se ha de preciar España
de Pelayo ni del Cid,
sino de Loyola solo,
porque a ser su sol venís.
El nombre tenéis de fuego,
mas no es mucho presumir
quien a Jesús acompaña
de abrasado serafín.
Haced vuestra Compañía
y tomad el nombre aquí,
que os esperan enemigos
en el Japón y el Brasil.
Los principios no os espanten
pues con tal nombre salís,
que donde Dios da el principio,
seguro tenéis el fin.
A la envidia, aunque es tan fuerte,
pisad la dura cerviz,
que si es gigante la envidia
vos sois piedra de David[7].

Como podemos apreciar, los poemas de Lope y de Argensola coinciden en tratar el motivo de la entrega de las armas caballerescas como exvoto en Monserrat y en incluir una alusión a David vencedor de Goliat[8].



[1] Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, Salamanca, Universidad Pontificia, 1983, p. 24.

[2] Véase Anselmo de Legarda, Lo vizcaíno en la literatura castellana, San Sebastián, Biblioteca Vascongada de los Amigos del País, 1953.

[3] BAE, vol. XXXV, p. 236. Cito por Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, pp. 24-25.

[4] Incluido en Alonso de Bonilla, Nombres y atributos de la impecable siempre Virgen María, Señora Nuestra. En octavas, con otras rimas a diversos asumptos y rimas difíciles, en Baeza, por Pedro de la Cuesta, 1624.

[5] Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, p. 27.

[6] BAE, vol. XLII, p. 325. Cito por Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, pp. 27-28.

[7] BAE, vol. XXXV, p. 124. Cito por Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, pp. 30-31.

[8] Para más detalles remito Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 145-176.

Motivos y símbolos de «Teresa» (1924) de Unamuno: la enfermedad

Además de lo dicho al tratar de la descripción de la amada, la enfermedad se refleja en algunos versos de las rimas de Teresa[1] de Unamuno: en la 21 se habla de «eslabón de fiebre», en la 46 de «la fiebre / que ceñía por dentro a sus huesos», en la 60 de «noches de febril desvelo». En la 54 leemos: «y en fiebre hacía esclava / de tu salud mi salud». La 47 es un diálogo entre Teresa y Rafael en el que ella manifiesta su intención de marchar en verano a la sierra «para dorarme al sol de las alturas», esto es, para someterse a una «helioterapia».

«La primera y última comunión», de Cristóbal Rojas (Galería de Arte Nacional, Caracas, Venezuela)
«La primera y última comunión», de Cristóbal Rojas (Galería de Arte Nacional, Caracas, Venezuela)

En cualquier caso, la referencia más clara a la tisis (Rafael morirá de la misma enfermedad que su amada) se halla en la rima 13: «Me muero de un mal cursi, Bécquer mío, / se me agota el pulmón»[2].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

San Ignacio de Loyola en la literatura del Siglo de Oro: poemas de justas y certámenes poéticos (1)

Abordaré esta amplia materia en cuatro apartados: 1) Poemas de justas y certámenes poéticos; 2) Ignacio y Javier, en buena Compañía (esto es, aquellos poemas que cantan de forma conjunta a San Ignacio de Loyola y a San Francisco Javier); 3) Los poemas extensos; y 4) San Ignacio de Loyola en el teatro jesuítico. En esta y las próximas entradas revisaremos el primer apartado, los poemas de justas y certámenes poéticos.

Como ya adelantaba en una entrada anterior, fueron muy abundantes los poemas escritos en el siglo XVII para certámenes y justas poéticas en honor a San Ignacio. Así lo explica el Padre Elizalde:

Con motivo de la beatificación y canonización de Ignacio se celebraron en toda España y América solemnes y suntuosas fiestas. Uno de los actos más brillantes de estas fiestas eran los certámenes o justas poéticas. Desde entonces, Ignacio comenzó a vivir en el mundo literario. Todos los grandes poetas de entonces ensayaron su estro en honor del santo, consiguiendo poesías de verdadero valor y mérito. Sin embargo, a veces, la barroca exageración de los gestos y de la expresión se entrega a verdaderas orgías, contorsionándose en atrevidas creaciones de vocablos o en extraña técnica de la imagen y del tropo. El arte degenera en artificio y la idea en simple forma y gesto. Por otra parte, se advierte cierto servilismo, falto de espontaneidad, una verbosidad estéril y un frío clasicismo, con mezcla de conceptos paganos y cristianos, que hacen perder el buen gusto a la poesía religiosa[1].

Podemos recordar, por ejemplo, las fiestas de Sevilla en 1609 (con motivo de la beatificación), las fiestas y el certamen poético de la Villa de Madrid en 1622, o el del Colegio Imperial de Madrid ese mismo año (Elizalde enumera los temas propuestos en las pp. 76 y ss. de su libro); también destacaron las fiestas de Sevilla, en esas mismas fechas, y hubo muchas más en numerosos lugares de España, Portugal y América. En estos certámenes le dedican composiciones autores menos importantes como López de Úbeda, Bonilla, Jáuregui, Villamediana o Bartolomé Leonardo de Argensola, pero también los «primeros espadas» de la época: Góngora, Lope, Tirso, Calderón… En esta centuria, los poetas —comenta Elizalde— destacan fundamentalmente tres aspectos en su acercamiento a Ignacio: el militar, el caballero y el contrarreformista.

San Ignacio de Loyola

Uno de los primeros poetas que le canta es Juan López de Úbeda, quien en su Cancionero general de la doctrina cristiana (Alcalá, 1596) incluye dos romances, el primero de los cuales está dedicado a la fundación de la Compañía de Jesús como bastión contra los protestantes de Lutero y subraya la nota de caballería y el sentido militar de la nueva orden:

Cuando esa grande Alemania
de herejes toda se ardía,
que aquel perverso Lutero
por ella esparcido había;
cuando África y Europa,
Asia y los que en ella había
irritan a todo el cielo
con su grande tiranía,
persiguiendo a nuestra Iglesia
con su grande apostasía,
inficionando a sus hijos
con peste de rebeldía,
se levanta un caballero,
que Ignacio por nombre había,
ilustre y de noble sangre,
diestro en la caballería,
de un ánimo invencible
cual esta empresa pedía.
Discurre por ese mundo
por ver si en él hallaría
caballeros y soldados
de fuerzas y valentía
que la bandera de Cristo
defiendan en compañía.
Hace luego se eche bando,
que en todo el mundo se oía,
que cualquiera que quisiese
llevar a Jesús por guía,
que su divisa y renombre
luego al tal se le daría,
y por dalles mayor brío
de sí mención no hacía.
Acuden muchos soldados
de gran precio y valentía
con las armas y atambores
a lo que el bando decía;
gente ilustre y valerosa
en letras y prelacía,
de toda suerte y estado,
cual el bando lo pedía.
Cuando Ignacio vio a su lado
juntarse tal compañía,
con ánimo valeroso
a todos así decía:
«Caballeros esforzados,
a quien corazón dolía,
mirad y tended los ojos
a los heridos que había;
por tanto, gente esforzada,
pues esta empresa no es mía,
libertemos a los hombres
de tan grande tiranía»[2].

El poema presenta un marcado tono bélico-militar, al tiempo que apreciamos en él ciertos ecos romanceriles. El segundo es un apóstrofe a San Ignacio de Loyola (en su primera parte), al que se retrata de la siguiente manera:

Siempre lo tuviste, Ignacio,
seguir la caballería,
siempre las grandes hazañas
fueron de tu animosía.
Siempre ese pecho animoso
de más alto fin se guía,
siempre en toda cuanta empresa
tu gran prudencia fue guía.
Siempre fue tu fortaleza
la que todo lo vencía,
siempre en lo perdido medio
tu sagacidad ponía.
Nunca desmayaba Ignacio,
nunca victoria perdía
por falta de buen consejo,
ni menos de valentía;
pero nunca tan ilustre,
nunca así acertado había
como en la postrer jornada
y nueva capitanía.
Jesús le dio los soldados
de noble caballería,
nuevo capitán le hace
de la santa Compañía;
ármale Jesús sus armas
y en su pecho se escribía,
y a su costa y en su nombre
a él conquistar le envía.
Siempre va Ignacio el más pobre,
siempre sus gastos hacía
de aquella rica pobreza
que a Dios prometido había;
siempre el más obedïente,
a su obediencia regía
un ejército tan noble
y con él cuanto quería.
Siempre el primero en las armas
y el postrero en despedirlas,
el que en las armas más hizo
y aquel que más lo encubría.
Siempre los graciosos hechos
por su consejo se hacían,
pero siempre el buen suceso
Ignacio a Dios refería.
Siempre su saber profundo
y las ventajas que hacía
con una risa severa
su santidad encubría.
Siempre en todo más que todos,
solo en poco él se tenía,
y con paternal clemencia
hermano a todos se hacía[3].

Desde el punto de vista estilístico, destaca en esta composición el empleo continuado de la anáfora de siempre, nunca, siempre[4]


[1] Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, Salamanca, Universidad Pontificia, 1983, pp. 65-66.

[2] BAE, vol. XXXV, pp. 123-124. Cito por Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, pp. 21-22. En este texto, y en general a lo largo de todas las citas, me tomo la libertad de modificar levemente la puntuación y las grafías, cuando considero que mi intervención contribuye a mejorar el sentido.

[3] BAE, vol. XXXV, p. 124. Cito por Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, pp. 22-23.

[4] Para más detalles remito Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 145-176.

Motivos y símbolos de «Teresa» (1924) de Unamuno: el amanecer y el ocaso

Normalmente identificamos amanecer con ‘vida, nacimiento’ y ocaso con ‘fin, muerte’. Sin embargo, en Teresa[1] de Unamuno ambos términos se hacen sinónimos: «El ocaso y el alba son lo mismo» (rima 59), «El alba y el ocaso se fundían / sobre tu cuna, / y fundidos en uno me traían / nuestra fortuna» (rima 68). En esa misma rima se anuncia que «nace el alba en tu tierra de la huesa» y que «Es un alba sin sol, eterna aurora / que siempre avanza». Sigue una poética descripción del ocaso, que «era tu hora»:

En la rosada puesta del oeste
lento sonaba
toque fundido en el azul celeste
como de aldaba.
Le cerré al cielo el ojo en un abrazo
la campa en lloro,
recojiendo piadosa en su regazo
lágrimas de oro.

Atardecer en un campo de trigo con un árbol al fondo

La rima 69 es muy importante: Rafael recuerda que quemó sobre la tumba los versos escritos en vida de Teresa «a la puesta del sol, hora / de nuestro amor». En fin, en la rima 71 la sonrisa de la amada se equipara al amanecer[2]: «El alba es tu sonrisa y es la brisa / del alba tu respiro; / acuérdate cuando iba al alba a misa / por ti y en el retiro / por mí rogaba»[3].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Otros ejemplos de estos motivos: «A la puesta del sol la cruz del leño […] / va alargando su sombra. / Es el reló de sol de la otra vida, / el que nos marca la hora / de la oración eterna, mi Teresa, / y de la eterna boda» (rima 9); «A la puesta del sol vi la corona / de siemprevivas…» (rima 56); «…y el sol, todo luz, más amortiguado / su fuego, se acostaba / tibio en tierra / con un ocaso dulce y sosegado» (rima 64). Y más ocurrencias en las rimas 11, 51, 74 y 80.

[3] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

Motivos y símbolos de «Teresa» (1924) de Unamuno: la tierra y la yerba y la cruz

Los motivos y símbolos presentes en el poemario Teresa[1] de Unamuno son muy abundantes[2] y muchos de ellos, o bien remiten directamente a la muerte, o bien aparecen en función de ella, mediatizados por ella.

La tierra y la yerba son símbolos muy importantes y repetidos en el poemario, sinónimos los dos de ‘muerte’ (se reiteran al hablar de la tumba de Teresa), aunque, como luego señalaré al tratar de los temas, la muerte no siempre tiene aquí connotaciones negativas, pues es un paso hacia la Vida perdurable. Ya en la primera rima leemos: «Ya, Teresa, me espera / para la eterna cita, / hecho tierra bendita / tu pobre corazón». En la número 5: «… y mirabas el blanco sendero / que a la tierra nos lleva, que hoy guarda, / Teresa, tu cuerpo». En la rima 8 se recuerda que las golondrinas «sobre tu tierra vuelan sin cesar» y se menciona «la yerba / bajo que has ido al fin a descansar». La siguiente indica que una cruz «tu frente corona / sobre la yerba de tu camposanto»[3]. Toda la rima 12 gira en torno al símbolo de la tierra:

Todos los de mi sangre, de mi raza,
duermen en tierra,
los más desde hace siglos,
en tierra mi Teresa…
[…]
y vine aquí al olvido
de nuestra madre Tierra… 
[…]
y en tierra están sumidos
tus ojos, mi Teresa…

La consideración de la tierra como madre se repite en la rima 52: «Teresa, en la última cuna, / la de madre tierra, pide / que nunca Dios nos olvide / lo que es vivir de verdad». En la 40 se escribe: «Bañé con el rocío de mis lágrimas / el vestido, Teresa, / de tierra que reviste y que recubre / a tu cuerpo de tierra». Nótese aquí la identificación ya total del cuerpo de Teresa con la tierra: su cuerpo es de tierra. De forma similar, en la rima 45 se equiparan sus ojos verdes con la hierba que rodea a su sepultura: «Mas tus ojos verdes, —mi eterna Teresa, / los que están haciendo —tu manto de yerba…».

Tumba rodeada de hierba

Al final, la misma tierra unirá a los amantes, ahora separados: «Lloverá sobre la tierra / que confunda nuestros huesos, / la que nuestras carnes cierra; / serán de lluvia los besos; / sólo el que muere no yerra» (rima 87). La tierra que cubre a Teresa muerta, con su manto de yerba, es un símbolo de la muerte; pero la muerte es el nacimiento a una nueva vida, de ahí que el poeta pueda llamar «cuna» a la huesa en que yace la amada de Rafael[4].

En cuanto a la cruz, es un símbolo íntimamente relacionado con los dos anteriores, porque una cruz preside la sepultura de Teresa. Sus primeras apariciones se registran en las rimas 9 y 20, a las que pueden añadirse la 43: «Y de la cruz que tu tierra corona / brota invisible un Jordán de pureza»; y la 56: «A la puesta del sol vi la corona / de siemprevivas que colgué con manos / temblorosas del leño que eslabona / tu tierra con tu cielo como hermanos» (donde leño equivale a ‘cruz’)[5].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Esta clasificación mía puede cotejarse con la que ofrece Ángel-Raimundo Fernández González en su libro Unamuno en su espejo, Valencia, Bello, 1976, pp. 180-186, la cual incluye motivos cósmicos (otoño, atardecer, noche, amanecer, campo y sierra, mar, tierra, yerba, lluvia), motivos animales (gato, macho cabrío, golondrinas), motivos corporales de la amada (ojos, boca, labios, oídos, dedos, pelo, voz, corazón, respiración, senos), motivos ideales de la amada (nombre, sueño), cosas de la amada (pañuelo), personas queridas de la amada (abuelos, antepasado, primo), otros motivos (la tabla de multiplicar, celos, coronas de flores siemprevivas, medallones de piedra), apoyos literarios (parejas de amantes, don Miguel de Unamuno), motivos religiosos (María y oraciones, Eva) y, en fin, motivos psicológicos (Amor y Muerte).

[3] En la rima 20 aparece de nuevo unida la cruz de la sepultura de Teresa a la tierra en que descansa: «Hoy, cuando la frente inclino / sobre tu tierra, Teresa, / siento la cruz del destino / cómo me llama a tu huesa».

[4] Pueden verse más ejemplos en la rima 47: «Poco después en sus brazos / de sombra / te recojía la tierra materna / y da el padre sol a la verde alfombra / de tu cuna final su lumbre eterna»; en la 57: «Pronto irás también tú, corazón mío, / a la cama de tierra del reposo / que nunca acaba…»; en la 60: «…no al Dios que vela, sino al Dios que duerme, / tierra su almohada. […] Espero despertarme entre tus brazos / hechos tierra mollar, fresca y oscura, / hechos reposo»; en la 68: «…nace el alba en tu tierra de la huesa»; en la 69: «Bien sé por fin que es divina la tierra / que guarda tu beldad, / y sé que el cielo en la tierra se encierra / por toda la eternidad». Las citas podrían multiplicarse (otras rimas en las que aparecen ocurrencias de la tierra o la yerba: 3, 19, 26, 40, 43, 46, 55, 71…).

[5] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

Motivos y símbolos de «Teresa» (1924) de Unamuno: el recuerdo y el olvido

Son dos motivos bastante importantes en Teresa[1] de Unamuno, que representan como casi todos los otros a la muerte, y muy relacionados con los símbolos de la tierra y el sueño.

Tumbas en un cementerio

Recojo a continuación las principales ocurrencias:

Hay una tierra blanda, verde y rubia,
donde se oye la canción del mar,
abriga tus recuerdos, mis recuerdos,
¡y la canción me llama a recordar!… (rima 3)

… y vine aquí al olvido
de nuestra madre Tierra (rima 12).

Sueño despertar un día,
y sueño que estoy dormido,
y es mi vida la agonía
de recordar el olvido.
Sueño algún día dormirme
y sueño que estoy bien cuerdo,
y tiemblo de que al morirme
me he de olvidar del recuerdo (rima 21).

Es que me está matando calentura
de no ser una tierra con su tierra,
olvido con su olvido y un recuerdo
que su recuerdo encierra (rima 31).

Hoy en las horas febriles
de mi pasión
te recuerdo como antes que viniera
sobre mí tu mirada,
recuerdo aquella niña…
[…]
Tristes, dulces, serenos recuerdos
de recuerdos,
chapuzones del alma en la fuente
del naciente (rima 74)[2].

¡Dormirse en el olvido del recuerdo,
en el recuerdo del olvido,
y que en el claustro maternal me pierdo
y que en él desnazco perdido! (rima 78)[3].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Nótese la sugerente metáfora aposicional recuerdos=chapuzones.

[3] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).