El narrador en «Doña Blanca de Navarra» (1) de Navarro Villoslada

El narrador de Doña Blanca de Navarra de Francisco Navarro Villoslada[1] es muy sencillo, similar al que aparece en las demás novelas históricas del Romanticismo español: se trata de un narrador omnisciente (conoce todos los pensamientos y anhelos de sus personajes), en tercera persona, situado fuera de la historia narrada y que, además, se encarga de mostrar su lejanía respecto a ella[2]. Es un narrador que maneja todos los hilos de la narración, dejando muy poco margen de maniobra al lector, al que se lo da todo hecho, con escasas posibilidades para la interpretación o re-creación personal: él da o quita la palabra a los personajes, remite de un capítulo a otro, introduce digresiones y afirmaciones generales, añade notas para indicar que algún dato o detalle es histórico, nos ofrece resúmenes de la situación histórica o novelesca, se encarga de organizar el relato cuando el interés está en dos puntos distintos y hasta juzga los hechos y personajes que va describiendo. No debemos olvidar que, a la altura de los años 40 del siglo XIX, la novela en España, como género narrativo moderno, se encontraba todavía en un estado incipiente y el público lector no estaba acostumbrado todavía —no podía estarlo— a mayores audacias narrativas.

Doña Blanca de NavarraLa presentación de los acontecimientos en la estructura general de la novela es lineal, siguiendo por lo común el orden cronológico de los mismos: rapto de la princesa doña Blanca (año 1461), liberación, nueva captura, prisión y muerte (año 1464), coronación y quince días de reinado de doña Leonor (año 1479). No obstante, sí que existen algunos casos de «flash-back» o vuelta atrás, es decir, determinados episodios que no se cuentan en el lugar que cronológicamente les correspondería, sino más avanzado el discurso narrativo. El caso más significativo es el que se produce en el capítulo XVIII de la segunda parte, tal como indica su título: «Que debía dar comienzo a la segunda parte de esta crónica, por cuanto en él se toman los sucesos desde el fin de la primera»; en efecto, ahí se relata todo lo referente a Inés y a Jimeno durante los quince años que median entre el fin de la primera parte y el comienzo de la segunda. También se rompe en ocasiones el desarrollo lineal de la trama novelesca con la introducción de historias secundarias intercaladas en el relato principal, ya sea para aportar diversos datos sobre los personajes, ya se trate de sucesos relacionados indirectamente con los mismos; así, la historia de Raquel relatada por Inés a Jimeno; la contada por el Marqués de Cortes, que nos pone sobre la pista de la verdadera identidad de Jimeno, completada luego por el relato de Raquel; o la de don Pedro de Navarra, el padre de don Felipe, asesinado a traición en la sorpresa de Pamplona.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Sobre el narrador de Doña Blanca de Navarra, pueden verse estos trabajos: Inés Liliana Bergquist, «Doña Blanca de Navarra», en El narrador en la novela histórica española de la época romántica, Berkeley, University of California, 1978, pp. 157-186; y Enrique Rubio, «Las estructuras narrativas en Doña Blanca de Navarra», en Romanticismo 3-4. Atti del IV Congresso sul Romanticismo Spagnolo e Ispanoamericano. Narrativa romantica, Génova, Universidad de Génova, 1988, pp. 113-121.

Algunas citas sobre el desengaño barroco (2)

Consideremos igualmente esta reflexión de Emilio Carilla, otro buen conocedor de las características del arte y la literatura en la época áurea, la cual se encuentra recogida en su trabajo El barroco literario hispánico:

Yo creo que en la visión pesimista del desengaño, que subraya aspectos del barroco español, confluyen tanto las consecuencias de una realidad político-social (sin exagerar demasiado su reflejo en las expresiones artísticas) como la lección religioso-moral que vuelve incesantemente sobre los motivos de la ilusión, el orgullo, sobre la vanidad de las cosas terrenas. No se trata —aclaro— de la doble cara de una moneda, doble cara que coincide con exactitud, sino de un doble perfil con puntos de correspondencia.

En el primer caso, bien sabemos que el siglo XVII español es un siglo de descenso político-social, a pesar de una grandeza más alabada que sentida, y en un vasto mapa que, por descontado, no se reduce (ni puede reducirse) a la península. Crisis de gobierno, inflación económica, miseria, derrotas militares y diplomáticas, fracasos, son mucho más palpables que los efímeros triunfos que se logran. Y esto es también lo que percibimos —más o menos declarado, más o menos oculto en bellezas literarias— en tantas obras barrocas españolas.

En el segundo caso, la admonición severa, el sermón repetido, y aun la burla que fustiga, apuntan a la falsa grandeza, a la apariencia, a los extravíos del orgullo, al apartamiento de las normas morales y de la religión, al olvido de las enseñanzas del tiempo[1].

Vanitas


[1] Emilio Carilla, El barroco literario hispánico, Buenos Aires, Editorial Nova, 1969, pp. 144-145.

Fuentes históricas de «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada

Entre las fuentes históricas consultadas por Francisco Navarro Villoslada[1] están, por un lado, las que aparecen mencionadas en las notas de la propia novela que el propio autor introduce: el Diccionario de Antigüedades del Reino de Navarra, de Yanguas y Miranda; el Epítome de los Anales de Navarra, de Moret y Alesón; la Histoire des races maudites, de Michel; y algunos documentos tomados del Archivo de la Cámara de Comptos, en Pamplona.

Diccionario de Antiguedades del Reino de Navarra, de Yanguas y Miranda

Por otra parte, contamos con la información que arroja el archivo del autor, donde se guardan las fichas elaboradas y los resúmenes redactados por él en su tarea de documentación sobre aquella época: en efecto, se conservan cuartillas con notas sobre «Blanca, Princesa de Viana. Cronología», «Noticias curiosas de costumbres y usos del siglo XV», «Navarra. Cronología. 1464», «Matrimonios», «Damas», «Robos», «Condado de Lerín», «Formalidades del Fuero para la coronación de los reyes», y otras sobre los bandos de agramonteses y beamonteses, mosén Pierres de Peralta, el rey don Juan II de Aragón, Carlos, Príncipe de Viana, Carlos de Artieda, Sancho de Erviti, etc.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Algunas citas sobre el desengaño barroco (1)

Algunas citas de distintos estudiosos nos servirán para apuntalar, desde el punto de vista crítico-teórico —más adelante pasaremos al comentario de los textos literarios— lo relativo al desengaño barroco y su reflejo en la literatura. Comencemos con unas palabras de Luis Rosales, correspondientes a su ensayo El sentimiento del desengaño en la poesía barroca:

Toda época de esfuerzo tiende orgánicamente hacia el reposo. La tensión del espíritu se relaja, y a las formas de vida activas y creyentes suceden otras, escépticas, cansadas. Puede el espíritu evadirse de esta ley. Pero no es fácil la evasión. Cuanto más altas, esforzadas y nobles son las formas de la vida, más difícil es a la sociedad acrecentarlas o mantenerlas. A la tensión creadora del siglo XVI español sucede un largo período de atonía. Con Felipe III todo se inclina, desde el peligro hasta el descanso. Y con Felipe IV sintió el espíritu español que la tensión del esfuerzo que el Conde Duque le obligó a realizar se le iba convirtiendo en desengaño.

El sentimiento del desengaño llenó casi completamente el ámbito del nuevo siglo. Instituciones, formas de vida, costumbres y temas literarios lo reflejan de manera inequívoca. El sentimiento religioso, el sentimiento del amor, el sentimiento del honor se hacen más rígidos y al mismo tiempo se van tiñendo de escepticismo. Esta relajación histórica de nuestro espíritu, en todas sus diversas manifestaciones, debía ser estudiada atenta y amorosamente si queremos llegar a comprender el fenómeno de nuestra verdadera decadencia. Las razones políticas, culturales y sociales, aducidas generalmente por los historiadores, necesitan un punto de partida más hondo, genuino y unificador. Toda decadencia, en el espíritu se origina y a él afecta de manera esencial. En él hay que buscarla. La historia de la nuestra, y quizá de toda decadencia, es la historia del sentimiento del desengaño[1].

San Jeronimo, de Antonio Pereda


[1] Luis Rosales, El sentimiento del desengaño en la poesía barroca, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1966, p. 65.

La reconstrucción arqueológica en «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada (y 2)

Iñigo Arista alzado sobre el pavésDe gran sabor arqueológico es toda la escena del capítulo VIII de la segunda parte de esta novela de Francisco Navarro Villoslada[1], correspondiente a la coronación de doña Leonor: se describen las calles de Estella adornadas para la ocasión; la composición de las Cortes navarras, con sus tres brazos (el eclesiástico, el nobiliario y el de las «buenas villas»); el juramento de los fueros de Navarra que deben pronunciar los reyes para ser reconocidos como tales, así como el que hacen a su vez los tres brazos del reino; y el alzamiento sobre el pavés de la reina. La minuciosidad del autor llega hasta el extremo de mencionar detalles mínimos, como el de que el fuero exige que el nuevo monarca derrame moneda nueva con su busto y nombre.

La misma preocupación se nota también en el empleo de palabras más o menos técnicas correspondientes a diversas realidades de la época, como la moneda, los oficios y las instituciones jurídicas: cornados, florines de oro, archeros, heraldos, farautes, collazos, pecheros, prebostes, maestre-hostal (así era llamado el mayordomo de palacio), clérigos de botillería… No es que todos estos detalles señalados proporcionen más calidad a una novela histórica; al contrario, para muchos críticos la acumulación de todos estos elementos supone una rémora que dificulta el avance de la acción novelesca propiamente dicha. Así sucede, ciertamente, cuando una acumulación documental indebida, por lo excesivo, llega a ahogar la parte puramente ficticia de la novela; sin embargo, cuando su proporción es adecuada, como en el caso de Navarro Villoslada, sirve para demostrar la preocupación del novelista histórico, que no desea aminorar la sensación de veracidad de sus producciones descuidando o despreocupándose por completo de este aspecto.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

El tema del desengaño en el Barroco

Puede afirmarse sin temor a equivocarse que los grandes temas abordados por la literatura son, en realidad, muy pocos en número, y que esos temas responden a las grandes preguntas que se ha hecho el hombre, a lo largo de todos los tiempos, acerca del amor y la amistad, la vida y la muerte, la religiosidad y el deseo de trascendencia… Tales son, en efecto, los grandes temas de la literatura universal. Por supuesto, alrededor de esos temas mayores existen constelaciones de sub-temas, cada uno de ellos con una amplia gama de motivos asociados; pero, en cualquier caso, los grandes núcleos temáticos de la literatura responden a esas inquietudes del hombre (lo que Antonio Machado llamó «los universales del sentimiento») y a esos enigmas de la vida humana.

En el caso de la época barroca, uno de los temas literarios más importante es el del desengaño. En un sentido amplio cabe afirmar que Barroco y desengaño son, de alguna manera, palabras sinónimas. En efecto, dentro del amplio campo de la literatura barroca, concretamente en el terreno de la literatura de tono moral o de contenido religioso, uno de los más podemos núcleos temáticos que podemos distinguir es el del desengaño. En efecto, el desengaño forma parte de la visión del mundo en el Barroco, que en buena medida se percibe como crisis y pesimismo. Existe un sentimiento de amenaza e inestabilidad, una sensación generalizada de crisis (que se muestra en muchos aspectos de la vida, y con múltiples raíces: políticas, militares, religiosas y, a veces, personales), lo que lleva en algunos autores barrocos al rechazo del mundo, a la renuncia de todo lo mundano (es el caso de la solución ascética): junto al desengaño, estos escritores cantarán la vanidad de la vida, la fugacidad de todo lo terreno, aparecerá el escepticismo; plantearán en sus obras el conflicto entre la realidad y la apariencia (la vida es sueño, los sentidos son engañosos, toda la belleza es caduca, etc.).El sueño del caballero, de Antonio de Pereda

La reconstrucción arqueológica en «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada (1)

Llamo reconstrucción arqueológica al trabajo llevado a cabo por el novelista para conseguir una acertada ambientación en lo que se refiere a la descripción de costumbres, instituciones, armas, mobiliario, etc. de la época novelada. El «color local» así conseguido contribuye, igual que la mención de hechos históricos que acabo de comentar, a aumentar la veracidad de la novela histórica.

La preocupación arqueológica de Francisco Navarro Villoslada[1] es muy seria y la apreciamos, por ejemplo, en la minuciosa descripción de los vestidos de los personajes. El autor puntualiza siempre calidades y materiales: por ejemplo, doña Leonor viste de brocado azul y manto, y más tarde su luto consiste en «un ligero y gracioso tocado de gasa negra con azabaches, que le bajaban muy cerca del cuello»; unos caballeros llevan «finas telas de lana y de brocado»; don Alfonso da al leproso «un gabán de riquísimo brocado, con vueltas y forro de piel de nutria»; un personaje se toca con «gorra milanesa»; las botas de otro son «de cordobán»; un tercero viste «un ropón de lana burda con capucha». Véase esta completa descripción del traje de don Alfonso:

Traía un traje corto de brocado carmesí, un gabán airoso de paño negro forrado de pieles de armiño, que volvían en ancho cuello por la espalda hasta terminar en punta por delante, y del tahalí encarnado pendiente una espada corta con rica empuñadura. Derribábanse las negras melenas de un bonete con vueltas de escarlata, que formaba en medio un pequeño pico, en el cual brillaba un cintillo de piedras.

ArmaduraLas armas también son descritas con detalle: se alude a la costumbre de colocar motes o divisas en los escudos, se habla de las insignias de las órdenes del Lebrel Blanco y de la Buena Fe, instituidas por Carlos III, o se mencionan detalles heráldicos a propósito de los escudos del Conde de Foix y del de Lerín. La descripción de la armadura de don Alfonso es de lo más minuciosa, pues se enumeran prácticamente todas sus piezas:

Era completa su armadura. Tenía celada, y no borgoñona, sino entera; gola, peto con ristre y espaldar; escarcelas y quijotes; brazales, guanteletes, espada sin guarda desde la cruz al pomo, para que sirviese como manopla, puñal y daga. Fuera del caballo, del escudo y de la lanza, que tal vez había dejado en la portería del convento, tenía todas las piezas que los fueros exigían al infanzón que recibiese gajes del rey por mesnadero.

Respecto al mobiliario, sabemos que el salón del Conde de Lerín tiene «bancos y sillones de encina» y un «sillón de vaqueta»; se habla también de «un sitial de ébano, con todo primor tallado» o de «un hermoso libro de vitela matizado de prolijas y delicadas miniaturas»; se describe una «litera morisca de primorosos dorados y celosías» de Catalina… El narrador introduce muchos otros detalles sobre la decoración de los salones del castillo de Orthez, sobre la habitación del monje cronista y la de la penitente o sobre el gabinete de Leonor.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Publicaciones póstumas de Lope de Vega

Al año siguiente de la muerte del Fénix, en 1636, el doctor Juan Pérez de Montalbán, da a las prensas su Fama póstuma a la vida y muerte del doctor frey Lope de Vega Carpio, breve biografía y recopilación de numerosos «elogios panegíricos» de muy diversos autores[1].

La vega del Parnaso, de Lope de Vega

En fin, en 1637 aparecen póstumas su égloga Filis y La vega del Parnaso. Este libro sale con la autorización de Luis de Usátegui, marido de Feliciana (la hija de Lope), quien lo dedicará al duque de Sessa, aludiendo a «la afición que Vuestra Excelencia ha mostrado siempre a los escritos de Frey Lope Félix de Vega Carpio, mi señor, y las mercedes que en su vida recibió de esas generosas manos». De carácter recopilatorio (además de algunas comedias incluye sus últimos poemas), Lope había estado trabajando en esta obra los últimos años de su vida, y ya en 1633 había anunciado su preparación. Por ello, puede considerarse La vega del Parnaso como su testamento literario.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Historia y ficción en «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada (y 2)

Leonor de Trastámara, Condesa de FoixAl comenzar la segunda parte de la novela de Francisco Navarro Villoslada[1], se ha producido un salto temporal, y la acción se sitúa en el año 1479. Doña Leonor es reina gobernadora, pues su padre se sigue titulando rey de Aragón y de Navarra. La situación de guerra civil se mantiene: el Conde de Lerín continúa siendo el caudillo del bando beamontés, en tanto que mosén Pierres de Peralta y don Felipe de Navarra, mariscal del reino, encabezan el de los agramonteses. El segmento histórico más importante de esta segunda parte se corresponde con la coronación de la reina doña Leonor de Navarra, verificada el 28 de enero de 1479, tras la muerte en Barcelona de don Juan II, y su corto reinado, pues murió el 12 de febrero. Navarro Villoslada respeta esas dos fechas históricas, pero cambia el lugar de la coronación, que no se verificó en Estella, sino en Tudela; además, hace coincidir la muerte de doña Leonor con el aniversario de la muerte de la Princesa de Viana, cosa que no se corresponde exactamente con la realidad histórica si damos por buena la fecha de 2 de diciembre de 1464 para el fallecimiento de doña Blanca.

Existen alusiones a muchos otros sucesos y personajes históricos que van salpicando las páginas de la novela: el matrimonio de doña Blanca con don Enrique de Castilla, Príncipe de Asturias (el futuro Enrique IV); la boda de doña Magdalena, hermana del rey francés Luis XI, con el joven Gastón de Foix, y la muerte de este en un torneo celebrado en Liburne; la paz alcanzada en Cataluña, con el nombramiento del hijo de don Juan II, Fernando (con el tiempo el Católico) como Príncipe de Gerona; la sorpresa de Pamplona, ocurrida en 1471; el matrimonio del Conde de Lerín con una hija natural de don Juan II; la excomunión de mosén Pierres de Peralta por haber dado muerte al obispo de Pamplona don Nicolás de Chávarri; el asesinato de Felipe de Navarra a manos del Conde de Lerín, etc. Son datos que refuerzan el fondo histórico de la novela, aun sin ser la parte principal de la misma, pequeñas noticias que van esmaltando la narración y que contribuyen a dar al conjunto un aire de verosimilitud.

Por otra parte, al final de la obra, en unas páginas que funcionan como epílogo, se mencionan los sucesos históricos posteriores relativos al reino de Navarra, que culminarían con la pérdida de su secular independencia: la muerte de Francisco Febo, el reinado de Catalina de Foix y Juan de Albret y la conquista del reino por las tropas de Fernando el Católico al mando del Duque de Alba, con la consiguiente incorporación a la Corona de Castilla[2].


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Las últimas palabras de la novela son: «Pero de estos sucesos hablaremos, con el favor de Dios, en otra obra». Navarro Villoslada quiso, en efecto, redactar otra novela histórica sobre la conquista de Navarra, que no llegó a culminar, pero de la que se conservan distintas versiones en su archivo bajó el epígrafe común de Pedro Ramírez.

El entierro de Lope de Vega

Al funeral de Lope de Vega acude todo Madrid[1]. La procesión da un rodeo para pasar por el convento de sor Marcela, su hija, que así lo ha solicitado. El Fénix es enterrado solemnemente en la parroquia de San Sebastián.

Iglesia de San Sebastián de Madrid

El fervor popular es inmenso. El testimonio de un contemporáneo, Francisco Ximénez de Urrea, indica que «hubo muchas mujeres. Acabaron [el entierro] a las dos de la tarde, y a las cinco de la mañana no se podía entrar en la iglesia». De nuevo es Pérez de Montalbán quien ofrece en su relato detalles muy puntuales, tanto del entierro como de las honras fúnebres celebradas en los días posteriores:

Tratose de su entierro, de que se encargó el señor Duque de Sessa, como su dueño y albacea, y como tan magnánimo príncipe, y determinose para el martes siguiente a las once. Repartiéronse muchas limosnas de misas, que es la más importante honra para el que yace. Convocose todo el pueblo sin convidar a ninguno; vinieron cofradías, luces, religiosos y clérigos en cantidad, la Orden de los Caballeros del hábito de San Juan, la de los Terceros de San Francisco, la Congregación de los Familiares [del Santo Oficio] y la de los Sacerdotes de Madrid, compitiendo piadosamente sobre quién había de honrar sus hombros con llevar su cuerpo, y consiguiolo la Venerable Congregación de los Sacerdotes. Empezose el entierro según estaba prevenido, y fue tan dilatado, que estaba la cruz de la parroquia en San Sebastián y no había salido el cuerpo de su casa, con ser tanto el distrito y haber rodeado una calle a petición de Soror Marcela de Jesús, religiosa de la Trinidad descalza y muy cercana deuda del difunto, que gustó de verle. Las calles estaban tan pobladas de gente, que casi se embarazaba el paso al entierro, sin haber balcón ocioso, ventana desocupada ni coche vacío. Y así, viendo una mujer tanta grandeza, dijo con mucho donaire: «Sin duda este entierro es de Lope, pues es tan bueno.» Iban con luto al remate del acompañamiento don Luis de Usátigui, yerno de Lope, y un sobrino suyo en medio del señor Duque de Sessa y de otros grandes señores, títulos y caballeros. Llegaron a la iglesia, recibioles la Capilla Real con música. Díjose la misa con mucha solemnidad, y al último responso, viéndole quitar del túmulo para llevarle a la bóveda, clamó la gente con gemidos afectuosos. Depositose en el tercero nicho por orden del señor Duque de Sessa, con permisión del doctor Baltasar Carrillo de Aguilera, cura propio de la parroquia de San Sebastián, y con declaración de la justicia por el secretario Juan de Piña. Vaciole en cera la cabeza Antonio de Herrera, excelentísimo escultor de Su Majestad, y despidiéronse los amigos, llorando la soledad que les hacía Lope, como quien echa menos una joya que le han hurtado.

Prosiguiéronse las honras hasta el novenario, con la misma costa y autoridad de música y cera que el primer día, y dilatose el funeral último ocho días porque estaba ausente el Padre Fray Ignacio de Vitoria y era el elegido para el sermón, con mucho gozo suyo y de todos los discretos, que a una voz dijeron que tal orador merecía tal difunto, y tal difunto era digno de tal orador. Entretanto que se esperaba este gran día, quiso la Venerable Congregación de los Sacerdotes cumplir con los honores de su hermano amantísimo. Aderezose la iglesia de San Miguel lo mejor que se pudo, sin exceder las órdenes limitadas en la premática. Cubriéronse de luto los bancales del coro, donde asistían los congregantes con sobrepellices, en compañía del licenciado Josef de las Cuevas, su capellán mayor. Acudió gran número de gente, hasta no caber más en la iglesia, con muchos señores que, a lisonja del señor Duque de Sessa y a devoción de Lope, se convidaron ellos mismos. Dijo la misa de pontifical don Fray Gaspar Prieto, obispo de Alguer y electo en Elna. Y predicó el sermón el doctor Francisco de Quintana, de quien me holgara, si fuera posible en mi amor, ser hoy su mayor enemigo, para ponderar sin sospecha de pasión alguna la pureza en el lenguaje, la cordura en el asumpto, la profundidad en los pensamientos, la ternura en las admiraciones, y sobre todo el hablar a propósito, cumpliendo siempre con su entendimiento y su voluntad, que cuando se juntan, todo se acierta.

El lunes siguiente, a las ocho de la mañana, con el deseo de oír al Padre Ignacio de Vitoria, estaba ocupada toda la iglesia, sin que faltase príncipe grande, caballero entendido, cortesano curioso y hombre de buenas letras, unos llevados de la obligación y otros traídos de la curiosidad. Vino la Capilla, cantó el introito. Salió a decir la misa el doctor don Cristóbal de la Cámara y Murga, obispo de Salamanca, si bien el tumulto de la gente ni dejó atender a la misa ni dio lugar a escuchar la música. Púsose en el púlpito el sutilísimo agustino de nuestros tiempos, con muy buena gana de hacer alarde, como lo hizo, de su voluntad en alabanza de un varón tan famoso y en lisonja de un auditorio tan lucido. Mas fue tanto el ruido de los mal acomodados, la inquietud de los que llegaron tarde, el cansancio de los que fueron temprano, el aprieto de algunos y el calor de todos, que no dejó gozar universalmente de la doctísima oración, si bien los que la oyeron bastaron a informar a los demás de lo agudo de sus conceptos, de lo extraño de sus novedades, de lo noticioso de sus letras, de lo gallardo de sus acciones y de lo eminente de sus idiomas, y después lo harán a mejor luz los caracteres de plomo vaciado en la inmortalidad de la estampa.

Al siguiente día dispuso la piadosa Cofradía de los Representantes los honores funerales, con tanto lucimiento como gasto. Vistiose de pontifical para celebrar el mayor sacrificio don Fray Micael de Abellán, obispo de Siria. Cantó la Capilla Real como siempre, sin faltar ninguno de los mejores, con que hicieron la iglesia cielo, y predicó el muy reverendo Padre Fray Francisco de Peralta, antorcha angélica de su sagrada religión de predicadores, y predicador tan felice en esta ocasión, que aun la muda retórica del silencio no basta a ponderarle, porque oró tan a propósito de los méritos del sujeto, tan a medida del gusto de los señores, tan conforme al talento de los doctos, tan bastante al melindre de los entendidos, tan copioso al afecto de los apasionados y tan ajustado al genio de los vulgares, que no pudiendo los unos y los otros sufrir tanto género de sutilezas sin pagárselas de contado, introdujeron en el templo un género de ruido devoto y un linaje de rumor ponderativo, cuyas inquietas admiraciones empezaron en aplausos públicos y acabaron en vítores disimulados. Con que se dio fin a sus exequias, pero no a sus honras, pues ahora las harán eternas con sus elogios panegíricos los divinos Apolos de Manzanares, a imitación del tracio Orfeo, que a pie llevaba tras sí los montes con la dulcísima consonancia de sus himnos.

Sin embargo, el Consejo de Castilla prohibió el homenaje previsto por el Ayuntamiento de Madrid, por la razón que apunta Felipe Pedraza:

Sin duda, las altas esferas no perdonaron al poeta, ni aun después de muerto, la vida irregular que había llevado.

El duque de Sessa, que había costeado las honras fúnebres, incumple en cambio su promesa de edificarle un mausoleo en sus estados, y en alguna de las muchas revueltas del tumultuoso siglo XIX sus restos desaparecen, mezclados con otros en el osario de la parroquia de San Sebastián.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.