«Prosa española» (1977) de José Luis Tejada: el poeta y el papel de la poesía

Respecto al sentimiento de fraternidad universal, José Luis Tejada se refiere en reiteradas ocasiones en su poemario Prosa española[1] a «esta única [familia] que somos»; el mundo es un hogar-tierra en el que todos hemos sido paridos «parientes y parejos». Y nos recuerda que solamente «la ganzúa / derecha del amor» puede salvarnos; y que «Sólo se ha dado al Amor / todo el poder en la tierra»[2].

Hogar-Tierra

Unida a estos dos temas, existe también una reflexión sobre el poeta y el papel de la poesía en «Coplas de las aguas turbias», donde comenta que la poesía se ha hecho ética, comprometida en la denuncia del presente, olvidando que debe ser en primer lugar estética[3]; a su vez, en las «Coplas de la mala racha» Tejada aboga por una poesía, más que social, popular[4]. Por último, en «Cuidemos este son», tras expresar su admiración por todas las modalidades del cante popular, tan querido y practicado por Tejada, manifiesta su deseo de que «el varón dolido y pobre» pueda encontrar en él materia diaria «para la rebelión y la esperanza»[5].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] Esta preocupación por la convivencia humana solidaria no es exclusiva de Prosa española, sino constante en la poesía de José Luis Tejada. En el primer terceto de «Amor es la razón» —de Razón de ser (1967), recogido en Poemía, p. 93— escribía: «Estas con los demás aunque no quieras / y los demás en ti y aun Dios con todos // trascendiendo tu nada con su abismo». En el primer poema de Razón de ser, «Misterio doloroso», afirmaba: «Es vivir irse dando restregones / sangrientos contra el quicio / del corazón más prójimo» (p. 11); y en «La peste a bordo», de ese mismo libro, se mostraba convencido de que «Nos perderemos / si no aprendemos a salvarnos juntos» (p. 47).

[3] «Lo social / se imprime, pero no cunde» (p. 29).

[4] «¿Y si al verso se le echara / una mijita de sal / y un chorrito de agua clara? / ¿Eh?… ¿Qué tal? // A lo mejor resultaba / que no resultaba mal / y a la gente le gustaba. // Y al final, / tal poesía / ¿no sería / más social?».

[5] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

«Prosa española» (1977) de José Luis Tejada: el símbolo de la casa

Como hemos podido comprobar en las entradas anteriores, los principales temas del poemario Prosa española[1] de José Luis Tejada son dos: 1) una reflexión sobre la situación de España tras la guerra civil: el autor ve necesaria en el presente una reconciliación nacional, superadora del pasado, que garantice a todos los españoles un futuro libre y esperanzado[2]; y 2) una llamada a vivir la fraternidad universal de todos los seres humanos, hermanos en Cristo[3].

Para aludir a la situación española, José Luis Tejada recurre en distintas ocasiones a un símbolo claro, el de la casa común. Así, en el poema «Desde mi punto muerto» leemos los versos: «Rencor, memoria muerta, ¿hasta qué día / seguirás infectándonos la casa, / cegando los resquicios al olvido, / emponzoñando incluso la nostalgia?» (p. 14). La imagen reaparece en «Letra para una joven cantante»: «Parece ser —no me lo han dicho— que algo anda mal dentro de casa» (p. 18). Y también en «Cuestión», que empieza con la pregunta: «¿Fue necesario edificar la casa / esta, sobre tamaño monte de escombros vivos» (p. 19). En «Oración por los españoles sin España» se habla de «esta lágrima / que desborda la casa»; y más adelante se desarrolla la idea; el símbolo, teñido hasta ahora con tintes negativos, se carga de matices positivos al augurar que los exiliados, cuando vuelvan a España, se acercarán al calor del fuego de la casa: «Y cuando asomen por la puerta inmensa / de tus lindes […] / que nadie les pregunte […], / que sólo quieren / arrimar más la silla a tu candela» (p. 24). España será para ellos no solo el fuego, sino también el pan y el agua que necesitan para vivir[4]. En suma, ahora el poeta defiende con sus versos la construcción de una España diferente, vista como una casa cómoda y habitable en la que todos tengan cabida.

Casa

En la tercera parte, esa imagen de la casa no se referirá solo a España, sino que se extenderá a todo el mundo. Así, «Dices tú…» es una invitación a no cerrar la cancela del hogar, para que los demás no queden fuera, «privados de tu mesa y tu calor». En cambio, en la sección tercera, «La casa», de «Si alguien mata a Caín», se reitera este símbolo en su lectura negativa: «La casa fue una resta, no una suma»[5].

Volviendo a España, es interesante otra imagen que nos la presenta como un vestido desgarrado: en «Hablando en plata», el poeta protesta: «que ya está bien de desgarrones / sobre la pobre piel de España» (p. 17, tomando la imagen de la superficie de la península como una piel de toro extendida); en el soneto «Exules filii Hispaniae» leemos: «Que ya no más desgarren tus costuras» (p. 21); y en «Oración por los españoles sin España» se dirige a ella como «remendadora de tu propio cuero» (p. 23). En «Desde mi punto muerto» Tejada llama a España «madre común» («y es la madre común la que está en juego», p. 15); y lo mismo en «Oración por los españoles sin España», donde se habla de «Madre común España», y luego de «madre abuela» (pp. 23 y 24); en fin, hay que recordar que el título de la tercera parte del poemario es «Tierra madre», que puede aludir tanto a España como al mundo. Otras imágenes interesantes, aunque menos repetidas, con alusiones únicas, nos presentan a España como una novia con varios pretendientes, cada uno de los cuales quiere que sea de una forma distinta (en «En qué consiste ser español», donde afirma que solo sabemos «matarnos y morir» por sus pedazos, p. 22); también como flor marchita (en «Exules filii Hispaniae», p. 21) y como rosa y viuda fiel (en «Oración por los españoles sin España», p. 23)[6].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] Es preocupación presente en otros libros poéticos de Tejada; por ejemplo, en la «Evocación final» de Para andar conmigo señalaba que era necesario ventilar los campos de Castilla (podemos leer España) «de los rastrojos cárdenos del odio / y de un rencor de brozas amarillas».

[3] Aunque en este poemario no se tocan temas religiosos, esa fraternidad universal que proclama Tejada está basada, se insiste, en que todos somos hijos de Dios.

[4] Tejada no evita alusiones que pudieran resultar sangrantes, como los elevados precios de la vivienda (p. 33) o la referencia a los estraperlistas (p. 36).

[5] Y sigue así: «“Lo mío” fue un “no tuyo”. Signos “menos” / dibujaban la tranca de una puerta, / la lanza, la alambrada del lindero. // Y le crecieron dientes como almenas / a la casa por cima de los techos / y los duros portales se estrellaron / contra las frentes de los más pequeños» (p. 57).

[6] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

Cronología de Pedro Calderón de la Barca (1600-1681)

1600 Nace en Madrid, el 17 de enero, en el seno de una familia hidalga procedente de la Montaña. Es el tercero de los hijos de Diego Calderón de la Barca, escribano del Consejo y Contaduría Mayor de Su Majestad, y Ana María de Henao y Riaño. Es bautizado en la parroquia de San Martín.

1605 Primeros estudios en Valladolid, donde se ha instalado su familia en seguimiento de la Corte.

1606 La Corte regresa a Madrid, y con ella la familia de Calderón.

1608 Ingresa en el Colegio Imperial de la Compañía de Jesús de Madrid, donde seguirá hasta 1613.

1610 Muere su madre.

1614 Ingresa en la Universidad de Alcalá, donde estudia Lógica y Retórica. Su padre se casa en segundas nupcias con doña Juana Freyle.

1615 Tras la muerte de su padre, abandona la Universidad de Alcalá y pasa a la de Salamanca para estudiar Cánones (inicio de su carrera eclesiástica, a la que estaba destinado para heredar una capellanía familiar). Sigue sus estudios hasta 1619: se gradúa como bachiller en ambos Derechos, pero no consta que alcanzase el título de licenciado. Adquiere una sólida cultura (gramática, latín, griego, teología…), que constituirá la base para la profundidad de su pensamiento. Participa en las justas poéticas por la beatificación de Santa Teresa.

1616 Los hermanos Calderón están bajo la tutela de su tío, don Andrés Jerónimo González de Henao.

1618 Concluye el pleito con la madrastra sobre la herencia del padre.

1620 Acude a Madrid, donde es premiado en las justas para la beatificación de San Isidro, de las que es mantenedor Lope de Vega.

1621 Decide no ordenarse sacerdote y seguir la vida militar. Implicación de los hermanos Calderón en el homicidio de Nicolás Velasco. Problemas económicos. Se vincula a la nobleza entrando al servicio del Condestable de Castilla, don Bernardino Fernández de Velasco.

1622 Obtiene el tercer premio en las fiestas de la canonización de San Isidro, Santa Teresa, San Ignacio, San Francisco Javier y San Felipe Neri.

1623 Estreno el 29 de junio, por Juan Acacio Bernal, de la que tradicionalmente se había tenido por primera comedia de Calderón, Amor, honor y poder, en el Palacio Real de Madrid (recientemente se ha descubierto que esa primera comedia suya sería La selva confusa). Se dedica desde entonces a escribir comedias. Es dudoso que participase en las campañas militares del Milanesado y Flandes, acompañando al duque de Frías.

1624 Estrena Nadie fíe su secreto.

1625 Estrena La gran Cenobia y también El sitio de Bredá, en el Salón Grande del Alcázar de Madrid, para celebrar la toma de Bredá por Ambrosio de Spínola.

1626 Mejora la situación económica gracias a la venta del empleo paterno.

1627 Estrenos de La cisma de Ingalaterra y La devoción de la cruz.

1628 Estrenos de Luis Pérez, el gallego, El purgatorio de San Patricio y Saber del mal y del bien.

1629 Persiguiendo al cómico Pedro de Villegas, que había herido a su hermano Diego, Calderón quebranta la clausura del convento de las Trinitarias. Tras las quejas de Lope de Vega y fray Hortensio de Paravicino, el propio monarca interviene en el asunto. Su renombre de dramaturgo va aumentando, conforme va creciendo su producción teatral. Se estrenan La dama duende, Casa con dos puertas mala es de guardar, El galán fantasma y El príncipe constante.

1631 Estrenos de El astrólogo fingido y Mejor está que se estaba.

1632 Estreno de La cena del rey Baltasar, auto sacramental.

1633 Escribe, entre 1633 y 1636, Los cabellos de Absalón.

1634 Para celebrar la inauguración del Palacio del Buen Retiro se estrena el auto sacramental El nuevo palacio del Retiro.

1635 Estrena El médico de su honra. Tras la muerte de Lope de Vega, se gana el aprecio del público con sus piezas para los corrales de comedias de la Cruz y del Príncipe. Además, se convierte en el dramaturgo favorito de la Corte y es nombrado director de las representaciones palaciegas. La noche de San Juan, en el estanque del Retiro, estrena El mayor encanto, amor. Polémica con Cosme Lotti (Calderón defiende que los efectos escenográficos han de estar al servicio del texto dramático, y no al revés). Concluye la redacción de La vida es sueño.

1636 Publicación, al cuidado de su hermano José, de la Primera parte de sus comedias, que se abre con La vida es sueño. Quizá estrena este año El alcalde de Zalamea. Estreno de Los tres mayores prodigios, en el que intervienen tres compañías, las de Tomás Fernández, Pedro de la Rosa y Sebastián de Prado.

CalderondelaBarca

1637 Recibe en abril el hábito de Santiago, que había solicitado el año anterior. Aparece la Segunda parte de comedias, en la que figura El médico de su honra. Entra al servicio del duque del Infantado, con el que permanece hasta 1640. Por encargo del Ayuntamiento de Yepes (Toledo) escribe para las fiestas del Corpus El mágico prodigioso. Estrena también El mayor monstruo del mundo, A secreto agravio, secreta venganza y No hay burlas con el amor.

1638 Probable participación —aunque no documentada— en los combates para liberar Fuenterrabía del cerco de las tropas francesas.

1640-1641 Guerra de Cataluña: tras componer para Palacio Certamen de amor y celos, sale a la campaña. Se distingue como soldado, siendo herido en el sitio de Lérida.

1642 De nuevo en Cataluña, pide y obtiene el retiro del ejército.

1644-1649 Se dedica a la composición de autos sacramentales, de los que detentará prácticamente la exclusiva durante décadas: La humildad coronada, El socorro general, El pintor de su deshonra… El Ayuntamiento de Madrid le encargará dos autos cada año, que le paga generosamente. Reside temporalmente en Toledo, pero en 1645 regresa a Madrid. Baja su producción dramática porque los corrales de comedias permanecen cerrados tras la muerte de la reina Isabel de Borbón en 1644 y del príncipe heredero Baltasar Carlos en 1646. Tiene amoríos, de los que nace un hijo natural, Pedro José, que muere prematuramente. Fallece también su hermano José en 1645. Entre 1646 y 1649 sirve a don Fernando Álvarez de Toledo, sexto duque de Alba, y se retira a Alba de Tormes.

1647 Muere su hermano Diego.

1649 Regresa a Madrid para las celebraciones del matrimonio de Felipe IV con Mariana de Austria. Probablemente es de este año El gran teatro del mundo, comedia.

1650 Ingresa en la Orden Tercera de San Francisco. Estreno de El pintor de su deshonra, drama.

1651 Recibe la ordenación sacerdotal. A partir de entonces, Calderón abandona el teatro profano para los corrales y solo compone autos sacramentales y comedias para fiestas de la Corte (teatro para Dios y para el rey).

1652 Se estrena La fiera, el rayo y la piedra. Su nuevo colaborador escenográfico es Luigi Baccio del Bianco. El éxito de la obra (que dura siete horas y cuenta con siete mutaciones de escenario) es total y se suceden cuarenta representaciones seguidas.

1653 Alcanza el cargo de Capellán de los Reyes Nuevos de la catedral de Toledo. Frecuentes viajes a Madrid. Estreno de Andrómeda y Perseo.

1655 Estreno de El gran teatro del mundo, auto.

1657 Estreno de El golfo de las sirenas, en el cazadero de la Zarzuela.

1658 Estreno de Los tres afectos de amor: piedad, desmayo y valor, a cargo de dos compañías, las de Diego Osorio y Bartolomé Romero.

1660 Compone una ópera, La púrpura de la rosa, que se estrena en el Retiro para festejar la boda de la infanta María Teresa con Luis XIV.

1661 Estrenos de Eco y Narciso y El hijo del Sol, Faetón.

1663 Nombrado Capellán de Honor del rey, se traslada definitivamente a la Corte.

1664 Aparece la Tercera parte de comedias, a cargo de Domingo García Morrás. Estreno de La hija del aire.

1665 Muere Felipe IV y, debido al luto, se suspende la actividad teatral en la Corte, cuando el éxito de Calderón es absoluto.

1666 Es nombrado Capellán Mayor de la Congregación de Presbíteros naturales de Madrid.

1669 Estreno en el Buen Retiro de Fieras afemina amor, en el cumpleaños de la reina regente, Mariana de Austria. Nombrado Capellán Mayor de Carlos II.

1670 Estreno de Sueños hay que verdad son. Desde este año se representan sus autos en Lima.

1671 Participa en el certamen poético en honor de la canonización de San Francisco de Borja.

1672 Sale la Cuarta parte de comedias, a cargo de José Fernández de Buendía, con prólogo del propio Calderón. Estreno de La estatua de Prometeo. Se representa en la corte virreinal de Lima Galán, valiente y discreto.

1673 Estreno de La vida es sueño, auto sacramental.

1677 Quinta parte de comedias, sin autorización del autor, a cargo de Antonio la Caballería (Barcelona) y Antonio Francisco de Zafra (Madrid). Se publica también un volumen con doce de sus autos sacramentales.

1679 Se le otorga por real cédula una «ración de Cámara en especie» por la real despensa dada su «crecida edad» y «muy cortos medios».

1680 El 3 de marzo, con motivo del Carnaval, se estrena su última comedia, Hado y divisa de Leonido y Marfisa.

1681 A petición del duque de Veragua, Calderón prepara una lista de sus obras. Escribe El cordero de Isaías. Otorga testamento el 20 de mayo y muere el 25 de ese mismo mes, cuando estaba trabajando en el segundo auto del Corpus del año siguiente, La divina Filotea, que sería completado por Melchor de León. Es enterrado en la iglesia de San Salvador de Madrid. La muerte de Calderón marca el final simbólico del Barroco literario español. Al año siguiente, Vera Tassis comenzará la publicación de sus Comedias, en nueve partes[1].


[1] Existe bibliografía sobre la vida de Calderón de la Barca, desde la decimonónica Biografía documentada de don Pedro Calderón de la Barca, de Felipe Picatoste y Rodríguez, publicada en Madrid en 1881, hasta la reciente de Don W. Cruickshank, Calderón de la Barca. Su carrera secular, trad. de José Luis Gil Aristu, Madrid, Gredos, 2011 [publicada originalmente en inglés: Don Pedro Calderón, Cambridge, Cambridge University Press, 2009], pasando por otros trabajos como el de Cristóbal Pérez Pastor, Documentos para la biografía de don Pedro Calderón de la Barca, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Fortanet, 1905, o el de Ángel Valbuena Briones, «Revisión biográfica de Calderón de la Barca», Arbor, 94, 1976, pp. 17-31. Son también de mucha utilidad, entre otras, las síntesis biográficas de Felipe B. Pedraza Jiménez, Calderón. Vida y teatro, Madrid, Alianza Editorial, 2000; y de Ignacio Arellano, Calderón y su escuela dramática, Madrid, Ediciones del Laberinto, 2001. En la Universidad de Navarra, el Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO), bajo la dirección del Dr. Ignacio Arellano, desarrolla sendos proyectos consistentes en la edición de los «Autos sacramentales completos de Calderón de la Barca» y las «Comedias completas de Calderón de la Barca» y coordina la publicación del Anuario Calderoniano, revista académica dedicada monográficamente al estudio de la vida y la obra del dramaturgo madrileño.

 

«Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque» de José Robreño: elementos humorísticos

El humor es un ingrediente importante en Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duqueobra dramática de José Robreño[1], que merece un pequeño comentario aparte. Es portado fundamentalmente por Sancho Panza (sus constantes rifirrafes con la dueña Rodríguez, su cobardía, sus refranes y cuentos[2]…). A la dueña la llama doña González (vv. 103-104), cambiándole el nombre, alude a sus muchos años (vv. 138-144), pone de manifiesto su fealdad al final del Acto Primero…; y la rivalidad sigue después (véanse los vv. 801 y ss.), amontona comentarios jocosos sobre su aborrecimiento a las dueñas (vv. 1006-1007), etc., etc.

En una ocasión, Sancho Panza se queja graciosamente de que son los caballeros, y no sus escuderos, los que se llevan toda la fama de las aventuras (vv. 986 y ss.). Humorísticas son las agudas respuestas del escudero en las tareas que afronta y los casos que resuelve durante su gobierno, y especialmente risible es la frustrada comida del gobernador, con el desfile de platos enfáticamente prohibidos por el médico.

ComidaGobernador

El humor está presente asimismo en los diversos apodos[3] que una enojada Altisidora dirige a Sancho Panza, quien estaría dispuesto a darle su mano si no estuviera ya casado:

… molde de botijo,
gaita gallega sin flautas,
pellejo de poner vino,
sapo hinchado de verano,
de comprador esportillo… (vv. 1848-1852).

En fin, aparte de algún chiste tópico sobre la espera de los judíos (vv. 1757-1758), merece la pena recordar la forma en que Sancho Panza agradece al Duque su oferta del gobierno de la ínsula; cuando el noble le dice que debe ser agradecido, él le responde:

No tenéis que prevenirlo
porque juro serlo tanto,
que estoy deseando os caigáis
de cabeza en un barranco
para echarme yo detrás
solamente por libraros (vv. 591-596)[4].


[1] He manejado la edición original (Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque. Comedia en cuatro actos y en verso original de don José Robreño, Barcelona, en la imprenta de J. Torner, 1835), pero las citas del texto serán por número de versos, que corresponden a la edición moderna que estoy preparando en la actualidad.

[2] Ver los relatos de Sancho insertos en los vv. 433 y ss. y en los vv. 515 y ss.

[3] Estas acumulaciones de insultos constituyen una modalidad frecuente de la jocosidad disparatada, compartida por subgéneros como el entremés o la comedia burlesca.

[4] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Una recreación dramática del Quijote en pleno triunfo romántico: Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque (1834-1835), de José Robreño», en Alexia Dotras Bravo, José Manuel Lucía Megías, Elisabet Magro García y José Montero Reguera (eds.), Tus obras los rincones de la tierra descubren. Actas del VI Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas (Alcalá de Henares, 13 al 16 de diciembre de 2006), Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2008, pp. 535-554.

Análisis temático de «Prosa española» (1977) de José Luis Tejada (4)

La cuarta sección de Prosa española[1], «El maestro», se refiere a Cristo, cuya Cruz es bellamente interpretada como un signo más frente a tantos signos menos alzados por los hombres; el yo lírico se lamenta de que no se haya entendido su mandato de amor fraterno, «Amaos». Y el siguiente poema, «No (Salmodia pobre por los torturados)» (pp. 69-70), insiste por enésima vez en la necesidad de cultivar el amor entre los hombres, entre hermanos, pues que todos lo somos en Dios, como expresa esta quintilla:

Somos un Todo sagrado
capaz de herirse a sí mismo.
Somos un místico abismo
de fondo nunca explorado.
Eres, somos, soy sagrado.

Luego manifiesta su voluntad de hacer algo por los más desprotegidos: «Quiero querer ofrendarme / por todos los maltratados». Explica que en esta vida todos debemos vernos reflejados en los otros, mirarnos en las caras de los demás como en un espejo, porque todos somos hermanos. Y luego exclama: «Caiga el arma de la mano», «Danos a luz. Abre el día»; tales son las peticiones que hace al Amor, cuyo poder ha proclamado en este poema, y que así, con mayúscula, debemos identificar con Dios.

«Futuro perfecto» (p. 71) expresa la idea de que nuestros nietos se sorprenderán de la violencia de finales del siglo XX, de este «turbio ahora» en el que encuentra «toda esa verdinegra, casi sólida hiel» y «chorros, diluvios de violencia»; pero ellos, en fin, podrán salvar las «turbias tapias» que impedían «este sol que trajimos / salvajemente hasta su paz de entonces». En «Sodoma» (p. 72) el poeta se dirige a un tú que solo sabe hablar de «los míos»[2], recordándole que para salvar las dificultades se precisa «un puente de hombros múltiples» del que cada uno de nosotros es un tramo. Le recuerda asimismo que todos, esclavos o verdugos, somos «de la simiente de Eva / y de Cristo» y que «Lo que peligra es toda la ciudad», apostillando: «Y al cabo, quién te dice que no eres / tú ese justo que faltas / para la cifra que nos salve a todos»[3].

Sodoma

El último poema, «Delitos» (p. 73), empieza recordándonos que: «Toda guerra es civil, toda reyerta, / familiar, / todo pleito injusto, todo / fallo fallido si condena». Todos somos culpables, parece querer decir el poeta, de esa sarta de males que atenazan al mundo: violencias, ofensas, violaciones, ejecuciones, raptos… Incluso los que callan —«la abstención congelada de los indiferentes»— cometen un crimen. Además, todos estos delitos tienen el agravante «de alevosa consanguinidad» por ser cometidos contra nuestros propios hermanos. El poemario se remata con una composición de dura condena, y con un tono que parece negativo o desesperanzado. Sin embargo, no deja de ser significativo que la última palabra sea precisamente consanguinidad, que nos recuerda la idea que Tejada ha defendido en esta tercera parte: que todos los hombres somos una sola sangre, seamos blancos, negros, azules o amarillos[4].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] La misma idea en otros dos poemas anteriores, «Dices tú» y «Si alguien mata a Caín».

[3] El lema es «No destruiré la ciudad en atención a los diez (Yahvéh)» (palabras que corresponden al pasaje bíblico en que Abraham intercede por Sodoma, Génesis, 18, 20-32).

[4] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

Análisis temático de «Prosa española» (1977) de José Luis Tejada (3)

Tras el paréntesis monográfico que supone el «Tríptico de la libertad» (que plantea un tema no ajeno, sino indirectamente relacionado con lo que se ha expuesto antes: sin libertad, sin libertades, será difícil lograr la reconciliación nacional), los doce poemas de la tercera parte de Prosa española[1], «Tierra madre», buscan elevar a categoría universal los temas que preocupan a Tejada: ahora ya no se trata tan solo de una reflexión sobre España y los españoles, sino que el poeta salta por encima de las fronteras de su propio país y entona un exaltado canto a la fraternidad universal. Así sucede desde el primer poema. En efecto, «Dices tú» (p. 55) es un apóstrofe dirigido a todas aquellas personas que solo son capaces de ver la realidad más inmediata, sin darse cuenta de que existen otros problemas verdaderamente sangrantes en el mundo a los que deberíamos poner remedio:

Hay más hijos sin padres que con ellos,
hay más padres con hambre que con pan
y son tu misma sangre, blancos, negros
o amarillos, cual tú, nietos de Adán[2].

Blancos_Negros_Amarillos

Sigue un bello verso que recuerda a todas esas personas: «Tu familia no acaba en tu cancela»; los aludidos deben abrir al prójimo las puertas del hogar, que no son otras que las puertas del corazón. Tejada proclama aquí la hermandad universal de todos los hombres, unidos «en el parentesco en Cristo»[3].

En «Cargos» (p. 56), el yo lírico acusa a todos —incluso a las palomas, al agua clara, al sol, a la voz del viento…—, y, sobre todo, se acusa a sí mismo del horrible «crimen del silencio», entonando el mea culpa con estas palabras: «Debí gritar al ver que amordazaban / al alba, pero tuve pena y miedo». Por su tono, este poema se aproxima más a los de la primera parte que aludían a la situación española (silencios cómplices durante la guerra y la posguerra), aunque la ausencia de expresiones localizadoras concretas[4] podría conferirle también alcance universal. En cambio, «Lo peor» (pp. 57-58) retoma claramente la misma idea expuesta en «Dices tú…», y empieza:

No se trata de extraños; es la misma familia.
Ni animales ni monstruos ni marcianos.

Hombres como vosotros y yo, niños, mujeres,
tan inmortales como el Cristo mismo,
sencillamente pasan hambre.

Tejada da un nuevo aldabonazo en el corazón del lector para recordarle —para recordarnos a todos— los deberes que nos impone la fraternidad universal como hijos de Dios: todos los hombres formamos esa «familia total» de que habla y cada uno de nosotros debe remediar en primer lugar la indigencia más cercana, socorrer a los sujetos de cualquier sangre sea «blanca, negra, amarilla», pues debe ser «sangre unamente sentida». «Luego hablaremos de otras muchas cosas, / todas ellas menores…», añade. Porque no puede haber poesía, en el sentir del poeta, mientras existan injusticias por reparar.

En los textos siguientes irán alternando los poemas que tienen lecturas en referencia específica a la situación española y los que cabe interpretar en clave universal, aunque a veces la diferencia sea difícil de establecer con precisión. A la realidad española parece aludir, con desesperanza, «Abril negro y cerrado» (p. 59), que es, según indica el subtítulo, un «Aborto de soneto», peculiar por la acumulación de encabalgamientos, la introducción de giros coloquiales y la abundancia de juegos de palabras y creaciones léxicas; el texto insiste en los aspectos más negativos, con expresiones como bilis, agrio cuajo del rencor, «un invierno eterno y sin abriles» en el que llueve y no nieva… (que recuerdan las imágenes de «Desde mi punto muerto») para acabar con un resignado «En fin, paciencia», porque nada cambia y todo sigue igual.

«Villancicos para una tregua»[5] (pp. 60-61) insiste en la idea de la deseada unidad fraternal de blancos, negros y amarillos; los grupos rivales son capaces de hacer una tregua para cenar, pero no de salvar «el abismo / entre fiera y fiera humana» y firmar una paz duradera: «Por ahora, todos hermanos; / pero el machete, cercano, / al alcance de la mano». Y acaba con la pregunta desesperada del poeta, que no comprende: «Si hay tregua, ¿por qué no hay paz?».

El comienzo de «Formalidad» (pp. 62-63) recuerda la serie de Miguel d’Ors sobre «La segunda mitad del siglo XX», época en la que siguen imperando en muchos lugares de la tierra el hambre y la miseria, el analfabetismo y las guerras. El poeta constata: «Aún nos sobra miseria en el planeta / y hay tanta boca por saciar…» (p. 62). Las guerras, en concreto, explica el yo lírico, son algo necesario porque constituyen un inmenso negocio y, por tanto, seguirá habiéndolas mientras haya quien se beneficie de ellas (esos banqueros, empresarios, etc. a los que se dirige pidiéndoles irónicamente formalidad). Sin embargo, cabe depositar cierta esperanza en la religión y en los hijos, que son el futuro: «Yo tengo un hijo como un árbol / que está aprendiendo ya a rezar».

En «Tened, hijos» (p. 64), que insiste en que ellos son el «futuro nuestro», el poeta les ofrece la paz que su generación ha vislumbrado, aunque no alcanzado del todo: la generación anterior fue la de la guerra; la suya ha estado a punto de arribar al puerto de la paz, aunque no lo ha logrado todavía; en cambio, «Vosotros ya poseeréis las paces», y entonces:

Hambre, guerra, dolor y otras miserias
serán ya apenas fúnebres recuerdos.
Seréis verdad, la muerte ya bien muerta,
y aún jugaréis con el dogal del tiempo.

«Si alguien mata a Caín» (pp. 65-68) es un poema dividido en cuatro secciones, «La soga», «La cadena», «La casa» y «El maestro»[6]. La primera habla de la familia universal, del «gremio» que todos los hombres constituimos sobre «este hogar-tierra». La segunda nos recuerda que las víctimas de hoy fueron ayer verdugos y viceversa: «Lo urgente es cercenar esta cadena, / esta sarta suicida y sin remedio», pues —insiste el poeta— todos somos iguales, «blancos, negros, azules y amarillos»; tan solo nos pide que «nos descangilonemos / ya mismo» de esta noria, poniendo fin a la «rueda de rencores» en que vivimos inmersos, porque si no «no va a quedar ni quien lo cuente luego». En la tercera sección se lamenta del nacimiento de expresiones como «lo mío» (que es un «no tuyo»[7]), y añade:

 Se olvidó, se ignoró el sabor divino
del compartir del pan, del compañero.
La alegría de dar, de darse, herida,
arrastró su agonía por los suelos (p. 67)[8].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] Y más adelante leemos: «Porque no oyes las voces de hambre y de frío, / de ignorancia, dolor y soledad. / Te hace falta una trompa en el oído / y en el ojo un cristal de claridad».

[3] «El parentesco en Cristo, ¿no te basta? / ¿Es que aún no les has reconocido / tu misma, miserable, condición?».

[4] Salvo, quizá, la alusión final a «nuestros campos».

[5] Empieza con el verso de un célebre villancico tradicional: «Esta noche es nochebuena / porque no suena el cañón… / pero mañana ya suena» (p. 60).

[6] Lleva dos textos preliminares, una cita del Génesis, que proporciona el título, y un apunte entresacado de la prensa diaria sobre el ajusticiamiento de catorce hombres en Bagdad.

[7] Esta idea estaba anticipada en unos versos de «Dices tú…», donde leemos: «Tú dices: “hijo mío…, hermano mío” /hablando torpemente en singular / porque no ves los ojos de otros niños / que acechan desde fuera de tu hogar» (p. 55). Y al comienzo de «Sodoma» acusa a otra persona de decir también «Los míos» y «Cada uno […] a lo suyo» (p. 72).

[8] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

«Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque» de José Robreño: personajes

En esta pieza dramática, Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque, de José Robreño[1], cada personaje responde, grosso modo, al patrón del modelo serio: don Quijote es el caballero andante, desfacedor de entuertos, enamorado ideal de Dulcinea (personaje meramente aludido, como en la novela), y queda retratado en diversos parlamentos, propios o de otros personajes: «en su cerebro / cabe lo más imposible / de asuntos caballerescos, / y cree lo que no es dable / que suceda ni por sueños» (vv. 660-664), dice el Mayordomo; el Criado 2.º se refiere a él como «el asombro del esfuerzo, / el vencedor no vencido / y piadoso caballero / don Quijote de la Mancha» (vv. 738-741); el propio don Quijote razona así: «… porque un caballero andante, siendo favorable el tiempo, / puede ser señor del mundo» (vv. 860-862); como «Flor de la caballería, / de los osados espejo» (vv. 1146-1147) lo encomia el Duque, etc. En fin, su austeridad de caballero andante se refleja en este parlamento:

QUIJOTE.- Los caballeros, señor,
que profesan, cual profeso,
la andante caballería,
no buscan sitios amenos:
en los más áridos montes,
en los bosques más espesos,
donde es mayor el peligro,
allí deben morar ellos;
ni el calor en el verano,
ni el crudo yelo en invierno,
el hambre, la sed y otros
naturales contratiempos
son para su profesión
atractivos estupendos (vv. 675-688).

Don Quijote en el bosque

Por su parte, Sancho Panza es el escudero bonachón, pragmático y agudo. Si don Quijote se caracteriza lingüísticamente por el uso de la fabla caballeresca, a Sancho le corresponden el estilo jocoso y, especialmente, el empleo de refranes: «Si te quieren, vales algo» (v. 618), «quien no come, no trabaja» (v. 1587, con inversión de la formulación normal), «Bien está San Pedro en Roma» (v. 1680), y otros ejemplos, a veces acumulados en una larga serie:

… que el vientre lleva las piernas,
y gran susto, gran torrezno,
y muera Marta y muere harta,
y manducar es primero:
quien no come no pelea,
y por el pan baila el perro (vv. 695-700).

Sarta que desata el comentario airado de don Quiote: «Sancho, basta de refranes, / que eres pesado en extremo» (vv. 701-702).

El censo de personajes alcanza una cifra de 9 con una intervención destacada y otros 13 que quedan en un plano secundario. Los Duques, Altisidora, el Mayordomo, etc. tienen una caracterización típica, pudiendo decirse que, en líneas generales, se comportan y hablan como en el modelo cervantino[2].


[1] He manejado la edición original (Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque. Comedia en cuatro actos y en verso original de don José Robreño, Barcelona, en la imprenta de J. Torner, 1835), pero las citas del texto serán por número de versos, que corresponden a la edición moderna que estoy preparando en la actualidad.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Una recreación dramática del Quijote en pleno triunfo romántico: Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque (1834-1835), de José Robreño», en Alexia Dotras Bravo, José Manuel Lucía Megías, Elisabet Magro García y José Montero Reguera (eds.), Tus obras los rincones de la tierra descubren. Actas del VI Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas (Alcalá de Henares, 13 al 16 de diciembre de 2006), Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2008, pp. 535-554.

Análisis temático de «Prosa española» (1977) de José Luis Tejada (2)

La segunda parte de Prosa española[1], «Tríptico de la libertad», se encabeza con una cita de Paul Eluard, «Yo he nacido para conocerte, para nombrarte, Libertad», y consta de tres sonetos, cada uno presidido a su vez por otra cita sobre este tema[2].

Libertad1

En conjunto, estos textos constituyen, con su entramado de citas, una profunda reflexión del yo lírico: el primero, con sus abruptos encabalgamientos, presenta la libertad como un bien necesario a todos, pero difícil de alcanzar («un espejo ilusorio que molesta / en los ojos del alma y los riñones»); el segundo es una interrogación sobre la libertad personal del hombre frente a Dios[3]; el tercero expresa una entusiasta afirmación de la propia libertad del yo lírico:

Soy libre. Claro que soy libre. Claro
que lo soy, pues que sigo, pues que paro
según me da el amor, según me suda.

Libre y capaz, y tanto, que me fundo
en libertad, y en libertad me hundo
como un dardo en el centro de mi duda[4].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] El primer soneto lleva unas palabras de Ruskin: «… ese fantasma que los hombres llaman libertad»; el segundo figura precedido por una cita de Amado Nervo: «Libertad divina, ¿dónde anidarás?»; el tercero se encabeza con la gozosa afirmación de Cervantes «Libre nací y en libertad me fundo». Este tercer lema es el último verso de un famoso soneto de Gelasia incluido en el Libro IV La Galatea de Cervantes (ver Obras completas, ed. Florencio Sevilla Arroyo, Madrid, Castalia, 1999, p. 137b), que Tejada recupera haciendo a su vez un juego de palabras: «me fundo / en libertad, y en libertad me hundo».

[3] Al menos, así interpreto los últimos versos: «Suponiendo, que no es suponer poco, / que no sea presa de un pescador loco / que me saque del mar por las agallas».

[4] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

Análisis temático de «Prosa española» (1977) de José Luis Tejada (1)

La primera parte de Prosa española[1], «Entre nosotros», se inicia con un breve poema, más bien unos versos preliminares a modo de envío, que resultan harto claros:

Estos versos se quedan solos
pues no halagan rencor ni rabia.

Por un centro vacío van derechos
al corazón dolido de la patria.

De ambos lados silban o tiran,
amenazan o halagan.

Pero ellos, sordos y ciegos
a los miedos y a la esperanza,
van buscando el amor que une,
el olvido que todo lava,
no el perdón, la única que puede
perdonarnos, se llama España,
el respeto a las divergencias
y a otras pocas cosas sagradas
para así preparar las sendas
a un futuro sin más revanchas.

Sin más extremas, diestras, siniestras,
que nuestras manos para enlazarlas (p. 13).

«Desde mi punto muerto» (pp. 14-15) alude ya a la experiencia de la guerra civil («la reyerta / aquella»); el poeta va enlazando imágenes que connotan el mal, la división y el dolor por ella causados: furia, batalla, luces combatidas, sangre, rencor, infectar, emponzoñar, metralla, bilis, llagas…, y también uñas hurgando en las heridas para que no cicatricen; la voz lírica —que cabe identificar en todos estos poemas con el autor— se dirige a un vosotros, a los que aplica el calificativo de caínes, y se lamenta, como Unamuno, con un «a mí también me duele España»; finalmente manifiesta su intención de no callar: «Porque estoy como Cristo, entre dos reos, / entre la tiranía y la venganza, / y es la madre común la que está en juego, / yo puedo y debo gritar: ¡Basta!». En «Hablando en plata» (pp. 16-17), la voz lírica endereza su discurso, «Desde el monte de mi edad plena», a los jóvenes, depositando en ellos la esperanza para superar la situación antes descrita: «os diría que el mundo es vuestro / y aún más vuestro será el mañana»; atrás deben quedar la ignorancia, la muerte, la venganza, la violencia infructífera. Y acaba: «Que aún supuran las cicatrices / de unas tierras acribilladas; / que ya está bien de desgarrones / sobre la pobre piel de España». En conjunto, el poema es una exhortación a los jóvenes españoles, que deben buscar para el futuro las raíces que les unen, no las que les separan.

«Letra para una joven cantante» (p. 18) contrapone los símbolos negativos (los heredados, que hay que dejar atrás) y los positivos (los que deben predominar en el porvenir); así, su voz limpia y sin horas se opone a tugurio de asechanza; la luz fresca de algas a cobacha sorda, oscura. La cantante aporta esa voz que «carece de repliegues»: «Contra el temor, contra la envidia, / contra el rencor, contra la espada, / yo traigo un chorro de voz limpia / para regaros la esperanza». Con su mano tendida y su corazón que no oculta nada, esa cantante se convierte en un símbolo de la reconciliación nacional[2].

Mano y corazón

El siguiente poema, «Cuestión» (pp. 19-20), plantea la pregunta de si fue necesaria la guerra del 36, con su olor a pólvora, las denuncias de unos y otros y los disparos dirigidos «al centro de la vida»; insiste en que la contienda bélica fue «un rencor de dos caras» y comenta que, en el futuro, habrá de ser para los españoles «sermón de escarmiento avergonzado».

«Exules filii Hispaniae» (p. 21), cuyo título parafrasea una expresión de la «Salve», es un emotivo soneto que equipara a España con una «flor añeja / casi marchita ya»; se trata de un apóstrofe a la «descoyuntada patria» para que atienda su queja de reparar la orfandad de esos desterrados hijos de España, de forma que puedan volver a vivir y a morir en el suelo hispano: «Que no le nieguen / los jugos de su cuerpo a tus cosechas», acaba; al mismo tiempo, manifiesta su deseo de que desaparezcan las divisiones «de izquierdas y derechas». La composición que viene después, otro soneto, define «En qué consiste ser español» (p. 22); el primer cuarteto resulta significativo:

Llamamos español a ese agrio modo
de entendernos, de no entendernos, vaya.
De alzarnos cada cual, torre o muralla,
contra nosotros y otros, contra todo.

Esa especie de predisposición española para la disensión, ese querer hacer cada uno las cosas a su modo, es la explicación de que, como dirá luego, no haya solo dos Españas, sino todas cuantas podamos imaginar[3].

Encontramos a continuación la bella «Oración por los españoles sin España» (pp. 23-24), encabezada por una cita de san Lucas: «Porque atardece y el día ya ha declinado», donde el poeta ve a la «madre común España» («madre-abuela», dirá luego) como una rosa y como una fiel viuda. Es, de nuevo, un apóstrofe a la patria puesto en boca de «el menor de tus hijos», que habla por «tantos otros tuyos / enajenados de tu paz». Retomando la idea de «Exules filii Hispaniae», manifiesta su esperanza de que los españoles que están en el exilio podrán regresar a su país, «como que son de casa», y se arrimarán al fuego del hogar común:

Que sí que volverán. Nadie se puede
conformar sin la tierra. Morirse sin la tierra
no es siquiera posible […]
Claro que vuelven…

En «Loco con el mismo tema» (p. 25) se dirige a Antonio Machado, para constatar, en tono semifestivo, que la España mejor que él anhelaba, superadora de viejos conflictos y diferencias, está todavía por construir: «que el porvenir todavía / sigue estando por venir». «Coplas de las aguas turbias» (pp. 26-34) es una composición más larga, a la que sirven de lema los versos tradicionales: «Turbias van las aguas, madre. / Turbias van, / mas ellas aclararán». Está formada por trece estrofas en las que, además de volver sobre la guerra y las diferencias de las dos Españas, se introduce un nuevo tema, la reflexión sobre el arte social. Sin embargo, hacia el final se insiste en el recuerdo de la guerra: a eso aluden las aguas turbias del título, en las que medran, como en todo río revuelto, aquellos «jugadores de ventaja» que se aprovechan de la situación[4] de un país envuelto en sangre y lodo y sin pan. Su deseo vehemente es «¡Que esta sangre no se pierda!» (p. 32); y, de hecho, el poema acaba con la esperanza de que las aguas aclararán.

Sencilla pero muy eficaz, con el efecto sorpresivo que producen los ripios buscados, las rimas internas y las asociaciones humorísticas entre elementos dispares[5], es la «Letanía de las reconciliaciones» (pp. 35-38), basada en la anáfora de bendito, -a, -os, -as, que incluye a unos y otros, a todos, y que podría resumirse en ese «bendito sea mi amigo / y mi enemigo» que leemos en la p. 36. Las «Coplas de la mala racha» (pp. 39-40) vienen a ser un eco de las «Coplas de las aguas turbias», pues también estas sirven para reflexionar sobre la poesía social; el poeta, en cambio, aboga por una poesía sencilla, que se caracterice por su gracia y claridad. En fin, «Cuidemos este son» (pp. 41-44), título tomado para una antología póstuma del autor, expresa la admiración del poeta ante las distintas modalidades del cante popular (el fandango, la soleá, la malagueña, la alboreá, la seguiriya…).

En esta primera parte, el tema predominante ha sido la constatación de las divisiones existentes en España tras la guerra civil y el apunte de algunas soluciones que se deben aportar para recuperar la paz y la concordia, la convivencia pacífica «Entre nosotros»; no obstante, hacia la parte final, ese tema ha dejado paso o, mejor, se ha imbricado con una reflexión sobre el quehacer del poeta, la poesía social y el cante popular[6].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] En otra entrada veremos el importante papel que el cante y la poesía en general desempeñan en el pensamiento de Tejada: si de la Poesía —así, con mayúscula— dice que debe ser «ese pan de cada día» (p. 31), el cante, que es «verbo en pie» (p. 41), será igualmente «eucaristía comunal» (p. 43).

[3] En «Coplas de las aguas turbias» leemos: «—Pero… ¿hay una España o dos? / —Hay todas las que usted quiera» (p. 32).

[4] Luego dirá que «Para ser un malnacido / no hace falta renegar / de la patria. Basta dar / la espalda a un presente urgido» (p. 34).

[5] «Bendito el gozo del borracho / y el picorcillo del gazpacho. / […] Bendita sea la panarria, / tan original ella, y la fanfarria / tan marcial y la miel de la Alcarria. / Bendito el vino tino, el blanco / y el general Francisco Franco»», etc.

[6] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

«Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque» de José Robreño: resumen de la acción (actos III y IV)

El Acto Tercero de Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque, de José Robreño[1], empieza con las ceremonias con las que Sancho Panza accede al gobierno de la ínsula: lavado de manos, corte de uñas y respuesta favorable al enigma del puente donde ahorcan al que miente al pasar. Luego se escenifica el engaño del hombre que había recibido en préstamo diez escudos y jura que los ha devuelto a su acreedor (encerrados en el hueco de un báculo). Llega una carta del Duque avisando de que quieren asaltar la ínsula y matar al gobernador. Sancho Panza resuelve a continuación el caso de la mujer supuestamente violentada por el ganadero. Los comentarios del Mayordomo a cada uno de estos casos resueltos satisfactoriamente van poniendo de manifiesto la agudeza y el genio despierto de Sancho. Sigue la comida del gobernador, frustrada por el doctor cada vez que intenta tocar alguno de los suculentos manjares.

Sancho Panza y Pedro Recio

En fin, se finge el asalto de los supuestos enemigos: Sancho Panza sale victorioso, pero abrumado y dolorido, elogia a su burro y la vida de antes y anuncia que deja el gobierno, pese a la visita de una comisión que le pide que siga.

Sancho Panza defiende la Ínsula Barataria

Al comienzo del Acto Cuarto, Sancho Panza conversa con la Duquesa acerca del gobierno y don Quijote promete darle un condado. Después, el manchego anuncia su partida del palacio, alegando que un caballero andante como él hace falta en el mundo para resolver injusticias. Sale entonces Altisidora llorando nuevamente el desamor de don Quijote, quien sigue proclamando su fidelidad constante a Dulcinea. Sancho Panza se ofrece para casar con ella, lo que suscita una enojada respuesta de la doncella.

Un criado anuncia la llegada del Caballero de la Blanca Luna, y el Duque cree que será alguna nueva burla no controlada por él. El relato que hace Sansón Carrasco —y el desenlace que sigue— constituye la parte más original de la obra de Robreño: enamorado de su dama doña Liria, quiere combatir con el famoso caballero don Quijote. Riñen, en efecto, y don Quijote queda vencido. La condición impuesta es que pase dos años en su casa (se adelanta, pues, lo que en la novela sucede en Barcelona). Sansón Carrasco explica a todos quién es él en realidad y los motivos que guían su comportamiento, y el Duque se lamenta de que, de esta forma, hayan acabado tan pronto las risas a costa del loco caballero. Un decaído don Quijote se dirige a su amada Dulcinea para lamentar la falta de su brazo en el mundo para amparar doncellas y desfacer entuertos, y la obra se cierra con el ultílogo didáctico mencionado en una entraada anterior[2].


[1] He manejado la edición original (Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque. Comedia en cuatro actos y en verso original de don José Robreño, Barcelona, en la imprenta de J. Torner, 1835), pero las citas del texto serán por número de versos, que corresponden a la edición moderna que estoy preparando en la actualidad.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Una recreación dramática del Quijote en pleno triunfo romántico: Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque (1834-1835), de José Robreño», en Alexia Dotras Bravo, José Manuel Lucía Megías, Elisabet Magro García y José Montero Reguera (eds.), Tus obras los rincones de la tierra descubren. Actas del VI Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas (Alcalá de Henares, 13 al 16 de diciembre de 2006), Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2008, pp. 535-554.