Francia llora, llora el mundo

Dibujo de Benjamin Regnier.
Dibujo de Benjamin Regnier.

Ante un suceso tan brutal como el de los cobardes atentados terroristas de París, ocurridos la noche del pasado viernes, no se puede permanecer indiferente, nadie debe permanecer indiferente. Frente al vil terrorismo, no caben las medias tintas, ni los paños calientes: hay que mojarse, no vale el querer nadar y a la vez guardar la ropa… A varios colegas cervantistas la dura noticia de lo sucedido en París nos golpeó en nuestra última noche de estancia en Saint-Étienne, en cuya Universidad Jean Monnet habíamos celebrado durante dos días (el jueves 12 y el viernes 13) nuestro Coloquio Internacional «Cervantès et don Quichotte depuis le XXIe siècle / Cervantes y don Quijote desde el siglo XXI», amistosamente coorganizado por los equipos CELEC-EA 3069 (Université Jean Monnet de Saint-Étienne), GRISO (Universidad de Navarra) y CHER-EA 4376 (Université de Strasbourg).

Logo de Jean Jullien
Logo de Jean Jullien.

La locura y la sinrazón, literarias, de nuestro querido don Quijote, bien están; en cambio, la locura y la sinrazón, reales, de estos nuevos bárbaros del siglo XXI, solo sirven para causar un dolor inmenso y sin sentido, y todos nosotros (tanto los políticos como los ciudadanos de a pie) no podemos ni debemos permanecer indiferentes frente a ellas. El poeta Antonio Machado, en otras circunstancias históricas también dramáticas, escribió que «Es más difícil estar a la altura de las circunstancias que au-dessus de la mêlée». Confiemos en que, en esta nueva “contienda” (otros tiempos, otros métodos de combate…), todos sepamos estar “a la altura de las circunstancias”, cada uno en el lugar y desde la responsabilidad que le corresponda ocupar. Entre todos, con firmeza y unidad, con coraje pero sin ira ni deseo de venganza (sí del muy legítimo de justicia), lograremos vencer este terrorismo yihadista, igual que en España el terrorismo de ETA fue afortunadamente derrotado —tras décadas de dolor, sí, y tras décadas de lucha contra él también— por los valores representados por la justicia, la democracia y la libertad. No me cabe duda de que estamos en guerra, y creo que cuanto antes lo asumamos todos, mejor. Una guerra no convencional, esta de la yihad urbana, y una guerra —esto es muy importante destacarlo— que no se libra entre religiones o culturas. Es algo mucho más sencillo que eso, tan sencillo como una guerra entre la civilización y la barbarie, entre las luces de la razón y la ceguedad de la locura; en suma, una guerra —la eterna guerra— entre el Bien y el Mal. A mi parecer, las cosas se presentan aquí con claridad meridiana. De un lado están la paz, el progreso, los valores democráticos y la defensa de los derechos humanos (libertad, igualdad, fraternidad…), valores que no son exclusivos de ninguna religión o cultura, sino que en todas pueden tener cabida y desde todas deben ser defendidos. De otro lado están el odio, el fanatismo, la intolerancia y la opresión, males que también pueden darse, y de hecho se dan, en unas y en otras. Sencillamente, piense cada uno, y decida en conciencia, en qué lado del combate quiere estar en esta guerra…

Un soneto a Cervantes de Washington Espejo

Cervantes, por Manuel Wssel de GuimbardaContinuamos la serie de evocaciones poéticas de don Miguel de Cervantes con este soneto escrito en alejandrinos del poeta chileno Washington Espejo, el cual se publicó el 12 de octubre de 1947 (año del centenario del natalicio del escritor) en el periódico La Nación de Santiago de Chile. Washington Espejo (1884-1952), poeta y contador que fue director de la revista En viaje, es autor de algunos libros como los titulados Del largo camino (1938), Canto al romance castellano (1939), Canto perdido (1942), Nada nuevo (1944), Poemas del hombre (1945) y Sonetos (1945). Su poema dedicado a Cervantes insiste en ideas tópicas bien conocidas: pobreza, cautiverio, amargos sinsabores, falta de recompensas por los servicios prestados, que no le impidieron a este «Moisés del castellano» (v. 14) escribir la Biblia del español, en la que sus dos personajes centrales, don Quijote y Sancho Panza, quedan convertidos en resumen antagónico y complementario de lo ideal y lo pragmático que anida en el alma del ser humano. El soneto reza así:

¡Oh, Miguel de Cervantes, señor desconocido,
en Alcalá de Henares, en Lepanto en Argel!
Porque ibas a la gloria, te retrató el olvido;
fue preciso el acíbar para la eterna miel.

De sueños coronado, de la pobreza ungido,
cada esperanza tuyo tuvo una risa cruel.
Venciste el cautiverio, mutilado, rendido,
… y tu patria tampoco miró al soldado fiel.

¡Oh, Miguel de Cervantes, gran errabundo triste!
En celda de injusticia, como ruin o liviano,
tu Quijote y tu Sancho… con qué dolor sentiste!

Y al partir en sus almas lo real del ser humano,
la Biblia de tu idioma con tu gracia escribiste,
¡gran Miguel de Cervantes! ¡Moisés del castellano![1]


[1] Tomo el texto de Juan Uribe-Echevarría, Cervantes en las letras hispano-americanas (Antología y crítica), Santiago de Chile, Ediciones de la Universidad de Chile, 1949, p. 158.

La Tolosa y la Molinera del «Quijote», evocadas por Sagrario Torres

Don Quijote llega a la venta

En su poemario Íntima a Quijote (Madrid, Asociación de Escritores y Artistas Españoles, 1986), al que ya dediqué alguna entrada anterior, Sagrario Torres evoca líricamente la figura de las dos mozas del partido que encuentra don Quijote en la venta —para él castillo— en la que terminará siendo armado caballero por escarnio a manos de su socarrón ventero (Quijote, I, 2-3). Recordemos el pasaje en cuestión:

Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, destas que llaman del partido, las cuales iban a Sevilla con unos arrieros que en la venta aquella noche acertaron a hacer jornada […] se llegó a la puerta de la venta y vio a las dos destraídas mozas que allí estaban, que a él le parecieron dos hermosas doncellas o dos graciosas damas que delante de la puerta del castillo se estaban solazando[1].

El poema de Sagrario Torres se localiza en el apartado «Intermedio» de su poemario y va precedido, a modo de lema, por una cita de la Vida de Don Quijote y Sancho de Miguel de Unamuno:

Ellas, la Tolosa y la Molinera, le dieron de comer; ellas le ciñeron espada y le calzaron espuela, mostrándose con él serviciales y humildes. Humilladas de continuo en su fatal profesión, penetradas de su propia miseria y sin siquiera el orgullo hediondo de la degradación, fueron adoncelladas por Don Quijote y elevadas por él a la dignidad de doñas […] ¡Pobres mujeres que, sencillamente, sin ostentación cínica, doblan la cerviz a la necesidad del vicio y a la brutalidad del hombre, y para ganarse el pan se resignan a la infamia! ¡Pobres guardadoras de la virtud ajena, hechas sumideros de lujuria, que estancándose mancharía a las otras! Fueron las primeras en acoger al loco sublime; ellas le ciñeron espada, ellas le calzaron espuela, y de sus manos entró en el camino de la gloria.

La glosa unamuniana contextualiza perfectamente el poema de Torres. En efecto, sus versos evocan bellamente la transformación que se opera en las mozas del partido al contacto con don Quijote, hombre soñador que con su presencia y su trato caballeroso eleva y purifica (adoncella, escribe hermosamente Unamuno) a las dos mujeres de la venta: «Las miraste en dulcísimo respeto, / con inmensa ternura. / […] / Y te fuiste, Quijote, / dejándoles un nombre ennoblecido». El mero hecho de tratarlas con dignidad y respeto redime a las mozas de la sordidez de su dura vida, tal como reflejan estos otros bellísimos versos de Sagrario Torres: «De luz y de perfume / se sintieron envueltas, / ingrávidas, limpísimas». Y todavía más: el trato dispensado por «el Amador andante» no solo las ennoblece puntualmente, sino que puede llegar a tener una trascendencia todavía mayor, pues tal encuentro puede decidir a las mozas a emprender un cambio de vida (así parece sugerirlo, al menos, el final del poema: «Y pensaron la huida»).

Este es el texto completo de la composición, que no lleva un título específico:

QUIJOTE:

Las nodrizas celestes
que atraviesan los mundos,
escriben los destinos
desde la aurora de las cunas.

Rondan los edificios,
planean hasta posarse en los tejados,
corren por las barandillas,
atisban los balcones y los abren.

Se acercan a los predestinados
con sus pechos de nueces
abiertas y lechosas,
y aquellos elegidos beben.

Las nodrizas les soplan
en sus frentes tiernísimas,
les ungen y les marcan con la huella
que no verán ni sus progenitores.

TOLOSA y MOLINERA. Ellas nacieron
como la flor arriba de los tallos.

En precioso saltar
—su fresca voz, la boca de la risa—,
iban por los limpios regatos de las peñas
persiguiendo vilanos y calandrias.

Dientes de su niñez descantillaron
el duro pan.

Echaron en sus cestas restos de las vendimias.

Y fueron al cercao. Y ahecharon el trigo.
Y trabaron la harina del escaso comer.

Y dijeron adiós a las carretas.
Y algunos acechaban aquel luciente
y palmeral cabello.

Chapas de alcantarilla les cerraron
su alegre corazón.
Emborracharon a sus cuerpos
para anestesia de los golpes.

Enfrente de sus ojos ya no estaban
las serenas llanuras, fulgores de sus cielos,
sino hombres doblados de lujuria sobre ellas.

Bubas internas taponaron aquel hondón
hecho para otras ilusiones.

Solícitas, humildes, te ciñeron espada,
te calzaron espuela,
con la emoción con que se toca
el borde del vestido de un ser predestinado.

Las miraste en dulcísimo respeto,
con inmensa ternura.

De sus bocas huyó la risotada.
Les vino un ademán sereno.
Fueron dignísimas al punto.

Se quedaron suspensas, silenciosas.
En comunicación estaban sin hablarse.

Te miraron, y un rubor no sentido
se extendió por sus rostros.

Una ola el pecho les movía.
Un estallido de conocimiento
apareció en sus mentes.

Canales agitados sintieron por sus venas.
Flores en su arenal.

Su memoria borraba escenas que vivieron,
los cuerpos de los hombres.
Un mismo pensamiento les unía.

Y te fuiste, Quijote,
dejándoles un nombre ennoblecido.

Admiradas como nunca lo fueran,
preferidas de ti,
envueltas en aquella dulzura indefinible,
vieron marchar al Hombre enflaquecido,
dos veces Caballero.

Sus manos reprimían
golpes del corazón.
El sueño no les llegó esa noche
con grosero dormir.

Atrancaron la puerta. Abrieron el ventano.

De luz y de perfume
se sintieron envueltas,
ingrávidas, limpísimas.

A lo lejos, en medio de la noche,
rezaba y se perdía el Amador andante.

La Tolosa recordó su promesa al Caballero:
«Dondequiera que ella estuviese,
le serviría y le tendría como señor»[2].

Y pensaron la huida[3].


[1] Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico con la colaboración de Joaquín Forradelas, estudio preliminar de Fernando Lázaro Carreter, 2.ª ed. corregida, Barcelona, Crítica, 1998, pp. 48-49.

[2] Compárese con el texto cervantino: «Hecho esto, [el ventero] mandó a una de aquellas damas que le ciñese la espada, la cual lo hizo con mucha desenvoltura y discreción […]. Don Quijote le preguntó cómo se llamaba, porque él supiese de allí adelante a quién quedaba obligado por la merced recebida, porque pensaba darle alguna parte de la honra que alcanzase por el valor de su brazo. Ella respondió con mucha humildad que se llamaba la Tolosa, y que era hija de un remendón natural de Toledo, que vivía a las tendillas de Sancho Bienhaya, y que dondequiera que ella estuviese le serviría y le tendría por señor. Don Quijote le replicó que, por su amor, le hiciese merced que de allí adelante se pusiese don y se llamase «doña Tolosa». Ella se lo prometió, y la otra le calzó la espuela, con la cual le pasó casi el mismo coloquio que con la de la espada. Preguntole su nombre y dijo que se llamaba la Molinera y que era hija de un honrado molinero de Antequera; a la cual también rogó don Quijote que se pusiese don y se llamase «doña Molinera», ofreciéndoles nuevos servicios y mercedes» (Quijote, I, 3, pp. 60-61; el destacado en itálica es mío).

[3] Sagrario Torres, Íntima a Quijote, Madrid, Asociación de Escritores y Artistas Españoles, 1986, pp. 36-39. Es el poema II de la sección «Intermedio», y le siguen dos sonetos (pp. 40-41) «En homenaje a la Tolosa y la Molinera». Para el contenido y la estructura global de Íntima a Quijote, puede verse otra entrada del blog.

«Quijote y Sancha» y «Por la Mancha», dos recreaciones quijotescas de Gloria Fuertes

Gloria Fuertes

Leyendo estos días la recopilación poética de Gloria Fuertes (Madrid, 1917-Madrid, 1998) titulada  Historia de Gloria (Amor, humor y desamor), encuentro en el libro de esta «stajanovista del verso» (así se define en el poema «Proceso creativo», que figura en las pp. 193-194) un par de composiciones que constituyen sendas recreaciones quijotescas: se trata de los poemas «Quijote y Sancha» y «Por la Mancha». Como este tema de las recreaciones me interesa mucho, y como creo que son textos escasamente conocidos, los transcribo aquí, sin necesidad por ahora de mayores comentarios, dada su sencillez:

QUIJOTE Y SANCHA

Llevo dentro de mí Quijote y Sancha
como toda mujer de ancha
es Castilla,
llevo dentro de mí mora y judía,
llevo un trigal, un chopo y un viñedo.

Presta a luchar con mi locura cuerda
Quijote y Sancha contra el vulgar e injusto,
el ambiente es hostil pero da gusto
cuando soporto bien la burla y befa,
y a enderezar entuertos
y a embellecer a tuertas.

Luchar con verso en ristre
por conquistar la puerta
de un amor borrascoso.
¿Dónde mi Dulcineo?
¿En qué Toboso?[1]

POR LA MANCHA

Por la Mancha
Sancho se aquijota
y Quijote se ensancha[2].


[1] Gloria Fuertes, Historia de Gloria (Amor, humor y desamor), ed. de Pablo González Rodas, 12.ª ed., Madrid, Cátedra, 2011, pp. 219-220. En el penúltimo verso suprimo la coma que figura tras «¿Dónde», entendiendo que «mi Dulcineo» no es vocativo; la frase vale ʽ¿Dónde [está] mi Dulcineo?ʼ. Además de esa doble identificación del yo lírico con Quijote y (aquí) Sancha, pareja que constituye la expresión simbólica de la dualidad idealismo / pragmatismo presente en todo ser humano, cabe destacar la introducción, en los versos finales, de un tema recurrente en todo el libro: el dolor por la pérdida de un amor o la ausencia de correspondencia por parte de la persona amada (aquí ese «Dulcineo» que augura un «amor borrascoso»).

[2] Gloria Fuertes, Historia de Gloria (Amor, humor y desamor), p. 354. El poema parece condensar en sus tres breves versos la conocida teoría de la quijotización de Sancho Panza y la sanchificación de don Quijote (con juego de palabras en en-sancha).

La «Invocación a don Miguel de Cervantes» de Reinaldo López Vidaurre

El artista boliviano Reinaldo López Vidaurre (La Paz, 1917-La Paz, 1973) se desempeñó en la triple faceta de músico, pintor y poeta. En su ciudad natal fue Director y profesor de la Academia de Bellas Artes y del Conservatorio de Música[1]. Usó el seudónimo Lulijamachi (el ‘colibrí’ del pueblo aymará). Entre sus libros poéticos se cuentan Fuga (1941), La senda perdida. Poemas en prosa (1947) y Cuadros fantásticos (1968). Sobre el conjunto de su obra poética ha escrito Armando Soriano Badani:

Poesía de refinados acentos que bucea en las intimidades y secretos de la música, de donde obtiene modulaciones de rica subjetividad lírica. Sonetista de primer orden, ha cantado en sus rítmicas estrofas el paisaje natal con auténtico calor telúrico y colorido lírico[2].

López Vidaurre es autor de una «Invocación a don Miguel de Cervantes», que se publicó en el núm. 38 de la revista municipal Khana de La Paz, año X, vol. I, marzo de 1967[3]. Se trata de una serie de once sonetos dedicados a Cervantes, el Quijote y su trascendencia, don Quijote y varios otros personajes de la novela. Los títulos de las composiciones son los siguientes: «Invocación», «Retrato» (de Cervantes), «Don Quijote», «Sancho Panza», «Dulcinea del Toboso», «Rocinante», «El rucio de Sancho Panza», «Ginés de Pasamonte», «La locura del amor», «Grandeza» (del personaje don Quijote) y «El libro de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha». Son textos con versos, como podrá comprobarse en su lectura, de desigual calidad poética, pero interesantes a la hora de estudiar la huella cervantino-quijotesca en la poesía de Bolivia. Por ello —y por lo poco conocidos que resultan—, transcribiré aquí, sin comentarios, los tres primeros poemas de la serie.

INVOCACIÓN

Divino Apolo, mira complaciente
a quien te clama al pie de tus altares;
glorioso, pon tu miel en mis cantares:
que broten como linfa de la fuente.

Mi verso tome el ser del sol surgente;
del tono fresco de los verdes mares.
Disipen de mi pecho los pesares
el aura vaga, la canción fulgente.

Sorprendan mis oídos sones claros
cantados con dulzor por la sirena
entre el murmullo de la noche plena.

El terso brillo del marmóreo Paros
aquí se plasme con su luz serena
como una copa de zafiros llena.

Retrato de Miguel de Cervantes

RETRATO

Aquí pervive don Miguel Cervantes,
un mucho sabio, un poco majadero;
llevose el infortunio de escudero,
y desventura fue de Rocinantes.

Mirad sus dos figuras tan vibrantes
de don Quijote y Sancho refranero:
espejo son del Triste Caballero
de bolsa flaca y sueños delirantes.

Todo lo pinta con seguro trazo
la mano de este noble prisionero.
Si la desgracia no le tiende el lazo

y torna de Lepanto sin balazo,
¡qué no podría con su cuerpo entero,
si tanto pudo con un solo brazo!

DON QUIJOTE

¡Salve, Quijote, redentor del triste,
sombra inmortal, del Bien sabiduría,
noble adalid de limpia valentía,
tu invocación de luz al mundo viste!

Todo follón que mal poder inviste
en tu pujanza tiene su agonía,
y el desvalido que en tu brazo fía
con la suprema ley su fe reviste.

Tu magra mano traiga la delicia
del pan divino, de la mano pura,
para los que soportan injusticia.

Refugio dulce, cumbre de ternura,
siempre levanta al corazón del hombre
con la inefable gloria de tu nombre[4].


[1] Una semblanza del autor puede verse en Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, La Paz, PROINSA Industrias Gráficas, 2009, pp. 224-228.

[2] Arturo Soriano Badani, Ensayos sobre cultura boliviana, La Paz, Plural Editores, 2007, p. 127.

[3] Con este texto López Vidaurre obtuvo el Primer Premio de Poesía en el Concurso Cervantino «Rinconete y Cortadillo en la ciudad de La Paz».

[4] La «Invocación…» completa ocupa las pp. 229-233 de la compilación Cervantes y don Quijote en Bolivia de Quiroz; estos tres sonetos figuran en las pp. 229-230. En el dedicado al «Retrato» de Cervantes, introduzco un par de modificaciones: en el verso primero, en vez de «Miguel de Cervantes», que hace verso largo, edito «Miguel Cervantes», para respetar la medida del endecasílabo. Igualmente, en el verso cuarto se lee «Rocinante», que cambio a «Rocinantes» para asegurar la rima consonante del cuarteto. Modifico, también, algunos otros detalles en la puntuación.

El soneto «Contigo irá mi sombra», recreación quijotesca de Sagrario Torres

En la entrada anterior me refería al poemario Íntima a Quijote (Madrid, Asociación de Escritores y Artistas Españoles, 1986), de Sagrario Torres, y ofrecía algunos datos sobre la autora y su intención al escribir este libro: ofrecer una carta de respuesta íntima (y de ahí el título) a la maravillosa carta de amores que el enamorado caballero escribe en Sierra Morena a su amada Dulcinea del Toboso. Hoy comentaré brevemente la estructura externa del libro, y reproduciré luego uno de sus poemas, el bello soneto con que se cierra, titulado «Contigo irá mi sombra». Este texto constituye una buena síntesis de su contenido y quintaesencia la intención de la autora al escribirlo (tras ver morir a don Quijote, «ante su cadáver juré fidelidad inquebrantable a su espíritu y a su fama», escribía en las palabras introductorias). En fin, podrá servir, además, como una pequeña muestra del estilo poético de Sagrario Torres.

Tras las dedicatorias y las dos páginas con unas someras explicaciones dirigidas «Al lector» (pp. 9-10) —algunos de cuyos párrafos ya reproduje—, encontramos a modo de lema las célebres palabras dedicadas por Dostoievski, en su Diario de un escritor (1873-1876), a la inmortal novela cervantina: «No se puede hallar una obra más profunda y poderosa que el Quijote», etc. Después, el libro se divide en las siguientes secciones:

—Una Primera parte, titulada «Visiones dolorosas y excelsas en Cervantes, donde se ha querido ver lo sobrenatural para el alumbramiento de Don Quijote». Consta de tres apartados: una «Introducción» (el poema «Un hombre entre paredes húmedas»); I, «Quijote: No pudo ser un ciego azar»;  y II, «Quijote: Creció tu cuerpo en lentas perfecciones».

—Un Intermedio, con cuatro apartados: I, «Quijote: Santo mío. Altar para mi incienso», encabezado por un lema de Unamuno en Vida de don Quijote y Sancho sobre la Tolosa y la Molinera; II, «Quijote: Las nodrizas celestes»; III, «En homenaje a [la] Tolosa y la Molinera»; y IV, «Quijote: En la noche de luna».

—La Segunda parte, titulada «Después de las amarguras que sufrió Don Quijote durante largo tiempo, y que a ninguna, por conocidas, se hace alusión», que se divide en: I, «Muchos soles brillaron»; II, «Quijote: El mundo ya no es grande», con otro lema unamuniano, extractado también de la Vida de don Quijote y Sancho, ahora relacionado con Aldonza; y III,  «Quijote: Después de cien galas».

—Cierra el libro una composición última, el soneto «Contigo irá mi sombra», que constituye una especie de canción de envío a don Quijote, ya después de su muerte.

Muerte de Alonso Quijano el Bueno

El poemario de Sagrario Torres bien merece una atención más detenida. Mientras llega el momento de dedicarle ese análisis de mayor profundidad[1], me limitaré a copiar aquí el hermoso soneto final, que sintetiza el mensaje de todo el poemario, el cual constituye una interesante recreación poética quijotesca. Aquí la locura amorosa se ha contagiado por completo a la voz lírica femenina. Especialmente hermoso resulta el segundo terceto, en el que la mujer promete una compañía fiel («Contigo irá mi sombra») al caballero ideal que —más allá de su muerte física– seguirá peleando eternamente contra la injusticia («Cuando cruces / de nuevo un mundo de dolor y queja»), pero contando siempre con el apoyo de su enamorada, compañera puesta en pie a su lado («me alzaré como un monte hacia tu vida») para ayudarlo incondicionalmente en la defensa de la libertad y de todos los valores positivos que encarnaron —y seguirán encarnando— la lucha y los anhelos todos de don Quijote. Este es el texto completo del poema:

Bajo mi rostro a tu perfil yacente
que alumbra el lecho de tu alcoba oscura.
Un escarchado arroyo es tu figura
y en ríos van mis ojos a tu frente.

Yo caliento tu helor inútilmente.
Párpados tuyos besa mi locura,
pómulos, labios de tu boca pura.
En fuego y frío estamos solamente.

Vienen tinieblas a envolver las luces
de tu cuerpo que asciende y que me deja
para siempre olvidada y confundida.

Contigo irá mi sombra. Cuando cruces
de nuevo un mundo de dolor y queja,
me alzaré como un monte hacia tu vida[2].


[1] Puede verse la reseña de Francisco Mena Cantero, «Sobre Íntima a Quijote», Cuadernos de Nueva Poesía (Asociación Prometeo de Poesía), abril de 1987, s. p.; y, con más detalle, el estudio de José María Balcells, «Sagrario Torres y su poema de amor al Quijote», en Jesús-María Nieto Ibáñez (coord.), Lógos Hellenikós. Homenaje al Profesor Gaspar Morocho, León, Universidad de León, 2003, pp. 903-911.

[2] Sagrario Torres, Íntima a Quijote, Madrid, Asociación de Escritores y Artistas Españoles, 1986, p. 65. 

La «Oración a don Quijote» de Gonzalo Gantier Gantier

Los seguidores habituales del blog habrán notado cierta (inusual) inactividad en la Ínsula en estas últimas semanas. Podría decir, como Cervantes en el prólogo a su colección teatral, que «tuve otras cosas en que ocuparme»… Así es, y no estará de más retomar hoy las entradas con una dedicada precisamente a una recreación cervantina (quijotesca, más exactamente). Vale.

Carlos, Gobernador de la Ínsula

Gonzalo Gantier Gantier nació en Sucre (Bolivia), en 1930. Licenciado en Ciencias Sociales por la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica) y egresado de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Mayor de San Francisco Xavier de Chuquisaca, ha ocupado diversos cargos en el Ministerio de Educación de Bolivia. Ha sido Catedrático de la Universidad Católica Boliviana de La Paz, de la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz y, en la actualidad, de la Universidad Mayor de San Francisco Xavier de Chuquisaca. En el ámbito de la creación literaria hay que recordar su libro de poemas Juventud y canas (Sucre, Imprenta Universitaria, 1995). Sobre su poesía ha escrito Gabriel Chávez Casazola:

La poesía de Gonzalo Gantier, recogida en el volumen Juventud y canas, recuerda inmediatamente el tono del romancero español y de la poesía de García Lorca.

Sin embargo, sobre esta inspiración universal, Gantier construye un universo muy personal, expresado en tres vertientes que constantemente juegan a confundirse: una poesía religiosa, en la que alternan las concepciones inmanente y trascendente de la divinidad; una poesía erótica, repleta de imágenes a la par sugerentes y provocativas; y una poesía intimista, autorreflexiva, que se interroga sobre el estar del poeta[1].

Del corpus de su producción poética me interesa destacar su «Oración a don Quijote», en la que el personaje cervantino no solo encarna el ideal de la lucha por la igualdad y la justicia, sino que —un paso más allá— es invocado para que se convierta en un líder revolucionario de todos los pobres y explotados de la tierra, pero en especial los de los pueblos de Hispanoamérica. En este sentido, en la tercera estrofa, las referencias a King (Martin Luther King) y Guevara (Ernesto Che Guevara) son bastante transparentes. «Camilo en Colombia» es alusión a Camilo Torres Restrepo (Bogotá, 1929-Patio Cemento, Santander, 1966), sacerdote católico, pionero de la Teología de la Liberación y miembro del grupo guerrillero Ejército de Liberación Nacional (ELN). En fin, con «Marcelo en mi patria» entiendo que se refiere a Marcelo Quiroga Santa Cruz (Cochabamba, 1931-La Paz, 1980), político, escritor y profesor universitario que en 1971 fundaría en Bolivia el Partido Socialista (PS-1), del que sería su primer secretario.

Don Quijote revolucionario

Este es el texto completo del poema:

Una nariz de aquelarre
pegada a un rostro cenceño.
La adarga al brazo derecho
y el escudo al otro lado.

Así busca la justicia,
con Fe, Amor y Esperanza,
mi señor, mi don Quijote,
llamado Alonso Quijano.

Así galopa y galopa
desde la meseta hispana,
atravesando los mares,
sin importarle los montes,
ni los ríos, los océanos,
hasta quedarse colgando
en las montañas del Ande.

Eres Camilo en Colombia.
Eres Marcelo en mi patria.
Eres King entre los negros,
y en la América, Guevara.

No te detengas, Quijano,
en este mundo aterrado,
donde los ricos campean
explotando a los de abajo.
¡DESCUÉLGATE DE LOS ANDES!
¡Surca llanos y altiplanos,
que la sangre de estos pueblos,
divididos, separados
por el imperio del Norte,
no tiene sino un color,
ya que todos son hermanos,
desde los charros del Norte
hasta las tierras del gaucho!

¡Descuélgate, mi Señor!
Que es un grito desgarrado
el que surge de los Andes,
en medio de los volcanes,
desde Medellín y Puebla,
desde Tejas y Chicago,
hasta el estrecho del Sur
donde pasó Magallanes.

Las guerras y las tensiones
no suceden entre Estados.
Son unos cuantos señores
con el estómago hartado
que se aferran al poder,
que nos tienen engañados,
sin advertir que los pobres
ya estamos organizados
para empezar otra edad:

¡LA TUYA, ALONSO QUIJANO!

Por eso te lo decimos,
con nuestra sangre en las manos,
con nuestros rostros de sol,
con nuestra escuela sin bancos,
con nuestra piel hecha harapos,
con nuestra gente vendida
al dinero, a los gusanos
aferrados a un poder
que no sale de sus manos…
¡Te lo pedimos gritando
con nuestros dedos crispados,
donde el HOMBRE ya no es HOMBRE,
mucho menos nuestro HERMANO!:

¡Desguélgate, don Quijote,
que estamos ya preparados!

¡Desguélgate, don Quijote,
con tus brazos desgajados,
con tu nariz de aquelarre,
con tus huesos anudados!

¡DESCUÉLGATE, QUE EN LA AMÉRICA
ESTAMOS YA PREPARADOS![2]


[1] Gabriel Chávez Casazola, «Poesía chuquisaqueña de fin de siglo. Aproximación al concepto y una breve indagación textual», introducción a Poesía chuquisaqueña de fin de siglo XX, compilación y edición de María Teresa Lema Garrett, La Paz, Plural Editores, 1999, p. 23.

[2] Tomo el texto, con ligeros retoques, de la citada antología Poesía chuquisaqueña de fin de siglo XX, pp. 98-100.

El soneto a «Cervantes» de Ricardo Mujía

El abogado boliviano Ricardo Mujía Linares (Sucre, 1860-Sucre, 1938) fue profesor de Literatura e Historia en el Colegio Nacional Junín de su ciudad natal, y de Derecho Internacional en la Universidad Mayor de Chuquisaca, en la que alcanzaría el puesto de rector. Ocupó diversos cargos políticos (secretario de la Presidencia de la República, oficial mayor del Ministerio de Instrucción Pública, ministro de Gobierno y de Relaciones Exteriores) y, como diplomático, fue secretario de la Legación de Bolivia en Brasil, encargado de Negocios en Perú y ministro de la Legación en Paraguay y en Argentina.

En su faceta de poeta, publicó algunos libros —Ensayos literarios (1881), Poesías líricas (1898) y Penumbras (1907)— que lo sitúan en la transición del romanticismo al modernismo. Su inspiración brilla de forma especial en sus poemas épicos de tono patriótico. Así, en 1925 fue premiado con la Flor Natural y la Banda del Gay Saber en el certamen poético del primer centenario de la república por su composición titulada «La creación de Bolivia». En el terreno de la dramaturgia compuso piezas como las tituladas Orden superior, Pepetes, Bolívar en Junín o El mundo que juzga, entre otras. Cuenta además en su haber con obras didácticas y otras relacionadas con el trabajo que desarrolló en la delegación constituida en Buenos Aires para discutir la cuestión de límites territoriales entre Bolivia y Paraguay[1].

Combate naval de Lepanto (Palacio del Senado, Madrid)

En cualquier caso, en nuestro recorrido panorámico por la presencia de Cervantes y los temas cervantinos en la poesía boliviana contemporánea, debemos recordar su soneto «Cervantes», en el que se predica que la verdadera gloria del alcalaíno no es su vida militar, su heroica participación en la trascendental batalla naval contra el turco de 1571 («La gloria de Cervantes no es Lepanto», tal es el primer verso), sino sus inmortales creaciones literarias, el Quijote y don Quijote, símbolo del ser humano que lucha en pos del Ideal:

La gloria de Cervantes no es Lepanto;
no es el laurel de la batalla cruenta,
conquistado al fragor de la tormenta,
entre alaridos de dolor y espanto…

Su gloria está en un libro, que es el canto
a la eterna ansiedad que el alma alienta;
su gloria está en el libro en que nos cuenta
todo lo que es la vida: Risa y Llanto…

Donde el glorioso Don Quijote, ufano
por desfacer entuertos, con su lanza,
lucha, lleno de ardor… y lucha en vano…

Ese libro de amor y de esperanza
es el poema del Delirio humano,
buscando el ideal, que nunca alcanza[2].


[1] Más datos sobre el autor pueden verse en Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, La Paz, PROINSA Industrias Gráficas, 2009, pp. 270-278.

[2] Cito por Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, p. 279, con algún ligero retoque en la puntuación; mantengo las mayúsculas del original. En el verso 6 enmiendo la lectura «cierna» por «eterna». El texto se recoge también en Walter Arduz C., Antología de poetas de Chuquisaca, Sucre, Imprenta Universitaria, 1977.

«A nuestro señor don Quijote», de Leonor Ribera Arteaga

Siguiendo con las recreaciones quijotescas en la poesía boliviana, traigo hoy al blog el soneto «A nuestro señor don Quijote» de Leonor Ribera Arteaga, abogado nacido y fallecido en Santa Cruz de la Sierra (1906-1984). Licenciado y Doctor en Derecho y Ciencias Sociales y Políticas, ejerció la docencia como Catedrático de la Universidad Gabriel René Moreno de su ciudad natal[1].

Con esta composición Ribera Arteaga obtuvo la «Violeta de Oro» en los Segundos Juegos Florales de Santa Cruz en el año 1929. El poema (cuyo título recuerda el de la famosa «Letanía…» de Rubén Darío) se centra en don Quijote como símbolo inmortal del espíritu humano que lucha en pos del bien (justicia, libertad, etc.), un sublime ideal que es capaz de lograr con su esfuerzo «la regeneración de nuestra raza».

Don Quijote de la Mancha con Rocinante

El texto completo es como sigue:

Renacerás, retornarás un día.
Tú no puedes morir eternamente,
sin que se pierda el alma en la vacía
existencia vulgar que es el presente.

Si hoy te sepulta el Mal en su porfía,
mañana surgirás resplandeciente,
sobre el espejo de tu suerte umbría,
como un nuevo adalid omnipotente.

Ven, sublime Señor, y haz que desprecie
la humanidad su afán materialista,
de tu divino espíritu a la especie.

Y afirmando la fe que el hombre abraza,
concretará una fórmula alquimista
la regeneración de nuestra raza[2].


[1] Puede consultarse una amplia semblanza de Leonor Ribera Arteaga en Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, La Paz, PROINSA Industrias Gráficas, 2009, pp. 288-295. Ver también Mario Gabriel Hollweg, Leonor Ribera Arteaga: vida y obra de un humanista, Santa Cruz de la Sierra, s. n., 1991.

[2] Cito por Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, p. 296.

La recepción del «Quijote» en el siglo XX

Vida de don Quijote y Sancho, de UnamunoSi pasamos ahora al siglo XX, debemos recordar que algunas aportaciones fundamentales se producen con motivo del III Centenario, en 1905, de la publicación de la Primera Parte del Quijote[1]. En ese año se publican la Vida de don Quijote y Sancho de Unamuno y La ruta de don Quijote de Azorín. La primera de esas obras es una recreación mítica de la novela cervantina, centrada en el drama vital de los personajes de don Quijote y Sancho. De acuerdo con la interpretación unamuniana, las novelas intercaladas y otros aspectos formales del Quijote quedan relegados a un plano muy secundario, y se da toda la importancia a la problemática existencial de los protagonistas. Para Unamuno, Cervantes es un creador inconsciente de la trascendencia de su creatura: para él, don Quijote, el personaje, está por sobre Miguel de Cervantes, el escritor. Por lo que toca a Azorín, de acuerdo con su práctica habitual de establecer una aproximación cercana a los clásicos (y frente a la tendencia a trabajar en abstracto de los críticos cervantinos), va a centrar su mirada en las gentes y en las tierras de la Mancha, en sus paisajes y costumbres, porque para él el Quijote es «un libro de realidad». También el máximo poeta del Modernismo, el nicaragüense Rubén Darío, se interesó, por esas mismas fechas, en Cervantes y don Quijote, dedicándoles algunas composiciones poéticas, ensayos y narraciones, entre las que cabe destacar su magistral «Letanía de nuestro señor don Quijote»[2], publicada en Cantos de vida y esperanza (1905).

Meditaciones del Quijote, de Ortega y GassetEn la década siguiente, encontramos otro aporte fundamental: las Meditaciones del «Quijote» (1914) de José Ortega y Gasset, libro en el que, de acuerdo con su filosofía racio-vitalista, interpreta al personaje como un símbolo del hombre que tiene un proyecto vital y lucha por hacerlo realidad. Una década después se suma otro título señero en la historia de la recepción del Quijote: nos referimos a la obra de Américo Castro El pensamiento de Cervantes (1925), que marca una ruptura frente a la crítica anterior. Para Castro, Cervantes estaba familiarizado con las poéticas del Renacimiento y el tema central del Quijote es la polémica relación entre historia y poesía. Señala además que el pensamiento de Cervantes es unitario, un sistema coherente que se va conformando en todas sus obras, en el que el aspecto artístico y la expresión de una ideología van de la mano. En cualquier caso, ese pensamiento es difícil de aprehender porque se expresa de una forma ambigua, tamizada por la ironía y el perspectivismo. Décadas después, con Hacia Cervantes (1957) y Cervantes y los casticismos españoles (1966), Castro modifica las ideas expuestas en 1925 y plantea su teoría del Quijote como manifestación cimera del sistema de valores de los judeoconversos españoles.

Al año siguiente, 1926, se añaden otros dos trabajos significativos: la Guía del lector del «Quijote» de Salvador de Madariaga y Don Quijote, don Juan y la Celestina de Ramiro de Maeztu. Desde ese momento, las líneas de interpretación se multiplican y diversifican y, de acuerdo con Close[3], podríamos resumirlas —muy esquemáticamente— en las siguientes tendencias: 1) perspectivismo (Spitzer, Riley, Mia Gerhard); 2) existencialismo (Castro, Gilman, Durán, Rosales); 3) narratología o socio-antropología (Redondo, Joly, Moner, Segre); 4) estilística (Hatzfeld, Spitzer, Casalduero, Rosenblat); 5) inventario de fuentes del pensamiento (Bataillon, Vilanova, Márquez Villanueva, Forcione, Maravall); 6) oposición al impulso modernizante de Castro (Auerbach, Parker, Green, Riquer, Russell, Close). Hay además otras corrientes críticas que derivan de tradiciones antiguas: 7) actitud ante la tradición caballeresca (Murillo, Williamson, Eisenberg); 8) estudio de errores (Stagg, Flores); 9) lengua y estilo (Amado Alonso, Rosenblat); 10) biografía de Cervantes (McKendrick, Canavaggio); 11) estudios del género novela (Riley, estructuralismo, postmodernismo)[4].

En definitiva, cada época, cada generación, cada corriente crítica y filosófica ha leído e interpretado el Quijote de forma diferente, proyectando sobre él sus preocupaciones y problemáticas. Sobre la novela cervantina se han acumulado multitud de interpretaciones literarias, ideológicas, simbólicas, estéticas, etc., aunque todas esas interpretaciones se podrían sintetizar en dos grandes líneas: la que incide en los aspectos serios (el Quijote como libro profundo, con un gran contenido ideológico, etc.) y la que se centra en los aspectos cómicos (el Quijote como libro de entretenimiento, lleno de burlas y gracias del lenguaje). Todo este crisol de interpretaciones constituye una prueba palpable de la riqueza de una obra con inmensas potencialidades, de un clásico, en suma, que sigue y seguirá dando lugar a inagotables acercamientos críticos.


[1] Este texto está extractado de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Lo reproduzco aquí con ligeros retoques.

[2] Comienza con esta estrofa: «Rey de los hidalgos, señor de los tristes, / que de fuerza alientas y de ensueños vistes, / coronado de áureo yelmo de ilusión; / que nadie ha podido vencer todavía, / con la adarga al brazo, toda fantasía, / y la lanza en ristre, toda corazón».

[3] Anthony Close, «Interpretaciones del Quijote», estudio preliminar en Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998, vol. I, pp. CLX-CLXIV.

[4] Ver Close, «Interpretaciones del Quijote», pp. CXLII-CLXV.