La Virgen sueña caminos, está a la espera. La Virgen sabe que el Niño está muy cerca.
Vaya para hoy, tercer domingo de Adviento (tiempo de espera y de esperanza), este bello soneto de Rafael Morales (Talavera de la Reina, Toledo, 1919-Madrid, 2005) centrado en la Encarnación del Verbo, que —en su sencillez poética— no requiere de mayor comento.
Bartolomé Esteban Murillo, La Anunciación (c. 1660). Museo del Prado (Madrid).
Igual que la caricia, como el leve temblor del vientecillo en la enramada, como el brotar de un agua sosegada o el fundirse pausado de la nieve,
debió ser, de tan dulce, tu sonrisa, oh, Virgen Santa, Pura, Inmaculada, al sentir en tu entraña la llegada del Niño Dios como una tibia brisa.
Debió ser tu sonrisa tan gozosa, tan tierna y tan feliz como es el ala en el aire del alba perezosa,
igual que el río que hacia el mar resbala, como el breve misterio de la rosa que, con su aroma, toda el alma exhala[1].
[1] Cito por la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 72.
El año pasado por estas fechas, en el tiempo de Adviento, reproduje en el blog dos sonetos de Pedro Miguel Lamet, SJ (Cádiz, 1941- ) dedicados a esta temática, los titulados «Isaías» y «María», incluidos ambos en su libro de 2016 La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad. Recupero para hoy, segundo domingo de Adviento, un tercer soneto del mismo libro, «Juan el Bautista», que forma junto con los dos anteriores el tríptico «Tres profetas de Adviento» (completando de esta forma la serie que el año pasado quedó truncada).
Anton Raphael Mengs, Juan el Bautista predicando en el desierto (1760). Museo de Bellas Artes de Houston (Estados Unidos).
El poema, que trae su propio lema, dice así:
Voz que clama en el desierto: «Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas!».
(Mateo, 3, 3)
Si pudiera ser piedra en el camino, si humilde valle junto a la montaña, simple flauta cortada de una caña, flor oculta que esconde su destino,
si pesara aún menos que un comino que a nadie importa, pie que acompaña, una voz que resuena de la entraña del desierto y apunta a lo divino,
podré gritar que vienes, que andas cerca, bautizar con el agua de este río que fluye sin quedarse y va derecho
a ese mar que eres tú, oh Señor mío, que vienes a regar nuestro barbecho. ¡Quiero ser solo el cubo de tu alberca![1]
[1] Pedro Miguel Lamet, SJ, La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad, Bilbao, Ediciones Mensajero, 2016, pp. 73. El autor publicó la serie completa de los tres sonetos (cuyos textos figuran con algunas variantes y/o errores de transcripción) el 8 de diciembre de 2020, tanto en su web personal, La página de Pedro Miguel Lamet, como en Religión Digital.
En la festividad del Bautismo del Señor, que cierra el ciclo litúrgico de la Navidad, cerraremos también la serie de poemas navideños con esta composición de tono festivo de Alonso de Bonilla[1] titulada «Del bautismo del Jordán». Para la cabal comprensión del poema (para aclarar la pendencia a la que se refiere Bonilla), puede ser de ayuda este comentario del Padre José-Román Flecha Andrés, quien nos ofrece las principales claves interpretativas del texto:
«Riñendo la omnipotencia con el siervo pertinaz, entró el Verbo a meter paz, y mojose en la pendencia». Así interpretaba Alonso de Bonilla el bautismo de Jesús en el río Jordán. La suya era una interpretación que a la verdad teológica le unía una cierta picardía popular.
Aquel platero y poeta andaluz imaginaba la tensión multisecular de la misericordia y el poder de Dios con la tozudez y la pretensión humana de autonomía. El Verbo de Dios hecho carne se sabía y sentía como necesario y oportuno mediador de aquel pleito, siendo como era parte de lo divino y de lo humano.
El bautismo de Jesús sería por tanto el acto en el que Jesús pretendía poner paz entre Dios y los hombres. No era un rito de penitencia para el bautizado en el Jordán. Era un acto de mediación por el que Jesús buscaba la reconciliación entre Dios y los hombres.
En su breve poema, el poeta repite hasta tres veces que lo que Dios sacó de esta paz fue salir «bien mojado en la pendencia». Este baño del Hijo de Dios, lejos de significar una humillación de lo divino, refleja más bien una glorificación gratuita y generosa de lo humano.
Siglos antes, san Isidoro de Sevilla había reflexionado sobre esta bajada de Jesús hasta el Jordán, comparándola con la bajada de Josué. En efecto, Josué, hijo de Nun, había bajado al Jordán para introducir a su pueblo en la tierra de la libertad. Y Jesús, hijo de María, bajó al Jordán para ganar la definitiva libertad para sus hermanos.
Al Jordán había bajado también Naamán, jefe de los ejércitos de Siria. Llegaba afectado por la lepra. Y el profeta Eliseo le ordenó que fuera a bañarse siete veces en el río. No le fue fácil obedecer. La observación de un criado le hizo cambiar de decisión. Para bañarse tuvo que desprenderse de su armadura. No le salvaron sus medallas, sino su humildad.
En su Historia de Cristo, Giovanni Papini subraya que el Bautista llama a los pecadores para que se laven en el río antes de hacer penitencia. «Pero en Cristo no existen ni siquiera apariencias de conversión». Es razonable preguntarse por qué decide bajar hasta el Jordán para hacerse bautizar.
Hay que recordar que Jesús es único entre todos. Es la limpieza de la verdad y la verdad de la limpieza. «Va entre los impuros con la sencillez del puro; entre los pecadores con la fuerza del inocente; entre los enfermos con la franqueza del sano».
Jesús de Nazaret baja hasta el Jordán para hacerse solidario y hermano de todos los pecadores y leprosos, de todos los angustiados y oprimidos. De todos los sucios, que viven descontentos de serlo, de todos los que esperan la curación y anhelan una conversión. El bautismo de Cristo es la profecía de su resurrección y de la nuestra[2].
Domenico Tintoretto, Bautismo de Cristo. Museo del Prado (Madrid)
El poema de Bonilla dice así:
Riñendo la omnipotencia con el siervo pertinaz[3], entró el Verbo[4]a meter paz y mojose[5] en la pendencia.
La espuela de la codicia le hizo en la riña entrar, y lo que sacó fue dar de comer a la justicia.
Que aunque Dios a su potencia es de resistir capaz, lo que sacó desta paz fue mojarse en la pendencia.
Apenas tomó el trabajo de afirmarse entre los dos, cuando empezó un agua-Dios[6] que se venía el cielo abajo.
Mas puesto que[7] su presencia fue de tercero sagaz, Dios escapó de esta paz bien mojado en la pendencia[8].
[2] Reflexión publicada por José-Román Flecha Andrés el 3 de enero de 2022 en su blog El cántaro, bajo el título «La pendencia del Jordán».
[3]Riñendo la omnipotencia / con el siervo pertinaz: el siervo pertinaz es el hombre, que, al haber pecado, riñe, está en pendencia con Dios (la omnipotencia).
[4]el Verbo: la segunda persona de la Trinidad, Jesucristo.
[5]mojose: la mojadura es, claro está, la del agua del bautismo en el Jordán, a manos de Juan el Bautista.
[6]un agua-Dios: creación jocosa de Bonilla; no empezó un agua-cero, sino un agua-Dios.
[7]puesto que: con valor concesivo, ʻaunqueʼ, usual en la lengua clásica.
[8] Cito, con algún ligero retoque, por Suma poética. Amplia colección de la poesía religiosa española, por José María Pemán y Miguel Herrero, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1944, p. 274 (hay ed. facsímil, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2008). Añado la cursiva para destacar la copla inicial y el estribillo que, con variantes, se repite en el poema.
Aunque ya han pasado los Reyes y las vacaciones tocan a su fin, seguimos todavía —hasta el domingo— en el tiempo litúrgicode la Navidad, y por eso quiero recordar uno de los textos que quedó mencionado en una entrada anterior y estaba pendiente de ser recogido aquí. Me refiero al «Diálogo entre Dios Padre y el Ángel de la Guarda del Niño, que regresaba de Belén», de Luis Rosales, perteneciente a su Retablo sacro del Nacimiento del Señor (no figura en la edición original de Madrid, Escorial, 1940, pero se incorpora en la segunda edición, corregida y aumentada, Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964).
Se trata de un breve romance (veinte versos con rima é e) en el que Dios Padre se interesa por la situación en Belén (pregunta al ángel por la mula, la paja, la Virgen, la nieve y el niño). Y aunque todas las respuestas del ángel enuncian algún aspecto negativo, la conclusión de Dios Padre es que «Todo está bien», y acalla la tímida protesta del ángel con un nuevo «Todo está bien» (valga entender que todo se ajusta a lo previsto en sus designios divinos). Como es frecuente en las composiciones de temática navideña desde la época clásica, se anticipa en el momento del nacimiento de Jesús su futura pasión (aquí en los vv. 7-8, cuando el ángel cuenta que la paja del pesebre se extiende bajo el cuerpo del recién nacido «como una pequeña cruz / dorada pero doliente»).
—¿La mula?
—Señor, la mula está cansada y se duerme; ya no puede dar al niño un aliento que no tiene.
—¿La paja?
—Señor, la paja bajo su cuerpo se extiende como una pequeña cruz dorada pero doliente.
—¿La Virgen?
—Señor, la Virgen sigue llorando.
—¿La nieve? —Sigue cayendo; hace frío entre la mula y el buey[1].
—¿Y el niño?
—Señor, el niño ya empieza a mortalecerse[2] y está temblando en la cuna como el junco en la corriente.
—Todo está bien.
—Señor, pero…
—Todo está bien.
Lentamente el ángel plegó sus alas y volvió junto al pesebre[3].
[1]buey: en posición de rima (verso par) del romance; podemos considerarlo una licencia, o bien añadir una -e paragógica (bueye).
[2]mortalecerse: no figura este verbo en el DRAE, ni lo encuentro documentado tampoco en el CORDE. Sea o no un neologismo de Rosales, se trata de una sugerente creación léxica: el niño Jesús (que, siendo Dios, ha asumido la naturaleza humana, mortal) empieza ya a mortalecerse, a ʻacercarse a la muerteʼ, en primer lugar porque está desprotegido, aterido de frío, y podría morir; pero, sobre todo, porque morir para redimir a todo el género humano es su destino.
[3] Cito por Obras completas, vol. I, Poesía, Madrid, Trotta, 1996, p. 242, donde es el poema número 37 de Retablo de Navidad. En Retablo sacro del Nacimiento del Señor, 2.ª edición, corregida y aumentada, Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964, pp. 59-60, es el poema número 28 y el texto presenta algunas variantes: los vv. 3-4 son «tal vez no sepa mañana / que ha nacido para siempre»; el v. 6 es «no parece paja y duele»; y en el v. 8 el segundo adjetivo es «crujiente» en vez de «doliente». El texto ha sido musicado y cantado por Antonio Mata.
Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: «¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle.» (Mateo, 2, 1-2)
Vaya para hoy 6 de enero, Día de los Reyes Magos y festividad de la Epifanía —Manifestación—del Señor, este «Villancico-sextina (un poco triste) de los Reyes de Oriente» de Jesús Urceloy (Madrid, 1964), poeta, escritor, editor literario y profesor de Escritura Creativa. En el terreno de la lírica, cuenta en su haber con títulos como Libro de los salmos, Profesión de Judas, Berenice, Diciembre, Harto de dar patadas a este bote, Misa de Réquiem, La biblioteca amada, Versos cobardes para el niño de la foto, Piedra Vuelta. Poesía 1985-2014 y Visibles e invisibles. Falsa antología de poetas verdaderos.
Más allá de la artificiosa construcción de la composición, ajustada a la estructura de la sextina —cuya dificultad señala el propio poeta[1]—, cabe destacar la bella cadencia musical de los versos, que aquí son dodecasílabos (cada uno de ellos está formado por dos hemistiquios de 6 + 6 sílabas).
Hans Memling, Tríptico de la Adoración de los Magos (tabla central). Museo del Prado, Madrid
El villancico-sextina de Jesús Urceloy, que hace gala de un verdadero prodigio constructivo en este ejercicio poético de gran virtuosismo, dice así:
Los reyes, cantando, sacaron sus cestos de mimbre, de tela, de caucho, de viento, y en la alfombra antigua de los nuevos sueños los dejaron vanos, insensibles, huecos, vacíos de formas, letras, cartas, pliegos, singulares, cortos, limpios, áureos, viejos.
Del atrio a la sala de los arcos viejos, desasosegados, dejaron los cestos. Los pajes quedaron dormidos. Hay pliegos que así nos lo cuentan en cajas de viento, en celdas oscuras, con nutrientes huecos donde se embalsaman leyendas y sueños.
Desde su alta cama, Baltasar, en sueños, descalzo miraba sus zapatos viejos: con la mano dulce sensibleó los huecos, desrodilló mantas, encodó los cestos, se tendió desnudo, de espaldas al viento del escriba extraño que eterniza pliegos.
Antes de la nada, Gaspar, unos pliegos que en la mesa anuncian los cercanos sueños, despobló de letras, cicatrices, viento, señales, palabras, y en sus ojos viejos fue cerrando casas, despoblando cestos, apagando luces, ventanas y huecos.
Melchor, en el baño, llenaba los huecos del agua con sales que guardaba en pliegos: arenas de arabia, del mar rojo[2] cestos, con algas y anclajes para hornear los sueños y en el caudal limpio, como hacen los viejos, despojó de aromas el musical viento.
De los tres, ahora, que ha pasado el viento de la vida ajando libertad y huecos, nos quedan leyendas, relatos con viejos dibujos en vallas, películas, pliegos de dudosa suerte, como aquellos sueños que, por repetidos, van llenando cestos.
Sacaron los cestos los reyes al viento: Baltasar los sueños, Melchor solo huecos, Gaspar esos pliegos desnudos y viejos…[3]
[1] En efecto, en nota al pie explica: «La sextina —como todo poeta sabe—es una composición que consta de 39 endecasílabos, estructurados en seis estrofas de seis versos y una estrofa final de tres. Las palabras finales de la primera estrofa deben repetirse en las siguientes con una pauta determinada: ABCDEF – FAEBDC – CFDABE – ECBFAD – DEACFB – BDFECA. En el terceto final se repiten las seis palabras siguiendo el mismo orden que en la primera estrofa, es decir, AB, CF, EF entendiendo que A está en la mitad y B a final del primer verso, C en la mitad y D al final del segundo verso, y E a la mitad y F al final del tercero. Una composición con su enjundia y su guindilla, para entretenerse los días en que no hay fútbol. Ni decir tiene que el contenido debe superar al continente. Lo normal es que no haya rimas, pero como hacía frío, no había elecciones y no tenía otra cosa mejor que hacer, me propuse rimar en la misma asonancia, por aquello de hacer una especie de canto salmódico al estilo gregoriano, no más. Ah, el poema fue escrito en diciembre de 2014, pero para esta edición ha sido revisado y corregido (gracias, Alicia). Laus deo». El autor se refiere a Alicia Arés, directora de la colección «Anaquel de poesía» de la editorial Cuadernos del Laberinto, en que se publica el volumen donde se recoge el poema.
[2]arabia … mar rojo: mantengo las minúsculas del original.
[3] Cito por Me gusta la Navidad. Antología de poesía navideña contemporánea, Madrid, Cuadernos del Laberinto, 2016, pp. 47-48. Lo encuentro recogido también en el blog Creación poética, donde fue publicado el 23 de diciembre de 2014, bajo el título algo diferente de «VILLANCICO (sextina un poco triste de los reyes de oriente)», con un texto que carece por completo de signos de puntuación.
Hace unos días traía al blog un emotivo poema de Luis García Arés (Ávila, 1934-2013) titulado «Las lágrimas del ángel». Para hoy, 5 de enero, en la ilusionada espera de la llegada de los Magos de Oriente, copiaré su también delicada composición «Noche de Reyes». El texto, que significativamente ocupa el último lugar en la recopilación de sus Versos para la Navidad (villancicos), se distribuye en dos estrofas, la primera de 28 versos y la segunda de 12, en las que —como en el otro poema— van alternando versos heptasílabos y pentasílabos con ritmo de seguidillas: 7- 5a 7- 5a. En su sencillez, el poema no requiere de mayor comentario, más allá de destacar su estructura circular (vv. 1-2 y 39-40) y el tono reflexivo —melancólico— con que se tiñen los versos finales, cuando la voz lírica contempla ya cercano el sueño de la muerte.
El Greco, La Adoración de los Reyes Magos (c. 1568-1569), versión del Museo Lázaro Galdiano (Madrid)
A lomos de camellos vienen los Reyes, cargados de ilusiones y de juguetes. Ya llegan con sus pajes desde el Oriente, y en los zapatos dejan muchos paquetes. Cuando pasa la noche y el día viene, ¡qué alborozo tan grande los niños sienten! Un año tras de otro los Magos vuelven, y en la mente infantil se hacen presentes. Recuerdo que de niño quería verles, pero nunca me cupo tan buena suerte, porque el roce del sueño con su ala leve mis párpados cerraba dulce y silente. ¡Ilusiones tan limpias como esa nieve que en las noches de enero cae mansamente…!
Con el paso del tiempo algo se pierde, y otros sueños distintos hoy me adormecen: los sueños de la vida y el de la muerte. Mas cuando al fin, cansado, mis ojos cierre veré con otros nuevos que por Oriente a lomos de camellos vienen los Reyes[1].
[1] Cito por Luis García Arés, Versos para la Navidad (villancicos), Madrid, Cuadernos del Laberinto, 2019, pp. 67-68. Previamente se había publicado en Me gusta la Navidad. Antología de poesía navideña contemporánea, Madrid, Cuadernos del Laberinto, 2016, pp. 19-12, con la única modificación de figurar oriente con minúscula en los vv. 6 y 38.
Siguiendo con la serie de poemas navideños, traigo hoy al blog la «Súplica del pastor que estaba mal colocado en el “belén”» de José García Nieto (Oviedo, 1914-Madrid, 2001), poeta de la generación de la posguerra, ganador en 1996 del Premio Cervantes. El texto, un soneto, tiene la originalidad de focalizar la mirada en una figura humilde del Nacimiento, un pastor que ha sido colocado demasiado lejos del Portal y que, por tanto, no puede contemplar al Niño Dios recién nacido —y por eso, porque le han dejado «en una orilla triste y sin sentido» (v. 6), se considera «maniatado» (v. 8)—. La voz lírica enunciadora del poema es el pastor que pide a las manos que han montado el belén (v. 7) que lo acerque hasta la presencia de Jesús, que lo espera. En fin, esa sencilla figurilla hecha de barro que suplica que le levanten de su barro (v. 12), viene a simbolizar al hombre, al género humano —barro humano—, que puede alzarse de su condición terrenal y caduca en el encuentro trascendente con la divinidad.
Pastor de Francisco Salzillo (Museo Salzillo, Murcia)
Este es el texto del poema:
Estoy aquí tan mal, tan apartado, que nunca veré a Dios recién nacido. Un sitio en el «belén» me han escogido y una manera de esperar me han dado.
Yo jamás veré al Niño. Me han dejado en una orilla triste y sin sentido. Manos que habéis creado lo prohibido[1], dadle ya ligereza al maniatado.
Sé bien cuál es la estrella conductora, dentro del pecho está brillando ahora y es más hermosa en mí de lo que era.
Haced que de mi barro[2] me levante; no alejéis el encuentro un solo instante… Tampoco Él puede andar, pero me espera[3].
[1]habéis creado lo prohibido: no apuro la referencia exacta de esta expresión. El pastor se está dirigiendo en apóstrofe a las «manos» que han fabricado o colocado las figuras que forman el belén. Tal vez con «lo prohibido» se refiera al carácter inefable del misterio del nacimiento de Dios, o puede quizá que la prohibición tenga que ver más bien con el hecho de que él está excluido de ver al recién nacido; pero no veo claro el significado exacto del verso.
[2]barro: en el texto se lee aquí «barrio», pero luego, en los comentarios de ese verso, se edita como «de mi barro me levante». Aunque «barrio» podría hacer sentido, parece que se trata simplemente de un descuido —una errata— al reproducir el soneto. «Haced que de mi barro me levante» es, sin duda, mucho mejor lectura.
[3] José García Nieto, Versos para la Navidad, edición comentada de Fernando Carratalá, Madrid, Sial Pigmalión, 2016, p. 49 (con un amplio comentario en las pp. 49-52).
Vaya para hoy, 3 de enero, fiesta del Santísimo Nombre de Jesús, un soneto del Fénix dedicado a esta temática —incluido en el Libro II de Pastores de Belén—, que no requiere mayor comento.
Si cada vez que un hombre murmurase del amigo, del prójimo y ausente «Jesús» dijese, es nombre suficiente a que la voz y el ánimo templase.
Si cada vez que del honor tratase del que infama y corrige vanamente «Jesús» dijese, y con humilde frente a las divinas letras se humillase,
es imposible que el furor más ciego y la vergüenza más soberbia y loca con tal rocío no templase el fuego.
Que el nombre de JESÚS tanto provoca amar[1] a Dios y al prójimo, que luego penetra el corazón desde la boca[2].
[1]amar: entiéndase ʻa amarʼ, con la preposición a embebida.
[2] Cito por Suma poética. Amplia colección de la poesía religiosa española, por José María Pemán y Miguel Herrero, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1944, pp. 251-252 (hay ed. facsímil, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2008). Modifico levemente la puntuación. De Pastores de Belén contamos con una edición moderna de Antonio Carreño (Madrid, Cátedra, 2010) y otra en formato electrónico preparada por Enrique Suárez Figaredo, disponible aquí (el poema se localiza en las pp. 169-170).
Hace unos días copiaba aquí la composición «Chanzoneta a la Virgen sobre los Inocentes» de Alonso de Bonilla (Baeza, c. 1570-Baeza, 1642) incluida en su Nuevo jardín de flores divinas en que se hallara variedad de pensamientos peregrinos (Baeza, por Pedro de la Cuesta, 1617). Hoy añado sus «Chanzonetas de la circuncisión de Cristo»[1], cuyo texto dice así:
Bartolommeo Veneto, Circuncisión de Jesús (1506). Museo del Louvre (París, Francia)
Niño, aunque con vos se estrella la ley de sangre y dolor, sufridla, que ese rigor todo ha de llover sobre ella.
Pues que siendo vos Dios mesmo a vuestras carnes lastima, justo es que le llueva encima un diluvio de bautismo;
porque no quede centella del fuego de su dolor, anegando su rigor para que llueva sobre ella.
Dejad al cuchillo cruel que vuestras venas desangre, que aunque el diluvio es de sangre, agua se espera tras dél[2];
porque la justa querella contra la ley del dolor desterrará su rigor, para que llueva sobre ella.
Dejad que llueva, chiquito, que a fe[3] que mojada salga, sin que el capote le valga de su intolerable rito;
que ley que con Dios se estrella sin reservarle el dolor es justo por tal rigor que todo llueva sobre ella[4].
[1] Cfr. Lucas, 2, 21: «Cuando se cumplieron los ocho días y fueron a circuncidarlo, lo llamaron Jesús, nombre que el ángel le había puesto antes de que fuera concebido». La festividad de la Circuncisión de Cristo, en el Calendario romano general, se celebraba el día 1 de enero; a partir de la reforma del Calendario en 1960 por el papa Juan XXIII se le dio a la celebración litúrgica el nombre de «Octava de Navidad». En la actualidad el 1 de enero se celebra la solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Sobre el mismo tema ver «Sor Jerónima de la Ascensión (1605-1660) y su poema “A la circuncisión del Niño Jesús”».
[2]aunque el diluvio es de sangre, / agua se espera tras dél: porque tras la circuncisión vendrá el bautismo.
[3]a fe: muletilla lingüística a modo de juramento.
[4] Cito, con ligeros retoques en la puntuación, por Suma poética. Amplia colección de la poesía religiosa española, por José María Pemán y Miguel Herrero, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1944, p. 247 (hay ed. facsímil, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2008). En el verso 5 cambio «Ques» por «Pues», que me parece mejor lectura. Añado la cursiva para destacar la copla inicial y el estribillo que, con variantes, se va repitiendo.
«María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lucas, 2, 19)
Para este día de Año Nuevo, solemnidad de Santa María, Madre de Dios, quiero recuperar el bello y sentido «Villancico de las estrellas altas», de Luis Rosales[1], perteneciente a su Retablo sacro del Nacimiento del Señor (no figura en la edición original de Madrid, Escorial, 1940, pero se incorpora en la segunda edición, corregida y aumentada, Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964).
Se trata de un romancillo (versos hexasílabos, por tanto) con rima á a del que cabe destacar su estructura circular y su alegre musicalidad, ligereza y gracia:
La Virgen María se siente cansada; San José la acuesta; la Virgen descansa.
La techumbre rota; las estrellas altas; leguas, muchas leguas llevan caminadas.
La Virgen María está soleada por dentro, su sangre se convierte en savia,
su cuerpo florece igual que una vara de nardos o un ramo de celindas blancas[2].
El niño ha nacido como nace el alba; los ojos con risa, la boca con lágrimas.
En el aire nieve; en la nieve alas y el viento que bate puertas y ventanas.
La Virgen no tiene rebozo[3] ni manta; San José la mira, se quema mirándola.
Entre la penumbra, pidiendo posada, la carne del niño desnuda se halla.
La nieve que cae, pues del cielo baja, va formando techo para cobijarla.
La Virgen María se siente cansada; cuando mira al niño la Virgen descansa[4].
[2]nardos … celindas blancas: el color blanco de ambas flores simboliza la pureza de la Virgen María.
[3]rebozo: «Parte de la capa, el manto y otras prendas de vestir que permite cubrirse la cara» (DRAE).
[4] Luis Rosales, Retablo sacro del Nacimiento del Señor, 2.ª edición, corregida y aumentada, Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964, pp. 26-27, donde es el poema número 2. En la edición de las Obras completas, donde el libro se recoge con el título de Retablo de Navidad, es el poema número 3 (aquí el verso 12 acaba con punto y coma en vez de con coma). Ver Luis Rosales, Obras completas, vol. I, Poesía, Madrid, Trotta, 1996, pp. 218-219. Mantengo la distribución de los versos del romancillo agrupados de cuatro en cuatro y la palabra niño en minúscula.