Análisis temático de «Prosa española» (1977) de José Luis Tejada (3)

Tras el paréntesis monográfico que supone el «Tríptico de la libertad» (que plantea un tema no ajeno, sino indirectamente relacionado con lo que se ha expuesto antes: sin libertad, sin libertades, será difícil lograr la reconciliación nacional), los doce poemas de la tercera parte de Prosa española[1], «Tierra madre», buscan elevar a categoría universal los temas que preocupan a Tejada: ahora ya no se trata tan solo de una reflexión sobre España y los españoles, sino que el poeta salta por encima de las fronteras de su propio país y entona un exaltado canto a la fraternidad universal. Así sucede desde el primer poema. En efecto, «Dices tú» (p. 55) es un apóstrofe dirigido a todas aquellas personas que solo son capaces de ver la realidad más inmediata, sin darse cuenta de que existen otros problemas verdaderamente sangrantes en el mundo a los que deberíamos poner remedio:

Hay más hijos sin padres que con ellos,
hay más padres con hambre que con pan
y son tu misma sangre, blancos, negros
o amarillos, cual tú, nietos de Adán[2].

Blancos_Negros_Amarillos

Sigue un bello verso que recuerda a todas esas personas: «Tu familia no acaba en tu cancela»; los aludidos deben abrir al prójimo las puertas del hogar, que no son otras que las puertas del corazón. Tejada proclama aquí la hermandad universal de todos los hombres, unidos «en el parentesco en Cristo»[3].

En «Cargos» (p. 56), el yo lírico acusa a todos —incluso a las palomas, al agua clara, al sol, a la voz del viento…—, y, sobre todo, se acusa a sí mismo del horrible «crimen del silencio», entonando el mea culpa con estas palabras: «Debí gritar al ver que amordazaban / al alba, pero tuve pena y miedo». Por su tono, este poema se aproxima más a los de la primera parte que aludían a la situación española (silencios cómplices durante la guerra y la posguerra), aunque la ausencia de expresiones localizadoras concretas[4] podría conferirle también alcance universal. En cambio, «Lo peor» (pp. 57-58) retoma claramente la misma idea expuesta en «Dices tú…», y empieza:

No se trata de extraños; es la misma familia.
Ni animales ni monstruos ni marcianos.

Hombres como vosotros y yo, niños, mujeres,
tan inmortales como el Cristo mismo,
sencillamente pasan hambre.

Tejada da un nuevo aldabonazo en el corazón del lector para recordarle —para recordarnos a todos— los deberes que nos impone la fraternidad universal como hijos de Dios: todos los hombres formamos esa «familia total» de que habla y cada uno de nosotros debe remediar en primer lugar la indigencia más cercana, socorrer a los sujetos de cualquier sangre sea «blanca, negra, amarilla», pues debe ser «sangre unamente sentida». «Luego hablaremos de otras muchas cosas, / todas ellas menores…», añade. Porque no puede haber poesía, en el sentir del poeta, mientras existan injusticias por reparar.

En los textos siguientes irán alternando los poemas que tienen lecturas en referencia específica a la situación española y los que cabe interpretar en clave universal, aunque a veces la diferencia sea difícil de establecer con precisión. A la realidad española parece aludir, con desesperanza, «Abril negro y cerrado» (p. 59), que es, según indica el subtítulo, un «Aborto de soneto», peculiar por la acumulación de encabalgamientos, la introducción de giros coloquiales y la abundancia de juegos de palabras y creaciones léxicas; el texto insiste en los aspectos más negativos, con expresiones como bilis, agrio cuajo del rencor, «un invierno eterno y sin abriles» en el que llueve y no nieva… (que recuerdan las imágenes de «Desde mi punto muerto») para acabar con un resignado «En fin, paciencia», porque nada cambia y todo sigue igual.

«Villancicos para una tregua»[5] (pp. 60-61) insiste en la idea de la deseada unidad fraternal de blancos, negros y amarillos; los grupos rivales son capaces de hacer una tregua para cenar, pero no de salvar «el abismo / entre fiera y fiera humana» y firmar una paz duradera: «Por ahora, todos hermanos; / pero el machete, cercano, / al alcance de la mano». Y acaba con la pregunta desesperada del poeta, que no comprende: «Si hay tregua, ¿por qué no hay paz?».

El comienzo de «Formalidad» (pp. 62-63) recuerda la serie de Miguel d’Ors sobre «La segunda mitad del siglo XX», época en la que siguen imperando en muchos lugares de la tierra el hambre y la miseria, el analfabetismo y las guerras. El poeta constata: «Aún nos sobra miseria en el planeta / y hay tanta boca por saciar…» (p. 62). Las guerras, en concreto, explica el yo lírico, son algo necesario porque constituyen un inmenso negocio y, por tanto, seguirá habiéndolas mientras haya quien se beneficie de ellas (esos banqueros, empresarios, etc. a los que se dirige pidiéndoles irónicamente formalidad). Sin embargo, cabe depositar cierta esperanza en la religión y en los hijos, que son el futuro: «Yo tengo un hijo como un árbol / que está aprendiendo ya a rezar».

En «Tened, hijos» (p. 64), que insiste en que ellos son el «futuro nuestro», el poeta les ofrece la paz que su generación ha vislumbrado, aunque no alcanzado del todo: la generación anterior fue la de la guerra; la suya ha estado a punto de arribar al puerto de la paz, aunque no lo ha logrado todavía; en cambio, «Vosotros ya poseeréis las paces», y entonces:

Hambre, guerra, dolor y otras miserias
serán ya apenas fúnebres recuerdos.
Seréis verdad, la muerte ya bien muerta,
y aún jugaréis con el dogal del tiempo.

«Si alguien mata a Caín» (pp. 65-68) es un poema dividido en cuatro secciones, «La soga», «La cadena», «La casa» y «El maestro»[6]. La primera habla de la familia universal, del «gremio» que todos los hombres constituimos sobre «este hogar-tierra». La segunda nos recuerda que las víctimas de hoy fueron ayer verdugos y viceversa: «Lo urgente es cercenar esta cadena, / esta sarta suicida y sin remedio», pues —insiste el poeta— todos somos iguales, «blancos, negros, azules y amarillos»; tan solo nos pide que «nos descangilonemos / ya mismo» de esta noria, poniendo fin a la «rueda de rencores» en que vivimos inmersos, porque si no «no va a quedar ni quien lo cuente luego». En la tercera sección se lamenta del nacimiento de expresiones como «lo mío» (que es un «no tuyo»[7]), y añade:

 Se olvidó, se ignoró el sabor divino
del compartir del pan, del compañero.
La alegría de dar, de darse, herida,
arrastró su agonía por los suelos (p. 67)[8].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] Y más adelante leemos: «Porque no oyes las voces de hambre y de frío, / de ignorancia, dolor y soledad. / Te hace falta una trompa en el oído / y en el ojo un cristal de claridad».

[3] «El parentesco en Cristo, ¿no te basta? / ¿Es que aún no les has reconocido / tu misma, miserable, condición?».

[4] Salvo, quizá, la alusión final a «nuestros campos».

[5] Empieza con el verso de un célebre villancico tradicional: «Esta noche es nochebuena / porque no suena el cañón… / pero mañana ya suena» (p. 60).

[6] Lleva dos textos preliminares, una cita del Génesis, que proporciona el título, y un apunte entresacado de la prensa diaria sobre el ajusticiamiento de catorce hombres en Bagdad.

[7] Esta idea estaba anticipada en unos versos de «Dices tú…», donde leemos: «Tú dices: “hijo mío…, hermano mío” /hablando torpemente en singular / porque no ves los ojos de otros niños / que acechan desde fuera de tu hogar» (p. 55). Y al comienzo de «Sodoma» acusa a otra persona de decir también «Los míos» y «Cada uno […] a lo suyo» (p. 72).

[8] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

Análisis temático de «Prosa española» (1977) de José Luis Tejada (2)

La segunda parte de Prosa española[1], «Tríptico de la libertad», se encabeza con una cita de Paul Eluard, «Yo he nacido para conocerte, para nombrarte, Libertad», y consta de tres sonetos, cada uno presidido a su vez por otra cita sobre este tema[2].

Libertad1

En conjunto, estos textos constituyen, con su entramado de citas, una profunda reflexión del yo lírico: el primero, con sus abruptos encabalgamientos, presenta la libertad como un bien necesario a todos, pero difícil de alcanzar («un espejo ilusorio que molesta / en los ojos del alma y los riñones»); el segundo es una interrogación sobre la libertad personal del hombre frente a Dios[3]; el tercero expresa una entusiasta afirmación de la propia libertad del yo lírico:

Soy libre. Claro que soy libre. Claro
que lo soy, pues que sigo, pues que paro
según me da el amor, según me suda.

Libre y capaz, y tanto, que me fundo
en libertad, y en libertad me hundo
como un dardo en el centro de mi duda[4].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] El primer soneto lleva unas palabras de Ruskin: «… ese fantasma que los hombres llaman libertad»; el segundo figura precedido por una cita de Amado Nervo: «Libertad divina, ¿dónde anidarás?»; el tercero se encabeza con la gozosa afirmación de Cervantes «Libre nací y en libertad me fundo». Este tercer lema es el último verso de un famoso soneto de Gelasia incluido en el Libro IV La Galatea de Cervantes (ver Obras completas, ed. Florencio Sevilla Arroyo, Madrid, Castalia, 1999, p. 137b), que Tejada recupera haciendo a su vez un juego de palabras: «me fundo / en libertad, y en libertad me hundo».

[3] Al menos, así interpreto los últimos versos: «Suponiendo, que no es suponer poco, / que no sea presa de un pescador loco / que me saque del mar por las agallas».

[4] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

Análisis temático de «Prosa española» (1977) de José Luis Tejada (1)

La primera parte de Prosa española[1], «Entre nosotros», se inicia con un breve poema, más bien unos versos preliminares a modo de envío, que resultan harto claros:

Estos versos se quedan solos
pues no halagan rencor ni rabia.

Por un centro vacío van derechos
al corazón dolido de la patria.

De ambos lados silban o tiran,
amenazan o halagan.

Pero ellos, sordos y ciegos
a los miedos y a la esperanza,
van buscando el amor que une,
el olvido que todo lava,
no el perdón, la única que puede
perdonarnos, se llama España,
el respeto a las divergencias
y a otras pocas cosas sagradas
para así preparar las sendas
a un futuro sin más revanchas.

Sin más extremas, diestras, siniestras,
que nuestras manos para enlazarlas (p. 13).

«Desde mi punto muerto» (pp. 14-15) alude ya a la experiencia de la guerra civil («la reyerta / aquella»); el poeta va enlazando imágenes que connotan el mal, la división y el dolor por ella causados: furia, batalla, luces combatidas, sangre, rencor, infectar, emponzoñar, metralla, bilis, llagas…, y también uñas hurgando en las heridas para que no cicatricen; la voz lírica —que cabe identificar en todos estos poemas con el autor— se dirige a un vosotros, a los que aplica el calificativo de caínes, y se lamenta, como Unamuno, con un «a mí también me duele España»; finalmente manifiesta su intención de no callar: «Porque estoy como Cristo, entre dos reos, / entre la tiranía y la venganza, / y es la madre común la que está en juego, / yo puedo y debo gritar: ¡Basta!». En «Hablando en plata» (pp. 16-17), la voz lírica endereza su discurso, «Desde el monte de mi edad plena», a los jóvenes, depositando en ellos la esperanza para superar la situación antes descrita: «os diría que el mundo es vuestro / y aún más vuestro será el mañana»; atrás deben quedar la ignorancia, la muerte, la venganza, la violencia infructífera. Y acaba: «Que aún supuran las cicatrices / de unas tierras acribilladas; / que ya está bien de desgarrones / sobre la pobre piel de España». En conjunto, el poema es una exhortación a los jóvenes españoles, que deben buscar para el futuro las raíces que les unen, no las que les separan.

«Letra para una joven cantante» (p. 18) contrapone los símbolos negativos (los heredados, que hay que dejar atrás) y los positivos (los que deben predominar en el porvenir); así, su voz limpia y sin horas se opone a tugurio de asechanza; la luz fresca de algas a cobacha sorda, oscura. La cantante aporta esa voz que «carece de repliegues»: «Contra el temor, contra la envidia, / contra el rencor, contra la espada, / yo traigo un chorro de voz limpia / para regaros la esperanza». Con su mano tendida y su corazón que no oculta nada, esa cantante se convierte en un símbolo de la reconciliación nacional[2].

Mano y corazón

El siguiente poema, «Cuestión» (pp. 19-20), plantea la pregunta de si fue necesaria la guerra del 36, con su olor a pólvora, las denuncias de unos y otros y los disparos dirigidos «al centro de la vida»; insiste en que la contienda bélica fue «un rencor de dos caras» y comenta que, en el futuro, habrá de ser para los españoles «sermón de escarmiento avergonzado».

«Exules filii Hispaniae» (p. 21), cuyo título parafrasea una expresión de la «Salve», es un emotivo soneto que equipara a España con una «flor añeja / casi marchita ya»; se trata de un apóstrofe a la «descoyuntada patria» para que atienda su queja de reparar la orfandad de esos desterrados hijos de España, de forma que puedan volver a vivir y a morir en el suelo hispano: «Que no le nieguen / los jugos de su cuerpo a tus cosechas», acaba; al mismo tiempo, manifiesta su deseo de que desaparezcan las divisiones «de izquierdas y derechas». La composición que viene después, otro soneto, define «En qué consiste ser español» (p. 22); el primer cuarteto resulta significativo:

Llamamos español a ese agrio modo
de entendernos, de no entendernos, vaya.
De alzarnos cada cual, torre o muralla,
contra nosotros y otros, contra todo.

Esa especie de predisposición española para la disensión, ese querer hacer cada uno las cosas a su modo, es la explicación de que, como dirá luego, no haya solo dos Españas, sino todas cuantas podamos imaginar[3].

Encontramos a continuación la bella «Oración por los españoles sin España» (pp. 23-24), encabezada por una cita de san Lucas: «Porque atardece y el día ya ha declinado», donde el poeta ve a la «madre común España» («madre-abuela», dirá luego) como una rosa y como una fiel viuda. Es, de nuevo, un apóstrofe a la patria puesto en boca de «el menor de tus hijos», que habla por «tantos otros tuyos / enajenados de tu paz». Retomando la idea de «Exules filii Hispaniae», manifiesta su esperanza de que los españoles que están en el exilio podrán regresar a su país, «como que son de casa», y se arrimarán al fuego del hogar común:

Que sí que volverán. Nadie se puede
conformar sin la tierra. Morirse sin la tierra
no es siquiera posible […]
Claro que vuelven…

En «Loco con el mismo tema» (p. 25) se dirige a Antonio Machado, para constatar, en tono semifestivo, que la España mejor que él anhelaba, superadora de viejos conflictos y diferencias, está todavía por construir: «que el porvenir todavía / sigue estando por venir». «Coplas de las aguas turbias» (pp. 26-34) es una composición más larga, a la que sirven de lema los versos tradicionales: «Turbias van las aguas, madre. / Turbias van, / mas ellas aclararán». Está formada por trece estrofas en las que, además de volver sobre la guerra y las diferencias de las dos Españas, se introduce un nuevo tema, la reflexión sobre el arte social. Sin embargo, hacia el final se insiste en el recuerdo de la guerra: a eso aluden las aguas turbias del título, en las que medran, como en todo río revuelto, aquellos «jugadores de ventaja» que se aprovechan de la situación[4] de un país envuelto en sangre y lodo y sin pan. Su deseo vehemente es «¡Que esta sangre no se pierda!» (p. 32); y, de hecho, el poema acaba con la esperanza de que las aguas aclararán.

Sencilla pero muy eficaz, con el efecto sorpresivo que producen los ripios buscados, las rimas internas y las asociaciones humorísticas entre elementos dispares[5], es la «Letanía de las reconciliaciones» (pp. 35-38), basada en la anáfora de bendito, -a, -os, -as, que incluye a unos y otros, a todos, y que podría resumirse en ese «bendito sea mi amigo / y mi enemigo» que leemos en la p. 36. Las «Coplas de la mala racha» (pp. 39-40) vienen a ser un eco de las «Coplas de las aguas turbias», pues también estas sirven para reflexionar sobre la poesía social; el poeta, en cambio, aboga por una poesía sencilla, que se caracterice por su gracia y claridad. En fin, «Cuidemos este son» (pp. 41-44), título tomado para una antología póstuma del autor, expresa la admiración del poeta ante las distintas modalidades del cante popular (el fandango, la soleá, la malagueña, la alboreá, la seguiriya…).

En esta primera parte, el tema predominante ha sido la constatación de las divisiones existentes en España tras la guerra civil y el apunte de algunas soluciones que se deben aportar para recuperar la paz y la concordia, la convivencia pacífica «Entre nosotros»; no obstante, hacia la parte final, ese tema ha dejado paso o, mejor, se ha imbricado con una reflexión sobre el quehacer del poeta, la poesía social y el cante popular[6].


[1] José Luis Tejada, Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977.

[2] En otra entrada veremos el importante papel que el cante y la poesía en general desempeñan en el pensamiento de Tejada: si de la Poesía —así, con mayúscula— dice que debe ser «ese pan de cada día» (p. 31), el cante, que es «verbo en pie» (p. 41), será igualmente «eucaristía comunal» (p. 43).

[3] En «Coplas de las aguas turbias» leemos: «—Pero… ¿hay una España o dos? / —Hay todas las que usted quiera» (p. 32).

[4] Luego dirá que «Para ser un malnacido / no hace falta renegar / de la patria. Basta dar / la espalda a un presente urgido» (p. 34).

[5] «Bendito el gozo del borracho / y el picorcillo del gazpacho. / […] Bendita sea la panarria, / tan original ella, y la fanfarria / tan marcial y la miel de la Alcarria. / Bendito el vino tino, el blanco / y el general Francisco Franco»», etc.

[6] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

El poemario «Prosa española» (1977) de José Luis Tejada: estructura y contenido

José Luis Tejada (El Puerto de Santa María, 1927-Cádiz, 1988), escritor y profesor universitario, autor de varias obras de poesía[1], definió sus versos, en su poema «Desgana», como «pocos, pálidos, tímidos, pequeños». Sin embargo, su faceta poética no fue ni tan pequeña ni tan pálida como su modestia nos quiso hacer creer. En sucesivas entradas pretendo realizar un acercamiento temático a su poemario Prosa española, cuyo título es una reminiscencia del verso de Berceo que le sirve de lema: «Quiero fer una prosa en román paladino…». Deseo, pues, el suyo de hablar a las claras, con valentía, de un tema siempre espinoso, la realidad nacional de la posguerra, con una apuesta decidida por la reconciliación de todos los españoles. El propósito del libro coincide con algunas de las inquietudes generales de su producción poética, con una circunstancia especial añadida: la de su fecha de publicación, 1977, en los comienzos de la transición democrática española. El poemario quiere ser una profunda reflexión sobre la convivencia pacífica de los españoles y, en general, sobre el tema de España («tierra madre» común para todos, pero a veces también “madrastra” para con algunos de sus hijos). Además, Tejada lanza un llamamiento a la fraternidad universal entre todos los hombres, habitantes de un mismo hogar-tierra.

TejadaJoseLuis

Como acabo de indicar, José Luis Tejada publica esta obra en 1977, aunque los poemas que la componen son anteriores. En efecto, tras la cita-lema de Berceo ya mencionada y la sentida dedicatoria «A todos los españoles de buena voluntad», el autor explica:

Estos poemas fueron escritos entre 1960 y 1966, algunos están publicados en diversas revistas; en mi apreciación, ahora recobran vigencia, por eso los reúno en este libro.

Acaso hoy, todavía, no lleguen demasiado tarde en su llamada vehemente a la reconciliación nacional.

Tras la «Cita, dedicatoria y aclaración», el poemario se divide en tres secciones, «Entre nosotros» (que consta de doce poemas[2]), «Tríptico de la libertad» (son tres sonetos) y «Tierra madre» (otros doce poemas). Todas las composiciones del libro[3] llevan título propio, salvo los versos iniciales de la sección «Entre nosotros» (empiezan «Estos versos se quedan solos…»), que, más que como un poema propio, pueden ser considerados una declaración de intenciones. Si lo entendemos así, la estructura externa resulta equilibrada y simétrica, con dos partes con igual número de poemas, doce, unidas por un eje de tres sonetos, que sirve de puente entre ambas[4].


[1] Para andar conmigo (Homenaje a Lope de Vega, 1562-1962), Madrid, Rialp, 1962; Villancicos de los oficios, Cádiz, Torre Tavira, 1965; Carta para Aquilino en Inglaterra, Málaga, Publicaciones de la Librería Anticuaria «El Guadalhorce», 1966; Hoy por hoy, ed. de Ángel Caffarena, Málaga, Publicaciones de la Librería Anticuaria «El Guadalhorce», 1966; Razón de ser, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1967 (y una 2.ª ed. abreviada, Málaga, Diputación de Málaga, 1976); El cadáver del alba, Madrid, Editorial Oriens, 1968; Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977; Del río de mi olvido, El Puerto de Santa María, Fundación Municipal de Cultura, 1978; Poemía (Antología de los primeros libros), Cádiz, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1985, con prólogo de Leopoldo de Luis; Aprendiz de amante, Cádiz, Publicaciones de la Caja de Ahorros de Cádiz, 1986, y el libro póstumo Cuidemos este son (Poesía flamenca), Sevilla, Renacimiento, 1997. Ver también Desde un fracaso escribo. Antología poética, ed. de Jaime Siles, Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2006. Sobre el autor y su obra, remito especialmente a Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000; y a Luis Miguel García Jambrina y Mercedes Gómez Blesa (eds.), La poesía amorosa de José Luis Tejada, Madrid, Biblioteca Nueva, 2005.

[2] Serían trece si contamos como tal «Estos versos se quedan solos…», que funcionan más bien, en mi opinión, como palabras preliminares.

[3] Prosa española recoge todos los poemas ya incluidos en Hoy por hoy (1966), libro formado por «Coplas de las aguas turbias», «Lo peor», «Loco con el mismo tema» y «Reconciliaciones». Por otra parte, en Razón de ser (1967) ya se había publicado la «Oración por los españoles sin España».

[4] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

«A un Niño-Jesús que reclinaba su cabeza sobre una calavera», de Carlos Murciano

Hoy, con la fiesta del bautismo del Señor, finaliza el ciclo de la Navidad. Terminaremos también la serie de poemas navideños de estos días con una décima de Carlos Murciano[1] que, aparte de la evocación sanjuanista de los vv. 8-9 (eco de los famosos versos «Tras de un amoroso lance, / y no de esperanza falto, / volé tan alto, tan alto, / que le di a la caza alcance»), reelabora poéticamente una representación iconográfica muy reiterada del Niño Jesús durmiendo sobre una calavera (otras veces, sobre una cruz, y en algunas ocasiones con representación de ambos elementos, la cruz y la calavera, que anticipan ya desde el momento del Nacimiento su futura Pasión y muerte, como en el cuadro de Bartolomé Esteban Murillo «El Niño Jesús dormido sobre la Cruz» conservado en el Museo del Prado)[2]. Este es el poema de Murciano:

El Todo sobre la Nada.
Duermes así, de manera
que finge una calavera
ser tu mullida almohada.
La breve mano apoyada
sobre la mejilla, di,
¿qué estremecer de alhelí
te puso en tan dulce trance
que diste a la caza alcance,
Niño, sin volar de Ti?[3]

NiñoJesusCalavera

[1] Carlos Murciano es autor que se ha acercado con frecuencia al tema navideño en su poesía, ya en solitario (ver, por ejemplo, su poema «De cómo María dice su sorpresa por el nacimiento del Niño y pregunta a José cómo ocurrió», o el «Soneto para la madrugada de un seis de enero»), ya al alimón con su hermano Antonio (como en el «Romance viejo de la madre nueva»).

[2] Ver sobre este tema el trabajo de José Guillermo Rodríguez Escudero, «La iconografía del Niño Jesús dormido sobre la calavera y con los atributos de la Pasión». Varias representaciones pictóricas y escultóricas pueden verse en esta otra entrada de blog: «Theatrum: Niño Jesús dormido sobre la cruz, la conciencia de nacer para morir».

[3] Texto recogido en Tallas y poemas del Niño-Dios, Madrid, Publicaciones Españolas, 1967, s. p.

«Viene el Amor a nuestra arcilla breve…», de Alfredo Díaz de Cerio

Comienza el Año Nuevo y desde este blog insular y barañario seguimos recordando con poesía la esencia de la Navidad, que no es otra que el nacimiento en Belén del Niño-Dios, redentor de toda la humanidad. Transcribo hoy —solemnidad de Santa María, Madre de Dios— un hermoso soneto de Alfredo Díaz de Cerio (Mendavia, Navarra, 1941-Pamplona, 2008), recogido en su libro póstumo De Navidad a Nochevieja (2008). Jesús Mauleón, en el prólogo de la publicación, escribe estas palabras que contextualizan perfectamente al autor y su poemario:

Profesionalmente, diríamos que Alfredo era más pintor que poeta, aunque no sea más que porque a nadie se le ocurre aducir la actividad poética como profesión en documento oficial alguno. Pero hacía versos por la misma razón por la que pintaba o esculpía, o por la misma pasión que le llevaba a plasmar o decir lo que de fuera hería su sensibilidad o lo que le ardía por dentro. Como poeta dejó una decena de libros y obtuvo innumerables distinciones y, entre otros, los premios Antonio Machado, León Felipe, Fray Luis de León, Vicente Aleixandre, Luis Rosales, Martínez Baigorri…

El libro que aquí se presenta no es, seguramente, el más acendrado ni el más difícil de su producción. Buena parte de él se resuelve métricamente en formas tradicionales como el soneto, la décima, las letrillas de diversa factura, sus versos rimados de arte menor. No es quizá la obra más original ni novedosa del poeta, pero sí un poemario cálido y sentido, accesible a un amplio público, con ramalazos líricos del mejor Díaz de Cerio. […] Aquí abundan los poemas donde casi todo es leve, con la levedad de la tradición popular del villancico. Maneja Alfredo todos los datos tradicionales de la Navidad: el portal con Jesús, María y José, Reyes, pastores, estrella, canto en el cielo, luz, nieve y noche invernal. Pero los conjuga y los vive para alcanzar en ocasiones versos y poemillas enteros de renovada belleza[1].

Este soneto en concreto (el número VIII de la sección inaugural del libro, «Sonetos a la Navidad») se articula en torno a la idea de la encarnación de Cristo, que siendo Dios se hace barro mortal («Viene el Amor a nuestra arcilla breve», v. 1); es decir, se pone de relieve su naturaleza humana («se atreve / a ser carne mortal y carne leve», vv. 4-5, con expresivo encabalgamiento estrófico; «herido con la herida / de todo lo que muere por ser vida», vv. 6-7; «se hace el Verbo de carne tan sencilla», v. 10). Ese Jesús, todo Amor, es a la vez Niño y Dios (v. 8); y, siguiendo con otra aparente contradicción (o, por mejor decir, el profundo misterio, la «Maravilla de toda maravilla», v. 9), «El gran Libertador se hace cautivo» (v. 12): porque, en efecto, el Redentor de todo el linaje humano asume por completo las servidumbres de la carne, las ataduras de su condición de hombre. Tal es el «milagro vivo / y tierno de Belén» (vv. 13-14), certera expresión de Díaz de Cerio que se refuerza desde el punto de vista retórico con un nuevo encabalgamiento, en esta ocasión versal. De esta forma, en su rotunda sencillez, «la gloria de Dios luce más pura» (v. 11) y es «limpia hermosura» (v. 14). Cabe destacar, en fin, el buen ritmo de los catorce endecasílabos, que forman un soneto de gran belleza y musicalidad, cuyo texto completo es como sigue:

Viene el Amor a nuestra arcilla breve,
a nuestra soledad tan escondida.
Viene el Amor de forma decidida
y llega de manera que se atreve

a ser carne mortal y carne leve.
Viene el Amor herido con la herida
de todo lo que muere por ser vida;
tan Niño viene Amor que nos conmueve.

Maravilla de toda maravilla:
se hace el Verbo de carne tan sencilla
que la gloria de Dios luce más pura.

El gran Libertador se hace cautivo,
misterio del amor, milagro vivo
y tierno de Belén, limpia hermosura[2].

Natividad, de Sandro Boticelli
Natividad, de Sandro Boticelli.


[1] Jesús Mauleón, prólogo a Alfredo Díaz de Cerio, De Navidad a Nochevieja, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo-Institución Príncipe de Viana), 2008, pp. 12-13.

[2] Alfredo Díaz de Cerio, De Navidad a Nochevieja, p. 26.

El villancico «Canta, gallo, canta…» de Rodrigo de Reinosa

¡Aleluya, Aleluya,
ha nacido el Salvador!

Rodrigo de Reinosa, pseudónimo del bachiller Rodrigo de Linde (Reinosa, Cantabria, c. 1450-c. 1530), es poeta conocido por ser el creador de la lírica germanesca en lengua castellana. Ha sido estudiado por José María de Cossío, quien le dedicó un volumen en la Antología de escritores y artistas montañeses[1]. La primera obra impresa con su nombre, aunque perdida, es el Cancionero de Rodrigo de Reinosa de coplas de Nuestra Señora (Barcelona, 1513). Por otra parte, se le ha atribuido un Cancionero de Nuestra Señora, impreso tardíamente (León, 1612), pero tal atribución resulta problemática. Rodrigo de Reinosa fue muy popular en su época y sus composiciones se nos han conservado en distintos cancioneros y a través de pliegos sueltos. En sus poemas da entrada a personajes populares como rufianes, prostitutas, pastores, comadres, venteros, negros, etc. Cultivó también el tema navideño; al decir de Gerardo Diego, lo trata

de diversos modos y con variedad de intenciones. Una veces, anacrónica y deliciosamente, como en la letrilla a la Virgen para que abrigue al Niño con una de las dos mortajas de Lázaro, con la media capa de San Martín, el manto de Elías o el velo del Templo. Otras de manera un tanto conceptuosa y refinada. O como en el romance «Al Nacimiento», lleno de sagrado estupor. O bien, y es quizá su más tierna inspiración, cantando sobre el estribillo popular la inminencia del parto virginal[2].

Este último comentario se refiere al villancico que copio hoy, en el que la voz lírica corresponde a san José, que se dirige en apóstrofe al gallo (vv. 1-2), para que anuncie el amanecer del nuevo día; y luego ya, durante el resto de la composición, a su esposa María, cuyo vientre está  a punto de florecer con el nacimiento del Niño-Dios:

Canta, gallo, canta,
cata[3] que amanece;
y tú, Virgen Santa,
tu vientre florece[4].

El parto es llegado
de nuestra esperanza;
que Dios encarnado
nació sin dudanza;
por donde se alcanza
el bien que parece[5];
tu vientre florece.

A la media noche
acá entre nos
sin ningún reproche
nació hombre y Dios;
pues, Señora, a nos
por vos tal contece[6],
tu vientre florece.

Según me decíais,
y a mí me dijeron,
estas profecías
en vos se cumplieron;
pues vos escogieron[7]
porque Adam padece,
tu vientre florece.

Pues Dios nos echó
en este portal
do el Niño nació
por lo humanal;
en este arrabal,
con frío que crece,
tu vientre florece.

Si quieres que vaya
partera[8] a buscar,
el gabán y sayo
os quiero dejar;
en pobre lugar
todo esto acaece;
tu vientre florece.

Mientras vo[9], Señora,
partera a buscar,
quered vos agora
sola consolar:
no queráis llorar,
que a mí me entristece;
tu vientre florece.

Lumbre no tenemos
ni leña ninguna,
ni tampoco habemos[10]
mantillas ni cuna;
pues nuestra fortuna
todo esto merece,
tu vientre florece.

Con terrible invierno
y noche lloviosa[11],
sin ningún gobierno,
con pena penosa,
consuélate, Esposa,
aunque algo fallece[12];
tu vientre florece[13].

Adoración_de_los_pastores_Bonifazio_Veronese
Adoración de los pastores, de Bonifazio Veronese.


[1] Rodrigo de Reinosa, selección y estudio de José María de Cossío, Santander, Librería Moderna, 1950. Ver también Stephen Gilman y Michael J. Ruggerio, «Rodrigo de Reinosa and La Celestina», Romanische Forschungen, 73, 1961, pp. 255-284; La poesía de Rodrigo de Reinosa, estudio y ed. de José Manuel Cabrales Arteaga, Santander, Institución Cultural de Cantabria, 1980; Rodrigo de Reinosa, Poesía de germanía, ed. de María Inés Chamorro Fernández, Madrid, Visor, 1988; y, más reciente, Rodrigo de Reinosa, Obra conocida, ed. de Laura Puerto Moro, San Millán de la Cogolla, Cilengua, 2010.

[2] Gerardo Diego, La Navidad en la poesía española, Madrid, Ateneo, 1953, pp. 19-20.

[3] cata: mira, date cuenta.

[4] florece: haz florecer.

[5] parece: aparece, se presenta.

[6] contece: acontece, sucede.

[7] pues vos escogieron: Diego lee este verso «pues a vos escogieron», largo; enmiendo para regularizar la medida del hexasílabo.

[8] partera: cambio la lectura de Diego, partero, por partera, como figura luego en el v. 41.

[9] vo: voy.

[10] habemos: tenemos.

[11] lloviosa: forma usual en la lengua antigua, con vacilación en la vocal átona.

[12] fallece: falta.

[13] Diego, La Navidad en la poesía española, pp. 20-22. Retoco ligeramente la puntuación y destaco en cursiva la cabeza del villancico y el verso repetido como estribillo. Diego cierra su comentario sobre este villancico con una nota humorística, en guiño regional: «Bien se echa de ver que este San José, disfrazado bajo el capote recio y pardo de Rodrigo de Reinosa, conocía bien las noches cerradas de cellisca y ventisca en Campóo de Suso» (p. 22).

Una poesía de José María Pemán dedicada a Irache

José María Pemán (Cádiz, 1897-Cádiz, 1981) formó parte del grupo de literatos (Fermín Yzurdiaga, Eugenio d’Ors, Ángel María Pascual, Manuel Iribarren…) que, en tiempos de la guerra civil, se reunió en Pamplona en torno a Jerarquía. Revista negra de la Falange, publicada entre comienzos de 1937 y el otoño de 1938)[1]. En esta ficha que le dedica Andrés Amorós tenemos recogidos los datos esenciales relativos a su obra:

PEMÁN, José María (Cádiz, 1897-1981). Escritor de amplio registro: poeta, narrador, dramaturgo, ensayista, orador, etc. Sin embargo, su clara adscripción ideológica le ha valido que suela aparecer, en los manuales, como una figura más monolítica de lo que en realidad fue. En la inmediata posguerra ocupó el puesto de director de la Real Academia Española, que luego cedió caballerosamente. Alcanzó gran éxito, antes de la guerra, con el drama histórico El divino impaciente (1933), sobre la figura de San Francisco Javier. Las derechas lo convirtieron en bandera frente al A.M.D.G. de Pérez de Ayala, y la polémica fue muy grande. Otro motivo de escándalo: su obra poética Poema de la Bestia y el Ángel (1938) suele citarse como ejemplo máximo de la adhesión triunfal al régimen de Franco, en lo que algunos califican de «literatura fascista». Se reveló como novelista de humor en Romance del fantasma y doña Juanita (1927). A esta obra siguieron: Volaterías (1932), De Madrid a Oviedo (1933) y Señor de su ánimo (1943). Pemán fue también uno de los más grandes oradores de su tiempo, dentro de una elocuencia florida de escuela tradicional.

En el teatro siguió fiel al drama histórico: Cuando las Cortes de Cádiz (1934) y Cisneros (1934). Comedias costumbristas son La casa (1946) y Callados como muertos (1952). Farsas castizas, con enredo y humor andaluz, son Los tres etcéteras de don Simón (1958) y La viudita naviera (1960). Después de la guerra se convirtió en el autor favorito de la alta burguesía, con sus comedias suaves, ingeniosas, que triunfaban en el madrileño Teatro Lara. Pemán siguió fiel siempre a sus ideas patrióticas, católicas y tradicionalistas: «¡Soy cristiano y español, que es ser dos veces cristiano…!» Suele confundírsele con la fidelidad absoluta al régimen de Franco. No es justo. Pemán fue siempre monárquico, eso sí, y eso le colocó no pocas veces frente a la Falange y al Movimiento Nacional. Su origen gaditano le inclinaba hacia un liberalismo nada revolucionario, pero poco acorde con el generalísimo. La finura innata de su espíritu andaluz se expresaba mejor que nunca, quizá, en muchos de sus artículos, que solía publicar en el diario ABC[2].

De su relación con Navarra quedan algunas huellas literarias. La más importante es, sin duda alguna, su drama El divino impaciente (1933), sobre la figura universal de San Francisco de Javier. Pero ahora nos interesa mencionar que, entre sus composiciones líricas, hay una dedicada a Irache (podemos imaginar que inspirada por alguna visita al monasterio con sus amigos navarros).

Monasterio_de_Irache

La reproduzco a continuación:

IRACHE

In Irache once were hanging
Chains that Sancho broke…
 

Muros de Irache, colgaban
fuertes cadenas al sol.
En las Navas de Tolosa
el rey Sancho las rompió.

Muros de Irache, a los pies
cabalgaba, puesto el sol.
Un madrigal suspirante
cantaba una tierna voz.

Muros de Irache, colgaban
ayer cadenas al sol:
cuando el rey Sancho hacía
señales de su valor,
y Juan de Yepes hablaba
sabias palabras de Dios.

Muros de Irache, a los pies,
cuando iba de vuelta yo,
en la flor de un madrigal
prendieron mi corazón[3].


[1] Este texto se publicó originalmente, con el mismo título, en Amigos de Irache. Boletín de la Asociación de Amigos del Monasterio de Irache, año IX, núm. 7, septiembre de 2004, pp. 12-13.

[2] Andrés Amorós, en Diccionario de literatura española e hispanoamericana, dirigido por Ricardo Gullón, Madrid, Alianza Editorial, 1993, p. 1230. En fin, para más información sobre la vida y la obra de José María Pemán, remito a estos trabajos: Gonzalo Álvarez Chillida, José María Pemán. Pensamiento y trayectoria de un monárquico (1897-1941), Cádiz, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1996 y José María Pemán: un contrarrevolucionario en la crisis española del siglo XX, Madrid, Ediciones de la Universidad Autónoma, 1991; Marisa Ciriza, Biografía de Pemán, Madrid, Editora Nacional, 1974; Eusebio Ferrer Hortet, José María Pemán: 83 años de España, prólogo de Luis María Ansón, Madrid, Palabra, 1993; Fernando Sánchez García, La narrativa de José María Pemán, Sevilla, Alfar, 1999; y Javier Tusell y Gonzalo Álvarez Chillida, Pemán: un trayecto intelectual desde la extrema derecha hasta la democracia, Barcelona, Planeta, 1998.

[3] Cito por José María Pemán, Obras completas, tomo I, Poesía, Madrid, Escelicer, 1947, pp. 554-555.

Cronología de Miguel Hernández (1910-1942)

MiguelHernandez

Infancia y juventud (1910-1929)

Los comienzos de Miguel Hernández están marcados por la pobreza (relativa) de su familia y sus incipientes capacidades literarias, que chocan de pleno con sus obligaciones en el hogar familiar.

1910 El 30 de octubre nace en Orihuela (Alicante), hijo de un modesto tratante de cabras.

1914 Su padre decide trasladar el hogar familiar a una casa más amplia, situada en la calle de Arriba (actualmente Casa Museo), lugar de inspiración de algunos de sus poemas.

1918 Acude a las Escuelas del Ave María, anexas al Colegio Santo Domingo, regentado por los jesuitas. Poco después, por su valía como estudiante, ingresa al colegio pese a ser este de pago.

1925 Deja de ir al Colegio, dedicándose a cuidar el rebaño de cabras familiar mientras escribe versos. Su formación inicial es totalmente autodidacta.

Miguel Hernández se ve obligado a tomar la decisión más trascendental de su vida: dedicarse a la poesía o continuar siendo pastor.

MiguelHernandez2

Años de publicaciones (1930-1938)

Afortunadamente, la vida de Miguel Hernández termina por encaminarse hacia la poesía. Sus primeras obras son acogidas con expectación por las altas clases literarias contemporáneas, con quienes se rodea durante su estancia en Madrid antes y durante el transcurso de la Guerra Civil.

1930 Toma contacto con la generación oriolana de 1930, especialmente con Ramón Sijé. Aparece su primer poema en un diario local.

1931 Se libra de quintas. El 30 de noviembre emprende su primer viaje a Madrid.

1932 Reportaje sobre Miguel Hernández en la Gaceta Literaria (14 de enero) y Estampa (22 de febrero). En agosto conoce ligeramente a Josefina Manresa, que luego será su mujer. Comienza Perito en lunas, cuyo contrato firma el 1 de diciembre. Conoce a García Lorca.

1933 El 20 de enero aparece Perito en lunas en Murcia. Comienza su auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras.

1934 En marzo tiene lugar su segundo viaje a Madrid. Aparece El Gallo Crisis. En el verano se publica su auto sacramental Quién te ha visto y quién te ve y Sombra de lo que eras en Cruz y Raya. Comienza a escribir El silbo vulnerado e Imagen de tu huella (versiones previas de El rayo que no cesa). El 27 de septiembre formaliza su noviazgo con Josefina Manresa. Inicia Los hijos de la piedra, sobre la revolución de los mineros asturianos. Conoce a Pablo Neruda.

1935 Conoce a Vicente Aleixandre. Sale el último número de El Gallo Crisis. Colabora en Caballo verde para la poesía (octubre). El 24 de diciembre muere Ramón Sijé en Orihuela (Miguel Hernández seguía en Madrid trabajando como secretario de José María de Cossío). La Revista de Occidente publica la «Elegía a Ramón Sijé» y varios sonetos de El rayo que no cesa. Reanuda más activamente sus relaciones con Josefina Manresa, que se habían enfriado temporalmente (relación con la pintora Maruja Mallo).

1936 El 2 de enero los folletones de El Sol recogen su reseña de Residencia en la tierra, de Neruda. El 24 de enero se edita El rayo que no cesa en la «Colección Héroe» de Manuel Altolaguirre. Escribe El labrador de más aire. En junio aparecen nuevos poemas suyos en Revista de Occidente. Al estallar la Guerra civil ingresa en el Ejército Popular de la República como miliciano voluntario. Va naciendo su poemario Viento del pueblo.

1937 El 9 de marzo se casa con Josefina Manresa en Orihuela. Escribe Teatro en la guerra. En julio participa en el II Congreso Internacional de Intelectuales en Defensa de la Cultura, en Madrid y Valencia. De agosto a octubre es su viaje a Rusia, para asistir al V Festival de Teatro Soviético, pasando por varias capitales europeas. Aparecen Viento del pueblo, Teatro en la guerra y El labrador de más aire en Valencia. El 19 de diciembre nace su primer hijo.

1938 El 19 de octubre muere su hijo. Escribe Pastor a la muerte y se imprime en Valencia El hombre acecha, libro que queda sin encuadernar al entrar las tropas nacionales en la ciudad.

Miguel-Hernandez2

Encarcelamiento y muerte (1939-1942)

1939 El 4 de enero nace su segundo hijo, que sobrevivirá. Al acabar la guerra, intenta llegar a Portugal a mediados de abril, pero la policía de este país le detiene en Rosal de la Frontera y lo entrega a la española. De mayo al 17 de septiembre pasa por las cárceles de Huelva, Sevilla y Torrijos (Madrid), hasta ser puesto en libertad provisional. Al regresar a su ciudad natal en busca de su familia es reconocido y detenido el 29 de septiembre. A finales de noviembre es trasladado a la Prisión del Conde de Toreno (Madrid).

1940 En enero es juzgado y condenado a muerte, conmutándosele la sentencia por treinta años de cárcel.

1941 Tras pasar por otras prisiones, es trasladado a Alicante en junio. A finales del año enferma de tifus, que degenerará en tuberculosis.

1942 El 28 de marzo muere en la cárcel a consecuencia de la enfermedad contraída[1].


[1] Ver la biografía, ahora revisada y actualizada, de José Luis Ferris, Miguel Hernández: pasiones, cárcel y muerte de un poeta, Madrid, Fundación José Manuel Lara, 2016.

El soneto «A un Cristo crucificado» de Manuel José de Oteiza

De la producción literaria del agustino Manuel José de Oteiza y Dongo (Santiago de Chile, 1742-Talca, 1798) se nos han conservado algunos sonetos y décimas, además del poema titulado Liberto penitente, una glosa de los Salmos de David que quedó sin terminar. Ya en una entrada anterior comenté su «Décima a una flor nacida en un cráneo», buen ejemplo del tema del desengaño barroco. Hoy copiaré uno de los sonetos que se le atribuyen, «A un Cristo crucificado»:

CristoCrucificado.JPG

¡Dios de mi alma! ¡Vos crucificado!
Y siendo el sumo gozo y alegría…
Sujeto a las tinieblas y agonía,
y del cabello al pie todo llagado…

De sacrílegas lenguas blasfemado,
de la gente cruel que os perseguía…
¡Todo por mi dolor y causa mía!
¡Y estoyme yo de asiento en un pecado!

Ya no pienso, Señor, más ofenderos.
Antes a Vos, de nuevo convertido,
hacer enmienda de mis tratos vanos;

que yo seguro estoy de no perderos,
pues para remediarme os tengo asido
y clavado en la Cruz de pies y manos[1].


[1] Cito por Ginés Albareda y Francisco Garfias, Antología de la poesía hispanoamericana. Chile, Madrid, Biblioteca Nueva, 1961, pp. 101-102 (en el v. 8 tal vez fuera mejor lectura «mi pecado»). En las pp. 18-19 de su estudio introductorio los editores recogen los escasos datos biográficos del autor de que disponemos.