Elementos de la tradición animalística en el «Persiles»

(Hoy cumple un año esta «Ínsula Barañaria». Han sido 365 días de actividad ininterrumpida, a razón de una entrada diaria en el blog. Muchas gracias a todos los lectores, asiduos o esporádicos, por vuestro interés en estas sencillas notas sobre literatura, y también por vuestros amables y provechosos comentarios. Ha sido, sin duda, un esfuerzo grande, pero ha merecido, sigue mereciendo, la pena… Por otra parte, he disfrutado preparando y adaptando todos estos materiales. De momento, tenemos ánimo para seguir, por lo menos, un año más. Gracias de nuevo a todos y un amistoso abrazo.- Carlos, Gobernador de la Ínsula Barañaria.)

Además de la materia mitológica, de la Antigüedad clásica y de la Biblia, también se incorporan al Persiles diversos elementos de la tradición animalística; así la alusión a las grullas, en boca de Antonio el padre:

Desa manera será menester que usemos de la industria que usan las grullas, cuando, mudando regiones, pasan por el monte Limabo, en el cual las están aguardando una aves de rapiña para que les sirvan de pasto; pero ellas, previniendo este peligro, pasan de noche, y llevan una piedra cada una en la boca, para que les impida el canto y escusen de ser sentidas» (p. 777b)[1].

La grulla, emblema de la vigilancia

O al armiño, en el aforismo de Belarminia: «La mujer ha de ser como el armiño, dejándose antes prender que enlodarse» (p. 804b; nótese, por cierto, que esto lo dice Bel-arminia, nombre simbólico que podríamos interpretar ‘bella y pura como el armiño’)[2].

Detalle de La dama del armiño


[1] Cito el Persiles por la edición de Florencio Sevilla Arroyo en Miguel de Cervantes, Obras completas, Madrid, Castalia, 1999.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El Persiles de Cervantes, paradigma del arte narrativo barroco», en Ignacio Arellano y Eduardo Godoy (eds.), Temas del Barroco hispánico, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, pp. 197-219.

Elementos mitológicos y de la Antigüedad clásica en el «Persiles»

Encontramos en el Persiles un aprovechamiento importante de la mitología, del mundo bíblico y de la Antigüedad clásica que contribuye a su ornato. Por ejemplo, se alude al mito de Apolo y Dafne:

Ya estaba Arnaldo en el esquife de la nave, y ya llegaba a la orilla, cuando se adelantó Periandro a recebille; pero Auristela no se movió del lugar donde primero puso el pie, y aun quisiera que allí se le hincaran en el suelo y se volvieran en torcidas raíces, como se volvieron los de la hija de Peneo, cuando el ligero corredor Apolo la seguía (p. 712b)[1].

Apolo y Dafne

Y también encontramos la inversión del mito, cuando Antonio el mozo es requerido de amores por la lasciva Rosamunda: «Ves aquí, ¡oh nuevo cazador, más hermoso que Apolo!, otra nueva Dafne que no te huye, sino que te sigue» (p. 718b).

Otro mito utilizado es el de Argos, gigante de cien ojos, emblema de la vigilancia atenta. Antonio el mozo lo es por vigilar la belleza de Auristela, Transila y Constanza: «Servíales de Argos el mozo Antonio, de lo que sirvió el pastor de Anfriso. Eran los ojos de los dos [Mauricio y Antonio] centinelas no dormidas, pues por sus cuartos la hacían a las mansas y hermosas ovejuelas que debajo de su solicitud y vigilancia se amparaban» (p. 720b). De forma semejante, Periandro es Argos de la belleza de Auristela: «este Argos de esta ternera de Auristela» (p. 731b).

Otro personaje mitológico aludido es Ganimedes, para connotar ‘belleza masculina’: «¿Quién puede ser este luchador, este esgrimidor, este corredor y saltador, este Ganimedes, este lindo…» (p. 731b), referido a Periandro; «No ha de enamorar el amante con las gracias de otro; suyas han de ser las que mostrare a su dama; si no canta bien, no le traiga quien la cante; si no es demasiado gentilhombre, no se acompañe con Ganimedes» (p. 760b). En III, 21 llega Andrea Marulo para ver a Isabela: «Venga, venga —replicó Isabela— ese putativo Ganimedes, ese contrahecho Adonis, y déme la mano de esposo, libre, sano y sin cautela» (p. 801b).

A su vez, el consejero del rey que expulsará a los moriscos es equiparado a un Atlante, en boca del jadraque (p. 786a). En otra ocasión, mientras pasan un río, cae Feliz Flora al agua, y la saca Antonio, estableciéndose la comparación con Europa: «… tras quien se abalanzó con no creída presteza el cortés Antonio, y sobre sus hombros, como a otra nueva Europa, la puso en la seca arena de la contraria ribera» (p. 792b). Croriano dormido tiene la misma hermosura del dios del amor, es un «hermoso Cupido» (p. 795b), y la impresión que causa en Ruperta es la misma que la que produce el escudo de Medusa: «halló en él la propiedad del escudo de Medusa, que la convirtió en mármol» (p. 795b). En III, 15 hay una alusión a Hércules y Deyanira (pp. 791b-792a), a propósito de las camisas hechizadas, «ricas por el lienzo, y por la labor vistosas», enviadas por Lorena a Domicio.

Por lo que toca a alusiones al mundo clásico y bíblico, en II, 17 Sinforosa abandonada por Periandro es equiparada a «otra engañada y nueva Dido» (p. 753a). La belleza de Auristela, que en Roma sigue causando total admiración, queda equiparada a la de la diosa del amor: «—Yo apostaré que la diosa Venus, como en los tiempos pasados, vuelve a esta ciudad a ver las reliquias de su querido Eneas» (p. 807b). En IV, 1 el español autor de Flor de aforismos peregrinos afirma reunir las propiedades de Marte con las de Mercurio y Apolo porque mezcla en su persona las armas y las letras (p. 804a). En fin, Ruperta disponiéndose a asesinar a Croriano, el matador de su esposo, evoca en su discurso para darse aliento la historia bíblica de Judit y Holofernes (p. 795a; algo muy adecuado, porque ya quedó dicho que Ruperta conserva la cabeza de su esposo)[2].


[1] Cito el Persiles por la edición de Florencio Sevilla Arroyo en Miguel de Cervantes, Obras completas, Madrid, Castalia, 1999.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El Persiles de Cervantes, paradigma del arte narrativo barroco», en Ignacio Arellano y Eduardo Godoy (eds.), Temas del Barroco hispánico, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, pp. 197-219.

Elementos pictóricos y visuales en el «Persiles»

Además de las imágenes emblemáticas ya señaladas en la entrada anterior, hay otros aspectos que guardan relación con lo pictórico y lo visual en el Persiles:

1) El lienzo de Periandro: en III, 1 Periandro pide a un pintor que pinte los principales casos de su historia, de forma que mostrar el lienzo le excusa de contarla por lo menudo. Así se hará, y Antonio el mozo será el encargado de declarar las pinturas ante diversos auditorios.

2) Los retratos de Auristela, que dan lugar a varias consideraciones de tono neoplatónico: ella está impresa en el alma de Periandro (y de Arnaldo) mejor que pintada en la tabla; su belleza divina queda agraviada por el pincel humano, etc. Por un retrato de Auristela compiten el duque de Nemurs y Arnaldo en IV, 2-3 y en IV, 6, con sus armas primero y con sus bienes después.

En este apartado podemos englobar también algunos pasajes con alto valor visual-simbólico. Recordemos, por ejemplo, el momento en que Antonio dispara su flecha contra Cenotia y yerra el blanco, para dar al maledicente Clodio atravesándole boca y lengua (la lengua y la espada, aquí la lengua y la flecha, constituyen un emblema de la maledicencia).

Flecha que atraviesa la boca

Transila, para defender su honestidad y evitar el rito de violación matrimonial vigente en su tierra, sale «con una lanza terciada en las manos, […] hermosa como el sol, brava como una leona y airada como una tigre» (p. 709b[1]), en palabras de su padre Mauricio. Llamativa es también la descripción de otra mujer varonil, Sulpicia, sobrina de Cratilo y esposa de Lampidio, que busca vengar a su esposo muerto:

En fin, pisando muertos y hollando heridos, pasaron los míos adelante, y en el castillo de popa hallaron puestas en escuadrón hasta doce hermosísimas mujeres, y delante dellas una, que mostraba ser su capitana, armada de un coselete blanco, y tan terso y limpio que pudiera servir de espejo, a quererse mirar en él; traía puesta la gola, pero no las escarcelas ni los brazaletes; el morrión sí, que era de hechura de una enroscada sierpe, a quien adornaban infinitas y diversas piezas de colores varios; tenía un venablo en las manos, tachonado de arriba abajo con clavos de oro, con una gran cuchilla de agudo y luciente acero forjada, con que se mostraba tan briosa y tan gallarda que bastó a detener su vista la furia de mis soldados, que con admirada atención se pusieron a mirarla (p. 748a)[2].


[1] Cito el Persiles por la edición de Florencio Sevilla Arroyo en Miguel de Cervantes, Obras completas, Madrid, Castalia, 1999.

[2] Esta descripción recuerda la que figura al comienzo del relato de Heliodoro. Ver Heliodoro, Las Etiópicas o Teágenes y Cariclea, introducción, traducción y notas de Emilio Crespo Güemes, Madrid, Gredos, 1979. Sulpicia reaparece en II, 18, con los mismos rasgos distintivos: «una hermosísima mujer, armada de unas armas blancas, a quien no podían acabar de encubrir un velo negro con que venían cubiertas» (p. 754b). Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «El Persiles de Cervantes, paradigma del arte narrativo barroco», en Ignacio Arellano y Eduardo Godoy (eds.), Temas del Barroco hispánico, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, pp. 197-219.

Elementos alegóricos y emblemáticos en el «Persiles»

La alegoría de la vida humana como peregrinación es fundamental en el Persiles: cubre todo el texto, y no parece necesario citar ejemplos. Destacaré, sí, la especial recurrencia de imágenes relacionadas con la navegación, también en sentido alegórico[1]. En cuanto a la emblemática[2], las imágenes más reiteradas son la de la Fortuna (con su rueda y el clavo para fijarla cuando está en el momento próspero) y la de la Ocasión con su guedeja de cabellos que debe asirse (ver pp. 697b, 711a, 743a, 765b, 780a, 799a, 800b, 816b, 822a[3], etc.). Hay que señalar que en el Persiles la Fortuna se equipara con la Providencia: «aquella que comúnmente es llamada Fortuna, que no es otra cosa sino un firme disponer del cielo» (p. 822a).

Cabe destacar dos pasajes articulados de forma alegórico-emblemática: la competición de barcas en el episodio de la boda de los pescadores (II, 10) y el sueño de Periandro (II, 15). Cuando los viajeros asisten a las bodas de unos pescadores, Auristela arregla las parejas trocadas para que se casen Selviana con Solercio y Leoncia con Carino: «Esto quiere el cielo», indica (p. 741a). En las fiestas nupciales, salen en competición cuatro barcas, que forman una hermosa alegoría: una representa a un vendado Cupido; otra, al Interés como gigante pequeño; la tercera, a la Diligencia, mujer desnuda y con alas; la última, la que vence finalmente, a la Buena Fortuna.

En II, 15 se nos refiere el sueño de Periandro en el que se le aparece primero la Sensualidad:

Volved, señores, los ojos, y haced cuenta que veis salir del corazón de una peña, como nosotros lo vimos, sin que la vista nos pudiese engañar; digo que vimos salir de la abertura de la peña, primero un suavísimo son, que hirió nuestros oídos y nos hizo estar atentos, de diversos instrumentos de música formado; luego salió un carro, que no sabré decir de qué materia, aunque diré su forma, que era de una nave rota que escapaba de alguna gran borrasca; tirábanla doce poderosísimos jimios, animales lascivos. Sobre el carro venía una hermosísima dama, vestida de una rozagante ropa de varias y diversas colores adornada, coronada de amarillas y amargas adelfas. Venía arrimada a un bastón negro, y en él fija una tablachina o escudo, donde venían estas letras SENSUALIDAD. Tras ella salieron otras muchas hermosas mujeres, con diferentes instrumentos en las manos, formando una música, ya alegre y ya triste, pero todas singularmente regocijadas (p. 750a).

Luego se le presenta Auristela como la Castidad, emblema de la pureza, acompañada de dos doncellas, la Continencia y la Pudicicia («amigas y compañeras, acompañamos perpetuamente a la Castidad», p. 750b), las cuales anuncian que irán con ella hasta el fin de las peregrinaciones y trabajos «en la alma ciudad de Roma» (p. 750b).

Arnaldo emplea la imagen de la yedra y el muro (también yedra y olmo) para referirse a la unión de Renato y Eusebia: «Gocéisle luengos años [el bien], señor Renato, y gócele en vuestra compañía la sin par Eusebia, yedra de vuestro muro, olmo de vuestra yedra, espejo de vuestro gusto y ejemplo de bondad y agradecimiento» (p. 759b). Al final de III, 14 se indica que Auristela sin Periandro es «yedra sin arrimo», cuando este cae desde lo alto de la torre: «¡Ay de mí, otra vez sola y en tierra ajena, bien así como verde yedra a quien ha faltado su verdadero arrimo!» (p. 791a); y en IV, 1 se repite la misma imagen: «Lejos nos hallamos de nuestras tierras, no conocidos de nadie en las ajenas, sin arrimo que sustente la yedra de nuestras incomodidades» (p. 803b).

El olmo y la yedra

A su vez, Arnaldo se equipara con la mariposa que se acerca peligrosamente a la luz, aquí la de los ojos de Auristela: «Contó asimismo cómo se murmuraba que por la ausencia de Arnaldo, príncipe heredero de Dinamarca, estaba su padre tan a pique de perderse, del cual príncipe decían que, cual mariposa, se iba tras la luz de unos bellos ojos de una su prisionera» (p. 759b).

La mariposa y la luz

Encontramos también el emblema tópico de la ingratitud, la víbora que pica al labrador que la ha abrigado en su pecho (p. 775b); en fin, de Isabela Castrucho, en su espera constante de Andrea Marulo, se dice que ha sido roca firme frente a los embates de las olas del mar (p. 801b)[4].


[1] Por ejemplo, en estas palabras de Martín Banedre: «pero ya mi suerte, cansada de llevar la nave de mi ventura con próspero viento por el mar de la vida humana, quiso que diese en un bajío que la destrozase toda» (p. 774b).

[2] Ver John T. Cull, «Emblem motifs in Persiles y Sigismunda», Romance Notes, 32, 1992, pp. 200-208; e Ignacio Arellano, «Elementos emblemáticos en La Galatea y el Persiles», Bulletin of Spanish Studies, vol. 81, 4-5, 2004, pp. 571-584. Para el uso de la emblemática en otras obras de Cervantes, pueden verse los diversos trabajos que ha dedicado Arellano al tema: «Motivos emblemáticos en el teatro de Cervantes», Boletín de la Real Academia Española, 77, 1997, pp. 419-443; «El género de los emblemas y el simbolismo visual en la obra de Cervantes», Hispanistica, 5, 1997-1998, pp. 39-48; «Visiones y símbolos emblemáticos en la poesía de Cervantes», Anales cervantinos, 34, 1998, pp. 169-212; «Más sobre el lenguaje emblemático en el Viaje del Parnaso de Cervantes», Lexis, 23, 2, 1999, pp. 317-336; y «Los emblemas en el Quijote», en Rafael Zafra y José Javier Azanza (eds.), Emblemata aurea, Madrid, Akal, 2000, pp. 9-32.

[3] Cito el Persiles por la edición de Florencio Sevilla Arroyo en Miguel de Cervantes, Obras completas, Madrid, Castalia, 1999.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El Persiles de Cervantes, paradigma del arte narrativo barroco», en Ignacio Arellano y Eduardo Godoy (eds.), Temas del Barroco hispánico, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, pp. 197-219.

Elementos dramáticos en el «Persiles»

Me limitaré a señalar, brevemente, algunos detalles significativos sobre la presencia de elementos dramáticos en el Persiles:

1) El relato de Antonio en I, 5-6, ante un auditorio atento y con el impresionante telón de fondo de la isla bárbara en llamas, tiene cierto carácter de representación dramática.

2) El episodio de III, 8 protagonizado por los dos alcaldes villanos Tozuelo y Pedro Cobeño presenta un marcado tono entremesil.

3) Recordemos, asimismo, todo lo sucedido en Badajoz, cuando los peregrinos coinciden en un mesón con una compañía de recitantes; un poeta remendón de comedias viejas opina que Auristela podría ser una buena farsanta e indica a Periandro que, en vez de usar el lienzo que mandó pintar para explicar la historia de sus sucesos, debería componerse una comedia sobre este asunto (más tarde, en IV, 8 nos enteramos de que el poeta ha escrito, en efecto, una comedia sobre Periandro y Auristela). Además el Corregidor los invita a su casa a ver una representación de la fábula de Céfalo y Pocris.

4) Recurso repetido en varias obras dramáticas es el del jinete que cae de su montura (imagen simbólica de que su razón no domina sus deseos); lo mismo sucede aquí en III, 7 con el polaco Ortel Banedre, descabalgado cuando iba cegado por el deseo de venganza («ciego de vuestra cólera», le dice Periandro, p. 775b[1]).

Jinete derribado de su montura

5) En fin, encontramos el recurso de la mujer disfrazada de varón, de amplio uso en el teatro (en la novela, vemos a Auristela vestida de hombre en la isla bárbara, y además a Periandro con ropas femeninas)[2].


[1] Cito el Persiles por la edición de Florencio Sevilla Arroyo en Miguel de Cervantes, Obras completas, Madrid, Castalia, 1999.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El Persiles de Cervantes, paradigma del arte narrativo barroco», en Ignacio Arellano y Eduardo Godoy (eds.), Temas del Barroco hispánico, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, pp. 197-219.

Elementos líricos en el «Persiles»

En el Persiles, obra narrativa, encontramos además incrustaciones de otros géneros literarios (lírica, teatro…), y de otras artes y estilos (pintura, emblemática, alegoría, etc.). Podría hablarse, por tanto, de la integración en ella de varios géneros literarios, incluso de una fusión de diversas artes. Consideremos hoy los elementos líricos insertos en la novela.

Además de otras poesías, leemos en el Persiles cuatro sonetos: el del portugués («Mar sesgo, viento largo, estrella clara…», en I, 9); el de Rutilio («Huye el rigor de la invencible mano…», II, 18); el de Policarpa («Cintia, si desengaños no son parte…», II, 3); y el del peregrino anónimo («¡Oh grande, oh poderosa, oh sacrosanta…», IV, 3). Para insertar los cuatro sonetos Cervantes elige sabiamente cuatro momentos, muy concretos, de gran tensión y dramatismo y de notable importancia estructural.

Dos de ellos, los dos primeros, son enunciados en el mar, los otros dos en tierra. Tres son cantados y uno, el último, declamado —pudiéramos decir— con el fervor de una oración religiosa. El primero y el tercero, inciden en el tema del amor (amor y navegación, amor y silencio, respectivamente), el segundo y el cuarto apuntan más bien hacia el sentimiento religioso (la salvadora Arca de Noé y la ciudad santa de Roma, «cielo de la tierra»). Todos ellos están magníficamente imbricados en la trama narrativa: se relacionan con las respectivas acciones del episodio en que se insertan (a veces con marcas textuales que enlazan muy claramente el texto del soneto y el de la narración), de forma que lo predicado en los pasajes líricos está en paralelo con la situación que viven los personajes en cada momento.

Sabemos que Cervantes tenía en muy alto concepto la poesía (la poesía considerada como ciencia; otra cosa distinta es su opinión sobre los poetas), y en su narrativa usa las composiciones poéticas para subrayar líricamente aquellos momentos o episodios especialmente peligrosos, dramáticos o intensos, momentos en los que el sentimiento de los protagonistas alcanza una notabilísima altura. En definitiva, los cuatro sonetos incluidos constituyen cuatro hermosas perlas líricas sabiamente engastadas por Cervantes en el oro narrativo del Persiles[1].

Oro y perlas


[1] Ver José Ignacio Díez Fernández, «Funciones de la poesía en Los trabajos de Persiles y Sigismunda», Dicenda, 14, 1996, pp. 93-112; y Carlos Mata Induráin, «Algo más sobre Cervantes poeta: a propósito de los sonetos del Persiles», en Alicia Villar Lecumberri (ed.), Peregrinamente peregrinos. Actas del V Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas (V-CINDAC), Lisboa, Asociación de Cervantistas-Fundaçâo Calouste Gulbenkian, 1-5 septiembre 2003, [Barcelona D. L.], Asociación de Cervantistas / Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, 2004, vol. I, pp. 651-675. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «El Persiles de Cervantes, paradigma del arte narrativo barroco», en Ignacio Arellano y Eduardo Godoy (eds.), Temas del Barroco hispánico, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, pp. 197-219.

Economía narrativa en el «Persiles»: un ejemplo

Me referiré tan solo a un ejemplo claro de esta economía narrativa que se aprecia en el Persiles. Mediado el libro III, con la ausencia de la narración de Arnaldo, ha desaparecido también el tema de los celos (que había tenido mucha importancia en el libro II). Pues bien, cerca de Valencia sale al paso de los peregrinos una villana que pronuncia estas breves y misteriosas palabras: «Señores, ¿pedirlos he o darlos he?» (p. 786b)[1].

Celos2

Periandro es el único capaz de solucionar el enigma expresado en forma de ceugma y dar una respuesta adecuada, acertando que se trata de pedir o dar celos. La escena se resuelve en escasas diez líneas, pero sirve para retomar el por algún tiempo abandonado tema de los celos, en lo que constituye una maravillosa muestra de la economía narrativa de Cervantes[2].

Celos3


[1] Cito el Persiles por la edición de Florencio Sevilla Arroyo en Miguel de Cervantes, Obras completas, Madrid, Castalia, 1999.

[2] Más tarde, con los protagonistas ya en Milán, el tema reaparece al acudir a una sesión de la Academia de los Entronados, en la que participan en la disputa acerca de si puede haber amor sin celos. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El Persiles de Cervantes, paradigma del arte narrativo barroco», en Ignacio Arellano y Eduardo Godoy (eds.), Temas del Barroco hispánico, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, pp. 197-219.

La admiración, la verosimilitud y lo maravilloso en el «Persiles» (y 2)

Abundan en el Persiles los comentarios metaliterarios sobre diversas cuestiones relacionadas con la verosimilitud. Así, sobre el binomio verdad / imaginación se reflexiona al final del libro I:

En el cual punto deja el autor el primer libro desta grande historia, y pasa al segundo, donde se contarán cosas que, aunque no pasan de la verdad, sobrepujan a la imaginación, pues apenas pueden caber en la más sutil y dilatada sus acontecimientos (p. 724a)[1].

En II, 15 se habla de las fuerzas de la imaginación y de mentiras que parecen verdades (p. 750b). En III, 10 se introduce un nuevo comentario a propósito de la verdad y la verosimilitud:

… porque no todas las cosas que suceden son buenas para contadas, y podrían pasar sin serlo y sin quedar menoscabada la historia: acciones hay que, por grandes, deben de callarse, y otras que, por bajas, no deben decirse; puesto que es excelencia de la historia que cualquiera cosa que en ella se escriba puede pasar, al sabor de la verdad que trae consigo; lo que no tiene la fábula, a quien conviene guisar sus acciones con tanta puntualidad y gusto, y con tanta verisimilitud que, a despecho y pesar de la mentira, que hace disonancia en el entendimiento, forme una verdadera armonía (p. 781a).

En III, 12, Ambrosia Agustina, tras contar su historia, advierte a sus oyentes:

Esta es, amigos míos, mi historia: si se os hiciere dura de creer, no me maravillaría, puesto que la verdad bien puede enfermar, pero no morir del todo. Y, pues que comúnmente se dice que el creer es cortesía, en la vuestra, que debe de ser mucha, deposito mi crédito (p. 788a).

Asimismo, del vuelo desde la torre de la mujer de Domicio, que aterriza ilesa merced a que sus vestidos ralentizan la caída, se afirma que es caso «más para ser admirado que creído» (p. 792b), aunque ya se señaló antes que era «cosa posible sin ser milagro» (p. 790b).

Vestido paracaídas

Con frecuencia suele recordarse, a este respecto, una cita del comienzo de III, 16:

Cosas y casos suceden en el mundo, que si la imaginación, antes de suceder, pudiera hacer que así sucedieran, no acertara a trazarlos; y así, muchos, por la raridad con que acontecen, pasan plaza de apócrifos, y no son tenidos por tan verdaderos como lo son; y así, es menester que les ayuden juramentos, o a lo menos el buen crédito de quien los cuenta, aunque yo digo que mejor sería no contarlos, según lo aconsejan aquellos antiguos versos castellanos que dicen:

Las cosas de admiración
no las digas ni las cuentes,
que no saben todas gentes
cómo son (p. 793a).

La verosimilitud entra en juego de nuevo a propósito del episodio de la cueva de Soldino:

Otra vez se ha dicho que no todas las acciones no verisímiles ni probables se han de contar en las historias, porque si no se les da crédito, pierden su valor, pero al historiador no le conviene más de decir la verdad, parézcalo o no lo parezca. Con esta máxima, pues, el que escribió esta historia dice que Soldino, con todo aquel escuadrón de damas y caballeros, bajó por las gradas de la escura cueva, y a menos de ochenta gradas se descubrió el cielo luciente y claro y se vieron unos amenos y tendidos prados que entretenían la vista y alegraban las almas (p. 797a).

En fin, al inicio de III, 14 leemos una cita sobre la historia, la poesía y la pintura, artes que pueden tratar cualquier tema (la libertad del creador es total, y ninguna materia escapa a su fuerza creadora):

La historia, la poesía y la pintura simbolizan entre sí, y se parecen tanto que, cuando escribes historia, pintas, y cuando pintas, compones. No siempre va en un mismo peso la historia, ni la pintura pinta cosas grandes y magníficas, ni la poesía conversa siempre por los cielos. Bajezas admite la historia; la pintura, hierbas y retamas en sus cuadros; y la poesía tal vez se realza cantando cosas humildes (p. 789b)[2].

Y es que, al igual que ocurre en el Quijote, Cervantes en el Persiles nos ofrece, al mismo tiempo que la práctica, su teoría de la novela[3]. Estas intromisiones autoriales, con comentarios metaliterarios, abundan en los libros III y IV (escritos de forma simultánea con el Quijote)[4].


[1] Cito el Persiles por la edición de Florencio Sevilla Arroyo en Miguel de Cervantes, Obras completas, Madrid, Castalia, 1999.

[2] Otros comentarios metaliterarios tienen que ver con referencias al autor de la historia, como en las pp. 724b, 725b y 732a.

[3] Ver Stephen Harrison, La composición de «Los trabajos de Persiles y Sigismunda», Madrid, Pliegos, 1993, p. 116.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El Persiles de Cervantes, paradigma del arte narrativo barroco», en Ignacio Arellano y Eduardo Godoy (eds.), Temas del Barroco hispánico, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, pp. 197-219.

La admiración, la verosimilitud y lo maravilloso en el «Persiles» (1)

Tres aspectos esenciales dentro de la teoría de la novela cervantina son la admiración, la verosimilitud y lo maravilloso, puestos de relieve por varios comentarios metaliterarios que Cervantes introduce por boca del narrador o de sus personajes. El autor debe despertar la admiratio de los lectores[1], que es al mismo tiempo la admiración de los personajes de la novela.

Admiración

Se podrían multiplicar hasta la saciedad las citas del Persiles que hablan de cómo quedan admirados todos cuantos contemplan la belleza, la nobleza, la virtud y la discreción del «hermoso escuadrón» de peregrinos (en particular las de Auristela y Periandro, capaces de conmover a los más bárbaros). Así, tras su llegada a tierras portuguesas leemos:

Ya salía de Belén el nuevo escuadrón de la nueva hermosura: Ricla, medianamente hermosa, pero estremadamente a lo bárbaro vestida; Constanza, hermosísima y rodeada de pieles; Antonio el padre, brazos y piernas desnudas, pero con pieles de lobos cubierto lo demás del cuerpo; Antonio el hijo iba del mismo modo, pero con el arco en la mano y la aljaba de las saetas a las espaldas; Periandro, con casaca de terciopelo verde y calzones de lo mismo, a lo marinero, un bonete estrecho y puntiagudo en la cabeza, que no le podía cubrir las sortijas de oro que sus cabellos formaban; Auristela traía toda la gala del setentrión en el vestido, la más bizarra gallardía en el cuerpo y la mayor hermosura del mundo en el rostro. En efecto, todos juntos y cada uno de por sí, causaban espanto y maravilla a quien los miraba; pero sobre todos campeaba la sin par Auristela y el gallardo Periandro (p. 761b)[2].

En III, 16 se describe un aposento todo de luto, y un caballero anciano de lo mismo, formando «la más extraña visión que habréis visto en vuestra vida» (p. 793b). El anciano les anuncia que pronto verán una gran maravilla: se refiere a Ruperta, mujer del conde Lamberto de Escocia, asesinado por el desdeñado Claudino Rubicón. Ruperta, que conserva y lleva consigo la cabeza descarnada de su esposo en una caja de plata, ha jurado sobre ella vengar su muerte; y hasta que no consiga su objetivo, su vestido, su aposento y todos sus objetos son de color negro[3], resolución que deja admirados a todos.

Dos capítulos después aparece una dama toda vestida de verde, con un antifaz también verde. Se trata de Isabela Castrucho, que finge estar endemoniada para evitar el casamiento no deseado que su familia ha dispuesto y poder unirse a su verdadero amado, Andrea Marulo (que, a su vez, se finge igualmente loco para rehuir el matrimonio señalado por sus padres). Más tarde se descubre que los únicos demonios que poseen a Isabela son sus amorosos pensamientos. Su historia, de nuevo, pone admiración en el alma de todos los circunstantes.

Asimismo, causa admiración la historia del aventurero Ortel Martín Banedre, quien indica en III, 6: «me han sucedido cosas de que quizá pudieran hacer una gustosa y verdadera historia» (p. 774b). En III, 7 los peregrinos le piden que refiera sus hechos con todas las menudencias, porque eso acrecienta la gravedad del cuento. Así lo hace el polaco, dejando a todos «admirados de sus sucesos y del buen donaire con que los había contado» (p. 776a)[4].


[1] Ver Edward C. Riley, «Aspectos del concepto de admiratio en la teoría literaria del Siglo de Oro», en Studia Philologica. Homenaje ofrecido a Dámaso Alonso, Madrid, Gredos, 1963, vol. III, pp. 173-183.

[2] Cito el Persiles por la edición de Florencio Sevilla Arroyo en Miguel de Cervantes, Obras completas, Madrid, Castalia, 1999.

[3] Como vemos, causan admiración tanto la belleza y nobleza de los protagonistas como las historias que se van intercalando en el relato.

[4] Antes se había indicado que «la salsa de los cuentos es la propiedad del lenguaje en cualquiera cosa que se diga» (p. 775a). Por supuesto, en este apartado de la admiración habríamos de añadir todas las aventuras y sucesos extraordinarios propios del molde de la novela griega: tormentas, naufragios, asaltos y combates, profecías, elementos de magia y superstición, uso de disfraces, etc. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El Persiles de Cervantes, paradigma del arte narrativo barroco», en Ignacio Arellano y Eduardo Godoy (eds.), Temas del Barroco hispánico, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, pp. 197-219.

El «Persiles», un laberinto de historias intercaladas

Persiles, ed. de J. B. Avalle-ArceCervantes, que siempre elogia la liberalidad, se nos muestra en el Persiles liberal de palabras, pródigo de historias. Ese caudal de historias, de peligros y de muertes que va enhebrando en la narración como en un rosario viene a demostrar su increíble capacidad fabuladora. A veces los personajes se dejan llevar por el puro placer de contar (y también de escuchar lo contado por otros), de forma que el libro se convierte en un verdadero laberinto de historias y de lenguas.

Así, cuentan sus historias Antonio (y la continúa su esposa Ricla), Rutilio, Mauricio, Periandro y, en general, cada nuevo personaje que se va incorporando al grupo. Con relación a las novelas intercaladas, parte de la crítica ha entendido que se trata de un retroceso estético, al considerar que Cervantes vuelve a un procedimiento del Quijote de 1605 que había quedado desestimado en la segunda parte de 1615. Sin embargo, todas estas historias intercaladas no son gratuitas, sino que ofrecen variaciones sobre los temas centrales (amor, matrimonio, celos, religión, muerte…) y presentan ejemplos que imitar o ejemplos que rechazar. En suma, contribuyen al perspectivismo de la novela.

El mejor ejemplo de esto lo tenemos en la historia de Periandro, dilatada a lo largo de varios capítulos del segundo libro, que genera comentarios diversos entre sus oyentes. En II, 14 Mauricio opina que se extiende mucho contando «su extraña peregrinación», y argumenta respecto a sus digresiones que «los episodios que para ornato de las historias se ponen no han de ser tan grandes como la misma historia; pero yo, sin duda, creo que Periandro nos quiere mostrar la grandeza de su ingenio y la elegancia de sus palabras» (p. 747b)[1]. Transila, por su parte, opina que «ora se dilate o se sucinte en lo que dice, todo es bueno y todo de gusto» (p. 747b). Al final de ese capítulo Mauricio insiste en sus quejas:

Apostaré […] que se pone agora Periandro a describirnos toda la celeste esfera, como si importase mucho a lo que va contando el declararnos los movimientos del cielo. Yo, por mí, deseando estoy que acabe… (p. 749a).

Y los comentarios similares continúan en II, 15: para Transila «prosigue bien su cuento» (p. 750a), mientras que el narrador señala que las razones «cuando son largas, aunque sean buenas, antes enfadan que alegran» (p. 750a); y el propio Periandro comenta: «El gusto de lo que soñé […] me hizo no advertir de cuán poco fruto son las digresiones en cualquiera narración, cuando ha de ser sucinta y no dilatada» (p. 751a). Por ello, dado que algunos de sus oyentes se cansan, decide seguir su plática pero abreviándola. También en el diálogo final del capítulo II, 16 se ponderan los rodeos de la historia:

—¡Válame Dios —dijo Rutilio en esto—, y por qué rodeos y con qué eslabones se viene a enga[r]zar la peregrina historia tuya, oh Periandro!

—Por lo que debes al deseo que todos tenemos de servirte —añadió Sinforosa—, que abrevies tu cuento, ¡oh historiador tan verdadero como gustoso!

—Sí haré —respondió Periandro—, si es posible que grandes cosas en breves términos puedan encerrarse (p. 752a)[2].

En I, 16 los viajeros, después de sortear diversos peligros en alta mar, encuentran un patrón que les ofrece hospedaje. Este asilo, y más tarde otros lugares de detención como el palacio del rey Policarpo, o los mesones de la Europa meridional en los que se albergan, van a desempeñar una función similar a la de las ventas en el Quijote: allí se reúnen los personajes dispersos o se les suman otros nuevos, y allí les suceden fantásticas aventuras; así, al aludir a uno de estos mesones en IV, 1, el narrador subraya que es un lugar «adonde siempre les solía acontecer maravillas» (p. 803b). Un buen ejemplo de cómo se encadenan o arraciman las historias lo tenemos en II, 14, donde se da el procedimiento de la narración dentro de la narración: la historia de Sulpicia se incorpora al relato general de Periandro. No es solo que unas historias secundarias se engarcen con otras, sino que a veces determinados personajes reaparecen o sus casos se retoman al cabo de cierto tiempo: así, en el caso del portugués Manuel de Sosa Coitiño, primero se cuenta su historia y muerte (I, 11), y más tarde, cuando los peregrinos están en Lisboa (III, 1), tienen ocasión de ver su epitafio y se añaden nuevos detalles sobre el desenlace…[3]


[1] Cito el Persiles por la edición de Florencio Sevilla Arroyo en Miguel de Cervantes, Obras completas, Madrid, Castalia, 1999.

[2] Al final de II, 19 Periandro sigue «su tantas veces comenzado y no acabado cuento» (p. 757b). Y en II, 20 se explica que «las pláticas largas, aunque sean de importancia, suelen ser desabridas» (p. 759a).

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El Persiles de Cervantes, paradigma del arte narrativo barroco», en Ignacio Arellano y Eduardo Godoy (eds.), Temas del Barroco hispánico, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, pp. 197-219.