Resumen de la acción de «La boda de Quevedo» de Narciso Serra (Acto III)

La acción de La boda de Quevedo retorna a la sala de paso en la casa donde vive Quevedo, como en el acto I.

Escena primera. Doña Esperanza y Mateo. La dama indica que le siguió porque Quevedo le dijo que peligraba su honra. Mateo Cano cuenta su historia (fue soldado, ahora es un valiente que vende su espada al mejor postor). Quevedo logró una vez su perdón y por eso le obedece ciegamente. Don Andrés le encargó que diera un susto a doña Esperanza entrando a cuchilladas en su calle para que la gente la viera en sus brazos. Quevedo le pidió en cambio que la salvase llevándola a su cuarto.

Escena II. Doña Esperanza sola. Comenta que, siendo mujer y sin contar con la compañía de ningún familiar, fue paso imprudente venir a la Corte. Razona sobre el billete del duque, en el que le pide que se case con Quevedo. Hay en todo esto un gran misterio que desea aclarar. De hecho, no sabe si ama al poeta, y se pregunta si será alguien a quien recuerda de cierta ocasión.

Escena III. Adán de la Parra y doña Esperanza. Adán cree que quien está dentro de la habitación es Quevedo. Tras aclararse la confusión inicial, explica a la dama que, si ve a Quevedo, debe decirle que él lo ocultará en su casa: le debe la libertad y esta es la forma de pagarle. Pregunta a doña Esperanza si es casada: la pregunta es oportuna, porque puede salvarlo si se casa con él; le explica todo lo relativo a la sátira y la comedia escrita en colaboración con Mendoza y cómo la condesa-duquesa desea verlo casado «o achicharrarle soltero» (v. 1716); fue ella quien envió los textos al Santo Oficio para que se examinara si iban contra el dogma, y ahora el lazo del himeneo es el único mentís que el poeta puede darles. Adán indica que él es el encargado de prenderlo: «Si no es marido a las tres, / es prisionero a las cuatro» (vv. 1732-1733), y pide de nuevo a la hermosa dama que dé su mano a Quevedo.

Escena IV. Doña Esperanza, sola, reflexiona sobre su desengaño: piensa que lo que impulsaba al escritor a amarla era el miedo a la Inquisición, no el amor, y reconoce que su corazón vale más que el corazón de Quevedo.

Escena V. Doña Esperanza y doña Gaitana, que llega comentando que Quevedo es un canalla y el hombre más ruin: viene a buscar venganza del poeta, que la dejó en enaguas.

Escena VI. Don Marcial y don Andrés con la silla. Como compensación por haberle ayudado, don Andrés le pide a su amigo la llave de la casa. Cuando don Marcial replica que le ganó el criado, su amigo responde que es lo mismo que él hizo con la dueña. Van a reñir, pero deciden que es mejor alejarse hasta el Prado para no comprometer a la dama.

Escena VII. Aparece Quevedo en la ventana.

Escena VIII. Quevedo baja, justo cuando se va doña Esperanza. Doña Gaitana mata la luz y trata de engañar al poeta fingiendo la voz, porque desea pescar marido. Quevedo no sabe si se encuentra con una silfa o con una bruja, hasta que reconoce a la vieja por el tacto de su mano, y entonces la rechaza con repugnancia. Cuando ella dice que la Inquisición la vengará, Quevedo hace gala de su humor al afirmar que prefiere que lo tuesten a casarse con tal harpía.

Escena IX. Vuelve doña Esperanza con luz.

Escena IX Doña Esperanza y Quevedo. Adán le contó todo: ella no ha pensado casarse sin amor, así que le ofrece la vida casándolo con la dueña. «Yo solamente en vuestro amor vivía» (v. 1986), confiesa Quevedo: la ama con el alma y se dispone a morir amando. Doña Esperanza le muestra la carta del duque y cuenta Quevedo la historia de su sueño de amor: una niña le enamoró, una vez que un hombre la abofeteó en una iglesia; él dejó malherido al alevoso y tuvo que emigrar, pasando años sin ver la luz de su existencia. Esa niña no era otra que doña Esperanza. La dama ve ahora que ya amaba a Quevedo antes de conocerlo. El amor de ambos, se sinceran, no es un sueño.

PlazaQuevedo

Escena última. Dichos, don Andrés, don Marcial, corchetes, doña Gaitana y Adán. Doña Esperanza dice que Quevedo es su marido («La que le admiró poeta, / le sabrá adorar amante», vv. 2049-2050) y los corchetes, a una orden de Adán de la Parra, se retiran. Quevedo le ofrece toda su alma. Don Marcial y don Andrés, que venían sin luchar para que ella eligiera entre los dos, se encuentran con que la dama ya ha elegido a Quevedo. En los últimos versos, el poeta canta a los matrimonios en seguidillas: el hombre es náufrago en el mar de la vida y la mujer es barca, que le puede conducir a buen puerto o no, según los casos. Él pone su esperanza en doña Esperanza, y acaba con un anuncio: «Por sus luceros, / modelo de maridos / será Quevedo» (vv. 2103-2105)[1].


[1] El texto de esta entrada está extractado de mi introducción a Narciso Serra, La boda de Quevedo, Pamplona, Eunsa, 2002. Las citas, con su correspondiente numeración de versos, son por esta edición.

Cuatro recreaciones teatrales de la muerte del conde de Villamediana (1837-2008)

Aunque hay más obras que podrían ser consideradas, voy a centrar mi comentario en cuatro recreaciones dramáticas de la vida y muerte de Villamediana, a saber: La Corte del Buen Retiro. Drama histórico en cinco actos, escrito en verso, de Patricio de la Escosura, estrenado y dado a las prensas en 1837[1]; Son mis amores reales. Drama en cuatro actos y un epílogo, en verso, de Joaquín Dicenta (hijo), con estreno en 1925 y publicación dos años posterior, en 1927[2]; ¿Por quién moría don Juan?, pieza teatral de Luis Federico Viudes redactada en 1988 e impresa en 1993[3]; y Villamediana, tragedia de Ignacio Gómez de Liaño publicada en 2008[4] (estas dos últimas obras no me consta que hayan sido representadas).

Conde-de-Villamediana

Se trata de cuatro acercamientos muy distintos a la figura del conde, de acuerdo con los distintos criterios estéticos imperantes en cada momento cronológico: así, tenemos un Villamediana romántico (el de Escosura), un Villamediana poético-modernista (el de Dicenta), un Villamediana que pudiéramos calificar de «irreverente» y que es prototipo del personaje mítico de don Juan (el de Viudes) y, en fin, un Villamediana convertido en héroe trágico (el de Gómez de Liaño). Ofreceré en sucesivas entradas unas sencillas glosas a modo de comentario de cada una de estas cuatro obras[5].


[1] Patricio de la Escosura, La Corte del Buen Retiro, Madrid, Imprenta de los hijos de doña Catalina Piñuela, 1837.

[2] Joaquín Dicenta, Son mis amores reales…, Barcelona, Cisne, 1936.

[3] Luis Federico Viudes, ¿Por quién moría don Juan?, Murcia, Universidad de Murcia, 1993.

[4] Ignacio Gómez de Liaño, Hipatia, Bruno, Villamediana: tres tragedias del espíritu, Madrid, Siruela, 2008.

[5] Ver para más detalles mi trabajo «“La verdad del caso ha sido…”: la muerte del conde de Villamediana en cuatro recreaciones dramáticas (1837-2008)», en Ignacio Arellano y Gonzalo Santonja Gómez-Agero (eds), La hora de los asesinos: crónica negra del Siglo de Oro, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2018, pp. 59-95.

Resumen de la acción de «La boda de Quevedo» de Narciso Serra (Acto II)

La acción del Acto II de La boda de Quevedo sucede a la calle del Niño, de noche.

Escena primera. Don Andrés y doña Gaitana. Ella presume de noble, y solo por su nobleza —y porque su fin es santo— ayudará a don Andrés. Por su parte, el galán proclama que nunca nadie logró burlarse del burlador de Madrid. La dueña informa de que doña Esperanza ha salido a hacer obras de caridad, y en el diálogo se alude a que el rey actual está dominado por Olivares. Nos enteramos también de que la casa de doña Esperanza tiene una puerta de escape hacia la calle de Francos.

Escena II. Don Andrés, doña Gaitana y don Marcial, que queda escondido tras un arca de agua. Doña Gaitana, que tiene la llave de la puerta, pide a don Andrés que se retire. Don Marcial descubre ahora que don Andrés es su competidor.

Escena III. Los mismos, doña Esperanza y un escudero. Don Marcial ve confirmada su sospecha de que doña Gaitana es cómplice de su rival. La criada entrega a doña Esperanza un pliego del duque de Medinaceli.

Escena IV. Dichos, menos doña Gaitana. Don Andrés detiene a doña Esperanza para hablar con ella, le pide que oiga sus ruegos. Dice que sacrifica por ella el amor de cien beldades que le adoran. Ella le anima a seguir hablando (lo que provoca los celos de don Marcial)… pero es para que acabe cuanto antes de molestarla. Sale don Marcial a defender a la dama del atropello y dice que la defiende porque la adora. Doña Esperanza descubre que la del segundo galán no ha sido una intervención desinteresada.

Escena V. Don Andrés y don Marcial. Comentan que son rivales, y que la dama no ama a ninguno de los dos: uno es diestro en armas y tira tajos, otro diestro en amores y tira flores, y ninguno se muestra dispuesto a ceder en sus pretensiones. Don Marcial reprocha a su amigo que ambicionar ciento y una damas es demasiada ambición. Cuando se disponen a reñir oyen pasos y se interrumpen.

Escena VI. Ellos y Quevedo, que se ríe de ver riñendo a «el galán de la posada / y el galán de San Martín» (vv. 1210-1211, en alusión a los lugares donde cada uno conoció a la dama). Doña Esperanza, les dice, los dejó sin esperanza a los dos. Pero no solo eso: en realidad son tres los amantes; el tercero en discordia es él. Ahora Quevedo reniega de la sátira que escribió contra el matrimonio y se casa; hasta se muestra dispuesto a teñirse el pelo. Les dice que él no solo debe luchar con dos galanes rivales sino además con la fealdad de su rostro, y les pide que cedan en sus pretensiones para beneficiar a un amigo, pero ninguno de los dos quiere hacerlo. Les advierte que él va a poder con los dos porque es don Francisco de Quevedo.

Quevedo.jpg

Escena VII. Don Andrés y don Marcial, que se creen mejores que el poeta, deciden seguir en su intento cada uno por su camino.

Escena VIII. Quevedo, solo, se sube al balcón de la casa a esperar acontecimientos, pues sabe que los galanes volverán.

Escena IX. Quevedo escondido en el balcón y don Marcial, que llega amenazando con dar una fiera estocada a don Andrés. Se queja de que la dueña dio la llave al rival, cuando él la había pagado.

Escena X. Don Andrés se dirige al arca. Don Marcial da las tres palmadas de seña convenidas por su rival con la dueña.

Escena XI. Dichos y doña Gaitana, que aparece. Entre insultos, don Marcial reprocha a la vieja que le haya vendido; dice que le pagará el doble, y la amenaza diciendo que elija entre el oro o el acero. Pregunta el galán cuál es el plan de su rival don Andrés y la dueña confiesa: vendrá a las doce con unos truhanes, fingirán una riña y la dama, con seguridad, se desmayará; de esta forma dispondrá de una ocasión para tenerla en sus brazos y para que todos los vecinos lo vean. Don Marcial, que explica que pensaba incendiar la habitación y sacarla en brazos, se retira indicando que volverá con una silla de manos.

Escena XII. Don Andrés ha escuchado el plan de su rival. Suenan las doce campanadas.

Escena XIII. Dichos, Mateo y dos embozados. Habla con ellos don Andrés, les da la llave de la casa y vuelve al arca.

Escena XIV. Llega don Marcial con Leonardo conduciendo una silla de manos. Don Andrés da una bolsa de dinero al criado de su rival para que se retire, y así sucede.

Escena XV. Don Marcial y don Andrés. Don Marcial, que no se ha dado cuenta de que don Andrés ha sustituido a Leonardo, cree que su plan está saliendo según lo previsto.

Escena XVI. Ambos galanes meten en la silla un bulto rebozado, creyendo que es doña Esperanza, pero en realidad se trata de Quevedo[1].


[1] El texto de esta entrada está extractado de mi introducción a Narciso Serra, La boda de Quevedo, Pamplona, Eunsa, 2002. Las citas, con su correspondiente numeración de versos, son por esta edición.

El conde de Villamediana, personaje de ficción

Hace algún tiempo dediqué una entrada a «El conde de Villamediana, poeta de amor y carne de leyenda». Hoy quiero referirme a cómo su vida y su muerte han quedado plasmadas en el terreno de la ficción. Ya Roberto Castrovido, en su artículo «El caso Villamediana» de 1928 (una reseña al libro de Alonso Cortés), se refería a varios de los procesos de ficcionalización de la vida del noble-poeta que conforman todo un «ciclo literario»:

En romances, coplas, dramas, comedias, novelas y novelones ha andado la leyenda de Villamediana, con sus amores reales, con el incendio que puso trágico remate a La Gloria de Niquea, con sus sátiras, con sus lances en el juego y en el amor, con sus ostentaciones en Nápoles, con sus destierros y con su horrible muerte, violenta, criminal y misteriosa. La historia política y la literaria han estudiado también la vida alegre y la muerte triste del poeta discípulo de Góngora. De él han escrito historias, romances, comedias, baladas, novelas, ensayos, Céspedes y Meneses, Antonio Hurtado de Mendoza, el conde de Saldaña, Luis Vélez de Guevara, López de Haro, Patricio de la Escosura, Ángel Saavedra, duque de Rivas, Hartzenbusch (en su drama Vida por honra y en un discurso académico), D. Vicente Barrantes, Eguílaz, Antonio de Hurtado (no el de Mendoza, sino el de El haz de leña), Cotarelo y Dicenta (de cuya obra Son mis amores reales… dice D. Alonso Narciso Cortés que es innegablemente la mejor), Fernández y González, Orellana, San Martín, Diego San José, y el opúsculo que pone término al que podemos llamar ciclo literario, La muerte del conde de Villamediana, por Narciso Alonso Cortés (Valladolid, 1928), que hace la revelación y convierte en caso clínico al héroe de leyenda…[1]

Igualmente, Narciso Alonso Cortés comentaba ese paso a la literatura de la figura del conde y sus célebres «amores reales»:

La literatura se apoderó de la gallarda y arrogante figura del conde de Villamediana, para llevarla a sus obras. ¿Había nada más propicio al interés que aquellos amores reales, con sus trágicas consecuencias?[2]

Y, después de mencionar algunas de las piezas que inspiró, valora con estas palabras la aproximación a la figura del conde desde la narrativa romántica:

Muy numerosas son las novelas en que, con más o menos relieve, Villamediana ha salido a relucir. Fernández y González, Francisco J. Orellana, Antonio de San Martín y últimamente Diego San José, le han introducido en sendas novelas [cuyos títulos son, respectivamente, El Conde-Duque de Olivares, Quevedo, Aventuras de don Francisco de Quevedo y Villegas y El libro de horas]. En poder de los novelistas el conde es, por lo general, un personaje inverosímil y absurdo. Y no digamos nada cuando el relato, chabacano y torpe, va envuelto en una fabla que no se fabló nunca, cuyo principal resorte, entre inelegantes giros modernos que hacen aún más descabellado el intento, consiste en usar impropiamente tal cual palabra arcaica y en menudear la asimilación del pronombre (dalle, tomalle), o hacerle incorrectamente enclítico (el libro que trajéronme). Hay quien, como San Martín, describe a Villamediana de igual modo que si le estuviera viendo, con su «rostro ovalado, pelo castaño y abundante, ojos rasgados y negros, labio desdeñoso», etcétera, etc. El de Orellana, que lee también sonetos con acróstico, cae asesinado en presencia de una máscara con dominó (!), que no es sino el conde-duque de Olivares. En cambio, en la novela de Fernández y González es Quevedo quien asiste al asesinato y persigue al criminal hasta darle alcance; Villamediana no ama a la reina, y sólo por vanidad hace que la opinión pública le crea su amante, hasta el punto de que la misma doña Isabel es quien, indignada por esta conducta, autoriza la muerte. El Villamediana de Diego San José traiciona a un amigo, cría hijos con amas aldeanas, dice que «uno es el amor del corazón y otro el de la pretina», y hace que Lucinda, una dama muy mal hablada, apele a las eficacias de un abortivo[3].

Pues bien, en sucesivas entradas pretendo acercarme al tema de la muerte del conde de Villamediana en la ficción literaria, concretamente en cuatro piezas dramáticas. Desde el estreno de La Corte del Buen Retiro, de Patricio de la Escosura, en 1837 —en el momento de pleno triunfo del movimiento romántico en España— hasta la publicación en 2008 de Villamediana, una de las tres «tragedias del espíritu» de Ignacio Gómez de Liaño, contabilizo más de veinte recreaciones literarias en las que don Juan de Tasis y Peralta tiene carácter protagónico (a todas ellas habría que sumar otras obras en las que aparece Villamediana, aunque sus hechos no constituyan la parte nuclear de la acción). La mayoría de estas recreaciones corresponden al terreno del teatro y la narrativa, si bien existen también —aunque en menor número— algunas evocaciones lírico-poéticas. La aureola de leyenda que rodea a este fascinante personaje contribuye, sin duda alguna, a que el interés por su figura se haya mantenido hasta nuestros días. Su asesinato en plena calle Mayor de Madrid, ocurrido el 21 de agosto de 1622, ha inspirado también a otros artistas, como el pintor Manuel Castellano, cuyo cuadro «La muerte del conde de Villamediana» (1868) se conserva en el Museo del Prado[4].

MuerteVillamediana.jpg

Y en música deberíamos recordar que la primera «ópera seria» que escribió Manuel de Falla fue El conde de Villamediana, compuesta en 1891, cuando tenía aproximadamente quince años de edad[5].

Lo intenso de su existencia, una vida casi novelesca, explica en opinión de Juan Manuel Rozas el enorme interés que ha despertado:

Han sido muchos los poetas que tuvieron una vida interesante; bastantes los que dieron a esa vida un sentido poético —trágico, lírico o épico—; y unos pocos los que perduraron en el recuerdo de las gentes hechos leyenda. En los tres casos está incluido Don Juan de Tassis y Peralta, Conde de Villamediana y Correo Mayor del Reino, uno de los hombres que más intensamente vivió el intenso cruce del Renacimiento al Barroco, en la intensa Europa —Francia, Flandes, Italia, España— de su tiempo. Vivió envuelto en una tragedia cotidiana —placer que no sacia, desengaño que no cura— mucho más dolorosa que su tragedia última, su asesinato, porque, como pensó Quevedo, la muerte es sólo la cara de la muerte y la única enfermedad o accidente, con síntomas especialmente barrocos, es la propia vida. No sólo su día final, sino todos los días, su leyenda, y hasta su poesía, muestran una llamativa aureola de tragedia: tener vuelo para altas cosas y estar condenado a volar bajo, para al final caer estrepitosamente. Como Ícaro, como Faetón, como Prometeo[6].

Y Ruiz Casanova insiste en ello:

Por tanto, vida, obra y causas de su muerte constituyeron —y estas últimas aún hoy constituyen— uno de los secretos mejor enterrados del reinado de Felipe IV. Villamediana había adoptado una postura incómoda para el padre de aquél, Felipe III, y sus colaboradores más directos. Su poesía satírica se convirtió en un arma de doble filo: por un lado, era la representación del preocupado por su patria, por el declive de un gran imperio; por otro, era el arma arrojadiza que debía valerle el satisfacer sus ansias políticas y de poder. Ni una ni otra cara de esa misma moneda fueron toleradas por la maquinaria de la Corte, e incluso sobre su lírica amorosa quiso verse el lamento del que pasaría a la leyenda como «el novio de la Reina»[7].

José Antonio Rodríguez Martín, en su trabajo «Villamediana en la poesía decimonónica», explica las razones del éxito de estas recreaciones literarias:

A lo largo de la historia de la literatura española, pocas veces un poeta ha sido fuente de inspiración de otros escritores, con la profusión y variedad en los géneros, como don Juan de Tasis y Peralta, más conocido por su título de conde de Villamediana. En efecto, exceptuando el caso de Quevedo, Villamediana ha constituido y sigue constituyendo, aún hoy, en el último cuarto del siglo XX, un abundante filón para dar vida a los duendes de la fantasía en tantas y tantas obras.

Fue la suya una vida marcada por la aureola trágica del Barroco, que le mantuvo entre el placer insaciable, el desengaño constante, la peripecia increíble, el arrebato pasional, la ambición de medrar, y una muerte dramática y despiadada. Todos estos factores ayudaron a Villamediana a pasar a la posteridad, no solo como personaje de la historia, sino también como ente de ficción[8].

Por su parte, María del Carmen Rincón Martínez, que ha estudiado el tema «Juan de Tasis y el teatro del siglo XIX», escribe:

El famosísimo Juan de Tasis y Peralta, conde de Villamediana (1582-1622), personaje legendario por los sinuosos avatares de su vida, alimentó el teatro decimonónico, convirtiéndose en el prototipo ideal mediante el que representar, no sólo las inquietudes románticas, sino también la purga de errores inmorales y el marco del cuadro costumbrista. En efecto, algunos dramaturgos del siglo XIX construyeron su obra en torno a las peripecias que protagonizó, bien centrándose en una sola, sazonándola de subjetivos matices en una rica ambientación, bien entremezclándolas, para dar forma al género que querían cultivar. Patricio de la Escosura, Antonio Neira de Mosquera, Eulogio Florentino Sanz y Juan Eugenio de Hartzenbusch, entre sus numerosas obras, llevaron a las tablas a este personaje, tan lleno de atractivo en todos los tiempos, pero sin duda intensificado en el siglo XIX por las características especiales de ese momento, en el que nuestros dramaturgos […] toman muchos elementos del drama nacional del Siglo de Oro, enfatizando especialmente la pasión amorosa, convertida en núcleo dramático y en torno al cual ordenan todos los demás valores. Rara vez llevan a cabo una auténtica dramatización de la historia, que aparece como simple telón de fondo, como decoración o marco exterior de la acción. De la historia captan la anécdota, el detalle pintoresco. Todo lo más que llegaremos a percibir será una localización histórica del hecho y unas situaciones dramáticas condicionadas por la historia, en donde cristaliza el conflicto romántico entre la libertad del individuo y la presión social. Frente al individuo y sus aspiraciones, el mundo opone sus deberes, sus prejuicios y sus compromisos. El desenlace del conflicto será siempre el mismo: la destrucción del individuo[9].

En fin, Yasmina Reviriego, en su blog Viaje al desbordante Barroco (29 de febrero de 2016) ofrece un trabajo panorámico titulado «La figura del conde de Villamediana convertida en personaje literario de la mano de escritores de los siglos XIX y XX» en el que, además de repasar muchas de estas piezas, comenta:

Numerosos escritores de los siglos XIX y XX se han interesado por la vida del Conde de Villamediana, movidos por la leyenda que surge tras su muerte y los escándalos provocados en vida, y se han dedicado a convertir la figura del Conde en protagonista o personaje de numerosas obras: novelas, dramas en verso, romances, obras teatrales y biografías noveladas. Tras hacer un recorrido por estas obras podemos apreciar que durante estos siglos la figura de Villamediana ha sido rescatada y no ha quedado en el olvido. Lo que ha interesado de este personaje son las leyendas que circulan en torno a su persona. Si nos adentramos en cada una de las obras, es evidente que han recogido los episodios famosos de su vida y la visión romántica de conquistador nato: el episodio de las monedas para salvar a las almas del purgatorio; el episodio de «Son mis amores reales»; el tema de los versos dedicados a la misteriosa «Francelisa»; su amor por el juego, las joyas, los caballos y las numerosas deudas que contrajo por estas causas; el episodio del incendio de la representación de La Gloria de Niquea en Aranjuez, y por último, el episodio de su muerte […], el más importante de cara a formar su leyenda.

Como ya he señalado, este tratamiento literario de la figura del conde de Villamediana lo encontramos en los tres grandes géneros literarios: teatro, narrativa y poesía. En las próximas entradas examinaré cuatro piezas dramáticas en las que su presencia cobra carácter protagónico, dejando de lado otras recreaciones literarias en las que también interviene, si bien de una forma secundaria[10].


[1] Roberto Castrovido, «El caso Villamediana», La Voz, 22 de mayo de 1928.

[2] Narciso Alonso Cortés, La muerte del conde de Villamediana, Valladolid, Imprenta del Colegio Santiago, 1928, p. 29. En la edición de las Poesías de Juan de Tasis, Conde de Villamediana, Madrid, Editora Nacional, 1944, a cargo de L. R. C., se habla de «su vida, confundida y entreverada con la leyenda» (s. p.). Ver, desde otras perspectivas, Pascual de Gayangos, «La corte de Felipe III y aventuras del conde de Villamediana», Revista de España, julio y agosto de 1885, pp. 5-29, y Julio González Alcalde, «Juan de Tarsis, conde de Villamediana: una vida novelesca en el Madrid del siglo XVII», Pasea por Madrid: historia, turismo cultural y tiempo libre, 3, 2014, pp. 12-20.

[3] Alonso Cortés, La muerte del conde de Villamediana, pp. 41-42.

[4] Ver José Luis Díez, «“La muerte del Conde de Villamediana”, de Manuel Castellano (1826-1880) y sus dibujos preparatorios», Boletín del Museo del Prado, vol. 9, núms. 25-27, 1988, pp. 96-109.

[5] Si bien hoy esta ópera está desaparecida, sabemos que Falla se inspiró en el romance del duque de Rivas, y la creó para el Teatro de Colón, ciudad imaginaria de su juventud.

[6] Juan Manuel Rozas, El conde de Villamediana. Bibliografía y contribución al estudio de sus textos, Madrid, CSIC, 1964, pp. 7-8.

[7] José Francisco Ruiz Casanova, «Introducción», en Conde de Villamediana, Poesía impresa completa, Madrid, Cátedra, 1990, p. 16.

[8] José Antonio Rodríguez Martín, «Villamediana en la poesía decimonónica», en Homenaje a Pedro Sainz Rodríguez, Vol. 2, Estudios de lengua y literatura, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1986, p. 537.

[9] María del Carmen Rincón Martínez, «Juan de Tasis y el teatro del siglo XIX», Cuadernos para Investigación de la Literatura Hispánica, 8, 1987, p. 123.

[10] Ver para más detalles mi trabajo «“La verdad del caso ha sido…”: la muerte del conde de Villamediana en cuatro recreaciones dramáticas (1837-2008)», en Ignacio Arellano y Gonzalo Santonja Gómez-Agero (eds), La hora de los asesinos: crónica negra del Siglo de Oro, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2018, pp. 59-95.

Resumen de la acción de «La boda de Quevedo» de Narciso Serra (Acto I)

La acción del primer acto de La boda de Quevedo (1854) sucede en una sala de paso en la casa donde vive Quevedo.

Escena primera. Quevedo y don Marcial, que son vecinos de cuarto. Don Marcial, sobrino de don Luis Pacheco de Narváez, comenta que está inmerso en el juego del amor. Cuenta a Quevedo su desafío en una fiesta con «un hidalguillo bizco / más feo que un alacrán» (vv. 49-50) que lo desarmó; más tarde lo encontró de nuevo en Madrid, riñeron otra vez y el hidalguillo, con el mismo golpe de espada, lo dejó herido, siendo atendido en la posada por una bella dama, de la que quedó prendado. Sigue un parlamento de Quevedo contra las mujeres. Habla a continuación de los pleitos que le cuesta el señorío de la Torre de Juan Abad, y don Marcial le recuerda que tiene enemigos. Pese a la enemistad que enfrenta a Quevedo con su tío Luis, don Marcial le pide ayuda y consejo, y el poeta le recomienda que trate de ganarse a la dama dándole joyas o bien que la salve de un gran peligro, real o inventado.

Quevedo-Torre

Escena II. Llega don Andrés, «el galán más atildado / de los galanes» (vv. 213-214). Don Marcial los deja solos.

Escena III. Quevedo y don Andrés. Don Andrés, a quien llaman «el burlador de Madrid» (v. 232), le cuenta que tiene una honda pena en el alma: después de haber galanteado superficialmente a numerosas mujeres, ahora está enamorado de buena fe, pero la dama le es esquiva. Él le escribió un billete con una propuesta de matrimonio y su respuesta fue que no se casaría hasta el día en que se case Quevedo. Por ello, don Andrés trata de animarle para que se decida a contraer matrimonio. Quevedo, que se ve ya viejo y clama contra los hombres que se tiñen el cabello, reconoce que tuvo algunos devaneos, pero en realidad nunca conoció el amor: feo y con poca hacienda, ha vivido sin amores desde niño. Aunque una vez amó un sueño. «Es que yo amo al amor, / pero temo a la mujer» (vv. 366-367), indica, y le cuenta a su amigo varios casos curiosos en el comportamiento amoroso de las damas, que desprecian a quien las quiere bien, y al revés. Quevedo termina aconsejando a don Andrés que, para ganar a la dama, pruebe a darle un buen susto.

Escena IV. Quevedo, a solas, reflexiona sobre lo funestos que son los matrimonios. Se lamenta de que uno de sus amigos quiera hacerlo su consejero amoroso, pero más de que el otro quiera hacerlo marido. En cualquier caso, la conversación con ambos le ha despertado el recuerdo de su antiguo sueño amoroso, de aquel serafín que una vez amó.

Escena V. Quevedo y el inquisidor don Juan Adán de la Parra. Adán de la Parra, que llega asustado, le advierte de que corre peligro, pues está en el punto de mira de la Inquisición. Al avisarle, está faltando a su deber por un deber de amistad: recuerda que, cuando él se vio viejo, enfermo y preso, Quevedo lo socorrió y lo sacó de la cárcel, por eso lo quiere como a un hijo. Le reitera que está en grave peligro por haber escrito la «Sátira del matrimonio», cuyo original está en poder del Santo Oficio; además escribió una comedia en colaboración con don Antonio de Mendoza, Quien más miente medra más, comedia que llamó la atención de la Corte por no acabar en boda, como todas. Adán de la Parra le aconseja que pida la protección del rey, creyendo que es su amigo; Quevedo le dice que él tan solo lo divierte, pues el monarca se cree del oficio por haber escrito algunos versos. Adán de la Parra cuenta que es la esposa del conde-duque la que le pone en esta disyuntiva: ser marido o ser difunto. «Por entretener el ocio / es capaz de hacerme arder» (vv. 574-575), reconoce Quevedo.

Escena VI. Quevedo solo. Se pregunta si el peligro que corre será tan grave como presume su amigo Adán de la Parra. Decide no dar ningún paso mientras no se aclaren las cosas. Una solución, razona festivamente, podría ser llamar hermosa a la esposa del Conde-Duque.

Escena VII. Doña Gaitana y don Marcial. La criada comenta que su ama está en Madrid y el galán quiere que haga todo lo posible para que él pueda verla. Doña Gaitana pide dinero a cambio, alegando sus numerosos achaques. Cuando don Marcial afloja la mosca, le informa de que se mudan a la calle del Niño, pues así se ha empeñado don Luis la Cerda, duque de Medinaceli.

Escena VIII. Doña Gaitana y Quevedo, que rompe el papel que escribía porque ya no encuentra la inspiración de las musas: desde que le han recordado su antiguo sueño de amor, tiene el corazón lleno de tristeza. Doña Gaitana explica que su ama doña Esperanza de Cetina desea alquilar el piso del que es propietario. Quevedo discute con la dueña (la llama vieja, fea, barbuda, le echa en cara el no tener muelas…) y concluye con humor que «Peores que las mujeres / son todavía las viejas» (vv. 720-721).

Escena IX. Llega doña Esperanza, y doña Gaitana le dice que no espere nada de Quevedo, ya que tiene más de judío que de casero.

Escena X. Doña Esperanza y Quevedo. El poeta descubre en la bella dama a la mujer que idolatra desde antiguo. Ella, que viene a pedir un precio por la casa, reconoce a Quevedo como el autor de las obras que con tanta admiración lee en su retiro. La dama le parece a Quevedo hermosa y discreta, mientras que doña Esperanza envidia el saber del escritor. Quevedo le confiesa que jamás fue feliz, que ha llorado mucho: «En la soledad nutrí / el corazón» (vv. 807-808). Tan solo tuvo dos amigos, Miguel Cervantes y Adán de la Parra, confiesa; doña Esperanza le recuerda que tiene una hermana, aunque está retirada del mundo, porque es monja. Ella, huérfana y mayor de edad, le ofrece su amistad, y ambos quedan encantados tras el encuentro, como indican sus respectivos apartes: «Extremado es el casero», «Me enloquece la inquilina» (vv. 860-861).

Escena XI. Quevedo solo reflexiona: ha visto al ángel de sus sueños, y ha sido feliz mirando su rostro. Pero no quiere seguir pensando porque se va a volver loco.

Escena XII. Ginés llega con una carta para el poeta.

Escena XIII. Quevedo, de nuevo solo, lee la carta, que es de Adán de la Parra. Le anuncia que está perdido: se ha dictaminado que su sátira es contraria al dogma y que la comedia es herética; Mendoza se libra porque es casado y le pide que haga lo propio, casarse: «o sed marido, o sed prófugo» (v. 905). Quevedo se hace ilusiones pensando que podría contraer matrimonio con la dama de sus pensamientos.

Escena XIV. Quevedo y don Andrés. El galán viene feliz porque la mujer que adora va a vivir a la casa de su amigo. Está decidido a darle un buen susto para que le quiera, como le recomendó su amigo.

Escena XV. Quevedo y don Marcial, que también llega alegre por el mismo motivo: la mujer que ama es la inquilina de su amigo, así que inventará un riesgo y la salvará.

Escena XVI. Quevedo, solo, se muestra decidido a cobrar bríos de mozo para luchar por su amor y, aunque sea una locura, reconoce que su corazón adora a doña Esperanza[1].


[1] El texto de esta entrada está extractado de mi introducción a Narciso Serra, La boda de Quevedo, Pamplona, Eunsa, 2002. Las citas, con su correspondiente numeración de versos, son por esta edición.

«La boda de Quevedo» (1854) de Narciso Serra: datos externos

Durante la época romántica, tanto el drama como la novela echaron mano con harta frecuencia de temas y personajes históricos. Novelistas y dramaturgos históricos buscaron con profusión en el rico vivero de la historia de España[1], tanto en la Edad Media como en nuestro Siglo de Oro. De entre los personajes auriseculares recuperados (Felipe II, el conde-duque de Olivares…), Quevedo fue uno de los predilectos, evocado tanto en novelas como en obras dramáticas[2]. No olvidemos que del autor de los Sueños y el Buscón se tenía una imagen distorsionada, que lo presentaba casi exclusivamente como protagonista de numerosos lances aventureros y como autor agudo y procaz creador —y a veces protagonista— de chistes chocarreros y escatológicos. Además, circularon en torno a su persona numerosas leyendas y anécdotas falsas[3].

BodaQuevedo

Pues bien, en esta comedia de Narciso Serra se recrea el matrimonio de Quevedo con doña Esperanza de Mendoza, señora de Cetina y de sus Cinco Villas (en la obra figura con el nombre de Esperanza de Aragón), concertado en 1632 y celebrado el 26 de febrero de 1634. Lo que en la realidad seguramente no pasó de ser una mera concesión a la presión social —un matrimonio que, aparentemente al menos, no dejó grandes huellas en el corazón ni en los escritos de don Francisco[4]es aquí una verdadera boda por amor, cuyas circunstancias quedan igualmente idealizadas.

La obra lleva el siguiente pie de imprenta: Madrid, Imprenta de la calle de San Vicente, a cargo de José Rodríguez, 1854. Figuran como textos preliminares el «Catálogo de las obras dramáticas y líricas de la Galería El Teatro», una indicación legal[5] y la dedicatoria del autor al actor Julián Romea, protagonista de la obra en el papel de Quevedo. La comedia, original de Serra, es en tres actos y en verso. Hay una edición moderna de Carlos Mata Induráin (Pamplona, Eunsa, 2002).

Tras el texto de la comedia figuran dos postliminares, la censura[6] y un «Post-scriptum» en el que el autor reconoce los méritos de los actores que la representaron[7]:

No me mueve al escribir estas líneas, ni baja adulación, ni espíritu de pandillaje; toda mi vida he sido sobradamente franco, y así me he visto de lucido; faltaría a mi deber si al dar a la prensa esta comedia, no dedicase una página a los artistas que con tanta inteligencia la interpretaron: el Sr. Romea estuvo a la altura de la justa fama que le coloca el primero entre los actores de España; el Sr. Guzmán hizo llorar en el Adán de la Parra; la señora Carrasco, con sus maneras distinguidas y su exquisito buen tono, caracterizó admirablemente la dama discreta, altiva y amante del siglo XVII. La señora Sampelayo y el Sr. Pizarroso contribuyeron al buen éxito, desempeñando con acierto sus papeles. A la buena ejecución de mi obra debo (por lo menos) la mitad de los aplausos con que el público ha querido alentar mi pobre ingenio; reciban estos renglones como una prueba inequívoca de mi gratitud.

N. Serra[8]


[1] Como Narciso Serra, también Zorrilla, Hartzenbusch, García Gutiérrez o Gil y Zarate, entre otros muchos, escribieron «dramas de cota de malla, ropilla y espada al cinto, en los que desfilaban por la escena los personajes de nuestra historia» (Iris M. Zavala, «La escena posromántica», en Francisco Rico (ed.), Historia y crítica de la literatura española, vol. V, Romanticismo y realismo, Barcelona, Crítica, 1982, p. 645).

[2] Sería muy interesante un estudio completo acerca de Quevedo como personaje literario. Quede para otra ocasión la referencia a otras muchas obras del Romanticismo en las que Quevedo aparece como personaje destacado. Ahora me limitaré a señalar, tan solo, que con esta comedia de Narciso Serra presenta algunos puntos de contacto (sobre todo en cuanto al tema tratado) la obra de Antonio de San Martín Las bendiciones de Quevedo. Novela festiva (Madrid, Administración de la Galería Literaria, 1881).

[3] «Las innumerables leyendas surgidas en torno a la vida de nuestro autor forman también una densa cortina de humo. De la vida de Quevedo nos queda un puñado de documentos, un montón de cartas y una nube de relatos apócrifos» (Manuel Durán, Quevedo, Madrid, Edaf, 1978, p. 15). «Fue un matrimonio tardío y desgraciado que duró muy poco. A los tres meses, en mayo del mismo año, Quevedo se encontraba ya de vuelta en Madrid, aunque la separación definitiva no se produjo hasta 1636. Doña Esperanza de Mendoza murió en 1642, cuando Quevedo se encontraba prisionero en San Marcos de León» (Celsa Carmen García Valdés, Quevedo esencial, Madrid, Taurus, 1990, p. 15).

[4] «Su matrimonio, tardío y, pudiéramos agregar, involuntario, terminó muy pronto: a los tres meses de la boda, don Francisco y su esposa decidieron separarse, y, lo cual es quizá más significativo, su esposa no tardaría en firmar cartas y documentos legales con su nombre de viuda del primer marido, repudiando totalmente con ello su casamiento con Quevedo» (Durán, Quevedo, p. 35).

[5] «Esta comedia es propiedad de la Galería titulada El Teatro, cuyo dueño perseguirá ante la ley al que la reimprima o represente en algún teatro del reino sin su consentimiento».

[6] «Gobierno de la provincia de Madrid / Madrid 19 de enero de 1854 / Examinada por el Sr. Censor de turno, y de conformidad con su dictamen, puede representarse. / Quinto.»

[7] Viene después la continuación de la lista de obras de la Galería El Teatro y la indicación de los «Puntos de venta».

[8] El texto de esta entrada está extractado de mi introducción a Narciso Serra, La boda de Quevedo, Pamplona, Eunsa, 2002.

Disparates y juegos de palabras en «El muerto resucitado» de Lucas Merino y Solares

Las comedias burlescas se llamaban también en la época comedias «en chanza» o «de disparates»[1]. Y, en efecto, con una sucesión de disparates verbales o lógicos se van construyendo estas piezas: «Si con Foncarral me caso, / prometo ser monja luego» (p. 4a)[2], «antes ciegues que tal veas» (p. 4b), «oí decir a mi abuela / que dos yernos no era fácil / teniendo solo una hembra» (p. 5a), «Sacad hachas al terrero / porque en él he visto un ruido» (p. 7a), la Princesa pide a sus galanes que canten para que su padre no pueda oírlos (p. 7a), el Príncipe señala que el año y medio que va a durar su Academia poética «es muy poco / para la priesa que llevo» (p. 7b; lo lógico sería que dijese que es mucho tiempo dada la prisa que tiene en casar a su hija), etc.

Disparate

También abundan otros juegos de palabras, basados en dilogías, paronomasias, etc.: «Del Príncipe las grandezas, / como no pueden contarse, / tomó el partido la fama / de que pudieran cantarse» (p. 1a); «pero ya no se distingue / el oro del oropel» (p. 2b); «muy sola en una solana» (p. 3b); «Salid, hija, que es guisado / que no ha menester cazuela» (p. 5a), con dilogía de guisado ‘asunto, negocio’ y ‘un tipo de comida’ que facilita el chiste; cuando Leganés afirma: «Mira que yo soy Barón», Foncarral replica: «Mira que yo no soy hembra» (p. 5a), chiste basado en la homofonía de barón ‘título nobiliario’ y varón ‘hombre’ (p. 5a), que reaparece en forma muy similar en la p. 14: «el Barón, si es varón, es un babieca»; si Leganés indica: «Mis estados son muy vastos» ‘extensos’, la chistosa respuesta de Foncarral será: «Más bastas son mis calcetas» (p. 5a), es decir, ‘burdas, ásperas’; «Partimos luego el sol en un instante, / llevando a prevención un pujavante» (p. 15), chiste con la frase hecha partir el sol, que era colocar a los contedientes de un duelo de forma tal que la posición del sol no perjudicase a ninguno de ellos (aquí se interpreta literalmente, y por eso llevan un arma cortante[3]); «muy entera doncella y no afectada» (p. 15b), con dilogía de entera ‘virgen’ e ‘íntegra, fuerte de carácter o ánimo’, etc. Algunos de los chistes se basan en el empleo de latinajos humorísticos: requien aeternam / aleluya (p. 5b), capita vestra (p. 11a), virtus unita fortior (p. 11a), in totum (p. 12b).


[1] Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Cito por Lucas Merino y Solares, El muerto resucitado, en Madrid, por Gabriel Ramírez, 1767. Hay edición moderna de María José Casado en Comedias burlescas del Siglo de Oro, tomo VII, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011.

[3] Es chiste repetido en otras burlescas: El caballero de Olmedo, vv. 687-690: «Don Rodrigo.– Aguardad, que el arrebol / del sol me ofende; ¿traéis / cuchillo? Don Alonso.– Pues ¿qué queréis? Don Rodrigo.– ¿Qué quiero? Partir el sol»; La mayor hazaña de Carlos VI, vv. 759-762: «Si sois por dicha español, / reñid, que yo os aseguro, / aunque hace tan gran escuro, / de partir con vos el sol».

Personajes de «El muerto resucitado», comedia burlesca de Lucas Merino y Solares: la princesa doña Estopa

En cuanto a la Princesa que interviene en esta comedia, también es ridículo su nombre, doña Estopa (estopa es «Lo grueso y basto del lino», según Autoridades)[1]. Se dedica a tareas impropias de su principesca condición como espulgar su jubón (p. 3b)[2], lavar mondongos (p. 4b) o remendar las bragas de su padre (p. 8b). Su caracterización es la más completa de los cuatro personajes, porque contamos con diversos retratos que de ella hacen sus pretendientes. Así, esta la impresión que causó a Foncarral cuando la conoció:

FONCARRAL.- … una tarde
en que la Princesa estaba
espulgándose el jubón,
muy sola en una solana,
desmelenado el cabello,
hecha una sartén la cara,
los pies como una harpía,
las uñas como tarasca (p. 3b).

WomanIII_Kooning

Caracterización muy poco halagüeña que suscita el siguiente comentario de la Princesa, que está al paño: «Muy despacio me miró, / según como me retrata» (p. 3b). Al igual que otras damas de comedias burlescas, doña Estopa está comida por los piojos[3]:

FONCARRAL.- Dulce hechizo de mis ojos,
que prendes con tus cabellos,
más valiera no tenellos
que no cargarte de piojos;
pero si han de ser despojos
de alguna tijera insana,
no dejes para mañana
el hacerme algún favor:
¿no ves que será rigor
esperar a que estés cana? (p. 3b).

Por su parte, la primera vez que la vio Leganés estaba limpiando un mondongo en el río:

LEGANÉS.- Una mañana, señor,
saliendo de la taberna
de medicarme las tripas
por consejo de Avicena,
pasaba por un arroyo
donde estaba la Princesa
muy remangada de brazos,
descalza de pie y pierna,
con más pechos que una vaca
y más que un coche caderas,
lavando, si no me engaño,
un mondongo de ternera (p. 4a-b).

El galán concluye su descriptio dedicando a la dama este lindo piropo: «eres la mayor mondonga / de todas las mondongueras» (p. 4b)[4] y añadiendo el dato de que ella se quedó «con una boca de espuerta» (p. 4b). Aparte de la descripción de su “belleza” femenina, los dos mozos aluden a su carácter de mujer esquiva y desdeñosa, según el tópico de la «amada ingrata enemiga». Por ejemplo, canta Foncarral estos versos:

FONCARRAL.- Es un mármol mi dama
en la dureza,
porque tiene hechos callos
en las orejas;
y no me escucha,
por más que yo me quejo
a aquesta chusca (p. 6a).

Por su parte, Leganés añade:

LEGANÉS.- La deidad que yo adoro
parece un mármol:
insensible a mis quejas
siempre la hallo;
es cosa fuerte
nunca encontrarla dócil,
siempre muy hosca (p. 6b).

Nótese la grotesca reducción paródica del tópico garcilasiano de la amada más dura que el mármol e insensible a las quejas amorosas del amante. Tras escuchar estos parlamentos, doña Estopa afirma que queda «como manteca», es decir, ‘blanda, derretida de amor’ (p. 6b). Otros rasgos van completando su caracterización: sabe bailar fandango (p. 7a) y tocar las castañuelas (p. 12b); se indica que cuando está seria parece un sol eclipsado, un cielo encapotado (pp. 7b-8a); y, en fin, su belleza y su desdén quedan subrayados de nuevo por Foncarral:

FONCARRAL.- Adoro tu soberana
imagen, dulce homicida,
y te dedico mi vida,
fiera, implacable, tirana;
mas dime, perra inhumana,
¿por qué me maltratas hoy? (p. 8b).

FONCARRAL.- Antes como un caramelo
eras, mi bien, en el trato;
ahora huraña, como el gato,
te burlas de mi desvelo (p. 9a).


[1] Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Cito por Lucas Merino y Solares, El muerto resucitado, en Madrid, por Gabriel Ramírez, 1767. Hay edición moderna de María José Casado en Comedias burlescas del Siglo de Oro, tomo VII, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011.

[3] Los piojos y otros parásitos (pulgas, chinches, etc.) abundan en las comedias burlescas; cfr. El cerco de Tagarete, vv. 135-137: «¿Cómo no me pongo antojos, / o me voy a Badajoz / a cu­brirme de piojos?»; Darlo todo y no dar nada, vv. 1635-1637: «¿Qué miro, no es esta, cielos, / la que hizo que me diesen / en el monte de los piojos?», o sea, en la cabeza; La ventura sin buscarla, vv. 360-365: «Niña que quitas enojos, / boca que engendras cariño, / cara con rasgos de niño, / cabellos largos y rojos, / que ostentas en vez de piojos / aljófares candidatos…»; Céfalo y Pocris, v. 2013: «Caballeros, despiojad».

[4] Se juega aquí con mondonga, que es el «Nombre que daban en palacio a las criadas de las damas de la reina» (Autoridades), y con mondonguera, ‘la mujer que guisa y vende mondongos’. Mondongas y mondongueras aparecen en varias burlescas; cfr. Castigar por defender, vv. 1024-1027: «Princesa.– Esa impúdica quimera / bachiller[4], ¿en qué se funda? Infanta.– En que soy yo la segunda / mondonga[4] y tú la primera»; El castigo en la arrogancia, vv. 400-403: «¡No me maltratéis, cristianos! / ¡Atended a mi nobleza! / Mirad que he sido a una esquina / años cinco mondonguera[4]»; El rey don Alfonso, el de la mano horadada, vv. 1524-1529: «Y le daré muerte fiera / como palabra me des / de que querrás ser después / en la corte mondonguera, / que es oficio ganancioso / y al fin se gana dinero»; La muerte de Baldovinos, vv. 49-52: «Era su virtud tan grande / y le sobraba de modo / que se puso a mondonguera / para partirla con todos». Una mon­donguera no muy limpia, con puntas además de hechicera y alcahueta, es Bárbara la de la cuchi­llada, del Quijote de Avellaneda: «Su amo le preguntó si la conocía, y él respondió que sí, y que era mondonguera en la calle de los Bodegones de Alcalá, con fama de harto espesa» (II, p. 231); «una triste mondonguera, Bárbara en nombre y en cosas de policía» (III, p. 158).

Personajes de «El muerto resucitado», comedia burlesca de Lucas Merino y Solares: el barón de Leganés y el vizconde de Foncarral

La apariencia del barón de Leganés es igualmente ridícula[1], cuando llega ante el Príncipe con abarcas y alforjas (acotación en la p. 2b)[2] y se presenta con estas palabras:

LEGANÉS.- … el barón de Leganés,
señor de todas sus huertas,
duque de las chiribías,
batatas, puerros y acelgas,
te habla… (p. 4a).

Más tarde él mismo reconoce que no acierta a hablar de puro dormido (p. 7b), que es «sufrido como un cabrito» (p. 9b) y que tiene piojos en la cabeza (p. 15); en la pelea, tratará de combatir con pepinos los nabos que le arroja Foncarral (p. 15).

Nabos

Este, el vizconde de Foncarral, es en efecto el «soberano nabero» (p. 4a), y se presenta al comienzo de la comedia «muy armado de bigotes / y puesto de quirotecas», es decir, ‘guantes’ (p. 2b); su caracterización es, por tanto, la de un lindo, pero un lindo que llega ridículamente montado en un burro y con un zapato al cuello (p. 2b). Es un cobarde: se queja de que Alcorcón intente atravesarlo con la espada «como si fuera chorizo» (p. 7a); y también un borracho, pues reconoce que está hecho un puro cesto (p. 7b). Nótese el empleo de imágenes cosificadoras, reductoras de la nobleza y dignidad que podríamos esperar en un personaje de su categoría. En los nombres de los tres personajes masculinos se está jugando con la toponimia madrileña: Alcorcón era famoso por sus pucheros de barro, y Foncarral (Fuencarral) y Leganés por sus huertas y verduras[3]. Los tres títulos (príncipe de Alcorcón, barón de Leganés y vizconde de Foncarral) son, pues, eminentemente risibles.


[1] Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Cito por Lucas Merino y Solares, El muerto resucitado, en Madrid, por Gabriel Ramírez, 1767. Hay edición moderna de María José Casado en Comedias burlescas del Siglo de Oro, tomo VII, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011.

[3] Estas alusiones geográficas se completan con las del relato de Foncarral: «Corriendo, en fin, varias regiones, / llegué a Galapagar, Torre-Lodones. / Siguiendo el destino luego (¡ahí es nada!) / me encajé en Brunete y La Espernada, / y desde allí, con rumbo incierto, / me metí en Alcorcón, ya cuasi muerto» (p. 13). Luego la Princesa habla de la posibilidad de casarse en Naval-Carnero (p. 14b), pueblo que —por la fonética de su nombre— resultaría sin duda de mal agüero para el novio.

«El casamiento engañoso» de Cervantes: argumento y valoración

En las clasificaciones al uso de las Novelas ejemplares de Cervantes, El casamiento engañoso ha sido considerada novela ideorrealista, como La gitanilla, La ilustre fregona y El celoso extremeño. Una cuestión que ha preocupado —y ocupado— a la crítica es la de si El casamiento engañoso y El coloquio de los perros son dos novelas independientes o una sola, pues la segunda es continuación o segunda parte de la primera, que la introduce. El casamiento engañoso nos presenta un “duelo” entre dos engañadores, el alférez Campuzano y doña Estefanía de Caicedo, mujer de vida airada: el personaje que pretendía engañar también resulta a la postre engañado… El tono del relato, entre realista y apicarado, casa bien con el lenguaje coloquial empleado. En este relato, el alférez Campuzano tiene como interlocutor al licenciado Peralta, lo que sirve para plantear un tema caro a Cervantes: el binomio de las armas y las letras. En el hospital de la Resurrección de Valladolid, donde se recupera de una enfermedad de transmisión sexual, Campuzano ha sido testigo de la conversación (real o soñada) entre los perros Cipión y Berganza, diálogo que ofrece a su amigo Peralta. Así pues, El casamiento engañoso, además de poder leerse como relato independiente, funciona como introducción a El coloquio de los perros, con la que, de alguna manera, forma una unidad narrativa.

CasamientoColoquio

A este respecto escriben Felipe Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres:

Es una brevísima novela de corte boccacciesco que sirve de prólogo a El coloquio de los perros. En realidad esta divertida y animada historia es independiente, pero se enlaza con la fantasía lucianesca porque su protagonista, Campuzano, es el testigo privilegiado de tan inusitado diálogo.

El licenciado Peralta encuentra saliendo del hospital de la Resurrección de Valladolid al alférez Campuzano que acaba de curarse de «catorce bubas». Éste le cuenta a su amigo la historia de su casamiento con doña Estefanía de Caicedo, mujer de vida airada, que decía tener una mediana posición. Campuzano aceptó el matrimonio por interés aportando una gran cadena dorada que le colgaba del cuello. Se fueron a vivir a la casa de la novia. Al cabo de un tiempo tuvieron que salir de ella porque doña Estefanía quería dejársela a una amiga para cazar a un presunto marido. Pero al final resultó que la casa era de la amiga en cuestión y el engañado, Campuzano. Un día doña Estefanía se dio a la fuga con el medallón que, afortunadamente, también era falso.

El relato cervantino es graciosísimo y perfectamente desarrollado. Dentro de él, el alférez ofrece a Peralta el diálogo que ha escrito, en el que se recoge la conversación que, siempre según Campuzano, mantuvieron Cipión y Berganza, dos perros del hospital. La crítica ha supuesto unánimemente que la composición de El casamiento engañoso es anterior a la de El coloquio[1].

Por su parte, Juan Luis Alborg nos ofrece esta valoración:

El casamiento engañoso atesora una gracia, una picardía socarrona, un trazo tan poderoso para describir y caracterizar, que apenas pueden encarecerse. Toda la maliciosa intención de que era capaz Cervantes, se afila aquí para trazar la silueta de los dos personajes que contraen el engañoso matrimonio, para ver quién engaña a quién. El alférez Campuzano es uno de esos valentones presumidos, de que Cervantes nos ha regalado tantas muestras, y cuyas gallardías casi son dignas de compasión esta vez porque es el mismo desgraciado quien las cuenta […]. Campuzano acepta en matrimonio a doña Estefanía de Caicedo, señora de la vida libre, que se le ofrece con propósito de arrepentida, y engatusándole con la «solicitud de regalarle y servirle», su habilidad de para poner «el punto a los guisados» y sobre todo con la exhibición de un rico ajuar doméstico que no bajaba de los dos mil y quinientos ducados. Después del matrimonio doña Estefanía se larga con las menguadas riquezas del pobre Campuzano, dejándole de regalo «catorce cargas de bubas» de las que tiene éste que curarse tomando «cuarenta sudores» en el hospital[2].

La relación entre ambos relatos finales de las Novelas ejemplares ha suscitado numerosas opiniones entre la crítica. Esto es lo que comenta Ignacio Arellano con relación a este asunto:

Otras dos novelas mantienen una relación muy estrecha, hasta el punto de que algunos estudiosos las consideran una sola. La de El casamiento engañoso funciona a modo de marco que acoge y presenta a El coloquio de los perros. Las dos suelen situarse en el terreno de la novela realista, pero el coloquio de los perros Cipión y Berganza arranca de modelos clásicos (diálogos de Luciano) y entra en el campo de las fantasías morales en cuanto a su estructura (los temas, como es corriente en este tipo de obras, son satíricos y por tanto mantienen una relación a menudo directa con realidades de la sociedad coetánea). Cervantes busca, no obstante, la verosimilización, precisamente en la estructura compuesta de las dos novelas, dejando suponer que el coloquio puede ser sueño o delirio del enfermo alférez Campuzano[3].

Este diálogo entre ambos personajes, Campuzano y Peralta, hacia el final del relato, nos sitúa a las puertas de la segunda novela. Dice el alférez:

—Pero, puesto caso que me haya engañado, y que mi verdad sea sueño y el porfiarla disparate, ¿no se holgará vuesa merced, señor Peralta, de ver escritas en un coloquio las cosas que estos perros, o sean quien fueren, hablaron?

—Como vuesa merced —replicó el licenciado— no se canse más en persuadirme que oyó hablar a los perros, de muy buena gana oiré ese coloquio, que por ser escrito y notado del bueno ingenio del señor alférez ya le juzgo por bueno[4].

Jorge García López, editor moderno de las Novelas ejemplares, ofrece buenas pistas y claves de interpretación de El casamiento engañoso en la nota explicativa que dedica a este relato:

La penúltima novela de la colección disfruta una particular historia crítica, y factores evidentes coadyuvan a ese resultado: corta extensión, un tema familiar a la literatura picaresca —el engaño a los ojos, por decirlo con expresión cervantina, y el engañador engañado— y, en medida no menor, el servir de pórtico a una de las “joyas” cervantinas, a cuya historia va engarzada de forma inevitable. En más de una ocasión nuestra historia ha sido leída como mero acceso al Coloquio de los perros, y la unidad, formal o temática, real o aparente, entre ambas historias, objeto de larga polémica. El relato que cuenta el alférez, en efecto, “incluye” literalmente el Coloquio de los perros, novela-diálogo leída por el licenciado Peralta, y solo termina una vez finalizada la plática de los dos mastines; de ahí que hayan acostumbrado ir unidas en varias ediciones sueltas, consideradas ambas narraciones una sola y única novela. Sistema de “caja china” mediante el que Cervantes parece aludir a una convención de la novela corta que ya se echó de menos en sus días como procedimiento tradicional para unificar una colección de novelas. En ese maridaje parece que Cervantes buscaba el “marco” literario que le falta a la colección, dentro de otro de sus jugueteos formales, en esta ocasión de notable complejidad. Relaciones que se densifican en la parte final del relato. Ahí comienza, incluso, la historia crítica del Coloquio: en las acusaciones de inverosimilitud por parte del licenciado, enlazando con la voz crítica de Cipión. En primera instancia, solo Campuzano puede ser autor del Coloquio, en una suerte de purga moral paralela a la física, y ahí se han querido ver inevitables paralelismos con Berganza. Cervantes —de mentalidad aristotélica— parece buscar un ensamblaje temático con el arranque del Coloquio, razonando y sembrando dudas a un tiempo sobre su verosimilitud y su imposibilidad[5].

En fin, significativas son también estas otras palabras suyas:

La narración nos cuenta, desde una parte, la historia de un engaño cruzado. La voz del alférez Campuzano refiere el embrollo que sucede a su enamoramiento de una “tapada”, y el lector va repasando los ángulos de un universo de miserias morales y materiales, y de apelativos pomposos que encubren mundos de mentira y apariencia. Su discurso, con todo, incorpora claves suficientes para prever el desenlace, aunque conocemos a doña Estefanía solo por lo que él nos dice. Y al fin y al cabo ella le ha ocultado pocas cosas y ha sido más sincera que nuestro alférez. El final quizá podría ser otro, a cuenta de la mala conciencia del propio Campuzano, pero la pelarela pone las cosas en su sitio. A todo esto, el alférez Campuzano tiene un interlocutor. El licenciado Peralta asegura con su mínima presencia un tema recurrente en la prosa cervantina: las armas y las letras. Una historia, por tanto, que no desmerece por su corta extensión, llena de un realismo intenso y atenta al uso de la lengua coloquial. Ahí transitan personajes —el alférez o la propia doña Estefanía— delineados con maestría dentro de una buscada economía formal[6].


[1] Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, vol. III, Barroco: Introducción, prosa y poesía, Tafalla, Cénlit, 1980, pp. 124-125.

[2] Juan Luis Alborg, Historia de la literatura española, II, Época barroca, 2.ª ed., 4.ª reimp., Madrid, Gredos, 1983, pp. 116-117.

[3] Ignacio Arellano, Historia de la literatura española, vol. II, Renacimiento y Barroco, León, Everest, 1993, p. 693.

[4] Cervantes, El casamiento engañoso, en Novelas ejemplares, ed. Jorge García López, Barcelona, Crítica, 2001, pp. 536-537.

[5] Jorge García López, en su edición de las Novelas ejemplares, Barcelona, Crítica, 2001, p. 521, nota.

[6] Jorge García López, en su edición de las Novelas ejemplares, pp. 521-522, nota.