«Villancico de la nieve y el fuego», de Juan Colino Toledo y José Javier Alfaro Calvo

La Virgen sueña caminos,
está a la espera.
La Virgen sabe que el Niño
está muy cerca.

Vaya para celebrar esta Noche Buena el «Villancico de la nieve y el fuego», de Juan Colino Toledo (†) y José Javier Alfaro Calvo[1], miembros los dos del Grupo Literario Traslapuente de Tudela (Navarra). Se trata de un breve poema, un romancillo con rima aguda en , que tiene en su sencillez la gracia de la mejor poesía tradicional.

Nacimiento

En la Noche Oscura
y el frío helador
alfombra de nieve
pisaba el Dolor.

La luna de plata
pide al Niño Dios:
—Por robarte el frío,
por darte el calor,
dígasme tú, el Niño,
¿cómo hiciera yo?

En la Noche Blanca
prodigios en flor:
Luna milagrera,
sonrisa de Dios,
estufas de nieve.
Divino Calor…

En la Noche Buena
sonrisa de Dios,
con besos de nieve
nacía el Amor[2].


[1] Juan Colino Toledo (Zamora, 1913-Tudela, 2001), «escritor polifacético, pero sobre todo poeta», publicó los poemarios Sonetos a cuatro voces y Por las catorce rutas del soneto. José Javier Alfaro Calvo (Cortes, Navarra, 1947) ha dado a las prensas una decena de libros de poemas, la mitad de ellos dirigidos al público infantil, entre los que cabe destacar el titulado Magiapalabra.

[2] Juan Colino Toledo y José Javier Alfaro Calvo, De hiel y de miel. Villancicos, Tudela, Grupo Literario Traslapuente, 2013, p. 60. 

«Al Nacimiento de Jesús», villancico de Santa Teresa

Vaya para el día de Año Nuevo este villancico pastoril dialogado de Santa Teresa de Jesús. Como bien anota el Padre Tomás Álvarez, los nombres de los pastores que hablan o se mencionan (Gil, Bras, Menga, Llorente) son los tradicionales en la poesía pastoril castellana. Y añade el dato de que «Todo el poema se conserva autógrafo: los primeros once versos, en el carmelo de Florencia; los restantes en el carmelo de Savona (Italia)». Como es habitual en este tipo de poemas, al tiempo que se canta el Nacimiento de Jesús se anuncia ya su pasión y muerte redentora de toda la humanidad:

Adoración, Bonifacio Veronese

Hoy nos viene a redimir
un Zagal, nuestro pariente,
Gil, que es Dios omnipotente.

—Por eso nos ha sacado
de prisión a Satanás;
mas es pariente de Bras,
y de Menga, y de Llorente.
¡Oh, que es Dios omnipotente!

—Pues si es Dios, ¿cómo es vendido
y muere crucificado?
—¿No ves que mató el pecado,
padeciendo el inocente?
Gil, que es Dios omnipotente.

—Mi fe, yo lo vi nacido
de una muy linda Zagala.
—Pues si es Dios, ¿cómo ha querido
estar con tan pobre gente?
—¿No ves que es omnipotente?

Déjate de esas preguntas,
muramos por le servir,
y pues Él viene a morir,
muramos con Él, Llorente,
pues es Dios omnipotente[1].


[1] Cito, con algún ligero retoque, por Santa Teresa, Obras completas, 16.ª ed., preparada por Tomás Álvarez, Burgos, Monte Carmelo, 2011, p. 1371. 

«De una Virgen hermosa / celos tiene el sol», villancico de Lope de Vega

 El Niño Dios ha nacido en Belén,
¡aleluya, aleluya!
Quiere nacer en nosotros también,
¡aleluya, aleluya!

¡Gloria a Dios en las alturas
y paz en la tierra a todos los hombres
de buena voluntad!

Vaya para el feliz día de la Natividad del Señor este otro villancico del Fénix, perteneciente también a Pastores de Belén[1]. Comenta su editor moderno, Antonio Carreño, que «Cristo es el nuevo Sol, el centro por analogía del nuevo mundo que va a regir con su llegada (vv. 13-14)». Y añade después en su anotación:

Nótese el conceptismo sacro: el sol se rinde a los pies de la Virgen (de la Estrella) como señal de adoración, pues esta porta en sus brazos al otro Sol mayor. La iconografía sagrada presenta numerosos ejemplos de tal representación[2].

Natividad

Este es el texto completo del villancico, que tiene (¡es de Lope!) toda la gracia y sencillez de la mejor poesía popular:

De una Virgen hermosa
celos tiene el sol,
porque vio en sus brazos
otro Sol mayor.

Cuando del Oriente
salió el sol dorado,
y otro sol helado
miró tan ardiente,
quitó de la frente
la corona bella,
y a los pies de la Estrella[3]
su lumbre adoró,
porque vio en sus brazos
otro Sol mayor.

«Hermosa María»,
dice el sol vencido,
«de vos ha nacido
el Sol que podía
dar al mundo el día
que ha deseado».
Esto dijo humillado
a María el sol,
porque vio en sus brazos
otro Sol mayor[4].


[1] Lope de Vega, Pastores de Belén. Prosas y versos divinos de Lope de Vega. Dirigidos a Carlos Félix, su hijo, en Madrid, por Juan de la Cuesta, año 1612, fols. 193v-194r.

[2] Antonio Carreño, en su ed. de Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, Barcelona, Crítica, 1998, p. 610, nota a los vv. 10-11.

[3] Se trata de un heptasílabo en un contexto de hexasílabos, lo mismo que el v. 21, «Esto dijo humillado».

[4] Cito por Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, ed. y estudio preliminar de Antonio Carreño, Barcelona, Crítica, 1998, p. 610.

«Campanitas de Belén», villancico de Lope de Vega

Venid, que es hoy Nochebuena.
Venid, que es hoy Navidad…

Vaya para la noche de Nochebuena este precioso villancico de Lope de Vega, inserto en Pastores de Belén. Los humildes pastores han recibido la embajada angelical que les anuncia el nacimiento del Salvador, y ellos se preparan para acudir a adorarlo: «—Vamos a ver la inmensa maravilla que Dios ha usado con nosotros: pasemos hasta Belén y gocemos desta gloria que por tan altos y fidedinos embajadores nos ha sido prometida». Tras lo cual, añade el narrador:

No se les olvidaron algunos dones y presentes, aunque humildes (puesto que de los corazones y voluntades es el mejor para quien hizo todas las cosas criadas que estima el hombre), y con varios y dulces instrumentos comenzaron a regocijar la divina mañana de aquel venturoso día, de tal suerte que los demás vaqueros y pastores de aquellas cabañas se les iban juntando por el camino, y todos cantando ansí.

Nacimiento

Este es el texto del villancico que entonan:

Campanitas de Belén,
tocad al Alba, que sale
vertiendo divino aljófar
sobre el Sol que de ella nace,
que los ángeles tocan,
tocan y tañen,
que es Dios hombre el Sol
y el Alba su madre.

Din, din, din, que vino en fin,
don, don, don, San Salvador,
dan, dan, dan, que hoy nos le dan,
tocan y tañen a gloria en el Cielo,
y en la tierra tocan a paz.
En Belén tocan al Alba
casi al primer arrebol
porque de ella sale el Sol,
que de la noche nos salva.
Si las aves hacen salva
al Alba del Sol que ven,
campanitas de Belén,
tocad al Alba, que sale
vertiendo divino aljófar
sobre el Sol que de ella nace,
que los ángeles tocan,
tocan y tañen,
que es Dios hombre el Sol
y el Alba su madre.

Este Sol se hiela y arde
de amor y frío en su Oriente,
para que la humana gente
el Cielo sereno aguarde,
y aunque dicen que una tarde
se pondrá en Jerusalén,
campanitas de Belén,
tocad al Alba, que sale
vertiendo divino aljófar
sobre el Sol que de ella nace,
que los ángeles tocan,
tocan y tañen,
que es Dios hombre el Sol
y el Alba su madre[1].


[1] Pastores de Belén, prosas y versos divinos de Lope de Vega Carpio. Dirigidos a Carlos Félix, su hijo, en Lérida, a costa de Miguel Manescal, mercader de libros, 1612. Cito por la edición electrónica de Enrique Suárez Figaredo (pp. 179-180), disponible aquí. Desarrollo los versos del estribillo.

«Harina y nieve», villancico de Juan Colino Toledo y José Javier Alfaro Calvo

El Señor cerca está,
Él viene con la paz.
El Señor cerca está,

Él trae la verdad.

Estamos ya en el cuarto domingo de Adviento y la Natividad del Señor está a la vuelta de la esquina. Para celebrarlo, he aquí un nuevo villancico de Juan Colino Toledo (†) y José Javier Alfaro Calvo[1], miembros los dos del Grupo Literario Traslapuente de Tudela (Navarra). Se trata de un romancillo (con rima í a) titulado «Harina y nieve» y contrapone «las dos Navidades, / iguales, distintas» de un niño de Oriente y otro de Occidente.

Belén con nieve

He aquí el texto de la composición, que adopta una estructura circular:

Oriente, Occidente,
dos niños, dos vidas,
en dos Navidades
iguales, distintas.

El de aquí le pone
al belén harina
a falta de nieve.

El de allí suspira
para que se vaya
la nieve algún día
y la harina llegue
para la comida.

Así que, sacando
cuentas resumidas,
lo que a uno le sobra
el otro precisa.

Cuando el de Occidente,
de carnes rollizas,
a un portal de plata
pone figuritas
con Reyes riquísimos…
en la lejanía
el niño de Oriente
el portal que habita
con techo de estrellas
está hecho de arcilla
—así puede verse
en fotografías
que la tele muestra
mientras la comida—.

No juega a belenes.
Es así su vida.

Y en sus propias carnes
enjutas y heridas
repite el misterio
de la Epifanía:
el corazón lleno,
las manos vacías.

Oriente, Occidente,
dos niños, dos vidas
en dos Navidades
iguales, distintas[2].


[1] Juan Colino Toledo (Zamora, 1913-Tudela, 2001), «escritor polifacético, pero sobre todo poeta», publicó los poemarios Sonetos a cuatro voces y Por las catorce rutas del soneto. José Javier Alfaro Calvo (Cortes, Navarra, 1947) ha dado a las prensas una decena de libros de poemas, la mitad de ellos dirigidos al público infantil, entre los que cabe destacar el titulado Magiapalabra.

[2] Juan Colino Toledo y José Javier Alfaro Calvo, De hiel y de miel. Villancicos, Tudela, Grupo Literario Traslapuente, 2013, pp. 16-17. Mantengo las divisiones en «estrofas» dentro de la tirada de versos del romancillo.

«Estrella de Oriente», villancico de Juan Colino Toledo y José Javier Alfaro Calvo

De Nazaret a Belén
hay una senda;
por ella van los que creen
en las promesas.

Vaya, para este segundo domingo de Adviento, el texto de otro villancico de los escritores Juan Colino Toledo (†) y José Javier Alfaro Calvo, pertenecientes ambos al Grupo Literario Traslapuente de Tudela. Este villancico (un romancillo, formado por tres breves tiradas de seis versos cada una, con rimas en á, é a y é o) nos habla, desde su sencilla formulación, de realidades por desgracia muy vigentes en nuestros días. Y finaliza con tono desiderativo, para que esa estrella de Oriente presida «sobre un mismo suelo» una paz beneficiosa para todos, «sin bombas ni burkas, / sin odio y sin miedo».

Adviento

Su texto dice así:

La estrella de Oriente
nos trae la Paz
en cielos de guata
y de celofán
junto a mesas llenas
de todo con pan.

Al cielo de Oriente
le falta una estrella,
cosa que se nota
bastante en su tierra
pues se fue la Paz
y llegó la guerra.

Ojalá que un día
tengamos un cielo
con la misma estrella,
sobre un mismo suelo
sin bombas ni burkas,
sin odio y sin miedo[1].


[1] Juan Colino Toledo y José Javier Alfaro Calvo, De miel y de hiel. Villancicos, Tudela, Grupo Literario Traslapuente, 2013, p. 25.

Arbolanche y la tradición de la maya: «Esta flor de mayo…»

En la poesía pastoril y amorosa de Jerónimo Arbolanche, recogida en Las Abidas (1566), encontramos la utilización —y reelaboración— de abundantes motivos tradicionales, de raigambre popular unos, de condición culta otros, como estamos comprobando en las entradas de estos días pasados[1]. En esta ocasión, quiero comentar otro de los bellos villancicos[2] de Arbolanche, el que tiene como cabeza «Esta flor de mayo, / ¿quién la cogerá?» (fol. 40v), cuyo texto completo es así:

Esta flor de mayo,
¿quién la cogerá?

De lobos hambrientos
la oveja seguida
y la nao batida
de tres varios vientos,
ni hace movimientos
acá ni acullá,
¿quién la cogerá?[3]

El poema, en la sencillez y gracia de sus nueve hexasílabos, entronca con la tradición de las mayas —en especial por la mención del primer verso—, esas composiciones de la lírica tradicional popular que exaltan el mes de mayo como el del triunfo de la vida que renace, del florecimiento de los campos…; un mes, por supuesto, especialmente apto para servir al amor (el amor considerado como servicio a la dama, con origen en la poesía cortés trovadoresca), como indican los versos del «Romance del prisionero»:

Por el mes de mayo era
cuando haze la calor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor…[4]

Podemos recordar también, entre otros posibles, este texto recogido en el Cancionero musical de Palacio, que canta igualmente la primavera —abril, mayo—, con «sus flores» y «sus amores», época en la que, efectivamente, los enamorados se dedican a bien servir:

Entra mayo y sale abril:
¡tan garridico le vi venir!

Entra mayo con sus flores,
sale abril con sus amores,
y los dulces amadores
comiencen a bien servir[5].

Mujer con una florPero lo que me interesa destacar es que el tópico tradicional se actualiza en el poema de Arbolanche si consideramos la función que desempeña esa pequeña intercalación lírica en el marco del episodio narrativo en que se inserta: Andria, Afrania y Enisa son tres hermanas pastoras, y las tres se han enamorado del pastor —pastor fingido, pues en realidad se trata de un príncipe— Abido. Las tres pretenden de amores al joven que ha sido acogido por su padre Gorgón, las tres sienten celos las unas de las otras y las tres sufren el desdén amoroso del héroe protagonista. En este sentido, la pregunta de la cabeza, «Esta flor de mayo, / ¿quién la cogerá?», cabe reinterpretarla así en el contexto de la historia amorosa: ʽEste amor de Abido, ¿quién lo conseguirá?ʼ. Por lo demás, las dos imágenes de la glosa son bien sencillas: la oveja perseguida por los lobos y la nave azotada por vientos contrarios dan idea de la fragilidad, de la indefensión en que queda la persona enamorada frente a la fuerza incontrastable del sentimiento amoroso («Omnia vincit amor»). Y al final, una pregunta queda en el aire, con la repetición del segundo verso de la cabeza: ¿qué pasará con la oveja, qué con la nao?, ¿quién cogerá la flor de mayo del amor de Abido?


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] En su tesis doctoral Elementos líricos en «Las Abidas» (1566) de Jerónimo Arbolanche, Pamplona, Universidad de Navarra, 2015, realizada bajo mi dirección, María Francisca Pascual Fernández ha localizado —y estudiado— un total de 26 villancicos en el conjunto de Las Abidas. Para el subgénero del villancico, remito especialmente a Antonio Sánchez Romeralo, El villancico. Estudios sobre la lírica popular en los siglos XV y XVI, Madrid, Gredos, 1969; y a Isabella Tomassetti, Mil cosas tiene el amor. El villancico cortés entre Edad Media y Renacimiento, Kassel, Reichenberger, 2008. Para el autor y su obra, es referencia obligada la erudita aportación de Fernando González Ollé: Jerónimo Arbolanche, Las Abidas, Madrid, CSIC, 1969-1972, 2 vols., que incluye el estudio y la edición facsimilar de la obra, además de un vocabulario y notas. Ver también mi trabajo «La poesía pastoril y amorosa de Jerónimo Arbolanche», Río Arga. Revista de Poesía, núm. 109, primer trimestre de 2004, pp. 27-31.

[3] Las Abidas, Zaragoza, en casa de Juan Millán, 1566, Libro II, fol. 40v. Margit Frenk, en su Corpus de la antigua lírica popular hispánica (siglos XV a XVII), Madrid, Castalia, 1987, núm. 1273, p. 607, recoge la cabeza del villancico, pero no la glosa. Edité este texto en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, p. 20.

[4] Romancero, ed., estudio y notas de Michelle Débax, Madrid, Alhambra, 1988, núm. 63, p. 329. Aunque es más popular y difundida la versión extendida: «Que por mayo era, por mayo, / cuando hace la calor,  / cuando los trigos encañan  / y están los campos en flor,  / cuando canta la calandria  / y responde el ruiseñor, / cuando los enamorados  / van a servir al amor…».

[5] Lírica española de tipo popular, ed. de Margit Frenk, 14.ª ed., Madrid, Cátedra, 2008, núm. 358, p. 171. Ver Cancionero musical de Palacio, ed. de Joaquín González Cuenca, Ciudad Real, Visor, 1996. Para más textos, ver el apartado «La maya» de su Corpus de la antigua lírica popular hispánica (siglos XV a XVII), Madrid, Castalia, 1987, núms. 1275-1281C, pp. 608-612.

El motivo de los cabellos sueltos en dos villancicos de Jerónimo Arbolanche

Ninfa sorprendida, ManetUno de los motivos tópicos de la poesía amorosa que encontramos en las composiciones líricas insertas en el conjunto narrativo de Las Abidas de Jerónimo Arbolanche (Zaragoza, en casa de Juan Millán, 1566) es el de los cabellos sueltos de la amada[1]. Vamos a examinarlo aquí en dos bellos villancicos[2] en los que constituye el motivo central: «Soltáronse mis cabellos…» (fol. 18r) y «A peinar ve tus cabellos…» (fol. 19r), localizados ambos en el mismo episodio, el momento del encuentro entre Abido y la ninfa Isabela (Libro I). Abido, que vive en hábito pastoril tras haber sido prohijado por el pastor Gorgón, sale un día a cazar pero, cuando está persiguiendo una liebre, «huyósele la caza de la vista / porque él había de ser de amor cazado». Ocurre, en efecto, que el protagonista escucha una melodiosa voz femenina que canta el villancico «Soltáronse mis cabellos…». Esa voz corresponde a Isabela, cuyo peinado se ha deshecho al engancharse su garbín de seda en una rama de cedro. Mientras trata de componer el desorden de sus cabellos, canta ese villancico. Al escuchar y ver a la hermosa ninfa, el enamoramiento del pastor es súbito: Abido, «que en su pecho / la flecha del amor sintió que entraba / y que a las medulas discurría», responderá cantando unas octavas reales, «En la ribera florecida y llana…» (fols. 18r-18v). La actividad venatoria se ha transformado en una caza de amor, solo que quien era cazador ha pasado a ser cazado. La ninfa, al verse sorprendida en su pretendida soledad, se asusta y escapa corriendo[3], mientras canta el villancico «A peinar ve tus cabellos…» (fol. 19r). Tal es el contexto narrativo de los dos textos que ahora nos interesa examinar.

El primero de los villancicos de Isabela desarrolla el motivo de los cabellos sueltos de la mujer como una red de amor que prende a cuantos los miran. El yo lírico se dirige como interlocutor a su madre («madre mía», v. 5, vocativo usual en la poesía popular tradicional). La idea nuclear del poema se construye sobre la dilogía del verbo prender: la ninfa debe prender ʽsujetar, atarʼ sus cabellos, que se han soltado (v. 6), para que ellos no prendan ʽatrapen, enamorenʼ a tantos como los miran (v. 4):

Soltáronse mis cabellos,
madre mía,
¡ay!, ¿con qué me los prendería?

Dícenme que prendo a tantos,
madre mía, con mis cabellos,
que ternía por bien prendellos
y no dar pena y quebrantos;
pero por quitar de espantos,
madre mía,
¡ay!, ¿con qué me los prendería?[4]

La voz lírica femenina se lamenta por no saber cómo poner fin a los estragos de amor que causa su hermosura. Este motivo de los cabellos sueltos, que flotando al viento constituyen una poderosa red de amor, es tópico. Sobre su presencia, baste recordar el bello soneto XXIII de Garcilaso, «En tanto que de rosa d’azucena…», donde el dorado cabello de la mujer «con vuelo presto / por el hermoso cuello blanco, enhiesto, / el viento mueve, esparce y desordena» (vv. 6-8)[5].

El mismo tema, la conveniencia de prender el «cabello crespado» (v. 7), se presenta en el segundo villancico de la ninfa, el que desarrolla precisamente el estribillo: «A peinar ve tus cabellos / y a lʼaldea, / que el pastor con vanos ojos / no los vea» (fol. 19r). Isabela es consciente del alto potencial erótico de sus cabellos sueltos, y por ello es necesario cogerlos ʽrecogerlosʼ (v. 7); y añade la correspondiente justificación: «que prendello es conviniente» (v. 9) para que el pastor que la ha sorprendido en la soledad del campo no los vea «con vanos ojos», valga decir ʽvanidosos, enamoradizosʼ. Este es el texto del segundo villancico:

A peinar ve tus cabellos,
y a lʼaldea,
que el pastor con vanos ojos
no los vea.

Deja el bosque, deja el prado
con su fuente
coge el cabello crespado
y luego vente,
que prendello es conveniente;
y en la aldea,
que el pastor con vanos ojos
no los vea.

Ocasión no des, zagala,
y al zagal
que por ti, que Dios te vala,
paste mal;
deja, deja ya el pradal,
ve a lʼaldea,
que el pastor con vanos ojos
no te vea[6].

Por lo demás, cabe destacar una vez más la gracia y musicalidad de estas composiciones de Arbolanche escritas en versos de arte menor, en las que —reelaborando motivos bien conocidos de la poesía amorosa tradicional— alcanza altas cotas de calidad poética y emotiva.


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] En su tesis doctoral Elementos líricos en «Las Abidas» (1566) de Jerónimo Arbolanche, Pamplona, Universidad de Navarra, 2015, realizada bajo mi dirección, María Francisca Pascual Fernández ha localizado —y estudiado— un total de 26 villancicos en el conjunto de Las Abidas. Para el subgénero del villancico, remito especialmente a Antonio Sánchez Romeralo, El villancico. Estudios sobre la lírica popular en los siglos XV y XVI, Madrid, Gredos, 1969; y a Isabella Tomassetti, Mil cosas tiene el amor. El villancico cortés entre Edad Media y Renacimiento, Kassel, Reichenberger, 2008. Para el autor y su obra, es referencia obligada la erudita aportación de Fernando González Ollé: Jerónimo Arbolanche, Las Abidas, Madrid, CSIC, 1969-1972, 2 vols., que incluye el estudio y la edición facsimilar de la obra, además de un vocabulario y notas.

[3] Circunstancia que tendrá fatales consecuencias, pues en su huida tropezará y tendrá una mortal caída.

[4] Las Abidas, Zaragoza, en casa de Juan Millán, 1566, Libro VIII, fol. 18r.  Figura recogido en Margit Frenk, Corpus de la antigua lírica popular hispánica, núm. 279, p. 128, y en José María Alín, El cancionero español de tipo tradicional, núm. 511, p. 588. También lo traen Hugo Albert Rennert, The Spanish Pastoral Romances, New York, Biblo and Tannen, 1968, p. 96 (publicación original: Philadelphia, University of Pennsylvania, Department of Romanic Languages and Literatures, 1912); y Francisco Sierra Urzaiz, «Jerónimo de Arbolanche: poeta tudelano del siglo XVI», Revista del Centro de Estudios Merindad de Tudela, 1, 1989, pp. 23-24. Yo lo edité anteriormente en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, p. 19; y en mi trabajo «La poesía pastoril y amorosa de Jerónimo Arbolanche», Río Arga. Revista de Poesía, núm. 109, primer trimestre de 2004, pp. 25-26. En el v. 4 ternía vale ʽtendríaʼ y prendellos es asimilación de prenderlos.

[5] Ver Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elías L. Rivers, 6.ª ed., Madrid, Castalia, 1989, Soneto XXIII, p. 59.

[6] Las Abidas, Libro I, fol. 19r. Reproducido en Sierra Urzaiz, «Jerónimo de Arbolanche: poeta tudelano del siglo XVI», p. 24, y en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 19-20. Nótese la ligera variatio en el último verso del estribillo, «no los vea» en la cabeza y el primer pie; «no te vea», en el segundo.

El llanto pastoril: el villancico «Llora la zagala…» de Jerónimo Arbolanche

Una de las más hermosas composiciones poéticas incluidas en Los nueve libros de Las Abidas de Jerónimo Arbolanche, poeta tudelano (Zaragoza, en casa de Juan Millán, 1566) es el villancico que comienza «Llora la zagala…»[1]. Se localiza en el Libro octavo (fols. 155r-156r) y el contexto de su enunciado es el siguiente: Andria, hija del pastor Gorgón, está enamorada de su hermano adoptivo Abido (que vive en hábito pastoril, pero que en realidad es hijo del rey Gárgoris y, por tanto, el heredero del trono de Tartesia). La joven y desdeñada pastora ha lanzado al viento sus lamentos amorosos, y es el protagonista, el propio Abido, quien comenta, por medio de este villancico[2], la situación de pena que la aqueja:

Llora la zagala
al zagal ausente;
¡ay, cómo le llora
tan amargamente!

Llórale, que es ido
de su verde prado
sin que de sus cabras
tenga ya cuidado;
ganado y pastora,
todo lo ha dejado
y la desdichada
llora tristemente;
¡ay, cómo le llora
tan amargamente!

En otras majadas
está su querido;
también en la suya,
aunque sea partido,
porque en sus entrañas
le tiene esculpido
y así jamás puede
de ella estar ausente;
¡ay, cómo le llora
tan amargamente!

No hay en todo el valle
álamo acopado
donde el nombre suyo
no tenga estampado;
llamándole anda
por todo el collado
y suple las faltas
Eco del ausente;
¡ay, cómo le llora
tan amargamente!

Infinitas veces
entre sí está hablando
como si delante
le estase escuchando;
mas el vano gozo
se le va acabando
y vuelven los lloros
improvisamente;
¡ay, cómo le llora
tan amargamente![3]

El poema —delicado, pleno de gracia popular a lo largo de sus 44 hexasílabos— nos muestra el dolor de ausencia de una pastora por la marcha de su pastor amado, el cual, por cierto, no corresponde a su sentimiento amoroso (según sabemos por el contexto narrativo más amplio del episodio en que se inserta el villancico, a saber, las tres hijas de Gorgón, Andria, Afrania y Enisa, pretenden de amores a Abido… pero sin conseguirlo). Junto con un hábil manejo del léxico pastoril y campestre (prado, cabras, ganado, majadas, valle, álamo, collado…), encontramos aquí varios tópicos bien conocidos de la poesía pastoril y amorosa. Así, de raigambre neoplatónica son los versos 17-22, con el tópico del amante que tiene impresa o esculpida en el alma (en el corazón, en el pensamiento…) la imagen o el rostro del  amado (recuérdese, por ejemplo, el soneto V de Garcilaso: «Escrito está en mi alma vuestro gesto…»)[4]. Los versos 25-28 muestran la práctica habitual en la literatura pastoril consistente en grabar en las cortezas de los árboles el nombre de la persona amada[5].

Mujer llorandoAdemás, el villancico se adorna en los versos 31-32 con una alusión mitológica a la ninfa Eco: enamorada de Narciso, murió de pena, y de ella quedó solo su voz; aquí se indica que únicamente Eco —el eco— viene a suplir la ausencia del pastor del que está enamorada Andria[6]. De esta forma se destaca de forma expresiva la falta de comunicación con el amado: Andria «Infinitas veces / entre sí está hablando / como si delante / le estase escuchando» (vv. 35-38)… pero todo eso no es más que una pura ilusión, un «vano gozo» (v. 39) que muy pronto termina al chocar con la realidad, «y vuelven los lloros / improvisamente» (vv. 41-42). Así pues, el llanto de la pastora, subrayado continuamente por los versos repetidos como estribillo ¡ay, cómo le llora / tan amargamente!») se convierte así en el motivo temático nuclear de este bello poema de Arbolanche, que tiene además la musicalidad aportada por el ritmo ágil del hexasílabo.


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] En su tesis doctoral Elementos líricos en «Las Abidas» (1566) de Jerónimo Arbolanche, Pamplona, Universidad de Navarra, 2015, realizada bajo mi dirección, María Francisca Pascual Fernández ha localizado —y estudiado— un total de 26 villancicos en el conjunto de Las Abidas. Para el subgénero del villancico, pueden consultarse, entre otros trabajos, las monografías de Antonio Sánchez Romeralo, El villancico. Estudios sobre la lírica popular en los siglos XV y XVI, Madrid, Gredos, 1969; y de Isabella Tomassetti, Mil cosas tiene el amor. El villancico cortés entre Edad Media y Renacimiento, Kassel, Reichenberger, 2008. Sobre Arbolanche y su obra, la aportación fundamental es la de Fernando González Ollé: Jerónimo Arbolanche, Las Abidas, Madrid, CSIC, 1969-1972, 2 vols., que incluye el estudio y la edición facsimilar de la obra, además de un vocabulario y notas.

[3] Las Abidas, Zaragoza, en casa de Juan Millán, 1566, Libro VIII, fols. 155r-156r. Julio Cejador y Frauca, en su recopilación La verdadera poesía castellana, floresta de la antigua lírica popular, vol. VII, Madrid, Gráficas Nacional, 1930, lo transcribe con el núm. 2.779, pp. 111-112, y anota: «Cantar de enamorada bien imitado de lo popular, si no es popular». Lo ha reproducido también Fernando González Ollé en su Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1989, pp. 97-98. Por mi parte, lo edité en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 24-25.

[4] Ver Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elías L. Rivers, 6.ª ed., Madrid, Castalia, 1989, Soneto V, p. 41. Para las teorías amorosas (amor cortés, petrarquismo, neoplatonismo, etc.) vigentes en la literatura del Siglo de Oro es fundamental el erudito trabajo de Guillermo Serés, La transformación de los amantes. Imágenes del amor de la antigüedad al Siglo de Oro, Barcelona, Crítica, 1996.

[5] Ver Daniel Devoto, «Las letras en el árbol (De Teócrito a Nicolás Olivari)», Nueva Revista de Filología Hispánica, 36:2, 1988, pp. 787-852.

[6] Desde el punto de vista léxico, pocas palabras requieren anotación: acopado (v. 26): referido a un árbol, al álamo en este caso, ‘copudo, que tiene una buena copa’; estase (v. 38): ‘estuviese’; improvisamente (v. 42): ‘de repente, de improviso’.