Las coplas «De un pastor enamorado de una pastora muy fea», de Julián de Medrano

Estamos acostumbrados a que la poesía lírica pondere la belleza deslumbrante de las Lisis, Filis, Lauras, Galateas, Fléridas[1], mujeres idealizadas todas ellas que responden al tópico de la donna angelicata y también al de la «ingrata amada enemiga», tan crueles cuanto hermosas (más duras que el mármol a las quejas de sus lastimeros y llorosos enamorados[2]). Lo habitual es, entonces, que el poeta cante a estas damas bellísimas, insertando su composición en los cánones del amor cortés trovadoresco, o bien de los códigos petrarquistas y neoplatónicos al uso[3]. Todo eso, claro, cuando nos situamos en el registro de la poesía amorosa seria. Ahora bien, si cambiamos de tonalidad y de género, y pasamos al terreno de lo burlesco, no deberá extrañarnos que suceda lo contrario, es decir, que los poetas parodien esos tópicos convencionales, gastados por el uso reiterado, y los vuelvan del revés cantando entonces a las mujeres feas, como hicieran magistralmente Lope, Quevedo y otros muchos ingenios áureos.

Portada de La silva curiosa de Julián de MedranoEn el contexto de la historia literaria de Navarra del Siglo de Oro, también podemos encontrar algunos casos similares, esto es, algunos poetas navarros que cantan a las feas. Hoy me quiero referir a uno de ellos en concreto, Julián de Medrano (cuyo nombre aparece a veces también como Julián Íñiguez de Medrano), autor al que ya dediqué —tiempo atrás— una entrada. Su principal obra es La silva curiosa de Julián de Medrano (en París, impreso en casa de Nicolás Chesneau, en la calle de Santiago, a la insignia du Chesne verd, 1583, con una segunda edición, París, en casa de Marc Orry, en la calle de Santiago, a la insignia del Lyon Rampant, 1608[4]), que es una verdadera ensalada u obra miscelánea típica del Renacimiento que incluye refranes, anécdotas, chistes, facecias, sentencias, cuentos, motes, proverbios, epitafios, etc. en confusa mezcla (a eso alude precisamente el título del libro: es una silva, una selva de materiales entremezclados sin demasiado orden)[5]. Pero, además, se introducen en ella varias historias amorosas y de aventuras exóticas, y también bastantes composiciones poéticas, sobre todo de tema pastoril-amoroso[6].

Pues bien, de todos esos poemas de Medrano insertos en La silva curiosa, me interesa recordar ahora las coplas «De un pastor enamorado de una pastora muy fea», escritas en sesenta ágiles versos hexasílabos, cada una de las cuales se cierra con el gracioso estribillo «soy enamorado / de la fea graciosa»[7]. Este es el texto completo del poema (al que añadiré algunas pequeñas notas explicativas):

Amor me ha burlado
con burla donosa:
soy enamorado
de la fea graciosa.

Estando en mi aldea
mirando bailar,
vi una mujer fea
en el baile entrar,
fea de espantar
pero muy briosa:
soy enamorado
de la fea graciosa.

Su talle y su gesto[8]
os quiero contar,
y habéis de juzgar
si me engaño en esto;
y pues ya estoy puesto
a cualquiera cosa,
soy enamorado[9]
de la fea graciosa.

Es cariaguileña
y junta de cejas;
muy largas orejas;
la color[10], trigueña;
de cuerpo pequeña,
un poco gibosa:
soy enamorado
de la fea graciosa.

La boca, hendida;
los labios, pardillos;
los ojos, chiquillos;
la nariz, cumplida;
la fruente[11], salida;
la cara, pecosa:
soy[12] enamorado
de la fea graciosa.

Y con ver que veo
que es fea cual paresce,
en mi alma cresce
amor y deseo;
y no hay amor feo
donde Amor reposa:
soy enamorado
de la fea graciosa.

Cuando la miré
me paresció fea,
y agora Medea
no llega a su pie,
ni Penelopé,
ni Venus[13], la hermosa:
soy enamorado
de la fea graciosa.

Y lo que aprovecha
de amar feo amor
es no haber sospecha
de competidor,
ni tener temor
será codiciosa[14]:
soy enamorado
de la fea graciosa
.

Esta composición se incluye en la primera parte de La silva curiosa, concretamente en la sección titulada «Versos pastoriles de Julio M. sentidos y harto graciosos». En fin, terminaré recordando que el tema de la fea se reitera más adelante, en la parte segunda de la obra, en la que se recogen dichos, cuentos y epitafios, donde encontramos esta «Aguda respuesta de un soldado a una mujer fea»:

Fue un soldado muy feo con un guárdenos Dios[15] muy cumplido por la cara. El cual iba muerto por alcanzar una mujer, la cual no era hermosa sino muy fea, y decíale: «Perla graciosa, volveos acá y vea yo ese hermoso rostro, el cual a mí da gran pena por no poderle gozar». Volviose la mujer y desque lo vio tan feo, le dijo: «Eso no puedo decir por cierto de vuestra merced». Respondió él: «Bien pudiérades, mintiendo como yo»[16].


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] Recuérdense los conocidos versos 57-59 de la Égloga I de Garcilaso, cuando Salicio exclama: «¡Oh más dura que mármol a mis quejas / y al encendido fuego en que me quemo / más helada que nieve, Galatea!» (Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elías L. Rivers, 6.ª ed., Madrid, Castalia, 1989, p. 121).

[3] Para las teorías amorosas vigentes en la literatura del Siglo de Oro, ver especialmente Guillermo Serés, La transformación de los amantes. Imágenes del amor de la antigüedad al Siglo de Oro, Barcelona, Crítica, 1996. Puede consultarse también el trabajo clásico de Joseph G. Fucilla, Estudios sobre el petrarquismo en España, Madrid, Instituto «Miguel de Cervantes», 1960; o el libro de María Pilar Manero Sorolla, Imágenes petrarquistas en la lírica española del Renacimiento. Repertorio, Barcelona, PPU, 1990. También resulta de utilidad la monografía de Ignacio Navarrete, Los huérfanos de Petrarca. Poesía y teoría en la España renacentista, versión española de Antonio Cortijo Ocaña, Madrid, Gredos, 1997… entre otra mucha bibliografía posible.

[4] Hay otra edición antigua cuya portada indica: Zaragoza, Joan Escartilla, 1580 (en realidad, se trata de un estado de la de Chesneau, con falsificación de la portada); una edición del siglo XIX, a cargo de José María Sbarbi (vol. 10 de El refranero general español, Madrid, Imprenta de A. Gómez Fuentenebro, 1878); y una moderna de Mercedes Alcalá Galán, «La silva curiosa de Julián de Medrano». Estudio y edición crítica, New York, Peter Lang, 1998.

[5] No todos estos materiales son originales de Medrano. Por ejemplo, la mayoría de los cuentos recogidos en la Silva proceden de Sobremesa y alivio de caminantes de Joan de Timoneda y de la colección de Juan Aragonés. A nombre de Medrano figura también una rara obra titulada Historia singular de seis animales, d’el Can, d’el Cavallo, d’el Osso, d’el Lobo, d’el Ciervo y d’el Elephante, París, Nicolas Chesneau, 1583, pero como ya notara Menéndez Pelayo, «este libro no es más que un ejemplar, con los preliminares reimpresos, del libro Del Can y del caballo que había publicado en Valladolid el protonotario Luis Pérez en 1568, sin que para nada se hable del oso ni de los demás animales citados en la portada» (Marcelino Menéndez Pelayo, Orígenes de la novela, ed. preparada por Enrique Sánchez Reyes, vol. 3, Santander, Aldus, 1943, p. 122).

[6] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Versos pastoriles y amorosos de Julián de Medrano», Río Arga. Revista de poesía, núm. 92, cuarto trimestre de 1999, pp. 27-31.

[7] Cito por Mercedes Alcalá Galán, «La silva curiosa de Julián de Medrano». Estudio y edición crítica, New York, Peter Lang, 1998, pp. 177-179, pero modernizando grafías y puntuación y regularizando además el uso de mayúsculas y minúsculas. Como anota la editora, esta composición aparece en el Cartapacio de Francisco de Morán de la Estrella, núm. 36, fol. 62r-62v, y figura atribuido también a Diego Hurtado de Mendoza (Poesía completa, CXXXVI). Reproduje este poema en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 39-41.

[8] gesto: rostro, cara.

[9] soy enamorado: en la edición de Alcalá Galán, «Por ser ennamorado», que, además de hacer el verso largo, rompe la sintaxis de la frase. Enmiendo unificando con el estribillo repetido en las demás estrofas.

[10] la color: en la lengua clásica es normal que los sustantivos acabados en –or tengan concordancia femenina.

[11] fruente: forma usual por frente.

[12] soy: en la edición de Alcalá Galán, «Y soy», que hace el verso largo. Unifico de nuevo con la forma repetida en los demás estribillos.

[13] Medea … Penelopé … Venus: citadas aquí como prototipos de belleza femenina. La forma Penelopé, con desplazamiento acentual jocoso, es necesaria para conseguir la rima con miré y pie.

[14] ni tener temor / será codiciosa: como es fea, el yo lírico piensa que no reclamará demasiados regalos. Es bien conocido el tópico satírico de la «dama pidona», a la que su galán tenía que contentar con joyas, vestidos, etc.

[15] un guárdenos Dios: una cicatriz.

[16] La silva curiosa de Julián de Medrano, ed. de Mercedes Alcalá Galán, p. 210; pero modernizo de nuevo grafías, puntuación y uso de mayúsculas / minúsculas.

Arbolanche y la tradición de la maya: «Esta flor de mayo…»

En la poesía pastoril y amorosa de Jerónimo Arbolanche, recogida en Las Abidas (1566), encontramos la utilización —y reelaboración— de abundantes motivos tradicionales, de raigambre popular unos, de condición culta otros, como estamos comprobando en las entradas de estos días pasados[1]. En esta ocasión, quiero comentar otro de los bellos villancicos[2] de Arbolanche, el que tiene como cabeza «Esta flor de mayo, / ¿quién la cogerá?» (fol. 40v), cuyo texto completo es así:

Esta flor de mayo,
¿quién la cogerá?

De lobos hambrientos
la oveja seguida
y la nao batida
de tres varios vientos,
ni hace movimientos
acá ni acullá,
¿quién la cogerá?[3]

El poema, en la sencillez y gracia de sus nueve hexasílabos, entronca con la tradición de las mayas —en especial por la mención del primer verso—, esas composiciones de la lírica tradicional popular que exaltan el mes de mayo como el del triunfo de la vida que renace, del florecimiento de los campos…; un mes, por supuesto, especialmente apto para servir al amor (el amor considerado como servicio a la dama, con origen en la poesía cortés trovadoresca), como indican los versos del «Romance del prisionero»:

Por el mes de mayo era
cuando haze la calor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor…[4]

Podemos recordar también, entre otros posibles, este texto recogido en el Cancionero musical de Palacio, que canta igualmente la primavera —abril, mayo—, con «sus flores» y «sus amores», época en la que, efectivamente, los enamorados se dedican a bien servir:

Entra mayo y sale abril:
¡tan garridico le vi venir!

Entra mayo con sus flores,
sale abril con sus amores,
y los dulces amadores
comiencen a bien servir[5].

Mujer con una florPero lo que me interesa destacar es que el tópico tradicional se actualiza en el poema de Arbolanche si consideramos la función que desempeña esa pequeña intercalación lírica en el marco del episodio narrativo en que se inserta: Andria, Afrania y Enisa son tres hermanas pastoras, y las tres se han enamorado del pastor —pastor fingido, pues en realidad se trata de un príncipe— Abido. Las tres pretenden de amores al joven que ha sido acogido por su padre Gorgón, las tres sienten celos las unas de las otras y las tres sufren el desdén amoroso del héroe protagonista. En este sentido, la pregunta de la cabeza, «Esta flor de mayo, / ¿quién la cogerá?», cabe reinterpretarla así en el contexto de la historia amorosa: ʽEste amor de Abido, ¿quién lo conseguirá?ʼ. Por lo demás, las dos imágenes de la glosa son bien sencillas: la oveja perseguida por los lobos y la nave azotada por vientos contrarios dan idea de la fragilidad, de la indefensión en que queda la persona enamorada frente a la fuerza incontrastable del sentimiento amoroso («Omnia vincit amor»). Y al final, una pregunta queda en el aire, con la repetición del segundo verso de la cabeza: ¿qué pasará con la oveja, qué con la nao?, ¿quién cogerá la flor de mayo del amor de Abido?


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] En su tesis doctoral Elementos líricos en «Las Abidas» (1566) de Jerónimo Arbolanche, Pamplona, Universidad de Navarra, 2015, realizada bajo mi dirección, María Francisca Pascual Fernández ha localizado —y estudiado— un total de 26 villancicos en el conjunto de Las Abidas. Para el subgénero del villancico, remito especialmente a Antonio Sánchez Romeralo, El villancico. Estudios sobre la lírica popular en los siglos XV y XVI, Madrid, Gredos, 1969; y a Isabella Tomassetti, Mil cosas tiene el amor. El villancico cortés entre Edad Media y Renacimiento, Kassel, Reichenberger, 2008. Para el autor y su obra, es referencia obligada la erudita aportación de Fernando González Ollé: Jerónimo Arbolanche, Las Abidas, Madrid, CSIC, 1969-1972, 2 vols., que incluye el estudio y la edición facsimilar de la obra, además de un vocabulario y notas. Ver también mi trabajo «La poesía pastoril y amorosa de Jerónimo Arbolanche», Río Arga. Revista de Poesía, núm. 109, primer trimestre de 2004, pp. 27-31.

[3] Las Abidas, Zaragoza, en casa de Juan Millán, 1566, Libro II, fol. 40v. Margit Frenk, en su Corpus de la antigua lírica popular hispánica (siglos XV a XVII), Madrid, Castalia, 1987, núm. 1273, p. 607, recoge la cabeza del villancico, pero no la glosa. Edité este texto en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, p. 20.

[4] Romancero, ed., estudio y notas de Michelle Débax, Madrid, Alhambra, 1988, núm. 63, p. 329. Aunque es más popular y difundida la versión extendida: «Que por mayo era, por mayo, / cuando hace la calor,  / cuando los trigos encañan  / y están los campos en flor,  / cuando canta la calandria  / y responde el ruiseñor, / cuando los enamorados  / van a servir al amor…».

[5] Lírica española de tipo popular, ed. de Margit Frenk, 14.ª ed., Madrid, Cátedra, 2008, núm. 358, p. 171. Ver Cancionero musical de Palacio, ed. de Joaquín González Cuenca, Ciudad Real, Visor, 1996. Para más textos, ver el apartado «La maya» de su Corpus de la antigua lírica popular hispánica (siglos XV a XVII), Madrid, Castalia, 1987, núms. 1275-1281C, pp. 608-612.

El motivo de los cabellos sueltos en dos villancicos de Jerónimo Arbolanche

Ninfa sorprendida, ManetUno de los motivos tópicos de la poesía amorosa que encontramos en las composiciones líricas insertas en el conjunto narrativo de Las Abidas de Jerónimo Arbolanche (Zaragoza, en casa de Juan Millán, 1566) es el de los cabellos sueltos de la amada[1]. Vamos a examinarlo aquí en dos bellos villancicos[2] en los que constituye el motivo central: «Soltáronse mis cabellos…» (fol. 18r) y «A peinar ve tus cabellos…» (fol. 19r), localizados ambos en el mismo episodio, el momento del encuentro entre Abido y la ninfa Isabela (Libro I). Abido, que vive en hábito pastoril tras haber sido prohijado por el pastor Gorgón, sale un día a cazar pero, cuando está persiguiendo una liebre, «huyósele la caza de la vista / porque él había de ser de amor cazado». Ocurre, en efecto, que el protagonista escucha una melodiosa voz femenina que canta el villancico «Soltáronse mis cabellos…». Esa voz corresponde a Isabela, cuyo peinado se ha deshecho al engancharse su garbín de seda en una rama de cedro. Mientras trata de componer el desorden de sus cabellos, canta ese villancico. Al escuchar y ver a la hermosa ninfa, el enamoramiento del pastor es súbito: Abido, «que en su pecho / la flecha del amor sintió que entraba / y que a las medulas discurría», responderá cantando unas octavas reales, «En la ribera florecida y llana…» (fols. 18r-18v). La actividad venatoria se ha transformado en una caza de amor, solo que quien era cazador ha pasado a ser cazado. La ninfa, al verse sorprendida en su pretendida soledad, se asusta y escapa corriendo[3], mientras canta el villancico «A peinar ve tus cabellos…» (fol. 19r). Tal es el contexto narrativo de los dos textos que ahora nos interesa examinar.

El primero de los villancicos de Isabela desarrolla el motivo de los cabellos sueltos de la mujer como una red de amor que prende a cuantos los miran. El yo lírico se dirige como interlocutor a su madre («madre mía», v. 5, vocativo usual en la poesía popular tradicional). La idea nuclear del poema se construye sobre la dilogía del verbo prender: la ninfa debe prender ʽsujetar, atarʼ sus cabellos, que se han soltado (v. 6), para que ellos no prendan ʽatrapen, enamorenʼ a tantos como los miran (v. 4):

Soltáronse mis cabellos,
madre mía,
¡ay!, ¿con qué me los prendería?

Dícenme que prendo a tantos,
madre mía, con mis cabellos,
que ternía por bien prendellos
y no dar pena y quebrantos;
pero por quitar de espantos,
madre mía,
¡ay!, ¿con qué me los prendería?[4]

La voz lírica femenina se lamenta por no saber cómo poner fin a los estragos de amor que causa su hermosura. Este motivo de los cabellos sueltos, que flotando al viento constituyen una poderosa red de amor, es tópico. Sobre su presencia, baste recordar el bello soneto XXIII de Garcilaso, «En tanto que de rosa d’azucena…», donde el dorado cabello de la mujer «con vuelo presto / por el hermoso cuello blanco, enhiesto, / el viento mueve, esparce y desordena» (vv. 6-8)[5].

El mismo tema, la conveniencia de prender el «cabello crespado» (v. 7), se presenta en el segundo villancico de la ninfa, el que desarrolla precisamente el estribillo: «A peinar ve tus cabellos / y a lʼaldea, / que el pastor con vanos ojos / no los vea» (fol. 19r). Isabela es consciente del alto potencial erótico de sus cabellos sueltos, y por ello es necesario cogerlos ʽrecogerlosʼ (v. 7); y añade la correspondiente justificación: «que prendello es conviniente» (v. 9) para que el pastor que la ha sorprendido en la soledad del campo no los vea «con vanos ojos», valga decir ʽvanidosos, enamoradizosʼ. Este es el texto del segundo villancico:

A peinar ve tus cabellos,
y a lʼaldea,
que el pastor con vanos ojos
no los vea.

Deja el bosque, deja el prado
con su fuente
coge el cabello crespado
y luego vente,
que prendello es conveniente;
y en la aldea,
que el pastor con vanos ojos
no los vea.

Ocasión no des, zagala,
y al zagal
que por ti, que Dios te vala,
paste mal;
deja, deja ya el pradal,
ve a lʼaldea,
que el pastor con vanos ojos
no te vea[6].

Por lo demás, cabe destacar una vez más la gracia y musicalidad de estas composiciones de Arbolanche escritas en versos de arte menor, en las que —reelaborando motivos bien conocidos de la poesía amorosa tradicional— alcanza altas cotas de calidad poética y emotiva.


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] En su tesis doctoral Elementos líricos en «Las Abidas» (1566) de Jerónimo Arbolanche, Pamplona, Universidad de Navarra, 2015, realizada bajo mi dirección, María Francisca Pascual Fernández ha localizado —y estudiado— un total de 26 villancicos en el conjunto de Las Abidas. Para el subgénero del villancico, remito especialmente a Antonio Sánchez Romeralo, El villancico. Estudios sobre la lírica popular en los siglos XV y XVI, Madrid, Gredos, 1969; y a Isabella Tomassetti, Mil cosas tiene el amor. El villancico cortés entre Edad Media y Renacimiento, Kassel, Reichenberger, 2008. Para el autor y su obra, es referencia obligada la erudita aportación de Fernando González Ollé: Jerónimo Arbolanche, Las Abidas, Madrid, CSIC, 1969-1972, 2 vols., que incluye el estudio y la edición facsimilar de la obra, además de un vocabulario y notas.

[3] Circunstancia que tendrá fatales consecuencias, pues en su huida tropezará y tendrá una mortal caída.

[4] Las Abidas, Zaragoza, en casa de Juan Millán, 1566, Libro VIII, fol. 18r.  Figura recogido en Margit Frenk, Corpus de la antigua lírica popular hispánica, núm. 279, p. 128, y en José María Alín, El cancionero español de tipo tradicional, núm. 511, p. 588. También lo traen Hugo Albert Rennert, The Spanish Pastoral Romances, New York, Biblo and Tannen, 1968, p. 96 (publicación original: Philadelphia, University of Pennsylvania, Department of Romanic Languages and Literatures, 1912); y Francisco Sierra Urzaiz, «Jerónimo de Arbolanche: poeta tudelano del siglo XVI», Revista del Centro de Estudios Merindad de Tudela, 1, 1989, pp. 23-24. Yo lo edité anteriormente en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, p. 19; y en mi trabajo «La poesía pastoril y amorosa de Jerónimo Arbolanche», Río Arga. Revista de Poesía, núm. 109, primer trimestre de 2004, pp. 25-26. En el v. 4 ternía vale ʽtendríaʼ y prendellos es asimilación de prenderlos.

[5] Ver Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elías L. Rivers, 6.ª ed., Madrid, Castalia, 1989, Soneto XXIII, p. 59.

[6] Las Abidas, Libro I, fol. 19r. Reproducido en Sierra Urzaiz, «Jerónimo de Arbolanche: poeta tudelano del siglo XVI», p. 24, y en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 19-20. Nótese la ligera variatio en el último verso del estribillo, «no los vea» en la cabeza y el primer pie; «no te vea», en el segundo.

El llanto pastoril: el villancico «Llora la zagala…» de Jerónimo Arbolanche

Una de las más hermosas composiciones poéticas incluidas en Los nueve libros de Las Abidas de Jerónimo Arbolanche, poeta tudelano (Zaragoza, en casa de Juan Millán, 1566) es el villancico que comienza «Llora la zagala…»[1]. Se localiza en el Libro octavo (fols. 155r-156r) y el contexto de su enunciado es el siguiente: Andria, hija del pastor Gorgón, está enamorada de su hermano adoptivo Abido (que vive en hábito pastoril, pero que en realidad es hijo del rey Gárgoris y, por tanto, el heredero del trono de Tartesia). La joven y desdeñada pastora ha lanzado al viento sus lamentos amorosos, y es el protagonista, el propio Abido, quien comenta, por medio de este villancico[2], la situación de pena que la aqueja:

Llora la zagala
al zagal ausente;
¡ay, cómo le llora
tan amargamente!

Llórale, que es ido
de su verde prado
sin que de sus cabras
tenga ya cuidado;
ganado y pastora,
todo lo ha dejado
y la desdichada
llora tristemente;
¡ay, cómo le llora
tan amargamente!

En otras majadas
está su querido;
también en la suya,
aunque sea partido,
porque en sus entrañas
le tiene esculpido
y así jamás puede
de ella estar ausente;
¡ay, cómo le llora
tan amargamente!

No hay en todo el valle
álamo acopado
donde el nombre suyo
no tenga estampado;
llamándole anda
por todo el collado
y suple las faltas
Eco del ausente;
¡ay, cómo le llora
tan amargamente!

Infinitas veces
entre sí está hablando
como si delante
le estase escuchando;
mas el vano gozo
se le va acabando
y vuelven los lloros
improvisamente;
¡ay, cómo le llora
tan amargamente![3]

El poema —delicado, pleno de gracia popular a lo largo de sus 44 hexasílabos— nos muestra el dolor de ausencia de una pastora por la marcha de su pastor amado, el cual, por cierto, no corresponde a su sentimiento amoroso (según sabemos por el contexto narrativo más amplio del episodio en que se inserta el villancico, a saber, las tres hijas de Gorgón, Andria, Afrania y Enisa, pretenden de amores a Abido… pero sin conseguirlo). Junto con un hábil manejo del léxico pastoril y campestre (prado, cabras, ganado, majadas, valle, álamo, collado…), encontramos aquí varios tópicos bien conocidos de la poesía pastoril y amorosa. Así, de raigambre neoplatónica son los versos 17-22, con el tópico del amante que tiene impresa o esculpida en el alma (en el corazón, en el pensamiento…) la imagen o el rostro del  amado (recuérdese, por ejemplo, el soneto V de Garcilaso: «Escrito está en mi alma vuestro gesto…»)[4]. Los versos 25-28 muestran la práctica habitual en la literatura pastoril consistente en grabar en las cortezas de los árboles el nombre de la persona amada[5].

Mujer llorandoAdemás, el villancico se adorna en los versos 31-32 con una alusión mitológica a la ninfa Eco: enamorada de Narciso, murió de pena, y de ella quedó solo su voz; aquí se indica que únicamente Eco —el eco— viene a suplir la ausencia del pastor del que está enamorada Andria[6]. De esta forma se destaca de forma expresiva la falta de comunicación con el amado: Andria «Infinitas veces / entre sí está hablando / como si delante / le estase escuchando» (vv. 35-38)… pero todo eso no es más que una pura ilusión, un «vano gozo» (v. 39) que muy pronto termina al chocar con la realidad, «y vuelven los lloros / improvisamente» (vv. 41-42). Así pues, el llanto de la pastora, subrayado continuamente por los versos repetidos como estribillo ¡ay, cómo le llora / tan amargamente!») se convierte así en el motivo temático nuclear de este bello poema de Arbolanche, que tiene además la musicalidad aportada por el ritmo ágil del hexasílabo.


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] En su tesis doctoral Elementos líricos en «Las Abidas» (1566) de Jerónimo Arbolanche, Pamplona, Universidad de Navarra, 2015, realizada bajo mi dirección, María Francisca Pascual Fernández ha localizado —y estudiado— un total de 26 villancicos en el conjunto de Las Abidas. Para el subgénero del villancico, pueden consultarse, entre otros trabajos, las monografías de Antonio Sánchez Romeralo, El villancico. Estudios sobre la lírica popular en los siglos XV y XVI, Madrid, Gredos, 1969; y de Isabella Tomassetti, Mil cosas tiene el amor. El villancico cortés entre Edad Media y Renacimiento, Kassel, Reichenberger, 2008. Sobre Arbolanche y su obra, la aportación fundamental es la de Fernando González Ollé: Jerónimo Arbolanche, Las Abidas, Madrid, CSIC, 1969-1972, 2 vols., que incluye el estudio y la edición facsimilar de la obra, además de un vocabulario y notas.

[3] Las Abidas, Zaragoza, en casa de Juan Millán, 1566, Libro VIII, fols. 155r-156r. Julio Cejador y Frauca, en su recopilación La verdadera poesía castellana, floresta de la antigua lírica popular, vol. VII, Madrid, Gráficas Nacional, 1930, lo transcribe con el núm. 2.779, pp. 111-112, y anota: «Cantar de enamorada bien imitado de lo popular, si no es popular». Lo ha reproducido también Fernando González Ollé en su Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1989, pp. 97-98. Por mi parte, lo edité en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 24-25.

[4] Ver Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elías L. Rivers, 6.ª ed., Madrid, Castalia, 1989, Soneto V, p. 41. Para las teorías amorosas (amor cortés, petrarquismo, neoplatonismo, etc.) vigentes en la literatura del Siglo de Oro es fundamental el erudito trabajo de Guillermo Serés, La transformación de los amantes. Imágenes del amor de la antigüedad al Siglo de Oro, Barcelona, Crítica, 1996.

[5] Ver Daniel Devoto, «Las letras en el árbol (De Teócrito a Nicolás Olivari)», Nueva Revista de Filología Hispánica, 36:2, 1988, pp. 787-852.

[6] Desde el punto de vista léxico, pocas palabras requieren anotación: acopado (v. 26): referido a un árbol, al álamo en este caso, ‘copudo, que tiene una buena copa’; estase (v. 38): ‘estuviese’; improvisamente (v. 42): ‘de repente, de improviso’.

Arbolanche y el molde del villancico: «El zagal pulido, agraciado…»

Las Abidas, de Jerónimo Arbolanche (1566)Vamos a seguir examinando el cultivo del villancico de corte tradicional por parte de Jerónimo Arbolanche (Tudela, Navarra, h. 1546-Tudela, 1572), molde lírico en el que este autor se siente especialmente cómodo[1]. María Francisca Pascual Fernández[2] ha localizado un total de 26 composiciones de este tipo en Los nueve libros de Las Abidas (Zaragoza, en casa de Juan Millán, 1566), que es la única obra conocida de Arbolanche[3]. Se trata de composiciones líricas que se sitúan al interior de los episodios amorosos intercalados en el núcleo narrativo central —la historia del héroe Abido—, una serie de historias de amor, celos y ausencias protagonizados por diversos pastores y pastoras con los que se encuentra el protagonista. En opinión de González Ollé —el mejor conocedor de Arbolanche y su obra[4]—, «la función que realizan tales casos [se refiere a estos episodios bucólicos intercalados en el relato principal] radica en introducir justificadamente las numerosas poesías líricas diseminadas a lo largo de toda la estructura narrativa de la obra»[5]. Los poemas que Arbolanche incorpora están escritos tanto en versos de arte menor como de arte mayor, pero es notorio su mayor dominio de los metros y formas estróficas tradicionales castellanas, como ya pusiera de relieve González Ollé:

Ahora bien, este indudable conocimiento de las posibilidades métricas, tanto de las italianizantes como de las tradicionales, no se refleja tan brillantemente como era de esperar en la realización de Las Abidas. Arbolanche resulta buen versificador —y buen poeta— en versos cortos. La facilidad, frescura y gracia de sus poesías tradicionales ha sido unánimemente alabada por quienes se han ocupado de Las Abidas, la prueba más palpable radica en la insistencia con que algunas de dichas composiciones han sido recogidas en varias antologías[6].

Una buena prueba de ello la tenemos en el villancico que comienza con la cabeza «El zagal pulido, agraciado / mal me ha enamorado», localizado en el libro tercero de Las Abidas. Para contextualizarlo debidamente, hay que recordar que Abido, tras ser rescatado del mar por unas nereidas —donde había sido abandonado por su padre, el rey Gárgoris de Tartesia—, es llevado a tierra. Tras ser amamantado por una cierva, lo recoge el pastor Gorgón, quien lo prohija; desde entonces el príncipe vive «con traje pastoril y bajo oficio» (fol. 70v). Ocurre que las tres hijas de Gorgón, Andria, Afrania y Enisa, se enamoran de su hermano adoptivo, pero él rechaza sus pretensiones pues se mantiene fiel al recuerdo de su amada Isabela, ninfa muerta en un fatal accidente. Por otra parte, Gorgón concierta las bodas de su hija Afrania con Vernio, un rico ganadero hispalense, matrimonio que ella aceptará únicamente por la obediencia debida al padre. Sea como sea, la joven pastora sigue enamorada de Abido y se lamenta de su triste situación con estos sentidos versos:

El zagal pulido, agraciado
mal me ha enamorado.

Enamorome muy mal,
muy mal y con desvarío,
pues que no fue todo mío,
como yo suya, el zagal;
corazón, llorad lo tal,
que el zagal pulido, agraciado
mal me ha enamorado.

Corazón, por quien penáis,
otros penan como vos;
si pedís favor a Dios,
es muy bien que lo pidáis;
mas mirad bien, si miráis,
que el zagal pulido, agraciado
mal me ha enamorado.

—¿Pedís parte de su amor?
—No, porque entero lo pido,
que el amor que es dividido
no puede tener vigor.
—Pues cúmpleos buscar favor,
que el zagal pulido, agraciado
mal me ha enamorado[7].

Como podemos apreciar, la pastora se lamenta del mal de amor que la aqueja, pero le duele sobre todo el hecho de la no exclusividad del sentimiento: Afrania sabe que no es la única que pena por Abido, y es consciente también de que «el amor que es dividido / no puede tener vigor» (vv. 19-20), como bellamente expresa en la parte final, dialogada, del villancico. Su acto de entrega amorosa no tiene correspondencia, sufre el desvarío de su amado, y además muchos otros corazones penan como el suyo. La calidad expresiva —emotiva— de estos versos no deja de ser notable, y justifica perfectamente la fortuna que el texto de Arbolanche ha tenido, siendo justamente recogido en diversos repertorios y antologías.


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] En su tesis doctoral Elementos líricos en «Las Abidas» (1566) de Jerónimo Arbolanche, Pamplona, Universidad de Navarra, 2015, realizada bajo mi dirección. Para el subgénero del villancico, baste remitir al trabajo clásico de Antonio Sánchez Romeralo, El villancico. Estudios sobre la lírica popular en los siglos XV y XVI, Madrid, Gredos, 1969; o al más reciente de Isabella Tomassetti, Mil cosas tiene el amor. El villancico cortés entre Edad Media y Renacimiento, Kassel, Reichenberger, 2008.

[3] Dejando aparte un soneto laudatorio escrito para la Clara Diana a lo divino de fray Bartolomé Ponce.

[4] Véase sobre todo su excelente trabajo: Jerónimo Arbolanche, Las Abidas, Madrid, CSIC, 1969-1972, 2 vols., que incluye el estudio y la edición facsimilar de la obra, además de un vocabulario y notas.

[5] González Ollé, estudio preliminar a Jerónimo Arbolanche, Las Abidas, Madrid, CSIC, 1969-1972, vol. I, p. 104.

[6] González Ollé, estudio preliminar a Jerónimo Arbolanche, Las Abidas, Madrid, CSIC, 1969-1972, vol. I, pp. 170-171.

[7] Las Abidas, Libro III, fols. 48r-48v. El estribillo de este villancico fue recogido por José María Alín, en su Cancionero español de tipo tradicional, Madrid, Taurus, 1968, núm. 512, p. 588, y por Margit Frenk, Corpus de la antigua lírica popular hispánica (siglos XV a XVII), Madrid, Castalia, 1987, núm. 275, p. 126; lo reproducen completo José Manuel Blecua, Poesía de la Edad de Oro, vol. I, Renacimiento, 3.ª ed., Madrid, Castalia, 1984, núm. 249, pp. 346-347; y Francisco Sierra Urzaiz, «Jerónimo de Arbolanche: poeta tudelano del siglo xvi», Revista del Centro de Estudios Merindad de Tudela, 1, 1989, p. 23. Por mi parte, edité este poema en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 20-21.

Jerónimo Arbolanche y su villancico «Cantaban las aves…»

Jerónimo ArbolancheYa en alguna entrada anterior me había ocupado del escritor Jerónimo Arbolanche[1] (Tudela, hacia 1546-Tudela, 1572) y de su única obra conocida, Los nueve libros de Las Abidas (Zaragoza, en casa de Juan Millán, 1566), que es un largo poema narrativo formado por unos once mil versos (la mayoría de ellos endecasílabos blancos)[2]. Se trata de una pieza que se construye con materiales de muy heterogénea procedencia: en ella se mezclan elementos de la novela pastoril, la bizantina, la caballeresca, el poema mitológico-bucólico, pero se introducen también rasgos épicos, líricos, alegóricos, digresiones eruditas y geográficas, etc. En Las Abidas el escritor navarro reelabora el único mito turdetano que se conserva íntegro a través de la narración de Trogo Pompeyo abreviada por Justino (libro XLIX, cap. IV), la historia de Abido, nacido de la relación incestuosa del rey Gárgoris con su hija. Al nacer el príncipe, el rey ordena arrojarlo al mar, pero es salvado de las aguas por orden del dios Neptuno; amamantado en una cueva por una cierva, Abido es prohijado por el pastor Gorgón y se cría entre pastores en el campo, circunstancia que da pie a la inclusión de numerosos episodios bucólico-sentimentales, que conforman el entramado principal de la obra. El príncipe vive «con traje pastoril y bajo oficio» (fol. 70v) hasta que en el libro noveno se produce la anagnórisis final (posible gracias a unas señales que oportunamente se le hicieron en el brazo al nacer): entonces Abido es reconocido por el rey como hijo suyo y recupera su alta posición y la condición de heredero del trono de Tartesia.

Cabe decir que el del poeta tudelano fue un intento —fallido, ciertamente— en el camino de integración de los distintos géneros y estilos narrativos de la época, intento que culminaría felizmente Cervantes en 1605 (año de publicación de la primera parte del Quijote). Precisamente el ingenio complutense, en su célebre Viaje del Parnaso (1614), presenta a Arbolanche encabezando los ejércitos de los malos poetas que luchan contra los buenos en el asalto al monte Parnaso[3]. El tudelano, ciertamente, no logró la armoniosa integración de todos los materiales insertos en su libro, pero se adelantó cuatro décadas a Cervantes en el empeño. «Un “raro” busca la fama» titulaba González Ollé el capítulo que en 1989 dedicaba a Arbolanche en su Introducción a la historia literaria de Navarra. Sea como sea, este estudioso, al igual que otros críticos, ha puesto de manifiesto la habilidad del escritor tudelano en el manejo del metro corto: «Arbolanche es buen versificador y hasta excelente poeta al emplear versos cortos. La facilidad, frescura y gracia de sus poesías tradicionales lo prueban cumplidamente»[4].

Esas poesías de tono lírico y tema fundamentalmente amoroso se insertan en el contexto de las historias sentimentales —amores, rivalidades, celos, ausencia…— protagonizadas por diversos pastores en Las Abidas. Un magnífico ejemplo de ese buen hacer de Arbolanche en los metros tradicionales de arte menor lo tenemos en el hermoso villancico[5] que comienza «Cantaban las aves…», el cual desarrolla como motivo central la imagen tópica de la herida de amor. El texto se localiza en el Libro V: el eco ha llevado hasta el pastor Pascanio los lamentos amorosos de Abido tras la desgraciada muerte de la ninfa Isabela, de la que se había enamorado súbitamente, y el villancico entonado por Pascanio constituye el comentario de tales quejas de amor. Por lo demás, la sencillez, gracia y musicalidad de estos versos hexasílabos hacen que el texto no requiera mayor comentario. El villancico muestra la simpatía que se establece entre el pastor enamorado que canta sus penas y los elementos de la naturaleza, en este caso las aves (y, en concreto, el ruiseñor), los peces, los robles[6], los ríos, montes, prados y fuentes:

Cantaban las aves
con el buen pastor,
herido de amor.

Si en la primavera
canta el ruiseñor,
también el pastor
que está en la ribera
con herida fiera,
con grande dolor,
herido de amor.

Los peces gemidos
dan allá en la hondura;
el viento murmura
en robres crecidos,
los cuales movidos
siguen al pastor,
herido de amor.

Los claros corrientes,
montes y collados,
praderas y prados,
cristalinas fuentes
estaban pendientes
oyendo el pastor,
herido de amor[7].

Como vemos, todos los elementos de la naturaleza están pendientes de los lamentos de este pastor «herido de amor» (el movidos del v. 15 quiere decir ‘conmovidos, apenados’). Para este motivo, que remite en última instancia al mito de Orfeo (la tristeza de su música, tras la pérdida de su amada Eurídice, logró apenar a ríos, peñas, árboles y fieras), podemos recurrir también al modelo garcilasista, tanto en el soneto XV, «Si quejas y lamentos pueden tanto / que enfrenaron el curso de los ríos…» como en los vv. 197-206 de la Égloga I, en boca de Salicio: «Con mi llorar las piedras enternecen / su natural dureza y la quebrantan…».


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] Para el autor y su obra, hay que remitir sobre todo al monumental trabajo de Fernando González Ollé: Jerónimo Arbolanche, Las Abidas, Madrid, CSIC, 1969-1972, 2 vols., que incluye el estudio y la edición facsimilar de la obra, además de un vocabulario y notas.

[3] Ver Cervantes, Viaje del Parnaso, ed. y comentarios de Miguel Herrero García, Madrid, CSIC, 1983, VII, vv. 91-93 y 178-183.

[4] Fernando González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1989, p. 96. Marcelino Menéndez Pelayo, Orígenes de la novela, vol. II, Novelas sentimental, bizantina, histórica y pastoril, Madrid / Santander, CSIC / Aldus, 1943, p. 164, calificaba los versos cortos de Arbolanche como «fáciles, melodiosos y de apacible sencillez»; José Ramón Castro, Autores e impresos tudelanos. Siglos XV-XX, Madrid / Pamplona, CSIC / Institución «Príncipe de Viana», 1964, p. 43a, afirmaba que «tienen una dulzura, sentimientos y armonía que en nada envidian a lo mejor de Jorge de Montemayor»; y ya antes Rodolfo Schevill y Adolfo Bonilla, en su edición del cervantino Viaje del Parnaso, Madrid, Gráficas Reunidas, 1922, pp. 188-189, habían dejado escrito: «No es Arbolanche poeta despreciable, a pesar de las burlas de Cervantes, del canónigo sevillano Pacheco y de otros (como Villalba y Estaña, en su Pelegrino curioso)».

[5] En su tesis doctoral Elementos líricos en «Las Abidas» (1566) de Jerónimo Arbolanche, Pamplona, Universidad de Navarra, 2015 (realizada bajo mi dirección), María Francisca Pascual Fernández localiza y estudia un total de 26 villancicos en la obra. Para el subgénero del villancico, baste remitir al trabajo clásico de Antonio Sánchez Romeralo, El villancico. Estudios sobre la lírica popular en los siglos XV y XVI, Madrid, Gredos, 1969; o al más reciente de Isabella Tomassetti, Mil cosas tiene el amor. El villancico cortés entre Edad Media y Renacimiento, Kassel, Reichenberger, 2008.

[6] En el v. 14, robres es disimilación por robles; en cuanto a la concordancia claros corrientes del v. 18, en modo alguno resulta extraña en la lengua clásica.

[7] Las Abidas, Zaragoza, en casa de Juan Millán, 1566, fols. 92v-93v. El texto ha quedado recogido en diversos repertorios y antologías, por ejemplo en José María Alín, Cancionero español de tipo tradicional, Madrid, Taurus, 1968, núm. 510, pp. 587-588; y en José Manuel Blecua, Poesía de la Edad de Oro, vol. I, Renacimiento, 3.ª ed., Madrid, Castalia, 1984, núm. 250, p. 347. Por mi parte, lo incluí en mi libro Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, p. 22. Un detallado comentario de este poema puede verse en María Francisca Pascual Fernández, «Jerónimo de Arbolanche: el pastor herido de amor», en Carlos Mata Induráin, Adrián J. Sáez y Ana Zúñiga Lacruz (eds.), «Festina lente». Actas del II Congreso Internacional «Jóvenes Investigadores Siglo de Oro» (JISO 2012), Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2013, pp. 363-375.

Jorge Manrique evocado por Antonio Colinas

Jorge ManriqueEl poema «Jorge Manrique interroga a la madrugada antes de su última batalla» tal vez no figure entre los más conocidos de la producción poética de Antonio Colinas (La Bañeza, León, 1946), pero me interesa traerlo hoy aquí porque en él encontramos una bella evocación de un poeta clásico por parte de un poeta contemporáneo[1]. Pertenece a la sección «Cuaderno de la vida» de su poemario Desiertos de la luz (que recoge poemas de los años 2004-2008). En su composición, Colinas nos presenta a Jorge Manrique —cediéndole la voz lírica del poema— justo antes de entrar en el combate en el que resultaría mortalmente herido[2].

Son varios los puntos de interés que se pueden destacar en el poema. Así, si la más célebre obra de Manrique son las coplas que dedicó a la muerte de su padre don Rodrigo, este queda aquí evocado en la cuarta estrofa («la memoria / del que me dio la vida y la templanza»). Existe además algún claro eco textual de las coplas (como la alusión, en la segunda estrofa, a «La verdura de la era»[3]), y se perciben asimismo tópicos de raigambre clásica (la vida como sueño), junto con la reminiscencia de una de las ideas nucleares de las célebres coplas manriqueñas, a saber: la pervivencia, más allá de la muerte física, no solo en la vida eterna, la de la trascendencia religiosa, sino también en esa otra vida perdurable de la fama.

Este es el texto del poema, compuesto, por cierto, en estrofas tradicionales (cuartetos y serventesios) y rematado con un endecasílabo tan hermoso cuan rotundo («Este aire limpio sabe a muerte santa»):

Brota la luz, muere la noche, entera
mi espada, estos montes, los tomillos
me abren los ojos a más vida, brillos
arden, o pájaros, y mi alma espera.

¿Qué espera? ¿La verdura de la era
cuando avanza la edad? ¿Y yo qué espero?
¿En el aire, cuchillos? ¿Desespero
ante la muerte de Él, la verdadera,

o ante la mía sólo adivinada?
¿He vivido o acaso he soñado?
¡Tanto luchar por todo y para nada!
¿También mi batallar equivocado?

Siempre creí en amor, en la memoria
del que me dio la vida y la templanza,
pero el amor no siempre ama la Historia
y el que ama desprecia la venganza.

Vivir para morir, soñar la vida,
otra vida, más vida: la más alta.
Piafa ya el caballo sin la brida
que lo retiene, y mi osadía exalta.

Arranca la batalla, reverbera
el clarín, mas comprendo de repente
que esa música no es la verdadera,
que ya es tarde. ¿Y mi música silente?

Tiembla el álamo. Siento sed de duda.
Se alzó ya el sol sobre el otero, canta
la piedra, y se enciende, y se desnuda.
Este aire limpio sabe a muerte santa[4].


[1] Y, en este sentido, resulta imprescindible recordar también la magnífica biografía de Pedro Salinas, Jorge Manrique o tradición y originalidad, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1952 (con varias reediciones posteriores).

[2] En el contexto de las luchas entre los Reyes Católicos y los partidarios de Juana la Beltraneja, Manrique se situó en el bando de los primeros, y en la primavera de 1479 resultó herido de muerte en una escaramuza cercana al castillo de Garcimuñoz, en Cuenca, defendido por el marqués de Villena. Hay discrepancias entre los biógrafos sobre si el soldado-poeta murió en el mismo momento de la batalla o algunos días después.

[3] Recuérdense los famosos versos de las «Coplas que hizo don Jorge Manrique a la muerte del maestre de Santiago don Rodrigo Manrique su padre», que desarrollan el tópico clásico del Ubi sunt?: «Las justas y los torneos, / paramentos, bordaduras / y cimeras / ¿fueron sino devaneos? / ¿Qué fueron sino verduras / de las heras?» (vv. 187-192). Cito por Jorge Manrique, Poesía, ed. de Vicente Beltrán, estudio preliminar de Pierre Le Gentil, Barcelona, Crítica, 2000, p. 159.

[4] Tomo el texto de Antonio Colinas, Obra poética completa (1967-2000), Madrid, Ediciones Siruela, 2011, pp. 812-813.

«Vivo sin vivir en mí», de Santa Teresa de Jesús

Continuaremos hoy el examen de las poesías de Santa Teresa de Jesús recordando una de sus composiciones más famosas y conocidas, la que glosa «Vivo sin vivir en mí…». Pero antes recordaremos lo que sobre su producción poética en general han escrito Felipe Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres:

Tiene, además, algunas composiciones en verso. Son, casi siempre, cancioncillas hechas con motivo de alguna festividad religiosa o para alegrar a sus monjas. Existen testimonios coetáneos de la gran facilidad y gracia que tenía la santa para improvisar este tipo de versos.

En realidad son muy pocas; se llegan a computar unas cuarenta pero la atribución de la mayor parte de ellas es más que dudosa. El motivo de esta inseguridad hay que buscarlo en que no estaban destinadas a la impresión sino que circulaban por tradición oral entre los conventos de la orden. No se recopilaron hasta el siglo XVIII.

Son glosas, canciones y villancicos escritos en metros tradicionales. Muchas veces aprovecha estribillos religiosos o profanos trasladados a lo divino. En ellas aparecen todos los temas tópicos de los cancioneros de los siglos XV y XVI: el cazador, el alba y la vela de amor, el servicio amoroso…, así como las antítesis de las que tanto gusta el género.

La más celebre es una glosa de «Vivo sin vivir en mí» y el villancico «Véante mis ojos», pero tanto una como otro son de dudosa atribución. En cualquier caso, las poesías que se le atribuyen, aunque algunas no sean suyas, responden perfectamente a su estilo personal[1].

Santa Teresa de Jesús

Sobre el «Vivo sin vivir en mí» explica el padre Tomás Álvarez que es

Poema compuesto sobre la base de una letrilla vuelta a lo divino. Las estrofas glosan varios pensamientos o sentimientos «paulinos» que la Autora vive intensamente como propios. El poema es probablemente coetáneo del que compuso san Juan de la Cruz, inspirado en la misma letrilla (hacia 1572)[2].

Su texto dice así:

Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí;
cuando el corazón le di
puso en él este letrero:
que muero porque no muero.

Esta divina prisión,
del amor en que yo vivo,
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Solo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué vida tan amarga
do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga;
quíteme Dios esta carga,
más pesada que el acero,
que muero porque no muero.

Solo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo el vivir
me asegura mi esperanza;
muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.

Mira que el amor es fuerte;
vida, no me seas molesta,
mira que solo me resta
para ganarte perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero,
que muero porque no muero.

Aquella vida de arriba,
que es la vida verdadera,
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva;
muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.

Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios que vive en mí,
si no es el perderte a ti,
para merecer ganarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero[3].


[1] Felipe Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, vol. II, Renacimiento, Tafalla, Cénlit, 1980, p. 485.

[2] En Santa Teresa de Jesús, Obras completas, ed. de Tomás Álvarez, 16.ª ed., Burgos, Monte Carmelo, 2011, p. 1356, nota.

[3] Cito por Santa Teresa de Jesús, Obras completas, ed. de Tomás Álvarez, núm. 1, pp. 1356-1357, con ligeros retoques en la puntuación.

Teresa de Jesús, una santa «trazadora de versos»

Santa Teresa de Jesús, cuyo quinto centenario del nacimiento estamos celebrando a lo largo de este año 2015, tuvo fama ya en su tiempo de ser buena «trazadora de versos»; ella misma decía que, «con no ser poeta», necesitaba cantar a través de sus versos la hermosura de Jesucristo. Esas composiciones poéticas que salieron de su pluma las escribía —siempre sobre temas piadosos— para entretener a sus monjas o aliviar la monotonía y el cansancio de los numerosos viajes que realizó la andariega de Dios. Muchas le han sido atribuidas por la tradición, pero resulta difícil saber cuántas y cuáles son realmente suyas y cuáles no. Parece que escribió siempre en metros cortos, populares, fuera de la línea iniciada por Garcilaso, a pesar de que esta fue seguida por otros grandes escritores espirituales como fray Luis de León y san Juan de la Cruz.

San Fernando y Santa Teresa

Su poema más famoso seguramente sea el que glosa la letrilla «Vivo sin vivir en mí…», que expresa su sed de eternidad en unión con la divinidad. Muy conocidos son también estos otros versos suyos:

Nada te turbe,
nada te espante,
todo se pasa,
Dios no se muda,
la paciencia
todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene,
nada le falta.
Solo Dios basta[1].

Anota Tomás Álvarez que

Es letrilla que llevaba consigo la Santa en su breviario, al morir en Alba de Tormes (1582). Existe una extensa glosa poética de esta letrilla, pero no hay indicios de que también esa glosa sea de la Santa.

En fin, terminaremos por hoy —pero habrá nuevas ocasiones de volver sobre la producción poética de santa Teresa— recordando su poema «Vuestra soy, para Vos nací: / ¿qué mandáis hacer de mí?». Este texto constituye la mejor expresión de una vida entendida como don del amor de Dios y como ofrenda a Él; aquí, en efecto, el yo lírico se entrega, poniéndose por entero en las manos de Dios:

Vuestra soy, para Vos nací:
¿qué mandáis hacer de mí?

Soberana Majestad,
eterna sabiduría,
bondad buena al alma mía;
Dios alteza, un ser, bondad,
la gran vileza mirad
que hoy os canta amor así:
¿qué mandáis hacer de mí?

Vuestra soy, pues me criastes,
vuestra, pues me redimistes,
vuestra, pues que me sufristes,
vuestra, pues que me llamastes,
vuestra, porque me esperastes,
vuestra, pues no me perdí:
¿qué mandáis hacer de mí?

¿Qué mandáis, pues, buen Señor,
que haga tan vil criado?
¿Cuál oficio le habéis dado
a este esclavo pecador?
Veisme aquí, mi dulce Amor,
Amor dulce, veisme aquí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Veis aquí mi corazón,
yo le pongo en vuestra palma,
mi cuerpo, mi vida y alma,
mis entrañas y afición;
dulce Esposo y redención,
pues por vuestra me ofrecí,
¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme muerte, dadme vida,
dad salud o enfermedad,
honra o deshonra me dad,
dadme guerra o paz crecida,
flaqueza o fuerza cumplida,
que a todo digo que sí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme riqueza o pobreza,
dad consuelo o desconsuelo,
dadme alegría o tristeza,
dadme infierno o dadme cielo,
vida dulce, sol sin velo,
pues del todo me rendí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Si queréis, dadme oración;
si no, dadme sequedad,
si abundancia y devoción,
y si no esterilidad.
Soberana Majestad,
solo hallo paz aquí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme, pues, sabiduría,
o, por amor, ignorancia;
dadme años de abundancia,
o de hambre y carestía;
dad tiniebla o claro día,
revolvedme aquí y allí,
¿qué mandáis hacer de mí?

Si queréis que esté holgando,
quiero por amor holgar.
Si me mandáis trabajar,
morir quiero trabajando.
Decid, ¿dónde, cómo y cuándo?
Decid, dulce Amor, decid:
¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme Calvario o Tabor,
desierto o tierra abundosa;
sea Job en el dolor,
o Juan que al pecho reposa;
sea viña fructuosa,
o estéril, si cumple así:
¿qué mandáis hacer de mí?

Sea José puesto en cadenas,
o de Egipto adelantado,
o David sufriendo penas,
o ya David encumbrado;
sea Jonás anegado,
o libertado de allí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Esté callando o hablando,
haga fruto o no le haga,
muéstreme la ley mi llaga,
goce de Evangelio blando;
esté penando o gozando,
solo Vos en mí vivid:
¿qué mandáis hacer de mí?

Vuestra soy, para Vos nací:
¿qué mandáis hacer de mí?[2]


[1] Cito por Santa Teresa de Jesús, Obras completas, ed. de Tomás Álvarez, 16.ª ed., Burgos, Monte Carmelo, 2011, p. 1368.

[2] Cito por Santa Teresa de Jesús, Obras completas, ed. de Tomás Álvarez, pp. 1358-1360, con ligeros retoques en la puntuación. El editor explica en nota al pie: «Poema que […] tiene amplias resonancias paulinas. Está inspirado en la palabra y el gesto de san Pablo en el camino de Damasco: «Señor, ¿qué queréis que haga?». Ya en Vida había expresado la Santa reiteradamente ese sentimiento: «Vuestra soy, disponed de mí…» (V. 21,5)».