Resumen de la acción de «Llámenla como quisieren», de José Joaquín Benegasi y Luján (Jornada I)

Resumiré a continuación con cierto detalle el desarrollo argumental de esta comedia[1] de José Joaquín Benegasi y Luján. El repaso de su levísima trama (que se reduce, en lo sustancial, a los planes de boda de don Diego y doña Leonor, matrimonio auspiciado por el Conde y la Condesa) servirá, al mismo tiempo, para ir apuntando los principales recursos de la jocosidad disparatada presentes en la pieza.

Al comienzo de la Jornada primera, sale el Conde, acompañado de su criado Mequetrefe; dos pajes lo van vistiendo delante de un espejo, al tiempo que cantan los músicos[2]:

Sale el Conde con ropilla, capa y golilla, como vistiéndose. Mequetrefe y los dos pajes, el primero de estos teniéndole el espejo, el segundo con una bandeja grande, y en ella la espada, la pretina, los guantes y el sombrero; previniendo que al mismo tiempo que el Conde vaya tomando los adornos referidos, han de cantar dentro por su orden lo que se sigue (acot. inicial).

Las intervenciones de los músicos comienzan a trazar un retrato ridículo del Conde, caracterización que se completará poco después en su diálogo con Mequetrefe. En efecto, este le pregunta por qué no ha ido de caza con su mujer; nótese la inversión burlesca (sale de caza la mujer, no el varón), y seguramente hay que tomar a mala parte, con sentido sexual, ese ir a caza (vv. 96-97) de la Condesa[3]; abundando en ello, cuando Mequetrefe le insiste en que debe ir a la batida con su esposa, el Conde se excusa diciendo que la mujer caza más sin su marido. Por esta conversación entre amo y criado nos enteramos también de que el Conde ha sido nombrado caballero recientemente. Ambos personajes llegan al cazadero y allí encuentran que las damas y los monteros, disparatadamente, cazan en el monte barbos y truchas y pescan en el río capones y perdices.

Partida de caza, de Francisco de Goya
Partida de caza, de Francisco de Goya

En la escena siguiente hablan el Conde y la Condesa, que se lamenta porque se ha fatigado sin haber cazado ni un solo pez (le faltan doce para completar la docena de barbos). La Condesa y doña Leonor van «con vestidos de Corte y escopetas», mientras que don Diego y los monteros «con venablos» (acot. tras v. 116). Aprovechando que sus amigos están todos juntos, el Conde les quiere dar cuenta de una boda, que equipara a un desafío (pues los desposorios se hacen «cuerpo a cuerpo», v. 143), y por eso nada más adecuado que relatarla en el campo (con dilogía de campo: ‘lugar al aire libre’ y ‘palenque para los duelos’, vv. 137-140): refiere, en efecto, que don Diego está inclinado a su prima doña Leonor, que es sobrina del Conde (no falta un nuevo chiste dilógico a propósito de deuda, ‘pariente’ y ‘dinero que se debe’, vv. 149-152). Cuando don Diego pregunta por la dote, el Conde le reprende, porque un caballero no ha de fijarse en eso y, por su parte, doña Leonor le advierte que repare en su nobleza; pero don Diego argumenta que, aunque caballero, es pobre: «No hay nobleza que mirar / en faltando qué contar / y en sobrando la pobreza» (vv. 162-164). Doña Leonor promete juntar la dote en Cuaresma, con cuatro mil prebendas, y le pregunta a don Diego si tiene padres. El novio responde que su madre está lejísimos de Madrid, en Flandes. Entonces ella afirma que no buscará la dote hasta que no muera la madre de su prometido (se introducen ahora algunos chistes sobre los médicos matasanos) y pide además que le busquen una criada, lo que da origen a algunos comentarios sobre la suciedad de las sirvientas: el Conde dice que encontró quince moscas en la sopa, y a esta circunstancia ha dedicado un soneto, que recita a sus amigos. En fin, como ya es de noche y el sol va saliendo y hace oscuro (vv. 261-263, disparate temporal, habitual en las comedias burlescas), deciden volver todos a casa en coche, y de esta forma se da fin a la Jornada primera[4].


[1] Las citas serán por mi reciente edición: José Joaquín Benegasi y Luján, Llámenla como quisieren, edición, estudio preliminar y notas de Carlos Mata Induráin, en Carlos Mata Induráin (coord.), Antología de la literatura burlesca del Siglo de Oro. Volumen 8. Comedias burlescas, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2020, pp. 617-696.

[2] Encontramos una escena semejante (el Comendador se viste mientras los músicos cantan) en la burlesca anónima de El Comendador de Ocaña.

[3] Antes se ha hablado de la espada «pacífica» del Conde (v. 26); ahora él mismo señala, refiriéndose a su mujer, que «ni me toca, ni la toco» (v. 67).

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Llámenla como quisieren, de José Joaquín Benegasi y Luján, comedia burlesca del siglo XVIII», Oppidum. Cuadernos de Investigación, 3, 2007, pp. 189-219 o el estudio preliminar a mi edición del 2020 (pp. 619-648).

Los autos marianos de Calderón de la Barca (1)

Si el conjunto de los autos sacramentales de Calderón de la Barca[1] constituye, en palabras de Valbuena Prat, una «síntesis de la historia teológica de la Humanidad»[2], bien podría afirmarse igualmente que el grupo específico de los autos marianos contiene un resumen de toda la teoría mariológica católica. Sin embargo, y aunque algunas referencias a las verdades del dogma relativas a la Virgen María resultarán aquí obligadas, no es este un trabajo de Mariología. El objetivo no es una reflexión sobre las verdades teológicas contenidas en esos autos, sino un análisis literario, intentando una sistematización de los principales elementos que entran en su construcción dramática y poética, es decir, desde la perspectiva de su valor estético y de su eficacia teatral[3].

Este de «autos marianos» es uno de los marbetes que se suele manejar a la hora de establecer una tipología de los autos sacramentales, ya sean los de Calderón, ya los de otros autores. Ahora bien, ¿qué debemos entender por «autos marianos»? Mariano, claro está, es todo aquello relacionado con la Virgen María. Pero no está tan claro que sean marianos todos los autos en los que se trate, aun con cierta extensión, de la Virgen María (especialmente, de su Inmaculada Concepción, que constituye el tema más recurrente: en el siglo XVII no era todavía verdad de fe definida por la Iglesia, pero si era opinión común a la mayoría de los teólogos y sentida también por el pueblo[4]). Para que a un auto pueda aplicársele con propiedad la etiqueta de mariano, su asunto central tendrá que versar sobre algún misterio relacionado con la Virgen, aunque pueda coexistir —como sucede frecuentemente— con la exaltación eucarística, con la presencia final del Santísimo Sacramento del Altar.

Bartolomé Murillo, Inmaculada Concepción (Museo del Prado, 1678)
Bartolomé Esteban Murillo, Inmaculada Concepción (Museo del Prado, 1678)

En efecto, la mezcla de lo eucarístico y lo mariano en estas piezas constituye una cuestión interesante. Que María está unida a la obra redentora de Cristo, esto es, que la Virgen es Corredentora de la Humanidad, es título admitido por la Iglesia: hemos sido salvados primera y principalmente por Cristo y, después y secundariamente, por la acción de María. En este sentido, lo mariológico y lo eucarístico no son aspectos excluyentes, sino complementarios. No en todos esos autos se da la exaltación explícita del sacramento de la Eucaristía, pero sí una explicación, en sentido más amplio, de la Redención Humana. Las posibilidades son diversas: en La Hidalga del valle, lo eucarístico está ausente casi por completo (y digo casi porque, aunque no se muestra al final el sacrificio de Pan y Vino, sí hay una alusión global a los siete Sacramentos); en otros autos como El cubo de la Almudena lo eucarístico será esencial y lo mariano secundario, en relación con el milagroso hallazgo de la imagen de la Virgen; entre ambos extremos podría situarse Las espigas de Ruth, donde ambos asuntos, mariano y eucarístico, corren paralelos a lo largo de toda la obra, con una imbricación muy lograda, en mi opinión, de motivos de uno y de otro, desde el estribillo cantado con que se abre el auto hasta la exaltación final[5].


[1] Citaré por Pedro Calderón de la Barca, Obras completas, tomo III, Autos sacramentales, ed. de Ángel Valbuena Prat, 2.ª reimp. de la 2.ª ed., Madrid, Aguilar, 1991.

[2] Ángel Valbuena Prat, «Los autos sacramentales de Calderón de la Barca», prólogo a Pedro Calderón de la Barca, Obras completas, tomo III, Autos sacramentales,2.ª reimp. de la 2.ª ed., Madrid, Aguilar, 1991, p. 10b. Ver la monografía de Ramón Moncunill Bernet, Antropología y teología en los autos sacramentales de Calderón, Vigo, Academia del Hispanismo, 2011.

[3] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Imaginería barroca en los autos marianos de Calderón», en Ignacio Arellano, Juan Manuel Escudero, Blanca Oteiza y M. Carmen Pinillos (eds.), Divinas y humanas letras. Doctrina y poesía en los autos sacramentales de Calderón, Kassel, Edition Reichenberger, 1997, pp. 253-287.

[4] No lo sería hasta el siglo XIX, con la proclamación de la bula «Ineffabilis Deus» de Pío IX el 8 de diciembre de 1854.

[5] También en Primero y segundo Isaac está muy bien entrelazado lo mariano y lo eucarístico: Abrahán (=Dios) envía a su criado Eliazer para que busque una esposa adecuada para su hijo Isaac (=Cristo); la elegida será Rebeca (=Virgen María, y también la Iglesia). Pues bien, en la secuencia final aparece la mesa del banquete nupcial donde se ve un cordero, luego sustituido por la Hostia y el Cáliz. De esta forma, la introducción de lo eucarístico no resulta brusca.

«Llámenla como quisieren», de José Joaquín Benegasi y Luján: la dedicatoria «Al lector»

Al texto de la comedia propiamente dicho le anteceden unos versos dirigidos «Al lector»[1], en los que el dramaturgo, José Joaquín Benegasi y Luján, indica que su numen «a lo festivo se inclina» y, además, alude a la brevedad de su pieza dramática:

Jornadas tan limitadas,
solo yo las escribí,
porque me hallo viejo y
no estoy ya para jornadas.
Perdonen mis humoradas,
porque mi numen, tal cual,
gusta de gastar su sal
y a lo festivo se inclina,
pero no soy tan gallina
que me complazca el corral[2].

De estos versos —y de las alusiones dilógicas que encierran— parece deducirse que el autor se considera ya viejo (en realidad, si la obra se publica hacia 1753, tendría entonces unos cuarenta y seis años), que su inventiva es esencialmente jocosa y que, en principio, no piensa destinar su pieza a la representación pública (al menos eso parece querer indicar el no meterse en el corral: ‘el de comedias’). Quizá convenga ponerlos en relación con otros que dice el Conde en la Jornada segunda, y que tal vez pudieran estar reflejando circunstancias personales del autor, es decir, de la relación de Benegasi y Luján con el teatro de su tiempo:

CONDE.- Unas veinte comedias tengo escritas
y son fatales.

LEONOR.- Pues serán bonitas.

CONDESA.- ¿Por qué a los tramoyistas no comboyas?

CONDE.- Porque a mí no me llevan las tramoyas.

CONDESA.- ¿Por qué no das siquiera los sainetes?

CONDE.- Porque no son los míos de juguetes.

CONDESA.- Quizá valieran, como ya es costumbre.

LEONOR.- ¿Qué te darían?

CONDE.- Una pesadumbre.
Observo yo los cómicos preceptos
y no gusta ya el patio de conceptos.

CONDESA.- ¿Pues de qué gustan, dime, sus cuadrillas?

CONDE.- De meneos, de teatro y tonadillas (vv. 497-508).

Pienso que el autor puede estar aludiendo al hecho de que el público de su tiempo gusta más del teatro que abusa de la tramoya (por ejemplo, las comedias de magia, las bélicas, las de gran aparato…) o de los géneros musicales («tonadillas») que de un teatro, como es el suyo, basado fundamentalmente en la comicidad verbal, en la agudeza conceptista (los conceptos a los que alude ahora, las humoradas que mencionaba antes).

Tramoyas
Tramoyas

Sea como sea, la lista de «Interlocutores» sigue poniendo de manifiesto ese genio bienhumorado del autor, que hace uso de la onomástica burlesca: así, encabeza el reparto el conde de No se sabe, y se incluye también entre los personajes un gracioso llamado Mequetrefe, nombre que más adelante, ya en el interior de la comedia, servirá para introducir algunos juegos de palabras:

CONDESA.- Mequetrefe, callad y tened modo.

MEQUETREFE.- Un mequetrefe suele hablar en todo.

CONDESA.- A otra parte, si gastas más razones.

CONDE.- Mequetrefes tendremos a montones.

MEQUETREFE.- Eso, señor, me da mayor contento,
pues van los mequetrefes en aumento (vv. 463-468).

El reparto de la obra es muy reducido, con seis personajes de intervención destacada: el Conde y la Condesa, don Diego y doña Leonor, don Juan de Cevallos y Mequetrefe; el resto son meras comparsas (dos pajes, una viuda, un poeta, un agente de negocios, un letrado, un doctor y un pastelero, más los músicos). Ese reparto no muy amplio va en correspondencia con la mencionada brevedad de la pieza, circunstancia a la que se alude nuevamente, de forma chistosa, en el ultílogo:

TODOS.- Y no la notéis por corta [a la comedia],
pues siendo así nadie niega
que es menos mala si es mala
y es mejor si sale buena (vv. 839-842)[3].


[1] Las citas serán por mi reciente edición: José Joaquín Benegasi y Luján, Llámenla como quisieren, edición, estudio preliminar y notas de Carlos Mata Induráin, en Carlos Mata Induráin (coord.), Antología de la literatura burlesca del Siglo de Oro. Volumen 8. Comedias burlescas, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2020, pp. 617-696.

[2] Estos versos preliminares se presentaban con algunas variantes en la primera edición.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Llámenla como quisieren, de José Joaquín Benegasi y Luján, comedia burlesca del siglo XVIII», Oppidum. Cuadernos de Investigación, 3, 2007, pp. 189-219 o el estudio preliminar a mi edición del 2020 (pp. 619-648).

Fortuna literaria de las guerras de Arauco

La presencia del tema de América en la literatura española del Siglo de Oro es relativamente amplia, y es un aspecto que ha sido estudiado, especialmente en lo que concierne a algunos autores mayores como Lope o Tirso de Molina[1]. Si nos ceñimos más concretamente al tema de las guerras de Arauco, apreciaremos el tratamiento literario de esa materia en géneros muy diversos, que van desde las crónicas hasta el teatro, pasando por la poesía épica. De los cronistas, historiadores y autores de relaciones, hay que recordar los nombres de Jerónimo de Vivar, Juan de Cárdenas, Alonso de Góngora Marmolejo, Pedro de Valdivia, Pedro Mariño de Lobera, Alonso de Ovalle, Diego de Rosales, Alonso González de Nájera o Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán, entre otros; en el territorio de la épica, las dos obras fundamentales son La Araucana de Alonso de Ercilla y Zúñiga y el Arauco domado de Pedro de Oña, sin que convenga olvidar otros títulos como Purén indómito de Diego Arias de Saavedra (atribuido tradicionalmente a Hernando Álvarez de Toledo) o Las guerras de Chile de Juan de Mendoza y Monteagudo.

Fundación de Santiago de Nueva Extremadura
Fundación de Santiago de Nueva Extremadura

En el teatro, la materia araucana la encontramos plasmada en piezas como La belígera española (1616), de Ricardo de Turia (seudónimo de Pedro Juan Rejaule y Toledo); Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete (1622), obra colectiva de nueve ingenios; Arauco domado (1625), de Lope de Vega; La Araucana, auto sacramental de principios del siglo XVII, atribuido a Lope; El gobernador prudente (1663), de Gaspar de Ávila, y Los españoles en Chile (1665), de Francisco González de Bustos, títulos a los que podemos añadir El nuevo rey Gallinato, de Andrés de Claramonte (comedia conservada en manuscrito y editada modernamente, en 1983, por M. del Carmen Hernández Valcárcel).

Sobre la materia de Arauco en el teatro existe abundante bibliografía[2], y a ella remito para más detalles. Ahora quiero recordar dos ideas tópicas que suelen mencionarse al tratar de estas cuestiones: por un lado, la escasa presencia del tema americano, en general, en el teatro español del Siglo de Oro; por otra parte, dentro de ese corpus reducido, la abundante presencia de temas y personajes relacionados con las guerras de Arauco[3]. ¿Por qué se escribieron tantas comedias ambientadas en ese contexto chileno? Creo que podemos dar por buenas las razones que aporta Glen F. Dille:

El número desproporcionado de comedias sobre Chile se debe a, por lo menos, tres factores: primero, precisamente porque no era un país rico, no se podía culpar a los españoles de estar allí por motivos indignos. Segundo, es la admiración por la heroica resistencia de sus pocos habitantes. A diferencia de México y del Perú, Arauco era muy pequeño, pero presentaba la máxima dificultad a los esfuerzos españoles para incorporarlo dentro del imperio. […] Tercero, las expediciones a esta lejana parte del imperio tuvieron la suerte de ser inmortalizadas por Alonso de Ercilla y por Pedro de Oña en obras del género de máximo prestigio —la epopeya. Así los escritores del siglo XVII podían inspirarse directamente en dos famosas obras literarias. Además, parece que la influencia de Ercilla era también indirecta porque aparentemente Algunas hazañas y El Arauco domado se escribieron para halagar al hijo del marqués de Cañete, que quedó resentido porque Ercilla no hizo mucho caso de su padre en la famosa Araucana[4].


[1] Pueden verse, entre otros, los trabajos de Ángel Franco, El tema de América en los autores españoles del Siglo de Oro, Madrid, Nueva Imprenta Radio, 1954; Valentín de Pedro, América en las letras españolas del Siglo de Oro, Buenos Aires, Sudamericana, 1954; Glen F. Dille, Glen F., «El descubrimiento y la conquista de América en la comedia del Siglo de Oro», Hispania. A Journal Devoted to the Teaching of Spanish and Portuguese (Los Angeles, California), vol. 71, núm. 3, September 1988, pp. 492-502; Ignacio Arellano (ed.), Las Indias (América) en la literatura del Siglo de Oro, Kassel, Reichenberger, 1992; Ysla Campbell (coord.), Relaciones literarias entre España y América en los siglos XVI y XVII, Ciudad Juárez, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 1992; Francisco Ruiz Ramón, América en el teatro clásico español. Estudio y textos, Pamplona, Eunsa, 1993; Teresa J. Kirschner, Teresa J., «La evocación de las Indias en el teatro de Lope de Vega: una estrategia de inclusión», en Agustín de la Granja y Juan Antonio Martínez Berbel (coords.), Mira de Amescua en candelero. Actas del Congreso Internacional sobre Mira de Amescua y el teatro español del siglo XVII (Granada, 27-30 octubre de 1994), Granada, Universidad de Granada, 1996, vol. II, pp. 279-290; o Miguel Zugasti, «Notas para un repertorio de comedias indianas del Siglo de Oro», en Ignacio Arellano, M. Carmen Pinillos, Frédéric Serralta y Marc Vitse (eds.), Studia Aurea. Actas del III Congreso de la AISO (Toulouse, 1993), vol. II, Teatro, Pamplona / Toulouse, GRISO / LEMSO, 1996, pp. 429-442 y La alegoría de América en el Barroco hispánico: del arte efímero al teatro, Valencia, Pre-Textos, 2005; Julián González Barrera, Un viaje de ida y vuelta: América en las comedias del primer Lope (1562-1598), Alicante, Universidad de Alicante, 2008; o Guillem Usandizaga, La representación de la historia contemporánea en el teatro de Lope de Vega, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2014. En estos trabajos el lector interesado encontrará una bibliografía mucho más detallada.

[2] Para un acercamiento monográfico, ver especialmente Mónica Lucía Lee, De la crónica a la escena: Arauco en el teatro del Siglo de Oro, Ann Arbor, UMI, 1996 [publicado posteriormente como Mónica Escudero, De la crónica a la escena: Arauco en el teatro del Siglo de Oro, New York, Peter Lang, 1999], y Patricio C. Lerzundi, Arauco en el teatro del Siglo de Oro, Valencia, Albatros Hispanófila Ediciones, 1996; también Fausta Antonucci, «El indio americano y la conquista de América en las comedias impresas de tema araucano (1616-1665)», en Ysla Campbell (coord.), Relaciones literarias entre España y América en los siglos XVI y XVII, Ciudad Juárez, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 1992, pp. 21-46 y Dieter Janik, «La “materia de Arauco” y su productividad literaria», en Karl Kohut y Sonia V. Rose (eds.), La formación de la cultura virreinal, II, El siglo XVII, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, pp. 121-134.

[3] Ver por ejemplo Antonucci, «El indio americano y la conquista de América en las comedias impresas de tema araucano (1616-1665)», pp. 21 y 44-45.

[4] Dille, «El descubrimiento y la conquista de América en la comedia del Siglo de Oro», p. 493. Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Rebeldes y aventureros en Los españoles en Chile (1665), de Francisco González de Bustos», en Hugo R. Cortés, Eduardo Godoy y Mariela Insúa (eds.), Rebeldes y aventureros: del Viejo al Nuevo Mundo, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2008, pp. 161-186.

La comedia burlesca en el siglo XVIII: «Llámenla como quisieren», de José Joaquín Benegasi y Luján

El subgénero de la comedia burlesca del Siglo de Oro, que alcanzó su máximo auge durante el reinado de Felipe IV, se prolonga hasta bien entrado el siglo XVIII con títulos como El rey Perico y la dama tuerta, de Diego Velázquez del Puerco[1]; las anónimas Angélica y Medoro[2] y Don Quijote de la Mancha resucitado en Italia[3]; o dos piezas debidas a Félix Moreno y Posvonel, El muerto resucitado[4] y Pagarse en la misma flor y boda entre dos maridos[5]. Mi acercamiento, en varios trabajos anteriores, a este corpus me ha permitido concluir que:

En estas piezas, que a veces se presentan con el subtítulo de comedia nueva burlesca, los autores dieciochescos siguieron manejando —en líneas generales— los mismos recursos de la jocosidad disparatada empleados por los ingenios del XVII, en el doble plano de la comicidad escénica y verbal. Sin embargo, se observa en las comedias burlescas del siglo ilustrado un notable adelgazamiento de las tramas: las dramatis personae se reducen casi al mínimo (en ocasiones, no más de cuatro o cinco personajes) y la acción se debilita hasta hacerse tan sencilla, que queda supeditada al humor verbal. Dicho de otra forma, en ellas predomina la concatenación de chistes y juegos de palabras, más que el desarrollo de una acción dramática. Además, no se suelen construir como parodia de una pieza seria concreta, sino que parodian diversas convenciones y escenas tópicas de la Comedia Nueva[6].

El minuet o Escena de Carnaval, de Giovanni Domenico Tiepolo
El minuet o Escena de Carnaval, de Giovanni Domenico Tiepolo

En el caso particular de Llámenla como quisieren, comedia burlesca del siglo XVIII de José Joaquín Benegasi y Luján que he editado recientemente[7], esas indicaciones apuntadas para las otras obras en general las vamos a ver confirmadas, como tendremos ocasión de comprobar en próximas entradas. La pieza tuvo dos ediciones, y su título y sus datos de portada ya son jocosos en sí mismos: Comedia (que no lo es) burlesca intitulada «Llámenla como quisieren». Su autor ella lo dirá. Se hallará donde la encuentren, y será en la Imprenta y Librería de Juan de San Martín, calle del Carmen, donde se hallarán otros papeles curiosos escritos por el mismo autor, en Madrid, con todas las licencias necesarias, [¿Juan de San Martín?], s. a. Hubo otra edición posterior, en la que sí se explicita el nombre del autor: Comedia (que no lo es) burlesca intitulada «Llámenla como quisieren». Su autor ella lo dirá; y por si lo calla: de don Josef Joaquín Benegasi y Luján, etc. Se incluye al fin de ella el sainete de «El Amor casamentero». Segunda impresión. Con licencia, en Madrid, en la Imprenta de Francisco Javier García, calle de los Capellanes, año 1761. Se hallará en la Librería de Josef Matías Escribano, frente de las Gradas de San Felipe el Real.

Salvador Crespo Matellán[8], tras consignar únicamente la ficha correspondiente a la primera edición (para la que aventura, entre interrogaciones, la posible fecha de 1753[9]), se pregunta si esta comedia es en realidad burlesca. Podemos responder que lo es, aunque con ciertas matizaciones aplicables también a otras piezas similares del siglo XVIII. Efectivamente, Llámenla como quisieren no es una comedia burlesca (como lo eran las del XVII) en el sentido de que su acción esté parodiando la de un modelo serio anterior, cuyo texto sirva de base para la recreación y sea su referente último; pero sí lo es en tanto en cuanto toda ella se construye como una sarta de disparates más o menos ingeniosos, de juegos dilógicos y chistes jocosos. En sentido estricto, si quisiéramos subrayar las diferencias con respecto a sus precedentes de la centuria anterior, quizá le convendría, más que el rótulo de comedia burlesca, el de comedia jocosa o disparatada. Dicho con otras palabras: es burlesca exclusivamente por su estilo desenfadado, por su exploración de la comicidad verbal, por estar llena de chanzas y burlas, pero no por el empleo de unas técnicas paródicas (que era rasgo definitorio de este peculiar subgénero dramático en el siglo xvii)[10].


[1] Contamos con una edición moderna de María José Casado, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, tomo VI, ed. del GRISO dirigida por Ignacio Arellano, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007.

[2] Hay edición moderna debida a Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin, en Dos comedias burlescas del Siglo de Oro: «El Comendador de Ocaña». «El hermano de su hermana», Kassel, Reichenberger, 2000.

[3] Para un análisis de la comedia ver Carlos Mata Induráin, «Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia, comedia de magia burlesca», Anales cervantinos, XXXV, 1999, pp. 309-323.

[4] Ver Carlos Mata Induráin, «Una comedia burlesca del siglo XVIII: El muerto resucitado, de Lucas Merino y Solares», Mapocho. Revista de Humanidades, 54, 2003, pp. 179-196.

[5] Ver Carlos Mata Induráin, «Pervivencia de la comedia burlesca en el siglo XVIII: Pagarse en la misma flor y Boda entre dos maridos, de Félix Moreno y Posvonel», en Odette Gorsse y Frédéric Serralta (eds.), El Siglo de Oro en escena. Homenaje a Marc Vitse, Toulouse, Presses Universitaires du Mirail / Consejería de Educación de la Embajada de España en Francia, 2006, pp. 577-595. El texto de este trabajo se encuentra disponible también en OpenEdition Books.

[6] Mata Induráin, «Pervivencia de la comedia burlesca en el siglo XVIII», p. 577.

[7] José Joaquín Benegasi y Luján, Llámenla como quisieren, edición, estudio preliminar y notas de Carlos Mata Induráin, en Carlos Mata Induráin (coord.), Antología de la literatura burlesca del Siglo de Oro. Volumen 8. Comedias burlescas, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2020, pp. 617-696.

[8] Salvador Crespo Matellán, La parodia dramática en la literatura española, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1979, p. 35.

[9] Por su parte, Jerónimo Herrera Navarro, que también menciona solo esta primera edición, escribe: «Impresa en 1744» (en su Catálogo de autores teatrales del siglo XVIII, Alcalá de Henares / Madrid, Fundación Universitaria Española, 1993).

[10] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Llámenla como quisieren, de José Joaquín Benegasi y Luján, comedia burlesca del siglo XVIII», Oppidum. Cuadernos de Investigación, 3, 2007, pp. 189-219 o el estudio preliminar a mi edición del 2020 (pp. 619-648).

Teatro proletario español de la preguerra: «Miserias» de Rafael Perpiñán (y 2)

Las miserias a las que hace referencia el título de la obra de Rafael Perpiñán[1], comienzan a explicitarse en las primeras palabras de Fernando: «¡Flores, amadas flores! Vosotras, que sois testigos de tantas risas y tantos juegos, ¿por qué no me contáis también los dolores de los pobres desheredados de la fortuna, como yo? […] ¿Acaso os da vergüenza de amparar tanta miseria?». Las palabras del libro que está leyendo son también significativas: «No más guerras. Los hombres han nacido para amarse y no para odiarse. No; paz, siempre paz; guerra, jamás», palabras que Fernando comenta con estas otras: «Dice bien; la guerra es odiosa; hay que combatir con las armas de la inteligencia contra ella; y, sobre todo, contra los creadores de ella».

A continuación se escuchan unos cantos de niños y, tras elogiar la candidez de la niñez, Fernando deja paso a sus tristes recuerdos: cuando él tenía nueve años, estalló una guerra; los soldados, entre ellos su padre, marcharon al combate: «Y de pronto, ¡Horror! Las ametralladoras desgranando su horrible tableteo y muchas vidas segadas. ¡Mi padre! … (TRANSICIÓN) Nada de él volvimos a saber; mi madre, tronchada por el dolor, ¡muerta! Yo, huérfano».

En esto llega Alberto, «tipo vagabundo; representa 40 años. Aspecto fatigado»; se sienta en el mismo banco y entabla conversación con Fernando; vuelven a oírse los cánticos de los niños, lo que hace exclamar al recién venido:

Y quién sabe lo que les quedará por pasar. ¡Pobrecillos! ¡En cuanto seáis mayorcitos, comprenderéis lo dura que es la vida! La lucha tan cruenta que hay que librar con infinidad de factores, que se interponen en la vida del trabajador. ¡Miserias! ¡Hambre! ¡Frío! ¡Desolación! ¡Tristezas y amarguras! ¡Ya veréis las risas en qué van a quedar!

A continuación lee en un periódico la noticia de que se ha encontrado en el campo a una mujer gravemente enferma, que pronto morirá, con su hijo pequeño muerto entre sus brazos, lo que hace exclamar a Fernando:

¡Maldita vida! ¡Qué mal repartida está! Mientras unos se mueren de necesidad, una minoría de avaros, desaprensivos y canallas están con toda clase de comodidades y de lujos. ¡Maldita vida! ¡Qué despreciable eres!

Alberto le dice que no se desespere, que su vida puede dar fruto puesta al servicio de los humildes y desamparados; la suya, en cambio, no: «Mi vida ha dejado de serlo. Me la cercenó el egoísmo humano». Fernando y Alberto se identifican en sus respectivos sufrimientos: «Veo que nos identifica el dolor»; Fernando le pide a Alberto, su nuevo compañero —«permita que le dé este fraternal nombre», dice— que le explique su pena, pues las penas compartidas lo son menos. Él, para animarle a hablar, le cuenta que es un huérfano, que hoy camina por el mundo «como un detritus», y que no tiene trabajo: «Y por corolario, solo encuentro el desprecio y el desamparo de una sociedad en aras de la cual fueron sacrificados mis más caros afectos». Alberto lanza entonces nuevos denuestos contra la guerra:

¡El furor bélico! ¡La guerra! ¡Maldita guerra! ¡Su fantasma me sigue!; y si a usted le sumió en la miseria y en la orfandad, a mí me hizo más: llenó mi vida de remordimiento y me obligó a expatriarme de una tierra que defendí palmo a palmo, y de cuya defensa solo pude sacar la vida. (RECONCENTRADO) ¡Que más valiera que la hubiese dejado también!

Animado por las preguntas de Fernando, Alberto explica que es extranjero y que, por tanto, peleó en el bando contrario al del padre de su interlocutor. Vienen después nuevas imprecaciones contra la guerra: «¡Odiosa guerra! ¡A los hombres los convierte en fieras!».

Sigue contando Alberto cómo un día, después de un terrible combate cuerpo a cuerpo, vio que un hombre con la pierna rota se arrastraba hacia él; entonces dos ideas cruzaron por su mente: la primera, que quería disputarle el único sitio seguro que allí existía, una letrina; la otra, que tenía unas botas de cuero que le vendrían muy bien por haber perdido las suyas; entonces se dejó llevar por su instinto de supervivencia y, en vez de prestar socorro al herido, le aplastó el cráneo; además de las botas, su ración, sus armas y municiones le tomó un medallón que todavía conserva, porque busca sin descanso a la mujer de la fotografía: «Necesito descargar mi corazón ante ella; que me perdone o me maldiga; sin eso no tendrá paz mi espíritu». Se lo muestra y, como podíamos imaginar, resulta que es la madre de Fernando (por tanto, aquel desgraciado al que mató, su padre). Alberto cae de rodillas ante Fernando, este alza los brazos para golpearle, pero tras una transición le dice:

¡No, alzad! ¡Víctima tú y víctima yo! ¡No! ¡Tú no eres el culpable! ¡Los culpables son los que provocaron la guerra! ¡La burguesía sin entrañas, que convierte a los hombres en fieras, para alimentar sus arcas con la miseria moral y material de los trabajadores! ¡Alzad! ¡Que la venganza hemos de tomarla juntos los trabajadores!

En ese momento se empieza a escuchar «La Internacional» y se produce la última réplica de Alberto: «Que nuestro dolor sirva de palanca para remover los países con la Revolución social, que haga imposibles las guerras y la miseria de los trabajadores del mundo»[2].


[1] Agradezco al Dr. Víctor García Ruiz (Universidad de Navarra) su amabilidad al proporcionarme la copia xerográfica por él obtenida de esta obra. En las citas restituyo algunos acentos y signos de puntuación que faltan.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Notas sobre el teatro proletario español de la preguerra: Guerra a la guerra y Miserias», Rilce. Revista de Filología Hispánica, 11.1, 1995, pp. 68-87.

Teatro proletario español de la preguerra: «Miserias» de Rafael Perpiñán (1)

Esta obra, mecanografiada[1], presenta un sello de entrada en la Dirección General de Seguridad, Asuntos Generales, de 6 de marzo de 1936[2]. A mano figura escrito: «Estreno día 8 a las 17 horas en velada teatral Casa del Pueblo. Solicitado por el Secretario del Círculo». Se adjunta el siguiente informe de la Sección de Asuntos Generales:

Examinada la obra teatral titulada MISERIAS, original de D. Rafael Perpiñán, cuyo estreno se anuncia para el día 8 de los corrientes en velada teatral de la Casa del Pueblo de Madrid, resulta: Que el diálogo se mantiene y sustenta la ideología peculiar del Círculo solicitante del oportuno permiso. Teniendo en cuenta que el fondo ideológico referido de la obra se ha de desarrollar en el teatro societario a que se ha hecho referencia, sin que fuera de su ideología dicha contenga ataques alusivos a Instituciones, Autoridades o sus Agentes, esta sección estima que / PROCEDE: Autorizar el estreno de la referida obra y su representación en el teatro de la Casa del Pueblo, y no en otros lugares en donde la exaltación de la ideología de los componentes de la misma puedan [sic] herir susceptibilidades de otras ideologías, igualmente respetables para este Centro directivo, que pudieran ser causa o motivo de alteraciones de orden público, que a todo trance y como función principal de esta Dirección deben preveerse e impedirse. / Madrid, 7 de marzo de 1936. El Letrado [sigue la firma]

A continuación se añade: «CONFORME: Elévese al Iltm.º Sr. Secretario General, a sus efectos. [firma] 9 de marzo de 1936»; y después: «Visto el informe de la Sección de Asuntos Generales, autorícese la representación de la obra en el lugar indicado. EL DIRECTOR GENERAL [firma]».

Latina

Miserias es un «Diálogo en un acto y prosa», a cuyo frente va la siguiente dedicatoria: «Dedico este diálogo a las compañeras Alejandrina Serrano, Sagrario Fernández y al cuadro Artístico del Círculo Socialista LATINA INCLUSA»[3]. Esta dedicatoria parece indicar que el autor es un miembro de dicho Círculo Socialista[4]. Se trata, como indica el subtítulo, de una obra en prosa. Comienza con un monólogo de Fernando, hasta que llega el segundo y último personaje, Alberto, y se entabla el diálogo. Como en el caso de Guerra a la guerra de Manuel García, tampoco aquí hay acción en sentido estricto, pues apenas sucede nada en el escenario, siendo lo más importante el mensaje que se comunica a través de las réplicas de los personajes[5].


[1] Agradezco al Dr. Víctor García Ruiz (Universidad de Navarra) su amabilidad al proporcionarme la copia xerográfica por él obtenida de esta obra. En las citas restituyo algunos acentos y signos de puntuación que faltan.

[2] Sin embargo, la fecha que figura al final del texto es «Madrid, 4 de abril de 1934».

[3] En efecto, todas las hojas van selladas con un cuño del «Círculo Socialista. Zonas centrales. Distritos Latina Inclusa».

[4] Viene después, tras la indicación DECORADO, la siguiente acotación: «Un parque público; en el parque, un banco. Es por la mañana. Fernando, con un libro entre las manos, permanecerá en actitud preocupada. Tiene aspecto de obrero ilustrado, sin trabajo».

[5] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Notas sobre el teatro proletario español de la preguerra: Guerra a la guerra y Miserias», Rilce. Revista de Filología Hispánica, 11.1, 1995, pp. 68-87.

El conde de Villamediana en «Villamediana» (2008), de Ignacio Gómez de Liaño (2)

Tal como señala la acotación inicial, la acción de Villamediana[1] transcurre desde el 31 de marzo de 1621 hasta el 21 de agosto de 1622, valga decir desde el momento de la muerte de Felipe III y el levantamiento del destierro a Villamediana hasta el día de su asesinato. Se insiste en este texto en las notas habituales del retrato del conde, quizá incidiendo más en la osadía y el atrevimiento, junto con el aprovechamiento de los mitos de Ícaro y sobre todo de Faetón.

Faeton.jpg

Aquí Villamediana se enamora de la reina y la reina de él. El segundo acto culmina con la escena del incendio de Aranjuez: Villamediana saca a doña Isabel en brazos y ambos se dan un beso, mientras el bufón Soplilo mira a Villamediana con envidia. Cabe destacar algún diálogo amoroso de Villamediana y la reina Isabel, como por ejemplo este:

LA REINA.- (Después de una larga pausa.) Amar, sufrir, callar…, ¡cosa singular eso de amar y ser poeta! Como poeta aspiráis a decirlo todo, pero una fuerza misteriosa os obliga a callar…

VILLAMEDIANA.- Bulle en mi corazón una inquietud que nunca halla reposo, un fuego que me devora y trata de declararse en vano, un ansia de volar siempre más alto. Pero no quiero sólo cantar, señora, sino también obrar, hacer realidad los hermosos paisajes de una España y una monarquía renovadas que atesoro en mi interior. Que el rey sea Júpiter y yo el Mercurio que le abre el camino en esta gran empresa.

LA REINA.- Hay algo frágil e infantil en los poetas que parece estar reñido con las severas funciones del hombre de Estado. Mientras que éste tiene como jurisdicción la realidad, para el poeta sólo parecen contar los sueños…

VILLAMEDIANA.- Mas hay poetas, señora, para los que los sueños no descansan hasta encontrar el camino de hacerse realidad. En el horizonte que diviso, con la Ciudad del Sol surcando el firmamento de España, el Reino y la Poesía están destinados a abrazarse y fundirse. ¿No anheláis, Majestad, que el sueño del poeta haga fértil la realidad de la que se ocupa el hombre de Estado? (pp. 112-113).

Estos amores constituyen un peligro para la monarquía y Olivares no está dispuesto a consentirlos. La muerte del conde es ordenada por el valido, pero cuenta con la venia del rey. Interviene en la obra el personaje de Francisca de Tavara, pero su presencia no es demasiado destacada (Villamediana hace de tercero para los amores reales y prepara una cita con la portuguesa). Sí adquiere cierta importancia el personaje de Quevedo, que aparece reprendiendo y afeando la conducta de Villamediana, su enemigo desde el punto de vista literario.

Otro detalle interesante es la insistencia en el carácter melancólico del conde en sus últimos meses de vida, así como su afición a la astrología. Gran importancia a lo largo de la acción tiene un objeto simbólico, la rosa de diamantes que unos nigromantes entregan a Villamediana y que se verá ensangrentada en el momento de su muerte[2].


[1] Las citas son por Ignacio Gómez de Liaño, Hipatia, Bruno, Villamediana: tres tragedias del espíritu, Madrid, Siruela, 2008.

[2] Ver para más detalles mi trabajo «“La verdad del caso ha sido…”: la muerte del conde de Villamediana en cuatro recreaciones dramáticas (1837-2008)», en Ignacio Arellano y Gonzalo Santonja Gómez-Agero (eds), La hora de los asesinos: crónica negra del Siglo de Oro, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2018, pp. 59-95.

Teatro proletario español de la preguerra: «Guerra a la guerra» de Manuel García (y 2)

A continuación, resumiré brevemente la «acción» de la obra de Manuel García al tiempo que iré extractando los pasajes más significativos[1]. La situación de partida es bien sencilla: después de escucharse —durante unos instantes en que está la escena sola— gritos, cánticos y sonar de instrumentos musicales, como si los profiriera una multitud enardecida, un abuelo y su nieto entran en escena, que representa un cuarto humilde[2]. El abuelo exclama:

¡Canta, pueblo mil veces desdichado!
¡Grita y lanza tus vivas y tus mueras,
sin pensar que con ellos te construyes
el dogal que a tu cuello se rodea!
¡Canta, como cantaste no hace mucho
tus canciones de notas patrioteras!;
pero a mí no me mezcles en tus cantos
que, al oírlos, mi mente se recuerda
del momento en que fue muerto mi hijo
defendiendo a la patria en las trincheras.

El niño, jugando, muy contento, hace como que dirige los instrumentos que se oyen a lo lejos y luego va marcando el paso. El abuelo se enfada y le ordena cerrar la puerta. Por las palabras del nieto nos enteramos de que el país está en son de guerra para atacar «al infame enemigo que a la Patria / atreviose a inferir graves ofensas». El joven se muestra dispuesto a marchar a la guerra «para darles a esos criminales / con mis manos ¡la muerte más siniestra!». Estas palabras provocan la respuesta airada del abuelo, el primer alegato contra la guerra:

¿Por qué les has llamado criminales
cuando no los conoces tan siquiera?
¿Quién ese rencor terrible ha ido inculcando,
con perfidia increíble, a tu cabeza
que en matar, cuando aún nada comprende,
al que llama enemigo sólo piensa?
Yo he tenido la culpa. No debí
confiar tu enseñanza en esa Escuela
que ha ensalzado el gran crimen colectivo
(eso, y no otra cosa, son las guerras)
y que llama efemérides gloriosas
a sus hechos tan bárbaros…

El abuelo continúa explicando a su nieto que no deseará hacer la guerra cuando comprenda todo su horror; es más, él se alegrará si decide luchar contra la guerra

y contra esa molicie miserable,
que en nombre de la Patria al Pueblo alienta
para que en el fragor de sus terribles luchas
deje de ser humano y se convierta
en Horda que asesina y que viola
alocada y en sangre y fuego envuelta…

Guerra a la Guerra

Esta filípica del abuelo contra la guerra es suficiente para que el nieto se entristezca y rompa a llorar: «Me pusiste muy triste y la congoja / me está haciendo llorar». El niño se entusiasma de nuevo y dice que en la escuela su maestro les ha enseñado a amar a la Patria, porque España es heroica, y tiene buenos paisajes, y arte, y literatura; y le pregunta a su abuelo cuál ha de ser su Patria, si considera que España no lo es, a lo que aquel responde convencido: «¡La Humanidad entera! / ¡El Mundo todo! […] / ¡Todos somos hermanos!» Sigue un ataque a la Iglesia, que no condena las guerras y que bendice las armas homicidas. El niño se asombra al pensar que su abuelo no cree «en el Dios Infinito, Sabio y Justo» ni en su Iglesia, y le pregunta cuál es su religión. El abuelo contesta que no cree en ninguna, «que ellas son el letargo de los pueblos» —típica idea marxista: la religión como «opio del pueblo»—, pero sí cree en una idea, «El Comunismo rojo», cuyos principios explica: igualdad económica entre todos, igualdad de derechos para todos, extensión de la Ciencia por el mundo. El niño, de unos diez años, queda convencido con estas palabras del abuelo y decide unirse inmediatamente a la causa:

Es hermoso, abuelito, el Comunismo
y pretende implantar cosas muy bellas.
¿Quieres que yo esté al lado de vosotros
los que hacéis religión de vuestra Idea?

El abuelo se alegra de contar con un «bravo pionero / que defiende desde hoy la causa obrera» y se dispone a contar un relato. Tras arremeter contra los falsos patriotas que enardecen al pueblo para que entre en guerra, pero que luego no dan la cara en las trincheras; contra la prensa «mercenaria y servil» vendida a las fábricas de armas (la «Krup», sic por Krupp), por cuyos intereses se hacen siempre las guerras; y contra los «viles logreros» que arengan al Pueblo, «siempre infantil», y consiguen «fortunas fabulosas / amasadas con sangre»[3], empieza su historia: hace nueve años, por un incidente diplomático, España, «desgraciada por ser siempre guerrera», se vio envuelta en un nuevo conflicto armado. Una noche la madre vio que el padre había sido muerto en una trinchera y ella murió a continuación, simplemente de dolor. El muchacho se enfurece al escuchar la causa de su orfandad y corre a coger la pistola y la escopeta que están en el escenario (véase la acotación inicial) para vengar a sus padres matando a los que quieren conducir a la «Patria desdichada» al combate, al grito de: «¡Maldita, siempre maldita! ¡¡Maldita sea la Guerra!!».

Sin embargo, el abuelo le refrena, afirmando que el arma que se debe usar es otra, mucho más fuerte, la Idea: la palabra que se ha de extender venciendo las barreras que le ponen el Capital y el Burgués, para llegar «a los parias / que resignados sufren las afrentas / del sistema opresor capitalista» y darles este mensaje:

¡Camarada! ¿Por qué no te rebelas[4]
luchando por un mañana Comunista
que rompa tu esclavitud y tus cadenas?

El ejemplo que hay que seguir es el de «la gran Rusia»: «Asóciate a tus hermanos de martirio / y lucha para vencer…». Después vuelve a tomar la palabra el nieto, ya completamente ganado para la causa, y la acotación indica que se dirige «Al público»:

No es un sueño pensar en un mañana
en que no existan patrias ni fronteras,
ni Colegios que enseñen a los niños
ese amor exaltado hacia la guerra.

El muchacho prosigue afirmando que hay que forjar «el Amor fraternal que constituya / la Hermandad que propugna nuestra Idea». La apelación al público se muestra también en los siguientes apóstrofes: «Mas para ello es preciso, camarada, / que tu hijo…»; «Eres tú quien le tiene que inculcar…»; «Y tú, madre que tienes en tus brazos / ese niño […], / júrame…»; «¿Cómo puedes, mujer, alucinarte?…». Y lo mismo en las palabras finales del abuelo, que cierran la obra:

Y vosotros, los hombres, no acudáis,
cual romeros que fuesen a una fiesta,
a los campos que llaman del Honor,
que el Honor a eso nada se asemeja.
No seáis patriotas de esas patrias
que dirimen a tiros sus contiendas.
¡Que la Patria que manda asesinar
no merece que nadie la defienda!
Gritad todos haciendo un coro inmenso:
¡No queremos luchar! ¡¡Guerra a la Guerra!![5]


[1] Agradezco al Dr. Víctor García Ruiz (Universidad de Navarra) su amabilidad al proporcionarme la copia xerográfica por él obtenida de esta pieza. En las citas restituyo algunos acentos y signos de puntuación que faltan. El título coincide con el de una obra clásica del antibelicismo mundial, el libro de fotografías Krieg dem Kriege! Guerre à la guerre! War against War! (Berlín, 1924 y 1926), de Ernst Friedrich. En el ámbito español, Ramón de Campoamor es el autor de una dolora dramática titulada también Guerra a la guerra (estrenada en el Teatro Español de Madrid en 1870).

[2] Véase la acotación inicial: «Se desarrolla en un cuarto de aspecto humilde, cuarto de obrero, y no le es necesario describirle porque para el objeto que persigue, no le son precisas, en el lugar de la escena, estas o las otras cosas. Dejo a quienes hayan de representar este trabajo semejante tarea. Lo único que se necesita tener, y ello en sitio bien visible de la escena, es una pistola y una escopeta, ambas de juguete» (la cursiva es mía).

[3] Hay también una crítica social contra los patrones, que piden al pueblo que dé su vida en defensa de sus haciendas y propiedades, «para luego, si pides más jornal / porque te es imposible la existencia, / arrojarte del suelo y de la casa / por quien has peleado con fiereza».

[4] En el texto, revelas.

[5] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Notas sobre el teatro proletario español de la preguerra: Guerra a la guerra y Miserias», Rilce. Revista de Filología Hispánica, 11.1, 1995, pp. 68-87.

El conde de Villamediana en «Villamediana» (2008), de Ignacio Gómez de Liaño (1)

Obra publicada en 2008[1], no me consta que se haya representado. Su autor, Ignacio Gómez de Liaño Alamillo (Madrid, 1946), es poeta, ensayista, filósofo, traductor y profesor universitario, con una obra que abarca el campo filosófico, el sociológico y el literario:

Preguntado sobre las lecturas que considera más importantes o más influyentes en su propia literatura, dice: «Todas las lecturas pueden aportar algo. No estoy seguro de cuáles son las que más se pueden trasparentar en el libro, pero sí sé cuáles son las que más me han apasionado. Entre ellas están algunos clásicos, como Villamediana, Leopardi y Virgilio, y, evidentemente, muchos otros. Ahora bien, yo creo que esas lecturas valen poco si uno no trata de traducir, de leer, ese libro que todos llevamos dentro». Cuando le digo que esa es una idea romántica de la poesía romántica en el sentido más técnico de la palabra, dice: «Romántica o no, a mí me parece que es central en un trabajo de escritura poética»[2].

La tragedia de Gómez de Liaño es una obra interesante, que ofrece aspectos originales dentro del corpus de recreaciones villamedianescas. Así, incorpora muy abundantes anécdotas que forman parte de la biografía real o de la leyenda del conde: el maltrato a la marquesa del Valle; la formulación «más penado, más perdido, menos arrepentido»; la reina le pregunta quién es la dama a la que dedica sus versos y el conde le entrega un espejo, siendo esa su respuesta; un día se le cae una venera de diamantes y no se baja del caballo a recogerla para no perder la elegancia y compostura; por supuesto, la famosa divisa «Son mis amores reales» y el «Yo se los haré cuartos» de la respuesta del rey, etc. También es muy llamativo el elevado número de poemas y versos de Villamediana a los que se da entrada en la pieza, que externamente se divide en tres actos, escritos en prosa.

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Esta pieza dramática forma un trío junto con Hipatia y Bruno, tres «tragedias del espíritu» a cuyos protagonistas el autor presenta como héroes trágicos de gran modernidad:

Hipatia, Bruno, Villamediana. Tres nombres que, como pocos, encarnan el riesgo que concita el pensamiento cuando incomoda a los que pretenden monopolizarlo. […] En el [caso] de Villamediana, el pensamiento fue un ímpetu poético que le llevó a volar en las alas de cera de la imaginación a un cielo donde la realidad cotidiana se metamorfoseaba en poesía, con la consecuencia de acabar, como Ícaro, derribado en el suelo. […] Hipatia, Bruno, Villamediana. Los tres coinciden en ser víctimas de una tragedia que va más allá de lo personal, pues es traducción de otra más vasta: la tragedia del espíritu frente al mundo. En los tres casos la tragedia presenta rasgos tan modernos que difícilmente habría sido apreciada por los espectadores del teatro antiguo. […] [Los tres personajes] Sabían a lo que se exponían, y no obstante asumieron el riesgo. Fueron provocadores, he ahí un rasgo típico de la modernidad. […] Hipatia, Bruno y Villamediana coinciden también en haber creído alguna vez que estaban cerca de hacer realidad sus sueños. Los tres se engañaron. Y porque se engañaron, la realidad se cobró en ellos cruel venganza. Pero dieron la talla en el trance supremo (pp. 9, 10, 11 y 13).

En cualquier caso, pese a esa coincidencia, las tres piezas responden a estilos distintos, como destaca el propio autor:

En el polo opuesto [a Hipatia], como corresponde a un poeta barroco coetáneo de Calderón, está Villamediana, que, rebosante de episodios y vicisitudes, abarca el último año de la vida del poeta, discurre por los lugares más variados y ofrece un amplio muestrario de personajes de época, desde Felipe IV, Isabel de Borbón y Olivares, hasta Góngora y Quevedo. Más que el dibujo, se hacen notar en la composición los variados juegos de perspectiva (p. 13)[3].


[1] Las citas son por Ignacio Gómez de Liaño, Hipatia, Bruno, Villamediana: tres tragedias del espíritu, Madrid, Siruela, 2008.

[2] Declaraciones a Rosa María Pereda, El País, 20 de agosto de 1980.

[3] Ver para más detalles mi trabajo «“La verdad del caso ha sido…”: la muerte del conde de Villamediana en cuatro recreaciones dramáticas (1837-2008)», en Ignacio Arellano y Gonzalo Santonja Gómez-Agero (eds), La hora de los asesinos: crónica negra del Siglo de Oro, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2018, pp. 59-95.