Los cuentos de José María Sanjuán: «El ojo del mundo»

Cinco secuencias separadas por blancos tipográficos forman «El ojo del mundo» (pp. 91-103)[1]. La primera presenta a un niño obsesionado porque le dicen que no debe mirar por unas ventanas de la casa, pero no le dan ninguna explicación[2]. Un atardecer de domingo en que el muchacho insiste en preguntar por qué no debe mirar, la señora con la que vive le contesta que porque es el ojo del mundo.

Niño en la ventana

En la segunda secuencia se describe aquella extraña casa y se comenta que el muchacho estuvo antes en otra (¿un reformatorio, la inclusa?; él ni siquiera sabe cómo ha llegado allí). Se oyen silencios «que daban al patio y a la casa un instante de intimidad, de secreto y hasta de misterio» (p. 97). La mujer, aludiendo a las ventanas tras las que se escuchan vagas conversaciones de hombres y mujeres, insiste en «que aquello era el mundo y que no debía mirar nunca por allí» (p. 98).

En la tercera secuencia el niño sigue observando «la vida misteriosa y extraña de aquella casa» (p. 98), y descubre que los sábados, domingos y últimos días de mes y, también en los atardeceres, se escuchan menos voces.

Cuarta secuencia. La mujer, que limpia los cuartos con un mohín de disgusto, exclama: «¡Qué vida! ¡Qué mundo!». Y añade misteriosamente para el muchacho: «El mundo está ahí, detrás, el que tú no conoces… pero que nos da de comer» (p. 101).

La quinta secuencia trae el desenlace: un atardecer[3] unos guardias precintan la casa, y el muchacho, desalojado de allí, «se encontró en el camino solo y sin rumbo». Sigue contemplando la casa, la tapia y las seis ventanas, hasta que se las tapa un olivo. «Entonces torció hacia levante y se perdió sendero adelante, triste y a punto de llorar. Pensó en la vida y en el mundo, y lo imaginó cerrado ya, como ciego para siempre» (p. 103). Aunque el autor en ningún momento lo dice explícitamente, queda claro que se trataba de una casa de citas.


[1] Cito por José María Sanjuán, Un puñado de manzanas verdes, Barcelona, Destino, 1969 (colección Áncora y Delfín, núm. 323).

[2] «Desde que estaba en aquella casa siempre le habían dicho lo mismo. La mujer le señalaba la larga pared, las ventanas, seis en total, pintadas con un verde pálido, comido por el sol: / –Por ahí no debes mirar nunca, ¿me entiendes?» (p. 93).

[3] «Sucedió casi de pronto, un atardecer, que era cuando realmente sucedían las cosas mejores y más misteriosas allí, bajo el pedazo de cielo trapezoidal que se extendía por encima de la tapia» (p. 101). La noche anterior había visto «cosas extraordinarias y nuevas» (p. 102): gritos, ruidos de hombre y mujer, etc.

Actividad literaria de Lope en torno a 1620-1621

(A mi madre, Andresa,
que hoy cumple años.)

Ese año de 1620 Lope es mantenedor en las justas por la beatificación de San Isidro[1]. Ha conocido unos meses de cierto bienestar económico, debido a una recompensa inesperada, tal como explica al conde de Lemos en esta carta de 6 de mayo de ese año:

Yo he estado un año sin ser poeta de pane lucrando, milagro del señor Duque de Osuna, que me envió quinientos escudos desde Nápoles que, ayudados de mi beneficio, pusieron la olla a estos muchachos, entre los cuales hay quince años de una doncella [Marcela], virtuosos y no sin gracia. Paso, Señor Excelentísimo, entre librillos y flores de un huerto lo que ya queda de la vida, que no debe de ser mucho, compitiendo en enredos con Mescua y don Guillén de Castro sobre cuál los hace mejores en sus comedias.

En 1621 da a conocer dos fábulas mitológicas extensas, La Filomena (donde ataca a Torres Rámila e incluye su novela Las fortunas de Diana) y La Andrómeda. Por su parte, Tirso de Molina en sus Cigarrales de Toledo defiende a Lope y su teatro.

Cigarrales de Toledo, de Tirso de Molina

[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Los cuentos de José María Sanjuán: «Un puñado de manzanas verdes»

Manzanas verdes«Un puñado de manzanas verdes» (pp. 79-89)[1] es el cuento que da título al volumen. Sentados junto a la puerta de casa, un «viejo» muestra al «muchacho» —de nuevo personajes anónimos designados genéricamente— los árboles de la huerta, que están repletos de manzanas; pero el anciano le advierte reiteradas veces que están todavía verdes: «Y el viejo lo decía con nostalgia, pero con dureza. Con la palabra muy firme, como si estuviera encallecida de tanto murmurarlo» (p. 81). Le explica que hay que esperar a que maduren, al tiempo que le clava su mirada «gris, acerada, punzante». «Hería la mirada del viejo cuando la clavaba de aquella manera» (p. 81), pero el niño siente una profunda admiración por él:

Y pensó enseguida que era hermoso imitar al viejo. Porque el viejo sabía muchas cosas del mundo, de la vida, de los árboles y de las manzanas (p. 82).

En efecto, lo que sucede con las manzanas constituye una buena enseñanza para la vida: hay que saber esperar, «porque todas las cosas tienen su tiempo, su momento» (p. 83). La relación que une a ambos personajes se explica a través de un flash-back: «Todo había comenzado unos días antes»; el niño, al pasar por los frutales, dio un tirón de una manzana y rompió la rama; el viejo, lejos de reñirle, le explicó que las manzanas estaban todavía verdes y se hicieron amigos; ahora suele recordarle que, en la vida, «las cosas hay que cogerlas a su tiempo, sin prisas» (p. 86). En primavera muere el viejo; el niño visita su tumba muchos días, hasta que al, llegar el tiempo de las manzanas, una mujer le da una cesta con ellas y recuerda que el anciano le decía que su vida sería distinta cuando creciese y madurase, como las manzanas: «Con los ojos cerrados iba recordando las palabras del viejo y le sonaban dentro, en el corazón, como una melodía suave y hermosa» (p. 89).


[1] Cito por José María Sanjuán, Un puñado de manzanas verdes, Barcelona, Destino, 1969 (colección Áncora y Delfín, núm. 323).

El Fénix fracasa en su intento de ser nombrado cronista real

Un fracaso viene a amargar la alegría de Lope en este momento: no obtiene el cargo de cronista real que solicita insistentemente en 1620 (lo pide el 1 de junio de ese año, pero ya antes, en 1618, lo había pedido indirectamente a través de unos versos de su comedia El triunfo de la humildad)[1]. Este es el documento dirigido al rey:

Señor: Lope de Vega Carpio, Comisario del Santo Oficio y Fiscal de la Cámara Apostólica, dice que por muerte de Pedro de Valencia, Cronista de V. M., está vaco el dicho oficio; suplica a V. M. humildemente se sirva de hacerle merced de él, que el amor y voluntad con que siempre ha deseado emplearse en el servicio de V. M., mostrándolo en las ocasiones que se han ofrecido, le ayudará a acertar a servir a V. M. en este oficio en que la recibirá muy grande.

Pluma, papel y tintero

Pero su vida nada edificante ayudaba muy poco —más bien nada— a la petición, que le es denegada. Falla, pues, ese intento de vincularse a lo más alto de la nobleza, a la propia corona. Y continúa la precariedad económica: Lope quiere desligarse del duque de Sessa, cuyo servicio le sigue obligando a desempeños indecorosos, muy poco acordes con su condición sacerdotal, pero no consigue nuevos mecenas.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Los cuentos de José María Sanjuán: «Es cosa de muchachos»

Paseo bajo la lluviaEn «Es cosa de muchachos» (pp. 69-78)[1] irrumpe una voz narradora en primera persona: «En una de esas casas vivía el abuelo, y vivía yo también» (p. 71). El narrador recuerda sus estancias a temporadas en aquella casa con sus primos Mario y Carolina y describe al abuelo, que tenía una especie de manía con las campanas; de hecho, vivía en aquel barrio por las campanas de las distintas iglesias, que eran para él como el telégrafo del cielo[2]. Cuando cometía alguna travesura —por ejemplo, pasear bajo la lluvia—, el abuelo le disculpaba cómplice ante la tía Lola con un: «¡Cosas de muchachos!». A veces le preguntaba qué sería de mayor: «Y yo siempre le contestaba que me gustaría ir por el mundo, solitario, en días de lluvia, para mojarme bien y recibir el agua suave y tibia de las nubes», porque esa era «una forma hermosa de ir por el mundo» (p. 75).

La segunda secuencia, separada de la anterior por un blanco, explica por qué el abuelo rechazó tajantemente la idea de su nieto de ir a Cuba: «Más tarde, un día, no sé cuándo, la tía me dijo que al abuelo le habían matado a su padre en aquellas tierras. Entonces comprendí el porqué no quería que yo fuese a vivir aventuras a aquellas tierras» (pp. 76-77).

La tercera presenta el desenlace: «Sucedió un atardecer» (p. 77), mientras suenan las campanas:

Las Agustinas dieron las campanadas de las ocho, Y casi a continuación sonaron las de San Cerni. Y poco después las de San Lorenzo. Entre unas y otras se murió el abuelo. Llovía. Y la calle aquella parecía más estrecha, más llena de sombras, más aislada y silenciosa (p. 77).

Es una lluvia menuda y tibia. El joven, al que no le dejan ver el cadáver, llora y siente rabia, y se le escapa una sonrisa triste y vaga: el abuelo ya no habría dicho que «era cosa de muchachos», sino «eran cosas de hombres ya». Cuando lo llevan a enterrar suenan las campanas al unísono, no como antes, que sonaban por separado:

Yo lo sé porque no me dejaron ir al cementerio y las escuché en silencio, junto al balcón panzudo de cristales, llorando en silencio. Yo sabía que el abuelo me estaba contemplando y sonreía. Me acuerdo como si fuese ahora (p. 78).


[1] Cito por José María Sanjuán, Un puñado de manzanas verdes, Barcelona, Destino, 1969 (colección Áncora y Delfín, núm. 323).

[2] Cfr. estos pasajes: «Las campanas tienen algo de cielo, ¿eh?, como si te llamaran para ir allí… […] Cualquier día nos llamarán a nosotros también, ya verás»; «son como si nos invitaran a seguirlas al cielo…» (p. 73). Por los topónimos mencionados, el relato parece ambientado en Pamplona: San Cerni[n], Agustinas, San Miguel, Plaza de San Francisco: «Era una ciudad fresquita en verano, pero helada y húmeda en invierno. Llovía mucho. Pero era una lluvia hermosa, suave, finísima, que casi ni te enterabas cuando caía» (p. 73); «Era una ciudad sonolienta, hecha para las nostalgias. Con grandes alamedas de árboles de copa ancha y tronco recio y rugoso» (p. 75).

Lope reúne a sus hijos bajo el mismo techo

Marta de Nevares y su hija Antonia Clara marchan a vivir con Lope[1]. Junto a ellas, coinciden también bajo el mismo techo Marcela y Lope Félix (Lopito), hijos de Micaela de Luján; y Feliciana, hija legítima de Juana de Guardo, todos reunidos ahora en la casa de la calle de Francos.

Casa de Lope de Vega

Para su hijo Lopito escribe la dedicatoria de El verdadero amante, comedia publicada en la Parte XIV (1620), que citaré por extenso por incluir interesantes reflexiones:

Ya que tenéis edad, y comenzáis a entender los principios de la lengua latina, sabed que tienen los hombres para vivir en el mundo, cuando no pueden heredar a sus padres más que un limitado descanso, dos inclinaciones: una a las armas y otra a las letras, que son las que aquella celada y libro significan con la letra, que en aquellos tiernos años dice que el cielo sabe cuál de aquellas dos inclinaciones tuviera Carlos si no le hubiera, como salteador, la muerte arrebatado a mis brazos y robado a mis ojos, puesto que a mejor vida, dolorosamente, por las partes que concurrían en él de hermosura y entendimiento con esperanzas de que había que mejorar mi memoria sobreviviendo a mis años […]. Vos quedastes en su lugar, no sé con cuál genio […]

Mas ¿para qué os persuado con autores, cuando aún estáis en los primeros rudimentos de la lengua latina? Cosa que no podéis excusar, aunque si hubiera quien os enseñara bien la castellana, me contentara más de que la supiérades; porque he visto muchos que, ignorando su lengua, se precian, soberbios, de la latina, y todo lo que está en la vulgar desprecian, sin acordarse que lo griegos no escribieron en latín, ni los latinos en griego; y os confieso que me causa risa ver algunos hombres preciarse de poetas latinos, y en escribiendo en su lengua parecer bárbaros; de donde conoceréis que no nacieron poetas, porque el verdadero, de quien se dice que ha de tener uno cada siglo, en su lengua escribe y en ella es excelente, como el Petrarca en Italia, el Ronsardo en Francia y Garcilaso en España, a quien también deben sus patrias esta honra; y lo sintió el celestial ingenio de Fray Luis de León, que pretendió siempre honrarla, escribiendo en ella […]. No os desanimo para que con menos cuidado estudiéis esta reina de las lenguas, tercera en orden a las del mundo, aunque más común que todas; procuralda saber, y por ningún caso os acontezca aprender la griega, porque, desvanecido, no digáis lo que algunos que saben poco della y de otras, por vendernos a gran precio la arrogancia de que la entienden […]

Vos me habéis entendido; y en razón de la inclinación, que fue el principio de esta carta, no tengo más que os advertir, si no os inclináredes a las letras humanas, de que tengáis pocos libros, y esos selectos, y que les saquéis las sentencias, sin dejar pasar cosa que leáis notable sin línea o margen; y si por vuestra desdicha vuestra sangre os inclinare a hacer versos (cosa de que Dios os libre), advertid que no sea vuestro principal estudio, porque os puede distraer de lo importante, y no os dará provecho. Tened en esto templanza; no sepáis versos de memoria, ni los digáis a nadie; que mientras menos tuviéredes desto, tendréis más de opinión y de juicio; y en esta materia, y lo que os importa seguir vuestros estudios sin esta rémora, no busquéis, Lope, ejemplo más que el mío, pues aunque viváis muchos años no llegaréis a hacer a los señores de vuestra patria tantos servicios como yo, para pedir más premio; y tengo, como sabéis, pobre casa, igual cama y mesa y un huertecillo cuyas flores me divierten cuidados y me dan conceptos. […] Yo he escrito novecientas comedias, doce libros de diversos sujetos, prosa y verso, y tantos papeles sueltos de varios sujetos, que no llegará jamás lo impreso a lo que está por imprimir; y he adquirido enemigos, censores, asechanzas, envidias, notas, reprensiones y cuidados; perdido el tiempo preciosísimo, y llegada la non intellecta senectus, que dijo Ausonio, sin dejaros más que estos inútiles consejos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Los cuentos de José María Sanjuán: «Cerca del horizonte»

Un relato muy logrado es «Cerca del horizonte» (pp. 59-67)[1], que presenta las esperanzas de mejorar de vida de Pruden, humilde jornalero que se marchó de su pueblo alentado por su maestro[2], un temporero que trabajaba en el campo de sol a sol, «desde el alba hasta la última luz» (p. 61). Pruden recuerda una frase de su admirado maestro: «En los pueblos, la muerte, ya lo ves. Trabajar, casarse y un montón de hijos. ¡Aquí no saben otra cosa!» (p. 62). Su mayor deseo es ir a la ciudad, para poder medrar: «Y le entraba dentro una hinchazón de viento nuevo, y en el pecho se le iba formando una llama grande y expansiva. Algo así como esperanza y dolor» (p. 62). Sus pensamientos e ilusiones se nos van revelando a través de su conversación con otro jornalero, Tomás, un rubianco conformista:

Pero él tenía ya un lío grande en la cabeza y en el pecho un nudo gordo que le apretaba y le hacía daño. […] Y cada verano bajaba un poco más, siempre con ganas, con ilusiones de encontrar el límite de su esperanza y luego venía la frustración y la nada. Y tornaba el nudo a ensanchársele dentro, donde el pecho, y a un lado, en el corazón también. [De noche] pensaba largo y soñaba porque creía que así el nudo se le saltaría un día y podría vivir más ligero y con menos ganas de trotar y de buscar lo que no veía bien, lo que intuía dentro, pero que no llegaba a comprender (p. 63).

Hombre mirando al horizonteEnsimismado, la noche le trae morriña, mientras fuma y mira al cielo, al horizonte: «Y sintió en el pecho la fuerza del nudo y la esperanza también y muchas cosas más revueltas y en desorden» (p. 64). Expone a su compañero su idea de ir a la ciudad a aprender un oficio; Tomás, en cambio, se muestra partidario de seguir con la misma vida, en las eras, sin más futuro que seguir manejando la hoz[3]. Pruden siente ansias de superarse («Andar siempre así, a tumbos, acaba por agotar…»), mientras que Tomás se resigna con su suerte («¡Nacimos para eso!»). Pruden está ya convencido de que no quiere seguir viviendo así[4]; tiene esperanza y, mirando al horizonte rojizo, nota que se le empieza a deshacer el nudo de su angustia. Pero entonces una vieja repite la llamada para la cena y el mayoral les manda que vayan a buscar el ganado. La orden, que le devuelve a la realidad, quiebra brutalmente su sueño de mejorar: Pruden siente rabia y dolor porque todo va a seguir igual; el destino de los hombres como él es, según sentenciara Aldecoa en el título de uno de sus relatos más famosos, «seguir de pobres»[5].


[1] Cito por José María Sanjuán, Un puñado de manzanas verdes, Barcelona, Destino, 1969 (colección Áncora y Delfín, núm. 323).

[2] «Se lo había dicho el maestro, unos años antes, por el verano, cuando el polen de las eras formaba nubes densas en el aire. / –Aquí no tienes nada que hacer…» (p. 61). El joven cree que el maestro es un sabio: «Aquel hombre seguramente conocería los secretos del mañana, la gestación primorosa de las profesiones y de los oficios» (p. 61).

[3] Tomás le resulta antipático por su risa desagradable: «una risa grande y dañosa, como de garganta averiada» (p. 64); «aquella risa que hacía daño, que dolía, que acababa metiéndose dentro como una blasfemia, como una burla» (p. 64); «la carcajada aquella, estridente y gruesa» (p. 65).

[4] Pruden, en efecto, no desea que todos los días sigan siendo iguales: «Y se le imaginaba su vida como una gran rueda, tosca y pesada, dando siempre las mismas vueltas, oscilando siempre alrededor del mismo eje. Y pensó que allí no estaba la salvación ni la alegría» (p. 65).

[5] Hay que destacar el cambio de luz que se aprecia en el relato, que comienza con claridad y acaba simbólicamente con el cielo oscuro, negro.

«¡Bien haya la muerte!»: Lope se alegra de la muerte de Roque

Es este un momento de cierta holgura económica y de popularidad creciente[1]. El público madrileño, que lo ha convertido en dueño absoluto de los corrales, le adora. En la edición de 1618 de El peregrino en su patria ofrece una lista con 448 títulos de comedias (las cifras fluctúan). Ese mismo año publica Triunfo de la fe en los reinos del Japón, obra en prosa, sobre los hechos acaecidos en aquellas misiones orientales de los jesuitas.

Abril o mayo de 1620 es la fecha probable en que muere Roque, el marido de Marta, y Lope se alegra cruelmente de ello en la dedicatoria de La viuda valenciana:

¡Bien haya la muerte! No sé quién está mal con ella, pues lo que no pudiera remediar física humana, acabó ella en cinco días con una purga sin tiempo, dos sangrías anticipadas y tener el médico más afición a la libertad de vuestra merced que a la vida de su marido. Puedo asegurarle que se vengó de todos con sola la duda en que nos tenía si se había de morir o quedarse; tanto era el deseo de que se fuese: no porque él faltase, sino porque habiendo imaginado que nos dejaba, fuera desesperación el volver a verle.

Dedicatoria de La viuda valenciana

[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Los cuentos de José María Sanjuán: «El miedo»

«El miedo» (pp. 49-57)[1] comienza con estas palabras: «El Nino empujó la puerta y se metió en la casa. Había un pasillo estrecho y oscuro y, al final, una luz mortecina, agonizante» (p. 51). Se trata de un muchacho, niño aún, al que su padre le ha dicho que debe cumplir sin miedo con una obligación social: acudir a un velatorio[2]. La narración nos transmite el desasosiego del joven, al indicar que le sube «como un aire malo y lleno de pinchos» (p. 51) y al insistir en la «luz triste y agria», «la luz siniestra» (pp. 52 y 53) del pasillo que atraviesa.

El velorio, de José JaraVarios hombres charlan (gente pobre, que alude a «eso», «la cosa», «cosas del Otro», eufemismos para evitar referirse a la muerte con su nombre), mientras sigue destilándose en el pasillo «la luz triste y a medio morir» (p. 55). Uno de los presentes dice a Nino que se acerque, que el cadáver no muerde; un niño pequeño le pregunta también si no pasa: «Y el Nino se quedó cortado, hecho de piedra, con la voz y la mirada hechas un puro hielo. No contestó» (p. 56). De repente, le empujan y, al ver los pies rígidos y el vientre hinchado del cadáver «grande como un globo», se marea y cae al suelo. En este cuento es magnífica la descripción del ambiente, sofocante para el muchacho: la luz, el olor, los sonidos desagradables[3]…, todo lo cual contribuye a transmitirnos con acierto la sensación de miedo del muchacho, que da título al relato:

El Nino sintió cómo un aire helado le subía por la espalda y le apretaba el cogote. Se notaba mal, muy mal allí. Le temblaban las piernas y a ratos sentía como si le estuviesen pinchando y le hiciesen agujeritos por todo el cuerpo. Notaba calor y frío al mismo tiempo (p. 55).


[1] Cito por José María Sanjuán, Un puñado de manzanas verdes, Barcelona, Destino, 1969 (colección Áncora y Delfín, núm. 323).

[2] Existe aquí una especie de «cuento dentro del cuento», al referirse brevemente la historia del padre, matador; éste le dice que acuda «sin miedo, sin dudar, como el buen torero que sale a la plaza y pisa con dudoso paso la arena ardiente y siente cómo del estómago le sube la oleada del miedo, del terror, pero se sabe sobreponer y luego se lía a dar verónicas y derechazos que es un placer» (p. 52). Poco después explica el narrador: «Al padre del Nino le gustaba hacer comparanzas con lo de los toros» (p. 52).

[3] A la luz mortecina del pasillo, hay que añadir las «voces chillonas, picadas, que herían los oídos y el alma» de unas viejas, cierto tufillo acre del ambiente («el aire aquel viciado, oscuro, lleno de torpeza»), etc.

Nuevos ataques literarios y personales al Fénix

Sigue publicando Lope obras piadosas, como su Romancero espiritual (1619) o Catorce romances a la Pasión de Nuestro Señor (1620)[1]. Pero la escritura de tales piezas no logra encubrir su andar en malos pasos, y sus enemigos no desaprovechan la nueva flaqueza amorosa del Fénix para atacarle; de Góngora, por ejemplo, es esta punzante décima, que juega, entre otras referencias, con la homofonía de marta, una piel muy preciada, y Marta, el nombre de la nueva amada:

Dicho me han por una carta
que es tu cómica persona
sobre los manteles mona
y entre las sábanas, marta.
Agudeza tiene harta
lo que me advierten después:
que tu nombre del revés,
siendo Lope de la faz,
en faz del mundo y en paz
pelo de esta marta es.

Marta cibelina

En una décima satírica que comienza «Cuando fue representante…» leemos estos otros versos alusivos a su desordenada vida una vez ordenado sacerdote:

… fue familiar y fiscal,
y fue viudo de arrabal
y sin orden ordenado.

Siguen, pues, los odios literarios, siendo sus enemigos y rivales tanto los preceptistas aristotélicos como Góngora y sus seguidores. El propio Lope alude a estas envidias y rencillas:

Si en el mar de la murmuración se pierden bajeles de alto bordo, anéguese mi pobre barquilla, tan miserable que apenas se ve, en las aguas, y a quien por cosa inútil pudieran perdonar las olas de la ociosidad y los vientos de la envidia.

De todas estas polémicas con los poetas culteranos (la guerra con Góngora arrecia en 1617, con don Luis en la Corte) y con los preceptistas aristotélicos (ataques de Pedro de Torres Rámila en la Spongia y defensa por parte de sus amigos en la Expostulatio spongiae) se hablará con más detalle en otras entradas.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.