Para hoy, para esta Nochebuena en la que celebramos la Buena Nueva de que Dios viene al mundo haciéndose carne mortal para redimir al género humano, copiaré este otro soneto, «De cómo vino al mundo la oración», procedente del mismo libro. En la construcción del poema emplea Rosales una imaginería metafórica de significado transparente, que no requiere comentario, y lo remata con un rotundo verso bimembre. Dice así:
De lirio en oración, de espuma herida por el paso del alba silenciosa; de carne sin pecado en la gozosa contemplación del niño sorprendida;
de nieve que detiene su caída sobre la paja que al Señor desposa; de sangre en asunción junto a la rosa del virginal regazo desprendida;
de mirar levantado hacia la altura como una fuente con el agua helada donde el gozo encontró recogimiento;
de manos que juntaron su hermosura para calmar, en la extensión nevada, su angustia al hombre y su abandono al viento[1].
[1] Cito por Luis Rosales, Obras completas, vol. I, Poesía, Madrid, Trotta, 1996, pp. 224-225. La edición de 1940 del Retablo sacro del Nacimiento del Señor incluía quince poemas navideños. La de 1964 añadía otros quince, además de introducir correcciones en los poemas aparecidos en la primera edición. En las Obras completas forman el volumen, ahora titulado Retablo de Navidad, un total de 39 poemas, donde este aparece con el número 11. En la edición de 1964, donde se lee sin variantes, era el número 9.
Por lo que respecta a la elaboración retórica de este poemario, cabe afirmar que, pese a la marcada —y buscada— sencillez de sus composiciones, podemos detectar cierta soltura en el manejo de algunos recursos retóricos, como la enumeración:
… en recuerdos prodigiosos […] con paisajes, cielos, puertos, villas, navíos, océanos; perfumes, bullicio, piedras, sobre el esmalte grabados (p. 8).
Muy utilizadas son las figuras de repetición. Hay, por ejemplo, un par de versos bimembres: «frío hielo, fría estatua» (p. 16), «croan ranas, cantan grillos» (p. 64). Más frecuentes son los paralelismos como «por respeto a tu venida […] / por respeto a tu llegada» (p. 20); «temblando en el aire, / temblando en el suelo» (p. 40). Las repeticiones son muy frecuentes («en las hebras de una vida», p. 20; «y en mil vidas», p. 22; «te seguía», p. 22), y en especial las repeticiones léxicas intensificativas como «sola, sola, sola, sola» (p. 22) o «lejos, lejos, lejos, lejos» (p. 138), ya destacadas por Fernández González como rasgo estilístico propio de la autora. Encontramos también algunos casos de anáfora:
Pienso en misterios eternos, en su enigma impenetrable, en las angustias sin fondo, en abismos insondables, en la vacuidad humana y en puertas que ya no se abren (p. 54).
… insensible a tus besos a tu ardid y a tu maña, a tus palabras diestras, a tu arte de fingir (p. 60).
El «Último romance tropical» hace buen uso del empleo de repeticiones y paralelismos, razón por la que lo transcribo entero:
Lejos los mares verdosos, lejos noches azuladas, lejos las lunas de plata como reinas acostadas.
Lejos extraños sonidos, flores de savias amargas, lejos veneno africano que me trastocaste el alma.
Lejos rocas mañaneras por agua abofeteadas, y tardes cerniendo el oro sobre palmeras tostadas.
Lejos cactos candelabros, lejos las arenas albas, los caminos amarillos y las colinas que sangran.
Lejos Cruz del Sur brillando sobre la inquietud humana, sobre celos, sobre injurias… sobre la terraza blanca.
Muchos de los poemas recurren a la apóstrofe, es decir, a la apelación a un tú que puede ser el del amante, la luna, la costa o una ciudad (pp. 9, 14, 18, 20, 27, 32, 40, 52, 60, 68, 80, 100, 106). En algún caso hay antropomorfización de los elementos de la naturaleza, sobre todo de la luna (que llora, p. 30). Algunas metáforas o imágenes tienen cierta fuerza: boca=granate (p. 38); amor naciente=sudario (p. 38); luna=esquife de plata (p. 60); cuerpo=muerto arlequín (p. 60).
En fin, como último rasgo de estilo señalaré que son muy frecuentes en estos poemas de Mis nocturnos africanos los cultismos o voces desusadas, no frecuentes en el lenguaje común; me refiero a términos como blao (p. 8), gecos (p. 12), álficas perlas (p. 16), de ‘desde’ («me mirabas de la altura», p. 20), caliginosa (p. 26), lívidas luces movientes (p. 26), amortecido (p. 28), corindón (p. 34), cencido camino (p. 38), connubios fríos (p. 38), verde berilo (p. 48), obsesión lancinante (p. 54), mirajes (p. 54), abdómenes ignitos (p. 64), cimba (p. 76), mútilo cuerpo (p. 76), apagados rogos (p. 76), tuberosas (pp. 88, 90), himplar (p. 96), languor (p. 100), polana (p. 106), crisopacio (p. 108), lueñe tierra (p. 116), color de talio (p. 120), aralias (p. 130), do ‘donde’ (p. 130), ajaracas (p. 130), glauca (p. 130) o fucilar (p. 136).
Desde el punto de vista métrico y rítmico, Fernández González ha señalado que, junto a poemas logrados como «No me esperes esta noche», hay en este poemario otros «cuyo ritmo adolece de caídas y baches», que por su distribución de acentos no acaban de sonar. Este crítico cita unos versos de «Crepúsculo» como ejemplo de las carencias estéticas detectables en algunos de estos poemas:
El crepúsculo extendía lentamente sombras azules, verdes y azuladas, y eminencias de rojiza arcilla, por titán arañadas, de sus anchas entrañas descubiertas sus pisos y subpisos me mostraban (p. 108)[1].
[1] Cito por María del Villar, Mis nocturnos africanos / Nocturnes africains. Poèmes, Paris, Editions SIPUCO, 1957. Para más detalles remito a un trabajo mío anterior: Carlos Mata Induráin, «El “veneno africano”: la huella de África en la producción literaria de María del Villar Berruezo», en Actas del IV Coloquio Internacional de Estudios sobre África y Asia, Málaga, Editorial Algazara / Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, 2002, pp. 285-300.
Ven, ven, Señor, no tardes, ven, ven, que te esperamos…
Rafael Alfaro (El Cañavate, Cuenca, 1930-Granada, 2004), sacerdote salesiano, es autor de una extensa obra lírica, entre la que se cuentan títulos como El alma de la fuente (1971), Voz interior (1972), Vamos, Jonás (1974), Objeto de contemplación (1978), Tal vez mañana (1978), Cables y pájaros (1979), Música callada (1981), Los Cantos de Contrebia (1985), Tierra enamorada (1986), Escondida senda (1986), La otra claridad (Madrid, 1989), Poemas para una exposición (1991), Salmos desde la noche (1993), Elegías del Rus (1993), Dios del venir (1994), Los pájaros regresan a la tarde (1995), Xaire (1998), Apuntes de Alarcón (2001) o Indagación del otoño (2002).
Vaya para hoy, cuarto domingo de Adviento, este soneto suyo que comienza «Hoy tengo ya mi lámpara encendida» y que remite al pasaje evangélico de Lucas que lleva como lema:
«Tened ceñidos vuestros lomos y encendidas las lámparas, y sed como hombres que esperan a su amo de vuelta de las bodas, para que, al llegar él y llamar, al instante le abran» (Lc 12, 35).
Hoy tengo ya mi lámpara encendida, ceñida la cintura, y la alianza en mi dedo vigía; y la esperanza centinela del alba prometida.
Y arde en mi corazón la dolorida llaga de soledad: ¡lenta es la danza de las horas y lenta tu tardanza! Dios del venir[1]: ¡Ardiendo está mi vida!
Y me digo: la noche anuncia al Día; las estrellas al Sol; el suelo al Cielo. ¿A quién anunciará el alma vacía?
Aprenda el Ángel ya su «avemaría» y encienda el aire blanco de su vuelo. Dios del venir, ¡mi corazón te ansia![2]
[1] Esta formulación recuerda el primer verso del primer poema («La transparencia, Dios, la transparencia») de Dios deseado y deseante de Juan Ramón Jiménez: «Dios del venir, te siento entre mis manos, / aquí estás enredado conmigo, en lucha hermosa / de amor, lo mismo / que un fuego con su aire», si bien el significado es distinto en cada caso: en Jiménez, se trata de la formulación de una inmanencia divina (en varias ocasiones afirmó Juan Ramón: «El mío es un dios en inmanencia»); en Alfaro remite a la espera de Cristo que supone el Adviento (adventus significa ʻllegadaʼ o ʻvenidaʼ).
[2] Tomo el texto de Rafael Prieto Ramiro, Como la gallina a sus polluelos (Lc 13, 34). Adviento y Navidad 2002-2003, Madrid, Cáritas Española, 2002, p. 30.
Tras Yehuda ha-Leví, cuya figura evocamos en una entrada anterior, el segundo judío tudelano ilustre es Abraham ibn Ezra (Tudela, h. 1092-Londres, 1184), erudito, poeta, astrónomo, astrólogo, bohemio y vagabundo, comentarista de las Escrituras… Cuenta en su haber con obras de muy variada índole: poéticas, gramaticales, de matemáticas, anatomía y astronomía, filosofía, exégesis bíblica y talmúdica, etc. Algunas de ellas están escritas en latín y ejercieron gran influencia en Europa. Compuso también poesías, en una de las cuales se lee como acróstico el nombre de Tutila (Tudela). Es autor además de algunas moaxajas hebreas con jarchas que recogen elementos lingüísticos romances. Apunta José María Corella:
Dueño de una cultura verdaderamente enciclopédica, predominó en su formación lo científico sobre lo meramente literario. En su obra poética, donde se recogen algunas poesías de carácter hímnico entre las que hay que destacar una conmovedora elegía sobre la destrucción de las aljamas judaicas por parte de los fanáticos almohades, destacan las composiciones de carácter profano. En cuanto a las composiciones de carácter sagrado, lo más destacable es la fuerza, el fervor e incluso la gracia con que las matiza. Encontramos en ella poesías penitenciales, suplicatorias y poesías del destierro, éstas, sin duda, las mejores de toda su producción en verso[1].
En fin, Benjamín de Tudela, cuyo nombre era Benjamín ben Jonad (h. 1130-h. 1173), hizo un largo viaje por el Mediterráneo, Tierra Santa y Asia Menor, y escribió en hebreo Sefer-Massa’ot, esto es, un Itinerario o Libro de viajes, que fue traducido al latín por Arias Montano (Amberes, 1575) con el título Itinerarium Benjamini Tudelensis. Se trata de una obra geográfica y una especie de guía comercial, más que de una pieza literaria, aunque se ha dicho que viene a inaugurar el género del libro de viajes. Y, ciertamente, el libro de Benjamín de Tudela contiene algunas descripciones interesantes, no estando exenta su prosa de ciertos valores literarios. En 1994 el Gobierno de Navarra publicó una edición trilingüe, en euskara, castellano y hebreo, con un estudio introductorio de varios autores. Ricardo Ciérbide, en las pp. 143-144 de ese trabajo, añade los nombres de otros intelectuales aportados en las mismas fechas por las comunidades hebraicas de Navarra.
José María Romera, tras reseñar la figura de estos tres personajes (Yehudá ha-Leví, Abraham ibn Ezra y Benjamín de Tudela), matiza su consideración como escritores navarros: «Sin embargo, ninguno de los autores mencionados admite la clasificación restrictiva de “escritor navarro”, y ello no por su pertenencia a culturas minoritarias, sino por haber transcurrido su vida en otros lugares»[2]. Otros nombres de menor importancia que podríamos mencionar son los de Abraham abu Laifa (un exegeta que marchó a Roma dispuesto a convertir al judaísmo al papa), Chaun ben Samuel (filósofo, autor de varias obras que glosan la teoría cabalista), Izchag Sephorot (comentarista de Abraham ibn Ezra y traductor de Aristóteles), Abu Yayya Zakariyya al-Kalbí, Muhammad ben Shibl… Y ya en el siglo XIV, Menahem ibn Zerah, natural de Estella (nacido hacia 1310, que conoció el ataque de 1328 a la judería de su ciudad natal y escribió Zedah le-Derek o Provisión para el camino, exposición de los deberes religiosos de los judíos) y el rabí David Destiliiah (jurista y predicador, autor de Ciudad del libro, recopilación de los preceptos o instituciones rituales de los judíos, Casa de Dios, una exposición de los preceptos de la ley de Moisés, y Libro de la Torre de David, una colección de sermones tradicionales).
Entre los autores árabes cabe destacar a Abul Abbas al-Tutilí, el Ciego de Tudela (nacido a fines del siglo XI, muerto en 1126), compositor de numerosas jarchas «que se cuentan entre las mejores del género»[3]. Fue un poeta callejero, seguidor del Ciego de Cabra, que escribió ciento cuarenta y nueve zéjeles, coplas y moaxajas. Puede consultarse una edición (del año 2001) de sus moaxajas publicada por el Gobierno de Navarra[4].
[1] José María Corella Iráizoz, La literatura y los escritores hebraicos en Navarra, Pamplona, Diputación Foral de Navarra (Dirección de Educación), 1980, p. 15.
[2] José María Romera Gutiérrez, «Literatura», en AA. VV., Navarra, Madrid, Editorial Mediterráneo, 1993, p. 172a.
[3] Fernando González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dirección General de Cultura-Institución «Príncipe de Viana»), 1989, p. 70.
[4] Abu Al-Abbás Ahmad ben Abdullah Ben Abi Hurayra al-Qaysi (El ciego de Tudela), Las moaxajas, edición al cuidado de Milagros Nuin Monreal y Waleed Saleh Alkhalifa, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2001. Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, Navarra. Literatura, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo-Institución Príncipe de Viana), 2004.
Rafael Morales (Talavera de la Reina, Toledo, 1919-Madrid, 2005), escritor perteneciente a la primera generación poética de la posguerra, se dio a conocer en las páginas de la revista Escorial y obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1954. Su producción lírica está formada por los siguientes títulos: Poemas del toro (1943), El corazón y la tierra (1946), Los desterrados (1947), Poemas del toro y otros versos (1949), Canción sobre el asfalto (1954), Antología y pequeña historia de mis versos (1958), La máscara y los dientes (1962), Poesías completas (1967), La rueda y el viento (1971), Obra poética (1943-1981) (1982), Prado de serpientes (1982), Entre tantos adioses (1993), Obra poética completa (1943-1999) (1999), Poemas de la luz y la palabra (2003) y Obra poética completa (1943-2003) (2004).
«A un esqueleto de muchacha» cierra la sección «Madre tierra», de su poemario El corazón y la tierra (1946)[1] y reelabora «A una calavera» de Lope de Vega, contundente soneto de desengaño barroco incluido en sus Rimas sacras. El texto es, por tanto, como explicita el propio Morales, un «Homenaje a Lope de Vega». Su editor moderno, José Paulino Ayuso, explica en nota al pie el texto que se ha tomado como base:
Se refiere el poeta al soneto de Lope de Vega: «A una calavera», cuyos primeros versos dicen: «Esta cabeza, cuando viva, tuvo / sobre la arquitectura de estos huesos / carne y cabellos, por quien fueron presos / los ojos que, mirándola, detuvo». Luego el poeta moderno imita otros recursos, como la anáfora de los versos 5, 7, 9 y 11: «Aquí la rosa de la boca estuvo… aquí los ojos de esmeralda impresos… Aquí la estimativa que tenía… aquí de las potencias la armonía» (Obras poéticas de Lope de Vega, ed. de José M. Blecua, Barcelona, Planeta, 1983). Para «cabello undoso», véase F. de Quevedo: «Afectos varios de su corazón fluctuando en las ondas de los cabellos de Lisi»[2].
La principal diferencia con el hipotexto barroco es que mientras que Lope se ciñe a cantar la calavera, Morales se refiere a todo el esqueleto de la joven, con enumeración —que sigue el habitual orden descendente de la descriptio puellae— de diversos elementos, a saber, frente, mejilla, pecho, mano, brazo, cuello, cabeza, cabello, pierna y pie.
Paul Delvaux, La conversation (1944)
Homenaje a Lope de Vega
En esta frente, Dios, en esta frente hubo un clamor de sangre rumorosa, y aquí, en esta oquedad, se abrió la rosa de una fugaz mejilla adolescente.
Aquí el pecho sutil dio su naciente gracia de flor incierta y venturosa, y aquí surgió la mano, deliciosa primicia de este brazo inexistente.
Aquí el cuello de garza sostenía la alada soledad de la cabeza, y aquí el cabello undoso se vertía.
Y aquí, en redonda y cálida pereza, el cauce de la pierna se extendía para hallar por el pie la ligereza[3].
[1] Puede verse una «Pequeña historia de El Corazón y la Tierra» en Rafael Morales, Antología y pequeña historia de mis versos, Madrid, Escelicer, 1958, pp. 65-70.
[2] José Paulino Ayuso, en su edición de Rafael Morales, Obra poética completa (1943-2003), Madrid, Cátedra, 2004, p. 154.
[3] Cito por Rafael Morales, Obra poética completa (1943-2003), ed. de José Paulino Ayuso, p. 154.
La presencia del continente africano —que es el tema que ahora me interesa destacar— se concreta, en primer lugar, merced a algunas menciones toponímicas (se habla de ciudades o lugares como Luanda, pp. 44, 56; La Beira, p. 70; Rigel, p. 76; Ciudad de Lourenço Marques, p. 106; Kinshasa y Brazzaville, p. 124); y también por la mención en estos poemas de paisajes exóticos, animales salvajes (panteras, onzas, leopardos, elefantes…), plantas (palmeras, nopal, cactos candelabros…), frutas tropicales (cocos, plátanos, papaya, piña, batata…), junto con algunos elementos de negritud y magia. Más que una descripción exacta y precisa de lugares concretos, hay en estos poemas (sobre todo en los «Nocturnos») una recreación del ambiente del África negra, de su naturaleza exuberante y de la atmósfera embriagadora de sus noches que invitan a la pasión amorosa. Se evocan, por ejemplo, algunos olores y perfumes intensos:
De nuestro jardín cercado por laurel, bambú y naranjos suben perfumes silvestres de polen enloquecido, de magnolias, lirios, nardos… y esto no es lo que me turba, sino el sabor de tus labios (p. 12).
En la composición «De la atmósfera sin aire» se habla asimismo de «bosques de olores fuertes» (p. 28) y se insiste en las notas olfativas con la mención de «perfumes salvajes»:
En la voluptuosidad de los perfumes salvajes tus sentidos se cernían —débil y ardoroso alarde— por pasión que retenía mi actitud inatacable (p. 28).
Acaba ese poema con una invocación a la noche africana: «Noche abrasada del Congo, / no conseguiste quemarme» (p. 30). También la noche se llena de «misteriosos perfumes» en el poema «Cargada de sombra y polen»:
En vez de dormir, la Tierra lanza poderosos gritos; los árboles se estremecen, las ramas ahogan gemidos, las luciérnagas exponen sus abdómenes ignitos, ondas de amor y de celo se extienden por lo infinito.
En la noche voluptuosa se oyen susurros y silbos, escóndense bajo troncos orugas y barrenillos, entre hojas o sobre piedras tienen cita los cubillos, palpitando de deseo croan ranas, cantan grillos (p. 64).
Los insectos y otros pequeños animales que viven «en la caliente tierra africana» (p. 104) inundan la noche con sus quejidos de amor (véanse también las pp. 44, 92 y 96). Y se insiste en los «gritos de amor» que trae la noche africana en el poema «Ciudad de Lourenço Marques» (p. 106). La mención de «perfumes intensos», de «sonidos» y del «polen» esparcido por el aire se reitera en «Noche cerrada»:
Velada por sombras que da el limonero, ardorosa y tímida, espero sus besos mientras en el aire perfumes intensos, sonidos y polen se pierden inquietos (p. 94).
Sensaciones olfativas («Perfumes de almendra y miel») y auditivas («ritmos delgados y largos») se funden asimismo en el poema «La Beira ha sido hoy una ascua». En algunas ocasiones es la voz lírica la que se perfuma para recibir al amante (p. 90)[1].
En cuanto a descripciones del paisaje, podemos mencionar la del poema «Crepúsculo» (p. 108), o esta otra puesta de sol inserta en «El romance de la diosa negra»:
El sol que era de oro pálido se ha vuelto de cobre raro y antes de morir decide ensangrentar el espacio. Entre unas nubes rojizas, las hay como el alabastro; otras jade, verde Nilo, violeta y color de talio. El sol no puede luchar contra un manto de amaranto que le empuja tras la tierra y tras los árboles altos, y resignado se esconde para morir acostado dejando que el amaranto se torne en azul oscuro, por diamantes claveteado (p. 120).
Los sonidos de tambores y canciones resuenan en muchos de estos poemas: así, en «No es porque la noche trae» se oye «lejano canto africano» (p. 12) y suena el tam-tam en «Cargada de sombra y polen»:
A lo lejos muere el eco de un tam-tam ensordecido, y a su ritmo lujuriante serpentean como ofidios negros de negro mirar y tez de ébano bruñido.
Caen los cuerpos al suelo como animales rendidos, rezumantes de sudor y perdidos los sentidos (p. 66).
Y también en el poema «Noche cerrada»:
Se oyen a lo lejos las negras romanzas; sansos imprecisos, risas y palabras, sones ahuecados de tam-tam que lanza ritmos primitivos, indígenas bailan (pp. 92-94).
En «La media noche está lejos» se alude a un «cumbé callado» y a un «zombí» (p. 96). Otros elementos de «negritud» y magia aparecen diseminados aquí y allí, por ejemplo en «De la atmósfera sin aire»:
Era una noche de embrujos y de diabólicos ritos, llena de mágicas artes, de teurgias y maleficios (p. 26).
El mundo de los negros queda sugerido por medio de breves pinceladas: por ejemplo, en la alusión a «los negros por los trillos» (p. 46), a un criado negro que sirve frutas (p. 88) o a los negros que duermen en «La media noche está lejos» (p. 96). Sabor africano y negro tiene todo «El romance de la diosa negra». Comienza con una bella evocación de la joven negra lavando, cuyas manos «se atareaban / como dos flores oscuras / que por blanquearse lucharan» (p. 114). Sigue después una descripción más completa de la bella «negra mozuela»:
El cuello era torre fina, la espalda negra cascada, y los ojos esmeraldas en nácares engarzadas, brillando como dos joyas en el negror de la cara que a rasgos maravillosos un artista cincelara (p. 114)[2].
Un mendigo que aparece la reconoce por diosa (además de tener «cuerpo de diosa», su condición es revelada por una medialuna que lleva al pecho y por la tonada que canta, desconocida en aquel país[3]) y la lleva a la selva, a un prodigioso palacio donde será adorada por el pueblo. También en este poema se hace presente el «retumbante tam tam / que la región alboroza» (p. 132)[4].
[1] El «Tríptico» cuenta la misma historia de amor-desamor que los nocturnos, pero de forma condensada: en el primer poema, la amada se perfuma y prepara para la llegada del amante; en el segundo, él la besa y las estrellas se muestran celosas; en el tercero, se indica que esa noche de pasión queda ya lejos.
[2] Más adelante se mencionan sus encías de color de pulpa de papaya (p. 118).
[3] Hay además una evocación del personaje de Salambó (p. 136).
[4] Cito por María del Villar, Mis nocturnos africanos / Nocturnes africains. Poèmes, Paris, Editions SIPUCO, 1957. Para más detalles remito a un trabajo mío anterior: Carlos Mata Induráin, «El “veneno africano”: la huella de África en la producción literaria de María del Villar Berruezo», en Actas del IV Coloquio Internacional de Estudios sobre África y Asia, Málaga, Editorial Algazara / Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, 2002, pp. 285-300.
La Virgen sueña caminos, está a la espera. La Virgen sabe que el Niño está muy cerca.
Vaya para hoy, tercer domingo de Adviento (tiempo de espera y de esperanza), este bello soneto de Rafael Morales (Talavera de la Reina, Toledo, 1919-Madrid, 2005) centrado en la Encarnación del Verbo, que —en su sencillez poética— no requiere de mayor comento.
Bartolomé Esteban Murillo, La Anunciación (c. 1660). Museo del Prado (Madrid).
Igual que la caricia, como el leve temblor del vientecillo en la enramada, como el brotar de un agua sosegada o el fundirse pausado de la nieve,
debió ser, de tan dulce, tu sonrisa, oh, Virgen Santa, Pura, Inmaculada, al sentir en tu entraña la llegada del Niño Dios como una tibia brisa.
Debió ser tu sonrisa tan gozosa, tan tierna y tan feliz como es el ala en el aire del alba perezosa,
igual que el río que hacia el mar resbala, como el breve misterio de la rosa que, con su aroma, toda el alma exhala[1].
[1] Cito por la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 72.
Genaro Xavier Vallejos (1897-1991) fue un sacerdote nacido en Sangüesa (Navarra) que alternó las actividades propias de su condición religiosa (que desempeñó fundamentalmente en el terreno de lo misional: fue uno de los fundadores del Secretariado Internacional de Misiones y dirigió la prestigiosa revista misional Catolicismo) con su temprana afición a la literatura. Como escritor nos dejó varias obras, de las que la más conocida tal vez sea El Camino, el Peregrino y el Diablo, una deliciosa novela histórica que recrea la peregrinación a Compostela hecha por Carlos III de Navarra, cuando era todavía infante. Pero, además de esta novela (publicada en Pamplona en 1978, por la Diputación Foral de Navarra, y reeditada posteriormente por el Gobierno de Navarra), Vallejos es autor de obras como Volcán de Amor. Escenas de Amor Divino (Madrid, Voluntad, 1923), un drama histórico sobre la figura señera de San Francisco Javier; Viñetas antiguas (Madrid, Imprenta Clásica Española, 1927), una serie de cuadros sobre la vida de Jesús y sobre diversos santos; Pastoral de Navidad (Belén). Poema escénico en seis cuadros (Madrid, Ediciones Alonso, 1942), original pieza que dramatiza el Nacimiento de Cristo, con buscados y sugerentes anacronismos localistas; o Don Vicente (Santa Marta de Tormes, Salamanca, Ediciones CEME, 1982), una biografía novelada del santo fundador de la Congregación de los Padres Paúles. También escribió otras piezas dramáticas como Colación en el convento, Volveré, De vuelta del baile o su adaptación del francés El doctor Patelin. Y en 1925 ganó el prestigioso premio de periodismo «Mariano de Cavia» con un artículo titulado «Mi paraguas»[1].
Como poeta, dejando aparte varias composiciones inéditas, Vallejos es autor de un bello tomito titulado Sonetos a María Inmaculada. En el primer Centenario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción de la siempre Virgen María Madre de Dios, fechado en diciembre de 1954 (s. l., s. e.). Consta este raro poemario de catorce sonetos dedicados a la Virgen María, todos ellos encabezados por citas interpretadas en clave mariana (nueve del Cantar de los Cantares, tres del Apocalipsis, una del Génesis y otra de la «Salve»).
Para hoy, festividad de la Inmaculada Concepción de María, recupero aquí el primero de ellos, titulado «Canción al Alba», que funciona a modo de pórtico del volumen y canta a la Virgen como Aurora del nuevo Sol de Justicia que es Cristo, su Hijo. El yo lírico se dirige a Ella con bellas metáforas («Arca del Sol, Cancel de nuestra vida», «Fanal de la alborada», «Alba del Sol», vv. 3, 9 y 14, respectivamente), confiando en que sea quien ilumine la oscuridad y las sombras de este valle de lágrimas que es el mundo mientras no llega ese Sol del que Ella es anuncio. A su vez, los vv. 5-8 evocan la iconografía habitual de la Virgen María vestida de sol, coronada de estrellas, con la luna debajo de sus pies y pisando el dragón que es imagen del pecado y el mal (que remite al conocido pasaje de Apocalipsis, 12). En fin, es este un soneto presidido por un gozoso tono exclamativo, reforzado por la presencia de varios imperativos dirigidos a la Virgen solicitando su venida (apresura, adelanta, levántate, vuelve, sé…) o el expresivo encabalgamiento estrófico de los vv. 11-12.
Giambattista Tiepolo, La Inmaculada Concepción. Museo del Prado (Madrid).
«¿Quién es esta que avanza como la aurora?…» (Cantar de los Cantares, VI, 9)
Aurora virginal, celeste Aurora de tiernas rosas y de luz vestida, Arca del Sol, Cancel de nuestra vida, ¡apresura, adelanta, que es tu hora!
Aún es noche en el valle. Aún hay quien llora ciego en las sombras. Pero ya, vencida al filo de tu luna, aplasta, herida la sierpe atroz, tu pie de vencedora.
¡Levántate, Fanal de la alborada! Vuelve al cristal del agua su alegría, su verdor al almendro y su mirada
al alma ciega. Y mientras viene el día, sé Tú nuestra esperanza iluminada, ¡Alba del Sol, purísima María![2]
[2] En mi transcripción pongo con mayúscula los nombres aplicados a la Virgen (Alba, Aurora, Arca, Cancel, Fanal) y retoco ligeramente la puntuación. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los Sonetos a María Inmaculada (1954) de Genaro Xavier Vallejos», Zangotzarra, 8, 2004, pp. 127-144, donde transcribo y comento brevemente los catorce sonetos. Con anterioridad había tratado de este poemario en otro trabajo más breve, «Cuatro sonetos de Genaro Xavier Vallejos», Río Arga. Revista navarra de poesía, 86, primer trimestre de 1998, pp. 15-20.
La ciudad de Tudela, y en concreto su judería (la más importante de Navarra), fue el lugar de nacimiento de tres navarros ilustres y universales: Yehudá ha-Leví, Abraham ibn Ezra y Benjamín de Tudela. Hemos de tener presente que la cultura hispano-judía alcanzó un gran desarrollo en torno al reino de taifa de los Banu Hud en Zaragoza y que Tudela sería una prolongación de la taifa zaragozana hasta el año 1119 en que fue incorporada a la cristiandad por Alfonso I el Batallador. Según comenta José María Corella Iráizoz,
Tudela, la Tutila de al-Andalus, florón sobresaliente del reino taifa de Zaragoza de los Banu Hud, es la cuna de la literatura de nuestra tierra y hasta el presente, considerándose en bloque la trayectoria histórica de la literatura en Navarra, nadie puede discutirle la capitalidad de las letras navarras[1].
En los tres judíos tudelanos mencionados vamos a encontrar representados, respectivamente, los campos de la poesía, la ciencia y la literatura de viajes. En conjunto, sus obras constituyen una singular aportación al mundo cultural de ese momento. Los tres escritores nacieron en Tudela en una franja temporal de unos cincuenta años, en un momento que los estudiosos califican como de verdadera Edad de Oro para la comunidad judía. Sin embargo, los tres personajes, inteligentes y cultivados, verdaderos ilustrados para la época, emigraron a centros culturales de otros lugares y fueron embajadores del acervo de la comunidad hispana en toda Europa. Hoy examinaremos la figura del primero de ellos.
Yehudá ha-Leví (Yehudá ben Semuel ha-Leví), nacido en Tudela hacia el 1070, fue llamado por Menéndez Pelayo «príncipe de los poetas hebraico-hispanos»; también en opinión de González Ollé es «el mejor poeta hispanohebreo». Se le ha conocido con el sobrenombre de «El castellano», porque durante cierto tiempo se le creyó natural de Toledo (la confusión tiene su origen en el parecido de las grafías árabes de Toledo y Tudela). Cultivador de temas religiosos y profanos, sus composiciones se clasifican en diversas categorías: poesías báquicas, amorosas, florales, festivas, enigmáticas, de amistad, latréuticas (de glorificación al Creador), del mar, epitalámicas… Del conjunto de su producción cabe destacar las Siónidas (poesía sagrada) y el Qesudá o Himno de la Creación, composición que sigue el Salmo 104. «En ella canta a Dios y a los reinos de la creación con una gran densidad de conceptos bíblicos, hallándose estructurada en series rítmicas pareadas», escribe Corella[2], para quien esta obra, la más famosa y universalmente conocida de Yehudá ha-Leví, es también «lo mejor de toda la literatura hebraicoespañola».
Merece la pena transcribir aquí un par de textos poéticos de Yehudá ha-Leví. En primer lugar, una poesía amorosa (son poemas que suelen centrarse en la descripción de la belleza o el recuerdo de la amada, equiparada muchas veces a una cierva o gacela):
La cierva lava sus vestidos en las aguas de mis lágrimas y los tiende al sol de su esplendor. No precisa agua de manantiales, pues tiene mis ojos, ni sol, con la belleza de su figura.
El segundo texto es un poema báquico, que canta al vino:
Las copas sin vino son pesadas, son arcilla como las vajillas de barro, mas al llenarlas de vino se hacen leves lo mismo que los cuerpos con las almas.
Estos poemas, que reproduzco en traducción española, los compuso Yehudá ha-Leví en hebreo. Pero también se le recuerda como autor de varias cancioncillas o jarchas. Las jarchas son la primera muestra de una manifestación literaria en lengua romance peninsular (son asimismo el testimonio más antiguo de poesía lírica en una lengua románica). Las jarchas han llegado hasta nosotros en escritura hebrea o árabe. No son composiciones autónomas, sino estrofas que cierran a modo de estribillo o finida los poemas llamados muwassahas o moaxajas, cuya composición inició Muqqadam ibn Muafa, el Ciego de Cabra. He aquí tres jarchas de Yehudá ha-Leví, con su correspondiente versión en castellano actual:
Des kuand mieu Cidiello vénid, tan buona albixara!, com’rayo de sol éxid en Wadalachyara.
Cuando mi Cidiello llega, ¡qué buenas albricias!, como rayo de sol sale de Guadalajara.
Bayse meu qorazón de mib. ¡Ya Rabb, si se me tornarad! ¡Tan mal me dóled li-l-habib! Enfermo yed: kuand sanarad?
Vase mi corazón de mí. ¡Ay, Señor, si se me volverá! ¡Tanto dolor por el amigo! Enfermo está: ¿cuándo sanará?
Garid bos, ay yermanellas, kom kontener he mew male. Sin el-habib non bibreyo: ad ob l’irey demandare?
Decid vos, ay, hermanitas, cómo contendré mi mal. No viviré sin mi amigo, ¿adónde le iré a buscar?[3]
Con estas palabras valora José María Corella la aportación lírica del poeta judeo-navarro:
Todo en la poesía y en la obra de Yehudá ha-Leví […] nos habla de un carácter amable, cortés y suave, fácil a los encantos con que le brinda la naturaleza, la juventud, los amigos con cuyo trato se deleita. Conforme los años discurren y la mayor parte de los amigos de su juventud van desfilando bajo las sombras de la muerte, un acento de mayor gravedad se delinea en sus escritos. Es el alma de un poeta, herida por dolores y recuerdos, por experiencias y nostalgias, que madura en sazón sublime de aromas y sentidos sentimientos. El espectáculo de la triste situación de su pueblo (ese pueblo que fue elegido de Dios y tomó en depósito los más altos destinos), sujeto a continuos desmanes y atropellos fuera del oasis que los reinos del norte brindaban, llena de dolor el corazón de este navarro judío y poeta. Pero no encontramos en él ningún atisbo de desaliento. Yehudá es cantor excelso de la esperanza, una esperanza que reside en la nobleza del alma curtida en la afirmación de la más depurada espiritualidad bíblica. Por eso encontramos en su poesía la contraposición de la perenne belleza del alma con la caducidad de las cosas mundanas. Su poesía, ante todo y sobre todo, es una poesía moral entonada a través de la más cálida emoción bíblica y que huye de cualquier tópico de corte moralista y estoico[4].
Yehudá ha-Leví es autor también de una obra filosófica, el tratado titulado Kuzario Libro de la prueba y del fundamento sobre la defensa de la religión despreciada, de enorme importancia en la apologética judaica, y que ejerció poderosa influencia en títulos concretos de don Juan Manuel y de Raimundo Lulio. Corella nos ofrece un resumen de su contenido:
Obra apologética, moldeada sobre un cañamazo de clásica estirpe oriental, tenía el prestigio de un hecho histórico: un rey —el de los Kuzares—, lleno de buena fe en sus obras, pero envuelto en la ignorancia del paganismo, siente la necesidad de remontarse a la verdadera religión. A tal efecto, procura ser instruido en la de los cristianos, en la de los musulmanes después, y, por fin, viendo la base bíblica en que descansan ambas, acude a un sabio judío, quien le conquista para su religión y le instruye en la misma, solventándole las dificultades de toda índole que asaltan al regio neófito[5].
[1] José María Corella Iráizoz, Historia de la literatura navarra. Ensayo para una obra literaria del viejo Reino, Pamplona, Ediciones Pregón, 1973, p. 12.
[2] Corella Iráizoz, Historia de la literatura navarra, p. 12.
[3] Una aproximación a su poesía puede verse en Yehuda Halevi, Nueva antología poética, traducción, prólogo y notas de Rosa Castillo, Madrid, Hiperión, 1997.
[4] Corella Iráizoz, Historia de la literatura navarra, p. 13.
[5] Corella Iráizoz, Historia de la literatura navarra, p. 15. Ver Yehuda Halevi, El Cuzarí. Edición facsímil del Ms. 17.812 (s. XV) de la Biblioteca Nacional, edición literaria y pórtico de Antonio José Escudero Ríos, introducción a cargo del Dr. Carlos del Valle, epílogo del Dr. Manuel Sánchez Mariana, Madrid, [s. n.], 1996. Sobre el autor puede consultarse ahora la ficha que le dedica Rafael Ramón Guerrero en el Diccionario Biográfico electrónico de la Real Academia de la Historia, «Yehudá ben Samuel ha- Levi». Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, Navarra. Literatura, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo-Institución Príncipe de Viana), 2004.
El bloque más extenso del poemario es el formado por los «Nocturnos», que son veintiuno. La noche y la luna africanas son los motivos más repetidos aquí, presentes en casi todos los poemas[1]. La «noche peregrina» del África (p. 38) es por lo general una noche acogedora, cómplice de los amores:
La noche es un manto de seda pesada para los amores, para las espaldas, que pone molicie en seres y plantas que envuelve en blandura la terraza blanca (p. 94).
La voz lírica femenina enunciativa de estos poemas se identifica constantemente con la luna; por ejemplo, en el titulado «En la noche que callaba» se define como vestal ‘sacerdotisa’ y esclava del astro nocturno[2] (en un apóstrofe dirigido a la propia luna):
Yo era tu vestal perdida en las hebras de una vida de confusión y agonía, en las hebras de una vida sin misterio y poesía, y tú, luna bien amada, mi luna de plata viva, me mirabas de la altura grave, desdeñosa, altiva.
Sabías que soy tu esclava hace miles, miles de años, que en antiguas teogonías te vi conducir de estrellas innumerables rebaños; que en noches de plenilunio te ofrecía mi pureza al danzar bajo tus rayos mientras tú, serenamente, recorrías los espacios (p. 20).
En «No me esperes esta noche» la voz lírica rechaza al amante, precisamente porque quiere estar a solas con la luna y confiarle todos sus pensamientos:
Seré toda de la luna en este ambiente dormido viéndola verter tesoros sobre el mar y los caminos, y seré bajo su luz un misterio recogido en jardines de cristal, que tú nunca has conocido (p. 32).
Si el amante lo desea, podrá ver sus ojos reflejados en el resplandor de la luna: «Mira el cielo a media noche. / Las nubes harán castillos / para la luna adornada / con rico traje amarillo […] y verás también mis ojos / reflejados en su brillo» (p. 34). Bajo la luz de la luna baila ella desnuda en ocasiones:
Por maravillas tentada saldré desnuda a la playa. La luna, que es generosa, me hará de luz una falda, irisará las escamas de peces que sobrenadan y me pondrá una corona de coral y conchas blancas. Sobre los flecos de espuma que el mar en la arena lanza bailaré para mí sola danzas rituales y extrañas. Hundiré mis pies descalzos en las dunas solitarias, sollozaré amargamente cuando llegue la mañana (pp. 56-58).
En «Luz de miel era el ambiente», la «loca luna» tira topacios ‘baña todo con su luz’, que es una luz de miel (p. 74); y en «Un rayo de luna viene» leemos: «Un rayo de luna viene / con suave caricia blanca / a ponerme transparente / como es transparente mi alma» (p. 80). En fin, la voz lírica también se identifica con la luna en el último de los «Nocturnos», el titulado «Nimbada de oro pálido»:
Nimbada de oro pálido la luna parecía una extraña princesa con diadema y sin manto.
Por parecerme a ella me nimbé de oro pálido y sonreí a quimeras.
Esperando, esperando mi nimbo se hizo blanco (p. 84).
Pero a veces tenemos noches sin luna. Así, algún poema nos refiere que la noche está oscura, no solo por la falta de la luna sino también, sobre todo, por la ausencia del amante (p. 40, poema «La noche está oscura»). En «Tragedias de amante muerto» la luna llora la muerte de su amante (el sol[3]) de la misma forma que la voz lírica llora la ausencia de su amor. Algo similar sucede en «La luna blanqueó la arena», pues la luna se identifica aquí con ese amor perdido: «y en las alturas, la luna / era de azabache negro» (p. 50): no hay luz, sino total oscuridad[4]. «Sombra y silencio en la noche» describe de nuevo una noche sin luna: «Hoy no hay luna que en el rostro / me ponga reflejos claros» (p. 52), y es también una noche en la que a la voz lírica le faltan los brazos de su amante. En «Una noche blanca blanca» se describe la desilusión que sigue a una brevísima esperanza de amor; todo sucede en el corto espacio de tiempo que media entre el ocultarse de la luna tras unas nubes y su reaparición en el cielo:
Una noche blanca, blanca. Una noche en que bordabas mi silueta en los caminos con el nácar de tu cara, una grande y bella sombra, una sombra enamorada llegó hasta la sombra mía, tiernamente la abrazaba.
Te cubriste toda entera con damasco y terciopelo y en la noche se oyó un grito, ¡ay!… ¡el grito que recuerdo!
Desgarraste en mil jirones damascos y terciopelos, y otra vez mi sombra sola dibujaste por el suelo con el nácar de tu cara, con la albura de tus velos, el resplandor de tu frente y el veneno de tu aliento (p. 68).
Como podemos apreciar por los versos citados, la noche y la luna son dos motivos repetidos con mucha frecuencia. También el mar aparece en algunos de estos poemas, como en «Era aquella noche el mar», asociado a la ilusión perdida (en algunos de estos versos podríamos observar quizá algún eco lorquiano):
Era aquella noche el mar verde de un verde esmeralda, y la espuma de su borde como enaguas de gitana que bailara estremecida por pasión desesperada.
Báilame, orilla del mar, una danza descocada; que el faralá de tus olas venga a golpearme la cara; que el encaje se haga trizas, la ropa toda se caiga, y aparéceme desnuda cual fantástica gitana, con cuerpo de menta verde, con alma de aguas amargas.
Siguió murmurando el mar sin libertar su gitana, y yo me quedé esperando toda la noche en la playa por una ilusión perdida… y ninguna otra encontrada (p. 24)[5].
[1] La luna tiene un extenso y variado simbolismo. Para los valores simbólicos de la luna (símbolo femenino, cíclico, de muerte y resurrección, de inmortalidad, de fecundidad, de melancolía y tristeza…), remito a Hans Bierdermann, Diccionario de símbolos, Barcelona, Paidós, 1996, pp. 277b-280a; Federico Revilla, Diccionario de iconografía y simbología, 2.ª ed. corregida y aumentada, Madrid, Cátedra, 1995, pp. 254b-255a; José Antonio Pérez-Rioja, Diccionario de símbolos y mitos, 5.ª ed., Madrid, Tecnos, 1997, p. 276a, entre otras posibles obras de referencia.
[2] En su novela Saudades… Toujours, la protagonista Aura se dirige así a su amado: «Cheri —dije como absorta—. Si hubiese vivido otras vidas, creería haber sido una sacerdotisa y una adoradora de la luna» (p. 203).
[3] En las pp. 126-28 se habla de la luna velando al sol y resucitándolo con sus lágrimas.
[4] En el poema «La media noche está lejos», de la sección «Tríptico», se indica que «Selene fulge / amortajada» (p. 96).
[5] Cito por María del Villar, Mis nocturnos africanos / Nocturnes africains. Poèmes, Paris, Editions SIPUCO, 1957. Para más detalles remito a un trabajo mío anterior: Carlos Mata Induráin, «El “veneno africano”: la huella de África en la producción literaria de María del Villar Berruezo», en Actas del IV Coloquio Internacional de Estudios sobre África y Asia, Málaga, Editorial Algazara / Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, 2002, pp. 285-300.