«Niño Dios» de Alfonso Junco

El escritor, historiador y académico mexicano Alfonso Junco Voigt (Monterrey, 1896-México, D. F., 1974) publicó en vida los siguientes poemarios: Por la senda suave (1917), El alma estrella (1920), Posesión (1923), Florilegio eucarístico (1926) y La divina aventura (1938). Entre sus libros en prosa se cuentan, entre otros, estos títulos: Cristo (1931), Lope ecuménico (1935), La vida sencilla (1939), El difícil paraíso (1940), España en carne viva (1946), El gran teatro del mundo (1947), Un poeta en casa (1950), Los ojos viajeros (1951), Al amor de Sor Juana (1951), Othón en el recuerdo (1959) y Tiempo de alas (1973).

Niño Jesús con huipil

De entre su poesía de temática navideña cabe recordar algunos títulos como «Navidad cotidiana» o este sencillo romance de rima aguda en ó, que figura bajo el epígrafe «Niño Dios»:

Niño Dios que estás naciendo,
nace aquí en mi corazón,
y en tus hechizos anégame,
y hazme niño y hazme Dios.

Nochebuena, Nochebuena,
fragante de evocación:
¿qué efluvios de cosas idas,
qué perfume de candor,
qué melodías lejanas,
qué balbuciente emoción,
qué manso desasosiego,
qué frescura, qué claror,
qué cosa que no se puede
decir con precisa voz,
nos penetra y sobresalta
y acaricia el corazón?
¿Es un ansia de ser niños?
«Sed niños —dijo el Señor—
si queréis entrar al Reino»;
¡y Él se hizo niño por nos!
¡Y en su noche nos embriaga
un dulce afán de candor!…
¡Oh, qué anhelo de ser niño!
¡Hazme niño, Niño Dios!

«Sed perfectos cual mi Padre
Celestial», dijo tu voz,
y no fue estéril sarcasmo
sino fértil bendición.
«Vosotros también sois dioses»,
clamas. Y Pablo sintió:
«Vivo, pero ya no vivo:
que vive en mí Cristo Dios».
Porque tú nos alimentas
con un pan de exaltación,
que no se hace carne mía
como este pan inferior,
sino que mi carne absorbe
y la transfigura en Dios.
¡Dios quiero ser para amarte
con pleno pago de amor,
Dios por abarcar tu esencia,
Dios para obrar perfección,
Dios por ser uno contigo!…
¡Hazme Dios, oh, Niño Dios!…

Niño Dios que estás naciendo,
nace aquí en mi corazón,
y en tus hechizos anégame
y hazme niño y hazme Dios[1].


[1] Alfonso Junco, Poesía completa, México, D. F., Editorial JUS 1975, pp. 168-169. Cito, con algún ligero retoque en la puntuación, por la antología Cuando rezar resulta emocionante. Poesías para orar, 2.ª ed., refundida y ampliada, selección, presentación y notas de Manuel Casado Velarde, Madrid, Ediciones Cristiandad, 2017, pp. 101-102. Además, en el verso 20 prefiero editar «Él» con mayúscula; en los vv. 41 y 43 se lee «para», pero restituyo los «por» del original.

El «Soneto al Niño Dios» de Francisco Luis Bernárdez

Del poeta y diplomático argentino —hijo de padres españoles— Francisco Luis Bernárdez (Buenos Aires, 1900-Buenos Aires, 1978) ya queda recogido en este blog su «Soneto de la Encarnación» (y también algunas otras composiciones de temática no navideña, como su «Soneto de la Resurrección» o su «Soneto a Cervantes»). Graciela Maturo, a propósito del conjunto de la producción de Bernárdez, explica que

Su aventura poética es en el fondo de raíz mística, asentada en una natural disposición contemplativa, en una vocación musical y verbalizante y en una extraordinaria capacidad para intuir intelectivamente su propia experiencia. Se alían en su obra ese no saber que es propio del entendimiento místico con una plena y comprometida aceptación de la fe revelada y las más finas cuestiones del entendimiento teológico[1].

Niño Jesús llorando

El «Soneto al Niño Dios» pertenece a su poemario Cielo de tierra (Buenos Aires, Editorial Sur, 1937) y dice así:

Te llamé con la voz del sentimiento
antes de la primera desventura,
te busqué con la luz, aún oscura,
que despuntaba en el entendimiento.

Pero siempre, Señor, sin fundamento.
Pero nunca, Señor, con fe segura,
porque la luz aquella no era pura
y aquella voz se la llevaba el viento.

Fue necesario que muriera el día,
que viniera la noche, que callara
la voz y que cesara la alegría,

para que yo te descubriera, para
que la desolación del alma mía
en el llanto del Niño te encontrara[2].


[1] Graciela Maturo, «Francisco Luis Bernárdez, poeta de la noche y el alba», prólogo a Francisco Luis Bernárdez, Antología, Buenos Aires, Editorial Bonum / Secretaría de Cultura de la Nación, 1994, p. 11.

[2] Cito por Francisco Luis Bernárdez, Antología, selección y prólogo de Graciela Maturo, p. 84.

«La nana. Balada al Niño Jesús», de Juan Francisco Muñoz y Pabón

«Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.»
(Juan, 1, 14)

El autor de la letra de esta canción para voz y piano es el canónigo y escritor Juan Francisco Muñoz y Pabón (Hinojos, Huelva, 1866-Sevilla, 1920) y su compositor el músico José María Ramón Gomis (nacido y muerto en Novelda, Alicante, 1856-1939), conocido como el mestre Gomis. La Sociedad de Autores Españoles publicó la partitura en 1904 y la canción fue recopilada por el musicólogo Kurt Schindler en su obra Folk Music and Poetry of Spain and Portugal (New York, Hispanic Institute, 1941), tal como fuera recogida por el autor en Medinaceli (Soria) en torno a 1930. Las primeras grabaciones de la canción datan de 1931, interpretada por Marcos Redondo para la Casa Odeón, y de 1932, por Julio Vidal y su agrupación para La voz de su amo. Existe además un arreglo a cuatro voces mixtas titulado «Fuentecilla que corres» hecho por Eduardo Cifre Gallego, hacia 1974-1975, que es muy popular entre los coros españoles[1]. También se ha popularizado en Hispanoamérica como villancico / canción de cuna, de ahí que en algunos lugares aparezca atribuida al compositor ecuatoriano Segundo Cueva Celi (Loja, 1901-Loja, 1969).

La Virgen María con el Niño Jesús

El texto de la balada es como sigue:

¡A la nanita, nana,
nanita, ea!
Mi Jesús tiene sueño,
¡bendito sea!
Pimpollo de canela,
lirio en capullo;
duérmete, mi vida,
mientras te arrullo.

Fuentecilla que corres
clara y sonora;
ruiseñor que en la noche[2]
cantando lloras…
cantad mientras la cuna
se balancea.
¡A la nanita, nana,
nanita, ea!

Manojito de rosas
y de alelíes,
¿qué es lo que estás soñando,
que te sonríes?
Pajaritos y fuentes,
auras y brisas,
¡respetad ese sueño
y esas sonrisas!

Callad mientras la cuna
se balancea.
¡Que el Niño está soñando!
¡Bendito sea!
¡Ea!
¡A la nanita, nana,
nanita, ea!
¡Ea![3]


[1] En el año 2006 una versión corta de esta canción fue grabada por Raven-Symoné, Adrienne Bailon, Sabrina Bryan y Kiely Williams (The Cheetah Girls) en compañía de la cantante mexicana Belinda para el álbum The Cheetah Girls 2, que es la banda sonora de la película del mismo título.

[2] en la noche: en otras versiones «en la selva».

[3] Cito por Poesía de Navidad para niños y jóvenes, edición preparada por Fernando Carratalá, ilustraciones de Carmen Sáez, Madrid, Ediciones de la Torre, 2013, pp. 125-126, donde figura bajo el título «La nanita. Canción de cuna al Niño Jesús» y a nombre de Segundo Cueva Celi. Modifico ligeramente la puntuación y en el v. 12 cambio «llora» por «lloras», que hace mejor sentido (ʻFuentecilla que corres…, ruiseñor que lloras…, cantad…ʼ).

«De cómo vino al mundo la oración», de Luis Rosales

Hoy, en la tierra, nace el Amor.
Hoy, en la tierra, nace Dios.

Luis Rosales (Granada, 1910-Madrid, 1992) es uno de los poetas españoles que más bellamente y con mayor intensidad ha cantado la Natividad del Señor, sobre todo en su poemario Retablo sacro del Nacimiento del Señor (Madrid, Escorial, 1940; 2.ª ed. corregida y aumentada, Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964, ambas ediciones con ilustraciones de José Romero Escassi). Ya en años anteriores han salido en este blog algunos de los hermosos y sentidos poemas de este Retablo sacro de Rosales, como los titulados  «De cómo fue gozoso el Nacimiento de Dios Nuestro Señor», «De cómo al contemplar por vez primera los ojos de su hijo, nació una estrella nueva», «De cuán graciosa y apacible era la belleza de la Virgen Nuestra Señora», «Callar…», «Villancico de la falta de fe», «Villancico de las estrellas altas», «Donde se cuenta que en el Portal, humilde, le adoraron tres Reyes» o «De cómo estaba la luz ensimismada en su Creador cuando los hombres le adoraron».

Niño Jesús entre la nieve

Para hoy, para esta Nochebuena en la que celebramos la Buena Nueva de que Dios viene al mundo haciéndose carne mortal para redimir al género humano, copiaré este otro soneto, «De cómo vino al mundo la oración», procedente del mismo libro. En la construcción del poema emplea Rosales una imaginería metafórica de significado transparente, que no requiere comentario, y lo remata con un rotundo verso bimembre. Dice así:

De lirio en oración, de espuma herida
por el paso del alba silenciosa;
de carne sin pecado en la gozosa
contemplación del niño sorprendida;

de nieve que detiene su caída
sobre la paja que al Señor desposa;
de sangre en asunción junto a la rosa
del virginal regazo desprendida;

de mirar levantado hacia la altura
como una fuente con el agua helada
donde el gozo encontró recogimiento;

de manos que juntaron su hermosura
para calmar, en la extensión nevada,
su angustia al hombre y su abandono al viento[1].


[1] Cito por Luis Rosales, Obras completas, vol. I, Poesía, Madrid, Trotta, 1996, pp. 224-225. La edición de 1940 del Retablo sacro del Nacimiento del Señor incluía quince poemas navideños. La de 1964 añadía otros quince, además de introducir correcciones en los poemas aparecidos en la primera edición. En las Obras completas forman el volumen, ahora titulado Retablo de Navidad, un total de 39 poemas, donde este aparece con el número 11. En la edición de 1964, donde se lee sin variantes, era el número 9.

África en «Mis nocturnos africanos» (1957) de María del Villar Berruezo (y 4)

Por lo que respecta a la elaboración retórica de este poemario, cabe afirmar que, pese a la marcada —y buscada— sencillez de sus composiciones, podemos detectar cierta soltura en el manejo de algunos recursos retóricos, como la enumeración:

… en recuerdos prodigiosos […]
con paisajes, cielos, puertos,
villas, navíos, océanos;
perfumes, bullicio, piedras,
sobre el esmalte grabados (p. 8).

Ejemplar dedicado por la autora, María del Villar, de Mis nocturnos africanos

Muy utilizadas son las figuras de repetición. Hay, por ejemplo, un par de versos bimembres: «frío hielo, fría estatua» (p. 16), «croan ranas, cantan grillos» (p. 64). Más frecuentes son los paralelismos como «por respeto a tu venida […] / por respeto a tu llegada» (p. 20); «temblando en el aire, / temblando en el suelo» (p. 40). Las repeticiones son muy frecuentes («en las hebras de una vida», p. 20; «y en mil vidas», p. 22; «te seguía», p. 22), y en especial las repeticiones léxicas intensificativas como «sola, sola, sola, sola» (p. 22) o «lejos, lejos, lejos, lejos» (p. 138), ya destacadas por Fernández González como rasgo estilístico propio de la autora. Encontramos también algunos casos de anáfora:

Pienso en misterios eternos,
en su enigma impenetrable,
en las angustias sin fondo,
en abismos insondables,
en la vacuidad humana
y en puertas que ya no se abren (p. 54).

… insensible a tus besos
a tu ardid y a tu maña,
a tus palabras diestras,
a tu arte de fingir (p. 60).

El «Último romance tropical» hace buen uso del empleo de repeticiones y paralelismos, razón por la que lo transcribo entero:

Lejos los mares verdosos,
lejos noches azuladas,
lejos las lunas de plata
como reinas acostadas.

Lejos extraños sonidos,
flores de savias amargas,
lejos veneno africano
que me trastocaste el alma.

Lejos rocas mañaneras
por agua abofeteadas,
y tardes cerniendo el oro
sobre palmeras tostadas.

Lejos cactos candelabros,
lejos las arenas albas,
los caminos amarillos
y las colinas que sangran.

Lejos Cruz del Sur brillando
sobre la inquietud humana,
sobre celos, sobre injurias…
sobre la terraza blanca.

Mares, amor, noches, luna,
gritos, lágrimas, desvelos…
todo remoto, fundido,
lejos, lejos, lejos, lejos (p. 138).

Muchos de los poemas recurren a la apóstrofe, es decir, a la apelación a un tú que puede ser el del amante, la luna, la costa o una ciudad (pp. 9, 14, 18, 20, 27, 32, 40, 52, 60, 68, 80, 100, 106). En algún caso hay antropomorfización de los elementos de la naturaleza, sobre todo de la luna (que llora, p. 30). Algunas metáforas o imágenes tienen cierta fuerza: boca=granate (p. 38); amor naciente=sudario (p. 38); luna=esquife de plata (p. 60); cuerpo=muerto arlequín (p. 60).

En fin, como último rasgo de estilo señalaré que son muy frecuentes en estos poemas de Mis nocturnos africanos los cultismos o voces desusadas, no frecuentes en el lenguaje común; me refiero a términos como blao (p. 8), gecos (p. 12), álficas perlas (p. 16), de ‘desde’ («me mirabas de la altura», p. 20), caliginosa (p. 26), lívidas luces movientes (p. 26), amortecido (p. 28), corindón (p. 34), cencido camino (p. 38), connubios fríos (p. 38), verde berilo (p. 48), obsesión lancinante (p. 54), mirajes (p. 54), abdómenes ignitos (p. 64), cimba (p. 76), mútilo cuerpo (p. 76), apagados rogos (p. 76), tuberosas (pp. 88, 90), himplar (p. 96), languor (p. 100), polana (p. 106), crisopacio (p. 108), lueñe tierra (p. 116), color de talio (p. 120), aralias (p. 130), do ‘donde’ (p. 130), ajaracas (p. 130), glauca (p. 130) o fucilar (p. 136).

Desde el punto de vista métrico y rítmico, Fernández González ha señalado que, junto a poemas logrados como «No me esperes esta noche», hay en este poemario otros «cuyo ritmo adolece de caídas y baches», que por su distribución de acentos no acaban de sonar. Este crítico cita unos versos de «Crepúsculo» como ejemplo de las carencias estéticas detectables en algunos de estos poemas:

El crepúsculo extendía lentamente
sombras azules, verdes y azuladas,
y eminencias de rojiza arcilla,
por titán arañadas,
de sus anchas entrañas descubiertas
sus pisos y subpisos me mostraban (p. 108)[1].


[1] Cito por María del Villar, Mis nocturnos africanos / Nocturnes africains. Poèmes, Paris, Editions SIPUCO, 1957. Para más detalles remito a un trabajo mío anterior: Carlos Mata Induráin, «El “veneno africano”: la huella de África en la producción literaria de María del Villar Berruezo», en  Actas del IV Coloquio Internacional de Estudios sobre África y Asia, Málaga, Editorial Algazara / Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, 2002, pp. 285-300.

El soneto «Hoy tengo ya mi lámpara encendida» de Rafael Alfaro

Ven, ven, Señor, no tardes,
ven, ven, que te esperamos…

Rafael Alfaro (El Cañavate, Cuenca, 1930-Granada, 2004), sacerdote salesiano, es autor de una extensa obra lírica, entre la que se cuentan títulos como El alma de la fuente (1971), Voz interior (1972), Vamos, Jonás (1974), Objeto de contemplación (1978), Tal vez mañana (1978), Cables y pájaros (1979), Música callada (1981), Los Cantos de Contrebia (1985), Tierra enamorada (1986), Escondida senda (1986), La otra claridad (Madrid, 1989), Poemas para una exposición (1991), Salmos desde la noche (1993), Elegías del Rus (1993), Dios del venir (1994), Los pájaros regresan a la tarde (1995), Xaire (1998), Apuntes de Alarcón (2001) o Indagación del otoño (2002).

Cuatro velas de Adviento

Vaya para hoy, cuarto domingo de Adviento, este soneto suyo que comienza «Hoy tengo ya mi lámpara encendida» y que remite al pasaje evangélico de Lucas que lleva como lema:

«Tened ceñidos vuestros lomos y encendidas las lámparas, y sed como hombres que esperan a su amo de vuelta de las bodas, para que, al llegar él y llamar, al instante le abran» (Lc 12, 35).

Hoy tengo ya mi lámpara encendida,
ceñida la cintura, y la alianza
en mi dedo vigía; y la esperanza
centinela del alba prometida.

Y arde en mi corazón la dolorida
llaga de soledad: ¡lenta es la danza
de las horas y lenta tu tardanza!
Dios del venir[1]: ¡Ardiendo está mi vida!

Y me digo: la noche anuncia al Día;
las estrellas al Sol; el suelo al Cielo.
¿A quién anunciará el alma vacía?

Aprenda el Ángel ya su «avemaría»
y encienda el aire blanco de su vuelo.
Dios del venir, ¡mi corazón te ansia![2]


[1] Esta formulación recuerda el primer verso del primer poema («La transparencia, Dios, la transparencia») de Dios deseado y deseante de Juan Ramón Jiménez: «Dios del venir, te siento entre mis manos, / aquí estás enredado conmigo, en lucha hermosa / de amor, lo mismo / que un fuego con su aire», si bien el significado es distinto en cada caso: en Jiménez, se trata de la formulación de una inmanencia divina (en varias ocasiones afirmó Juan Ramón: «El mío es un dios en inmanencia»); en Alfaro remite a la espera de Cristo que supone el Adviento (adventus significa ʻllegadaʼ o ʻvenidaʼ).

[2] Tomo el texto de Rafael Prieto Ramiro, Como la gallina a sus polluelos (Lc 13, 34). Adviento y Navidad 2002-2003, Madrid, Cáritas Española, 2002, p. 30.

Literatura hebraica en la Navarra medieval: Abraham ibn Ezra y Benjamín de Tudela

Tras Yehuda ha-Leví, cuya figura evocamos en una entrada anterior, el segundo judío tudelano ilustre es Abraham ibn Ezra (Tudela, h. 1092-Londres, 1184), erudito, poeta, astrónomo, astrólogo, bohemio y vagabundo, comentarista de las Escrituras… Cuenta en su haber con obras de muy variada índole: poéticas, gramaticales, de matemáticas, anatomía y astronomía, filosofía, exégesis bíblica y talmúdica, etc. Algunas de ellas están escritas en latín y ejercieron gran influencia en Europa. Compuso también poesías, en una de las cuales se lee como acróstico el nombre de Tutila (Tudela). Es autor además de algunas moaxajas hebreas con jarchas que recogen elementos lingüísticos romances. Apunta José María Corella:

Dueño de una cultura verdaderamente enciclopédica, predominó en su formación lo científico sobre lo meramente literario. En su obra poética, donde se recogen algunas poesías de carácter hímnico entre las que hay que destacar una conmovedora elegía sobre la destrucción de las aljamas judaicas por parte de los fanáticos almohades, destacan las composiciones de carácter profano. En cuanto a las composiciones de carácter sagrado, lo más destacable es la fuerza, el fervor e incluso la gracia con que las matiza. Encontramos en ella poesías penitenciales, suplicatorias y poesías del destierro, éstas, sin duda, las mejores de toda su producción en verso[1].

En fin, Benjamín de Tudela, cuyo nombre era Benjamín ben Jonad (h. 1130-h. 1173), hizo un largo viaje por el Mediterráneo, Tierra Santa y Asia Menor, y escribió en hebreo Sefer-Massa’ot, esto es, un Itinerario o Libro de viajes, que fue traducido al latín por Arias Montano (Amberes, 1575) con el título Itinerarium Benjamini Tudelensis. Se trata de una obra geográfica y una especie de guía comercial, más que de una pieza literaria, aunque se ha dicho que viene a inaugurar el género del libro de viajes. Y, ciertamente, el libro de Benjamín de Tudela contiene algunas descripciones interesantes, no estando exenta su prosa de ciertos valores literarios. En 1994 el Gobierno de Navarra publicó una edición trilingüe, en euskara, castellano y hebreo, con un estudio introductorio de varios autores. Ricardo Ciérbide, en las pp. 143-144 de ese trabajo, añade los nombres de otros intelectuales aportados en las mismas fechas por las comunidades hebraicas de Navarra.

Benjamín de Tudela

José María Romera, tras reseñar la figura de estos tres personajes (Yehudá ha-Leví, Abraham ibn Ezra y Benjamín de Tudela), matiza su consideración como escritores navarros: «Sin embargo, ninguno de los autores mencionados admite la clasificación restrictiva de “escritor navarro”, y ello no por su pertenencia a culturas minoritarias, sino por haber transcurrido su vida en otros lugares»[2]. Otros nombres de menor importancia que podríamos mencionar son los de Abraham abu Laifa (un exegeta que marchó a Roma dispuesto a convertir al judaísmo al papa), Chaun ben Samuel (filósofo, autor de varias obras que glosan la teoría cabalista), Izchag Sephorot (comentarista de Abraham ibn Ezra y traductor de Aristóteles), Abu Yayya Zakariyya al-Kalbí, Muhammad ben Shibl… Y ya en el siglo XIV, Menahem ibn Zerah, natural de Estella (nacido hacia 1310, que conoció el ataque de 1328 a la judería de su ciudad natal y escribió Zedah le-Derek o Provisión para el camino, exposición de los deberes religiosos de los judíos) y el rabí David Destiliiah (jurista y predicador, autor de Ciudad del libro, recopilación de los preceptos o instituciones rituales de los judíos, Casa de Dios, una exposición de los preceptos de la ley de Moisés, y Libro de la Torre de David, una colección de sermones tradicionales).

Entre los autores árabes cabe destacar a Abul Abbas al-Tutilí, el Ciego de Tudela (nacido a fines del siglo XI, muerto en 1126), compositor de numerosas jarchas «que se cuentan entre las mejores del género»[3]. Fue un poeta callejero, seguidor del Ciego de Cabra, que escribió ciento cuarenta y nueve zéjeles, coplas y moaxajas. Puede consultarse una edición (del año 2001) de sus moaxajas publicada por el Gobierno de Navarra[4].


[1] José María Corella Iráizoz, La literatura y los escritores hebraicos en Navarra, Pamplona, Diputación Foral de Navarra (Dirección de Educación), 1980, p. 15.

[2] José María Romera Gutiérrez, «Literatura», en AA. VV., Navarra, Madrid, Editorial Mediterráneo, 1993, p. 172a.

[3] Fernando González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dirección General de Cultura-Institución «Príncipe de Viana»), 1989, p. 70.

[4] Abu Al-Abbás Ahmad ben Abdullah Ben Abi Hurayra al-Qaysi (El ciego de Tudela), Las moaxajas, edición al cuidado de Milagros Nuin Monreal y Waleed Saleh Alkhalifa, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2001. Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, Navarra. Literatura, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo-Institución Príncipe de Viana), 2004.

El soneto «A un esqueleto de muchacha» de Rafael Morales

Rafael Morales (Talavera de la Reina, Toledo, 1919-Madrid, 2005), escritor perteneciente a la primera generación poética de la posguerra, se dio a conocer en las páginas de la revista Escorial y obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1954. Su producción lírica está formada por los siguientes títulos: Poemas del toro (1943), El corazón y la tierra (1946), Los desterrados (1947), Poemas del toro y otros versos (1949), Canción sobre el asfalto (1954), Antología y pequeña historia de mis versos (1958), La máscara y los dientes (1962), Poesías completas (1967), La rueda y el viento (1971), Obra poética (1943-1981) (1982), Prado de serpientes (1982), Entre tantos adioses (1993), Obra poética completa (1943-1999) (1999), Poemas de la luz y la palabra (2003) y Obra poética completa (1943-2003) (2004).

«A un esqueleto de muchacha» cierra la sección «Madre tierra», de su poemario El corazón y la tierra (1946)[1] y reelabora «A una calavera» de Lope de Vega, contundente soneto de desengaño barroco incluido en sus Rimas sacras. El texto es, por tanto, como explicita el propio Morales, un «Homenaje a Lope de Vega». Su editor moderno, José Paulino Ayuso, explica en nota al pie el texto que se ha tomado como base:

Se refiere el poeta al soneto de Lope de Vega: «A una calavera», cuyos primeros versos dicen: «Esta cabeza, cuando viva, tuvo / sobre la arquitectura de estos huesos / carne y cabellos, por quien fueron presos / los ojos que, mirándola, detuvo». Luego el poeta moderno imita otros recursos, como la anáfora de los versos 5, 7, 9 y 11: «Aquí la rosa de la boca estuvo… aquí los ojos de esmeralda impresos… Aquí la estimativa que tenía… aquí de las potencias la armonía» (Obras poéticas de Lope de Vega, ed. de José M. Blecua, Barcelona, Planeta, 1983). Para «cabello undoso», véase F. de Quevedo: «Afectos varios de su corazón fluctuando en las ondas de los cabellos de Lisi»[2].

La principal diferencia con el hipotexto barroco es que mientras que Lope se ciñe a cantar la calavera, Morales se refiere a todo el esqueleto de la joven, con enumeración —que sigue el habitual orden descendente de la descriptio puellae— de diversos elementos, a saber, frente, mejilla, pecho, mano, brazo, cuello, cabeza, cabello, pierna y pie.     

Paul Delvaux, La conversation (1944)
Paul Delvaux, La conversation (1944)

Homenaje a Lope de Vega

En esta frente, Dios, en esta frente
hubo un clamor de sangre rumorosa,
y aquí, en esta oquedad, se abrió la rosa
de una fugaz mejilla adolescente.

Aquí el pecho sutil dio su naciente
gracia de flor incierta y venturosa,
y aquí surgió la mano, deliciosa
primicia de este brazo inexistente.

Aquí el cuello de garza sostenía
la alada soledad de la cabeza,
y aquí el cabello undoso se vertía.

Y aquí, en redonda y cálida pereza,
el cauce de la pierna se extendía
para hallar por el pie la ligereza[3].


[1] Puede verse una «Pequeña historia de El Corazón y la Tierra» en Rafael Morales, Antología y pequeña historia de mis versos, Madrid, Escelicer, 1958, pp. 65-70.

[2] José Paulino Ayuso, en su edición de Rafael Morales, Obra poética completa (1943-2003), Madrid, Cátedra, 2004, p. 154.

[3] Cito por Rafael Morales, Obra poética completa (1943-2003), ed. de José Paulino Ayuso, p. 154.

África en «Mis nocturnos africanos» (1957) de María del Villar Berruezo (y 3)

La presencia del continente africano —que es el tema que ahora me interesa destacar— se concreta, en primer lugar, merced a algunas menciones toponímicas (se habla de ciudades o lugares como Luanda, pp. 44, 56; La Beira, p. 70; Rigel, p. 76; Ciudad de Lourenço Marques, p. 106; Kinshasa y Brazzaville, p. 124); y también por la mención en estos poemas de paisajes exóticos, animales salvajes (panteras, onzas, leopardos, elefantes…), plantas (palmeras, nopal, cactos candelabros…), frutas tropicales (cocos, plátanos, papaya, piña, batata…), junto con algunos elementos de negritud y magia. Más que una descripción exacta y precisa de lugares concretos, hay en estos poemas (sobre todo en los «Nocturnos») una recreación del ambiente del África negra, de su naturaleza exuberante y de la atmósfera embriagadora de sus noches que invitan a la pasión amorosa. Se evocan, por ejemplo, algunos olores y perfumes intensos:

De nuestro jardín cercado
por laurel, bambú y naranjos
suben perfumes silvestres
de polen enloquecido,
de magnolias, lirios, nardos…
y esto no es lo que me turba,
sino el sabor de tus labios (p. 12).

Noche africana

En la composición «De la atmósfera sin aire» se habla asimismo de «bosques de olores fuertes» (p. 28) y se insiste en las notas olfativas con la mención de «perfumes salvajes»:

En la voluptuosidad
de los perfumes salvajes
tus sentidos se cernían
—débil y ardoroso alarde—
por pasión que retenía
mi actitud inatacable (p. 28).

Acaba ese poema con una invocación a la noche africana: «Noche abrasada del Congo, / no conseguiste quemarme» (p. 30). También la noche se llena de «misteriosos perfumes» en el poema «Cargada de sombra y polen»:

En vez de dormir, la Tierra
lanza poderosos gritos;
los árboles se estremecen,
las ramas ahogan gemidos,
las luciérnagas exponen
sus abdómenes ignitos,
ondas de amor y de celo
se extienden por lo infinito.

En la noche voluptuosa
se oyen susurros y silbos,
escóndense bajo troncos
orugas y barrenillos,
entre hojas o sobre piedras
tienen cita los cubillos,
palpitando de deseo
croan ranas, cantan grillos (p. 64).

Los insectos y otros pequeños animales que viven «en la caliente tierra africana» (p. 104) inundan la noche con sus quejidos de amor (véanse también las pp. 44, 92 y 96). Y se insiste en los «gritos de amor» que trae la noche africana en el poema «Ciudad de Lourenço Marques» (p. 106). La mención de «perfumes intensos», de «sonidos» y del «polen» esparcido por el aire se reitera en «Noche cerrada»:

Velada por sombras
que da el limonero,
ardorosa y tímida,
espero sus besos
mientras en el aire
perfumes intensos,
sonidos y polen
se pierden inquietos (p. 94).

Sensaciones olfativas («Perfumes de almendra y miel») y auditivas («ritmos delgados y largos») se funden asimismo en el poema «La Beira ha sido hoy una ascua». En algunas ocasiones es la voz lírica la que se perfuma para recibir al amante (p. 90)[1].

En cuanto a descripciones del paisaje, podemos mencionar la del poema «Crepúsculo» (p. 108), o esta otra puesta de sol inserta en «El romance de la diosa negra»:

El sol que era de oro pálido
se ha vuelto de cobre raro
y antes de morir decide
ensangrentar el espacio.
Entre unas nubes rojizas,
las hay como el alabastro;
otras jade, verde Nilo,
violeta y color de talio.
El sol no puede luchar
contra un manto de amaranto
que le empuja tras la tierra
y tras los árboles altos,
y resignado se esconde
para morir acostado
dejando que el amaranto
se torne en azul oscuro,
por diamantes claveteado (p. 120).

Los sonidos de tambores y canciones resuenan en muchos de estos poemas: así, en «No es porque la noche trae» se oye «lejano canto africano» (p. 12) y suena el tam-tam en «Cargada de sombra y polen»:

A lo lejos muere el eco
de un tam-tam ensordecido,
y a su ritmo lujuriante
serpentean como ofidios
negros de negro mirar
y tez de ébano bruñido.

Caen los cuerpos al suelo
como animales rendidos,
rezumantes de sudor
y perdidos los sentidos (p. 66).

Y también en el poema «Noche cerrada»:

Se oyen a lo lejos
las negras romanzas;
sansos imprecisos,
risas y palabras,
sones ahuecados
de tam-tam que lanza
ritmos primitivos,
indígenas bailan (pp. 92-94).

En «La media noche está lejos» se alude a un «cumbé callado» y a un «zombí» (p. 96). Otros elementos de «negritud» y magia aparecen diseminados aquí y allí, por ejemplo en «De la atmósfera sin aire»:

Era una noche de embrujos
y de diabólicos ritos,
llena de mágicas artes,
de teurgias y maleficios (p. 26).

El mundo de los negros queda sugerido por medio de breves pinceladas: por ejemplo, en la alusión a «los negros por los trillos» (p. 46), a un criado negro que sirve frutas (p. 88) o a los negros que duermen en «La media noche está lejos» (p. 96). Sabor africano y negro tiene todo «El romance de la diosa negra». Comienza con una bella evocación de la joven negra lavando, cuyas manos «se atareaban / como dos flores oscuras / que por blanquearse lucharan» (p. 114). Sigue después una descripción más completa de la bella «negra mozuela»:

El cuello era torre fina,
la espalda negra cascada,
y los ojos esmeraldas
en nácares engarzadas,
brillando como dos joyas
en el negror de la cara
que a rasgos maravillosos
un artista cincelara (p. 114)[2].

Un mendigo que aparece la reconoce por diosa (además de tener «cuerpo de diosa», su condición es revelada por una medialuna que lleva al pecho y por la tonada que canta, desconocida en aquel país[3]) y la lleva a la selva, a un prodigioso palacio donde será adorada por el pueblo. También en este poema se hace presente el «retumbante tam tam / que la región alboroza» (p. 132)[4].


[1] El «Tríptico» cuenta la misma historia de amor-desamor que los nocturnos, pero de forma condensada: en el primer poema, la amada se perfuma y prepara para la llegada del amante; en el segundo, él la besa y las estrellas se muestran celosas; en el tercero, se indica que esa noche de pasión queda ya lejos.

[2] Más adelante se mencionan sus encías de color de pulpa de papaya (p. 118).

[3] Hay además una evocación del personaje de Salambó (p. 136).

[4] Cito por María del Villar, Mis nocturnos africanos / Nocturnes africains. Poèmes, Paris, Editions SIPUCO, 1957. Para más detalles remito a un trabajo mío anterior: Carlos Mata Induráin, «El “veneno africano”: la huella de África en la producción literaria de María del Villar Berruezo», en Actas del IV Coloquio Internacional de Estudios sobre África y Asia, Málaga, Editorial Algazara / Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, 2002, pp. 285-300.

«Al gozo de Nuestra Señora cuando se supo Madre de Dios», de Rafael Morales

La Virgen sueña caminos,
está a la espera.
La Virgen sabe que el Niño
está muy cerca.

Vaya para hoy, tercer domingo de Adviento (tiempo de espera y de esperanza), este bello soneto de Rafael Morales (Talavera de la Reina, Toledo, 1919-Madrid, 2005) centrado en la Encarnación del Verbo, que —en su sencillez poética— no requiere de mayor comento.

Bartolomé Esteban Murillo, La Anunciación (c. 1660). Museo del Prado (Madrid)
Bartolomé Esteban Murillo, La Anunciación (c. 1660). Museo del Prado (Madrid).

Igual que la caricia, como el leve
temblor del vientecillo en la enramada,
como el brotar de un agua sosegada
o el fundirse pausado de la nieve,

debió ser, de tan dulce, tu sonrisa,
oh, Virgen Santa, Pura, Inmaculada,
al sentir en tu entraña la llegada
del Niño Dios como una tibia brisa.

Debió ser tu sonrisa tan gozosa,
tan tierna y tan feliz como es el ala
en el aire del alba perezosa,

igual que el río que hacia el mar resbala,
como el breve misterio de la rosa
que, con su aroma, toda el alma exhala[1].


[1] Cito por la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 72.