«De cómo estaba la luz ensimismada en su Creador cuando los hombres le adoraron», de Luis Rosales

¡Aleluya, aleluya, ha nacido el Salvador!

Luis Rosales (Granada, 1910-Madrid, 1992) es uno de los autores españoles que nos han dejado bellos poemas dedicados al tema de la Natividad del Señor. En este sentido cabe recordar especialmente su poemario Retablo sacro del Nacimiento del Señor (Madrid, Escorial, 1940; 2.ª ed. corregida y aumentada, Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964, ambas ediciones con ilustraciones de José Romero Escassi). En el «Prólogo» a la edición de 1964 escribía el poeta:

De niño, allá en Granada y en la infancia, las lucecitas azules y rojas y amarillas del Belén, la plata de las aguas; los pastores y la nieve en la sierra; los ganados, la ermita y el blanco espejeante y acurrucado de la cal en el pueblo; el carrito de bueyes con los adrales, las mieses y el boyero de la aguijada; la risa de mi madre con un poco de musgo sobre el labio, y ¡en fin!, el movimiento de las figuras que íbamos acercando todos los días un poco hacia el Portal. Y yo, alelado, sin movimiento corporal alguno, me pasaba las horas muertas ante la hiedra que festoneaba el nacimiento, me pasaba las horas muertas aprendiendo a nacer. Mientras esta impresión no se me borre seguiré siendo niño. Sí, panderos, sonajas y el bullir de la sangre en Nochebuena, cuando se reunía toda la familia ante el Belén y cantábamos y cantábamos villancicos hasta que el sueño nos rendía. Y luego, algo más tarde, en el año mil novecientos cuarenta, escribí de un tirón este libro. Lo escribí recordándolo, viéndolo, moviendo con la mano sus figuras, y por esto le he llamado Retablo. Desde entonces, todos los años he cumplido esta cita conmigo mismo y con los míos y he escrito villancicos como si los cantara; he escrito villancicos quizás con el deseo de que todo lo que era mío no se acabara de una vez. Ahora los junto todos para juntarme, y doy gracias a los amigos que me ayudaron a escribirlos[1].

Algunos de los poemas del Retablo sacro de Luis Rosales ya han ido apareciendo en este blog en años anteriores: así, por ejemplo, los titulados  «De cómo al contemplar por vez primera los ojos de su hijo, nació una estrella nueva», «De cuán graciosa y apacible era la belleza de la Virgen Nuestra Señora», «Donde se cuenta que en el Portal, humilde, le adoraron tres Reyes»«Callar…», «De cómo fue gozoso el Nacimiento de Dios Nuestro Señor», «Villancico de la falta de fe» y «Villancico de las estrellas altas».

El Greco, Adoración de los pastores (1612-1614). Museo del Prado (Madrid)
El Greco, Adoración de los pastores (1612-1614). Museo del Prado (Madrid)

Hoy reproduciré su hermoso soneto «De cómo estaba la luz ensimismada en su Creador cuando los hombres le adoraron», perteneciente al mismo poemario:

El sueño como un pájaro crecía
de luz a luz borrando la mirada;
tranquila y por los ángeles llevada
la nieve, entre las alas, descendía.

El cielo deshojaba su alegría;
mira la luz al niño ensimismada;
con la tímida sangre desatada
del corazón, la Virgen sonreía.

Cuando ven los pastores su ventura,
ya era un dosel el vuelo innumerable
sobre el testuz del toro soñoliento;

y perdieron sus ojos la hermosura,
sintiendo, entre lo cierto y lo inefable,
la luz del corazón sin movimiento[2].


[1] Cito por Luis Rosales, Obras completas, vol. I, Poesía, Madrid, Trotta, 1996, p. 213. La edición de 1940 incluía quince poemas navideños. La de 1964 añadía otros quince, además de introducir correcciones en los poemas aparecidos en la primera edición. En las Obras completas forman el Retablo sacro un total de 39 poemas.

[2] Rosales, Obras completas, vol. I, Poesía, p. 229, donde es el poema número 18 del Retablo sacro. En la edición de 1940 es el número 9 y el título figura «De cómo estaba la luz, ensimismada en su Creador, cuando los hombres le adoraron». Además, en el v. 4 se lee sin comas «la nieve entre las alas descendía»; en el v. 5 hay coma en vez de punto y coma, y en el v. 9 falta la coma final. En la edición de 1964 es el poema número 15, y el título y la puntuación son los que se reproducen en Obras completas.

«Villancico de la estrella necesaria», de Ángel de Miguel

Escuchad, hermanos, una gran noticia:
«Hoy en Belén de Judá os ha nacido el Salvador».

Esta noche es Nochebuena, nace hoy el Niño Dios Salvador del mundo y, como en años anteriores, en este blog recordaremos su nacimiento con poesía a lo largo de estas fiestas. Para este día traigo un poema de Ángel de Miguel titulado «Villancico de la estrella necesaria». Pero, antes de copiar su texto, quiero contaros la pequeña historia de su génesis.

Ayer, conversando con Constantino López Sánchez-Tinajero, uno de los buenos amigos de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan, hablábamos de si aparecía la Navidad en el Quijote, y también de si habría algún poema que llevase a don Quijote y Sancho Panza hasta el Portal de Belén. La respuesta a lo primero es sí, y en este escrito de Constan que se publica hoy en Cuadernos Manchegos (incluido también en el blog de la Sociedad Cervantina de Alcázar) puede rastrearse esa presencia de «La Navidad en el Quijote».

Respecto a lo segundo, algo hay también: nuestra llorada amiga Carmen Agulló Vives, que fue una asociada muy querida de la Asociación de Cervantistas, tiene un «Villancico de don Quijote y Sancho», que usó primero para felicitar las Navidades de 2004 y luego publicó en varios lugares (lo transcribiré aquí en los próximos días). Ayer por la tarde, cuando llamó para felicitarme otro excelente amigo, Ángel de Miguel (poeta castellano-navarro: burgalés de nacimiento, en La Nuez de Arriba, pero afincado en Estella desde hace muchos años), hablamos también de estos temas y le “desafié” a ver si le salía algo al respecto. Ni corto ni perezoso, Ángel se puso a la labor y cumplió con el “encargo”, de forma que esta mañana me ha llegado su texto, con este mensaje: «Ahí te va, muy querido Carlos, el villancico del reto. Con temblor e inseguridad, lo escribí ayer por la noche. He dejado que reposara unas doce horas. Hoy te lo envío, no sin miedo de haberme ido por los cerros de la Mancha». Pues bien, el poema, escrito en la mejor tradición romanceril, evoca a la inmortal pareja cervantina en el momento de colocar las figuras del Belén, entre las que está la de un «ángel manco» (¡bello guiño!). Añadiré tan solo que de Ángel de Miguel ya han quedado recogidos otros villancicos en este blog, a saber, el «Villancico de la Fuente de Irache» y el «Villancico triste para un Niño sin posada».

El «Villancico de la estrella necesaria», que rezuma sencillez y ternura, dice así:

Noche de pandemia y frío.
En un lugar de la Mancha
es veintitrés de diciembre
bajo una niebla de espadas.
Un hidalgo y un labriego,
par de sombras asustadas,
desgranan nostalgias niñas
y sus mazorcas de infancia.
Van colocando figuras
de un belén de eterna magia,
con José que sueña lirios
y una Madre enamorada
del Hijo que le ha nacido,
aurora recién llorada.
El calmo buey y la mula
son dos velas desveladas.
Un ángel manco despliega
un Quijote de esperanza:
es la música encendida
de la estrella necesaria
que pone luz al pesebre
donde titilan las almas
del hidalgo don Alonso
y un labriego de la Mancha.

(Estella, Navidad de 2021)

Imaginería barroca en los autos marianos de Calderón: representaciones emblemáticas y metáforas varias

Hemos visto en La Hidalga la imagen de la Naturaleza esclava, con la cara herrada. Otra representación emblemática tópica es la del amor ciego: pues bien, Calderón recurre a ella en PS, p. 804b[1], a la hora de presentar el sacrificio de Isaac, al que se ve en el primer carro, que figura una montaña, con los ojos vendados (porque Abrahán, al ir a inmolar a su hijo único, da indicio de un Amor ciego a Dios).

Rembrandt, El sacrificio de Isaac. Museo del Ermitage (San Petersburgo, Rusia)
Rembrandt, El sacrificio de Isaac. Museo del Ermitage (San Petersburgo, Rusia)

Metáfora tópica es la de hierba=esmeralda, por el color verde de la piedra preciosa. Laureta, comentando que la región está infestada de bandidos, señala que no hay hierba «que amaneciendo esmeralda, / rojo rubí no anochezca» (MC, p. 1143a); aquí se añade el elemento rubí para significar la hierba cubierta por la sangre de las víctimas de los salteadores. En QH, se menciona la esmeralda (ya sin mención del término real hierba) «vuelta / en acero» (p. 666a), para indicar que el campo está cubierto por las tropas de Sísara (acero es, a su vez, metonimia por armas). En otra ocasión no se refiere a la hierba sino a la mies verde, en combinación con la metáfora oro=trigo: «golfos de oro, arroyos de esmeralda» (ER, p. 1094a). Con semejante valor lírico encontramos la equiparación de la lana de las ovejas con plata, cristales ‘agua’ y nieve:

Desde Faran a Maón,
lindes que el Carmelo cercan,
corren con temor las aguas,
cuando descienden a ellas [las ovejas]
a consumir sus cristales;
y en el esquilmo a que llegas,
golfos de nieve verás
que les hacen competencia,
pues entre plata que corre
y plata que se está queda,
su misma lana las reses
tal vez se beben sedientas (FC, p. 638b).

Otras imágenes o metáforas frecuentes en los autos responden a un sentido religioso o están tomadas directamente de pasajes bíblicos: aguas=tribulaciones de la vida (MC, pp. 1141b y 1146b); la Nave de la Iglesia (MC, p. 1146b); hombre=templo vivo de Dios (MC, p. 1146b); las estrellas y las arenas ‘fecundidad’, ya en la descendencia de Abrahán (PS, pp. 802b y 805a) o de Isaac y Rebeca (PS, p. 818a), ya para encomiar el número de tropas (CA, p. 572b); el hombre como pequeño mundo (FC, p. 636b; MC, p. 1148a); seno materno=primer sepulcro del hombre (HV, p. 116b); el dedo de Dios como buril que deja escrita la ley de gracia (HV, p. 118a y MC, p. 1140a), etc.

Otras, en cambio, pertenecen a la tradición lírica: lágrimas=perlas (MC, p. 1142b); las flores del prado y las estrellas del cielo (PS, p. 810b); Babilonia ‘confusión’ (FC, p. 648a); Ofir, metonimia por ‘oro’, que sirve como imagen para el ‘color rubio del cabello’ (ER, p. 658a); orbe=Babilonia (ER, p. 660a); edificios=Narcisos (CA, p. 566b); Culpa=volcán, Etna (HV, p. 118a, como suele ser habitual, asociada a personajes como la Culpa; la imagen del volcán como bostezo de la tierra en FC, p. 639a); Luzbel=estrella arrancada=luz desasida=errado cometa (FC, p. 639a); los cuatro elementos (ER, p. 672b)…[2]


[1] Todas las citas corresponden a Pedro Calderón de la Barca, Obras completas, tomo III, Autos sacramentales, ed. de Ángel Valbuena Prat, 2.ª reimp. de la 2.ª ed., Madrid, Aguilar, 1991. En lo que sigue emplearé las abreviaturas de las Concordancias de Flasche: HV (=La Hidalga del valle), MC (=A María el corazón), ER (=Las espigas de Ruth), QH (=¿Quién hallará mujer fuerte?), FC (=La primer Flor del Carmelo), PS (Primero y segundo Isaac), CA (=El cubo de la Almudena) y OM (=Las Órdenes Militares).

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Imaginería barroca en los autos marianos de Calderón», en Ignacio Arellano, Juan Manuel Escudero, Blanca Oteiza y M. Carmen Pinillos (eds.), Divinas y humanas letras. Doctrina y poesía en los autos sacramentales de Calderón, Kassel, Edition Reichenberger, 1997, pp. 253-287.

Poesía de Adviento: «Isaías», de Pedro Miguel Lamet, SJ

El Adviento es esperanza;
la esperanza, salvación;
ya se acerca el Señor.
Preparemos los caminos,
los caminos del amor;
escuchemos su voz.

(Carmelo Erdozáin, «Abre tu tienda al Señor»,
Nuevos cantos de Adviento y Navidad)

Vaya para este cuarto domingo de Adviento —tiempo de esperanzada espera de la Navidad y el nacimiento del Niño Dios— otro soneto de Pedro Miguel Lamet, SJ (Cádiz, 1941- ), «Isaías», perteneciente a su libro La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad. Forma parte de la serie «Tres profetas de Adviento», junto con los también sonetos «Juan el Bautista» y —ya recogido en este blog— «María».

Isaías profetiza el nacimiento de Jesús
Isaías profetiza el nacimiento de Jesús

«Isaías» es el primer soneto de la serie, y este es su texto:

Mirad, la joven está encinta
y dará a luz un hijo…
Porque un niño nos ha nacido,
nos han traído un hijo,
consejero maravilloso,
príncipe de la paz.

(Isaías, 7, 14; 9, 4-5)

Él miraba a lo lejos una tarde
el horizonte rojo de temblores
y el asirio imperio en los horrores
que avanza, mata, arrasa, hiere y arde,

empuñando la espada del cobarde.
Cuando una luz deshace sus dolores
y de la sangre brota entre las flores
una visión de paz como un alarde:

¡No temas más, que ya amanece un sueño:
un hijo trae la luz sobre la tierra,
un niño se os dará, la joven madre

ya está encinta y en su seno encierra
el sendero de amor con que se abre
al mundo un Dios que anhela ser pequeño![1]


[1] Pedro Miguel Lamet, SJ, La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad, Bilbao, Ediciones Mensajero, 2016, p. 71. Los tres poemas quedaron recogidos también el 13 de diciembre de 2020 en el blog unassemillitas.com, de Daniel S. Barbero, entrada titulada «Tres personajes del Adviento». Ahí escribe el propio Lamet: «Avanzamos en el Adviento. La liturgia nos presenta tres profetas de este tiempo de caminar en la esperanza: Isaías, Juan el Bautista y María, a los que he dedicado tres sonetos».

«El caballero de Dios Ignacio de Loyola» (1923), de Juan Marzal, SJ (1)

La figura ingente de San Ignacio de Loyola ha dado lugar a numerosos acercamientos literarios, en distintas épocas y en distintos géneros[1], entre ellos también el teatro. Como estamos en Año Ignaciano, en sucesivas entradas abordaré el comentario de dos piezas dramáticas españolas del siglo XX que tienen como protagonista al fundador de la Compañía de Jesús: El caballero de Dios Ignacio de Loyola (1923), de Juan Marzal, SJ, y El capitán de sí mismo (1950), de Manuel Iribarren[2].

San Ignacio de Loyola

El título completo y los datos de la primera obra son los siguientes: El caballero de Dios Ignacio de Loyola. Monólogos y escenas dramáticas, por el Padre Juan Marzal, SJ (Buenos Aires, Sebastián de Amorrortu, 1923). Como indica el subtítulo, estamos ante un conglomerado de piezas dramáticas en las que el protagonista principal es San Ignacio de Loyola pero también, a su lado, San Francisco Javier. Dado que se trata de unas obras de teatro ignaciano no demasiado conocidas, parece oportuno dar una descripción detallada del contenido del libro, que servirá al mismo tiempo para ir apuntando los principales detalles relativos al estilo.

El volumen se abre con un par de dedicatorias; la primera, «A mis padres», fechada en Santa Fe (República Argentina), el «31 de julio de 1923. Día de San Ignacio de Loyola», en la que el autor habla de su amor filial al fundador de la Compañía de Jesús, al que llama «mi padre del alma»; y la segunda «A todos los alumnos de los colegios de la Compañía de Jesús», donde encontramos la siguiente explicación:

Este librito es para vosotros. Leeréis en él muchos versos y mucha más prosa. […]. Tenéis obligación de conocer su vida [la de San Ignacio]. Es muy interesante. Fue capitán valiente, mendigo famoso, peregrino incansable, doctor por París y cazador de almas a prueba de insultos, pedradas, procesos y persecuciones. Conocéis sus andanzas por España, por la Tierra Santa, por Francia y por Italia, por Flandes e Inglaterra; pero no las habéis visto en acción y sobre las tablas de un teatro (p. 7).

Se indica ahí que estos cuadros fueron representados en Santa Fe en 1921 y 1922 por los alumnos del Colegio de la Inmaculada «con gran aparato de trajes y espléndido decorado»:

Ahora han querido imprimir los cuadros que en esos dos años representaron, confiados en que vuestra privilegiada fantasía sabrá reproducir las interesantes escenas que no visteis. Leedlas con atención. La merece el héroe (p. 7).

El autor les dice a los niños que deben estar orgullosos de ser alumnos de los jesuitas; se lo deben a Ignacio, que fue «todo cabeza y corazón, educador sin par» (p. 7). Más adelante añade:

En los cuadros, escenas y monólogos de este librejo reconoceréis al soldado bravísimo —era vasco y luchaba en Navarra—; al herido que no tiembla ante la sierra y el cuchillo de los cirujanos; al penitente que azota su cuerpo para devolverle a Dios la gloria robada con sus pecados juveniles; al paciente pescador y cazador infatigable que caza y pesca doctores con verdades evangélicas y desengaños del mundo. Y en el drama histórico Desdén, afición y amor veréis al doctor Javier que, después de morder la carnada, deja limpio el anzuelo, y aunque acude al reclamo, sabe hurtar el cuerpo a las redes del astuto pescador. Pero como Dios ayudaba a Ignacio, el Doctor por la Sorbona cayó por fin y el gran navarro y el gran vasco fueron dos cuerpos en un alma, santos los dos, canonizados en un mismo día, Padres de vuestros Padres, gloria y ornamento de la Iglesia y de la Compañía de Jesús (p. 8).

Tras indicar que los jóvenes deben imitar a Javier en su gallarda resolución de hacerse discípulo de Ignacio, Marzal anuncia el comienzo de las diversas piezas que componen su obra: «Y ahora, guardad silencio, que se alza la cortina para dar paso al Trovador de antaño» (p. 8)[3].


[1] Véase a este respecto el trabajo de Carlos Mata Induráin «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 145-176, además de la fundamental obra de referencia del Padre Ignacio Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, Salamanca, Universidad Pontificia, 1983.

[2] Aunque este trabajo (realizado en el marco de las investigaciones del Equipo HILINA, Historia literaria de Navarra, de la Universidad de Navarra) lo asumimos como propio los dos autores, dejamos constancia de que la obra de Marzal ha sido trabajada por Carlos Mata Induráin y la de Manuel Iribarren por María Ángeles Lluch Villalba. Por supuesto, existen otras piezas dramáticas del siglo XX en las que interviene San Ignacio de Loyola; mencionaremos, por ejemplo, El Divino Impaciente (1933), de José María Pemán (centrada en la figura de San Francisco Javier, pero con una destacada presencia de Ignacio; baste recordar el célebre romance «de los consejos» que declama Ignacio en el momento de la despedida en Roma), o El capitán de Loyola (1941), de Ramón Cué, entre otras. Para la obra de Pemán, ver Carlos Mata Induráin, «San Francisco Javier en el teatro español del siglo XX: Volcán de amor (1922) de Vallejos y El divino impaciente (1933) de Pemán», en Ignacio Arellano, Alejandro González Acosta y Arnulfo Herrera (eds.), San Francisco Javier entre dos continentes, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007, pp. 133-150.

[3] Para más detalles remito a María Ángeles Lluch Villalba y Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola en el teatro español del siglo XX: El caballero de Dios Ignacio de Loyola (1923) de Juan Marzal, SI y El capitán de sí mismo (1950) de Manuel Iribarren», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 315-337. Sobre el tratamiento literario del santo en los siglos XVI y XVII, puede verse el ya citado trabajo de Carlos Mata Induráin «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro».

Toledo en «Camino de perfección»(1902), de Pío Baroja (y 2)

Los capítulos de la novela de Pío Baroja ambientados en Toledo son los que van del XX al XXXI[1]. En sus recorridos, Ossorio constata que la vida religiosa y espiritual de la ciudad está en decadencia. Su visión se centra más bien en el plano artístico, encarnado sobre todo en el famoso cuadro de El entierro del Conde de Orgaz, que el protagonista visita casi a oscuras (citaré más adelante este pasaje). Como escribe Weston Flint, «En Toledo Fernando responde con sensibilidad estética a lo religioso. Lo estético, el artificio, como solución final, es anti-natural»[2]. En efecto, Toledo no le ha traído la luz que esperaba; sigue confuso y desesperado, continúa el estado doloroso de su alma. En Toledo sentirá la tentación del misticismo cristiano… y el amor. Pero la muerte le sigue persiguiendo: hay que recordar, en este sentido, la escena del ataúd de la niña y también el intento de seducción de Adela, que se remata negativamente, pues termina viendo en ella un muerto (confusión de erotismo, religión y muerte).

Se va a producir, por fin, el paso a la vía unitiva. La fallida relación con Adela le sirve a Fernando para conocerse mejor a sí mismo, y de nuevo toma ahora la decisión de partir, esta vez hacia el Levante. Allí, en los pueblos de Yécora y Marisparza, sentirá su alma vaciada, encontrará por fin la paz, en contacto con la naturaleza, en una especie de unión extática con ella. Por vez primera Ossorio se siente fuerte, enérgico, seguro de sí mismo. Se casa y tiene descendencia, pero el final de la novela queda abierto: su hijo (parecen sugerir las últimas líneas del relato) se verá abocado a repetir su misma lucha. El camino de perfección seguido por el protagonista se prolongará en la generación siguiente…

Tal es, en resumidas cuentas, el desarrollo de la acción de la novela barojiana. Pero veamos ya algunas descripciones centradas en Toledo. Así, en el capítulo XXIII, Ossorio deambula sin rumbo fijo por las callejuelas en cuesta toledanas hasta que topa con Santo Tomé:

Se había nublado; el cielo, de color plomizo, amenazaba tormenta. Aunque Fernando conocía Toledo por haber estado varias veces en él, no podía orientarse nunca; así que fue sin saber el encontrarse cerca de Santo Tomé, y una casualidad hallar la iglesia abierta. Salían en aquel momento unos ingleses. La iglesia estaba obscura. Fernando entró. En la capilla, bajo la cúpula blanca, en donde se encuentra El enterramiento del Conde de Orgaz, apenas se veía; una débil luz señalaba vagamente las figuras del cuadro. Ossorio completaba con su imaginación lo que no podía percibir con los ojos. […]

En el ambiente obscuro de la capilla el cuadro aquel parecía una oquedad lóbrega, tenebrosa, habitada por fantasmas inquietos, inmóviles, pensativos. […]

De pronto, los cristales de la cúpula de la capilla fueron heridos por el sol y entró un torrente de luz dorada en la iglesia. Las figuras del cuadro salieron de su cueva. […]

En hilera colocados, sobre las rizadas gorgueras españolas, aparecieron severos personajes, almas de sombra, almas duras y enérgicas, rodeadas de un nimbo de pensamiento y de dolorosas angustias. El misterio y la duda se cernían sobre las pálidas frentes.

Algo aterrado de la impresión que le producía aquello, Fernando levantó los ojos, y en la gloria abierta por el ángel de grandes alas, sintió descansar sus ojos y descansar su alma en las alturas donde mora la Madre rodeada de eucarística blancura en el fondo de la Luz Eterna.

Fernando sintió como un latigazo en sus nervios, y salió de la iglesia (pp. 149-151).

El Greco, El entierro del señor de Orgaz. Iglesia de Santo Tomé (Toledo)
El Greco, El entierro del señor de Orgaz. Iglesia de Santo Tomé (Toledo).

Esta otra descripción, que leemos en el capítulo XXV, resulta interesante porque muestra cómo el paisaje se tiñe de misticismo y, al mismo tiempo, le recuerda al personaje el pasado imperial de la ciudad:

Callejeando salió a la puerta del Cambrón, y desde allá, por la Vega Baja, hacia la puerta Visagra.

Era una mañana de octubre. El paisaje allí, con los árboles desnudos de hojas, tenía una simplicidad mística. A la derecha veía las viejas murallas de la antigua Toledo; a la izquierda, a lo lejos, el río con sus aguas de color de limo; más lejos, la fila de árboles que lo denunciaban, y algunas casas blancas y algunos molinos de orillas del Tajo. Enfrente, lomas desnudas, algo como un desierto místico; a un lado, el hospital de Afuera, y partiendo de aquí, una larga fila de cipreses que dibujaba una mancha alargada y negruzca en el horizonte. El suelo de la Vega estaba cubierto de rocío. De algunos montones de hojas encendidas salían bocanadas de humo negro que pasaban rasando el suelo (pp. 159-160).

Mientras contempla el paisaje, un torbellino de ideas melancólicas, informes, indefinidas, gira en la mente de Osorio, que se sienta a descansar en un banco de la Vega:

Desde allá se veía Toledo, la imperial Toledo, envuelta en nieblas que se iban disipando lentamente, con sus torres y sus espadañas y sus paredones blancos (p. 160).

Hay algunos otros pasajes que podrían citarse (por ejemplo, en el capítulo XXIX, el encuentro con la hermana Desamparados en el convento de Santo Domingo el Antiguo, que da lugar a una fantasía erótico-mística; o, en el siguiente, la visita a la catedral), pero son quizá menos significativos. Lo importante, en el desarrollo de la acción novelesca, es que la estancia en Toledo no logra sacar a Fernando Ossorio de su abulia ni trae a su espíritu la añorada paz[3]. Finalizaré recordando lo que escribe Caro Baroja a propósito de la presencia de Toledo en esta novela:

Así aparece Toledo, con todo el misterio de sus celosías y tornos en portalones fríos de conventos cerrados, donde las apartadas del mundo se consagran a su esposo y Señor, embriagadas por los ince[n]sarios y los arpegios lastimeros del órgano, tras las rejas encerrando misterios infinitos, con los cuadros de El Greco destilando lágrimas largas, carmines vivos en esa droga luminosa de la espiritualidad, de la interioridad, que aparece como siempre en las místicas junto al amor, en este caso en la monjita de Santo Domingo el Antiguo, la hermana Desamparados, que como un relámpago enciende la vida y nos deja después desamparados y con una espina clavada en el cerebro[4].


[1] Citaré por Pío Baroja, Camino de perfección (Pasión mística), prólogo de Pío Caro Baroja, Madrid, Caro Raggio, 1993.

[2] Weston Flint, «Mística barojiana en Camino de perfección», en Actas del Sexto Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas celebrado en Toronto del 22 al 26 de agosto de 1977, Toronto, University of Toronto (Department of Spanish and Portuguese), 1980, p. 253.

[3] Remito para más detalles a mis trabajos: Carlos Mata Induráin, «La herencia del 98. Félix Urabayen o el idilio entre Vasconia y Castilla»Pregón Siglo XXI, núm. 12, Navidad de 1998, pp. 23-27; «Toledo, ciudad dormida. El retrato físico y moral de la “imperial ciudad” en la narrativa de Félix Urabayen», en Kay M. Sibbald, Ricardo de la Fuente y Joaquín Díaz (eds.), Ciudades vivas / ciudades muertas: espacios urbanos en la literatura y el folklore hispánicos, Valladolid, Universitas Castellae, 2000, pp. 217-234; y «Toledo en la narrativa del 98 y del Regeneracionismo: Camino de perfección (1902) de Pío Baroja y Toledo: Piedad (1920) de Félix Urabayen», en Manuel Casado Velarde, Ruth Fine y Carlos Mata Induráin (eds.), Jerusalén y Toledo. Historias de dos ciudades, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2012, pp. 215-231.

[4] Pío Caro Baroja, prólogo a Pío Baroja, Camino de perfección (Pasión mística), Madrid, Caro Raggio, 1993, p. VII. Para lo imagen de Toledo en esta novela, ver Dolores Romero López, «Toledo y la melancolía simbolista en La voluntad y Camino de perfección», Anales Toledanos, XXXVI, 1998, pp. 133-138; y Humildad Muñoz Resino, «Una visión de Toledo en Camino de perfección de Pío Baroja», Docencia e Investigación. Revista de la Escuela Universitaria de Magisterio de Toledo, año 25, núm. 10, 2000, pp. 125-149.

Poesía de Adviento: «¡Qué frío, qué frío!», del Padre Gustavo González Villanueva

Preparemos los caminos,
ya se acerca el Salvador…

Vaya para este tercer domingo de Adviento un poema del sacerdote guatemalteco (nacido en Antigua Guatemala) Gustavo González Villanueva. Fallecido en 2005, el Padre González Villanueva, abogado y Doctor en Teología, fue maestro de Educación Primaria por el Instituto Normal «Antonio Larrazábal» de Antigua Guatemala. Casi todos sus libros de poesía se publicaron en Costa Rica y Guatemala: Canción del huésped aguardado (1991), Glosa del amor bien pagado (1991), Una rosa encendida (1991), Loa en la Antigua Guatemala, cavalcavía del tiempo (1992), Almendras de oro (1992), Luna de cristal (1992) o Nanas del Adviento (1992), títulos a los que hay que añadir otros trabajos de investigación literaria o histórica como Cancionero y romancero antigüeño, Bitácora de la Antigua Guatemala, Ocurrencias romanas, Selectas biografías vulgares, Los primeros cristianos de la Audiencia de los Confines, El testamento del adelantado don Pedro de Alvarado o La utopía de Francisco Marroquín, entre otros[1].

La temática navideña es frecuente en la poesía del Padre González Villanueva. Al respecto escribe Víctor Valembois que el autor

maneja una sorprendente técnica de asombro, ya no tanto en él mismo, sino en su receptor, nosotros todos. Esta resulta particularmente vivaz en el reincidente tópico de Navidad, no solo la de Cristo nacido en Oriente, sino con abierto anacronismo, la de aquí y ahora. Como analizado en otro trabajo, existe entonces una constante voluntad iconoclasta de “contemporaneización” de la temática bíblica. En Nanas del Adviento existe una continua interferencia entre el acá y el allá tanto en sentido espacial como trascendental: «“¡Ya viene, ya viene!” / “Gloria en las alturas!” / (Y estamos tan bajos/ en estas tristuras.)». La tensión se sitúa entonces siempre entre el Belén evocado y el Guatemala de aplicación (o cualquier país del mapa actual), como entre lo terrenal y lo celestial. La mayoría de las creaciones de este poemario vienen con un epígrafe que consiste simplemente en un topónimo de la geografía guatemalteca: «Las Salinas», […], o «San Juan del Obispo», o «Petén Itzá», etc.[2]

A este poemario Nanas del Adviento pertenece la composición «¡Qué frío, qué frío!», en la cual —como suele ser habitual en la poesía navideña, desde tiempos remotos— se evocan, aquí incluso antes del nacimiento de Cristo, los futuros sufrimientos del Salvador del Mundo en la Pasión, anticipados en los vocativos Espina (v. 3) y Clavo, serrucho y martillo (v. 8 y luego, en el v. 18, sin la conjunción copulativa) y en la formulación de los vv. 12-13: «Mi niño, que no has nacido, ¿y ya sueñas con la cruz?».

La Virgen María encinta

El texto del poema, que no requiere mayor comentario, dice así:

El Merendón

—No ha nacido,
¿y ya vienes a buscarle?
Espina, pincha mi mano,
no temas brote la sangre;
pero déjale que duerma,
mi niño, que no ha nacido
y ya vienes a buscarle.

—Clavo, serrucho y martillo
golpean en mis entrañas:
el niño está dando saltos,
mueve manitas y pies.
Mi niño, que no has nacido,
¿y ya sueñas con la cruz?

—Tarde de plata bruñida,
¡qué frío, qué frío!,
se me está helando la sangre
y a mi niño le hace daño.

Clavo, serrucho, martillo,
¡qué frío, qué frío![3]


[1] Para más detalles sobre el autor y su obra poética remito a Víctor Valembois, «Constantes en la poesía del guatemalteco Gustavo González Villanueva», ponencia leída en el XI Congreso de CILCA, Universidad Nacional (Heredia, Costa Rica), en marzo de 2003, disponible en Vereniging van Leuvense Romanisten, pp. 51-59; Conny Palacios, La poética del viaje iniciático: la poesía interiorista de Gustavo González Villanueva, San José de Costa Rica, Ediciones Promesa, 2013; y VV. AA., Homenaje a Gustavo González Villanueva: el poeta de la Antigua Guatemala, San José de Costa Rica, Ediciones Promesa, 2015.

[2] Valembois, «Constantes en la poesía del guatemalteco Gustavo González Villanueva», p. 57.

[3] Tomo el texto de Gustavo González Villanueva, Nanas del Adviento, música de Beatriz Fernández de Hütt, escritura musical de Elizabeth Lobo, San José de Costa Rica, Ediciones Promesa, 1992, pp. 36-37 (modifico ligeramente la puntuación).

Imaginería barroca en los autos marianos de Calderón: imágenes relativas a la Culpa y personajes análogos

La imagen de la serpiente[1], que se identifica tópicamente con el demonio desde el relato genesíaco, sirve para referirse a la Culpa o personajes análogos como Lucero, Luzbel, Muerte, etc. El veneno mortal de la serpiente (o similares: culebra, dragón, áspid, basilisco, hidra…) es el veneno del pecado. En estos autos marianos, muchos de las ocurrencias estarán relacionadas con el ya comentado pasaje de Génesis, 3, 15, donde se explica que Dios establece hostilidades entre la mujer y su linaje y la serpiente y el suyo, que los comentaristas estudian en relación con el pasaje del combate entre la mujer celestial y el dragón en Apocalipsis, 12, 1-17. Ya hemos visto el aprovechamiento plástico que del primer pasaje hace Calderón en La Hidalga. Las referencias podrían multiplicarse:

De una invencible mujer
palabra el Génesis da
que la frente ha de romper
al dragón (QH, p. 657a)[2].

Giovanni Battista Tiepolo, Inmaculada Concepción (1767-1769). Museo del Prado (Madrid)
Giovanni Battista Tiepolo, Inmaculada Concepción (1767-1769). Museo del Prado (Madrid).

En este auto, si Débora se identifica con la Mujer fuerte de los Proverbios, Jael es la Mujer invencible del Génesis que quiebra la frente del dragón (cfr. pp. 658b, 667b, 670a, 675b y passim). También en Las Órdenes se recuerda que las plantas de la Segunda Eva pisarían la cerviz de la serpiente que se arrastra por tierra (p. 1034b); y lo mismo en MC, pp. 1136a y 1141b.

Pero los enemigos de Dios y de la Iglesia no se identifican solo con la Serpiente disimulada del Paraíso que arrastra su pecho escamado por el suelo, entre las flores, y lanza «articulados silbos» (HV, pp. 115b-116a), sino también con la hidra —prodigio de siete cuellos— mencionada en Apocalipsis, 13, 1 y ss., o la bestia que monta la gran ramera (ibidem, 17, 3-4). En El cubo de la Almudena, la Herejía aparece «coronada de serpientes» (acotación p. 562b; la Iglesia subraya esa imagen en su réplica al hablar de «aquel contagioso / engreñado airón de sierpes»). Los siete cuellos de la hidra se relacionan con los siete pecados capitales, que de forma gráfica muestra Calderón sobre el escenario:

Ábrese el segundo carro, que ha de ser un peñasco, y del primero cuerpo de él, quedando cerrado el segundo, sale una hidra al tablado, movida sobre un carretón de ruedas, con siete cabezas coronadas, y de cada una pendiente una banda, que han de traer, como tirando de ella, la Soberbia, la Avaricia, la Lascivia, la Gula, la Ira, la Envidia y la Pereza; y en ella sentada, la Culpa con una copa dorada (acot. en p. 1136a[3]).

Otras imágenes relacionadas con el personaje de la Culpa son «aspid de metal» (p. 1025a; recuérdese el título del auto La serpiente de metal); otra, de gran tradición literaria, la del «áspid entre flores» (p. 1028, según el verso virgiliano «latet anguis in herba», Bucólica, 3, 93); o la del «engañoso basilisco» (p. 1028), estas tres últimas referencias en OM. Basilisco se llama también a sí misma la Culpa en HV, p. 119b.

Calderón aprovecha las posibilidades no solo de los pasajes bíblicos obligados (Génesis y Apocalipsis), sino que las completa y adorna con ciertas características referidas por los bestiarios[4]. Por ejemplo, la imagen de la serpiente que muere por su propia ponzoña (recuérdese que el basilisco moría si rebotaba sobre su cuerpo el veneno por él lanzado) se repite numerosas veces. Por ejemplo, en PS, p. 819a, la Duda dice que es víbora de sí misma: «… ¡mi veneno me mata! / Víbora soy de mí misma, / pues me revienta la saña / de mi ponzoña». Lo mismo en ER, p. 1099a-b, cuando dice el Lucero: «¿Quién creerá que contra mí / tanto mi industria se vuelva, / que víbora de mí mismo / me mate, bien como a ella / mate su mismo veneno, / si fuera de sí le encuentra?». La serpiente ahogada en su veneno o el áspid muerto por su propia ponzoña se menciona también en OM, pp. 1018a y 1036b.

Coincido con M.ª Carmen Pinillos cuando señala en su edición de El cordero de Isaías (pp. 69-70) que sería interesante un estudio exhaustivo de la emblemática y de los valores simbólicos de los bestiarios en los autos. En estos marianos hemos visto que Calderón emplea salamandra y armiño (para la Virgen), Pavón para el mundo, Pelícano para Cristo y serpiente, basilisco, hidra, áspid, víbora para la Culpa. Otra identificación que se podría aportar es la del Fénix con la Iglesia, como explica ella misma a la secta de Mahoma en El cubo de la Almudena[5]. De la misma forma que la fabulosa Ave renacía de sus cenizas, consiguiendo así una especie de eternidad, la Iglesia será también eterna y las fuerzas del mal no la vencerán jamás[6]:

Bárbaro monstruo, ¿no sabes
que por más que yo padezco
nunca me rindo, y que pues,
a pesar del mayor riesgo,
como el Fénix resucito,
siendo mi cuna mi incendio? (CA, p. 584b[7]).


[1] Cfr. John T. Cull, «Calderón’s Snakes: Emblems, Lore and Imagery», MIFLC Review, 3, 1993, pp. 97-110.

[2] Todas las citas corresponden a Pedro Calderón de la Barca, Obras completas, tomo III, Autos sacramentales, ed. de Ángel Valbuena Prat, 2.ª reimp. de la 2.ª ed., Madrid, Aguilar, 1991. En lo que sigue emplearé las abreviaturas de las Concordancias de Flasche: HV (=La Hidalga del valle), MC (=A María el corazón), ER (=Las espigas de Ruth), QH (=¿Quién hallará mujer fuerte?), FC (=La primer Flor del Carmelo), PS (Primero y segundo Isaac), CA (=El cubo de la Almudena) y OM (=Las Órdenes Militares).

[3] También en El jardín de Falerina la Culpa sale en uno de los carros montada sobre una hidra de siete cabezas (cfr. Valbuena, en Calderón, Obras completas, tomo III, Autos sacramentales, p. 1512a). A los siete cuellos de la hidra cabe oponer los siete sacramentos (CA, p. 571a). Otras referencias a la hidra, o a la copa de oro llena de veneno de la meretriz apocalíptica, pueden verse en FC, p. 636a y MC, pp. 1135b, 1141b, 1145a, 1148b…

[4] Para los valores simbólicos de todos estos animales, cfr. Ignacio Malaxecheverría, Bestiario medieval, Madrid, Siruela, 1986.

[5] Otro animal aludido es el águila «que conquista / el sol» (CA, p. 572a), porque se cree que puede mirarlo de frente, mencionada para ilustrar que Juan fue testigo de vista de la Pasión y Muerte de Cristo.

[6] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Imaginería barroca en los autos marianos de Calderón», en Ignacio Arellano, Juan Manuel Escudero, Blanca Oteiza y M. Carmen Pinillos (eds.), Divinas y humanas letras. Doctrina y poesía en los autos sacramentales de Calderón, Kassel, Edition Reichenberger, 1997, pp. 253-287.

[7] Este valor simbólico estaba ya anticipado, en el mismo auto, en la p. 569a. En OM, p. 1020a, el Ave Fénix se menciona, en cambio, como imagen del Mundo. En otros autos es imagen clara de la resurrección de Cristo.

«A la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora», del príncipe de Esquilache

¡Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo!

(Lucas, 1, 28)

Vaya para hoy, solemnidad de la Inmaculada Concepción de Santa María Virgen, un poema de Francisco de Borja y Aragón, príncipe de Esquilache y virrey del Perú (c. 1577-1658). Es el romance titulado «A la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora», composición que —como otras de escritores áureos— fue incorporada hace unas décadas, como himno, a la Liturgia de las Horas[1].

Pedro Pablo Rubens, La Inmaculada Concepción (1628-1629). Museo del Prado (Madrid)
Pedro Pablo Rubens, La Inmaculada Concepción (1628-1629). Museo del Prado (Madrid)

Este es el texto del poema (mantengo la disposición tipográfica del original, con los versos repartidos de cuatro en cuatro):

Reina y Madre, Virgen pura,
que sol y cielos pisáis,
a vos sola no alcanzó
la triste herencia de Adán[2].

¿Cómo en vos, Reina de todos,
si llena de gracia estáis,
puede caber igual parte
de la culpa original?

De toda mancha estáis libre[3];
¿y quién pudo imaginar
que vino a faltar la gracia
adonde la gracia está?

Si los hijos de sus padres
toman el fuero en que están,
¿cómo pudo ser cautiva
quien dio a luz la libertad?

Sois entre tantos pecheros
de vuestro mismo solar
hidalga de privilegio[4],
que a ninguno se dará.

Sois de Jacob estrella[5]
que cielo y tierra alumbráis;
¿qué obscuro vapor de culpa
pudo una estrella manchar?

Si la que en Adán fue culpa
pena ha sido en los demás,
y nunca fuisteis deudora,
¿quién os la puede llevar?

Si con tanta diferencia
excedisteis a San Juan[6],
los que Dios desigualó,
¿quién los pretende igualar?

Antes del día os guardaron,
y aunque al paso natural
madruga en todos la culpa,
pero en vos la gracia más.

Una misma fuisteis siempre,
y es imposible ajustar
hija de guerra un instante
y otro Madre de la paz[7].


[1] Escribe Miguel de Santiago al respecto: «La actual edición española de la Liturgia de las Horas cuenta para esta solemnidad [de la Inmaculada Concepción] con cuatro himnos tomados de otros tantos autores clásicos. Francisco de Borja y Aragón, príncipe de Esquilache y virrey del Perú, escribió en el primer tercio del siglo XVII los versos que comienzan: “Reina y Madre, Virgen pura…”. Del mismo siglo es Tomás de la Vega, autor de los versos (por cierto muy desfigurados y con variantes que incomprensiblemente se distancian del original) “De Adán el primer pecado…”. De Fray Pedro de Padilla son las redondillas que dicen “Ninguno del ser humano…”. Y, por último, encontramos en el Breviario los versos mediocres de un clérigo latinista del siglo XVI, el vallisoletano Luis Pérez, protonotario de Felipe II, uno de los glosadores de Jorge Manrique, que recurre una vez más a la estrofa manriqueña: “Un solo Dios Trino y Uno…”»  («La Inmaculada en la Liturgia de las Horas», en la web Soto de la Marina, 8 de diciembre de 2015).

[2] la triste herencia de Adán: el pecado original.

[3] De toda mancha estáis libre: la Inmaculada Concepción de María no sería dogma de fe de la Iglesia católica hasta el siglo XIX (fue proclamado por el papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854, en su bula Ineffabilis Deus), pero en el XVII existía ya una importante corriente de Inmaculismo (los franciscanos, defensores de la limpia concepción de María, se enfrentaron en una recia polémica con los dominicos). Ver por ejemplo, entre la mucha bibliografía existente: Estrella Ruiz-Gálvez Priego, «“Sine Labe”. El inmaculismo en la España de los siglos XV a XVII: la proyección social de un imaginario religioso», Revista de dialectología y tradiciones populares, tomo 63, cuaderno 2, 2008, pp. 197-241; David Martínez Vilches, «La Inmaculada Concepción en España. Un estado de la cuestión», ’Ilu. Revista de Ciencias de las Religiones, 22 2017, pp. 493-507; o José Javier Ruiz Ibáñez y Gaetano Sabatini (eds.), La Inmaculada Concepción y la Monarquía Hispánica, Madrid, FCE / Red Columnaria, 2019.

[4] pecheros … hidalga de privilegio: los pecheros estaban obligados a pagar impuestos (pechas), a diferencia de los hidalgos de privilegio, exentos de las tributaciones.

[5] de Jacob estrella: la profecía de la estrella de Jacob (Números, 24, 17) se considera una de las menciones bíblicas más antiguas del futuro Mesías: «Lo veo, pero no ahora; lo contemplo, pero no cerca; una estrella saldrá de Jacob, y un cetro se levantará de Israel que aplastará la frente de Moab y derrumbará a todos los hijos de Set».

[6] con tanta diferencia / excedisteis a San Juan: San Juan Bautista anunció la llegada del Mesías, pero María lo excede porque lo concibe y da a luz en Belén.

[7] Obras en verso de don Francisco de Borja, príncipe de Esquilache, Amberes, en la Emprenta Plantiniana de Baltasar Moreto, 1654, p. 690. Cito por Suma poética. Amplia colección de la poesía religiosa española, por José María Pemán y Miguel Herrero, 2.ª ed., Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1940, pp. 494-495.

Poesía de Adviento: «María», de Pedro Miguel Lamet, SJ

La Virgen sueña caminos,
está a la espera;
la Virgen sabe que el Niño
está muy cerca.

Siendo muy abundante la producción poética en torno al ciclo litúrgico de la Navidad, no lo es tanto la relacionada con el Adviento, este tiempo de preparación para la llegada del Dios hecho hombre en que nos encontramos. Sea como sea, en este blog ya he dado entrada a algunos poemas con esta temática específica como «Adviento» del Padre Jesús del Castillo; «Espera la Virgen pura», de Francisco Vaquerizo; o «Adviento», del Padre Salvador Lugo Azuela, MNM.

Pedro Miguel Lamet, SJ (Cádiz, 1941- ) cuenta entre su producción con un hermoso libro titulado La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad (Bilbao, Ediciones Mensajero, 2016), que va encabezado por un interesante «Proemio. Despertar a la luz escondida» en el que trata de ambos tiempos litúrgicos, el de Adviento y el de Navidad:

En este libro ofrezco una antología de cuantos poemas he dedicado a lo largo de mi vida al Adviento y la Navidad, la mayoría de ellos inéditos. Quizás la originalidad de este manojo de versos puede radicar en que no se desliga el nacimiento de Cristo de su contexto teológico. Si la Navidad es el hecho de que Dios se hace visible, arranca mucho antes, desde el momento en que la luz es luz. Parte del vacío, de la nada o el caos, como se quiera llamarlo, en el instante genesíaco de la creación: «Y la luz existió». La luz y su armonía estaban en el inicio de todo, cuando Dios decide multiplicarse en el variopinto estallido de colores y formas de las que se reviste la vida. Sobre todo, cuando hace aparecer en el mundo un «yo» que es capaz de nombrar todas las cosas, reflejos de su luz, y prolongar su milagro con un «tú». A este período previo se asoma la primera parte de este libro[1].

Y añade a continuación, reflexionando sobre el Adviento:

Pero el hombre, herido por la estrechez a la que él mismo somete su ego, descubre la limitación, el miedo, el dolor, el sinsentido, por lo que vuelve a gritar a su creador buscando, suplicando que de nuevo le envíe un rayo de luz. Es lo que la liturgia cristiana denomina el Adviento. Desolado por la experiencia del sufrimiento, el hambre, la violencia, la guerra, la soledad y el miedo, vuelve sus ojos ansiosos hacia el cielo. A mi entender, el Adviento es el tiempo que más se adecúa a nuestra existencia actual. Queremos intuir, si no comprender cabalmente, por qué estamos aquí, a dónde se dirige esta flecha en apariencia absurda, «pasión inútil» para los existencialistas, que parecemos ser. Los judíos, que ya tenían el privilegio de atribuir la creación a un Dios único, esperan un Mesías, piden a los cielos que «rocíen» al justo, intuyen con los profetas la venida de un salvador, nacido de una muchacha en debilidad y pobreza, que nos rescate del desastre. Y va a venir, nos dirá la Buena Nueva, directamente del seno de Dios mismo, del amor que se profesa la comunidad divina, que, preexistente en familia trinitaria, va a pronunciar el Verbo que se hará carne, hombre. Y como es la Palabra, solo nuestra palabra más digna, más preñada, más evocadora, la poesía, puede quizás rozarla, destapar, aunque sea a través de rendijas, esa inabarcable luz. Este misterio es abordado por la segunda parte del poemario que el lector tiene entre las manos[2].

Pues bien, para este segundo domingo de Adviento, copio uno de los poemas del Padre Lamet incluidos en su poemario, concretamente el bello soneto titulado «María», en el que precisamente es Ella la voz lírica enunciadora del poema. Dice así:

La Virgen María encinta

Mira, concebirás y darás a luz un hijo,
a quien llamarás Jesús.

(Lucas, 1, 31)

Cuando contemplo el brillo de mi aldea
bajo el sol que se ríe con la fuente,
o el trigo que se mece blandamente
y promete nacer mientras verdea;

cuando escucho a José que carpintea
una cuna de olivo, oigo a la gente
que me sabe feliz porque presiente
una ola de luz con la marea…,

los ojos cierro y palpo tu presencia
en este santuario de mi seno.
Oh, mi niño, te siento en mi regazo,

y te escucho latir con la querencia
de un vacío que nunca estuvo lleno,
y un mundo desvalido sin tu abrazo[3].


[1] Pedro Miguel Lamet, SJ, «Proemio. Despertar a la luz escondida», en La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad, Bilbao, Ediciones Mensajero, 2016, pp. 16-17.

[2] Pedro Miguel Lamet, SJ, «Proemio. Despertar a la luz escondida», p. 17.

[3] Pedro Miguel Lamet, SJ, La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad, Bilbao, Ediciones Mensajero, 2016, p. 75.