Poesía de Adviento: «¡Qué frío, qué frío!», del Padre Gustavo González Villanueva

Preparemos los caminos,
ya se acerca el Salvador…

Vaya para este tercer domingo de Adviento un poema del sacerdote guatemalteco (nacido en Antigua Guatemala) Gustavo González Villanueva. Fallecido en 2005, el Padre González Villanueva, abogado y Doctor en Teología, fue maestro de Educación Primaria por el Instituto Normal «Antonio Larrazábal» de Antigua Guatemala. Casi todos sus libros de poesía se publicaron en Costa Rica y Guatemala: Canción del huésped aguardado (1991), Glosa del amor bien pagado (1991), Una rosa encendida (1991), Loa en la Antigua Guatemala, cavalcavía del tiempo (1992), Almendras de oro (1992), Luna de cristal (1992) o Nanas del Adviento (1992), títulos a los que hay que añadir otros trabajos de investigación literaria o histórica como Cancionero y romancero antigüeño, Bitácora de la Antigua Guatemala, Ocurrencias romanas, Selectas biografías vulgares, Los primeros cristianos de la Audiencia de los Confines, El testamento del adelantado don Pedro de Alvarado o La utopía de Francisco Marroquín, entre otros[1].

La temática navideña es frecuente en la poesía del Padre González Villanueva. Al respecto escribe Víctor Valembois que el autor

maneja una sorprendente técnica de asombro, ya no tanto en él mismo, sino en su receptor, nosotros todos. Esta resulta particularmente vivaz en el reincidente tópico de Navidad, no solo la de Cristo nacido en Oriente, sino con abierto anacronismo, la de aquí y ahora. Como analizado en otro trabajo, existe entonces una constante voluntad iconoclasta de “contemporaneización” de la temática bíblica. En Nanas del Adviento existe una continua interferencia entre el acá y el allá tanto en sentido espacial como trascendental: «“¡Ya viene, ya viene!” / “Gloria en las alturas!” / (Y estamos tan bajos/ en estas tristuras.)». La tensión se sitúa entonces siempre entre el Belén evocado y el Guatemala de aplicación (o cualquier país del mapa actual), como entre lo terrenal y lo celestial. La mayoría de las creaciones de este poemario vienen con un epígrafe que consiste simplemente en un topónimo de la geografía guatemalteca: «Las Salinas», […], o «San Juan del Obispo», o «Petén Itzá», etc.[2]

A este poemario Nanas del Adviento pertenece la composición «¡Qué frío, qué frío!», en la cual —como suele ser habitual en la poesía navideña, desde tiempos remotos— se evocan, aquí incluso antes del nacimiento de Cristo, los futuros sufrimientos del Salvador del Mundo en la Pasión, anticipados en los vocativos Espina (v. 3) y Clavo, serrucho y martillo (v. 8 y luego, en el v. 18, sin la conjunción copulativa) y en la formulación de los vv. 12-13: «Mi niño, que no has nacido, ¿y ya sueñas con la cruz?».

La Virgen María encinta

El texto del poema, que no requiere mayor comentario, dice así:

El Merendón

—No ha nacido,
¿y ya vienes a buscarle?
Espina, pincha mi mano,
no temas brote la sangre;
pero déjale que duerma,
mi niño, que no ha nacido
y ya vienes a buscarle.

—Clavo, serrucho y martillo
golpean en mis entrañas:
el niño está dando saltos,
mueve manitas y pies.
Mi niño, que no has nacido,
¿y ya sueñas con la cruz?

—Tarde de plata bruñida,
¡qué frío, qué frío!,
se me está helando la sangre
y a mi niño le hace daño.

Clavo, serrucho, martillo,
¡qué frío, qué frío![3]


[1] Para más detalles sobre el autor y su obra poética remito a Víctor Valembois, «Constantes en la poesía del guatemalteco Gustavo González Villanueva», ponencia leída en el XI Congreso de CILCA, Universidad Nacional (Heredia, Costa Rica), en marzo de 2003, disponible en Vereniging van Leuvense Romanisten, pp. 51-59; Conny Palacios, La poética del viaje iniciático: la poesía interiorista de Gustavo González Villanueva, San José de Costa Rica, Ediciones Promesa, 2013; y VV. AA., Homenaje a Gustavo González Villanueva: el poeta de la Antigua Guatemala, San José de Costa Rica, Ediciones Promesa, 2015.

[2] Valembois, «Constantes en la poesía del guatemalteco Gustavo González Villanueva», p. 57.

[3] Tomo el texto de Gustavo González Villanueva, Nanas del Adviento, música de Beatriz Fernández de Hütt, escritura musical de Elizabeth Lobo, San José de Costa Rica, Ediciones Promesa, 1992, pp. 36-37 (modifico ligeramente la puntuación).

Imaginería barroca en los autos marianos de Calderón: imágenes relativas a la Culpa y personajes análogos

La imagen de la serpiente[1], que se identifica tópicamente con el demonio desde el relato genesíaco, sirve para referirse a la Culpa o personajes análogos como Lucero, Luzbel, Muerte, etc. El veneno mortal de la serpiente (o similares: culebra, dragón, áspid, basilisco, hidra…) es el veneno del pecado. En estos autos marianos, muchos de las ocurrencias estarán relacionadas con el ya comentado pasaje de Génesis, 3, 15, donde se explica que Dios establece hostilidades entre la mujer y su linaje y la serpiente y el suyo, que los comentaristas estudian en relación con el pasaje del combate entre la mujer celestial y el dragón en Apocalipsis, 12, 1-17. Ya hemos visto el aprovechamiento plástico que del primer pasaje hace Calderón en La Hidalga. Las referencias podrían multiplicarse:

De una invencible mujer
palabra el Génesis da
que la frente ha de romper
al dragón (QH, p. 657a)[2].

Giovanni Battista Tiepolo, Inmaculada Concepción (1767-1769). Museo del Prado (Madrid)
Giovanni Battista Tiepolo, Inmaculada Concepción (1767-1769). Museo del Prado (Madrid).

En este auto, si Débora se identifica con la Mujer fuerte de los Proverbios, Jael es la Mujer invencible del Génesis que quiebra la frente del dragón (cfr. pp. 658b, 667b, 670a, 675b y passim). También en Las Órdenes se recuerda que las plantas de la Segunda Eva pisarían la cerviz de la serpiente que se arrastra por tierra (p. 1034b); y lo mismo en MC, pp. 1136a y 1141b.

Pero los enemigos de Dios y de la Iglesia no se identifican solo con la Serpiente disimulada del Paraíso que arrastra su pecho escamado por el suelo, entre las flores, y lanza «articulados silbos» (HV, pp. 115b-116a), sino también con la hidra —prodigio de siete cuellos— mencionada en Apocalipsis, 13, 1 y ss., o la bestia que monta la gran ramera (ibidem, 17, 3-4). En El cubo de la Almudena, la Herejía aparece «coronada de serpientes» (acotación p. 562b; la Iglesia subraya esa imagen en su réplica al hablar de «aquel contagioso / engreñado airón de sierpes»). Los siete cuellos de la hidra se relacionan con los siete pecados capitales, que de forma gráfica muestra Calderón sobre el escenario:

Ábrese el segundo carro, que ha de ser un peñasco, y del primero cuerpo de él, quedando cerrado el segundo, sale una hidra al tablado, movida sobre un carretón de ruedas, con siete cabezas coronadas, y de cada una pendiente una banda, que han de traer, como tirando de ella, la Soberbia, la Avaricia, la Lascivia, la Gula, la Ira, la Envidia y la Pereza; y en ella sentada, la Culpa con una copa dorada (acot. en p. 1136a[3]).

Otras imágenes relacionadas con el personaje de la Culpa son «aspid de metal» (p. 1025a; recuérdese el título del auto La serpiente de metal); otra, de gran tradición literaria, la del «áspid entre flores» (p. 1028, según el verso virgiliano «latet anguis in herba», Bucólica, 3, 93); o la del «engañoso basilisco» (p. 1028), estas tres últimas referencias en OM. Basilisco se llama también a sí misma la Culpa en HV, p. 119b.

Calderón aprovecha las posibilidades no solo de los pasajes bíblicos obligados (Génesis y Apocalipsis), sino que las completa y adorna con ciertas características referidas por los bestiarios[4]. Por ejemplo, la imagen de la serpiente que muere por su propia ponzoña (recuérdese que el basilisco moría si rebotaba sobre su cuerpo el veneno por él lanzado) se repite numerosas veces. Por ejemplo, en PS, p. 819a, la Duda dice que es víbora de sí misma: «… ¡mi veneno me mata! / Víbora soy de mí misma, / pues me revienta la saña / de mi ponzoña». Lo mismo en ER, p. 1099a-b, cuando dice el Lucero: «¿Quién creerá que contra mí / tanto mi industria se vuelva, / que víbora de mí mismo / me mate, bien como a ella / mate su mismo veneno, / si fuera de sí le encuentra?». La serpiente ahogada en su veneno o el áspid muerto por su propia ponzoña se menciona también en OM, pp. 1018a y 1036b.

Coincido con M.ª Carmen Pinillos cuando señala en su edición de El cordero de Isaías (pp. 69-70) que sería interesante un estudio exhaustivo de la emblemática y de los valores simbólicos de los bestiarios en los autos. En estos marianos hemos visto que Calderón emplea salamandra y armiño (para la Virgen), Pavón para el mundo, Pelícano para Cristo y serpiente, basilisco, hidra, áspid, víbora para la Culpa. Otra identificación que se podría aportar es la del Fénix con la Iglesia, como explica ella misma a la secta de Mahoma en El cubo de la Almudena[5]. De la misma forma que la fabulosa Ave renacía de sus cenizas, consiguiendo así una especie de eternidad, la Iglesia será también eterna y las fuerzas del mal no la vencerán jamás[6]:

Bárbaro monstruo, ¿no sabes
que por más que yo padezco
nunca me rindo, y que pues,
a pesar del mayor riesgo,
como el Fénix resucito,
siendo mi cuna mi incendio? (CA, p. 584b[7]).


[1] Cfr. John T. Cull, «Calderón’s Snakes: Emblems, Lore and Imagery», MIFLC Review, 3, 1993, pp. 97-110.

[2] Todas las citas corresponden a Pedro Calderón de la Barca, Obras completas, tomo III, Autos sacramentales, ed. de Ángel Valbuena Prat, 2.ª reimp. de la 2.ª ed., Madrid, Aguilar, 1991. En lo que sigue emplearé las abreviaturas de las Concordancias de Flasche: HV (=La Hidalga del valle), MC (=A María el corazón), ER (=Las espigas de Ruth), QH (=¿Quién hallará mujer fuerte?), FC (=La primer Flor del Carmelo), PS (Primero y segundo Isaac), CA (=El cubo de la Almudena) y OM (=Las Órdenes Militares).

[3] También en El jardín de Falerina la Culpa sale en uno de los carros montada sobre una hidra de siete cabezas (cfr. Valbuena, en Calderón, Obras completas, tomo III, Autos sacramentales, p. 1512a). A los siete cuellos de la hidra cabe oponer los siete sacramentos (CA, p. 571a). Otras referencias a la hidra, o a la copa de oro llena de veneno de la meretriz apocalíptica, pueden verse en FC, p. 636a y MC, pp. 1135b, 1141b, 1145a, 1148b…

[4] Para los valores simbólicos de todos estos animales, cfr. Ignacio Malaxecheverría, Bestiario medieval, Madrid, Siruela, 1986.

[5] Otro animal aludido es el águila «que conquista / el sol» (CA, p. 572a), porque se cree que puede mirarlo de frente, mencionada para ilustrar que Juan fue testigo de vista de la Pasión y Muerte de Cristo.

[6] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Imaginería barroca en los autos marianos de Calderón», en Ignacio Arellano, Juan Manuel Escudero, Blanca Oteiza y M. Carmen Pinillos (eds.), Divinas y humanas letras. Doctrina y poesía en los autos sacramentales de Calderón, Kassel, Edition Reichenberger, 1997, pp. 253-287.

[7] Este valor simbólico estaba ya anticipado, en el mismo auto, en la p. 569a. En OM, p. 1020a, el Ave Fénix se menciona, en cambio, como imagen del Mundo. En otros autos es imagen clara de la resurrección de Cristo.

«A la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora», del príncipe de Esquilache

¡Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo!

(Lucas, 1, 28)

Vaya para hoy, solemnidad de la Inmaculada Concepción de Santa María Virgen, un poema de Francisco de Borja y Aragón, príncipe de Esquilache y virrey del Perú (c. 1577-1658). Es el romance titulado «A la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora», composición que —como otras de escritores áureos— fue incorporada hace unas décadas, como himno, a la Liturgia de las Horas[1].

Pedro Pablo Rubens, La Inmaculada Concepción (1628-1629). Museo del Prado (Madrid)
Pedro Pablo Rubens, La Inmaculada Concepción (1628-1629). Museo del Prado (Madrid)

Este es el texto del poema (mantengo la disposición tipográfica del original, con los versos repartidos de cuatro en cuatro):

Reina y Madre, Virgen pura,
que sol y cielos pisáis,
a vos sola no alcanzó
la triste herencia de Adán[2].

¿Cómo en vos, Reina de todos,
si llena de gracia estáis,
puede caber igual parte
de la culpa original?

De toda mancha estáis libre[3];
¿y quién pudo imaginar
que vino a faltar la gracia
adonde la gracia está?

Si los hijos de sus padres
toman el fuero en que están,
¿cómo pudo ser cautiva
quien dio a luz la libertad?

Sois entre tantos pecheros
de vuestro mismo solar
hidalga de privilegio[4],
que a ninguno se dará.

Sois de Jacob estrella[5]
que cielo y tierra alumbráis;
¿qué obscuro vapor de culpa
pudo una estrella manchar?

Si la que en Adán fue culpa
pena ha sido en los demás,
y nunca fuisteis deudora,
¿quién os la puede llevar?

Si con tanta diferencia
excedisteis a San Juan[6],
los que Dios desigualó,
¿quién los pretende igualar?

Antes del día os guardaron,
y aunque al paso natural
madruga en todos la culpa,
pero en vos la gracia más.

Una misma fuisteis siempre,
y es imposible ajustar
hija de guerra un instante
y otro Madre de la paz[7].


[1] Escribe Miguel de Santiago al respecto: «La actual edición española de la Liturgia de las Horas cuenta para esta solemnidad [de la Inmaculada Concepción] con cuatro himnos tomados de otros tantos autores clásicos. Francisco de Borja y Aragón, príncipe de Esquilache y virrey del Perú, escribió en el primer tercio del siglo XVII los versos que comienzan: “Reina y Madre, Virgen pura…”. Del mismo siglo es Tomás de la Vega, autor de los versos (por cierto muy desfigurados y con variantes que incomprensiblemente se distancian del original) “De Adán el primer pecado…”. De Fray Pedro de Padilla son las redondillas que dicen “Ninguno del ser humano…”. Y, por último, encontramos en el Breviario los versos mediocres de un clérigo latinista del siglo XVI, el vallisoletano Luis Pérez, protonotario de Felipe II, uno de los glosadores de Jorge Manrique, que recurre una vez más a la estrofa manriqueña: “Un solo Dios Trino y Uno…”»  («La Inmaculada en la Liturgia de las Horas», en la web Soto de la Marina, 8 de diciembre de 2015).

[2] la triste herencia de Adán: el pecado original.

[3] De toda mancha estáis libre: la Inmaculada Concepción de María no sería dogma de fe de la Iglesia católica hasta el siglo XIX (fue proclamado por el papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854, en su bula Ineffabilis Deus), pero en el XVII existía ya una importante corriente de Inmaculismo (los franciscanos, defensores de la limpia concepción de María, se enfrentaron en una recia polémica con los dominicos). Ver por ejemplo, entre la mucha bibliografía existente: Estrella Ruiz-Gálvez Priego, «“Sine Labe”. El inmaculismo en la España de los siglos XV a XVII: la proyección social de un imaginario religioso», Revista de dialectología y tradiciones populares, tomo 63, cuaderno 2, 2008, pp. 197-241; David Martínez Vilches, «La Inmaculada Concepción en España. Un estado de la cuestión», ’Ilu. Revista de Ciencias de las Religiones, 22 2017, pp. 493-507; o José Javier Ruiz Ibáñez y Gaetano Sabatini (eds.), La Inmaculada Concepción y la Monarquía Hispánica, Madrid, FCE / Red Columnaria, 2019.

[4] pecheros … hidalga de privilegio: los pecheros estaban obligados a pagar impuestos (pechas), a diferencia de los hidalgos de privilegio, exentos de las tributaciones.

[5] de Jacob estrella: la profecía de la estrella de Jacob (Números, 24, 17) se considera una de las menciones bíblicas más antiguas del futuro Mesías: «Lo veo, pero no ahora; lo contemplo, pero no cerca; una estrella saldrá de Jacob, y un cetro se levantará de Israel que aplastará la frente de Moab y derrumbará a todos los hijos de Set».

[6] con tanta diferencia / excedisteis a San Juan: San Juan Bautista anunció la llegada del Mesías, pero María lo excede porque lo concibe y da a luz en Belén.

[7] Obras en verso de don Francisco de Borja, príncipe de Esquilache, Amberes, en la Emprenta Plantiniana de Baltasar Moreto, 1654, p. 690. Cito por Suma poética. Amplia colección de la poesía religiosa española, por José María Pemán y Miguel Herrero, 2.ª ed., Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1940, pp. 494-495.

Poesía de Adviento: «María», de Pedro Miguel Lamet, SJ

La Virgen sueña caminos,
está a la espera;
la Virgen sabe que el Niño
está muy cerca.

Siendo muy abundante la producción poética en torno al ciclo litúrgico de la Navidad, no lo es tanto la relacionada con el Adviento, este tiempo de preparación para la llegada del Dios hecho hombre en que nos encontramos. Sea como sea, en este blog ya he dado entrada a algunos poemas con esta temática específica como «Adviento» del Padre Jesús del Castillo; «Espera la Virgen pura», de Francisco Vaquerizo; o «Adviento», del Padre Salvador Lugo Azuela, MNM.

Pedro Miguel Lamet, SJ (Cádiz, 1941- ) cuenta entre su producción con un hermoso libro titulado La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad (Bilbao, Ediciones Mensajero, 2016), que va encabezado por un interesante «Proemio. Despertar a la luz escondida» en el que trata de ambos tiempos litúrgicos, el de Adviento y el de Navidad:

En este libro ofrezco una antología de cuantos poemas he dedicado a lo largo de mi vida al Adviento y la Navidad, la mayoría de ellos inéditos. Quizás la originalidad de este manojo de versos puede radicar en que no se desliga el nacimiento de Cristo de su contexto teológico. Si la Navidad es el hecho de que Dios se hace visible, arranca mucho antes, desde el momento en que la luz es luz. Parte del vacío, de la nada o el caos, como se quiera llamarlo, en el instante genesíaco de la creación: «Y la luz existió». La luz y su armonía estaban en el inicio de todo, cuando Dios decide multiplicarse en el variopinto estallido de colores y formas de las que se reviste la vida. Sobre todo, cuando hace aparecer en el mundo un «yo» que es capaz de nombrar todas las cosas, reflejos de su luz, y prolongar su milagro con un «tú». A este período previo se asoma la primera parte de este libro[1].

Y añade a continuación, reflexionando sobre el Adviento:

Pero el hombre, herido por la estrechez a la que él mismo somete su ego, descubre la limitación, el miedo, el dolor, el sinsentido, por lo que vuelve a gritar a su creador buscando, suplicando que de nuevo le envíe un rayo de luz. Es lo que la liturgia cristiana denomina el Adviento. Desolado por la experiencia del sufrimiento, el hambre, la violencia, la guerra, la soledad y el miedo, vuelve sus ojos ansiosos hacia el cielo. A mi entender, el Adviento es el tiempo que más se adecúa a nuestra existencia actual. Queremos intuir, si no comprender cabalmente, por qué estamos aquí, a dónde se dirige esta flecha en apariencia absurda, «pasión inútil» para los existencialistas, que parecemos ser. Los judíos, que ya tenían el privilegio de atribuir la creación a un Dios único, esperan un Mesías, piden a los cielos que «rocíen» al justo, intuyen con los profetas la venida de un salvador, nacido de una muchacha en debilidad y pobreza, que nos rescate del desastre. Y va a venir, nos dirá la Buena Nueva, directamente del seno de Dios mismo, del amor que se profesa la comunidad divina, que, preexistente en familia trinitaria, va a pronunciar el Verbo que se hará carne, hombre. Y como es la Palabra, solo nuestra palabra más digna, más preñada, más evocadora, la poesía, puede quizás rozarla, destapar, aunque sea a través de rendijas, esa inabarcable luz. Este misterio es abordado por la segunda parte del poemario que el lector tiene entre las manos[2].

Pues bien, para este segundo domingo de Adviento, copio uno de los poemas del Padre Lamet incluidos en su poemario, concretamente el bello soneto titulado «María», en el que precisamente es Ella la voz lírica enunciadora del poema. Dice así:

La Virgen María encinta

Mira, concebirás y darás a luz un hijo,
a quien llamarás Jesús.

(Lucas, 1, 31)

Cuando contemplo el brillo de mi aldea
bajo el sol que se ríe con la fuente,
o el trigo que se mece blandamente
y promete nacer mientras verdea;

cuando escucho a José que carpintea
una cuna de olivo, oigo a la gente
que me sabe feliz porque presiente
una ola de luz con la marea…,

los ojos cierro y palpo tu presencia
en este santuario de mi seno.
Oh, mi niño, te siento en mi regazo,

y te escucho latir con la querencia
de un vacío que nunca estuvo lleno,
y un mundo desvalido sin tu abrazo[3].


[1] Pedro Miguel Lamet, SJ, «Proemio. Despertar a la luz escondida», en La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad, Bilbao, Ediciones Mensajero, 2016, pp. 16-17.

[2] Pedro Miguel Lamet, SJ, «Proemio. Despertar a la luz escondida», p. 17.

[3] Pedro Miguel Lamet, SJ, La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad, Bilbao, Ediciones Mensajero, 2016, p. 75.

Unas redondillas de Lope de Vega a San Francisco Javier

En el eco de tus montes
vibre eterna esta canción
al cruzado que vencía
con la fuerza del amor.
Por enseña el crucifijo
donde expira y gime Dios,
donde Cristo da a los hombres
un abrazo de perdón.
En el solar de nuestra fe
cantemos todos a Javier.
(«Himno a San Francisco Javier»)

En la festividad de San Francisco Javier (1556-1552), apóstol de las Indias y el Japón, patrono de las Misiones y copatrono de Navarra junto con San Fermín y Santa María la Real —y también Día de Navarra—, copio unas redondillas que dedicó Lope de Vega en 1622 al santo navarro y universal.

San Francisco Javier. Iglesia parroquial de San Juan Bautista, Solchaga (Navarra)
San Francisco Javier. Iglesia parroquial de San Juan Bautista, Solchaga (Navarra).

Redactadas en tono jocoso, están incluidas en la Relación de las fiestas que la insigne villa de Madrid hizo en la canonización de su bienaventurado hijo y patrón San Isidro[1] y dicen así:

Francisco, si yo tuviera
tanta virtud como vos,
seguro de ver a Dios
irme a su Cielo quisiera.

¿Qué había de hacer acá
no teniendo qué comer,
pudiendo hartarme de ver
la ambrosía[2] que sobra allá?

¿Qué mucho[3] que os abraséis
por iros a descansar,
pues de tanto trabajar
seguro el premio tenéis?

¿Cuáles ansias hay mayores
que los deseos de Dios
en un ángel como vos,
todo regalo y amores?

Aquí no hay nada constante,
todo es allá permanente,
frío ni calor se siente,
ni hay Poniente ni Levante.

Allá en fin no pediría
Burguillos limosna al coche,
media con limpio de noche
ni sopa fraila de día[4].

Ni andaría a ver enfados
de poetas siempre ayunos[5],
ni de necios importunos,
ni de discretos cansados.

Todos andamos acá
desde Tambico a Chacona[6];
vos, como veis la corona,
quereisos partir allá.

Todos andan enojados,
no hay contento con segundo,
que la taberna del mundo
vende los gustos aguados[7].

Unos de otros por ahí
son de sus faltas testigos;
ni aun yo estoy sin enemigos,
tantos crío y tengo en mí.

De los que pasan ayer
se burlan los que son hoy,
tanto que a espulgarme voy
a donde los vi comer.

¡Qué bien conocistes[8] vos
estas vanas confianzas!
Todo es locura y mudanzas,
bien haya quien sirve a Dios,

que es Señor para servir,
los hombres siempre contentos,
que entiende los pensamientos
y no se puede morir[9].


[1] Relación de las fiestas que la insigne villa de Madrid hizo en la canonización de su bienaventurado hijo y patrón San Isidro; con las comedias que se representaron y los versos que en la justa poética se escribieron; dirigida a la misma insigne villa por Lope de Vega Carpio, Madrid, por la viuda de Alonso Martín, 1622, pp. 272-273. Se presentaron bajo el nombre del Maestro Burguillos, seudónimo habitual de Lope (baste recordar sus famosas Rimas de Tomé de Burguillos).

[2] ambrosía: manjar con el que se alimentaban los dioses olímpicos.

[3] ¿Qué mucho…?: ¿qué tiene de extraño…?

[4] Se acumulan varios tópicos en estos versos dedicados a los poetas pobres y pedigüeños: el gusto por los coches (signo de distinción social entonces, y motivo muy satirizado en la literatura áurea), la media con limpio (para abaratar los gastos de hospedaje, se solía compartir cama con otro, con la condición de que estuviera sano y aseado) y la sopa fraila (la gallofa que se repartía a los pobres en los conventos).

[5] ayunos: porque los poetas eran pobres y pasaban hambre; y, seguramente, también ayunos de poesía, es decir, ‘malos poetas’.

[6] desde Tambico a Chacona: en sentido figurado, ‘de un lado para otro, desasosegados’. Tambico, con sonorización en la palabra exótica, es mención de Tampico, una ciudad de Méjico. La chacona era un baile popular y lascivo (era habitual el estribillo «El baile de la chacona / encierra la vida bona»).

[7] taberna del mundo … gustos aguados: imagen expresiva del mundo, no como un teatro, sino como una taberna en la que los vinos (los gustos) se venden aguados; aguar el vino era acusación tópica contra los taberneros.

[8] conocistes: por conocisteis, forma usual en la lengua clásica.

[9] Señor para servir … y no se puede morir: eco de la famosa frase «Nunca más servir a señor que pueda morir» de San Francisco de Borja.

El poema «Leyendo el “Don Quijote”» de Eusebio Rey

Dado que no resulta demasiado conocida, reproduzco aquí la composición poética «Leyendo el Don Quijote» de Eusebio Rey, jesuita que utilizó el seudónimo Emilio Rego. Durante la guerra civil española, el autor fue hecho prisionero en septiembre de 1937, permaneciendo encarcelado hasta 1939. Al año siguiente publicaría Mientras iba amaneciendo… Emocionario lírico de la cárcel (San Sebastián, Gráficas Fides, 1940), con prólogo de Manuel Machado y epílogo de F. Xavier Martín Abril, libro en el que relata su viaje íntimo durante su cautiverio.

Precisamente en la evocación quijotesca que ahora rescato (que va fechada en «Gandía, diciembre, 1938») se hace alusión a esa circunstancia vital: el yo lírico, aquí claro trasunto del autor, está prisionero («Al meditar en prisiones», v. 5; «pobre preso a contrafuero», v. 18) y «el estrecho horizonte de la prisión» se le ensancha (v. 1) con la lectura de la novela cervantina. Se alude además a la idea tópica de que el Quijote fue escrito en una prisión: «Como naciste en prisiones», leemos en el v. 17, en apóstrofe al personaje cervantino. La lectura del Quijote contagia al yo lírico de actividad y energía: «he sentido de repente el dolor de no hacer nada / y un afán de acción sacude mi energía adormecida» (vv. 7-8); se afirma que la vida del «gentil caballero» (v. 21) es «fragante como una rosa, bizarra como una espada» (v. 6); se pondera el ideal caballeresco: «la imposible quimera / del ideal entrevisto como un lucero distante» (vv. 11-12); y, por último, el hablante se ofrece en el verso final a ser su escudero: «Vamos juntos a la lucha: te seguiré de escudero».

Interesa destacar también la estrofa cuarta del poema, en la que el yo lírico rechaza los calificativos aplicados a don Quijote por Rubén Darío («No eres el Rey de los tristes», sino que «mereces ser coronado Príncipe del optimismo», vv. 13-14) y se dirige al caballero con el apelativo de «Padre nuestro Don Quijote», en esta “nueva letanía” que constituyen las estrofas cuarta, quinta y sexta. Este es el texto completo del poema:

Para Sabino Alonso-Fueyo

Hoy el estrecho horizonte de la prisión se me ensancha;
en la noche de mi tedio apuntan luces de aurora;
se me ha roto la cadena de inacción que me devora,
ha venido a visitarme Don Quijote de la Mancha.

Al meditar en prisiones el poema de su vida,
fragante como una rosa, bizarra como una espada,
he sentido de repente el dolor de no hacer nada
y un afán de acción sacude mi energía adormecida.

Cabalgar y cabalgar, Clavileño o Rocinante:
disparar de mi existencia la rauda flecha certera.
Sagitario de mí mismo, tras la imposible quimera
del ideal entrevisto como un lucero distante.

Padre nuestro Don Quijote: No eres el Rey de los tristes[1]:
mereces ser coronado Príncipe del optimismo,
Fénix que eterno renaces del fracaso de ti mismo,
y derrotado cien veces otras cien en lid embistes[2].

¡Bien venido, caballero, a romper en mi favor,
pobre preso a contrafuero, una lanza humanitaria!
Como naciste en prisiones, en tu gesta temeraria
tuviste siempre por lema ser «El Buen Libertador».

¡Bien venido a libertarme! Gracias, gentil caballero.
Prisionero en el alcázar marfileño de mí mismo,
tú has hecho saltar de un bote[3] el portón de mi egoísmo.
Vamos juntos a la lucha: te seguiré de escudero[4].


[1] Este verso evoca claramente la «Letanía de nuestro señor don Quijote» de Rubén Darío (escrita en el Centenario de 1905 y publicada ese mismo año en Cantos de vida y esperanza), que comienza «Rey de los hidalgos, señor de los tristes, / que de fuerza alientas y de ensueños vistes…» y que se cierra con otra estrofa que comienza «¡Ora por nosotros, señor de los tristes, / que de fuerza alientas y de ensueños vistes…».

[2] embistes: en el original, «envistes».

[3] bote: entiéndase bote ʻgolpeʼ de lanza.

[4] Tomo el texto de Poesía nueva de jesuitas, selección y estudio preliminar de José María Pemán, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Instituto Antonio de Nebrija), 1948, pp. 105-106. Mantengo las mayúsculas del original, así como la formulación «bien venido» (separado en dos palabras) en las dos últimas estrofas. En el verso 21 cambio la coma del original por un punto y en el verso penúltimo suprimo la coma, innecesaria, tras la palabra «bote».

Temas de «Teresa» (1924) de Unamuno: Muerte

Su vivencia marca todo el libro Teresa[1] de Unamuno: al igual que el amor, la muerte está presente desde la primera hasta la última rima del poemario. En efecto, los versos 21-24 de la rima 1 rezan así: «… y me acosté a la muerte / en que sueño, Teresa; / si duermo en cama o huesa / ya, Teresa, no sé». La muerte de Rafael supondrá el reencuentro con la amada muerta, y por eso la pide en la rima 5, con palabras que parafrasean el comienzo del «Padrenuestro»:

Madre nuestra, que estás en la tierra,
y que tienes mi paz en tu reino,
¡ábreme ya tus brazos y acoge
mi vida en tu seno!

La muerte acecha continuamente a los amantes. En la rima 18 se habla de «los dedos descarnados de la Intrusa»; en la 64 un «dedo invisible» acaricia a Teresa al morir el sol.

Manos cogidas y algunas flores

En las últimas rimas, desde la 92, la muerte se intuye ya muy cercana. En la siguiente Rafael da las gracias a Dios porque viene la muerte. En la 94 afirma: «Oigo el susurro de la muerte que llega» y «Por no morir morimos huyendo muerte». La 95 la describe como un murciélago gigante que le hunde en tierra. La 96 comienza así: «¡Ay, el aprendizaje de la muerte! / ¡qué larga lección! / Morir de no morir es cosa fuerte / y huir del harpón!». También se habla de «el duro aprendizaje / del postrer nacer» (la muerte es sueño, des-nacer, nacer a otra vida, etc.; son juegos de palabras muy del gusto de Unamuno). La 97 está dedicada a la muerte por amor. En fin, la 98 y última cuenta la visión presenciada por Rafael: resurrección y eterna boda con su amada Teresa después de la muerte[2].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

San Saturnino de Tolosa, patrón de Pamplona

Hoy, 29 de noviembre, es la festividad de San Saturnino, patrón de Pamplona. Frente a lo que muchos piensan, el patrón de la capital navarra no es San Fermín, sino San Saturnino, primer obispo de Toulouse, que predicó en Aquitania durante el consulado de Gracio y Decio, en el siglo II d. C, y que moriría martirizado en Toulouse (c. 257). Su discípulo Honesto vino a predicar a Pompaelo (la actual Pamplona) y poco después se le uniría el propio Saturnino. Ambos convirtieron y bautizaron a varios paganos de la ciudad romana, entre ellos el senador Firmo y su esposa Eugenia, cuyo hijo Firmino (Fermín) sería luego el primer obispo de Amiens (allí sufriría el martirio el 25 de septiembre de 303).

San Saturnino, patrón de Pamplona, en procesión por las calles de la ciudad (foto: Diario de Noticias).

Esta es la historia de San Saturnino, según la recoge la Corónica General de España de Florián de Ocampo-Ambrosio de Morales:

Estando en Roma envió el apóstol san Pedro al obispo Saturnino para que predicase en la ciudad de Tolosa de Francia, que no está lejos de España, por la parte que los montes Pireneos tocan las comarcas de Navarra y Aragón. El santo, no contento con trabajar en la viña del Señor por la parte que se le enviaba, envió a España, y señaladamente a Navarra, un su presbítero llamado Honesto. Este fue recebido en Pamplona con buen acogimiento por tres caballeros, que por ser de la orden patricia los llaman senadores. Sus nombres eran Firmo, Fortunato y Faustino. Comenzándoles Honesto a predicar la fe, se movieron mucho para ser cristianos, y con deseo de ser mejor instruidos le pidieron volviese a Tolosa y les trujese a su obispo Saturnino. Él lo hizo así, y vino a Pamplona. Comenzó a predicar, y en siete días se refiere en sus liciones que convertió cuarenta mil personas, y Firmo, de los senadores, dio a Honesto un hijo suyo pequeño llamado Firmino para que lo doctrinase en la fe. No parece que este santo entrase más adentro en España, porque luego se cuenta como se volvió a su obispado de Tolosa y allá fue martirizado. Y con dejar acá al sacerdote Honesto, como lo era en la vida y costumbres, y a otros fieles, podía pensar que la tierra quedaba proveída de doctrina. En la Corónica del príncipe don Carlos se cuenta que san Saturnino entró por España predicando hasta llegar a Toledo. Yo tengo lo que he dicho por lo más cierto.

Los de Pamplona reverencian por su verdadero apóstol a este santo; y así le tienen de muy antiguo un suntuoso templo que es iglesia parroquial. Usan muy corrompido el vocablo, pues se llama aquella iglesia de San Cerni[1]. Su fiesta celebran a los veinte y nueve de noviembre, y en los Martirologios de Usuardo y Beda en el mismo día le ponen a San Saturnino Mártir, obispo de Tolosa, juntamente con otro San Saturnino, que padeció con Sinisio diácono en Roma. San Isidoro también en su Misal pone a este santo obispo de Tolosa, y refiere su martirio; y así también la Iglesia de Toledo y el obispo Equilino. Mas en ninguno destos autores se hace mención que viniese en España. Esto se halla en las liciones de aquel Obispado, y del de Tolosa y otros; y el príncipe don Carlos lo refiere en su Corónica. Y aunque en las historias de los santos se hallen algunas veces semejantes diversidades, y no se puedan comprobar con todos los autores, es cosa piadosa y devota tener por cierto lo que las iglesias particulares rezan en las fiestas de sus propios santos. Porque la tradición antigua es de harta substancia, y se debe creer que no han conservado aquello tan de veras sin muchos buenos fundamentos y motivos, de que ya agora no se tiene noticia. Y piérdense libros, y consúmense las memorias de algunas cosas con olvido y negligencia, y es mucho que duren otras con buena perpetuidad.

El tiempo en que fue enviado y vino acá este santo se señala en el Breviario de Pamplona haber sido en tiempo del emperador Claudio. Esto puede tener fundamento en haber venido San Pedro a Roma en aquel tiempo, y desde allí pudo proveer así a Francia de doctrina. También se dice allí que este santo fue uno de los setenta y dos Discípulos. Esto pudo bien ser, aunque en el Catálogo que Equilino hace dellos no está nombrado[2].


[1] En realidad, no es que usasen «muy corrompido el vocablo», sino que utilizaban —y así se sigue haciendo en la actualidad— el nombre original en occitano del santo, Cernin.

[2] Corónica general de España [de Florián de Ocampo] que continuaba Ambrosio de Morales, coronista del rey nuestro señor don Felipe II, tomo 4, en Madrid, en la oficina de don Benito Cano, año de 1791, Libro IX, Cap. XIV, «Lo que hay de la venida del apóstol San Pedro a España, y San Saturnino que predicó en este tiempo en Pamplona», pp. 456-458.

«Adviento», del P. Salvador Lugo Azuela, MNM

Abre tu tienda al Señor:
recíbele dentro,
escucha su voz.

Abre tu tienda al Señor:
prepara tu fuego,
que llega el Amor.

(Carmelo Erdozáin, «Abre tu tienda al Señor»,
en Nuevos cantos de Adviento y Navidad, 1986)

Vaya para este primer domingo de Adviento un poema del P. Salvador Lugo Azuela, MNM. Oriundo de México (nacido el 13 de noviembre de 1944), se ordenó sacerdote en 1972. Fue maestro en el Seminario de los Misioneros de la Natividad de María (Congregatio Missionariorum Nativitatis Mariae), y también maestro de física electromagnética en la Universidad de Guanajuato (México). Como poeta, el P. Lugo Azuela ha recopilado su producción lírica en un volumen de bello título, Estrellas y rosas en aljaba, un conjunto de poesías escritas en León (Guanajuato) y en Mexicali. A este libro pertenece el poema «Adviento», emotivo en su brevedad y sencillez:

La Virgen María encinta

Si todo aguarda al Mesías:
la brisa, el ave y la flor,
y ya lo anuncia Isaías,
¿por qué se tarda el Señor?

Se apresuran los pastores
y la estrella da su luz.
Ángeles cantan primores,
¿dónde está el Niño Jesús?

El establo ya está listo,
la tosca paja también.
Anochece ya en Belén
¿y no llega Jesucristo?

Callad todos, tened calma.
Algo pasa si no llega.
Falta aún alguna entrega:
falta… ¡preparar el alma!
[1]


[1] Tomo el texto de Internet y modifico ligeramente la puntuación.

Apunte de urgencia sobre San Ignacio de Loyola en la literatura moderna y contemporánea

La figura de San Ignacio de Loyola también ha sido tratada en numerosas ocasiones por la narrativa, la poesía y el teatro de la época moderna y contemporánea. En la Generación del 98, es tema abordado por distintos autores, pero en especial por Unamuno, quien en su Vida de don Quijote y Sancho establece notables paralelismos entre la biografía de don Quijote y la vida de San Ignacio y equipara la locura caballeresca del hidalgo manchego y la religiosa del santo guipuzcoano. En teatro, aunque el panorama es bastante más amplio, habría que recordar al menos El caballero de Dios Ignacio de Loyola. Monólogo y escenas dramáticas (1923), de Juan Marzal, SI; El Divino Impaciente (1933), de José María Pemán; El capitán de Loyola (1941), de Ramón Cué, y El capitán de sí mismo. Retablo escénico (1950), de Manuel Iribarren[1].

Cubierta de El capitán de sí mismo. Retablo escénico (1950), de Manuel Iribarren

Además, la figura de San Ignacio de Loyola se hace presente en la narrativa contemporánea —no solo española— en tres novelas históricas destacadas: El hilo de oro (1952), de Louis de Wohl, y El caballero de las dos banderas (2000) y Para alcanzar amor. Ignacio de Loyola y los primeros jesuitas (2021), de Pedro Miguel Lamet, además de en la semblanza novelada de José Luis Martín Vigil Yo, Ignacio de Loyola (1989) o en las versiones para un público infantil y juvenil, como por ejemplo la narración de María Puncel Íñigo de Loyola (1992). Y esta nómina de autores y obras podría ampliarse fácilmente. Quede, pues, pendiente para otra ocasión el comentario de todas estas piezas modernas y contemporáneas, y baste con lo apuntado relativo al Siglo de Oro para constatar la importancia del tratamiento literario que ha tenido, en los tres grandes géneros de narrativa, lírica y teatro, la figura universal y señera de San Ignacio de Loyola[2].



[1] Para las obras de Marzal y de Iribarren, véase el trabajo de María Ángeles Lluch Villaba y Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola en el teatro español del siglo XX: El caballero de Dios Ignacio de Loyola (1923) de Juan Marzal, SI y El capitán de sí mismo (1950) de Manuel Iribarren», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 315-337.

[2] Para más detalles remito Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 145-176.