«Amaya o los vascos en el siglo VIII» (1879), de Navarro Villoslada: génesis (1)

La que sería la obra más importante de Francisco Navarro Villoslada[1] se publicó primero por entregas en la revista La Ciencia Cristiana[2], entre 1877 y 1879; en este último año (la dedicatoria a los hermanos Manuel y Luis Echevarría y Peralta lleva fecha de 1 de marzo) apareció en forma de libro, en tres volúmenes, Madrid, Librería Católica San José[3]. Sin embargo, sabemos que la gestación de Amaya fue morosa, y que el autor fue incorporando a la narración elementos diversos que, sin merma de la unidad interna de la obra, terminaron por engrosarla considerablemente.

Amaya, de Francisco Navarro Villoslada

Amaya o los vascos en el siglo VIII, por el retraso de su aparición hasta 1877-1879, una vez superada la moda romántica, ha sido calificada con acierto por Jorge Campos como «una bella flor tardía». Ahora bien, si la última novela de Navarro Villoslada, su obra maestra, llegaba fuera de su contexto literario natural, desde el punto de vista ideológico y de su contenido, su salida a la luz pública no podía ser más oportuna: de 1876 databa la ley de abolición de los fueros vascos, y la obra —un «centón de tradiciones éuskaras», al decir de su autor, en que se exalta el carácter, las costumbres y las tradiciones de los antiguos vascones— fue acogida con verdadero entusiasmo por los sectores tradicionalistas y fueristas de Navarra y las Provincias Vascongadas, que le tributaron encendidos elogios. Amaya fue calificada como la «Ilíada del pueblo vasco» y Navarro Villoslada se convirtió en «el Walter Scott de las tradiciones vascas» para el Padre Blanco García, en el «cantor de la raza vasca», según reza la placa colocada en la fachada de su casa natal. Además, en reconocimiento a sus méritos vascófilos, fue nombrado miembro honorario de la Asociación Éuskara de Navarra, impulsada en Pamplona por Juan Iturralde y Suit y Arturo Campión[4].

Las dos primeras novelas de Navarro Villoslada, Doña Blanca de Navarra y Doña Urraca de Castilla, aparecieron respectivamente en 1847[5] y 1849, cuando ya el género histórico comenzaba a desintegrarse como consecuencia de la proliferación de obras de escasa calidad debidas a folletinistas y entreguistas (novelas de aventuras históricas más que novelas históricas, según Ferreras[6]). Pero, en cualquier caso, puede considerarse que están todavía encuadradas dentro de ese marco de la novela histórica española, cuya gran década es la que va de 1834 (El doncel de don Enrique el Doliente, de Larra, Sancho Saldaña, de Espronceda) a 1844 (El señor de Bembibre, de Gil y Carrasco). En cambio, para que los seguidores del de Viana pudieran leer Amaya tuvieron que esperar casi treinta años, hasta que sus primeros capítulos comenzaron a aparecer en 1877 en el folletón de La Ciencia Cristiana, revista dirigida por Juan Manuel Ortí y Lara. Y solo en 1879, al terminar de incluirse la última entrega, fue cuando se publicó en forma de libro (en tres volúmenes) en Madrid, por la Librería Católica San José, como ya indiqué[7].


[1] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] La Ciencia Cristiana. Revista de filosofía, ciencias y literatura se publicó entre 1875 y 1885 en Madrid. Su fundador y director era Juan Manuel Ortí y Lara. Entre los papeles de Navarro Villoslada encuentro varias cartas de Ortí, con los correspondientes borradores de respuesta, que revelan una discusión entre ambos relativa al pago de los derechos por la publicación de la novela en la revista.

[3] Merced a los libros de cuentas de Villoslada podemos saber cuánto cobró por cada capítulo del folletín (200 reales) y por la venta de la propiedad. Por ejemplo, en enero de 1879 anota: «Entra por los siete capítulos de Amaya del trimestre vencido el 31 de diciembre, 1400 [reales]»; y en marzo: «Entra por la inserción de los últimos capítulos de Amaya en la Ciencia [Cristiana] 1.300». En marzo de 1880 apunta: «Día 24. Recibí 5.000 r. de la propiedad de Amaya, que con los 4.000 de 7 de febrero de 1879 hacen 9.000 y restan 15.000 hasta la cantidad de 24.000 en que vendí dicha propiedad»; en febrero de 1881 escribe: «Entra de la librería San José, 8.000 reales»; y el 23 de marzo: «Recibí los 5.000 reales que restaban de la propiedad de Amaya y devolví el contrato con el recibo al pie». En cuanto al precio de la novela, El Eco de Navarra avisaba el 27 de julio de 1879: «Se vende a 12 reales el tomo y 30 los tres, pagando el importe adelantado, en casa de D. Manuel Alonso y Zegrí, calle de Gravina, 14, Madrid». Al final del tomo I de la edición figuran las «Obras publicadas» por la Librería Católica San José: «Amaya o los vascos en el siglo VIII, novela histórica, original de D. Francisco Navarro Villoslada; tres tomos del tamaño y condiciones del presente; precio en rústica, 12 reales cada tomo en toda España, y 15 reales en Madrid y 16 en provincias encuadernado en chagrin y tela. / A los que abonen el importe de toda la obra al pedir el primer tomo, se les hará rebaja de seis reales en el precio total, o se les remitirán los tomos certificados si envían íntegro el importe. / No se servirá ningún pedido del tomo primero sin que venga acompañado del precio total de la obra con la indicada rebaja, o autorizado por el sello de un seminario, autoridad o corporación eclesiástica».

[4] Sobre Amaya, véanse especialmente estos trabajos: Inés Liliana Bergquist, «Amaya», en El narrador en la novela histórica española de la época romántica, Berkeley, University of California, 1978, pp. 187-222; Arturo Campión, «Amaya. Estudio crítico», Revista Euskara, III, 1880, pp. 54-64, 74-86, 115-122 y 145-154; Fernando González Ollé, «Por fin, la novela», en Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1989, pp. 167-183; María C. Mina, «Navarro Villoslada: Amaya o los vascos salvan a España», Historia Contemporánea (Revista del Dpto. de Historia Contemporánea de la Universidad del País Vasco), 1, 1988, pp. 143-162; Beatrice Quijada Cornish, «A Contribution to the Study of the Historical Novels of Francisco Navarro Villoslada», en Homenaje a don Carmelo de Echegaray, San Sebastián, Imprenta de la Diputación de Guipúzcoa, 1928, pp. 199-234.

[5] La primera parte de Doña Blanca de Navarra se publicó en 1846, pero el texto completo de la novela con sus dos partes definitivas (La Princesa de Viana y Quince días de reinado) salió en 1847.

[6] Ver Juan Ignacio Ferreras, El triunfo del liberalismo y de la novela histórica (1830-1870), Madrid, Taurus, 1976, pp. 99 y ss.

[7] Utilizaré esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

Características literarias del Romanticismo en España

Los principales rasgos del movimiento literario romántico son:

1) Subjetivismo: cobra importancia el yo del autor (elevado a la categoría de genio creador) y también el yo del personaje protagonista.

2) Sentimentalidad: se pone en primer plano la comunicación del sentimiento, se busca la expresión de la interioridad de los personajes, que en ocasiones es trasunto de la propia personalidad del autor.

3) Relación entre sentimiento y paisaje: muchas veces la naturaleza se identifica con el personaje; la descripción de los elementos del paisaje está en situación de paralelismo (o de contraste) con el estado anímico del protagonista.

Leonardo Alenza, Sátira del suicidio romántico

4) Actitud evasionista: el autor romántico desea escapar de la realidad del mundo en que vive, que le parece vulgar y prosaica. De ahí que sean recurrentes los temas exóticos. En las obras se busca una lejanía que puede ser espacial (Oriente, India, Japón…) o temporal (sobre todo, la Edad Media y, en menor medida, el Siglo de Oro).

5) Énfasis de lo nacional: la vuelta a la Edad Media supone muchas veces una mirada al pasado nacional.

Se ensalzan las viejas glorias históricas, los hechos más famosos, las tradiciones patrias (novela histórica, baladas…).

La literatura se tiñe de patriotismo y se pone, a veces, al servicio de una determinada causa ideológica (de sentido liberal o conservador). No olvidemos que en el siglo XIX asistimos al auge de los nacionalismos y los regionalismos en Europa.

—Lo mismo sucede en Hispanoamérica, donde la literatura pasa a ser expresión de la sociedad y voz de las nacientes repúblicas independientes.

6) Rechazo de las normas neoclásicas: los tratadistas del siglo XVIII habían impuesto el respeto a las reglas como principal piedra de toque para determinar la calidad de una obra literaria: lo que se ajustaba a esas reglas, al «buen gusto» literario, era correcto y de mayor valor.

—En cambio, el Romanticismo proclama la libertad del autor para expresarse sin ningún sometimiento a las normas dictadas por las preceptivas.

—La libertad es total, de ahí que a veces se difuminen las fronteras entre los géneros literarios (mezcla de prosa y verso, combinación en la misma obra de elementos narrativos y dramáticos, trágicos y cómicos, etc.).

—Es manifiesto el gusto por los contrastes.

7) Preferencia por los personajes marginales: los protagonistas de las obras románticas suelen ser personajes al margen de la sociedad, que rompen por completo con sus leyes y convenciones; de esta forma,

los antihéroes se convierten en héroes: el bandido, el pirata, el cosaco, el mendigo, el verdugo, el reo de muerte, la prostituta, etc. Las canciones de Espronceda nos ofrecen un buen repertorio de estos nuevos héroes románticos.

8) Ambientes y motivos románticos: hay algunos escenarios y motivos típicamente románticos, como

—la noche, la luna;

—los cementerios, los sepulcros, las ruinas;

—las tormentas, los huracanes, la fuerza desatada de la naturaleza;

—atmósferas misteriosas, elementos fantásticos y de terror gótico.

9) Carácter tópico. Las obras románticas se construyen con personajes y estructuras que tienen mucho de clichés repetidos, los cuales resultan intercambiables de unas piezas a otras.

—Tanto en novela como en teatro, el universo de los personajes se divide maniqueamente en buenos y malos (héroes / villanos). Los protagonistas son tipos simbólicos sin demasiada profundidad psicológica.

—Los autores manejan unos recursos también tópicos en la construcción de la intriga para mantener el interés del lector o del espectador.

10) Énfasis de la expresividad: el estilo de las obras románticas es grandilocuente y retórico. Por ejemplo:

—abundan los vocablos sonoros y altisonantes, con especial preferencia por los esdrújulos: cárdeno, lóbrego, lúgubre, mísero;

— son frecuentes los adjetivos epítetos;

—se da importancia al ornato retórico de la obra: exclamaciones, interrogaciones retóricas, reticencias, y en general, todos los recursos estilísticos;

polimetría (se usa una gran variedad de versos, de arte mayor y menor, para conseguir distintos efectos expresivos)[1].


[1] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

Las comedias burlescas de Jerónimo de Cáncer: «Las mocedades del Cid»

Las mocedades del Cid de Cáncer y Velasco (impresa por vez primera en 1673 en la Parte treinta y nueve de comedias nuevas de los mejores ingenios de España[1]) es parodia de la obra homónima de Guillén de Castro. Al frente se hace constar que fue representada ante los reyes un martes de Carnestolendas, aunque no sabemos de qué año. En uno de los testimonios (1681) figura atribuida a Moreto con el título de Las travesuras del Cid. Hay edición moderna (1998) del Seminario de Estudios Teatrales, dirigida por Huerta Calvo. El protagonista es aquí un Cid pendenciero, cobarde y bravucón, que en los vv. 724-733 pide dinero a su padre, Diego Laínez, por vengar la afrenta recibida (la bofetada que le dio el Conde Lozano, padre de Jimena). García Lorenzo[2] explica bien la desmitificación, la degradación de la historia épica, de los personajes heroicos y de las situaciones de alta tensión dramática que lleva a cabo la burlesca con relación al modelo serio.

Las mocedades del Cid, de Guillén de Castro

Como se indica en el estudio preliminar de la edición citada, Cáncer no va siguiendo escena por escena la obra de Guillén de Castro, sino que la parodia se basa en dos aspectos: «el contraste entre idealismo y materialismo, esto es, el rebajamiento carnavalesco de lo alto por lo bajo; y también la burla de todo tipo de convenciones literarias»[3]. También en esta comedia burlesca los personajes son de lo más encumbrado, el rey y otros nobles, pero de nuevo todos los valores convencionales (amor, honor, valentía, mesura de la realeza, etc.) quedan vueltos del revés: el Cid es un vulgar matasiete, Jimena ronca en escena, el Conde Lozano aparece animalizado, al grotesco rey Cosme lo vemos sentado a comer ridículamente… Es abundante la comicidad de situación: Flora tira un pañuelo a la cara de Jimena, Jimena le ofrece como regalo el reflejo de un vestido en el espejo, la criada quiere leerle las rayas de la mano con el guante puesto… Hilarante es la escena en que el Conde Lozano quiere matar a su hija primero con un veneno (Jimena quiere beber más y su padre se niega porque eso ya sería gula) y luego con su daga (vv. 517-638). Se parodian las archirrepetidas escenas de galanteos a la reja (Jimena se despedía poco antes del Cid con este aviso: «Vete ahora, que mi padre / me quiere matar un poco», vv. 503-504) y las escenas a oscuras y a tientas, así como el intercambio de favores amorosos, aquí ridículamente entre padre e hija (el conde cree que es favor la cinta con que Jimena trata de cortar la sangre a su herida). También la exagerada sorpresa de Jimena al saber que es doncella provoca nuestra risa:

CONDE.- Aquí para entre los dos,
sábete que eres doncella.

JIMENA.- A mucho, señor, te atreves.
¡Confusa de oíllo estoy!
¿Doncella dices que soy? (Jornada I, vv. 127-131).

Las mocedades del Cid, de Cáncer y Velasco

Los recursos de comicidad verbal, muy abundantes, son del mismo tipo que en La muerte de Baldovinos[4], abundando de nuevo los juegos de palabras, a veces combinados con alusiones metateatrales:

CONDE.- ¡Infame, suelta el papel!

JIMENA.- ¿Pues tan mal le represento? (Jornada I, vv. 83-84).

Todo sirve para conseguir la risa del espectador en esta reducción paródica del mito del Cid, personaje que también aparece ridiculizado en otras burlescas como El hermano de su hermana o Los infantes de Carrión[5].


[1] Hay ediciones modernas: Jerónimo de Cáncer y Velasco, Las mocedades del Cid, ed. del Seminario de Estudios Teatrales dirigida por Javier Huerta Calvo, Cuadernos para Investigación de la Literatura Hispánica, núm. 23, 1998, pp. 243-297; y en Comedias burlescas del Siglo de Oro, tomo IV, Las modedades del Cid. El castigo en la arrogancia. El desdén, con el desdén. El premio de la hermosura, ed. de Alberto Rodríguez Rípodas, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2003.

[2] Ver Luciano García Lorenzo, «La comedia burlesca en el siglo XVII. Las moceda­des del Cid de Jerónimo de Cáncer», Segismundo, 25-26, 1977, pp. 131-146.

[3] Jerónimo de Cáncer y Velasco, Las mocedades del Cid, ed. del Seminario de Estudios Teatrales dirigida por Javier Huerta Calvo, Cuadernos para Investigación de la Literatura Hispánica, núm. 23, 1998, p. 246.

[4] Ver el citado trabajo de Luciano García Lorenzo, «La comedia burlesca en el siglo XVII. Las moceda­des del Cid de Jerónimo de Cáncer», y a las introducciones de Javier Huerta Calvo et alii (Jerónimo de Cáncer y Velasco, Las mocedades del Cid, ed. del Seminario de Estudios Teatrales dirigida por Javier Huerta Calvo, Cuadernos para Investigación de la Literatura Hispánica, núm. 23, 1998) y de Alberto Rodríguez Rípodas (Comedias burlescas del Siglo de Oro, tomo IV, Las modedades del Cid. El castigo en la arrogancia. El desdén, con el desdén. El premio de la hermosura, ed. de Alberto Rodríguez Rípodas, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2003).

[5] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Cáncer y la comedia burlesca», en Javier Huerta Calvo (dir.), Historia del teatro español, vol. I, De la Edad Media a los Siglos de Oro, Madrid, Gredos, 2003, pp. 1069-1096. Ver también Carlos Mata Induráin, «El Cid burlesco del Siglo de Oro: el revés paródico de un mito literario español», en Anais do V Congresso Brasileiro de Hispanistas / I Congresso Internacional da Associaçao Brasileira de Hispanistas, ed. S. Rojo et al., Belo Horizonte, Faculdade de Letras da Universidade Federal de Minas Gerais, 2009, pp. 408-416. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

El personaje de don Melchor en «La celosa de sí misma» de Tirso de Molina (y 2)

En la comedia de Tirso, el momento en que el personaje de don Melchor está más derrotado es al final del acto II[1], cuando queda compuesto y sin novias, como «alma Garibaya», que ni la quiere Dios ni el diablo, esto es, ni su prometida doña Magdalena, ni la supuesta condesa. Entonces hace el propósito de volver a León, corrido, sin mujer y sin bolsillo: «No más Madrid» (p. 1127), no más laberintos en los que su cortedad se pueda perder. No cabe duda de que su ingenio es mucho menos vivo que el de su despierto lacayo, Ventura, que descubre todos los engaños o, por lo menos, sospecha cuando algo no le parece normal. Y es que en los juegos de amor se hila muy delgado y la rustiqueza leonesa de don Melchor no alcanza a captar todas sus sutilezas (cfr. p. 1161). Sin embargo, el retrato del galán no es tan negativo, no llega a darse un tratamiento plenamente grotesco que permita en mi opinión incluirlo en la nómina de las figuras de corte.

La celosa de sí misma, de Tirso de Molina

La celosa de sí misma es una comedia de notable comicidad escénica y, sobre todo, de una desbordante comicidad verbal. Constituye una buena prueba del ingenio cómico de Tirso de Molina, capaz de inventar (de hacer inventar a sus personajes) todas las trazas de un complicado enredo, que no desentonan y resultan posibles en un espacio babélico donde —se ha insistido en ello— todo es «agradable confusión». Y la propia comedia del mercedario, como la corte madrileña que sirve de fondo a su acción, no es otra cosa que eso, una «agradable confusión» en la que funcionan como en ajustado mecanismo de relojería todos los recursos dramáticos y todos los enredos que con tanta maestría sabía manejar Tirso[2].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

Breve cronología del Romanticismo en España

La crítica ha discutido mucho sobre la duración y la trascendencia del Romanticismo en España. Para Russell P. Sebold, el Romanticismo surge en fechas muy tempranas, hacia los años 70 del siglo XVIII. Representantes de ese primer Romanticismo serían José de Cadalso con su relato titulado Noches lúgubres (escrito en 1771) o Melchor Gaspar de Jovellanos con su comedia lacrimosa El delincuente honrado (estrenada en 1774). Según sus teorías, habría todo un siglo romántico, que se prolongaría, aproximadamente, desde 1770 hasta 1870 (con los post-románticos Bécquer y Rosalía de Castro). En cambio, para otros autores, como Edgar A. Peers, el Romanticismo en España es un fruto muy tardío (su triunfo se produce hacia 1833-1834), su plenitud es muy breve (dura unos pocos años), carece de un fundamento teórico-ideológico profundo, es más bien superficial (imita los rasgos más externos del Romanticismo europeo) y no produce resultados especialmente brillantes.

 

En el caso de Hispanoamérica, el apogeo romántico se da más tardíamente que en España, entre los años 1840 y 1890.

Peers_Romanticismo

Sea como sea, lo que sí está claro es que el triunfo del Romanticismo en España se vio retrasado por las adversas circunstancias históricas y políticas: por un lado, el miedo a la Revolución Francesa hizo que durante años las fronteras se cerrasen y se pusieran obstáculos a la difusión de libros e ideas procedentes de Europa; por otra parte, la guerra de la Independencia (1808-1814) interrumpió bruscamente la actividad artística y el cultivo de las letras; después, el turbulento reinado de Fernando VII, con las continuas luchas políticas de absolutistas y liberales en el periodo 1814-1833, resultó fatal para la creación literaria e impidió el normal desarrollo de la vida cultural: existía una férrea censura y muchos escritores fueron encarcelados (Quintana, Gallego, Martínez de la Rosa…) o tuvieron que marchar al exilio.

Uno de los géneros triunfantes en el Romanticismo español será la novela, concretamente la novela histórica, con títulos importantes publicados entre 1834 y 1844 (la moda seguiría varias décadas más, pero ya con menos calidad literaria: novela de aventuras históricas, folletines, etc.). Pero el camino que tuvo que recorrer fue muy largo. Recuérdese que en el siglo XVIII se produjo un gran vacío novelesco —matizado por la crítica reciente— y que el periodo 1800-1830 produjo imitaciones y traducciones más que obras originales. Así lo expresa este pasaje de una novela de Benito Pérez Galdós:

En esto de novelas andamos tan descaminados, que después de haber producido España la matriz de todas las novelas del mundo y el más entretenido libro que ha escrito humana pluma, ahora no acierta a componer una que sea mayor que el tamaño de un cañamón, y traduce esas lloronas historias francesas, donde todo se vuelve amores entre dos que se quieren mucho durante todo el libro, para luego salir con la patochada de que son hermanos» (Napoleón en Chamartín, capítulo VII).

Además de sufrir la censura aplastante que señalábamos, el género novelesco se vio atacado en varios frentes. Ya en 1799 el Gobierno había intentado suprimir la publicación de novelas. El desprestigio de la narrativa era doble: por un lado, en el terreno de la moral, se pensaba que era un género dañino, corruptor de las costumbres y especialmente peligroso para los jóvenes; desde el punto de vista de la preceptiva, se consideraba un género menor, muy poco apreciado. La recuperación fue muy lenta, y a ella contribuyeron distintas iniciativas, como la «Colección de Novelas» (1816). Interesa destacar que, en los años 30, muchos españoles se educarían para la lectura con las novelas históricas románticas, y en esta circunstancia sociológica, más que en su calidad literaria, estriba su verdadero valor.

Por otra parte, hemos de considerar que el Romanticismo no surge de repente, sino que hay una etapa de transición entre la Ilustración dieciochesca y el nuevo estilo que triunfará en los años 30 del nuevo siglo. Efectivamente, los últimos poetas del XVIII que cronológicamente pasan también al XIX (Cienfuegos, Quintana…), aun cuando conservan técnicas neoclásicas, muestran una ideología política liberal más o menos radical que apunta al nuevo movimiento. Otro nombre que debemos recordar es el de Alberto Lista (1775-1848), en su juventud liberal avanzado, luego afrancesado, quien pasará (como Mora) desde posiciones neoclásicas a un tibio Romanticismo muy limitado.

No siempre resulta fácil diferenciar a los escritores románticos de los no románticos. Sus posiciones son muy variadas, e incluso se dan en ellos contradicciones entre la actitud política y sus posicionamientos estéticos (e incluso, en el terreno literario, a veces difieren sus ideas teóricas y su práctica). Así, nos encontramos con autores que todavía pueden ser considerados neoclásicos (Bretón de los Herreros); otros cuyas obras presentan rasgos eclécticos, neoclásicos y románticos (Martínez de la Rosa, Larra); hay algunos neoclásicos en sus comienzos que se pasan, a veces con matices, al Romanticismo (el duque de Rivas, Espronceda); otros plenamente románticos (Gil y Carrasco, García Gutiérrez, Hartzenbusch, Zorrilla, Navarro Villoslada…); y, en fin, los costumbristas (Mesonero Romanos, Estébanez Calderón).

Desde otro punto de vista, se ha señalado la existencia de dos tipos de Romanticismo: el Romanticismo tradicional (cristiano, nacional), que está representado por Schlegel, Novalis, Scott, Chateaubriand, y en España por Böhl de Faber, el duque de Rivas, Zorrilla o Navarro Villoslada; y el Romanticismo liberal, cuyos paladines son lord Byron, Victor Hugo, Alejandro Dumas, Alfredo de Vigny y, entre los españoles, Espronceda, Gil de Zárate o Hartzenbusch.

Como ya señalamos, el triunfo pleno del Romanticismo se produce hacia el año 1834, que ha sido considerado por la crítica como un annus mirabilis dada la acumulación de importantes publicaciones y estrenos: La conjuración de Venecia, de Martínez de la Rosa; Macías y El doncel de don Enrique el Doliente, de Larra; El moro expósito, del duque de Rivas.

En los años siguientes podemos destacar los siguientes títulos:

  • 1835 Don Álvaro o la fuerza del sino, del duque de Rivas.
  • 1836 El trovador, de García Gutiérrez.
  • 1837 Los amantes de Teruel, de Hartzenbusch.
  • 1840 Poesías, de Espronceda.
  • 1841 Romances históricos, del Duque de Rivas; Cantos del trovador, de Zorrilla.
  • 1844 Don Juan Tenorio, de Zorrilla; El señor de Bembibre, de Gil y Carrasco[1].


[1] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

Las comedias burlescas de Jerónimo de Cáncer: «La muerte de Valdovinos»

La muerte de Valdovinos de Cáncer y Velasco (publicada en 1651[1]) es parodia de El marqués de Mantua, de Lope. Las desenfadadas y hasta atrevidas alusiones de Cáncer a diversos sacramentos (bautismo, matrimonio, confesión y comunión) hicieron que la obra tuviera problemas con la Inquisición (fue expurgada y acabo siendo puesta en el Índice de Rubín de Ceballos en 1790). De hecho, existen notables diferencias entre las dos primeras ediciones (las dos de 1651, en el volumen de Obras varias de Cáncer), con muchos versos omitidos o corregidos en la segunda. Disponemos de una edición de 1943 de Sainz de Robles y otra más reciente (2000) del Seminario de Estudios Teatrales, dirigida por Huerta Calvo[2].

MuerteValdovinos

Cáncer busca de nuevo su inspiración en un tema popularizado por el Romancero, en esta ocasión correspondiente al ciclo carolingio. El protagonista es Valdovinos, sobrino de Carlomagno, enamorado de la princesa mora Sevilla (que se bautiza para casarse con él). Carloto, el hijo del emperador, también queda prendado de la dama y urde una traición para asesinar a Valdovinos: cuando salen ambos a caza de grillos, Carloto, con la ayuda de Galalón y Malgesí, lo deja herido de muerte. El marqués de Mantua, que encuentra a Valdovinos moribundo, jura vengarlo. En la escena final, Carlomagno hace justicia (de forma harto disparatada) y Sevilla (de la que ya se había dicho que era «mujer honrada», a mala parte, y «el libro de Para todos») se queda con el marqués de Mantua.

Como se explica en el estudio de la edición dirigida por Huerta Calvo[3], nuestro autor sigue la Tragicomedia del marqués de Mantua, de Lope, acción por acción, escena por escena, conservando los personajes fundamentales; pero no se trata de una parodia literal, sino que «Cáncer crea, dentro de un marco dramático conectado, situaciones cómicas basadas en la imitación burlesca de los personajes y situaciones de Lope, sirviéndose de herramientas literarias propias, creando de este modo esa imagen de inversión de la realidad tan propia de los días de carnaval en que se solían representar este tipo de obras». Abundan, en efecto, las situaciones disparatadas. El aragonés se recrea presentándonos a un Valdovinos afeminado, equiparado a un vulgar maridillo que vuelve a casa inoportunamente para encontrarse a Carloto cortejando a su mujer. El galán sorprendido, lejos de asustarse, pide al marido que no estorbe y que le deje un rato a solas con su esposa. Las apelaciones al honor por parte de Valdovinos (vv. 364 y 384-388) no pueden ser más ridículas. La segunda jornada se abre con los lamentos desmesurados de Sevilla:

VALDOVINOS.- Deja el llanto, gran Sevilla,
cierra el dulce canelón
que te cala hasta el almilla,
y si va por el jubón
te llegará a la tetilla (Jornada II, vv. 547-551).

Y poco después Sevilla referirá, haciendo uso de los paréntesis exclamativos, los ridículos agüeros que se le presentan al saber que su esposo va a salir de caza con Carloto:

SEVILLA.- ¡Ay de mí, que el corazón
me está regoldando agüeros!
Ayer (¡toda soy de hiel!)
comiendo (¡qué tiranía!)
miel (¡oh, fortuna cruel!)
se me (¡qué triste agonía!)
cayó la sopa en la miel (Jornada II, vv. 595-601).

Divertida es también la escena en que los paladines salen con linternas a caza… de grillos o la confesión de Valdovinos con el ermitaño al final de la Jornada II (escena censurada y suprimida en muchas ediciones). Todos los personajes, bellamente idealizados en las versiones épicas (paladines de Francia como Valdovinos, Durandarte o Roldán, damas como Sevilla, doña Alda, Melisendra, Flor de Lis o Belerma) sufren aquí una intensa degradación; todos usan un registro coloquial bajo, en el que no son raros los insultos (chula, majadero, mentecato, perra…).

Para Bonilla y San Martín, esta comedia «fue en su tiempo cosquilla del gusto y tropezón de la carcajada»[4]. Y es que Cáncer maneja aquí con maestría todas las modalidades de la jocosidad disparatada, con continuos juegos de palabras, a los que tan aficionado era. Prácticamente en cada verso hay un chiste, un doble sentido, un equívoco jocoso que busca provocar la carcajada del espectador. En el estudio preliminar de la edición de Huerta Calvo y su equipo se puede encontrar un catálogo muy completo de estos recursos: rimas absurdas y en eco (bien venido / deseído, chirlos mirlos), cacofonías (achaque / zumaque / traque barraque), coloquialismos y frases hechas (cascar, de tanto tomo y lomo), juegos de derivación (andacar, traidoro), alusiones escatológicas (Sevilla, al bautizarse, mezcla lágrimas y mocos), dilogías y juegos de palabras (gentil muchacha ‘atractiva’ y ‘no cristiana’, par de grillos / Par de Francia), metáforas cómicas o degradantes, juramentos y amenazas…[5]


[1] Jerónimo de Cáncer y Velasco, La muerte de Baldovinos, ed. de Federico Carlos Sainz de Robles, en El teatro español. Historia y antología, vol. IV, Madrid, Aguilar, 1943, pp. 825-870; La muerte de Valdovinos, ed. del Seminario de Estudios Teatrales dirigida por Javier Huerta Calvo, Cuadernos para Investigación de la Literatura Hispánica, núm. 25, 2000, pp. 121-164.

[2] Hay además otra en preparación a cargo de García Valdés y Serralta.

[3] Jerónimo de Cáncer y Velasco, La muerte de Valdovinos, ed. del Seminario de Estudios Teatrales dirigida por Javier Huerta Calvo, Cuadernos para Investigación de la Literatura Hispánica, núm. 25, 2000, p. 104.

[4] Adolfo Bonilla y San Martín [bajo el seudónimo de El Bachiller Mantuano], Vejámenes literarios por D. Jerónimo de Cáncer y Velasco y Anastasio Pantaleón de Ribera (siglo XVII), Madrid, Biblioteca Ateneo, 1909, p. 7.

[5] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Cáncer y la comedia burlesca», en Javier Huerta Calvo (dir.), Historia del teatro español, vol. I, De la Edad Media a los Siglos de Oro, Madrid, Gredos, 2003, pp. 1069-1096. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

El personaje de don Melchor en «La celosa de sí misma» de Tirso de Molina (1)

En La celosa de sí misma[1], ¿responde el personaje de don Melchor al prototipo de figura[2]? ¿Estamos ante un figurón de corte? Creo que la respuesta a estas preguntas es negativa, aunque el personaje tiene algunos rasgos del tipo: es un caballero pobre que llega a Madrid para casarse con una dama rica, y queda admirado, junto con su criado, de las novedades que ve[3], pues nunca hasta entonces había salido de su León natal (cfr. p. 1060). Como vaticina Ventura, mucho más agudo y perspicaz que su amo, este queda enamorado a las primeras de cambio en el peligroso mar de bellezas que es la corte madrileña[4]. Ventura lo compara con un pollo, al comentar que si aquí quedan desplumados los mejores gallos con sus buenos espolones, ¿qué no pasará con el ingenuo de su amo? Luego dice de él que es un «tonto moscatel», un «motolito» ‘bobo, necio’ y un «alma del limbo», y habla sin tapujos de su «bobuna leonesa» (p. 1068) y de su «bisoñería» en materias amorosas (p. 1069), que lo convierten en un blanco fácil —valga la dilogía— para la rapacidad mujeril.

ManoyGuantes2

Su lenguaje amoroso responde a los patrones de lo galán y cortesano, pero su expresión resulta un tanto ridícula por lo exagerada (véanse, por ejemplo, las palabras de su declaración amorosa a doña Magdalena en la p. 1093). Compara la contemplación de la mano de la desconocida con la salida del sol, sol que se eclipsa al esconderse en el guante; esa mano que toca el agua bendita transforma las gotas en perlas, y es nieve, cristal líquido y otras imágenes tópicas en la descripción de la belleza y blancura de la piel[5]. Conoce asimismo las metáforas habituales del fuego del amor, el arder y el abrasarse, y sabe que «quien bien ama, tarde olvida». En suma, don Melchor emplea un registro amoroso serio, pero que resulta afectado e hiperbólico. Veamos como muestra estas palabras con las que da por bien empleado el dinero entregado por ver los dedos de la mano misteriosa:

Comprar por un poco de oro
los cinco climas del cielo,
la vía láctea nevada,
el sol de hermosos reflejos,
¿no es lance digno de estima?
¿No es barato? (pp. 1078-1079).

Lejos de apreciar los consejos de Ventura, sus prevenciones contra las mujeres le parecen disparates y necedades (p. 1078); en cambio, para su criado él es un loco al que se podría encerrar en el Nuncio de Toledo (p. 1079). Don Jerónimo explicará que casan a su hermana con este deudo leonés, porque «maridos cortesanos / son traviesos y livianos» (p. 1065). Don Alonso sabe que, aunque es pobre, posee el valor de la sangre, la nobleza. A doña Ángela le merece esta opinión: «Gallardo para soltero, / pesado para marido» (p. 1095), aunque se enamora de él, lo mismo que doña Magdalena[6].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Ver los artículos de Melchora Romanos «Sobre la semántica de figura y su tratamiento en las obras satíricas de Quevedo», en Actas del VII Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, Roma, Bulzoni, 1982, pp. 903-911; y «La composición de las figuras en El mundo por dentro», Revista de la Facultad de Filosofía y Letras de la Pontificia Universidad Católica Argentina Santa María de los Buenos Aires, VI-VII, 1982-1983, pp. 178-184.

[3] Es situación tópica, parodiada en la comedia burlesca; cfr., por ejemplo, el soliloquio de Carlos en los vv. 189-228 de La ventura sin buscarla, ed. del GRISO dirigida por Ignacio Arellano, Pamplona, Eunsa, 1994: «Un lugar de Barrabás / es la corte, ¡vive Dios!», etc.

[4] El criado le advierte que quedará atrapado en las redes de un manto negro antes de llegar a conocer a su futuro suegro; y, de hecho, así sucede.

[5] Otras imágenes semejantes (jazmines, mosquetas, alabastros, diamantes, nieve envuelta en fuego…) en las pp. 1069-1070.

[6] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

La introducción del Romanticismo en España (y 2)

Al hablar de la introducción del Romanticismo en España debemos recordar algunos otros factores y circunstancias:

  • La polémica entre Böhl de Faber y Mora (desarrollada en los años 1814 y 1818). La discusión se establece en septiembre de 1814 a propósito del teatro calderoniano y las tres unidades. Juan Nicolás Böhl de Faber, cónsul alemán en Cádiz, publica en El Mercurio gaditano un artículo en el que defiende a Calderón y hace una apología de la libertad del dramaturgo. Con el seudónimo Mirtilo gaditano, le replica en el mismo periódico su amigo José Joaquín de Mora, que es partidario de la tendencia neoclásica y, por tanto, de las normas y las unidades. Böhl de Faber, buen conocedor de la literatura española, sostiene unas ideas similares a las de los hermanos Schlegel: identifica Romanticismo con la corriente literaria tradicional española que arranca de la Edad Media (lo popular, lo heroico, lo monárquico…), pasa por el Siglo de Oro (Calderón y el teatro áureo…) y llega hasta el siglo XIX. Para él, hay toda una tradición romántica continuada, y las notas más destacadas de ese romanticismo trans-histórico serían el carácter medievalizante y el catolicismo. En cambio, para Mora el Romanticismo debe ser un movimiento actual, de su siglo.
  • La revista El Europeo (publicada en Barcelona desde octubre de 1823 hasta abril de 1824) es igualmente importante para la difusión del Romanticismo en España. Fue fundada por Luis Monteggia, Buenaventura Carlos Aribau y Ramón López Soler, autores que también vuelven la vista a la Edad Media y los valores del cristianismo. Sus modelos son Chateaubriand, Manzoni y Scott. De hecho, López Soler imita (parafraseando e incluso traduciendo algunos fragmentos) las novelas históricas de este último en Los bandos de Castilla o El caballero del Cisne (1830), cuyo prólogo se ha considerado uno de los primeros manifiestos del Romanticismo en España.
  • La figura de Agustín Durán (1793-1862). Este erudito publicó en 1828 un estudio sobre el teatro español con este significativo título: Discurso sobre el influjo que ha tenido la crítica moderna en la decadencia del teatro antiguo español y sobre el modo con que debe ser considerado para juzgar convenientemente de su mérito peculiar. Como Böhl de Faber, Durán defiende el teatro nacional del Siglo de Oro y la libertad creadora de los dramaturgos, frente a la incomprensión que sintió por él la crítica neoclásica del XVIII. Durán debe ser recordado además por su ingente labor de recopilación y publicación, en dos tomos, del Romancero general (1828-1832), nueva muestra del interés de la época por los temas medievales.
  • Otros manifiestos románticos. El primer escritor que propone un intento de definición del movimiento romántico es Antonio Alcalá Galiano, autor del famoso prólogo a El moro expósito (1833) del duque de Rivas, que se considera uno de los principales manifiestos del Romanticismo español. Efectivamente, en él se plantea qué es y cómo debe entenderse el Romanticismo. Para Alcalá Galiano, se trata de un movimiento actual, propio del siglo XIX, y la piedra de toque la constituyen los modelos extranjeros, sobre todo lord Byron, Víctor Hugo y Alejandro Dumas. Por otra parte, la «Canción del pirata» de Espronceda (publicada en 1835) vendría a ser el manifiesto lírico del Romanticismo español.

ElMoroExposito

  • Las influencias extranjeras. Los autores más significativos son: en Alemania, Johann Wolfgang Goethe (1749-1832), con dos obras fundamentales, Werther y Fausto; y también Schlegel, Schiller, Heine…; en Inglaterra, MacPherson (creador de los poemas de Ossian), Young, Richardson, Goldsmith, Radcliffe, Scott, lord Byron…; y en Francia, Gautier, Merimée, Dumas padre, Victor Hugo, Delavigne, el vizconde d’Arlincourt
  • El regreso de los exiliados en 1834. Factor importantísimo en la difusión del Romanticismo es la influencia que ejercen a su vuelta a España los escritores exiliados (principalmente en Francia e Inglaterra) tales como Espronceda o el duque de Rivas. Estos habían leído a los escritores románticos europeos que acabamos de citar, e incluso tuvieron ocasión de entrar en contacto con algunos de ellos. A su regreso tras las amnistías políticas de 1833-1834, difunden en España la nueva estética. De esta forma, asistimos al triunfo simultáneo del liberalismo (en política) y del Romanticismo (en literatura). Los años que van de 1834 a 1844 constituyen la gran década del movimiento romántico español. Se da un cambio en las formas literarias, en la sensibilidad, en la actitud frente a la condición humana: en definitiva, una nueva visión de la vida. Triunfa el drama romántico y se acentúa la moda de la novela histórica a la manera de Walter Scott.
  • La abundancia de tertulias y sociedades: las nuevas ideas literarias circulan en los lugares de encuentro de los escritores, que son, entre otros, El Parnasillo, el Ateneo de Madrid y el Liceo Artístico y Literario.
  • La aparición de revistas importantes: podemos destacar El Artista (1835-1836) y No me olvides (1837-1838).
  • En fin, no olvidemos que surgen en contra diversas arremetidas antirrománticas, como el famoso artículo satírico y caricaturesco «El Romanticismo y los románticos» (1837), de Mesonero Romanos[1].


[1] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

Las comedias burlescas de Jerónimo de Cáncer: «Los siete infantes de Lara» (y 2)

Como es habitual en las comedias burlescas, en Los siete infantes de Lara de Cáncer y Velasco y Juan Vélez de Guevara la comicidad verbal es la más abundante y se manifiesta por medio de variados recursos. El contexto verbal sirve, en primer lugar, para lograr una degradación paródica de los personajes, que emplean un registro coloquial bajo, con uso de palabras vulgares: cascar, zurrar la badana, dar en la cholla ‘cabeza’ (todos los sucesos relacionados con la muerte de los siete infantes quedan connotados por la utilización de estas expresiones, que rebajan indudablemente el tono épico de la aventura), ladrar, derrengar (vocablos utilizados en un contexto amoroso: «No me ladre más tu pena», le dice Bustos a Arlaja, y esta replica: «Me derriengo de pesar»). Son también muy frecuentes las alusiones a los naipes y a otros juegos (jugador de argolla, dar cabe, mano, malicia, jugador del hombre, flor, siete y llevar…), que subrayan la atmósfera lúdica en que todo se desarrolla.

La degradación de los personajes continúa con el intercambio de insultos. Mudarra es un «morillo bergante» al decir de Ruy Velázquez, mientras que el Rey le llama «morillo», «el bellaco del moro» (el propio Mudarra se califica a sí mismo de «moro espantable»); Almanzor afirma que los infantes eran unas «buenas piezas» y Bustos no tiene inconveniente en reconocer que su hijo menor, Gonzalillo, era un «barrabás»; Ruy Vélazquez llama «bobilla» a Alambra, Almanzor a Arlaja «salvaje», Ruy Velázquez señala que Bustos es un «hombre perdulario», etc. La ruptura del decoro es total: Almanzor no se opone a que Bustos tenga encuentros con su hermana, que es doncella; Alambra no quiere ponerse luto hasta que pase un año de la muerte de su pariente, al contrario, se viste de color; Ruy Velázquez compara grotescamente el dolor de su esposa con el de una persona a la que no le pagan las deudas; Gonzalillo comenta que no se asusta de que el Rey le ladre (imagen animalizadora), y el propio monarca se muestra colérico y furioso (rasgos contrarios a los que cabría esperar de la majestad real):

REY.- Vasallos, deudos y hechuras
de mi mano y de mi acero,
hoy de puro justiciero
pienso que he de hacer diabluras.
Hoy de mi cólera ardiente
llamas y furias arrojo,
y ha de temblar a mi enojo
todo el Orbe meramente (Jornada I, vv. 13-20).

La comicidad estriba en ocasiones en la incongruencia de elementos relacionados con la religión. Así, Almanzor, rey moro, jura «por el hábito del Carmen» y «por esta cruz» (cabe imaginar que llevaría una cosida al vestido); su hermana Arlaja, también mora, va a misa… Otras veces el humor procede de la interpretación literal de una frase hecha o de un elemento de una frase hecha. Alambra indica: «Vamos, que el sol va cayendo», y Ruy Velázquez responde: «Pues no nos coja debajo». Martín dice «ahora caigo en ello», es decir, ‘ahora me doy cuenta de eso’, y Suero interpreta literalmente la acción de caer: «Pues mira no te hagas mal». Suero explica que se entretiene con un candil porque «tiene lindo garabato», jugando con el doble significado de garabato, el literal de ‘gancho para colgar ciertos objetos’ y el metafórico de ‘atractivo, capacidad de seducción’, lo que permite a su vez otro juego con la expresión buscar algo a moco de candil ‘buscar muy detenidamente, con mucha atención’. A veces el chiste es más complejo, como cuando se dice que a Gonzalo Bustos le darán, en la corte de Almanzor, su «pan de perro» o al afirmarse que los moros estarán «dados a perros» (perro era insulto habitual para moros y judíos). En otras ocasiones se juega con la paronomasia (verdes ramos / andar por las ramas) o se recurre a las rimas ridículas (así, el empleo de la palabra vislumbres atrae el ripio legumbres) o a los refranes («que, como el caballo, al perro / engorda el ojo del amo»); y a veces, en fin, el chiste deriva de una pura creación léxica («Yo entiendo bien de quizaves / y quizá no quizarán», dice Nuño jugando del vocablo).

Muy abundantes son todos aquellos chistes que entrarían en la categoría genérica del disparate, ya se trate de imposibilidades lógicas, proposiciones absurdas, o bien tautologías y enunciados redundantes: «aunque soy tu padre / te tengo en lugar de hijo»; «porque el castigar delitos / es bueno para la tos»; «Aunque me maten en esta / no me han de coger en otra»; «Mas que nos maten a todos, / como con salud volvamos»; «matalde antes que anochezca, / no le haga el sereno daño»; «Pues han muerto en mi servicio, / monjas los quiero meter»; «tu padre con el placer / dizque ha cegado de pena»; «pues sabes que desde el día / que cegué no veo bien» (luego afirmará Bustos que solo ve los días de fiesta); «yo nací a los nueve meses / porque así los nobles nacen»… y muchos casos más que no cabe consignar aquí[1].

Por lo que respecta a la comicidad escénica, es obvio que todo el pasaje del convite de las cabezas-cebollas, en el que Gonzalo Bustos va tentándolas una a una, ofrece buenas posibilidades para una gestualidad desmesurada, y no cabe duda de que el actor exageraría los aspavientos de dolor del desdichado padre.

Los siete infantes de Lara

Igualmente se presta a la comicidad la escena en que Almanzor descubre juntos a Bustos y Arlaja: en vez de ser los amantes sorprendidos los que se asustan (situación tópica en las comedias de enredo) es el descubridor el que teme al verse en esa situación[2].


[1] Para un análisis más completo remito al estudio preliminar de Taravacci (Jerónimo de Cáncer y Velasco y Juan Vélez de Guevara, Los siete infantes de Lara, ed. de Pietro Taravacci, Viareggio, Mauro Baroni Editore, 1998) y a Carlos Mata Induráin, «Modalidades de la jocosidad disparatada en la comedia burlesca del Siglo de Oro: Los siete infantes de Lara», en Actas del V Congreso Internacional de Hispanistas, Málaga / Granada, Editorial Algazara / Ayuntamiento de Santa Fe / Diputación Provincial de Granada, 1999, pp. 491-512.

[2] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Cáncer y la comedia burlesca», en Javier Huerta Calvo (dir.), Historia del teatro español, vol. I, De la Edad Media a los Siglos de Oro, Madrid, Gredos, 2003, pp. 1069-1096. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: alusiones satíricas

El panorama de la comicidad verbal de La celosa de sí misma[1] se completa con una serie de alusiones satíricas diversas. En primer lugar, todas las del primer acto al Madrid de la época: la iglesia de la Victoria[2], la calle de la Ropería y la calle Mayor, lugar «donde se vende el amor / a varas, medida y peso» (p. 1060). Este era uno de los peligros de Madrid descritos por Remiro de Navarra en su libro del mismo título; y, en efecto, hay toda una alegoría de la corte como proceloso mar en el que los galanes están expuestos a los abordajes de las damas, más peligrosos que un ataque de corsarios ingleses u holandeses. «Cada manto es un escollo. / Dios te libre de que encalle / la bolsa por esta calle», previene Ventura a su incauto señor (p. 1060). Los doscientos escudos de don Melchor correrán desbocados si no les tira de las riendas ‘los cordones del bolsillo’ (p. 1061), porque las damas huelen a los forasteros a una legua de distancia para sacarles los dineros (pp. 1103-1104). En fin, la corte es una tienda donde todas las mercaderías se compran; como resume don Sebastián, «Tiene en sus calles / todos los vicios Madrid» (p. 1114).

Calle Mayor de Madrid

Otras alusiones contemporáneas hacen referencia a la suciedad de las calles, a los famosos lodos de Madrid. Así, se comenta en distintas ocasiones la costumbre de vaciar los orinales y arrojar las inmundicias desde las ventanas a unas horas fijas (pp. 1075, 1149, 1153, 1154[3] y 1156). Esta práctica tan poco salubre da lugar a un chiste cuando se afirma que una calle no hará información de limpieza (p. 1153), jugando con otro significado de la expresión, ‘el requisito legal para obtener un hábito’.

Aparte de todo lo dicho en entradas anteriores sobre la rapacidad femenil y la sátira de las viejas-niñas, al fondo satírico y folclórico pertenecen también las quejas contra determinados oficios o estados: Ventura viene «enfadado de venteros» (p. 1084); el alguacil de corte (p. 1116), el gato tabernero (p. 1132) y los robos de los mulatos (p. 1132); hay alusiones tópicas a la curiosidad femenina (p. 1099), a los secretos que guardan los coches (p. 1115), a la mala calidad de las mulas de los buleros (p. 1128) y de las mulas de alquiler (p. 1157), a la necedad de los montañeses, que no saben apreciar el valor de los diamantes (pp. 1128-1129), a la misa corta que oye el cazador (pp. 1062 y 1066-1067); tampoco falta la consabida mención negativa de las dueñas, comparadas con el pecado (p. 1164). También cabría recordar en este apartado la anécdota que refiere Sebastián (que busca a su amigo Juan de Bastida y nadie lo conoce, pp. 1063-1064); y las de don Melchor (la forma en que Apeles pintó a Alcides) y Ventura (el hombre que se enamoró de una mujer por sus bellas espaldas y que, al mirarla de frente, resultó ser una negra de fea catadura, pp. 1072-1073)[4].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Se dice que la iglesia de la Victoria es cursada ‘recorrida, frecuentada’ por «toda dama / de silla, coche y estrado» (p. 1061), y allí los galanes son «espolines, gorgoranes / y mazas de aquestas monas» (p. 1061), es decir, acompañantes perpetuos; más tarde se añade que la Vitoria es «la parroquia de las damas» por excelencia (p. 1066).

[3] Ahí leemos: «y ya empiezan / perfumeras mantellinas / a arrojar quintas esencias».

[4] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.