La introducción del Romanticismo en España (1)

El primer movimiento literario clave del siglo XIX es el Romanticismo, que se extiende, grosso modo, hasta mitad de siglo . En la segunda mitad se impondrá el Realismo (que, llevado a sus últimas consecuencias, desembocará en el Naturalismo).

La palabra romántico es de uso bastante tardío; la primera documentación de su empleo en España corresponde al año 1818. Antes se utilizaba el término romancesco, aplicado a situaciones, escenas o escritos que se consideraban ‘extravagantes, extraños, exagerados, exóticos’. En 1823 Stendhal acuña la palabra Romantisme, y también romantique, con el significado de ‘novelesco’. En inglés se usa romantic en el sentido de ‘pintoresco, sentimental’ y en alemán romantich para designar lo ‘anticlásico’.

Romanticismo

El Romanticismo supone una reacción contra el racionalismo del siglo XVIII. En Inglaterra, Francia y Alemania, se llega a la conclusión de que la pura razón no basta para explicar el mundo, las artes, las ciencias:

  • Se da más importancia ahora a la fantasía, a la imaginación y a las fuerzas irracionales del espíritu.
  • Se escriben obras menos «acabadas», menos perfectas desde el punto de vista formal, pero más íntimas, más subjetivas.
  • Se predica la libertad máxima (tanto en el terreno político como en lo artístico). Un buen ejemplo lo tenemos en Espronceda, cuyos héroes gritan al viento que son absolutamente libres (baste recordar su célebre «Canción del pirata»).
  • Los viajeros extranjeros consideran a España un país romántico. Para los hermanos Schlegel (Augusto y Federico), el romanticismo del siglo XIX es el mismo romanticismo de Calderón; por ello, en la génesis de este nuevo rebrote hay que situar la influencia de la tradición literaria española (el Romancero, el Quijote y todo el «desarreglado» teatro áureo, que es un teatro en libertad)[1].


[1] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

Las comedias burlescas de Jerónimo de Cáncer: «Los siete infantes de Lara» (1)

Lo mejor de la producción de Cáncer y Velasco —y así lo ha destacado la crítica— lo constituyen, sin duda alguna, sus comedias burlescas, piezas dramáticas paródicas que se representaban en un escenario cortesano los días de Carnaval. Para García Lorenzo, nuestro autor repitió la fórmula burlesca con tanto éxito, que se convirtió en «el máximo representante de este tipo de piezas»[1]. Es autor de dos comedias burlescas en solitario, La muerte de Valdovinos y Las mocedades del Cid, y de otra escrita en colaboración con Juan Vélez de Guevara, Los siete infantes de Lara. Quizá sea también de Cáncer la titulada El amor más verdadero, Durandarte y Belerma, de autor incierto (se publicó a nombre de Mosén Guillén, que parece seudónimo bajo el que podría esconderse Cáncer o quizá Bernardo de Quirós).

Los siete infantes de Lara está incluida en El mejor de los mejores libros que han salido de comedias nuevas (Alcalá, 1651 y Madrid, 1653). En la Biblioteca Nacional de Madrid se conserva un manuscrito que atribuye la primera jornada a Cáncer, la segunda a Juan Vélez de Guevara y la tercera a ambos. Volvió a imprimirse en 1679 con título distinto, La traición en propria sangre, donde figura como «De un ingenio de esta Corte». Se representó en 1650 ante Felipe IV; la pieza se concibe, por tanto, al igual que las demás del género, como una diversión palaciega, para ser representada delante del monarca y los nobles principales. Hay una edición moderna de Taravacci[2] (1998). Micozzi (1992) ha estudiado esta comedia basándose en el análisis de los personajes, aunque sin insertarla en el contexto interpretativo de las burlescas. En su opinión (que es también la de Menéndez Pidal), esta reelaboración de los episodios más significativos de la leyenda de los siete Infantes de Lara imita El traidor contra su sangre, de Matos Fragoso, El bastardo Mudarra, de Lope, y algunas escenas de La gran tragedia de los siete Infantes de Lara de Alfonso Hurtado de Velarde[3]. En realidad, más que seguir esas comedias concretas, Cáncer y Vélez de Guevara parodian todo un ciclo temático recogido en el Romancero: la muerte a traición de los infantes y la posterior venganza de su hermanastro Mudarra, tema que había alcanzado una enorme difusión. Ya Crespo Matellán señalaba que los autores no siguieron al pie de la letra las obras de Lope y Matos, «porque su propósito no era ridiculizar una de estas dos obras concretas, sino parodiar un tema que, por lo divulgado, contaba de antemano con la favorable acogida del público»[4].

La obra empieza con un chiste a propósito de las quejas de doña Alambra (o sea, doña Lambra) por la muerte de su hermano:

ALAMBRA.- Hoy la muerte de mi hermano
pagaréis, y la puñada
que le disteis tan bien dada.

GONZALILLO.- El rey juzgará la mano (Jornada I, vv. 1-4).

Y todo sigue en el mismo tono de burla disparatada: los agüeros que asaltan a Nuño Salido y los infantes; la presentación de las siete cabezas a Gonzalo Bustos (aquí se le ofrece un plato con siete cebollas);

Siete-Infantes-de-Lara-decapitados

o el reto de Mudarra a Ruy Velázquez, aceptado en presencia del rey (nótense los latinajos humorísticos con que se remata el pasaje):

REY.- Ruy Velázquez, ¿qué decís?

VELÁZQUEZ.- Que este morillo bergante
podía decírmelo a mí
a solas.

REY.- No tiene el lance
remedio.

VELÁZQUEZ.- Pues que lo aceto.

REY.- Pues morillo, vade in pace,
que está ya admitido el reto.

MUDARRA.- Pues gran rey, orate frates (Jornada III, vv. 1175-1182).

En la escena final, Mudarra se niega a bautizarse alegando que está en ayunas y Almanzor argumenta que sería acción más piadosa bautizar a un cristiano…[5]


[1] Luciano García Lorenzo, «La comedia burlesca en el siglo XVII. Las moceda­des del Cid de Jerónimo de Cáncer», Segismundo, 25-26, 1977, p. 132.

[2] Jerónimo de Cáncer y Velasco y Juan Vélez de Guevara, Los siete infantes de Lara, ed. de Pietro Taravacci, Viareggio, Mauro Baroni Editore, 1998. Hay otra en preparación a cargo de Carlos Mata Induráin.

[3] Ver Patrizia Micozzi, «Juan Véles [sic] de Guevara-Jerónimo Cáncer: Los siete infantes de Lara (fiesta que en 1650 se representó a su Majestad el rey Felipe IV)», en Antonio Vilanova (ed.), Actas del X Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas. Barcelona, 21-26 de agosto de 1989, Barcelona, PPU, 1992, vol. II, p. 1033.

[4] Salvador Crespo Matellán, La parodia dramática en la literatura española, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1979, p. 22.

[5] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Modalidades de la jocosidad disparatada en la comedia burlesca del Siglo de Oro: Los siete infantes de Lara», en Actas del V Congreso Internacional de Hispanistas, Málaga / Granada, Editorial Algazara / Ayuntamiento de Santa Fe / Diputación Provincial de Granada, 1999, pp. 491-512; y «Cáncer y la comedia burlesca», en Javier Huerta Calvo (dir.), Historia del teatro español, vol. I, De la Edad Media a los Siglos de Oro, Madrid, Gredos, 2003, pp. 1069-1096. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: creaciones léxicas

No podemos olvidar las abundantes creaciones léxicas[1], casi todas ellas en boca del gracioso Ventura, que usa con frecuencia de esas «palabras […] / aplicadas a tu humor», como las define don Melchor, es decir, propias de su condición humorística: vuestra dueñería, esplendora, escudillizar, estropajizar, bacinizar, desescarpinar, en la réplica que dirige a Quiñones (p. 1075), melindrizar el bolsillo (p. 1092), bufonizar frialdades (p. 1100, en boca de don Melchor), mano aruñante, nari-judaizante, boqui-chica (p. 1100), chiricondado (p. 1110), escudante (p. 1111), ensortijar (p. 1115), patibobo, alma Garibaya (p. 1127), ojimorena, engüerar las bodas (p. 1130), ojitapada (p. 1133), pajilacayo (p. 1134), escudero chirinol (p. 1134), chirinolada, chiricondesa (p. 1154), etc.

Neologism

En este apartado podemos incluir también las expresiones creadas por yuxtaposición de dos nombres, el segundo con valor adjetival, como el famoso ejemplo «clérigo cerbatana» del Buscón de Quevedo: rostro polifemo, cara juaneta (p. 1072), cara pantera (p. 1073), atrevimientos ladrones (p. 1077, en boca de doña Magdalena), mujer enigma (p. 1100), etc.[2]


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

El Romanticismo en España: algunos datos históricos

En 1808 —año en que José de Espronceda el más destacado poeta romántico español— viene al mundo, en España está a punto de comenzar la guerra de la Independencia: este conflicto bélico, que tuvo como objetivo expulsar a las tropas napoleónicas invasoras de la península, fue el primero de los muchos que protagonizaría España durante el siglo XIX: a este debemos sumar las continuas luchas entre absolutistas y liberales, los movimientos de Independencia de los territorios americanos, las sucesivas guerras carlistas (especialmente en los años 30 y en los 70) o la guerra de Marruecos, hasta culminar el siglo con el Desastre de 1898, que supuso la pérdida de los últimos restos del imperio colonial (Cuba, Puerto Rico y Filipinas).

Todo el siglo XIX español (y en concreto su primera mitad) se encuentra marcado por una fuerte agitación política y literaria. En política se asiste a una prolongada confrontación entre conservadores (partidarios del absolutismo y el Antiguo Régimen) y liberales (progresistas que abogan por un nuevo modelo de Estado y de sociedad). Algo similar sucede en literatura, con la lucha entre Clasicismo y Romanticismo. En este sentido, interesa destacar que el triunfo del liberalismo en política viene a coincidir con el triunfo del Romanticismo en literatura, en los años 30 de la centuria. Triunfo que no es pleno, pues en esos años las tendencias neoclásicas e ilustradas seguirán vigentes; y si bien hay autores que, tras unos comienzos neoclásicos, evolucionarían hasta postulados románticos, en muchos otros se impone el eclecticismo o mezcla de características de ambas tendencias literarias.

Los poetas contemporáneos (1846), de Antonio María Esquivel

Recordaremos a continuación, de forma esquemática, los hitos esenciales que jalonan el acontecer histórico-político en España en la primera mitad de siglo[1]:

  • 1808-1814 Guerra de la Independencia. En 1812, los liberales proclaman en las Cortes de Cádiz una Constitución muy progresista para la época: derechos individuales frente al Estado, libertad de conciencia, de reunión y de expresión, etc.
  • 1814 Regreso de Fernando VII. Inicio de la época absolutista de su reinado (1814-1820).
  • 1820 Pronunciamiento del general liberal Riego.
  • 1820-1823 Trienio Liberal.
  • 1823-1833 La «Ominosa década», con la vuelta al absolutismo fernandino más radical. El año 1824, con la batalla de Ayacucho, marca el final de la dominación española en América.
  • 1833 Tras la muerte de Fernando VII, comienza la primera guerra carlista (que enfrenta a los absolutistas, partidarios de Carlos María Isidro de Borbón, Carlos V, hermano de Fernando VII, con los liberales, que apoyan a la infanta niña Isabel), que durará hasta 1839. Se inicia el reinado de Isabel II, con la regencia de María Cristina, dada su minoría de edad.
  • 1834-1836 Ataques y asaltos a conventos. Disolución de las órdenes religiosas. Leyes desamortizadoras de los bienes de la Iglesia propuestas por Mendizábal.
  • 1837 Nueva Constitución liberal.
  • 1839 Abrazo de Vergara entre Espartero y Maroto, que pone fin a la guerra en el norte.
  • 1843 Fin de la regencia de Espartero. Con catorce años, Isabel II es declarada mayor de edad[2].


[1] Los datos políticos correspondientes a esta época pueden verse de forma más completa en Mariano José de Larra, Artículos. Antología, edición a cargo de Gabriel Insausti, Madrid, Cooperación Editorial, 2002 (col. Clásicos Populares, 2), pp. 8-24.

[2] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

Comedias de enredo de Jerónimo de Cáncer

Para Jesús Duce, colega y amigo,
que aprecia estas entradas sobre don Jerónimo

El bandolero Sol Posto (1669, escrita por Cáncer y Velasco junto con Pedro Rosete Niño y Francisco de Rojas Zorrilla[1]) tiene como protagonista a Simón, hidalgo portugués que se convierte en bandido para vengar la afrenta que le ha hecho el castellano don Félix de Andrada, quien ha forzado a su prometida Leonor. Simón se hace llamar Sol Posto porque, dado su agravio, huye de la luz del sol; y sol puesto es también el honor mancillado de Leonor, hasta que, una vez muerto Simón, don Félix se casa con ella.

La fuerza del natural (1676, con Moreto[2]) se basa en el socorrido recurso de intriga de los hijos trocados. Al nacer su hijo, el duque de Ferrara lo entrega al labrador Roberto para que lo cuide como si fuera suyo. En el campo se crían dos jóvenes, Julio, el supuesto hijo del duque, y Carlos, que pese a su hábito rústico da siempre muestras de cortesano (por ejemplo, en su trato con la bella Aurora). Al final se produce la anagnórisis: la esposa de Roberto cambió los niños; Carlos, el verdadero hijo del duque, se casa con Aurora, mientras que el rústico Julio tiene que conformarse con la villana Gila.

LaFuerzaDelNatural

La verdad en el engaño (1662, con Juan Vélez de Guevara y Antonio Martínez de Meneses[3]), cuya acción se sitúa en Chipre, es un «ciego laberinto» de amor y de celos y una nueva ilustración de que «engañando vence amor». Febo, príncipe de Albania, ama a Fénix, princesa de Chipre, y acude a su encuentro pese a la enemistad existente entre los dos reinos, viéndose precisado a urdir mil enredos (por ejemplo, fingir que es Tolomeo, un enemigo al que ha vencido). La comedia acaba con las bodas de Febo y Fénix y una alusión a los monarcas españoles, «la Fénix de Austria divina / y el Febo de España cuarto» (fol. 148v-b).

Localización italiana, ambiente cortesano y diversas intrigas amorosas y políticas encontramos en Enfermar con el remedio (1653[4], con Calderón y Luis Vélez de Guevara), Hacer remedio el dolor (1658, con Moreto) y La razón hace dichosos (1663, con Martínez de Meneses y Zabaleta). Todavía podríamos recordar algunos títulos más como El hijo pródigo (con Matos y Moreto) o El rey don Enrique el enfermo, curiosa colaboración entre seis ingenios (además de Cáncer, intervinieron Zabaleta, Martínez de Meneses, Rosete, Villaviciosa y Moreto); y otras piezas con problemas de atribución como Los tres soles de Madrid o El bandolero de Flandes[5].


[1] El bandolero Sol Posto, en Parte treinta y dos de comedias nuevas nunca impresas, escogidas de los mejores ingenios de Espana, Madrid, Andrés García de la Iglesia a costa de Francisco Serrano de Figueroa, 1669.

[2] La fuerza del natural, en Segunda parte de las comedias de Agustín Moreto, Valencia, Benito Macè, 1676.

[3] La gran comedia de la verdad en el engaño, de don Juan Vélez, de don Gerónimo Cáncer y de don Antonio Martínez, en Parte diez y siete de comedias nuevas, y escogidas de los mejores ingenios de Europa, Madrid, Melchor Sánchez a cargo de San Vicente, 1662.

[4] Puede leerse en el tomo XIV de la BAE (Obras de don Pedro Calderón de la Barca, ed. de Juan Eugenio Hartzenbusch, tomo cuarto, Madrid, Rivadeneyra, 1945), pp. 429-448.

[5] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Cáncer y la comedia burlesca», en Javier Huerta Calvo (dir.), Historia del teatro español, vol. I, De la Edad Media a los Siglos de Oro, Madrid, Gredos, 2003, pp. 1069-1096.

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: los chistes del gracioso

Otros chistes del gracioso, en La celosa de sí misma, presentan mayor complejidad y requieren una explicación algo más detallada[1]. Examinemos este diálogo:

MELCHOR.- Si a ver aquel ángel vuelvo,
no sé cómo he de poder
casarme.

VENTURA.- ¿Ángel, y de negro,
con uñas? Llámole diablo.

MELCHOR.- Es sol de nubes cubierto.

VENTURA.- Bien dices que es sol… con uñas (p. 1083).

Hay que tener en cuenta que sol con uñas, según recoge el DRAE, es frase figurativa y familiar que sirve para designar a «Este astro cuando se interponen algunas nubes ligeras que no le dejan despedir su luz con toda claridad y fuerza». Así pues, la expresión empleada por el gracioso puede entenderse en dos planos: 1) en primer lugar, la dama es sol con uñas en tanto en cuanto su mano, que se ha comparado metafóricamente con el sol, está cubierta con un guante; 2) pero la dama es también sol con uñas porque, pese a ser sol (metáfora trillada para designar la belleza o la bondad de una persona), oculta tras su apariencia exterior sus verdaderas cualidades e intenciones: es sol ‘mujer hermosa’, pero con uñas, y uñas connota aquí su ‘rapacidad’.

Sol con nubes

Otro chiste hay en la indicación de Ventura de que la dama misteriosa puede ser una «doncella despalmada / como nave que inverniza» (p. 1102). Despalmar es, en sentido recto, «Limpiar y dar sebo a los fondos de las embarcaciones que no están forradas de cobre» (DRAE), pero cabe entender el participio separando el prefijo des- e interpretando literalmente los elementos componentes, des-palmada. Una doncella despalmada será, pues, una doncella que ha perdido su palma (la palma es el atributo de la virginidad), es decir, una doncella que no es tal.

Un tercer chiste lo encontramos en la afirmación de Ventura de que se ha convertido en lacayo de anillo; dice el gracioso a doña Magdalena: «pues sin haber sido papa / me hacéis de anillo lacayo», en alusión a la sortija que le ha dado la dama. La expresión está calcada sobre obispo de anillo, también llamado obispo in partibus infidelium, que es «El que toma título de país o territorio ocupado por los infieles y en el cual no reside» (DRAE). Luego se juega también con conde de anillo (p. 1149): don Melchor es conde de anillo, en el sentido de ‘falso, que no responde a una realidad verdadera’, pues la condesa con quien se va a casar es igualmente fingida[2].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

Otros elementos de intriga en «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada

Son varios los elementos de intriga de menor importancia utilizados por el novelista, Francisco Navarro Villoslada[1]. Me limitaré ahora a una breve enumeración de algunos de ellos, comenzando por el juicio de Dios, al que Gundesindo Gelmírez ha desafiado a don Ataúlfo, para determinar su culpabilidad en el ataque a los peregrinos. Este episodio da lugar a varios equívocos porque, aunque al rico-hombre le gustaría matar al hermano del obispo, considera que sería rebajarse demasiado medir sus armas con las del vílico de la ciudad. Por ello decide primero que sea su escudero Rui Pérez quien pelee en su nombre; pero, al ver que su estatura y complexión física son similares, decide no privarse del placer de matar a un Gelmírez, y se presenta al juicio de Dios, pero ocultando su personalidad, con el vestido y armas de Rui Pérez. Es entonces Gundesindo quien se niega a combatir con el supuesto escudero: él solo combatirá con don Ataúlfo en persona, y brinda el combate a cualquiera de sus servidores. Un desconocido, que resultará ser Ramiro, es quien acepta el reto de su señor, y derriba a su contrario. Solo entonces se descubre que no se trata de Rui Pérez, sino del propio don Ataúlfo.

Torneo

La carta del príncipe Alfonso al obispo perdida y recuperada varias veces; la mención de puertas, salidas, escaleras y pasadizos falsos; la rivalidad de Ramiro y don Ataúlfo; el matrimonio secreto de doña Elvira y don Bermudo, etc. constituyen otros tantos recursos de intriga. Cabe añadir el empleo del fuego para crear incidentes dramáticos: una de las escenas culminantes de la novela es la del incendio del castillo de Altamira, provocado por la desesperación de don Ataúlfo al verse rodeado de enemigos y sin posibilidad alguna de defensa:

Las llamas brotaban ya del pavimento y tenían cercada la torre, excepto por la fachada principal. Ataúlfo y la nodriza subieron al terrado y vieron arder el edificio por los cuatro costados; el humo, como el negro penacho de Luzbel, ondeaba cubriendo la mitad de los cielos; parecía que debajo rebramaba el huracán y azotaba el rostro con llamas ligeras, ráfagas sutiles del incendio, invisibles a la luz del mediodía[2].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

Jerónimo de Cáncer: comedias bíblicas y otras de asunto religioso

El Arca de Noé (1665, escrita por Cáncer y Velasco junto con Martínez de Meneses y Rosete[1]) es comedia de asunto bíblico: es la historia de Noé, el gran privado de Dios, padre de la Edad segunda, y de sus hijos. En la Jornada III, la de Cáncer, se explica cómo el arca de los animales es trasunto de un «Arca mejor, en que el mismo / Verbo ha de librar el mundo / de el diluvio del delito» (p. 59a).

Gran éxito alcanzó, reeditándose varias veces, El bruto de Babilonia (1668, con Matos Fragoso y Moreto[2]), que refiere el cautiverio del pueblo de Dios en Babilonia. Se integra en esta comedia el sueño del rey Nabucodonosor interpretado por el profeta Daniel (la estatua gigantesca con pies de barro derribada por una piedrecilla, que será el Mesías); el episodio de Daniel y los leones; la historia de la casta Susana contemplada en el baño por los viejos; y la de los judíos arrojados al horno sin que se quemen. El título hace referencia a Nabucodonosor, que exige ser adorado como Dios de Asiria («Dios he de ser, Dios me llamo», p. 22a), viendo castigada su soberbia al quedar convertido en bruto irracional.

BrutodeBabilonia

En fin, La Virgen de la Aurora (1670, con Moreto[3]) dramatiza la tradición de una imagen de Nuestra Señora que los vecinos de Escamilla arrojaron a un estanque, de donde la sacó un lego franciscano para llevarla a Madrid y rendirle el debido culto. A esto hace referencia la seguidilla que canta el ciego: «A un estanque os echaron, / Virgen Divina; / ¿quién vio pila tan grande / de agua bendita?» (p. 310a). Es bello el soneto que declama Manuel al rescatar la imagen y algunos versos cantados por los Músicos, como los que abren la comedia:

MÚSICOS.- Norabuena sea
prioste en la fiesta
de la Niña bella
el rico Juan Tarro.
Anda, Maldonado,
que la fiesta es buena.
Norabuena sea (Jornada I, p. 282a)[4].


[1] El Arca de Noé, de Don Antonio Martínez, y Don Pedro Rosete Niño y Don Gerónimo Cáncer, en Parte veinte y dos de comedias nuevas, escogidas de los mejores ingenios de España, Madrid, Andrés García de la Iglesia a cargo de Juan Martín Merinero, 1665.

[2] La gran comedia del bruto de Babilonia, de D. Juan de Matos Fragoso, D. Agustín Moreto, Don Gerónimo Cáncer, en Parte treinta. Comedias nuevas, y escogidas de los mejores ingenios de España, Madrid, Domingo García Morrás a cargo de Domingo Palacio Villegas, 1668.

[3] La Virgen de la Aurora, de don Agustín Moreto y don Gerónimo Cáncer, en Parte treinta y cuatro de comedias nuevas, escritas por los mejores ingenios de España, Madrid, Joseph Fernández de Buendía a cargo de Manuel Meléndez, 1670.

[4] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Cáncer y la comedia burlesca», en Javier Huerta Calvo (dir.), Historia del teatro español, vol. I, De la Edad Media a los Siglos de Oro, Madrid, Gredos, 2003, pp. 1069-1096.

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: juegos de palabras

Hay muchos otros juegos de palabras en esta comedia de Tirso[1]: don Melchor desea que la dama sea imagen de la Soledad, no de la compañía, es decir, ‘que no la traiga’ (p. 1067); el comentario de que don Melchor ha sido potrero del bolsillo, al sacarle una piedra que contenía (p. 1081); las alusiones a la barriga de opilada que habrá tomado el acero, refiriéndose al mismo bolsillo; el juego con doscientos escudos y doscientos de azotes (p. 1082); el comentario de que la de la desconocida será una cara a letra vista (p. 1102), por el deseo de contemplarla de don Melchor; la mención de yemas y claras, refiriéndose a las caras de las monedas doradas (p. 1134); el Ite, missa est que da Ventura a dos cajas de dulces (p. 1141); otro chistecillo del gracioso, a quien los ojos de la dama, con sus pestañas, le parecen un vellón (p. 1142)…

Ite, missa est

Encontramos asimismo juegos onomásticos, ya con el nombre propio de Ventura: Venturilla / mi ventura (p. 1078), «Ahora sí que soy Ventura» (p. 1133) y varios más similares en las pp. 1082, 1095, 1115 y 1118. También con el de Santillana, escudero viejo, al que el gracioso llama «Nuño Salido» y «vuestra ancianidad»: como el buen anciano tiene como nombre de pila Suero, le dice que le sorberán los éticos (p. 1009). Otros juegos son reminiscencias de pasajes bíblicos, como la alusión a los llamados y escogidos (p. 1104; luego la emplea también doña Magdalena, p. 1126, en tono serio); o del Romancero: «Mediodía era por filo» (p. 1079)[2].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

La superstición en «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada

La superstición, como es habitual en la novela histórica romántica española, ocupa un lugar muy importante en esta obra de Francisco Navarro Villoslada[1]: por ejemplo, en el capítulo I del Libro II, cuando somos testigos del miedo que causan a la asustadiza Odoaria sus creencias en brujos y duendes. La superstición rodea también el castillo de Altamira, que será escenario de uno de los momentos culminantes de la obra; un halo de misterio y de maldad parece existir a su alrededor, como si pesara sobre él una extraña maldición que afecta a todos sus moradores, desde los criados a Constanza de Monforte, la primera esposa de don Ataúlfo, envolviéndolos en una atmósfera de tristeza y languidez.

Una superstición muy importante es la que afecta al propio don Ataúlfo el Terrible; él mismo se la explica a su escudero Rui Pérez:

—La bruja Gontroda me tiene pronosticado que el día en que cualquiera muriese por mi mano o por orden mía, a no ser en el juicio de Dios o batalla, habría de ser el fin de mi vida.

Él ha respetado siempre esta creencia (de ahí que no matase a su hermano para usurpar sus estados, sino que lo haya mantenido encerrado durante veinte años); se trata en realidad de una superchería creada por su padre y por Gontroda para contener los «sanguinarios y crueles ímpetus» que ambos advirtieron en el joven Ataúlfo. Solo al final se da cuenta de que todo este «famoso embolismo de juramentos, amenazas, profecías y adivinanzas» no era más que una invención; sin embargo, el pronóstico se cumple al final, y don Ataúlfo muere —la «justicia poética» así lo exige— el primer día en que se hace reo de homicidio, cuando ordena la muerte de sus dos prisioneros.

Gontroda es el personaje que encarna en esta novela el papel de hechicera (en realidad, solo supuesta hechicera), tan habitual en la novela histórica romántica española; su aspecto y su extraño comportamiento la convierten a los ojos de los criados de Altamira en una bruja con misteriosos poderes.

Hechicera

Otro elemento de superstición que Navarro Villoslada sabe aprovechar con acierto es el temor de que la primera mujer de don Ataúlfo, doña Constanza, no haya fallecido en realidad, apoyado en el hecho de que sufría continuos ataques catalépticos que hacían creer a todos que había muerto, para asustarlos después cuando retornaba a la vida[2].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.