Cronología de Francisco Antonio de Bances Candamo (1662-1704)

Bances Candamo, «escritor límite» en acertada expresión de Juan Manuel Rozas, es el autor más destacado de entre quienes escribieron en tiempos de Carlos II, valga decir en las postrimerías del Barroco. Las fechas de su biografía (1662-1704) coinciden casi exactamente con las del reinado del último Austria (1665-1700). Su figura ofrece, además, el interés de aunar la teoría y la práctica teatral. Bances Candamo defenderá en su preceptiva dramática y cultivará en sus comedias un teatro pedagógico (que se propone enseñar al rey y al pueblo), siendo el conjunto de su producción una «literatura comprometida» —podría decirse así— con su tiempo y con la situación de su país, en especial en lo concerniente al problema sucesorio al trono. El Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra desarrolla desde hace años, bajo la coordinación del Dr. J. Enrique Duarte, un proyecto de investigación que tiene como objetivo el estudio y edición crítica de sus obras.

Aquí ofrezco un resumen cronológico de este interesante escritor, heredero de Calderón en lo teatral como lo es de Góngora en lo poético; en suma, el último dramaturgo y poeta —todavía con una calidad notable— del Barroco español.

Bances_Retrato

1662 Nace, probablemente, el 26 de abril en la parroquia de Sabugo, barrio marinero de Avilés (Asturias), siendo bautizado el 4 de mayo. Sus padres, el sastre Diego de Bances Grado y María López Candamo y Fernández de Bustos, son pobres (cuando muera su padre, antes de que él cumpla un año, será enterrado de limosna), pero de ascendencia hidalga, de la que se enorgullecerá más adelante:

Noble cuna me dio Asturias
en el lugar primitivo
en que a vuestros ascendientes
hicieron reyes los míos[1].

1672 Enviado por su madre a Sevilla, para que se forme con su tío don Antonio López Candamo, canónigo de la catedral, recibe ese año las órdenes menores. Desde niño destaca por su talento, ingenio, buena memoria, elocuencia y erudición.

1677 Tras hacer estudios de Filosofía, en este año inicia los de Leyes y Cánones en la Universidad de Sevilla. Obtendrá el grado y, de dar por buena una afirmación suya, también el título de doctor.

1682 Su primera publicación es un soneto laudatorio en los preliminares del Apólogo membral: discurso jocoserio, moral y político de Francisco Godoy. Participa posiblemente en los círculos literarios de Sevilla. En su madurez reconocerá dos etapas en su producción: «Fui ruiseñor en el Betis / y en el Manzanares cisne».

1683 Escribe una comedia, El ilustre Luis de Badem, sobre el sitio de Viena, ocurrido el 11 y 12 de septiembre de este año, la cual podría haberse representado entre finales de 1683 y principios de 1684 (Gilabert).

Hacia 1684 (en cualquier caso, entre 1682 y 1685), ya licenciado en Cánones, marcha a Madrid, donde triunfará en el teatro. Su actividad se irá haciendo cada vez más intensa y a la altura de 1687 llegará a ser el dramaturgo oficial de Carlos II.

1685 El 3 de febrero participa en una academia literaria en la casa del Regidor de Madrid, Pedro de Arce. Pasa por dificultades económicas, como se desprende de estos versos del vejamen del conde de Clavijo dedicados a Bances:

No tienen hora segura
los hombres, pero tú, sabio,
conoces que los poetas
no tienen seguro un cuarto.

La primera representación teatral de una obra suya de que tenemos noticia corresponde al 15 de noviembre de este año, cuando se estrena en el Coliseo del Buen Retiro —ante los reyes Carlos II y doña María Luisa de Orleáns, y en celebración de los años del emperador de Alemania— su comedia Por su rey y por su dama, a cargo de las compañías de Manuel de Mosquera y Rosendo López. Herido gravemente en el pecho en circunstancias y por causas que se desconocen, el rey se interesa personalmente por su salud.

1686 Estreno el 26 de noviembre, en el Saloncete del Buen Retiro, de La restauración de Buda, comedia de circunstancias (sobre un hecho de actualidad histórica) que se representará también en el Coliseo, donde pueden lucir mejor sus efectos de tramoya.

1687 Estreno de su comedia El mayor monstruo de amor, cuyo protagonista es el cíclope Polifemo, quizá la misma que ¿Cuál es la fiera de mayor entre los monstruos de amor?, que refundirá años después (en 1690) en su zarzuela Fieras de celos y amor. Más importante es otro estreno del mismo año, el de Duelos de Ingenio y Fortuna, comedia mitológica de intriga, y del auto sacramental El primer duelo del mundo, que se representó (con su loa, mojiganga y el entremés de El astrólogo tunante) en Palacio el 29 de mayo, el 30 ante el Consejo de Castilla y en días sucesivos para los demás Consejos y la villa de Madrid, por las compañías de Agustín Manuel de Castilla y Simón Aguado. Probablemente es en este año cuando se convierte en el dramaturgo de cámara del rey (por un Real Decreto expedido por don Manuel de Lira, Secretario del Despacho General). Es algo de lo que se sentirá especialmente orgulloso:

… el ser únicamente nombrado del rey nuestro señor por su real decreto, para escribir sus festejos, cuyo honor por decreto (aunque ha habido otros que le mereciesen mejor que yo) ninguno hasta hoy le ha tenido[2].

1688 Estreno en Valladolid de su comedia El sastre del Campillo, refundición libre de la comedia homónima de Luis Belmonte Bermúdez.

1689 Prohibición de representaciones teatrales por la muerte de la reina María Luisa de Orleáns, fallecida el 12 de febrero. Esponsales de Carlos II con María Ana de Neoburgo y matrimonio por poderes el 24 de agosto de ese año. En el marco de las polémicas sobre la licitud del teatro, el jesuita Ignacio de Camargo publica su Discurso teológico sobre los teatros y comedias de este siglo (Salamanca, por Lucas Pérez, 1689) en el que censura las representaciones teatrales. Colabora con unos poemas para el volumen que se preparó a la muerte de la reina doña María Luisa de Orleáns, Cantos fúnebres de los cisnes de Manzanares a la temprana muerte de su mayor reina, doña María Luisa de Borbón (Madrid, Sebastián de Armendáriz, 1689).

1689-1690 Primera redacción del Teatro de los teatros de los pasados y presentes siglos, la teoría dramática de Bances Candamo, en respuesta al citado Discurso… del teatrófobo Camargo.

1690 Llega la reina a España y es ratificada la boda en Valladolid el 4 de mayo. Se reanuda entonces la actividad teatral. El 26 de julio, con motivo de la onomástica de la reina, se estrena su zarzuela Fieras de celos y amor, cuyos protagonistas son Circe y el cíclope Polifemo, a cargo de la compañía de Agustín Manuel de Castilla.

1691 Estreno de El duelo contra su dama y reposición para los reyes de El sastre del Campillo. Posible fecha de redacción de El español más amante y desgraciado Macías. El 26 de febrero nace un hijo natural, Félix Leandro José (en sus poesías amorosas Bances canta a una tal Amarili y a una Lisi, pero nada sabemos de sus amores en la vida real). Ese año presenta a la Junta del Corpus dos autos nuevos, Las mesas de la Fortuna y El gran químico del mundo (con su loa y entremés de Las visiones), pero son elegidos para su representación dos autos viejos de Calderón (si bien la Junta valora los dos de Bances como los mejores de entre los nuevos). El 10 de junio participa en unas justas con motivo de la canonización de San Juan de Dios y obtiene el primer premio en una de las categorías.

1692 El 27 de enero se estrena su auto Las mesas de la Fortuna. Segunda redacción del Teatro de los teatros. Entre el otoño de 1692 y comienzos de 1693 se representará la trilogía «maldita» (Sanz Ayán) de Bances Candamo: El esclavo en grillos de oro (20 de noviembre, en el Salón dorado de Palacio), Cómo se curan los celos (22 de diciembre, en el Coliseo del Buen Retiro) y, ya en el año siguiente (el 18 de enero, en Palacio), La piedra filosofal.

1693 En efecto, con motivo de los años de la Archiduquesa María Antonia de Baviera, la compañía de Agustín Manuel de Castillo pone en escena La piedra filosofal, que será la última representación palaciega de Bances. El estreno genera muchas protestas: al parecer, el tema de la sucesión al trono, planteado en la obra, incomoda al impotente Carlos II. Bances renuncia a su puesto de dramaturgo oficial en la Corte —o bien le obligan a dejarlo—, y con ello acaba también su ventajosa posición económica. En lo sucesivo se verá obligado a desempeñar oscuros trabajos administrativos. En uno de sus romances escribirá:

Mi nobleza solo basta
a vivir de ella impedido:
ni pobre parezco honrado,
ni honrado puedo ser rico[3].

1694 Tercera redacción del Teatro de los teatros. Es Administrador de las rentas de la villa de Cabra, el primero de sus varios empleos como oficial de Hacienda.

1695 Como Visitador General de alcabalas, tercias, cientos y millones de Córdoba, Sevilla, Málaga, Jerez y otros lugares del sur de la Península, es enviado a abastecer la plaza de Ceuta, sitiada por el rey de Mequinez. Se representan comedias suyas en provincias. A finales de este año o a principios de 1696 regresa a Madrid e intenta reemprender su labor como dramaturgo.

1696 Estreno en el corral del Príncipe, por la compañía de Carlos Vallejo, de su comedia Más vale el hombre que el nombre, sobre diversas aventuras del duque de Osuna en Flandes.

1697 El 17 de febrero se representa la última obra dramática de Bances, ¿Cuál es afecto mayor, lealtad o sangre o amor?, por la compañía de Carlos Vallejo, en el Real Palacio, ante los reyes. El 1 de abril es nombrado Administrador General de Rentas Reales de la villa de Ocaña y su partido. Termina de escribir su Romance I.

1698 Escribe quizá su «Romance al Señor Almirante de Castilla». Sus enemigos intervienen contra él y es despedido de su cargo.

1699-1702 Pese a su delicada salud, seguirá llevando a cabo una ejemplar labor administrativa en el final del reinado de Carlos II y, muerto el rey en 1700, bajo el reinado de Felipe V. Será Superintendente de las Rentas Reales y Conservaduría de Millones de las ciudades de Úbeda y Baeza y sus Tesorerías, puesto en el que permanece hasta noviembre de 1702, cuando se le ordena trasladarse para desempeñar la Superintendencia de Rentas Reales de San Clemente (Cuenca). Dedicado al ejercicio de estos cargos administrativos, permanece de nuevo alejado del mundillo teatral y las tertulias literarias, aunque trabaja por estas fechas en la redacción de su poema épico El César africano (que quedaría inconcluso).

1704 Acude como juez pesquisidor —¿o quizá en calidad de desterrado?— a la villa de Lezuza (Albacete) y estando allí sufre una enfermedad violenta y breve (se habló, en la época, de un posible envenenamiento: «sospecha incierta de tósigo»). Muere el 8 de septiembre, habiendo dejado sus manuscritos a su antiguo amigo y protector don Antonio Martín de Toledo, duque de Alba. Es enterrado de limosna en la capilla del Santo Cristo de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de Lezuza.


[1] Francisco Antonio de Bances y Candamo, «Romance II. Al Primer Ministro», en Obras lyricas, edición y prólogo de Fernando Gutiérrez, Barcelona, Selecciones Bibliófilas, 1949, pp. 121-143.

[2] Francisco Antonio de Bances Candamo, Theatro de los teatros de los pasados y presentes siglos, prólogo, edición y notas de Duncan W. Moir, London, Tamesis Books Limited, 1970, p. 93.

[3] Bances Candamo, «Romance II. Al Primer Ministro», en Obras lyricas, ed. Gutiérrez, pp. 121-143.

El poemario «Prosa española» (1977) de José Luis Tejada: estructura y contenido

José Luis Tejada (El Puerto de Santa María, 1927-Cádiz, 1988), escritor y profesor universitario, autor de varias obras de poesía[1], definió sus versos, en su poema «Desgana», como «pocos, pálidos, tímidos, pequeños». Sin embargo, su faceta poética no fue ni tan pequeña ni tan pálida como su modestia nos quiso hacer creer. En sucesivas entradas pretendo realizar un acercamiento temático a su poemario Prosa española, cuyo título es una reminiscencia del verso de Berceo que le sirve de lema: «Quiero fer una prosa en román paladino…». Deseo, pues, el suyo de hablar a las claras, con valentía, de un tema siempre espinoso, la realidad nacional de la posguerra, con una apuesta decidida por la reconciliación de todos los españoles. El propósito del libro coincide con algunas de las inquietudes generales de su producción poética, con una circunstancia especial añadida: la de su fecha de publicación, 1977, en los comienzos de la transición democrática española. El poemario quiere ser una profunda reflexión sobre la convivencia pacífica de los españoles y, en general, sobre el tema de España («tierra madre» común para todos, pero a veces también “madrastra” para con algunos de sus hijos). Además, Tejada lanza un llamamiento a la fraternidad universal entre todos los hombres, habitantes de un mismo hogar-tierra.

TejadaJoseLuis

Como acabo de indicar, José Luis Tejada publica esta obra en 1977, aunque los poemas que la componen son anteriores. En efecto, tras la cita-lema de Berceo ya mencionada y la sentida dedicatoria «A todos los españoles de buena voluntad», el autor explica:

Estos poemas fueron escritos entre 1960 y 1966, algunos están publicados en diversas revistas; en mi apreciación, ahora recobran vigencia, por eso los reúno en este libro.

Acaso hoy, todavía, no lleguen demasiado tarde en su llamada vehemente a la reconciliación nacional.

Tras la «Cita, dedicatoria y aclaración», el poemario se divide en tres secciones, «Entre nosotros» (que consta de doce poemas[2]), «Tríptico de la libertad» (son tres sonetos) y «Tierra madre» (otros doce poemas). Todas las composiciones del libro[3] llevan título propio, salvo los versos iniciales de la sección «Entre nosotros» (empiezan «Estos versos se quedan solos…»), que, más que como un poema propio, pueden ser considerados una declaración de intenciones. Si lo entendemos así, la estructura externa resulta equilibrada y simétrica, con dos partes con igual número de poemas, doce, unidas por un eje de tres sonetos, que sirve de puente entre ambas[4].


[1] Para andar conmigo (Homenaje a Lope de Vega, 1562-1962), Madrid, Rialp, 1962; Villancicos de los oficios, Cádiz, Torre Tavira, 1965; Carta para Aquilino en Inglaterra, Málaga, Publicaciones de la Librería Anticuaria «El Guadalhorce», 1966; Hoy por hoy, ed. de Ángel Caffarena, Málaga, Publicaciones de la Librería Anticuaria «El Guadalhorce», 1966; Razón de ser, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1967 (y una 2.ª ed. abreviada, Málaga, Diputación de Málaga, 1976); El cadáver del alba, Madrid, Editorial Oriens, 1968; Prosa española, Conil de la Frontera (Cádiz), Imprenta La Cañaílla, 1977; Del río de mi olvido, El Puerto de Santa María, Fundación Municipal de Cultura, 1978; Poemía (Antología de los primeros libros), Cádiz, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1985, con prólogo de Leopoldo de Luis; Aprendiz de amante, Cádiz, Publicaciones de la Caja de Ahorros de Cádiz, 1986, y el libro póstumo Cuidemos este son (Poesía flamenca), Sevilla, Renacimiento, 1997. Ver también Desde un fracaso escribo. Antología poética, ed. de Jaime Siles, Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2006. Sobre el autor y su obra, remito especialmente a Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000; y a Luis Miguel García Jambrina y Mercedes Gómez Blesa (eds.), La poesía amorosa de José Luis Tejada, Madrid, Biblioteca Nueva, 2005.

[2] Serían trece si contamos como tal «Estos versos se quedan solos…», que funcionan más bien, en mi opinión, como palabras preliminares.

[3] Prosa española recoge todos los poemas ya incluidos en Hoy por hoy (1966), libro formado por «Coplas de las aguas turbias», «Lo peor», «Loco con el mismo tema» y «Reconciliaciones». Por otra parte, en Razón de ser (1967) ya se había publicado la «Oración por los españoles sin España».

[4] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Nosotros, la libertad y España en el poemario Prosa española (1977) de José Luis Tejada», en Ana-Sofía Pérez-Bustamante Mourier (ed.), José Luis Tejada (1927-1988): un poeta andaluz de la Generación del medio siglo, El Puerto de Santa María, Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000, pp. 169-180.

«A un Niño-Jesús que reclinaba su cabeza sobre una calavera», de Carlos Murciano

Hoy, con la fiesta del bautismo del Señor, finaliza el ciclo de la Navidad. Terminaremos también la serie de poemas navideños de estos días con una décima de Carlos Murciano[1] que, aparte de la evocación sanjuanista de los vv. 8-9 (eco de los famosos versos «Tras de un amoroso lance, / y no de esperanza falto, / volé tan alto, tan alto, / que le di a la caza alcance»), reelabora poéticamente una representación iconográfica muy reiterada del Niño Jesús durmiendo sobre una calavera (otras veces, sobre una cruz, y en algunas ocasiones con representación de ambos elementos, la cruz y la calavera, que anticipan ya desde el momento del Nacimiento su futura Pasión y muerte, como en el cuadro de Bartolomé Esteban Murillo «El Niño Jesús dormido sobre la Cruz» conservado en el Museo del Prado)[2]. Este es el poema de Murciano:

El Todo sobre la Nada.
Duermes así, de manera
que finge una calavera
ser tu mullida almohada.
La breve mano apoyada
sobre la mejilla, di,
¿qué estremecer de alhelí
te puso en tan dulce trance
que diste a la caza alcance,
Niño, sin volar de Ti?[3]

NiñoJesusCalavera

[1] Carlos Murciano es autor que se ha acercado con frecuencia al tema navideño en su poesía, ya en solitario (ver, por ejemplo, su poema «De cómo María dice su sorpresa por el nacimiento del Niño y pregunta a José cómo ocurrió», o el «Soneto para la madrugada de un seis de enero»), ya al alimón con su hermano Antonio (como en el «Romance viejo de la madre nueva»).

[2] Ver sobre este tema el trabajo de José Guillermo Rodríguez Escudero, «La iconografía del Niño Jesús dormido sobre la calavera y con los atributos de la Pasión». Varias representaciones pictóricas y escultóricas pueden verse en esta otra entrada de blog: «Theatrum: Niño Jesús dormido sobre la cruz, la conciencia de nacer para morir».

[3] Texto recogido en Tallas y poemas del Niño-Dios, Madrid, Publicaciones Españolas, 1967, s. p.

«Donde se cuenta que en el Portal, humilde, le adoraron los Reyes», de Luis Rosales

Elijo para este día de los Reyes Magos —Epifanía del Señor— un poema de Luis Rosales perteneciente a su libro Retablo sacro del Nacimiento del Señor (Madrid, Escorial, 1940, con ilustraciones de José Romero Escassi; 2.ª ed., Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964, con ilustraciones de José R. Escassi). Melchor Fernández Almagro, reseñando la nueva edición del libro en la sección «Libros y revistas» de ABC, el 27 de diciembre de 1964, p. 23, comentaba con certeras palabras este soneto:

El fervor religioso, la sencillez en la directa, tiernamente pueril, visión del Niño que llegará hombre, ennoblecido, decantado por la pureza de la memoria; la transparencia de la palabra ingenua y de la imagen creada al paso gozoso del poema son instrumentos de poesía que se sirven mutuamente en la exigencia de sonetos como el que citamos a continuación: «Donde se cuenta que en el Portal, unánime y humilde, le adoraron tres Reyes» […]. La cita adrede de Jorge Guillén permite comprobar la fusión auténticamente lograda de elementos clásicos y actuales, que serán clásicos también; cultos y populares, alentados     por el ingenuo efluvio de la niñez renacida en el hombre mayor, si es que algún día perdió ese aroma sutilísimo que deja la infancia en todo espíritu sensible. Hermosa, perenne, transfigurada puerilidad… De ahí el encanto del villancico. Por otra parte, el villancico para mayor carga de poesía, utiliza emotivos valores de leyenda piadosa, de narración al modo de “enxemplo” medieval; a veces de auto y de balada. Tan diversos y delicados ingredientes los utiliza Luis Rosales en justa medida, pero distinta, claro es, según el tema de cada composición.

El soneto, que va precedido por un verso de Jorge Guillén (el segundo de «Cima de la delicia», de Cántico) a modo de lema, dice así:

«Todo en el aire es pájaro».

Jorge Guillén

Con dulce y grave majestad ferviente,
mientras arde cantando la retama,
llegan los Reyes cuando el sol derrama
su niña antigüedad de oro inocente.

Con boca y labio de abejar riente
donde vuela la miel de rama en rama
besaron al Señor, que les enrama
de alegre mirto el corazón creyente.

Con toque y mano de fluvial espuma,
le ofrecieron el oro desvalido
y el lento incienso de ascensión trigueña:

¡todo en el aire es pájaro y es pluma,
está el cielo en el ser restablecido
y en la indefensa carne el tiempo sueña![1]

La Adoración de los Magos, de Jan de Bray
La Adoración de los Magos, de Jan de Bray.

Cabe recordar que Luis Rosales es autor que ha cultivado con frecuencia el tema de la Navidad en sus poemas, algunos de los cuales han ido apareciendo en este blog; así, por ejemplo, los titulados  «De cómo al contemplar por vez primera los ojos de su hijo, nació una estrella nueva» o el «Villancico de la falta de fe».


[1] Cito por la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 202-203.

«Villancico nana de los tres Reyes», de Federico Muelas

Es tradición en este blog copiar para la noche de Reyes (5 de enero) y para el propio día de Reyes (6 de enero) algunos poemas dedicados al tema de la Epifanía del Señor y la adoración de los Magos de Oriente. Así, han aparecido aquí, en años pasados, el poema titulado «Que es la noche de Reyes», de José Luis Hidalgo; el «Villancico que llaman de la llegada de los Reyes Magos», de Federico Muelas; el «Soneto para la madrugada de un seis de enero», de Carlos Murciano; el «Villancico de la falta de fe», de Luis Rosales; y otras composiciones como «Epifanía», de Jorge Guillén, «Los tres reyes magos», de Rubén Darío o «El camello cojito (Auto de los Reyes Magos)», de Gloria Fuertes.

Añadiré hoy este sencillo «Villancico nana de los tres Reyes» de Federico Muelas, de alegre musicalidad con sus versos de arte menor (heptasílabos y pentasílabos, más dos octosílabos al final) y sus variadas rimas asonantes (é a, é o, é e), cuyo ritmo se ve reforzado por las repeticiones paralelísticas de algunos versos, a veces con ligeras variantes («tras una estrella» / «tras un lucero»; «si quieres verla» / «si quieres verlo»):

Tres peregrinos vienen
tras una estrella.
¡Duérmete, Niño mío,
si quieres verla!

Tres peregrinos vienen
tras un lucero.
¡Duérmete, Niño mío,
si quieres verlo!

Duérmete, Niño mío,
mi Niño, duerme…

(Tras una estrella venían
por el desierto los Reyes.)[1]

La adoración de los Reyes Magos, de El Greco
La adoración de los Reyes Magos, de El Greco.

[1] Poema incluido en la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 202. 

«Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque» de José Robreño: resumen de la acción (actos I y II)

Voy a resumir con cierto detalle la acción de esta pieza dramática de José Robreño, Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque[1], dado que no es una obra demasiado conocida y (al menos hasta donde se me alcanza) no cuenta con bibliografía específica. Externamente, se divide en cuatro actos que, como ya apunté en una entrada anterior, sintetizan las principales aventuras del palacio ducal, calificadas al interior del texto como «este enjambre de embelecos» (v. 668). Y todo ello para lograr la risa desenfadada de los Duques, como ponen de manifiesto estas réplicas cambiadas entre ambos en el momento en que los criados soplan con unos fuelles a don Quijote y Sancho (en la aventura del vuelo mágico de Clavileño):

DUQUE.- Duquesa, yo de la risa
estoy casi que reviento.

DUQUESA.- No es extraño, pues a mí
me a va suceder lo mesmo (vv. 1112-1115).

Véase además el tenor de las palabras del Duque a Sansón Carrasco, con las que se lamenta de que se le acabe la diversión, una vez que ha derrotado a don Quijote:

Vaya usted con Dios. Me pesa
que haya atajado tan pronto
de mi huésped las proezas,
pues con sus locuras daba
margen a la Europa entera
para admirarse y reírse (vv. 2116-2121).

Como en el modelo cervantino, como en tantas otras recreaciones literarias, don Quijote causa admiración y risa a quienes lo conocen y contemplan.

La acción de la obra comienza in medias res, cuando el Mayordomo anuncia a Altisidora y al grupo de criados y criadas la intención del Duque de burlarse de don Quijote, pero sin propasarse:

… porque es loco, aunque en efecto
tiene ciertos intervalos
que pudiera competir
con el más profundo sabio;
sólo los malditos libros
a que ha sido aficionado
de caballería andante
los sesos le trastornaron (vv. 3-10).

Altisidora ha frecuentado también esos mismos libros de caballerías y entiende de «asuntos caballerescos»; además sabe los sucesos de don Quijote porque leyó la Primera Parte de su historia, así que ella guiará a las demás doncellas en la farsa. El Mayordomo insiste en el tono de moderación en que deben mantenerse las bromas: «Te encargo / no le hagas alguna burla / que se incomoden los amos» (vv. 50-52).

Luego, el Duque y la Duquesa, con todos sus criados, dan la bienvenida a don Quijote y le ponen un manto escarlata. Saludan «al valiente, al fuerte, al bravo / caballero sin igual / y nunca bien ponderado / don Quijote de la Mancha» (vv. 66-69). Sancho Panza, sorprendido de que agasajen a su amo, pide a doña Rodríguez que acomode y atienda al rucio. Saltan ya las primeras chispas de la fricción entre Sancho Panza y la vieja dueña, y don Quijote reprende a su escudero por usar un estilo bajo en el palacio.

Sigue una escena en la que Altisidora requiebra y solicita de amores a don Quijote, quien a su vez recuerda la fidelidad de su amor a Dulcinea. La muchacha lo maldice por su desdén y se desmaya. Es esta una escena resaltada por la métrica —caso único en toda la obra—, pues se desarrolla en un vivaz romancillo de rima aguda en . Después, el criado Ramírez, al verlos en una actitud equívoca, cree que don Quijote está seduciendo a Altisidora y ofendiendo así a los Duques. Pero don Quijote no está dispuesto a reñir con un criado e indica que lo hará en su nombre Sancho Panza; este se niega (se producen aquí algunos momentos de humor, a propósito de su cobardía) alegando que él solo sabe mandar (incluye en su justificación un largo relato intercalado). El Duque media en la pelea entre don Quijote y el criado de palacio y le ofrece a Sancho Panza el gobierno de una ínsula. Sancho cuenta entonces otro cuento, tras lo cual el Duque reitera el ofrecimiento de una ínsula que tiene «de nones».

En la parte final del Acto Primero, el Duque invita a comer a don Quijote. Por su parte, la dueña Rodríguez cambia de opinión respecto a Sancho Panza al ver que va a ser gobernador y ahora se muestra interesada por él, pero este la rechaza por vieja (con esta escena humorística se remata el acto).

Don Quijote en el palacio de los Duques

En el Acto Segundo, la conversación inicial entre el Mayordomo y Altisidora evoca la aventura —no mostrada en escena— del lavatorio de barbas. El Mayordomo felicita a Altisidora porque su «traza e ingenio» han logrado «alucinar» al «andante caballero». Entran después unos enlutados, encabezados por el Criado 2.º, que hace de Trifaldín de la Blanca Barba y anuncia la llegada de la Condesa Trifaldi, «llamada del Desconsuelo / o la Dueña Dolorida». Sigue, mientras tanto, la humorística rivalidad de Sancho Panza con doña Rodríguez, que andan una vez más a la greña.

Llega entonces Joaquina, que representa el papel de Dueña Dolorida, y relata su historia y la de sus damas barbadas (castigo del gigante Malambruno). Después traen a Clavileño, suben a su lomo don Quijote y Sancho y se escenifica el falso vuelo y la caída final en medio de ruidos y estallido de cohetes, todo de forma similar a como se narra en la novela cervantina. El acto se cierra con el anuncio del gobierno de la ínsula Barataria por parte de Sancho[2].


[1] He manejado la edición original (Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque. Comedia en cuatro actos y en verso original de don José Robreño, Barcelona, en la imprenta de J. Torner, 1835), pero las citas del texto serán por número de versos, que corresponden a la edición moderna que estoy preparando en la actualidad.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Una recreación dramática del Quijote en pleno triunfo romántico: Don Quijote y Sancho Panza en el castillo del Duque (1834-1835), de José Robreño», en Alexia Dotras Bravo, José Manuel Lucía Megías, Elisabet Magro García y José Montero Reguera (eds.), Tus obras los rincones de la tierra descubren. Actas del VI Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas (Alcalá de Henares, 13 al 16 de diciembre de 2006), Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2008, pp. 535-554.

«Viene el Amor a nuestra arcilla breve…», de Alfredo Díaz de Cerio

Comienza el Año Nuevo y desde este blog insular y barañario seguimos recordando con poesía la esencia de la Navidad, que no es otra que el nacimiento en Belén del Niño-Dios, redentor de toda la humanidad. Transcribo hoy —solemnidad de Santa María, Madre de Dios— un hermoso soneto de Alfredo Díaz de Cerio (Mendavia, Navarra, 1941-Pamplona, 2008), recogido en su libro póstumo De Navidad a Nochevieja (2008). Jesús Mauleón, en el prólogo de la publicación, escribe estas palabras que contextualizan perfectamente al autor y su poemario:

Profesionalmente, diríamos que Alfredo era más pintor que poeta, aunque no sea más que porque a nadie se le ocurre aducir la actividad poética como profesión en documento oficial alguno. Pero hacía versos por la misma razón por la que pintaba o esculpía, o por la misma pasión que le llevaba a plasmar o decir lo que de fuera hería su sensibilidad o lo que le ardía por dentro. Como poeta dejó una decena de libros y obtuvo innumerables distinciones y, entre otros, los premios Antonio Machado, León Felipe, Fray Luis de León, Vicente Aleixandre, Luis Rosales, Martínez Baigorri…

El libro que aquí se presenta no es, seguramente, el más acendrado ni el más difícil de su producción. Buena parte de él se resuelve métricamente en formas tradicionales como el soneto, la décima, las letrillas de diversa factura, sus versos rimados de arte menor. No es quizá la obra más original ni novedosa del poeta, pero sí un poemario cálido y sentido, accesible a un amplio público, con ramalazos líricos del mejor Díaz de Cerio. […] Aquí abundan los poemas donde casi todo es leve, con la levedad de la tradición popular del villancico. Maneja Alfredo todos los datos tradicionales de la Navidad: el portal con Jesús, María y José, Reyes, pastores, estrella, canto en el cielo, luz, nieve y noche invernal. Pero los conjuga y los vive para alcanzar en ocasiones versos y poemillas enteros de renovada belleza[1].

Este soneto en concreto (el número VIII de la sección inaugural del libro, «Sonetos a la Navidad») se articula en torno a la idea de la encarnación de Cristo, que siendo Dios se hace barro mortal («Viene el Amor a nuestra arcilla breve», v. 1); es decir, se pone de relieve su naturaleza humana («se atreve / a ser carne mortal y carne leve», vv. 4-5, con expresivo encabalgamiento estrófico; «herido con la herida / de todo lo que muere por ser vida», vv. 6-7; «se hace el Verbo de carne tan sencilla», v. 10). Ese Jesús, todo Amor, es a la vez Niño y Dios (v. 8); y, siguiendo con otra aparente contradicción (o, por mejor decir, el profundo misterio, la «Maravilla de toda maravilla», v. 9), «El gran Libertador se hace cautivo» (v. 12): porque, en efecto, el Redentor de todo el linaje humano asume por completo las servidumbres de la carne, las ataduras de su condición de hombre. Tal es el «milagro vivo / y tierno de Belén» (vv. 13-14), certera expresión de Díaz de Cerio que se refuerza desde el punto de vista retórico con un nuevo encabalgamiento, en esta ocasión versal. De esta forma, en su rotunda sencillez, «la gloria de Dios luce más pura» (v. 11) y es «limpia hermosura» (v. 14). Cabe destacar, en fin, el buen ritmo de los catorce endecasílabos, que forman un soneto de gran belleza y musicalidad, cuyo texto completo es como sigue:

Viene el Amor a nuestra arcilla breve,
a nuestra soledad tan escondida.
Viene el Amor de forma decidida
y llega de manera que se atreve

a ser carne mortal y carne leve.
Viene el Amor herido con la herida
de todo lo que muere por ser vida;
tan Niño viene Amor que nos conmueve.

Maravilla de toda maravilla:
se hace el Verbo de carne tan sencilla
que la gloria de Dios luce más pura.

El gran Libertador se hace cautivo,
misterio del amor, milagro vivo
y tierno de Belén, limpia hermosura[2].

Natividad, de Sandro Boticelli
Natividad, de Sandro Boticelli.


[1] Jesús Mauleón, prólogo a Alfredo Díaz de Cerio, De Navidad a Nochevieja, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo-Institución Príncipe de Viana), 2008, pp. 12-13.

[2] Alfredo Díaz de Cerio, De Navidad a Nochevieja, p. 26.

«De Nazaret a Belén», de Manuel Martínez Fdez. de Bobadilla

Vaya para este día último del año, que coincide con la festividad de la Sagrada Familia, esta hermosa décima del poeta navarro (de Murchante) Manuel Martínez Fdez. de Bobadilla, que es la segunda composición de su poemario Fuegos de la Navidad (1997). El poema pone de relieve el vínculo amoroso de María y José reforzado con la llegada de su hijo Jesús, «trigo en flor» (v. 1) y «carne de amor» (v. 4). En el último verso se recuerda la etimología de Belén, lugar donde vino al mundo el Salvador, que en hebreo significa ʽcasa de panʼ[1]:

Nazaret, el trigo en flor.
María, de nieve fue.
En su vientre San José
sintió el divino calor
del hijo en carne de amor.
Tan llenos de gracia están
y tanto en amor se dan,
que un corazón de mujer
supo con el trigo hacer
de Belén, Casa de Pan[2].

Sagrada Familia, de Giorgione
Sagrada Familia, de Giorgione.

[1] Ver Ignacio Arellano, Repertorio de motivos de los autos sacramentales de Calderón, Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra (Publicaciones digitales del GRISO), 2011, p. 96, s. v. Belén, quien cita, entre otras autoridades, a San Juan de Ávila en sus Sermones: «en aquella casa de pan está el Hijo de Dios consagrado, envuelto en pañales de pobres accidentes». Es, en efecto, etimología muy reiterada en los autos sacramentales de Calderón y en otros textos áureos.

[2] Manuel Martínez Fdez. de Bobadilla, Fuegos de la Navidad, prólogo de Enrique Banús, Pamplona, Medialuna Ediciones, 1997, p. 21.

«La Araucana», auto sacramental: valoración final

Termino ya esta serie de entradas dedicadas al auto sacramental de La Araucana, pieza atribuida tradicionalmente a Lope, destacando que constituye un texto dramático de notable interés, el cual requiere —además de una solvente edición crítica— un análisis más profundo y completo de su desarrollo argumental, el cual resulta coherente dentro de la alegoría (retórica, simbólica, poética) propia del género, en la que los distintos elementos funcionan dentro de una compleja red de relaciones que une los dos planos de la obra, el literal y el figurado.

Auto sacramental de La Araucana

En fin, esta trama sacramental sacada de la materia de las guerras de Arauco, lejos de constituir un disparate, demuestra que para un ingenio barroco cualquier argumento, manejado con maestría dramática, podía servir para plasmar artísticamente la historia de la redención humana (caída en el pecado, arrepentimiento y salvación final merced a la acción redentora de Cristo), que es lo esencial en el género del auto sacramental[1].


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El personaje de Caupolicán y la alegoría cristológica en La Araucana, auto sacramental atribuido a Lope de Vega», en Antonio Azaustre Galiana y Santiago Fernández Mosquera (coords.), Compostella aurea. Actas del VIII Congreso de la Asociación Internacional Siglo de Oro (AISO), Santiago de Compostela, 7-11 de julio de 2008, Santiago de Compostela, Servizo de Publicacións e Intercambio Científico, 2011, vol. II, pp. 1223-1232; y «La guerra de Arauco en clave alegórica: el auto sacramental de La Araucana», Alpha, 33, 2011, pp. 171-186.

 

El villancico «Canta, gallo, canta…» de Rodrigo de Reinosa

¡Aleluya, Aleluya,
ha nacido el Salvador!

Rodrigo de Reinosa, pseudónimo del bachiller Rodrigo de Linde (Reinosa, Cantabria, c. 1450-c. 1530), es poeta conocido por ser el creador de la lírica germanesca en lengua castellana. Ha sido estudiado por José María de Cossío, quien le dedicó un volumen en la Antología de escritores y artistas montañeses[1]. La primera obra impresa con su nombre, aunque perdida, es el Cancionero de Rodrigo de Reinosa de coplas de Nuestra Señora (Barcelona, 1513). Por otra parte, se le ha atribuido un Cancionero de Nuestra Señora, impreso tardíamente (León, 1612), pero tal atribución resulta problemática. Rodrigo de Reinosa fue muy popular en su época y sus composiciones se nos han conservado en distintos cancioneros y a través de pliegos sueltos. En sus poemas da entrada a personajes populares como rufianes, prostitutas, pastores, comadres, venteros, negros, etc. Cultivó también el tema navideño; al decir de Gerardo Diego, lo trata

de diversos modos y con variedad de intenciones. Una veces, anacrónica y deliciosamente, como en la letrilla a la Virgen para que abrigue al Niño con una de las dos mortajas de Lázaro, con la media capa de San Martín, el manto de Elías o el velo del Templo. Otras de manera un tanto conceptuosa y refinada. O como en el romance «Al Nacimiento», lleno de sagrado estupor. O bien, y es quizá su más tierna inspiración, cantando sobre el estribillo popular la inminencia del parto virginal[2].

Este último comentario se refiere al villancico que copio hoy, en el que la voz lírica corresponde a san José, que se dirige en apóstrofe al gallo (vv. 1-2), para que anuncie el amanecer del nuevo día; y luego ya, durante el resto de la composición, a su esposa María, cuyo vientre está  a punto de florecer con el nacimiento del Niño-Dios:

Canta, gallo, canta,
cata[3] que amanece;
y tú, Virgen Santa,
tu vientre florece[4].

El parto es llegado
de nuestra esperanza;
que Dios encarnado
nació sin dudanza;
por donde se alcanza
el bien que parece[5];
tu vientre florece.

A la media noche
acá entre nos
sin ningún reproche
nació hombre y Dios;
pues, Señora, a nos
por vos tal contece[6],
tu vientre florece.

Según me decíais,
y a mí me dijeron,
estas profecías
en vos se cumplieron;
pues vos escogieron[7]
porque Adam padece,
tu vientre florece.

Pues Dios nos echó
en este portal
do el Niño nació
por lo humanal;
en este arrabal,
con frío que crece,
tu vientre florece.

Si quieres que vaya
partera[8] a buscar,
el gabán y sayo
os quiero dejar;
en pobre lugar
todo esto acaece;
tu vientre florece.

Mientras vo[9], Señora,
partera a buscar,
quered vos agora
sola consolar:
no queráis llorar,
que a mí me entristece;
tu vientre florece.

Lumbre no tenemos
ni leña ninguna,
ni tampoco habemos[10]
mantillas ni cuna;
pues nuestra fortuna
todo esto merece,
tu vientre florece.

Con terrible invierno
y noche lloviosa[11],
sin ningún gobierno,
con pena penosa,
consuélate, Esposa,
aunque algo fallece[12];
tu vientre florece[13].

Adoración_de_los_pastores_Bonifazio_Veronese
Adoración de los pastores, de Bonifazio Veronese.


[1] Rodrigo de Reinosa, selección y estudio de José María de Cossío, Santander, Librería Moderna, 1950. Ver también Stephen Gilman y Michael J. Ruggerio, «Rodrigo de Reinosa and La Celestina», Romanische Forschungen, 73, 1961, pp. 255-284; La poesía de Rodrigo de Reinosa, estudio y ed. de José Manuel Cabrales Arteaga, Santander, Institución Cultural de Cantabria, 1980; Rodrigo de Reinosa, Poesía de germanía, ed. de María Inés Chamorro Fernández, Madrid, Visor, 1988; y, más reciente, Rodrigo de Reinosa, Obra conocida, ed. de Laura Puerto Moro, San Millán de la Cogolla, Cilengua, 2010.

[2] Gerardo Diego, La Navidad en la poesía española, Madrid, Ateneo, 1953, pp. 19-20.

[3] cata: mira, date cuenta.

[4] florece: haz florecer.

[5] parece: aparece, se presenta.

[6] contece: acontece, sucede.

[7] pues vos escogieron: Diego lee este verso «pues a vos escogieron», largo; enmiendo para regularizar la medida del hexasílabo.

[8] partera: cambio la lectura de Diego, partero, por partera, como figura luego en el v. 41.

[9] vo: voy.

[10] habemos: tenemos.

[11] lloviosa: forma usual en la lengua antigua, con vacilación en la vocal átona.

[12] fallece: falta.

[13] Diego, La Navidad en la poesía española, pp. 20-22. Retoco ligeramente la puntuación y destaco en cursiva la cabeza del villancico y el verso repetido como estribillo. Diego cierra su comentario sobre este villancico con una nota humorística, en guiño regional: «Bien se echa de ver que este San José, disfrazado bajo el capote recio y pardo de Rodrigo de Reinosa, conocía bien las noches cerradas de cellisca y ventisca en Campóo de Suso» (p. 22).