«Mirad, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa “Dios con nosotros”» (Mateo, 1, 23)
Vaya para hoy, cuarto domingo de Adviento, el poema que ha utilizado Rafael Duarte Sánchez para felicitarme las fiestas este año en mi muro de Facebook. Se trata de un grácil romancillo de rima é e que en su tramo final anticipa —como suele ser frecuente en la poesía de Navidad— los futuros sufrimientos de la Pasión del Señor. Dice así:
La lluvia caía casi tristemente. La lluvia pequeña sin granizo, leve, porque en el portal la pobreza viene sin luces, sin fuego ni amigos, ni gente. La estrella brillaba casi inútilmente, como en aquel tiempo de miedos furentes. La Virgen sentía a Dios en su vientre.
Y eso le dolía. La Virgen María, tan pura y creyente, temía y temía que, al Dios que sentía, lo hiriese el presente.
La lluvia caía con frío insistente, esa lluvia terca de nubes silentes. Allí en el portal, con la noche enfrente, sin casa, sin sitio, con miedos latentes…
La Virgen sueña caminos, está a la espera… La Virgen sabe que el Niño está muy cerca…
Como antológico poema de Navidad de Gerardo Diego ya hemos reproducido aquí su célebre «La palmera» (editado en ocasiones con el título de «Canción al Niño Jesús»). Vaya para hoy, tercer domingo de Adviento, otro poema suyo, la «Letrilla de la Virgen María esperando la Navidad», perteneciente a sus Versos divinos (1938-1941). Diego, lo sabemos, es un consumado maestro en la recreación de la poesía popular, y así lo demuestra también con este poema que, con su estructura anafórico-paralelística (y la repetición del estribillo, con variantes), subrayada por el quebrado «con qué», expresa la incertidumbre de la joven María —que se dirige primero a los elementos de la naturaleza: luna, brisa y arroyuelo, y luego al ángel Gabriel y a su esposo José— ante la inminente llegada del Niño y los cuidados que requerirá el recién nacido.
Cuando venga, ay, yo no sé con qué le envolveré yo, con qué.
Ay, dímelo tú, la luna, cuando en tus brazos de hechizo tomas al roble macizo y le acunas en tu cuna. Dímelo, que no lo sé, con qué le tocaré yo, con qué.
Ay, dímelo tú, la brisa que con tus besos más leves la hoja más alta remueves, peinas la pluma más lisa. Dímelo y no lo diré con qué le besaré yo, con qué.
Pues dímelo tú, arroyuelo, tú que con labios de plata le cantas una sonata de azul música de cielo. Cuéntame, susúrrame con qué le cantaré yo, con qué.
Y ahora que me acordaba, Ángel del Señor, de ti, dímelo, pues recibí tu mensaje: «He aquí la esclava». Sí, dímelo, por tu fe, con qué le abrazaré yo, con qué.
O dímelo tú, si no, si es que lo sabes, José, y yo te obedeceré, que soy una niña yo, con qué manos le tendré que no se me rompa, no, con qué[1].
[1] Cito por Guillermo Suárez, SM, María, belleza de Dios. Cien poemas marianos, Madrid, SPM. Servicio de Publicaciones Marianistas, 2010, núm. 24, p. 39.
Ven, ven, Señor, no tardes, ven, ven, que te esperamos…
Vaya para hoy, segundo domingo de Adviento, un soneto de Pedro Miguel Lamet, SJ titulado «Lumbre de Dios». De este autor ya han entrado en el blog poemas de Adviento («Soy Adviento», y su tríptico «Tres profetas de Adviento», formado por «Isaías», «Juan el Bautista» y «María») y de Navidad («Encarnación», «Meditación de fin de año»), además de otros más propios del tiempo de Semana Santa («Ceniza eterna», «El dolor del tiempo»). El que añado hoy pertenece a su libro La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad (2016) y dice así:
El pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz; a las que habitaban en tierra de sombra de muerte, la luz resplandeció sobre ellos.
(Isaías, 9, 2)
Desde la sombra de la noche aquella que también es la noche tuya y mía, cuando esta tierra abandonada y fría perdió sin ti la risa de tu huella,
y buscaba temblando la centella de un sueño, una palabra, una alegría que aliviara ese horror en que sufría el ser sin ser, la vida sin estrella,
de pronto te asomaste a la ventana y preguntaste al Padre de esta guisa: —¿Qué te parece proclamar cariño
y que el hombre se sienta en la mañana tu júbilo, tu lumbre, tu sonrisa? —¡Bájate, Hijo, y llora como un niño![1]
[1] Pedro Miguel Lamet, La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad, Bilbao, Ediciones Mensajero, 2016, pp. 79.
Madonna del Parto (c. 1460), fresco de Piero della Francesca. Museo de la Madonna del Parto (Monterchi, Italia).
Vaya para hoy, primer domingo de Adviento e inicio del nuevo año litúrgico, su «Villancico del Adviento en Galilea», que lleva como subtítulo «Homenaje a Federico García Lorca» (y, en efecto, se aprecian en el texto claros ecos lorquianos en el empleo de una métrica neopopularista, con repetición continua del primer verso y de un estribillo que presenta variantes, y en la imaginería empleada: nácar, luna, alborada, verdes algas, etc.). Dice así:
La Virgen se fue a la mar a buscar conchas de nácar para hacerle al niño[1] un cofre de madreperlas y escarcha.
(La Estrella del mar volvía con el rocío del alba.)
La Virgen se fue a la mar en buscas[2] de espumas blancas para coser los pañales con sus puntillas de Holanda.
(La Estrella del mar volvía saludando a la mañana.)
La Virgen se fue a la mar a ver la luna en el agua para copiar en sus brazos un regazo de luz alta.
(La Estrella del mar volvía orilla de la alborada.)
La Virgen se fue a la mar a buscar las verdes algas con que hacerle al niño ajorcas y túnicas de esmeralda.
(La Estrella del mar volvía con la flor de la enramada.)
La Virgen se fue a la mar a oírle[3] cantar su nana para acunarle los sueños al pequeño Dios del alma.
(La Estrella del mar volvía por la senda de las barcas.)
La Virgen se fue a la mar en busca de la alborada para iluminar el día de la promesa anunciada.
(La Estrella del mar volvía con el sol de la mañana.)[4]
[1] Mantengo aquí y unos versos más abajo la minúscula del original.
[2] Tal vez podría enmendarse a «en busca», considerando parásita la s final, atraída por «espumas blancas». En cualquier caso, «en buscas» bien podría ser un plural intensificador querido por el poeta y por ello mantengo lo que dice el texto.
[4] Cito por Jesús Górriz Lerga, Memorial del gozo, Pamplona, edición del autor [EUROGRAF], 1994, pp. 27-28. El libro fue editado con la colaboración del Departamento de Educación y Cultura (Institución Príncipe de Viana) del Gobierno de Navarra.
Este cuarto domingo de Adviento nos deja ya a las puertas de la Navidad. Llegamos, pues, al final de este esperanzado camino que nos sirve de preparación para conmemorar la venida al mundo del Mesías Salvador, el Redentor del género humano. Y para cerrar este ciclo poético del Adviento 2024, traigo hoy el soneto «Soy Adviento», del jesuita Pedro Miguel Lamet[1], que dice así:
¡Cómo me gusta andar por los caminos, sentir bajo mis pies latir al mundo, mirar al horizonte en lo profundo y respirar el aire de los pinos!
¡Cómo me calma de mis desatinos marchar de paso como un vagabundo, mientras, sin pensar, los ojos hundo en reflejos de amores tan divinos!
Pues de pronto comprendo iluminado que en caminar consiste nuestra vida hacia la luz del gran descubrimiento,
puesto que andando advierto que he llegado; y en el buscar presiento la venida. Nací para esperar, pues soy Adviento[2].
[1] Lamet es autor de un hermoso tríptico de sonetos de Adviento, dedicados a «Isaías», «María» y «Juan el Bautista», incluidos en su libro La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad, Bilbao, Ediciones Mensajero, 2016, pp. 71-73.
El Adviento es esperanza, la esperanza, salvación; ya se acerca el Señor. Preparemos los caminos, los caminos del amor, escuchemos su voz.
(Carmelo Erdozáin, «Abre tu tienda al Señor», Nuevos cantos de Adviento y Navidad)
Vaya para hoy, tercer domingo de Adviento (domingo Gaudete, de estar alegres), esta sencilla composición de Jesús Mauleón, sacerdote y poeta que ha cantó con frecuencia esta temática del Adviento y la Navidad. El poema (una décima), que se concibe como una oración en apóstrofe al «Jesucristo del Adviento» rematada con su correspondiente «Amén», no precisa mayor explicación.
No todo es humo ni viento si retrasas tu venida, que ya estás en nuestra vida, Jesucristo del Adviento. A veces es tan violento este mundo con su danza que la impaciencia no alcanza a esperar lo prometido. Mátanos el sinsentido y avívanos la esperanza.
Vaya para hoy, segundo domingo de Adviento y Solemnidad de la Inmaculada Concepción, un hermoso soneto de Pilar Paz Pasamar (Jerez de la Frontera, 1933), «María Anunciada», perteneciente a su poemario Del abreviado mar (Madrid, Ágora, 1957). Fernando Carratalá nos ofrece este comentario del poema:
Paz Pasamar posee una amplia cultura religiosa y ha dedicado muchos versos al tema de la trascendencia. De sus incursiones en la temática navideña es una buena muestra el soneto «María Anunciada», de perfecta andadura rítmica en sus endecasílabos, y con estrofas y rimas ajustadas al patrón clásico: el arcángel Gabriel anuncia a María que se ve a convertir en la Madre de Dios. Y la poetisa se refiere a María con un lenguaje metafórico de gran belleza y eficacia estética —a lo largo del primer cuarteto— y con adjetivos que aluden a su sencillez y serenidad —en el segundo cuarteto, que contiene, en los versos 7 y 8, un símil de altísimo valor poético: «plena / como el dorado trigo en la gavilla»—. Pero es, sin duda, en el terceto que cierra el soneto en donde se alcanza un intenso clímax poético: Vino Gabriel [a anunciar la transformación de una sencilla mujer nada menos que en la Madre de Dios]; vino la Luz [divina a realzar su hermosura]; y, por fin, llegó Dios y se fingió pequeño [al hacerse Hombre en el vientre de María][1].
Pedro Pablo Rubens, Inmaculada Concepción (1628-1629). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).
Poco que añadir a tan certero comentario, salvo quizá destacar la bella creación neológica mielar del verso 4. El soneto dice así:
¡Pan virginal, aceite sin mancilla! «Ave María, la de gracia llena», te saludó Gabriel, y la colmena de tu pecho mieló la maravilla.
Tú la más sola. Tú la más sencilla. Mujer por sola, y por la más serena, escogida primero que el mar, plena como el dorado trigo en la gavilla.
Por el milagro de la dulce boda tomaste enorme dimensión y altura, y Dios cruzó despacio por tu sueño.
Vino Gabriel, y te mudaste toda, vino la Luz y supo tu hermosura, y llegó Dios, y se fingió pequeño[2].
[1] Fernando Carratalá, en Poesía de Navidad para niños y jóvenes, edición preparada por Fernando Carratalá, ilustraciones de Carmen Sáez, Madrid, Ediciones de la Torre, 2013, p. 205.
[2] Tomo el texto de Poesía de Navidad para niños y jóvenes, p. 117. En el primer verso, cierro el signo de admiración, que en la edición por la que cito solo se abre.
El Adviento es esperanza; la esperanza, salvación; ya se acerca el Señor…
(Carmelo Erdozáin, «Abre tu tienda al Señor»)
Vaya para hoy, primer domingo de Adviento, un poema de nuestra llorada Carmen (Auristela para sus queridos amigos de la Asociación de Cervantistas) Agulló Vives (Elche, 1931-Albacete, 2020), perteneciente a su libro Bendita Navidad (Villancicos para un milenio). Este «Canto de Zacarías», que va encabezado por un lema de Lucas, consta de una primera parte (tres breves estrofas de cinco versos, de medidas diversas), a la que sigue una copla y la correspondiente glosa (cuatro estrofas de siete versos octosílabos, con rima de romance, y rimando también en asonante el verso glosado).
Domenico Ghirlandaio, Zacarías escribe el nombre de su hijo. Fresco en la Cappella Tornabuoni, Santa Maria Novella (Florencia, Italia).
El poema dice así:
Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz
Lucas I, 78-79
Canto de Zacarías en futuro[1], tiempo de la esperanza, Futuro ya presente, ¿pasado ya?, ¿letra muerta en las Biblias olvidadas?
Dos mil años futuro y aún espera el corazón creyente, y la salmodia de las Horas sube desde la rosa de los vientos más allá de imposibles horizontes.
Y la inocente pluma —¡Manes de Lope, disculpad su intento!— en métricas arcaicas se humedece para cantar de nuevo al Dios que se entregó en la Navidad:
Ven, amigo, ven conmigo, que nos guía la esperanza a encontrar a Dios vestido de naturaleza humana.
GLOSA
1
Es historia conocida —algunos la llaman mito—, la razón se encalabrina al no explicar el prodigio. El corazón se me esponja, me pide que diga a gritos: Ven, amigo, ven conmigo.
2
Al declinar de diciembre los cristianos se preparan —¡ay, si lo hicieran a fondo!— a celebrar la llegada de Cristo a la tierra pobre. Incredulidad, aparta, que nos guía la esperanza.
3
María y José, obedientes, han hecho largo camino: sabemos de un mesonero de comportamiento indigno; sabemos de los pastores que acudieron al aviso a encontrar a Dios vestido.
4
Jesús, lucero, clavel, sonrisa, mirada clara; naciste, asombrose el mundo, creciéronle al hombre alas al hermanarse contigo. ¡Tanto da quien se engalana de naturaleza humana![2]
[1] El cántico de Zacarías (Benedictus) es la oración que recitó Zacarías al volver a poder hablar tras el nacimiento y circuncisión de su hijo san Juan Bautista. En ella alaba y da gracias a Dios por el Mesías, y se interpreta como un anuncio de la venida salvadora de Jesús. Cfr. Lucas, 1, 67-79: «En aquel tiempo, Zacarías, el padre de Juan, quedó lleno de Espíritu Santo, y profetizó diciendo: “Bendito el Señor Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo y nos ha suscitado una fuerza salvadora en la casa de David, su siervo, como había prometido desde tiempos antiguos, por boca de sus santos profetas, que nos salvaría de nuestros enemigos y de las manos de todos los que nos odiaban haciendo misericordia a nuestros padres y recordando su santa alianza y el juramento que juró a Abraham nuestro padre, de concedernos que, libres de manos enemigas, podamos servirle sin temor en santidad y justicia delante de Él todos nuestros días. Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos y dar a su pueblo conocimiento de salvación por el perdón de sus pecados, por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, que harán que nos visite una Luz de la altura, a fin de iluminar a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte y guiar nuestros pasos por el camino de la paz”».
[2] Cito, con algún ligero retoque, por Carmen Agulló Vives, Bendita Navidad (Villancicos para un milenio), Albacete, Gráficas Cano, 2001, pp. 101-102.
Ven, ven, Señor, no tardes, ven, ven, que te esperamos…
Rafael Alfaro (El Cañavate, Cuenca, 1930-Granada, 2004), sacerdote salesiano, es autor de una extensa obra lírica, entre la que se cuentan títulos como El alma de la fuente (1971), Voz interior (1972), Vamos, Jonás (1974), Objeto de contemplación (1978), Tal vez mañana (1978), Cables y pájaros (1979), Música callada (1981), Los Cantos de Contrebia (1985), Tierra enamorada (1986), Escondida senda (1986), La otra claridad (Madrid, 1989), Poemas para una exposición (1991), Salmos desde la noche (1993), Elegías del Rus (1993), Dios del venir (1994), Los pájaros regresan a la tarde (1995), Xaire (1998), Apuntes de Alarcón (2001) o Indagación del otoño (2002).
Vaya para hoy, cuarto domingo de Adviento, este soneto suyo que comienza «Hoy tengo ya mi lámpara encendida» y que remite al pasaje evangélico de Lucas que lleva como lema:
«Tened ceñidos vuestros lomos y encendidas las lámparas, y sed como hombres que esperan a su amo de vuelta de las bodas, para que, al llegar él y llamar, al instante le abran» (Lc 12, 35).
Hoy tengo ya mi lámpara encendida, ceñida la cintura, y la alianza en mi dedo vigía; y la esperanza centinela del alba prometida.
Y arde en mi corazón la dolorida llaga de soledad: ¡lenta es la danza de las horas y lenta tu tardanza! Dios del venir[1]: ¡Ardiendo está mi vida!
Y me digo: la noche anuncia al Día; las estrellas al Sol; el suelo al Cielo. ¿A quién anunciará el alma vacía?
Aprenda el Ángel ya su «avemaría» y encienda el aire blanco de su vuelo. Dios del venir, ¡mi corazón te ansia![2]
[1] Esta formulación recuerda el primer verso del primer poema («La transparencia, Dios, la transparencia») de Dios deseado y deseante de Juan Ramón Jiménez: «Dios del venir, te siento entre mis manos, / aquí estás enredado conmigo, en lucha hermosa / de amor, lo mismo / que un fuego con su aire», si bien el significado es distinto en cada caso: en Jiménez, se trata de la formulación de una inmanencia divina (en varias ocasiones afirmó Juan Ramón: «El mío es un dios en inmanencia»); en Alfaro remite a la espera de Cristo que supone el Adviento (adventus significa ʻllegadaʼ o ʻvenidaʼ).
[2] Tomo el texto de Rafael Prieto Ramiro, Como la gallina a sus polluelos (Lc 13, 34). Adviento y Navidad 2002-2003, Madrid, Cáritas Española, 2002, p. 30.
La Virgen sueña caminos, está a la espera. La Virgen sabe que el Niño está muy cerca.
Vaya para hoy, tercer domingo de Adviento (tiempo de espera y de esperanza), este bello soneto de Rafael Morales (Talavera de la Reina, Toledo, 1919-Madrid, 2005) centrado en la Encarnación del Verbo, que —en su sencillez poética— no requiere de mayor comento.
Bartolomé Esteban Murillo, La Anunciación (c. 1660). Museo del Prado (Madrid).
Igual que la caricia, como el leve temblor del vientecillo en la enramada, como el brotar de un agua sosegada o el fundirse pausado de la nieve,
debió ser, de tan dulce, tu sonrisa, oh, Virgen Santa, Pura, Inmaculada, al sentir en tu entraña la llegada del Niño Dios como una tibia brisa.
Debió ser tu sonrisa tan gozosa, tan tierna y tan feliz como es el ala en el aire del alba perezosa,
igual que el río que hacia el mar resbala, como el breve misterio de la rosa que, con su aroma, toda el alma exhala[1].
[1] Cito por la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 72.