Días atrás traía al blog el soneto «José» de Eduardo González Lanuza (Santander, España, 1900- Buenos Aires, Argentina, 1984). Y hoy, para esta mágica noche de esperanza e ilusión, he seleccionado su poema dedicado a «Los Reyes Magos»:
Engualdrapados sus camellos vienen siguiendo los destellos del astro vivo del Amor; el más zahorí de todos ellos ya reconoce a su Señor, y hunde en el polvo sus cabellos Melchor.
La magia alumbra su mirada, llega a la humilde portalada —súbito fue el descabalgar—; la tiara en tierra derribada, se va ante el Niño a prosternar con la sonrisa alucinada Gaspar.
Ébano el rostro reluciente, púrpura viste del Oriente; ¡qué poderoso el rebrillar de la corona de su frente! Incienso y mirra va a quemar ante aquel Niño sonriente Baltasar.
Quiebran la espada y el venablo arrodillándose a adorar al que ha nacido en un establo Melchor, Gaspar y Baltasar[1].
[1] Cito (con algún ligero retoque en la puntuación) por la antología Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 354-355.
Unos días atrás copiaba el «Romance de Nochebuena» de la chilena Gabriela Mistral (1889- 1957), Premio Nobel de Literatura en 1945, y hoy para el Año Nuevo traigo al blog su «Romance del establo de Belén», perteneciente también a su poemario Ternura. El poema, bello y alegre en su infantil sencillez, describe la tierna algarabía de los animales que quieren mimar al Niño, transformando el Portal de Belén en un «establo conmovido».
Este es el texto del romance:
Al llegar la medianoche y romper en llanto el Niño las cien bestias despertaron y el establo se hizo vivo…
y se fueron acercando, y alargaron hasta el Niño los cien cuellos, anhelantes como un bosque sacudido.
Bajó un buey su aliento al rostro y se lo exhaló sin ruido, y sus ojos fueron tiernos como llenos de rocío…
Una oveja lo frotaba, contra su vellón suavísimo, y las manos le lamían, en cuclillas, dos cabritos…
Las paredes del establo se cubrieron sin sentirlo de faisanes y de ocas y de gallos y de mirlos.
Los faisanes descendieron y pasaban sobre el Niño su ancha cola de colores; y las ocas de anchos picos
arreglábanle las pajas; y el enjambre de los mirlos era un vuelo palpitante sobre del recién nacido…
Y la Virgen entre el bosque de los cuernos, sin sentido, agitada iba y veía sin poder tomar al Niño.
Y José sonriendo iba acercándose en su auxilio… ¡Y era como un bosque todo el establo conmovido![1]
[1] Tomo el texto de Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 216-217. Existe otra versión, con ligeras variantes, bajo el título «El establo»; ver, por ejemplo, Gabriela Mistral, Ternura, 6.ª ed., Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 2004, pp. 53-54.
Eduardo González Lanuza fue un escritor argentino de origen español: nacido en Santander en 1900, emigró a la Argentina a la edad de nueve años, y fallecería en Buenos Aires en 1984. Químico industrial de profesión, cultivó la poesía (obtuvo el Premio Nacional de Poesía de Argentina), la narrativa, el teatro y la crítica literaria. Adscrito en sus inicios poéticos al movimiento ultraísta, fundó Prisma y la primera Proa, y fue colaborador también de Martín Fierro. Entre sus títulos poéticos se cuentan poemarios como Prismas (1924), Treinta y tantos poemas (1932), La degollación de los inocentes (1938), Puñado de cantares (1940), Transitable cristal (1943), Oda a la Alegría y otros poemas (1949), Retablo de Navidad y de la Pasión (1953), Suma y sigue (1960), Profesión de fe y otros poemas (1970), Aires para canciones (1977) o Hai-Kais (1977), entre otros.
En la poesía de tema navideño, no suele aparecer con mucha frecuencia la figura de San José, aunque sí tiene cierta tradición el motivo de las dudas sobre su paternidad (véase, por ejemplo, el delicioso «Villancico de los qué dirán» de Antonio Murciano). González Lanuza evoca al patriarcal carpintero —casto, austero, humilde, amoroso… y pleno de fe— en el siguiente soneto:
Alza su fuerte mano carpintera, y al ademán torna el candor liviano porque perdura en la callosa mano la fragante honradez de la madera.
Patriarcal castidad de gracia austera ilumina infantil el rostro anciano, al ver la transparencia del arcano que en el nocturno establo floreciera.
Ofrece ya su báculo y su ayuda para el cuidado y el amor prolijo, y la humildad de su caricia ruda.
Más que el soñado arcángel se lo dijo su fe con evidente voz desnuda: el Hijo del Espíritu es su hijo[1].
[1] Tomo el texto de Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, p. 349.
Emilio Breda es un poeta, cuentista, historiador y ensayista nacido en Buenos Aires en 1945. Graduado de maestro normal y abogado, cuenta en su haber con una amplia obra literaria. Además, desde 1975 desarrolla con gran éxito —en Argentina y en otros países— sus talleres «Estrategias para crear lectores y cuentos», los cuales están «destinados a despertar en los niños el amor por el libro y el placer por la lectura, dentro de un clima lúdico y creador». Es autor que se ha acercado con asiduidad al tema navideño, como ponen de manifiesto los títulos de algunos de sus poemarios: De los ángeles de Buenos Aires. Villancicos porteños (1974), Los villancicos del Ángel Gabriel (1976), Los villancicos de Francisco de Asís (1978), Los villancicos porteños (1977), Villancicos y cantos para Santiago (1979) o Los villancicos de fray Grillo (1981).
Copiaré hoy su «Villancico del marinero», un breve y sencillo romance con rima aguda en -é y estructura dialogada, en el que el marinero anuncia su deseo de llegar a Belén «para ver al Emmanuel» (v. 12).
—¿Adónde vas, marinero con tu barco de papel? ¿A qué países lejanos te lleva el viento esta vez?
—Voy a cruzar el océano para llegar a Israel. Hacia allí me lleva el viento que sopla el Ángel Gabriel.
Surcaré el Mediterráneo para llegar a Belén. Hacia allí me lleva el viento para ver al Emmanuel.
Esta noche es Nochebuena. Brillan el cielo y las aguas. Arriba están los luceros. Abajo, luces extrañas.
(Porque anunciará la Luna que estamos en Navidad prendieron sus lamparitas las estrellitas del mar.)[1]
[1] Tomo el texto de Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, p. 246.
¡Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!
Vaya para este día de Navidad el soneto «Jesús» del político y poeta colombiano Rafael Ortiz González (San Andrés, 1911-Bogotá, 1990). Ortiz González fue gobernador de Santander en dos ocasiones, diplomático, jurista y periodista, fundador de algunas publicaciones periódicas. Entre sus obras poéticas se cuentan los volúmenes Imágenes del mundo, Antes de la canción, Los cantos de la angustia, Ángeles de piedra, Los himnos de la sangre, Los gritos infinitos, Los hombres, los caminos y los ríos, Triángulo infinito, La zarza de Horeb, Los rostros de la rosa (nada menos que 116 sonetos dedicados a esa flor) o Las comarcas del canto, entre otros títulos.
Su soneto «Jesús» pone de relieve, por un lado, la sencillez y humildad del Mesías (vv. 1 y 8); destaca, además, la trascendencia de la «divina hora» (v. 4), subrayada por diversos elementos de la naturaleza; y alude, en fin, a la adopción de la naturaleza humana por parte del Hijo de Dios («nace humanamente en tierra dura», v. 12) como remedio frente a la dureza y cerrazón del corazón del ser humano («para ver si una noche de dulzura / nace en el ciego corazón del hombre», vv. 13-14).
Este es el texto completo del poema:
Nace Jesús en el portal sencillo bajo la estrella de oro de la aurora. El pastor con su claro caramillo anuncia al mundo la divina hora.
La fuente canta un músico estribillo junto al establo que la noche dora. La Virgen sueña en un divino anillo y Dios besa la atmósfera sonora.
Nace Jesús como una flor de fiebre, como un lirio de luz en el pesebre, para que al hombre su humildad asombre.
Y nace humanamente en tierra dura, para ver si una noche de dulzura nace en el ciego corazón del hombre[1].
[1] Tomo el texto de Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 183-184.
Esta noche es Nochebuena: nos disponemos a celebrar el nacimiento del Niño-Dios, y el poema para hoy nos lo brinda la poeta y maestra de escuela chilena Gabriela Mistral (Vicuña, 1889-Nueva York, 1957), que sería Premio Nobel de Literatura en 1945. Su «Romance de Nochebuena» forma parte de la sección «Casi escolares» de Ternura: Canciones de niños, que en su segunda edición (Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1945) rehace y reorganiza los textos de la edición original (Madrid, Saturnino Calleja, 1924). Mistral, excelente pedagoga, conocía bien el valor didáctico de la literatura, de la poesía, y con esta sencilla composición nos ofrece un excelente ejemplo de ello. Aquí la gracia y el ritmo musical de una forma tan tradicional como el romancillo (romance de versos hexasílabos), con rima í o en los pares, le sirven para, por un lado, universalizar la buena nueva (el Niño «nació en todo el mundo», v. 3) y, al mismo tiempo, poner relieve que la gracia salvadora de Cristo Jesús alcanza a todo el género humano («¡Todos en pastores / somos convertidos!», vv. 27-28; «Jesús ha llegado / y todos dormimos / esta noche sobre / su pecho ceñidos», vv. 33-36).
El texto completo del poema dice así:
Vamos a buscar dónde nació el Niño: nació en todo el mundo, ciudades, caminos…
Tal vez caminando lo hallemos dormido en la era más alta debajo del trigo…
O está en estas horas llorando caidito en la mancha espesa de un montón de lirios.
A Belén nos vamos. Jesús no ha querido estar derramado por campo y caminos.
Su madre es María, pero ha consentido que esta noche todos le mezan al Niño.
Lo tiene Lucía, lo mece Francisco y mama en el pecho de Juana, suavísimo.
Vamos a buscarlo por estos caminos. ¡Todos en pastores somos convertidos!
Gritando la nueva los cerros subimos ¡y vivo parece de gente el camino!
Jesús ha llegado y todos dormimos esta noche sobre su pecho ceñidos[1].
[1] Cito por Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 262-263. El texto, musicalizado por Andrés Opazo, con arreglos de Luciano Valdebenito, lo interpreta el Conjunto Los Perales (forma parte de su disco Gabriela Divina). Otras versiones: Estudio Coral de Santiago y Coro UNAB Concepción.
La Virgen sueña caminos, está a la espera… La Virgen sabe que el Niño está muy cerca.
Vaya para este cuarto domingo de Adviento, y víspera ya de la Nochebuena, este soneto del costarricense Arquímedes Jiménez (abogado, poeta y caricaturista) que canta la conmoción y el «hondo regocijo» (v. 3) que supone para todo el mundo la inminente llegada del Niño Dios. Además del «afán prolijo» (v. 2) de la espera, el yo lírico destaca en los tercetos la importancia de que el Niño nazca, «no en Belén en el establo oscuro» (v. 10), sino en el corazón de cada uno de nosotros.
El Niño va a nacer. El mundo entero cuando lo espera con afán prolijo se conmueve, y tan hondo regocijo domeña el potro de su instinto fiero.
Y pide que, cual vívido lucero —en la urbe, en el barrio, en el cortijo, en el hogar de todos—, nazca el Hijo de la humilde Mujer del carpintero.
Él nacerá, al universal conjuro —no en Belén en el establo oscuro—, sino en el propio corazón humano,
ostentando otra vez con gracia ingente una estrella de amor sobre la frente y un haz de resplandores en la mano[1].
[1] Tomo el texto de Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 114-115.
Hoy, con la fiesta del bautismo del Señor,finaliza el ciclo de la Navidad. Terminaremos también la serie de poemas navideños de estos días con una décima de Carlos Murciano[1] que, aparte de la evocación sanjuanista de los vv. 8-9 (eco de los famosos versos «Tras de un amoroso lance, / y no de esperanza falto, / volé tan alto, tan alto, / que le di a la caza alcance»), reelabora poéticamente una representación iconográfica muy reiterada del Niño Jesús durmiendo sobre una calavera (otras veces, sobre una cruz, y en algunas ocasiones con representación de ambos elementos, la cruz y la calavera, que anticipan ya desde el momento del Nacimiento su futura Pasión y muerte, como en el cuadro de Bartolomé Esteban Murillo «El Niño Jesús dormido sobre la Cruz» conservado en el Museo del Prado)[2]. Este es el poema de Murciano:
El Todo sobre la Nada. Duermes así, de manera que finge una calavera ser tu mullida almohada. La breve mano apoyada sobre la mejilla, di, ¿qué estremecer de alhelí te puso en tan dulce trance que diste a la caza alcance, Niño, sin volar de Ti?[3]
Elijo para este día de los Reyes Magos —Epifanía del Señor— un poema de Luis Rosales perteneciente a su libro Retablo sacro del Nacimiento del Señor (Madrid, Escorial, 1940, con ilustraciones de José Romero Escassi; 2.ª ed., Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964, con ilustraciones de José R. Escassi). Melchor Fernández Almagro, reseñando la nueva edición del libro en la sección «Libros y revistas» de ABC, el 27 de diciembre de 1964, p. 23, comentaba con certeras palabras este soneto:
El fervor religioso, la sencillez en la directa, tiernamente pueril, visión del Niño que llegará hombre, ennoblecido, decantado por la pureza de la memoria; la transparencia de la palabra ingenua y de la imagen creada al paso gozoso del poema son instrumentos de poesía que se sirven mutuamente en la exigencia de sonetos como el que citamos a continuación: «Donde se cuenta que en el Portal, unánime y humilde, le adoraron tres Reyes» […]. La cita adrede de Jorge Guillén permite comprobar la fusión auténticamente lograda de elementos clásicos y actuales, que serán clásicos también; cultos y populares, alentados por el ingenuo efluvio de la niñez renacida en el hombre mayor, si es que algún día perdió ese aroma sutilísimo que deja la infancia en todo espíritu sensible. Hermosa, perenne, transfigurada puerilidad… De ahí el encanto del villancico. Por otra parte, el villancico para mayor carga de poesía, utiliza emotivos valores de leyenda piadosa, de narración al modo de “enxemplo” medieval; a veces de auto y de balada. Tan diversos y delicados ingredientes los utiliza Luis Rosales en justa medida, pero distinta, claro es, según el tema de cada composición.
El soneto, que va precedido por un verso de Jorge Guillén (el segundo de «Cima de la delicia», de Cántico)a modo de lema, dice así:
«Todo en el aire es pájaro».
Jorge Guillén
Con dulce y grave majestad ferviente, mientras arde cantando la retama, llegan los Reyes cuando el sol derrama su niña antigüedad de oro inocente.
Con boca y labio de abejar riente donde vuela la miel de rama en rama besaron al Señor, que les enrama de alegre mirto el corazón creyente.
Con toque y mano de fluvial espuma, le ofrecieron el oro desvalido y el lento incienso de ascensión trigueña:
¡todo en el aire es pájaro y es pluma, está el cielo en el ser restablecido y en la indefensa carne el tiempo sueña![1]
[1] Cito por la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 202-203.
Añadiré hoy este sencillo «Villancico nana de los tres Reyes» de Federico Muelas, de alegre musicalidad con sus versos de arte menor (heptasílabos y pentasílabos, más dos octosílabos al final) y sus variadas rimas asonantes (é a, é o, é e), cuyo ritmo se ve reforzado por las repeticiones paralelísticas de algunos versos, a veces con ligeras variantes («tras una estrella» / «tras un lucero»; «si quieres verla» / «si quieres verlo»):
Tres peregrinos vienen tras una estrella. ¡Duérmete, Niño mío, si quieres verla!
Tres peregrinos vienen tras un lucero. ¡Duérmete, Niño mío, si quieres verlo!
Duérmete, Niño mío, mi Niño, duerme…
(Tras una estrella venían por el desierto los Reyes.)[1]
La adoración de los Reyes Magos, de El Greco.
[1] Poema incluido en la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 202.