Motivos y símbolos de «Teresa» (1924) de Unamuno: el amanecer y el ocaso

Normalmente identificamos amanecer con ‘vida, nacimiento’ y ocaso con ‘fin, muerte’. Sin embargo, en Teresa[1] de Unamuno ambos términos se hacen sinónimos: «El ocaso y el alba son lo mismo» (rima 59), «El alba y el ocaso se fundían / sobre tu cuna, / y fundidos en uno me traían / nuestra fortuna» (rima 68). En esa misma rima se anuncia que «nace el alba en tu tierra de la huesa» y que «Es un alba sin sol, eterna aurora / que siempre avanza». Sigue una poética descripción del ocaso, que «era tu hora»:

En la rosada puesta del oeste
lento sonaba
toque fundido en el azul celeste
como de aldaba.
Le cerré al cielo el ojo en un abrazo
la campa en lloro,
recojiendo piadosa en su regazo
lágrimas de oro.

Atardecer en un campo de trigo con un árbol al fondo

La rima 69 es muy importante: Rafael recuerda que quemó sobre la tumba los versos escritos en vida de Teresa «a la puesta del sol, hora / de nuestro amor». En fin, en la rima 71 la sonrisa de la amada se equipara al amanecer[2]: «El alba es tu sonrisa y es la brisa / del alba tu respiro; / acuérdate cuando iba al alba a misa / por ti y en el retiro / por mí rogaba»[3].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Otros ejemplos de estos motivos: «A la puesta del sol la cruz del leño […] / va alargando su sombra. / Es el reló de sol de la otra vida, / el que nos marca la hora / de la oración eterna, mi Teresa, / y de la eterna boda» (rima 9); «A la puesta del sol vi la corona / de siemprevivas…» (rima 56); «…y el sol, todo luz, más amortiguado / su fuego, se acostaba / tibio en tierra / con un ocaso dulce y sosegado» (rima 64). Y más ocurrencias en las rimas 11, 51, 74 y 80.

[3] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

El retrato moral de la ciudad en «Don Amor volvió a Toledo» (1936), de Félix Urabayen

Desde el principio Félix Urabayen retrata a Toledo como una «ciudad clerical», anclada por su mal en el pasado, intransigente e hipócrita: «En Toledo la Iglesia lo engulle todo: la vida y la muerte. Cuanto más inmoral una ciudad, más católica aparece; a mayor número de pecados, mayor número de confesores que absuelvan» (p. 107)[1]. Es una ciudad tradicional, dominada por las fuerzas vivas, de carácter neo-católico, a las que califica de «hordas prehistóricas», «dólmenes» y «fósiles»: «Toledo es la ciudad de las momias», añade. Abunda en leyendas y habladurías, y ni la más mínima intimidad resulta posible, porque «en Toledo se sabe la vida y milagros de todo el mundo» (p. 158). «Nada hay más inmoral que la moral toledana», se afirma, y también que sus gentes gustan del morbo y de la murmuración:

En Toledo hay siempre ambiente propicio para acoger todas las monstruosidades por inverosímiles que parezcan, como si el incesto, el estupro y otras aberraciones inventadas por cerebros enfermos o degenerados fuesen cosas naturales, descubiertas para apicarar el comadreo en las tediosas horas tardecinas (p. 116).

Vista de Toledo con el cielo nublado

También la presenta como ciudad adormecida a fuerza de oraciones (p. 174); la paloma Tolaitola es una ciudad levítica, inamovible, que Santafé compara con la Jerusalén judaica (la Catedral sería el Templo de Salomón). Otro de los asistentes a la tertulia opina: «Esas dos fortalezas, Catedral y Alcázar, son un asilo de forasteros. Toledo es un peñón, una prisión atenuada, donde vivimos parasitariamente curas, militares y ciudadanos sin graduación» (pp. 190-191).

Una de las grandes preocupaciones de Urabayen es el despojo artístico de la ciudad, que sufre las continuas rapiñas de los chamarileros sin escrúpulos, aquí representados por Sebastián Meneses: este dice sentir un amor proverbial a Toledo, y sin embargo se vale de su condición de arquitecto de la Diputación y del Ayuntamiento para sacar pingües beneficios en sus negocios de más que dudosa licitud. Él es el más señero representante de toda una banda de «caballeros intachables» que venden como si fueran bagatelas los tesoros de la ciudad, convirtiéndola en «Toledo la despojada» (p. 40)[2].


[1] Cito por Félix Urabayen, Don Amor volvió a Toledo, Madrid, Espasa-Calpe, 1936.

[2] Remito para más detalles a mis trabajos: Carlos Mata Induráin, «La herencia del 98. Félix Urabayen o el idilio entre Vasconia y Castilla»Pregón Siglo XXI, núm. 12, Navidad de 1998, pp. 23-27; «Toledo, ciudad dormida. El retrato físico y moral de la “imperial ciudad” en la narrativa de Félix Urabayen», en Kay M. Sibbald, Ricardo de la Fuente y Joaquín Díaz (eds.), Ciudades vivas / ciudades muertas: espacios urbanos en la literatura y el folklore hispánicos, Valladolid, Universitas Castellae, 2000, pp. 217-234; y «Toledo en la narrativa del 98 y del Regeneracionismo: Camino de perfección (1902) de Pío Baroja y Toledo: Piedad (1920) de Félix Urabayen», en Manuel Casado Velarde, Ruth Fine y Carlos Mata Induráin (eds.), Jerusalén y Toledo. Historias de dos ciudades, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2012, pp. 215-231.

Motivos y símbolos de «Teresa» (1924) de Unamuno: la tierra y la yerba y la cruz

Los motivos y símbolos presentes en el poemario Teresa[1] de Unamuno son muy abundantes[2] y muchos de ellos, o bien remiten directamente a la muerte, o bien aparecen en función de ella, mediatizados por ella.

La tierra y la yerba son símbolos muy importantes y repetidos en el poemario, sinónimos los dos de ‘muerte’ (se reiteran al hablar de la tumba de Teresa), aunque, como luego señalaré al tratar de los temas, la muerte no siempre tiene aquí connotaciones negativas, pues es un paso hacia la Vida perdurable. Ya en la primera rima leemos: «Ya, Teresa, me espera / para la eterna cita, / hecho tierra bendita / tu pobre corazón». En la número 5: «… y mirabas el blanco sendero / que a la tierra nos lleva, que hoy guarda, / Teresa, tu cuerpo». En la rima 8 se recuerda que las golondrinas «sobre tu tierra vuelan sin cesar» y se menciona «la yerba / bajo que has ido al fin a descansar». La siguiente indica que una cruz «tu frente corona / sobre la yerba de tu camposanto»[3]. Toda la rima 12 gira en torno al símbolo de la tierra:

Todos los de mi sangre, de mi raza,
duermen en tierra,
los más desde hace siglos,
en tierra mi Teresa…
[…]
y vine aquí al olvido
de nuestra madre Tierra… 
[…]
y en tierra están sumidos
tus ojos, mi Teresa…

La consideración de la tierra como madre se repite en la rima 52: «Teresa, en la última cuna, / la de madre tierra, pide / que nunca Dios nos olvide / lo que es vivir de verdad». En la 40 se escribe: «Bañé con el rocío de mis lágrimas / el vestido, Teresa, / de tierra que reviste y que recubre / a tu cuerpo de tierra». Nótese aquí la identificación ya total del cuerpo de Teresa con la tierra: su cuerpo es de tierra. De forma similar, en la rima 45 se equiparan sus ojos verdes con la hierba que rodea a su sepultura: «Mas tus ojos verdes, —mi eterna Teresa, / los que están haciendo —tu manto de yerba…».

Tumba rodeada de hierba

Al final, la misma tierra unirá a los amantes, ahora separados: «Lloverá sobre la tierra / que confunda nuestros huesos, / la que nuestras carnes cierra; / serán de lluvia los besos; / sólo el que muere no yerra» (rima 87). La tierra que cubre a Teresa muerta, con su manto de yerba, es un símbolo de la muerte; pero la muerte es el nacimiento a una nueva vida, de ahí que el poeta pueda llamar «cuna» a la huesa en que yace la amada de Rafael[4].

En cuanto a la cruz, es un símbolo íntimamente relacionado con los dos anteriores, porque una cruz preside la sepultura de Teresa. Sus primeras apariciones se registran en las rimas 9 y 20, a las que pueden añadirse la 43: «Y de la cruz que tu tierra corona / brota invisible un Jordán de pureza»; y la 56: «A la puesta del sol vi la corona / de siemprevivas que colgué con manos / temblorosas del leño que eslabona / tu tierra con tu cielo como hermanos» (donde leño equivale a ‘cruz’)[5].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Esta clasificación mía puede cotejarse con la que ofrece Ángel-Raimundo Fernández González en su libro Unamuno en su espejo, Valencia, Bello, 1976, pp. 180-186, la cual incluye motivos cósmicos (otoño, atardecer, noche, amanecer, campo y sierra, mar, tierra, yerba, lluvia), motivos animales (gato, macho cabrío, golondrinas), motivos corporales de la amada (ojos, boca, labios, oídos, dedos, pelo, voz, corazón, respiración, senos), motivos ideales de la amada (nombre, sueño), cosas de la amada (pañuelo), personas queridas de la amada (abuelos, antepasado, primo), otros motivos (la tabla de multiplicar, celos, coronas de flores siemprevivas, medallones de piedra), apoyos literarios (parejas de amantes, don Miguel de Unamuno), motivos religiosos (María y oraciones, Eva) y, en fin, motivos psicológicos (Amor y Muerte).

[3] En la rima 20 aparece de nuevo unida la cruz de la sepultura de Teresa a la tierra en que descansa: «Hoy, cuando la frente inclino / sobre tu tierra, Teresa, / siento la cruz del destino / cómo me llama a tu huesa».

[4] Pueden verse más ejemplos en la rima 47: «Poco después en sus brazos / de sombra / te recojía la tierra materna / y da el padre sol a la verde alfombra / de tu cuna final su lumbre eterna»; en la 57: «Pronto irás también tú, corazón mío, / a la cama de tierra del reposo / que nunca acaba…»; en la 60: «…no al Dios que vela, sino al Dios que duerme, / tierra su almohada. […] Espero despertarme entre tus brazos / hechos tierra mollar, fresca y oscura, / hechos reposo»; en la 68: «…nace el alba en tu tierra de la huesa»; en la 69: «Bien sé por fin que es divina la tierra / que guarda tu beldad, / y sé que el cielo en la tierra se encierra / por toda la eternidad». Las citas podrían multiplicarse (otras rimas en las que aparecen ocurrencias de la tierra o la yerba: 3, 19, 26, 40, 43, 46, 55, 71…).

[5] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

La trilogía toledana de Félix Urabayen

Para centrarme ya en las tres novelas de Félix Urabayen ambientadas en Toledo (Toledo: Piedad, Toledo la despojada y Don Amor volvió a Toledo), citaré unas palabras de Juan José Fernández Delgado que resumen su importancia y sus características principales:

… podemos afirmar que en la trilogía toledana Urabayen se revela como excelente novelista que logra fusionar absolutamente el elemento simbólico con lo simbolizado: el tañido de las campanas, la tristeza del paisaje y el aspecto mutable e inaprensible, se plasman en su integridad y de forma exquisita en la mujer que les simboliza; además se nos presenta con enormes dotes para la crítica, y poseedor de acrecentadas cualidades para la observación del entorno social, y con un amplio poder evocador de ambientes pretéritos y un lenguaje clasicista acorde con esos ambientes novelescos. Desde su presente interpreta la historia de Toledo como justificante de su momento actual y, a través de ella, la historia de Castilla. […] A su vez, la ciudad, erigida en protagonista, es tratada en su forma real y social y también simbólica, e intuida como capaz de generar el hombre salvador de España. Su figura, su color y sus sonidos; el abrazo eterno y estéril con el Tajo, los cigarrales y alrededores, fundido todo con evocaciones de tiempos y personajes pretéritos que dejaron huella en la ciudad, están tratados con tal maestría que hacen de Urabayen intérprete sin par del paisaje, de la vida y del alma de Toledo[1].

Vista de Toledo

De las tres novelas dedicadas a Toledo, voy a dedicar mi análisis a la tercera, que viene a ser un compendio temático y estilístico de toda la trilogía, como ya destacó Fernández Delgado. En efecto, muchas de las ideas expuestas en Toledo: Piedad (1920, con una 2.ª edición en 1925) y en Toledo la despojada (1924) reaparecen y hallan su culminación expresiva en Don Amor volvió a Toledo (1936). En la primera ya se apuntaba una cuestión básica en el pensamiento de Urabayen, la idea de que Vasconia debía fecundar a Castilla o, en general, el Pirineo a España (cfr. las pp. 76, 82, 312, 343 y ss.). También se plasmaba ahí la imagen de una Toledo, si no muerta, por lo menos aletargada, sumida en profundo sueño (véase, especialmente, la p. 329). Si en ella las ideas regeneradoras de Urabayen encuentran como cauce de exposición la autobiografía del navarro Fermín Munguía, en Toledo la despojada el planteamiento fundamental vendrá dado por la identificación de la ciudad con el personaje de la Diamantista, mujer amada por varios personajes (las «larvas») que, lejos de fecundarla y hacerla fructificar, colaboran a su ruina y destrucción. En Don Amor volvió a Toledo Urabayen retomará esta técnica simbólica de la identificación entre la ciudad y una mujer, en este caso Leocadia, de la que se narran sus sucesivos amoríos, que culminarán con un fracaso completo de sus posibilidades de salvación[2].


[1] Juan José Fernández Delgado, titulado Félix Urabayen. La narrativa de un escritor navarro-toledano, Toledo, Caja de Ahorro de Toledo, 1988, p. 114.

[2] Remito para más detalles a mis trabajos: Carlos Mata Induráin, «La herencia del 98. Félix Urabayen o el idilio entre Vasconia y Castilla»Pregón Siglo XXI, núm. 12, Navidad de 1998, pp. 23-27; «Toledo, ciudad dormida. El retrato físico y moral de la “imperial ciudad” en la narrativa de Félix Urabayen», en Kay M. Sibbald, Ricardo de la Fuente y Joaquín Díaz (eds.), Ciudades vivas / ciudades muertas: espacios urbanos en la literatura y el folklore hispánicos, Valladolid, Universitas Castellae, 2000, pp. 217-234; y «Toledo en la narrativa del 98 y del Regeneracionismo: Camino de perfección (1902) de Pío Baroja y Toledo: Piedad (1920) de Félix Urabayen», en Manuel Casado Velarde, Ruth Fine y Carlos Mata Induráin (eds.), Jerusalén y Toledo. Historias de dos ciudades, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2012, pp. 215-231.

Motivos y símbolos de «Teresa» (1924) de Unamuno: el recuerdo y el olvido

Son dos motivos bastante importantes en Teresa[1] de Unamuno, que representan como casi todos los otros a la muerte, y muy relacionados con los símbolos de la tierra y el sueño.

Tumbas en un cementerio

Recojo a continuación las principales ocurrencias:

Hay una tierra blanda, verde y rubia,
donde se oye la canción del mar,
abriga tus recuerdos, mis recuerdos,
¡y la canción me llama a recordar!… (rima 3)

… y vine aquí al olvido
de nuestra madre Tierra (rima 12).

Sueño despertar un día,
y sueño que estoy dormido,
y es mi vida la agonía
de recordar el olvido.
Sueño algún día dormirme
y sueño que estoy bien cuerdo,
y tiemblo de que al morirme
me he de olvidar del recuerdo (rima 21).

Es que me está matando calentura
de no ser una tierra con su tierra,
olvido con su olvido y un recuerdo
que su recuerdo encierra (rima 31).

Hoy en las horas febriles
de mi pasión
te recuerdo como antes que viniera
sobre mí tu mirada,
recuerdo aquella niña…
[…]
Tristes, dulces, serenos recuerdos
de recuerdos,
chapuzones del alma en la fuente
del naciente (rima 74)[2].

¡Dormirse en el olvido del recuerdo,
en el recuerdo del olvido,
y que en el claustro maternal me pierdo
y que en él desnazco perdido! (rima 78)[3].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Nótese la sugerente metáfora aposicional recuerdos=chapuzones.

[3] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

El paisaje de Toledo en «Don Amor volvió a Toledo» (1936), de Félix Urabayen

Como ya anticipaba, Félix Urabayen es gran paisajista, y en el desarrollo de la novela[1] describe con acierto los pintorescos lugares de la ciudad, las vistas del paisaje circundante, etc. El narrador siente y nos hace sentir el dolor de las heridas visibles en la piel de la ciudad, sus ruinas (p. 31); describe el tañido de sus innumerables campanas (por ejemplo, en la p. 90); menciona la costumbre de los paseos por el Tránsito, la «estufa toledana», con sus vistas de San Cristóbal, la Vega Baja, Buenavista, los cigarrales… (pp. 85-86), sin olvidar una alusión a los numerosos turistas que recorren la ciudad. Gran importancia adquiere su visión del río Tajo (pp. 86-87). La vieja Toledo aparece como un remanso de paz y de arte que está sufriendo los efectos devastadores de la piqueta y de las empobrecedoras reconstrucciones con ladrillo (p. 88). La idea —expuesta por el capellán— es que debería construirse una ciudad nueva, en vez de destrozar la antigua de forma tan tosca.

Vista panorámica de Toledo

A veces Urabayen se detiene a pintar el crepúsculo toledano: «En el oro de la tarde Toledo empezaba a sumergirse en deleite místico» (p. 90), para recrearse a continuación con el panorama de San Servando y el valle (p. 91). Una nueva descripción panorámica de Toledo la encontramos en las pp. 102-103, cuando el narrador compara sus atardeceres y sus amaneceres. También nos habla Urabayen de los privilegiados rincones de Toledo para el amor (p. 106). La introducción del pintor Gaitán sirve para reflexionar sobre el color de Toledo y «la interpretación simbólica de la ciudad» (p. 117); la conclusión es que no hay un pintor de Toledo, porque se trata de una ciudad inaprensible en su totalidad. En el capítulo V de la segunda parte leemos: «Toledo posee el silencio heroico, la soledad indispensable que ha de acompañar a toda creación artística» (p. 187[2]), y el narrador se explaya en una evocación de sus casas llenas de sol, su silencio y sosiego…[3]


[1] Citaré por Félix Urabayen, Don Amor volvió a Toledo, Madrid, Espasa-Calpe, 1936.

[2] En otro momento se habla de la plaza de las Capuchinas, donde vive el capellán, como «último reducto artístico que guarda el sabor eclesiástico de Toledo» (p. 45).

[3] Remito para más detalles a mis trabajos: Carlos Mata Induráin, «La herencia del 98. Félix Urabayen o el idilio entre Vasconia y Castilla»Pregón Siglo XXI, núm. 12, Navidad de 1998, pp. 23-27; «Toledo, ciudad dormida. El retrato físico y moral de la “imperial ciudad” en la narrativa de Félix Urabayen», en Kay M. Sibbald, Ricardo de la Fuente y Joaquín Díaz (eds.), Ciudades vivas / ciudades muertas: espacios urbanos en la literatura y el folklore hispánicos, Valladolid, Universitas Castellae, 2000, pp. 217-234; y «Toledo en la narrativa del 98 y del Regeneracionismo: Camino de perfección (1902) de Pío Baroja y Toledo: Piedad (1920) de Félix Urabayen», en Manuel Casado Velarde, Ruth Fine y Carlos Mata Induráin (eds.), Jerusalén y Toledo. Historias de dos ciudades, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2012, pp. 215-231.

Motivos y símbolos de «Teresa» (1924) de Unamuno: el pañuelo y la reja

El motivo del pañuelo aparece en la rima 6 de Teresa[1] de Unamuno: «Cuando te dio la tos, con el pañuelo / te tapaste la boca», de forma que el lienzo se mancha de sangre («las rosas de tu pecho»). Después Rafael colocará ese pañuelo sobre la tumba de Teresa: «He puesto aquí, sobre tu yerba verde, / aquel pañuelo, ¿sabes? / que guarda ajados copos de tu pecho, / pétalos de tu carne». Como señala Fernández González, se trata de «un reproche de su instinto de vivir»[2]. En efecto, poco después añade el joven: «Cobarde, sí, pues que mi pecho aún siente / ardiente sed del aire, / en vez de hambre de tierra, de tu tierra, / donde mi muerte acabe».

Cortejo ante la verja (Museo Carmen Thyssen Málaga)

Por lo que respecta a la reja, se cita en varias ocasiones, la primera en la rima 1, en sus versos iniciales: «Yo, sin saber por dónde, / junto a la reja estaba / y al oído te hablaba / de nuestro eterno amor». Aparece de nuevo en la 23: «… a la reja / te asiste cual cautivo a tu grillete»; y en la 28: «Mi corazón latía contra el hierro / de la implacable reja». Por un lado, se trata del reflejo de una forma de cortejar a la mujer. Pero puede interpretarse además como un símbolo de la separación de los amantes, de su amor no culminado en esta vida, a tenor de estas palabras de Unamuno en la «Presentación»: «¿De qué murió mi Rafael? Me han asegurado que, como su Teresa, de tisis, de consunción pulmonar, de agotamiento del corazón. Yo creo que murieron de la reja. Y de amor insaciado e insaciable»[3].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Ángel-Raimundo Fernández González, Unamuno en su espejo,Valencia, Bello, 1976, p. 183.

[3] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

La ciudad en «Don Amor volvió a Toledo» (1936), de Félix Urabayen

En el caso de esta novela de Félix Urabayen[1], como en otras del autor, no se puede hablar propiamente de un argumento. El tono ensayístico, la introducción de estampas paisajísticas, la evocación de hechos y personajes históricos o literarios (a veces con digresiones que ocupan varias páginas) rompen el hilo del normal desarrollo narrativo y remansan la acción, que se ve disgregada en cuadros sucesivos ligados, eso sí, por la presencia de unos personajes comunes. La obra consta de un prólogo (muy importante, porque en él el autor explicita las claves para la interpretación simbólica de la novela y de sus personajes[2]) y dos partes. La primera, «La terrible familia de los Meneses», sirve para presentar a los protagonistas, los tres hermanos Meneses y Leocadia, más los tres primeros pretendientes de la joven. La segunda parte, «La última aventura», está centrada en la figura del ingeniero Lorenzo Santafé, que puede convertirse, gracias a su amor, en el salvador tanto de Leocadia como de Toledo.

Cubierta del libro Don Amor volvió a Toledo, de Félix Urabayen, Madrid, Espasa-Calpe, 1936

Las dos ideas centrales desarrolladas en la novela son el despojo artístico de la ciudad y la imposibilidad de la recuperación de su estado de deterioro por la falta de industrialización. En este sentido, los personajes de los tres hermanos Meneses son claramente simbólicos; Inocente, el capellán, representa a la Iglesia; Daniel, el padre de Leocadia, es militar y simboliza al ejército; en fin, el tercero, Sebastián, el arquitecto-chamarilero, es una de las «larvas» improductivas que contribuyen poderosamente al expolio de los tesoros de la ciudad. Los tres forman parte de las fuerzas inmovilistas, retrógradas, incapaces de adaptarse a las nuevas situaciones y de dar entrada a ideas modernizadoras.

Ya en el prólogo Urabayen caracteriza a Toledo como una ciudad vieja, cargada de historia y que destila el aroma de las ciudades vetustas. Es precisamente ese peso de su pasado histórico que tiene que soportar el que la ha dejado en un estado de decrepitud y somnolencia. Toledo aparece, en efecto, como una ciudad moribunda y vencida por el peso de los recuerdos:

Ciudad vieja; ciudad celestina hecha para el amor tapado de clérigos y seglares, con sus callados entresijos de plazoletas y sus callejones amoriscados y solemnes, Toledo guarda en una sola de sus arrugas la historia de veinte ciudades juntas […] Precisamente por ser tan vieja nunca pasará de moda. Toledo es historia y no gesto ocasional. Envuelta en un paisaje de desaliento, presa entre cumbres cortadas verticalmente y rocas capaces de aguantar el empuje de los modernos Prometeos, la ciudad duerme un sueño agitado por convulsiones de angustia, pesadillas de epopeya y hedores malsanos destilados por la agotadora roña de sus rodaderos (pp. 14-15).

Urabayen menciona las tres virtudes que serían necesarias para sacarla de ese estado de sopor y decadencia: «Escuelas, ríos y árboles» (p. 16), si bien añade inmediatamente que carece de ellas tres.

La segunda gran idea expuesta en el prólogo —uno de los pilares sobre los que se sostendrá luego la identificación con Leocadia— es la presentación de la vieja ciudad como una mujer[3] que ha tenido algunos amantes fieles y muchos admiradores «más o menos dispuestos a explotarla»; los tres amantes verdaderos han sido el godo, el árabe y el judío, pueblos que la amaron de verdad y contribuyeron a su ornato y esplendor; en cambio, los admiradores circunstanciales y externos han sido los romanos, los cristianos, los artistas que la han reflejado de forma esporádica…

En próximas entradas estructuraré mi comentario en cuatro apartados: en primer lugar, esbozaré el retrato físico que de la ciudad ofrece Urabayen en esta novela; en segundo lugar, trazaré el retrato moral de Toledo y sus gentes; hablaré luego de las evocaciones de tipo histórico-literario; y, en fin, como aspecto más interesante, me detendré en la identificación entre Leocadia y la ciudad de Toledo, la mujer de carne y la mujer de piedra[4].


[1] Citaré por Félix Urabayen, Don Amor volvió a Toledo, Madrid, Espasa-Calpe, 1936. Esta edición lleva una nota aclaratoria: «Se terminó esta obra el mismo día en que estalló en España la intentona fascista. El autor no ha querido tocar ni una línea del original, aun sabiendo que lo que fueron audacias ayer serán ingenuidades mañana». Y una cita de Fernando del Pulgar, a modo de lema: «¿Qué diré, pues, Señor, de aquella noble cibdad de Toledo, donde chicos e mayores todos viven una vida bien triste e desventurada?…».

[2] Otra de las funciones del prólogo (pp. 11-17) es explicar el título de la novela: al principio del mismo afirma Urabayen que una vez vino don Amor a Toledo, en tiempos del Arcipreste de Hita, y le echaron de la ciudad, concluyendo que «Desde entonces Toledo es una ciudad jubilada por Don Amor» (p. 13). Y al final, tras recordar que la estrella de todas las ciudades viejas es Venus, nos dice que don Amor —que es ya cincuentón— ha regresado a Toledo, en pleno siglo XX, y se ha refugiado en el corazón de una mujer, Leocadia Meneses, de los Meneses de Orgaz.

[3] La identificación entre ciudad y mujer cortejada tiene hondas raíces, especialmente en las literaturas orientales. Recuérdense también, por ejemplo, los versos del romance: «Si tú quisieras, Granada, / contigo me casaría…», etc.

[4] Remito para más detalles a mis trabajos: Carlos Mata Induráin, «La herencia del 98. Félix Urabayen o el idilio entre Vasconia y Castilla»Pregón Siglo XXI, 12, Navidad de 1998, pp. 23-27; «Toledo, ciudad dormida. El retrato físico y moral de la “imperial ciudad” en la narrativa de Félix Urabayen», en Kay M. Sibbald, Ricardo de la Fuente y Joaquín Díaz (eds.), Ciudades vivas / ciudades muertas: espacios urbanos en la literatura y el folklore hispánicos, Valladolid, Universitas Castellae, 2000, pp. 217-234; y «Toledo en la narrativa del 98 y del Regeneracionismo: Camino de perfección (1902) de Pío Baroja y Toledo: Piedad (1920) de Félix Urabayen», en Manuel Casado Velarde, Ruth Fine y Carlos Mata Induráin (eds.), Jerusalén y Toledo. Historias de dos ciudades, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2012, pp. 215-231.

Estructura de «Teresa» (1924), de Unamuno (y 2)

En la entrada anterior me refería a la estructura de Teresa[1] de Unamuno, poniéndola en relación con la de los cancioneros a la manera petrarquista. Todavía podrían apurarse algunas coincidencias más entre. Así, siguiendo la tradición de las teorías amorosas neoplatónicas, los rasgos más destacados en la caracterización de la amada de Rafael son los menos materiales (el nombre, la voz, la mirada); o bien los que, siendo ya físicos, transmiten una visión idealizada de la mujer (las manos, el cabello). Respecto a la importancia del nombre, verdadera esencia de la persona amada, prácticamente en todas estas rimas se repite el de Teresa, facilitando muchas veces una consonancia con huesa, palabra muy repetida a lo largo del libro. Es más, en la rima 19 el poeta inventa ateresar y ateresamiento, creaciones léxicas que cabe relacionar —fonéticamente, y también por las connotaciones positivas que encierran— con atesorar y atesoramiento.

La voz de la amada es el segundo elemento caracterizador, algo todavía no tangible. Desde las primeras referencias a ella se nos sugiere una voz frágil, quebrada, una voz «enferma», como enferma está Teresa: «Y yo oía las alas ya rotas / de tus pobres palabras volando, / con que triste susurro doliente / rozaban tus labios» (rima 4). La máxima idealización de esa voz se encuentra en la rima 73: «El río claro de tu voz fluía / tan sosegado y manso / que era agua cristalina que corría / en brazos de un remanso».

Remanso de un río entre árboles

También abundan en las páginas de Teresa las referencias a los ojos de la amada; así, las rimas 37 y 48 están dedicadas casi en su totalidad a esa parte del cuerpo, o bien a la mirada. Otra hermosa alusión se encuentra en el poema 63: «Eran tus ojos gemelos, / palomas de tiro al par, / que al carro de mis anhelos / le hicieron siempre volar».

Igualmente, son bastante frecuentes las alusiones a las manos de Teresa, y en concreto a sus dedos. Eran unas manos que «te temblaban de fiebre» (rima 2), pero que trataban de aferrarse al lino, a la vida (rima 3). Los dedos eran ahuesados, lívidos y marfileños (rimas 20 y 46), notas descriptivas que presentan matices relacionados con su enfermedad. En relación con la enfermedad están asimismo las menciones del pecho (toses, desmayos…, como por ejemplo en la rima 4). Otros rasgos de la descripción física de la amada como la boca (los labios, la sonrisa), la frente o el cabello registran menos ocurrencias[2].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

Toledo en la narrativa de Félix Urabayen

Sabemos que Toledo ocupa un lugar importante en la biografía de Félix Urabayen (1883-1943), ya que fue la ciudad en la que transcurrió buena parte de su vida. La misma importancia tiene en su obra, pues la «imperial ciudad» se hace presente en ella, de forma continua, tanto en sus novelas como en sus estampas, y también en obras pertenecientes a otros géneros, como el ensayo. «En Toledo nació como novelista, estampista y ensayista», afirma taxativamente su sobrino Miguel Urabayen Cascante[1]. En esta y en las próximas entradas repasaré, muy brevemente, esa presencia de Toledo en la obra de Félix Urabayen.

Vista de Toledo, por Eduardo Rosado Marcos
Vista de Toledo, por Eduardo Rosado Marcos

Por ejemplo, todo su libro Serenata lírica a la vieja ciudad (Madrid, Espasa-Calpe, 1928) está dedicado a Toledo, ya se trate de la capital, ya de distintos lugares de la provincia. La primera parte, titulada «Melodía urbana», consta de siete capítulos: «La elegía de un galán» (el Tajo, enamorado y gentil, eterno y estéril rondador de la ciudad; es idea presente también en las novelas), «La trova del surtidor» (el agua de los surtidores entona en Toledo «su trova mudéjar injerta en romance morisco»), «El canto de las campanas» (Urabayen elogia su «dulzura y renunciamiento, muy en armonía con el ambiente romántico y evocador de la ciudad»), «La balada del viento» (que tiene toda una «liturgia» en la ciudad castellana), una «Meditación devotamente artística de la calle del Plegadero» (se evoca esa «callecita de fama deshonesta y sinuosa andadura» donde el toledano puede gustar «las peligrosas dulzuras del amor jornalero»), «La agonía tragicómica del viejo Zocodover» y «Peregrinos y juglares que aún vienen al viejo zoco» (estos dos últimos dedicados a la plaza del mercado). En la segunda parte, «Melodía rural», Urabayen describe pueblos y paisajes toledanos como Polán, Hontanar, «El risco de las Paradas», Illescas, Ugena, Cubas de la Sagra, Almonacid, Consuegra…

La otra obra de este estilo, Estampas del camino (Madrid, Espasa-Calpe, 1934), incluye en su parte primera diversas «Estampas toledanas»[2], a saber: «El solar de las santas leyendas» (sobre la del Santo Niño de La Guardia), «Romance de los montes» (sobre el Santo Cristo de Urda), «Balada agridulce de un pueblo ejemplar. Navalucillos», «Responso ante la tumba de un gran cardenal» (se refiere a la tumba del cardenal Tavera, en el Hospital de Afuera, en Toledo), «Camino de Talavera», «Talavera la venerable», «Bajo la sombra poética del Castañar», «Bajo la sombra histórica del Castañar», «Grandeza y podredumbre de una fosa» (sobre Ocaña), «Plegaria de la tierra llana» (sobre Ajofrín, Fonseca, Orgaz, Mora y otros pueblos de los alrededores), «La alameda pagana de Méntrida», «Porque todo ha de pasar…» (a propósito de la romería al Cristo de la Vega reflexiona el autor sobre el estado de una Castilla moribunda, cuyos restos guarda Toledo; y escribe: «Castilla no es una mujer. Es el espíritu atormentado de todas las razas que contribuyeron a crearla», p. 146); también en «La oración del vencido» insiste Urabayen en presentar moribunda la ciudad de Toledo (cfr. la p. 156); cierran la serie de estampas toledanas las tituladas «Quimeras nocturnas» (una visión de la ciudad en una noche de luna) y «Bajo el azul metálico de Gredos». En varias de ellas se apunta y desarrolla la idea de que Toledo es trasunto de Castilla y aun de España entera (cfr., por ejemplo, la p. 165), y la contemplación de su presente estado de decadencia sirve tanto para hacer evocaciones sobre su glorioso pasado histórico como para reflexionar acerca de su futuro.

Por lo que respecta a obras de tono ensayístico, hay que recordar que Félix Urabayen escribió un amplio estudio titulado Cómo han visto Toledo y su paisaje algunos escritores del siglo XIX[3].


[1] Miguel Urabayen Cascante, en Gran Enciclopedia Navarra, vol. XI, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990, p. 194.

[2] La parte segunda, «Estampas de mi raza», está dedicada a la tierra vasco-navarra, el otro gran eje temático y geográfico de su obra.

[3] Remito para más detalles a mis trabajos: Carlos Mata Induráin, «La herencia del 98. Félix Urabayen o el idilio entre Vasconia y Castilla»Pregón Siglo XXI, núm. 12, Navidad de 1998, pp. 23-27; «Toledo, ciudad dormida. El retrato físico y moral de la “imperial ciudad” en la narrativa de Félix Urabayen», en Kay M. Sibbald, Ricardo de la Fuente y Joaquín Díaz (eds.), Ciudades vivas / ciudades muertas: espacios urbanos en la literatura y el folklore hispánicos, Valladolid, Universitas Castellae, 2000, pp. 217-234; y «Toledo en la narrativa del 98 y del Regeneracionismo: Camino de perfección (1902) de Pío Baroja y Toledo: Piedad (1920) de Félix Urabayen», en Manuel Casado Velarde, Ruth Fine y Carlos Mata Induráin (eds.), Jerusalén y Toledo. Historias de dos ciudades, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2012, pp. 215-231.