«A nuestro señor don Quijote», de Leonor Ribera Arteaga

Siguiendo con las recreaciones quijotescas en la poesía boliviana, traigo hoy al blog el soneto «A nuestro señor don Quijote» de Leonor Ribera Arteaga, abogado nacido y fallecido en Santa Cruz de la Sierra (1906-1984). Licenciado y Doctor en Derecho y Ciencias Sociales y Políticas, ejerció la docencia como Catedrático de la Universidad Gabriel René Moreno de su ciudad natal[1].

Con esta composición Ribera Arteaga obtuvo la «Violeta de Oro» en los Segundos Juegos Florales de Santa Cruz en el año 1929. El poema (cuyo título recuerda el de la famosa «Letanía…» de Rubén Darío) se centra en don Quijote como símbolo inmortal del espíritu humano que lucha en pos del bien (justicia, libertad, etc.), un sublime ideal que es capaz de lograr con su esfuerzo «la regeneración de nuestra raza».

Don Quijote de la Mancha con Rocinante

El texto completo es como sigue:

Renacerás, retornarás un día.
Tú no puedes morir eternamente,
sin que se pierda el alma en la vacía
existencia vulgar que es el presente.

Si hoy te sepulta el Mal en su porfía,
mañana surgirás resplandeciente,
sobre el espejo de tu suerte umbría,
como un nuevo adalid omnipotente.

Ven, sublime Señor, y haz que desprecie
la humanidad su afán materialista,
de tu divino espíritu a la especie.

Y afirmando la fe que el hombre abraza,
concretará una fórmula alquimista
la regeneración de nuestra raza[2].


[1] Puede consultarse una amplia semblanza de Leonor Ribera Arteaga en Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, La Paz, PROINSA Industrias Gráficas, 2009, pp. 288-295. Ver también Mario Gabriel Hollweg, Leonor Ribera Arteaga: vida y obra de un humanista, Santa Cruz de la Sierra, s. n., 1991.

[2] Cito por Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, p. 296.

La «Elegía a Rubén Darío» de Claudio Peñaranda

Claudio Peñaranda

Claudio Peñaranda nació en Sucre (Bolivia), en 1883. Fue profesor de literatura y retórica en el Colegio Junín y en la Escuela Normal de su ciudad natal. En 1916-1919 fue Diputado Nacional. En octubre de 1917 resultó laureado en los Juegos Florales de La Paz por su poema «Oración por la paz». Trabajó también como periodista y dirigió La Prensa y El Diario. Fallecería en 1921.

Como poeta cuenta en su haber con los poemarios Líricas (1907), Cancionero vivido (1919) y Ofrenda (1921). Su aportación poética la valora Juan Quirós con estas palabras:

Poeta a la manera modernista, mas del modernismo se le quedaron solo las palabras, lo epidérmico y circunstancial. El fervor que empleó en la causa se le deslíe en fácil música de mandolinata, cuyos sones, hay que reconocerlo, eran pegadizos al oído. Cuando se olvidaba de pierrots y duquesitas, desaparecía el poeta declamador y vocinglero, y daba paso a otro, trémulo, de nervios crispados, capaz de producir estrofas como las que llevan por título «De una pesadilla», las mejores del repertorio de Peñaranda. Hay otra composición suya popularizada por diarios y revistas. Es la «Oración por la paz». Una oración con timbales, extensa y enfática. En su celebrada elegía para la muerte de Darío, amén de pensamientos levantados y generosos, aparecen otros materiales puestos ahí por fuerza del sonsonete o porque así lo requería el consonante. El mérito de Claudio Peñaranda consistió en que fue una especie de embajador de Rubén Darío en el país[1].

Es precisamente esta composición, la «Elegía a Rubén Darío», homenaje al poeta nicaragüense, la que traigo hoy a las páginas del blog. Dice así:

Padre y Maestro mágico, liróforo celeste
que al instrumento olímpico y a la siringa agreste
diste tu acento encantador:
Panida! Pan tú mismo, que coros condujiste
hacia el propíleo sacro que amaba tu alma triste,
al son del sistro y del tambor.

I

Así rezaste un día, con hondo desconsuelo,
cuando el divino sátiro quiso llevar al cielo
su pobre pierna de hospital;
cuando su última lágrima, tornada en una nube
hecha de los pecados de un alma de querube,
fue todo el Bien y todo el Mal.

Así rezaste un día… Fue cuando Sor Quimera
era tu hermana monja, cuando la Primavera
querida fue del Rey Rubén;
cuando todo era Azul…; cuando tristes campanas
lloraban con los sones de las Prosas Profanas
la santa muerte de Verlaine.

El abuelo sublime de la pierna anquilótica,
el de cara de diablo y de niña clorótica
te dio de herencia pena y sol;
esa pena risueña que es florida cadena,
ese sol de alegría que hace negra la pena,
y un dulce ensueño con alcohol.

Y el ladino veneno no mató tu energía,
y la mísera vida no robó tu alegría,
serena como un Partenón,
porque siempre te diste y el que da nada espera,
y cada rima nueva es la rima primera,
y luz, consuelo y oración.

Eras bueno, eras noble, ¡Padre y Maestro Darío!
Eras como si un águila, en pleno bosque umbrío
de oculta y torva ingratitud,
extendiera las alas que besara la aurora
y rizaran espumas de brava mar sonora
sobre un nidal de juventud.

Por eso sonreías con inmensa amargura
(amargura, vinagre de un vino de ternura)
ante el injusto frenesí…
Y mirabas sin odio cómo las cien portadas,
hechas para tus hijos caían, profanadas,
caían todas sobre ti…

¿Qué importa esa tristeza? Es la sombra del genio.
Es la fea tramoya del glorioso proscenio.
¡Velar la estrella con un tul!…
(Era un aire suave… Y un rumor de violines.
Una escena grotesca: centauros y arlequines…
Y un torpe insulto: «El indio azul».)

II

Yo quisiera cantarte, a la sorda sordina,
ahogando en un sollozo, cual una golondrina
que en vano busca el nido fiel…
Yo quisiera llorarte con fervor infinito…
Y siento que se aduerme la intención de mi grito
en una sombra de laurel.

¿Te acuerdas, Padre y Maestro, de aquella Margarita
deshojando los pétalos de la primera cita
que nunca, nunca volverá?
¿Te acuerdas de los pinos, como frailes ancianos,
hermanos por la gracia, por la tristeza hermanos?
¿Y el cruel pensar del más allá?

¿Te acuerdas del coraje de la Marcha triunfal
que cual mágica tromba de tonante raudal
enciende llamas de valor?
¿Y aquel rojo leproso a quien el caballero
Rodrigo de Vivar —a falta de dinero—
le da su mano, lis de amor?

¿Te acuerdas que has cantado las risas y las bocas,
las lindas risas rosas, las guindas bocas locas,
la carne blanca del placer?
Después, como el abuelo, también sentiste el frío
del asco de las copas, el bostezo de hastío
y el ansia rota del deber.

Y perdido ya el rumbo de tu voluble aguja,
anhelaste la calma de fúnebre cartuja
cual un humilde hermano Asís…
Y tus sueños de fiebre —alas, besos y aromas—
revolares de blondas y arrullo de palomas
fueron nostalgia de París…

Y así como termina un claro curso de agua,
llevaste tus dolores y amor a Nicaragua,
con ansias de apagar tu luz…
……………………………………………………………..
(El sátiro contempla sobre un lejano monte
una cruz que se eleva cubriendo el horizonte
¡y un resplandor sobre la cruz!)[2]


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, pp. 83-85. En el v. 16 edito pena (el texto trae peña) y en el último verso añado el paréntesis de cierre, que falta.

[2] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 83-85. En el v. 16 edito «pena» (el texto trae aquí «peña», que considero lectura errónea, atraída por «risueña»; la enmienda viene sugerida por la construcción del pasaje: «te dio … pena y sol; / esa pena … / ese sol…»); por otra parte, en el último verso añado el paréntesis de cierre, que falta.

‎«Canción de la primavera» de Ricardo Jaimes Freyre

Ricardo Jaimes Freyre

El escritor, historiador y diplomático boliviano Ricardo Jaimes Freyre es uno de los representantes más destacados del Modernismo en Hispanoamérica y ha sido calificado como el «príncipe de los poetas bolivianos». Curiosamente, su nacimiento tuvo lugar en Tacna, Perú (donde su padre, Julio Lucas Jaimes, desempeñaba el cargo de cónsul de Bolivia), el 12 de mayo de 1868. Fallecería en Buenos Aires el 8 de noviembre de 1933, pero sus restos mortales serían trasladados a Potosí, en cuya catedral reposan.

Junto con Rubén Darío, Ricardo Jaimes Freyre fundó en 1899 en Buenos Aires la prestigiosa Revista de América. Fue amigo también de Leopoldo Lugones. Entre 1901 y 1921 vivió en Tucumán: trabajó como docente en el Colegio Nacional de Tucumán y más tarde en la Universidad Nacional de Tucumán, de la que fue cofundador. Entre 1904 y 1907 dirigió la vanguardista Revista de Letras y Ciencias Sociales. Miembro de la Academia Argentina de Letras y de la Sociedad Sarmiento, en 1916 se le concedería la ciudadanía argentina. En 1921, con Bautista Saavedra en la presidencia de Bolivia, Jaimes Freyre sería nombrado Ministro de Instrucción Pública, Agricultura y Guerra, y a partir de entonces desempeñaría diversos cargos políticos y diplomáticos representando a Bolivia (en Estados Unidos, Brasil, Suiza, etc.). Más tarde sería nombrado ministro de Relaciones Exteriores.

Dejando de lado su producción teatral y sus escritos históricos y sus ensayos sobre literatura, la obra poética de Jaimes Freyre está formada por Castalia bárbara (libro publicado en 1899 en Buenos Aires, con prólogo de Leopoldo Lugones), Los sueños son vida (Buenos Aires, 1917), País de sueño. País de sombra. Castalia bárbara (La Paz, 1918), Poesías completas (Buenos Aires, 1944, compiladas por Eduardo Joubín Colombres), otra edición de Poesías completas (La Paz, 1957, con prólogo de Fernando Díez de Medina) y Poemas. Leyes de la versificación castellana (México, 1974, con prólogo y notas de Antonio Castro Leal).

Como valoración general de su poesía, transcribiré las palabras que le dedica Juan Quirós:

Adolfo Costa du Rels lo llama «el condestable de nuestras letras». Por derecho propio, es uno de los tres vértices del modernismo, con Darío y Lugones. Abanderado del versolibrismo, lo insufló en el mundo de habla española a través de sus Leyes de la versificación castellana, 1912, que contienen una teoría métrica del verso —«la única verdaderamente científica que existe», al decir de Julio Cejador. Sus libros Castalia bárbara, 1899, y Los sueños son vida, 1917, constituyen dos obras maestras en la lírica del continente. En ellos el poeta avanza con elegancia suprema, armonioso y exacto, las pupilas pobladas de visiones. Guillermo Francovich distingue tres dimensiones en esta poesía: «Un exotismo y un paganismo voluntarios que están en la superficie de la obra; un conjunto de confidencias no muy variadas pero que fisonomizan el temperamento meditativo y desolado del poeta; y una serie de vivencias en que luchan obsesiones de guerra y de sangre con visiones sedantes del agua en sus múltiples formas». A Jaimes Freyre le reprochan su exotismo, su paganismo y su evasión a países extraños, aquellos que piensan que sólo lo circunscrito al ámbito inmediato del poeta tiene validez en poesía, sin tener en cuenta que cuando quiso volvió de su ostracismo estético y geográfico, para cantar con timbres de exaltación la victoria del Cristianismo sobre todas las teogonías así como las glorias de la estirpe y de la patria. Jaimes Freyre es el poeta por excelencia de Bolivia, el más puro, el más límpido, el más acendrado[1].

Si sus Leyes de la versificación castellana le valieron la denominación de «teórico del Modernismo», su propia poesía lo inserta de pleno derecho en los orígenes y desarrollo de ese movimiento poético. Un poema representativo del modernismo de Jaimes Freyre es «Canción de la primavera», correspondiente al apartado «País de sueño» de Castalia bárbara, en el que destaca la marcada construcción paralelística (algunos versos se van repitiendo con la técnica de leixaprén), el empleo de elementos de la mitología (las Ninfas, el Fauno, Eros) o el uso de un léxico (rosas, oro, mármol, sangre, sol…) que forma parte del imaginario más típicamente modernista, el cual se ve reforzado por una adjetivación brillante, colorista y sensual:

Sangre de las venas de las rosas rosas
baña las mejillas, purpura los labios…
En las fugitivas horas voluptuosas
hay fuego en las venas de las rosas rosas.
Hay fuego en las venas de las rosas rosas
y el Fauno contempla, desde la espesura,
las primaverales luchas amorosas,
la sangre en las Ninfas de las rosas rosas.

En el oro crespo de las cabelleras
ríe el sol y enreda sus rayos de oro,
y hay huellas de vagas caricias ligeras
en el oro crespo de las cabelleras.

‎En el oro crespo de sus cabelleras
se adornan las Ninfas con hojas y flores,
heraldos triunfales de las Primaveras
en el oro crespo de las cabelleras.

‎En la fría y suave marmórea blancura
Eros labra el nido con risas y besos,
y hay rojos rubores y fuego y ternura
en la fría y suave marmórea blancura.
La fría y süave marmórea blancura
se tiñe con sangre de las rosas rosas,
y el Fauno contempla, desde la espesura,
la fría y süave marmórea blancura…[2]


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 23.

[2] Cito por Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 32-33, con la única modificación de editar en mayúscula el inicio del verso tercero. El texto puede leerse también en Ricardo Jaimes Freyre, Obra poética y narrativa, ed. preparada por Mauricio Souza Crespo, La Paz, Plural Editores, 2005, pp. 119-120; se anota ahí que el poema presenta algunas variantes en sendas publicaciones anteriores de 1895 y 1896, donde las tres estrofas van además numeradas del I al III.

La recepción del «Quijote» en el siglo XX

Vida de don Quijote y Sancho, de UnamunoSi pasamos ahora al siglo XX, debemos recordar que algunas aportaciones fundamentales se producen con motivo del III Centenario, en 1905, de la publicación de la Primera Parte del Quijote[1]. En ese año se publican la Vida de don Quijote y Sancho de Unamuno y La ruta de don Quijote de Azorín. La primera de esas obras es una recreación mítica de la novela cervantina, centrada en el drama vital de los personajes de don Quijote y Sancho. De acuerdo con la interpretación unamuniana, las novelas intercaladas y otros aspectos formales del Quijote quedan relegados a un plano muy secundario, y se da toda la importancia a la problemática existencial de los protagonistas. Para Unamuno, Cervantes es un creador inconsciente de la trascendencia de su creatura: para él, don Quijote, el personaje, está por sobre Miguel de Cervantes, el escritor. Por lo que toca a Azorín, de acuerdo con su práctica habitual de establecer una aproximación cercana a los clásicos (y frente a la tendencia a trabajar en abstracto de los críticos cervantinos), va a centrar su mirada en las gentes y en las tierras de la Mancha, en sus paisajes y costumbres, porque para él el Quijote es «un libro de realidad». También el máximo poeta del Modernismo, el nicaragüense Rubén Darío, se interesó, por esas mismas fechas, en Cervantes y don Quijote, dedicándoles algunas composiciones poéticas, ensayos y narraciones, entre las que cabe destacar su magistral «Letanía de nuestro señor don Quijote»[2], publicada en Cantos de vida y esperanza (1905).

Meditaciones del Quijote, de Ortega y GassetEn la década siguiente, encontramos otro aporte fundamental: las Meditaciones del «Quijote» (1914) de José Ortega y Gasset, libro en el que, de acuerdo con su filosofía racio-vitalista, interpreta al personaje como un símbolo del hombre que tiene un proyecto vital y lucha por hacerlo realidad. Una década después se suma otro título señero en la historia de la recepción del Quijote: nos referimos a la obra de Américo Castro El pensamiento de Cervantes (1925), que marca una ruptura frente a la crítica anterior. Para Castro, Cervantes estaba familiarizado con las poéticas del Renacimiento y el tema central del Quijote es la polémica relación entre historia y poesía. Señala además que el pensamiento de Cervantes es unitario, un sistema coherente que se va conformando en todas sus obras, en el que el aspecto artístico y la expresión de una ideología van de la mano. En cualquier caso, ese pensamiento es difícil de aprehender porque se expresa de una forma ambigua, tamizada por la ironía y el perspectivismo. Décadas después, con Hacia Cervantes (1957) y Cervantes y los casticismos españoles (1966), Castro modifica las ideas expuestas en 1925 y plantea su teoría del Quijote como manifestación cimera del sistema de valores de los judeoconversos españoles.

Al año siguiente, 1926, se añaden otros dos trabajos significativos: la Guía del lector del «Quijote» de Salvador de Madariaga y Don Quijote, don Juan y la Celestina de Ramiro de Maeztu. Desde ese momento, las líneas de interpretación se multiplican y diversifican y, de acuerdo con Close[3], podríamos resumirlas —muy esquemáticamente— en las siguientes tendencias: 1) perspectivismo (Spitzer, Riley, Mia Gerhard); 2) existencialismo (Castro, Gilman, Durán, Rosales); 3) narratología o socio-antropología (Redondo, Joly, Moner, Segre); 4) estilística (Hatzfeld, Spitzer, Casalduero, Rosenblat); 5) inventario de fuentes del pensamiento (Bataillon, Vilanova, Márquez Villanueva, Forcione, Maravall); 6) oposición al impulso modernizante de Castro (Auerbach, Parker, Green, Riquer, Russell, Close). Hay además otras corrientes críticas que derivan de tradiciones antiguas: 7) actitud ante la tradición caballeresca (Murillo, Williamson, Eisenberg); 8) estudio de errores (Stagg, Flores); 9) lengua y estilo (Amado Alonso, Rosenblat); 10) biografía de Cervantes (McKendrick, Canavaggio); 11) estudios del género novela (Riley, estructuralismo, postmodernismo)[4].

En definitiva, cada época, cada generación, cada corriente crítica y filosófica ha leído e interpretado el Quijote de forma diferente, proyectando sobre él sus preocupaciones y problemáticas. Sobre la novela cervantina se han acumulado multitud de interpretaciones literarias, ideológicas, simbólicas, estéticas, etc., aunque todas esas interpretaciones se podrían sintetizar en dos grandes líneas: la que incide en los aspectos serios (el Quijote como libro profundo, con un gran contenido ideológico, etc.) y la que se centra en los aspectos cómicos (el Quijote como libro de entretenimiento, lleno de burlas y gracias del lenguaje). Todo este crisol de interpretaciones constituye una prueba palpable de la riqueza de una obra con inmensas potencialidades, de un clásico, en suma, que sigue y seguirá dando lugar a inagotables acercamientos críticos.


[1] Este texto está extractado de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Lo reproduzco aquí con ligeros retoques.

[2] Comienza con esta estrofa: «Rey de los hidalgos, señor de los tristes, / que de fuerza alientas y de ensueños vistes, / coronado de áureo yelmo de ilusión; / que nadie ha podido vencer todavía, / con la adarga al brazo, toda fantasía, / y la lanza en ristre, toda corazón».

[3] Anthony Close, «Interpretaciones del Quijote», estudio preliminar en Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998, vol. I, pp. CLX-CLXIV.

[4] Ver Close, «Interpretaciones del Quijote», pp. CXLII-CLXV.

Breve cronología y semblanza de Rubén Darío (1867-1916)

1867 Nace Félix Rubén García Sarmiento en Metapa (ahora Ciudad Darío), Nicaragua[1]. Es hijo de Rosa Sarmiento y Manuel García.

1886-1888 Estancia en Chile.

1887 Publica Abrojos y Rimas. Aparece también Canto épico a las glorias de Chile.

1888 Primeras notas. Azul…

1890-1891 Viaja por varios países de Centro América. En 1890 contrae matrimonio en Guatemala con Rafaela Contreras.

1892 Viaje a España para la celebración del IV Centenario del Descubrimiento de América. Envía sus crónicas a La Nación de Buenos Aires.

1893 Muere su esposa Rafaela y casa en Nicaragua con Rosario Murillo.

1893-1898 Estancia en Argentina.

1896 Prosas profanasLos raros.

1898 Regresa a Madrid como corresponsal de La Nación de Buenos Aires.

1899 Conoce en Madrid a Francisca Sánchez, con la que hace vida marital a partir de entonces.

1901 Prosas profanas y otros poemas. España contemporánea: Crónicas y retratos literarios. Peregrinaciones.

1902 La caravana pasa.

1903 Es nombrado cónsul de Nicaragua en París.

1904 Tierras solares.

1905 Cantos de vida y esperanza. Los cisnes y otros poemas.

1906 Oda a Mitre.

1907 El canto errante. Intenta obtener, sin conseguirlo, la separación legal de su esposa Rosario Murillo.

1910 Poeta del otoño y otros poemas.

1912 Todo al vuelo.

1913 Radicado en Mallorca, inicia la novela autobiográfica La isla de oro, inacabada.

1914 Canto a la Argentina y otros poemas. Vive en Barcelona.

1915 La vida de Rubén Darío contada por el mismo. Enfermo, regresa a Nicaragua.

1916 Historia de mis libros. Muere en León, Nicaragua.

Rubén Darío

Rubén Darío (su nombre verdadero era Félix Rubén García Sarmiento) ha pasado a las historias de la literatura como el máximo impulsor del Modernismo literario, movimiento que durante mucho tiempo se contrapuso al de la Generación (o Grupo literario) del 98 (hoy más bien se consideran tendencias complementarias que conviven en una misma época, la de la generación de fin de siglo, y aun en unos mismos autores). El Modernismo significó una auténtica revolución estética, en especial por las innovaciones métricas que aportó, por la musicalidad y los valores sensoriales que buscaba transmitir, especialmente en la poesía, pero también en la prosa (recordemos que Valle-Inclán trabó amistad con Darío, siendo uno de los primeros escritores españoles en adaptar los gustos modernistas en sus relatos de los años 1897-1905). Rubén Darío fue un genial orfebre del verso, al que dotó de plena sonoridad y riqueza expresiva. Para él, la belleza formal del poema estaba por encima de todo, si bien en su última etapa creadora esa preocupación fue descendiendo en intensidad.

La influyente obra literaria del nicaragüense incluye títulos como Abrojos (1887), Primeras notas (1888), Azul… (1888), Prosas profanas y otros poemas (1896 y 1901), Los raros (1896), España contemporánea (1901), Peregrinaciones (1901), La caravana pasa (1902), Tierras solares (1904), Cantos de vida y esperanza (1905), El canto errante (1907), Todo al vuelo (1912) o Canto a la Argentina y otros poemas (1914). Además deben recordarse sus colaboraciones periodísticas (por ejemplo, las redactadas para La Nación), sus numerosos cuentos y algunas novelas como La isla de oro.


[1] Texto publicado originalmente en José del Guayo y Lecuona y Carlos Mata Induráin, Los autores del 98 en la Biblioteca del Nuevo Casino de Pamplona. Catálogo de la exposición bibliográfica del Nuevo Casino de Pamplona. Noviembre de 1998, Pamplona, Nuevo Casino de Pamplona, 1998. Ofrezco aquí una versión revisada y ampliada.

Un cuento de Rubén Darío: «Betún y sangre»

Aunque existe cierta bibliografía sobre los cuentos de Rubén Darío, desde los antiguos trabajos de Lida o Mejía Sánchez hasta la antología de Cuentos publicada en 1997 por José María Martínez, aparte de otros trabajos más recientes, parece obvio recordar que esta parte de su obra no ha recibido tanta atención pRubén Daríoor parte de la crítica como su poesía. Sin embargo, los relatos de Rubén nos sitúan ante la siempre interesante cuestión de los límites entre géneros literarios. En efecto, varios de sus cuentos apenas están dotados de acción: su tensión argumental es mínima y más bien se hallan cercanos al poema en prosa o al artículo periodístico, cuando no a la parábola o al apólogo simbólico. Salvadas las distancias, podría compararse esta circunstancia con la que se da también en las narraciones cortas de Gabriel Miró. Los dos son escritores que por su naturaleza lírica y su sensibilidad estaban especialmente cualificados para el cultivo del cuento (cercano por su brevedad y concisión a la poesía); pero, precisamente por su excesiva tendencia a lo lírico-meditativo, ambos desbordaron en ocasiones las estrictas fronteras del género para practicar otras modalidades narrativas cercanas.

Algunos cuentos de Rubén Darío son historias con cierta originalidad que entran en –o bordean– el terreno de lo sobrenatural (a veces su desenlace nos aporta una explicación lógica y racional para los extraños hechos en ellos narrados, pero en ocasiones, como en «El caso de la señorita Amelia», no sucede así). En otros relatos predomina la reiteración de temas y motivos estilísticos modernistas, siendo frecuente la vuelta a escenarios y temas evocados en su poesía (me refiero a su mundo poético personal de princesas, rosas, jardines, hadas, pavos reales, etc.). De todas formas, en unos y en otros encontramos formulada su defensa a ultranza del ideal estético, porque, como leemos en «Las razones de Ashavero», «La Belleza está sobre todo».
Betún y sangre, cuento de Rubén DaríoPero me centro ya en «Betún y sangre»[1]. El tema de este relato es el despertar del deseo en Periquín, un joven limpiabotas de doce años, asunto que se entremezcla con una historia de amor y muerte, la del capitán Andrés y su joven esposa. Esa mezcla de Eros y Thánatos, y las connotaciones de morbidez y sensualidad con que se carga el cuento, lo convierten en una narración de sabor plenamente modernista. Periquín conoce a la pareja de recién casados al acudir a su hotel a limpiar calzado; el capitán Andrés le hace entrar en su habitación para que abrillante sus botas, trabajo que recompensará con un peso. Allí el muchacho queda doblemente fascinado, por la espada y por la mujer del militar. De vuelta a casa, Periquín pierde el peso y, tras la reprimenda de su abuela, escapa para marchar a la guerra con el capitán; este desaparece en el combate; cuando el joven lo encuentra, malherido, Andrés le da el anillo de boda para que lo entregue a su esposa. Periquín vuelve al hotel y da la sortija a la niña-viuda; cuando esta se abraza a él en medio de su dolor, en los ojos del niño se ve brillar una intensa luz de placer.

El tema de fondo es la pérdida de la inocencia del muchacho, la expulsión del paraíso de su niñez. De hecho, uno de los aspectos más iPeriquínnteresantes del cuento lo constituye el marcado contraste entre la imagen ingenua, inocente que de Periquín transmite el narrador y ese despertar de la sensualidad, casi lascivo, provocado por la contemplación de la belleza femenina, que se apunta primero y que se explicita al final del relato. Las palabras iniciales nos ofrecen una imagen risueña del muchacho, merced al símil que lo identifica con una simple avecilla: «Todas las mañanitas, al cantar el alba, saltaba de su pequeño lecho, como un gorrión alegre que deja el nido». Además, las condiciones de pobreza en que vive el huérfano hacen que cuente con las simpatías del lector desde el primer momento: se describe su vestido variopinto, su estropeado calzado («los zapatos que sonreían por varios lados») y su «cuartucho destartalado». Su comportamiento es en todo momento el de un niño que trompetea canciones despreocupadamente o masca el desayuno «a dos carrillos»; su imagen infantil se completa así en el cierre de la primera secuencia:

El sol, que ya brillaba espléndidamente en el azul de Dios, no pudo menos que sonreír al ver aquella infantil alegría encerrada en el cuerpecito ágil, de doce años; júbilo de pájaro que se cree feliz en medio del enorme bosque (p. 40).

El narrador, siempre que alude a Periquín, utiliza expresiones como «chiquillo», «pobre niño», «pobrecito», «cabecita de pájaro», «el chico», etc. Además, los numerosos diminutivos afectivos que salpican las páginas del relato, o se refieren directamente al muchacho (empezando por su propio nombre, Periquín), o bien se aplican a objetos y circunstancias con él relacionadas: mañanitas, marquito, cajoncillo, cuerpecito, botitas, hermanitas… Sin embargo, esa imagen de inocencia, de candor infantil, pronto quedará erosionada; el despertar de su sensualidad se manifestará cuando, en la habitación del hotel, la muchacha salte de la cama «en camisa»:

Estaba allí Periquín; pero qué: un chiquillo. Mas Periquín no le desprendía la mirada, y tenía en la comisura de los labios la fuga de una sonrisa maliciosa (p. 43).

Más tarde, el narrador amplía la idea comentando el efecto producido en el muchacho por la belleza femenina recién descubierta:

Él encontraba algo de sobrehumano en aquella hermosura que despedía aroma como una flor. […] Aquella pubertad naciente sentía el primer formidable soplo del misterio (p. 44).

Misterio, una de las palabras clave en la poética rubeniana. Al final, cuando Periquín regrese al hotel para dar la mala nueva de la muerte de Andrés, la joven, en medio de su dolor, le abraza, y ese contacto físico terminará de turbar al joven limpiabotas: uno de los criados observará «que el maldito muchacho tenía en los ojos cierta luz de placer al sentirse abrazado, el rostro junto a la nuca rubia, donde, de un florecimiento de oro crespo, surgía un efluvio perfumado y embriagador» (p. 50).

Betún y sangre (Camila Films)En los dos momentos de contacto con la belleza femenina de la niña, las dos visitas a la habitación del hotel que estructuran el relato, ese despertar del deseo va ligado a sensaciones visuales y, sobre todo, olfativas: es el “aroma de mujer” el que hace aflorar la joven sensualidad de Periquín. Al entrar en la habitación por vez primera nota un perfume que se califica de tibio y único; más tarde se habla de «aquella hermosura que despedía aroma como una flor»; y, por último, se dice que de ella emana «un efluvio perfumado y embriagador», que son las palabras finales del relato. Diversas notas modernistas adornan la descripción de la muchacha: se dice que tenía «un rostro de niña, coronado por el yelmo de bronce de una cabellera opulenta, y unos brazos rosados tendidos con lánguida pereza sobre el cuerpo»; imágenes de raigambre garcilasista se repiten al aludir a su belleza: «Ella se le colgó del cuello y Periquín pudo ver hebras de oro entre lirios y rosas», «un florecimiento de oro crespo», etc. A modo de contraste, el narrador introduce otro personaje femenino, la huraña abuela del muchacho.

El estilo modernista del cuento se aprecia en la variedad de impresiones sensoriales que se acumulan, en especial, visuales, auditivas y olfativas. A lo ya apuntado sobre la belleza de la niña, añádase el fuerte contraste de las palabras del título, «Betún y sangre», que sugiere una doble gama cromática, de lo negro y de lo rojo, amplificada a lo largo del cuento: por ejemplo, cuando las tropas parten al combate, se dice que el sol cae «arrastrando su gran cauda bermeja» mientras Andrés marcha montado en un «caballo negro y nervioso». De principio a fin, el relato está marcado por la acumulación de ruidos, músicas y sonidos diversos: las canciones del muchacho, la voz acre de la abuela, el sonido de los besos de los recién casados, la risa de la mujer («las perlas sonoras» de su carcajada), los clarines militares, el cañoneo, los gritos de los centinelas, el gemido del herido y, al final, los grandes alaridos de la niña.

La morbidez sensual de la muchacha, el deseo de Periquín y la muerte de Andrés son los ejes principales que articulan este relato. La contemplación de la belleza de la niña-mujer sitúa al joven limpiabotas ante el misterio de lo femenino, de lo todavía desconocido pero ya vagamente intuido; ese enriquecimiento personal, esa apertura a un nuevo mundo de sensaciones, tiene su correlato en la sucesiva ampliación de los espacios que, en el transcurso del relato, recorre Periquín: en la primera secuencia lo vemos saltar de su cama (refugio pequeño y cerrado), y luego el campo de su actuación se amplía progresivamente: la habitación, la casa que comparte con su abuela, el hotel, las calles de la ciudad y, en fin, el bosque, el campo abierto.


[1] Cito por Rubén Darío, Obras completas, tomo IV, Novelas y cuentos, Madrid, Afrodisio Aguado, 1955, pp. 39-50. Existe una adaptación cinematográfica del cuento, actualizada a los tiempos de Somoza, de Camila Films (1990), guion de Florence Jaugey y Frank Pineda; imagen: Frank Pineda; música: Luis Enrique Mejía Godoy.