Personajes del «Quijote»: el Duque y el morisco Ricote

Muy notable es la presencia en la Segunda Parte del innominado Duque, quien representa en el escalafón social a la más alta nobleza[1]. Junto con la Duquesa, y con ayuda de todos sus sirvientes, organizará una serie de bromas, no exentas de crueldad, para reírse a costa de don Quijote y Sancho, que quedan rebajados así al papel de bufones de Corte.

El innominado Duque del Quijote

El Duque es el máximo exponente de esa nobleza cortesana y ociosa, que no tiene ya una función social clara, y que Cervantes ataca —a través de don Quijote— en distintas ocasiones. Por otro lado, se sugiere la corrupción de este personaje en el episodio de la hija de doña Rodríguez (recordemos que el Duque no ha defendido la honra de esta doncella porque quien ha cometido el agravio es el hijo de su prestamista).

La introducción del morisco Ricote, vecino de Sancho con el que se encuentra al salir del gobierno de la ínsula, supone un episodio intercalado que sirve de contrapunto a la historia de la mora Zoraida en la Primera Parte. El de la situación de los moriscos era un tema de actualidad porque en los años 1609 y 1613 Felipe III había dictado sendos edictos de expulsión contra ellos, y Ricote es un representante de todas esas personas que han tenido que sufrir la amarga experiencia de salir al destierro dejando abandonado todo lo que poseían. Cervantes, muy humanamente, nos muestra el vivir del desarraigo de este personaje que llora por tener que abandonar las tierras de su amada España.

Moriscos


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

La omnisciencia del narrador en la novela histórica romántica española (y 3)

Así pues, desde su omnisciencia, el narrador controla, como poderoso demiurgo, todos los aspectos de la novela (narración, descripción y diálogos) y se hace presente en sus páginas a cada momento. Lo cual no quita para que a veces decida limitar esa omnisciencia, afirmando no conocer algo (siempre pequeños detalles[1]) y también suprimir algún diálogo poco interesante o alguna descripción que resulta repetitiva o demasiado truculenta. Esta «pereza narrativa» se manifiesta con frases de este jaez: «no es dable describir…», «no hay palabras para mostrar…», «imposible sería pintar…», «no nos detendremos en…», «dejamos a la consideración del lector…», «largo y prolijo fuera retratar…», «sería narración verdaderamente interminable…». Comentaré a continuación algunos ejemplos concretos.

El narrador de La campana de Huesca escamotea unas descripciones que dice están en la crónica que sigue (pp. 54-55); el de La conquista de Valencia por el Cid tiene que solicitar la ayuda de Virgilio y de los «trovadores del Tay y del Sena» porque no puede describir la «tierna escena» de la entrevista entre el héroe y doña Jimena[2]. Parece que el encuentro de los amantes ofrece especiales dificultades, pues también se excusa el narrador de El golpe en vago cuando Isabel y Carlos se reúnen definitivamente: «Estas escenas de rara ocurrencia en la vida humana poseen una intensidad, una elevación de sentimientos que no pueden expresar las descripciones» (p. 1117). En Bernardo del Carpio se rehúsa describir una escena de horror (un niño devorado por los lobos, p. 445). No se nos describe un baile aldeano en La heredera de Sangumí por ser muy similar a «lo que vemos en nuestros días» (p. 1138). En Sancho Saldaña, en fin, el narrador menciona un torneo: «Pero como ya se ha descrito muchas veces este género de pasatiempos, y nadie ignora en lo qué consistían, nos contentaremos con decir…» (p. 688).

Torneo

En definitiva, el narrador de la novela histórica romántica española es tan sencillo que apenas ofrece características especialmente interesantes que comentar[3].


[1] Son frecuentes las expresiones del tipo «no podemos asegurar…», «no sé decir…», «sospechamos…», etc. Por ejemplo, en La heredera de Sangumí el narrador señala en nota que ha revuelto varios papeles para saber cuál era el romance que cantaba Matilde, pero que le ha resultado imposible averiguarlo (p. 1169).

[2] Más adelante ocurre algo similar con el encuentro de Jimena con sus hijas después de larga ausencia: «No es posible pintar con el colorido de la verdad esta escena; las almas sensibles adivinarán los transportes y suavísimas conmociones que experimentaron» (pp. 316-317).

[3] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Personajes del «Quijote»: don Diego Miranda y su hijo don Lorenzo

Debemos mencionar también a don Diego de Miranda, conocido como el Caballero del Verde Gabán, y a su hijo don Lorenzo, poeta glosista[1]. Don Diego es un labrador rico, en cuya casa no hay novelas de caballerías, pero sí libros de honesto entretenimiento. Para Bataillon es un personaje equilibrado que, con su «dorada medianía», simboliza la cordura y responde al ideal de hombre del erasmismo; más negativa es, en cambio, la interpretación de Castro, para quien representa la moral acomodaticia de la sociedad contemporánea, que no hace nada por cambiar la situación de las cosas, con una actitud inactiva opuesta a la de don Quijote, que sale al mundo en busca de andanzas caballerescas.

El Caballero del Verde Gabán

Su hijo don Lorenzo quiere ser poeta, y esta decisión, que desagrada a su padre, es la circunstancia que da pie a don Quijote para reflexionar sobre la educación de los hijos (aconseja no forzarlos y dejar que sigan libremente su inclinación) y para declamar un bello discurso en el que elogia la poesía como la más principal de entre todas las ciencias. Además, don Lorenzo ofrece una acertada descripción de la locura de don Quijote al calificarlo, según ya indicamos en otra entrada, como «un entreverado loco, lleno de lúcidos intervalos» (II, 18, p. 776).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

La omnisciencia del narrador en la novela histórica romántica española (2)

Es muy frecuente la comunicación entre narrador y lector (los dos, como he indicado en la entrada anterior, son ajenos al tiempo de la narración), por medio de frases del tipo «como se imaginará el discreto lector», «si no lo ha olvidado el lector», «como puede suponer quien esto leyere», etc. En ocasiones, el narrador no se refiere a un lector implícito en general, sino que habla concretamente a «los maridos» o a «las lectoras»[1]. A veces finge acompañar al lector mostrándole los personajes, escenarios y acciones de la novela. Esa relación se marca todavía más con el uso y abuso de otras expresiones que van señalando a cada paso la presencia del narrador: «según vimos», «como dijimos»[2], «nuestro héroe», «un viejo conocido nuestro», «como ya señalé hace poco».

Libros antiguos

En definitiva, el narrador se encarga de manejar todos los hilos del relato: nos ofrece al principio un cuadro general con la situación histórica de la época en que sitúa su novela e introduce de vez en cuando pequeños resúmenes para facilitar la ambientación[3]; da la palabra a los personajes para que hablen (normalmente por medio de diálogos largos y un tanto afectados, aunque siempre hay excepciones) o bien se recrea en largas y frecuentes descripciones (del paisaje, de armas, de vestidos) que ralentizan algún tanto el tempo de la novela, acelerado por la sucesión de lances y aventuras; o introduce algún toque de humor (que no son muy frecuentes en este tipo de obras); o abandona a un personaje para seguir a otro[4]; o intercala historias secundarias, a veces con muy poca relación con la principal, o incluye digresiones y afirmaciones generalizadoras de tipo moral, político o literario. Es, en fin, un narrador que deja muy poco margen para la participación activa del lector; como señala Pozzi, el lector implícito de El doncel de don Enrique el Doliente —y su conclusión es válida para las otras novelas— resulta muy sencillo:

Sus conocimientos —determinados de manera explícita por el texto— se reducen a una familiaridad superficial con la vida cotidiana del siglo XIX; ignora por completo cualquier aspecto histórico o cultural del siglo XV. Es, además, un lector corto de memoria y de exigua capacidad inferencial. El narrador le proporciona todo lo necesario para la construcción de la imagen que abarca la obra; en cierto sentido, le entrega una imagen ya digerida e interpretada: le recuerda datos; marca con explicitez los acontecimientos significativos; y comenta su importancia dentro de la trama. El lector añade poco de su parte, queda «sobrecodificado», su papel sobredeterminado y, por lo tanto, carece de libertad en este tipo de novela; se subyuga a la voluntad del narrador, quien constituye la «autoridad suprema»[5].


[1] «Mas pienso que no haya de desagradar a las lectoras el saber que Aznar, a pesar de su crueldad, trató toda su vida amorosísimamente a Castana» (La campana de Huesca, p. 569); «Mi más cándida lectora lo hubiera comprendido», escribe Fernández y González (La mancha de sangre, p. 36), y también Teresa Arróniz y Bosch se dirige en particular a «nuestras lindas lectoras» (El testamento de don Juan I, p. 87).

[2] Es muy frecuente que el narrador emplee el plural de modestia.

[3] El capítulo IV de Edissa es una «Advertencia histórica» sobre la situación de los judíos en aquella época; el primer capítulo de la segunda parte de Pedro de Hidalgo se titula «Breve reseña histórica para el mejor conocimiento de los hechos venideros».

[4] «Mas la ilación de los sucesos nos ha apartado de un personaje a quien debemos seguir aún breves momentos para que no aclare algún punto de alta importancia para el final de esta historia» (Los caballeros de Játiva, p. 279).

[5] Gabriela Pozzi, «El lector en la novela histórica: El doncel», en Discurso y lector en la novela del siglo XIX (1834-1876), Amsterdam / Atlanta, Rodopi, 1990, p. 142. Me parece acertada su explicación de este fenómeno: «Con la novela histórica comienza el renacimiento decimonónico de la novela y la creación de un nuevo público burgués y pequeño burgués; era de esperar que el entrenamiento del lectorado comenzara con papeles sencillos cuyo desempeño no exigiera un alto grado de competencia literaria» (p. 43). Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Personajes del «Quijote»: Sansón Carrasco

En la Segunda Parte del Quijote, la nómina de personajes masculinos se enriquece con nuevos nombres[1]. Tenemos, en primer lugar, al licenciado Sansón Carrasco, aliado del cura y el barbero en el empeño de llevar a casa a don Quijote tras su tercera salida. Intentará vencerlo como Caballero de los Espejos o del Bosque, pero será derrotado.

El Caballero de los Espejos

A partir de este momento, el deseo de venganza será otro de los impulsos de su actuación, y terminará venciendo a don Quijote en las playas barcelonesas bajo el nombre de Caballero de la Blanca Luna.

El Caballero de la Blanca Luna

Él es quien, en esta Segunda Parte, representa la función literaria, pues llega con la noticia de la publicación de un libro con las aventuras de don Quijote de la Mancha (II, 3).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

La omnisciencia del narrador en la novela histórica romántica española (1)

En la novela histórica romántica española, las técnicas relativas al narrador se pueden clasificar en tres apartados: 1) omnisciencia del narrador y distanciamiento de la historia; 2) afán de verosimilitud; 3) arquitectura del relato: estructura y tempo narrativo[1]. Consideraré en esta entrada algunas cuestiones relacionadas con el primero de ellos.

Hay que comenzar señalando que el narrador de estas novelas históricas es muy convencional y muy poco complicado, demasiado sencillo para lo que estamos acostumbrados a ver hoy día después de las grandes aportaciones de la narrativa moderna. En efecto, se trata de un narrador omnisciente en tercera persona que se sitúa fuera de la historia, fuera del tiempo narrativo, en un momento que es el presente del autor y de sus lectores contemporáneos, para hablarnos de un ayer pasado; así, señala frecuentemente la distancia entre «nuestros días» y «aquellos tiempos» de ignorancia y barbarie, a veces por la mención de ruinas que denotan el paso inexorable del tiempo, o bien mostrando los aspectos coincidentes o discrepantes entre una época y otra.

Libros antiguos

Dicho de otra forma, existe una lejanía muy clara, marcada voluntariamente, entre el emisor y el receptor de un lado y la historia narrada de otro, tal como ha destacado Bergquist:

El autor omnisciente del siglo XIX no viajaba en el tiempo, para colocarse en la misma época de sus personajes, sino que se mantiene siempre en su propia época y observa los siglos anteriores desde allí, posición que tiende a alejar tanto al narrador como al lector del relato[2].


[1] Puede consultarse la tesis de Inés L. Bergquist, El narrador en la novela histórica española de la época romántica, Berkeley, University of California, 1978, que estudia algunas técnicas narrativas en seis novelas: Los bandos de Castilla, El doncel de don Enrique el Doliente, Sancho Saldaña, El señor de Bembibre, Doña Blanca de Navarra y Amaya. Son también muy interesentes dos trabajos bastante recientes sobre El doncel: Georges Günter, «Estrategias narrativas en El doncel de don Enrique el Doliente», en Georges Günter y José Luis Varela (eds.), Entre pueblo y corona. Larra, Espronceda y la novela histórica del Romanticismo, Madrid, Editorial de la Universidad Complutense, 1986, pp. 37-61; y otro sobre Doña Blanca: Enrique Rubio, «Las estructuras narrativas en Doña Blanca de Navarra», en Romanticismo 3-4. Atti del IV Congresso sul Romanticismo Spagnolo e Ispanoamericano. Narrativa romantica, Génova, Universidad de Génova, 1988, pp. 113-121; también Gabriela Pozzi, «El lector en la novela histórica: El doncel», en Discurso y lector en la novela del siglo XIX (1834-1876), Amsterdam / Atlanta, Rodopi, 1990, pp. 7-43. Para el lenguaje del narrador, ver María Antonia Martín Zorraquino, «Aspectos lingüísticos de la novela histórica española: Larra y Espronceda», en Georges Günter y José Luis Varela (eds.), Entre pueblo y corona, cit., pp. 179-210; y para la relación con el teatro romántico, Ermitas Penas, «Discurso dramático y novela histórica romántica», Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo, año LXIX, enero-diciembre de 1993, pp. 167-193.

[2] Bergquist, El narrador en la novela histórica española de la época romántica, p. 29. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Personajes del «Quijote»: Lotario y Anselmo y el capitán cautivo

 Otra pareja de personajes es la formada por Lotario y Anselmo, conocidos como «los dos amigos», en la historia intercalada de El curioso impertinente, de ambiente italiano[1]. Anselmo es otro de los locos presentes en la obra: la suya es una locura provocada por la duda y por la falta de confianza en sí mismo. Es esto lo que le lleva a idear un plan disparatado, consistente en que su amigo trate de conquistar a su fiel y modélica esposa. Lotario en un primer momento trata de convencer a Anselmo de lo innecesario y absurdo de esta prueba, pero la insistencia de aquel le lleva a intentar la seducción de Camila. Poco a poco se va enamorando de veras de la mujer de su amigo y la historia se cierra con un final trágico que supone la muerte de los tres personajes.

Ruy Pérez de Viedma es el capitán cautivo protagonista de otra historia intercalada, transida de elementos autobiográficos cervantinos. El cautivo es el representante del mundo de las armas, y está caracterizado por su valor heroico, su paciencia en el cautiverio y el amor honesto, encaminado al matrimonio, con la mora Zoraida, la hija de Agi Morato. Esta historia se encuentra imbricada con el discurso de las armas y las letras que don Quijote ha pronunciado momentos antes (I, 37-38).

Historia del capitán cautivo


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

Aspectos estructurales de la novela histórica romántica española

La novela histórica romántica española no es muy complicada en lo que al manejo de técnicas se refiere; no existen —no pueden existir en este momento incipiente de la novela moderna— grandes complicaciones narrativas; es más, el escritor de este subgénero histórico cuenta con una larga serie de recursos repetidos una y otra vez en estas novelas a modo de clichés, muchos de los cuales están tomados de las novelas de Walter Scott. Pues bien, son estos recursos y técnicas lo que voy a estudiar en las próximas entradas, separándolos en cuatro grandes grupos, según correspondan al narrador, a la caracterización de los personajes, a la intriga o al tratamiento del tiempo y el espacio.

El corpus de obras que he manejado para tratar de establecer los recursos de la novela histórica romántica española está formado por cerca de una treintena de títulos[1]:

-Alcalá y Menezo, Ángel, Pedro de Hidalgo o El castillo de Tíscar, 2.ª ed., prólogo de Juan de Mata Carriazo, Sevilla, Editorial Católica Española, 1945.

-Andrés Tomé, Calixto de, Edissa o Los israelitas de Segovia, Cuenca, Imprenta de Manuel Mariana, 1875.

-Arróniz y Bosch, Teresa, El testamento de don Juan I. Novela histórica original, 2.ª ed., Madrid, Imprenta de Salustiano Ríos y C.ª, 1855.

-C., G. de, Amor y rencor o sea Pachecos y Palomeques, Barcelona, Imprenta de Juan Oliveres, 1833.

-Campión, Arturo, Don García Almorabid. Crónica del siglo XIII, Tolosa, Casa editorial de Eusebio López, 1889.

-Cánovas del Castillo, Antonio, La campana de Huesca, prólogo de Serafín Estébanez Calderón, Madrid, Tipografía de Manuel G. Hernández, 1886.

-Cortada y Sala, Juan, El templario y la villana, Barcelona, Imprenta de Brusi, 1840, 2 tomos.

-Cortada y Sala, Juan, La heredera de Sangumí. Romance épico del siglo XII, en Felicidad Buendía (ed.), Antología de la novela histórica romántica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, pp. 1123-1278.

-Cortada y Sala, Juan, El rapto de doña Almodis, Barcelona, Don Juan Francisco Piferrer, 1836.

-Escalante, Amós de, Ave, Maris Stella, en Obras escogidas de don Amós de Escalante, II, Madrid, Atlas, 1956 (BAE, 94), pp. 5-162.

-Escosura, Patricio de la, Ni rey ni Roque. Episodio histórico del reinado de Felipe II, año 1595, en Felicidad Buendía (ed.), Antología de la novela histórica romántica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, pp. 753-881.

-Espronceda, José de, Sancho Saldaña o El castellano de Cuéllar. Novela histórica original del siglo XIII, en Felicidad Buendía (ed.), Antología de la novela histórica romántica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, pp. 489-751.

-Estébanez Calderón, Serafín, Cristianos y moriscos. Novela lastimosa, en Felicidad Buendía (ed.), Antología de la novela histórica romántica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, pp. 1595-1627.

-García de Villalta, José, El golpe en vago. Cuento de la decimaoctava centuria, en Felicidad Buendía (ed.), Antología de la novela histórica romántica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, pp. 883-1121.

-Fernández y González, Manuel, Bernardo del Carpio. Leyenda histórica original, Madrid, publicada bajo la dirección de don Joaquín Morales, 1858.

-Fernández y González, Manuel, La mancha de sangre. Novela original, 2.ª ed., Madrid, Imprenta de don Fernando Gaspar, editor, 1858.

-Gil y Carrasco, Enrique, El lago de Carucedo. Tradición popular, en Obras completas de Enrique Gil y Carrasco, II, Madrid, Atlas, 1954 (BAE, 74), pp. 219-250.

-Gil y Carrasco, Enrique, El señor de Bembibre. Novela original, ed. de Jean-Louis Picoche, Madrid, Castalia, 1986.

-Larra, Mariano José de, El doncel de don Enrique el Doliente. Historia caballeresca del siglo XV, ed. de José Luis Varela, Madrid, Cátedra, 1984.

El doncel de don Enrique el Doliente, de Larra

-López Soler, Ramón, Los bandos de Castilla o El caballero del Cisne. Novela original española, en Felicidad Buendía (ed.), Antología de la novela histórica romántica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, pp. 37-217.

-López Soler, Ramón, Jaime el Barbudo, ed. de Enrique Rubio Cremades y María de los Ángeles Ayala Aracil, Sabadell, Caballo-Dragón, 1988.

-Martínez de la Rosa, Francisco, Doña Isabel de Solís, reina de Granada. Novela histórica, en Felicidad Buendía (ed.), Antología de la novela histórica romántica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, pp. 1279-1593.

-Navarro Villoslada, Francisco, Doña Blanca de Navarra. Crónica del siglo XV, Madrid, Giner, 1975.

-Navarro Villoslada, Francisco, Doña Urraca de Castilla. Memorias de tres canónigos. Novela histórica original, Madrid, Apostolado de la Prensa, 1945.

-Navarro Villoslada, Francisco, Amaya o los vascos en el siglo VIII. Novela histórica, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991.

-Perales, Juan Bautista, Los caballeros de Játiva. Los héroes de Montesa, Valencia, Librería de Pascual Aguilar, 1878.

-Trueba y Cossío, Telesforo de, Gómez Arias o Los moros de las Alpujarras, traducción libre de Mariano Torrente Madrid, Oficina de Moreno, 1831.

-Vayo, Estanislao de Cosca, La conquista de Valencia por el Cid. Novela histórica original, en Felicidad Buendía (ed.), Antología de la novela histórica romántica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, pp. 219-320.

Evidentemente, solo podré ejemplificar cada característica con una o dos citas, remitiendo a veces a otros lugares para más ejemplos[2].


[1] Citaré de forma abreviada, solo con el título de la novela y el número de página, que corresponde siempre a la edición señalada en este corpus.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Personajes del «Quijote»: Grisóstomo, Cardenio y don Fernando

Varios personajes más los encontramos en las historias intercaladas del Quijote[1]: Grisóstomo es el prototipo de pastor enamorado que, tras sufrir el desdén de su amada Marcela, muere —o se suicida— por amor.

Grisóstomo muerto de amor

Por su parte, Cardenio y don Fernando protagonizan unos amores entrecruzados: don Fernando es hijo del duque Ricardo y Cardenio su vasallo; entre ambos existe una relación jerárquica, pero también una amistad, que será traicionada por don Fernando cuando intente seducir a Luscinda, la amada de Cardenio. De esta pareja destaca el modo de caracterización de Cardenio, cuyo comportamiento se encuentra marcado por la cobardía y la falta de decisión.

Cardenio

Asimismo, Cardenio aparece como un loco frente a don Quijote. Recordemos el abrazo que se dan en Sierra Morena el Caballero de la Triste Figura y el Roto de la Mala Figura. Además, el enloquecido deambular del enamorado Cardenio por la agreste sierra sirve de modelo para la penitencia amorosa de don Quijote. Por su parte, don Fernando encarna al noble que olvida su deber y deja de comportarse como se esperaría de su condición, ya que abusa de su poder al deshonrar a su vasalla Dorotea.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

«Ivanhoe», de Walter Scott, modelo para la novela histórica romántica española

Ivanhoe, de Walter ScottDe todas las novelas de Walter Scott, fue Ivanhoe, sin duda alguna, la que más influyó en España. Por un lado, sitúa su acción en una lejana e idealizada Edad Media en la que encontraremos castillos, templarios, el recuerdo de la cruzada, bandidos generosos, torneos, hermosas damas, un juicio de Dios y un rey que se comporta como un caballero andante, es decir, toda una serie de variados elementos que ayudarán, en el nivel temático, a mantener el interés del lector. Pero encontraremos sobre todo otra serie de recursos que pasarán a ser patrimonio común de todos los cultivadores del género histórico.

Algunos de esos recursos son la descripción detallada de armas y vestidos; la descripción de agüeros y supersticiones; la posibilidad que se le ofrece a la heroína de ingresar en un convento para rehuir un matrimonio no deseado (el de Rowena con Athelstane; también Rebeca, al final, huye a una especie de retiro al no poder obtener el amor de Ivanhoe); el enfrentamiento de razas dispares (sajones, normandos y judíos); juramentos y votos (el de Cedric de no dar más de tres pasos más allá de su trono para recibir a personas que no tengan sangre real sajona; su palabra empeñada a Ricardo para concederle el favor que quiera pedirle); el empleo del fuego para provocar situaciones dramáticas (incendio del castillo de Torquilstone), etc.[1]


[1] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.