Los cuentos de José María Sanjuán: «Mañana será un hermoso día»

En «Mañana será un hermoso día» (pp. 169-177)[1] el joven Pascual va de noche, a la luz de la luna, a tentar unas reses. Entre paréntesis se van consignando las reflexiones de su monólogo, y el narrador augura la desgracia que le espera en su arriesgado empeño: «Había en el aire una sombra inquietante, de acecho y aventura, de silencio comprimido, de lucha contenida, de tragedia solitaria» (p. 171).

Torero de luz de luna

Pascual consigue dar unos pasos a un toro, pero es cogido. Cuando a la mañana siguiente encuentran su cuerpo, el jinete se lamenta, no de la suerte del muchacho, sino de que esa aventura le ha estropeado varios toros, ya no aptos para la lidia. De nuevo el título cobra tintes de ironía trágica, una vez conocido el desenlace: para el pobre maletilla, sencillamente, no habrá mañana.


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

Los cuentos de José María Sanjuán: «No es bueno volver a empezar»

«No es bueno volver a empezar» (pp. 163-168)[1] presenta a Rayo, un mal torero, ya viejo y acabado, que acude a su amigo Carlos, camarero, para que le preste algo de dinero; éste consiente, aunque le advierte que le iría mejor si dejase de intentarlo como espada y entrase de subalterno en alguna cuadrilla.

Banderillero

En suma, una nueva evocación nostálgica y tierna del torero fracasado, que lo ha intentado, pero que no ha sabido llegar a lo más alto o mantenerse allí.


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

Los cuentos de José María Sanjuán: «Las cenizas de todos nosotros»

El siguiente relato incluido en El ruido del sol es «Las cenizas de todos nosotros» (pp. 149-161)[1]. Cecilio, alias Juanete III, sale de la cárcel de un pueblo y la gente lo señala como el torero del domingo, «el del miedo». Todos sus hermanos han tenido mala suerte en el toreo: Juanete I cayó en una novillada nocturna; Juanete II sufrió la amputación de un pie, porque le cambiaron un buen toro que le había tocado en el lote. El padre, que quiere fundar una dinastía taurina, reprocha a su hijo su cobardía al negarse a torear (razón por la que lo habían metido en el calabozo): «¡Has acabado con todos nosotros!, ¡has terminado con nuestras cenizas…!» (p. 161).

Torero

Pero, en realidad, lo que ha hecho ha sido salvar su vida, sin exponerla inútilmente en el ejercicio de un trabajo para el que no siente la más mínima vocación.


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

Los cuentos de José María Sanjuán: «La camisa amarilla»

«La camisa amarilla» (pp. 141-147)[1] tiene como motivo una de las supersticiones de los toreros, el mal fario de ese color[2]. José, alias Almonteño, ha recibido esa mañana la visita de un extranjero que llevaba una camisa amarilla; y, al hacer el paseíllo, vuelve a verlo en el tendido.

Camisa amarilla

El final deja en suspenso el desenlace, aunque hace presagiar la desgracia: «Y presintió que quizá ya no volvería más a desandar el terreno y la arena que ahora pisaba…» (p. 147).


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

[2] Este color aparecía ya en un pasaje de «El silencio está lleno de ruidos», p. 104.

Los cuentos de José María Sanjuán: «El extraño»

Un torero comenta con otros personajes la faena de esa tarde en «El extraño» (pp. 133-139)[1]. Como en varios otros relatos del libro, el ambiente se hace pesado, asfixiante por el calor. Todos los amigos que se arriman a él lo elogian sin medida; al final pide consejo a otro, en su opinión más sabio que los demás, y éste le dice que ha estado francamente mal. Entonces todos los entusiastas callan.

Faena

Se trata, pues, de una nueva reflexión sobre la adulación que rodea al torero exitoso, que ya se apuntaba en «El triunfador».


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

Los cuentos de José María Sanjuán: «El aire sabe a caliente»

En «El aire sabe a caliente» (pp. 119-132)[1] nos presenta Sanjuán a El Candi y Valero, dos toreros que actúan en ínfimas corridas de pueblos; los dos se alojan en casa de María hasta la hora de la corrida. En el relato va alternando el presente (el torero herido sobre la cama, luego muerto) con el pasado (se cuenta cómo fue cogido en la corrida del pueblo).

Cogida de torero, Manolo Prieto

El alcalde y un amigo acuden a ver al herido, pero María los rechaza, porque ellos son quienes han permitido que saliese una vaca resabiada; también ellos fueron los responsables de la muerte de su hermano, en circunstancias similares. A lo largo del relato se reitera como un leitmotiv ese sabor caliente del aire: «El aire sabe a caliente y resulta sofocante» (p. 123); «Y todo sabía a caliente» (p. 127); «El aire sabe a caliente, casi se mastica» (p. 131), y lo mismo en las palabras finales:

Y al cerrar la puerta se recuesta sobre la madera y siente que el corazón le golpea aceleradamente. Una nube de calor le vela sus ojos. Arriba, bajo el dintel de la puertecilla del cuarto, Valero mira el cuerpo rígido y siente, más que antes, el peso del aire. Agobiante. Caliente (p. 132).


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

Los cuentos de José María Sanjuán: «Un día es un día»

«Un día es un día» (pp. 107-118)[1] nos presenta a varios personajes: Andrés, Curro, Pedro y Campos. Éste, un picador maduro, y los otros miembros de la cuadrilla, más jóvenes, marchan a Francia, donde torea el matador al que sirven (que hace el viaje en otro coche).

Fernando Botero, La corrida

Cuando paran en un bar a tomar algo, ven que el coche del torero está aparcado a la puerta de una elegante villa. Sus comentarios sugieren que el maestro estará acompañado de alguna hermosa mujer, porque —como indica el título— un día es un día.


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

Los cuentos de José María Sanjuán: «El silencio está lleno de ruidos»

«El silencio está lleno de ruidos» (pp. 97-106)[1] comienza con una nota de luminosidad, que estará presente a lo largo de todo el relato, como un leitmotiv: «Blanco. Todo era, aproximadamente, blanco. Las paredes, las sábanas, la luz delgada y suave que se filtraba por los ventanales» (p. 99). El matador y su mozo de espadas Juan esperan.

Torero vistiéndose de luces

En estilo «indirecto libre», el narrador presenta los pensamientos y temores del matador, que ve y oye cosas que su compañero no. De nuevo Sanjuán sabe captar con finura y maestría la angustia de esas horas de tensa espera del maestro en su habitación del hotel, antes de la corrida:

Se dejó caer en la cama y estiró bien las piernas. Otra vez el vacío, aquel espeso silencio. Pero en el fondo del silencio creía escuchar los ruidos de pisadas, de voces, de canciones que subían en espiral desde la calle y luego se metían en la habitación con la luz blanca y finísima (p. 103).


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

Los cuentos de José María Sanjuán: «Una lluvia suave y pegajosa»

En «Una lluvia suave y pegajosa» (pp. 85-95)[1], Chavito y Macario (un picador viejo, apodado Pegajoso) comentan el tiempo: parece que esa tarde va a llover, lo que supone un mal presagio, porque la última cornada la recibió el picador precisamente en un día de lluvia. Pasan el tiempo hablando con un representante de colonias, hasta que llega la hora de la corrida, en la que muere Macario: «Su cara estaba roja de ira, cubierta de lágrimas. Y de lluvia. De una lluvia caliente y suave que se le pegaba a la piel» (p. 95).

Picador herido

El mal presagio, esa lluvia suave y pegajosa a que aludía el título, ha traído consigo, en efecto, la estela de la muerte y la desgracia para el viejo picador Pegajoso.


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

Los cuentos de José María Sanjuán: «El triunfador»

Éxito(A mi padre, Amancio, que hoy cumple años.)

El quinto cuento de El ruido del sol, «El triunfador» (pp. 69-83)[1], está protagonizado por Rafael, un torero que, tras mucho intentarlo, ha conseguido llegar a lo más alto del escalafón. Desde el principio se irán repitiendo las alusiones a su triunfo: «Todo es sencillo. Se triunfa y luego puede uno beber, reír y amar» (p. 71); «Era el triunfador, no cabía duda» (p. 73); «Y él bebía feliz y tranquilo porque era el triunfador y no tenía que dar explicaciones a nadie» (p. 73).

En una fiesta en su honor se le insinúa María, la mujer de Willy, el dueño de la casa. El narrador, que adopta el punto de vista de su protagonista, indica: «Ahora era un señor, un caballero. Y rico, además. Era un triunfador» (p. 73; y todavía hay nuevas alusiones a su triunfo en las pp. 74, 78 y 80-81). La mujer le propone que vayan juntos a París. Pero él es el triunfador, y desprecia a los que se le acercan ahora, al calor de su prestigio recién adquirido y de su dinero. El final del relato remacha esa idea:

Seguramente, hace cinco años, cuando empezaba había caído por aquí buscando ayuda. Y no la encontró. Le despreciaron. Y ahora se habían cambiado las cosas. Él era un triunfador. Solamente esto (p. 83).


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.