Literatura de Pasión: dos textos anónimos

Quiero traer también a este panorama de la literatura del ciclo de la Pasión otros textos poéticos anónimos, «Dos romances de la Crucifixión», recogidos en la antología compilada por Roque Esteban Scarpa Voz celestial de España. Poesía religiosa (Santiago de Chile, Zig-Zag, 1944). Corresponden ambos a un registro popular y sencillo, y presentan la hermosa cadencia del octosílabo, que tan bien se ajusta a la prosodia del castellano.

El primero, cuyos cuatro primeros versos «suenan» a villancico tradicional, muestra el dolor de la Virgen María y alude, en su tramo final, al descendimiento de la Cruz del cadáver de su Hijo:

La Virgen se está peinando
debajo de una palmera;
los peines eran de plata,
la cinta de primaveras.
Por allí pasó José;
le dice desta manera:
—¿Cómo no canta la Virgen?
¿Cómo no canta la bella?
—¿Cómo quieres que yo cante,
solita y en tierra ajena,
si un hijo que yo tenía,
más blanco que una azucena,
me lo están crucificando
en una cruz de madera?
Si me lo queréis bajar,
bajádmelo en hora buena;
os ayudará San Juan,
y también la Magdalena,
y también Santa Isabel,
que es muy buena medianera.

El descendimiento de la Cruz, de Rubens

El segundo enumera las señales ocurridas al morir Cristo y destaca el poder salvador de su muerte y, al mismo tiempo, la soledad y el desconsuelo de su Madre:

Tierra y cielo se quejaba,
el triste sol se escondía,
la mar sañosa bramando
sus ondas turbias volvía,
cuando el Redentor del mundo
en la cruz puesto moría.
Palabras dignas de lloro
son aquestas que decía:
«Yo, Señor, en las tus manos
encomiendo el alma mía.»
¡Oh, mancilla inestimable!
¡Oh dolor sin compañía,
que el Criador no criado
criatura se hacía
por salvar aquellos mismos
de quien muerte recibía!
¡Oh, Madre excelente suya,
sagrada Virgen María!
Vos sola, desconsolada,
estabais sin alegría.

Literatura de Pasión: fray Luis de León

Un autor importante que tenemos que traer al recuerdo en este panorama literario del ciclo de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo es fray Luis de León, cuya serena lírica constituye una de las cimas del Renacimiento español. Autor de numerosas poesías morales y religiosas, copio de él el fragmento inicial de su «Canción a Cristo crucificado», en la que el yo lírico pide a Jesús que vuelva sus «mansos ojos» para mirarle:

Inocente Cordero,
en tu sangre bañado,
con que del mundo los pecados quitas,
del robusto madero
por los brazos colgado,
abiertos, que abrazarme solicitas;
ya que humilde marchitas
la color y hermosura
de ese rostro divino,
a la muerte vecino,
antes que el alma soberana y pura
parta para salvarme,
vuelve los mansos ojos a mirarme.

Y reproduzco entera su oda «En la Ascensión», donde se pone de manifiesto lo «pobres» y «ciegos» que quedan los hombres en este mundo al producirse la ascensión de Jesús a los cielos (el rebaño de los fieles cristianos queda abatido con la ausencia de su amado Pastor):

Ascensión de Cristo

¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, oscuro,
con soledad y llanto;
y Tú, rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro?

Los antes bien hadados,
y los agora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de Ti desposeídos,
¿a dó convertirán ya sus sentidos?

¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura,
que no les sea enojos?
Quien oyó tu dulzura,
¿qué no tendrá por sordo y desventura?

A aqueste mar turbado,
¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto
al viento fiero, airado,
estando Tú encubierto?
¿Qué norte guiará la nave al puerto?

¡Ay, nube envidiosa
aun deste breve gozo!, ¿qué te aquejas?
¿Dó vuelas presurosa?
¡Cuán rica tú te alejas!
¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!

El soneto «No me mueve, mi Dios, para quererte…»

Un texto que no puede faltar en nuestro recorrido por la literatura del ciclo de la Pasión es el del famoso soneto «No me mueve, mi Dios, para quererte…». Se trata de una composición muy conocida, que ha generado abundante bibliografía[1] y que ha sido atribuida a numerosos autores (entre otros, a san Juan de la Cruz o Santa Teresa de Jesús, y también a san Francisco Javier y a san Ignacio de Loyola, sin que haya faltado tampoco la atribución a Lope de Vega y otros escritores), pero que a día de hoy podemos seguir considerando anónimo.

El poema expresa la teoría del puro amor a Dios, al que el hablante lírico ofrece amar sin necesidad de un premio eterno (cielo) y temer sin necesidad de la amenaza de un castigo igualmente eterno (infierno). Nótese, en fin, que el poema puede entenderse como una «composición de lugar» ignaciana, en el sentido de que quien lo lee o recita tiene delante un crucifijo («muéveme el verte / clavado en esa cruz»; en otras versiones el texto lee «en una cruz»), siendo el Jesús enclavado el interlocutor al que se dirige la voz enunciadora del poema. Este es el texto del soneto (hay algunas variantes en las distintas versiones, que ahora no me detengo a considerar):

Cristo crucificado, de Zurbarán

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en esa cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo yo te amara,
y aunque no hubiera infierno te temiera.

No me tienes qué dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.


[1] Ver, entre otros trabajos, los siguientes (en ellos se encontrará bibliografía adicional): Raymond Foulche-Delbosch, «Le sonet “A Cristo crucificado”», Revue Hispanique, 2, 1895, pp. 120-145; y 6, 1899, pp. 56-57; Domingo Hergueta, «El famoso soneto “A Cristo crucificado”, llamado también Acto de Contrición y Jaculatoria», Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, XXI, enero 1927, pp. 99-112; Sister Mary Cyria Huff, The Sonnet «No Me Mueve, Mi Dios» -Its Theme in Spanish Tradition, Washington (DC), The Catholic University of America Press, 1948; Marcel Bataillon, «El anónimo del soneto “No me mueve, mi Dios”», Nueva Revista de Filología Hispánica, IV, 1950, pp. 254-269; Eladio Esparza, «Sobre el soneto “No me mueve, mi Dios”», Príncipe de Viana, 38-39, 1950, pp. 105-110; Leo Spitzer, «No me mueve, mi Dios», Nueva Revista de Filología Hispánica, VII, 1953, pp. 608-617; Ignacio Elizalde, «Sobre el autor del soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte…” y su repercusión en el mundo literario», Revista de Literatura, tomo 13, núms. 25-26, 1958, pp. 3-29; José Jurado, «Dos sonetos espirituales de José de Villarroel: imitaciones del “No me mueve, mi Dios”», Bulletin Hispanique, 77, 1-2, 1975, pp. 125-139; Luce López-Baralt, «Anonimia y posible filiación espiritual musulmana del soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”»Nueva Revista de Filología Hispánica, XXIV, 1975, pp. 243-266; John V. Falconieri, «“No me mueve, mi Dios” —y su autor», en Eugenio de Bustos (ed.), Actas del cuarto Congreso Internacional de Hispanistas, vol. 1, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1982, pp. 491-500; Mark Kelly, «The Sonnet “No me mueve, mi Dios” and Sant John of the Cross», Bulletin of Hispanic Studies, 62.3, 1985, pp. 281-288; Manuel Alvar López, «Un aviso de San Juan de la Cruz y el soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», en Homenaje al profesor Darío Cabanelas Rodríguez, O.F.M., con motivo de su LXX aniversario, Granada, Universidad de Granada-Departamento de Estudios Semíticos, 1987, vol. 2, 1987, pp. 383-386; Margherita Morreale, «Apuntaciones para la lectura del soneto anónimo “No me mueve, mi Dios, para quererte” y del de Gabriel Fiamma “Qual paura, qual danno o qual tormento”», en Alberto Porqueras Mayo y José Carlos de Torres Martínez (coords.), Francisco Mundi Pedret (dir.), Estudios sobre Calderón y el teatro de la Edad de Oro. Homenaje a Kurt y Roswitha Reichenberger, Barcelona, PPU, 1989, pp. 419-456; Abilio Enríquez Chillón, «Sugerencias en torno al soneto “No me mueve, mi Dios”», Naturaleza y gracia. Revista cuatrimestral de ciencias eclesiásticas, 2, 2002, pp. 297-332; Gabriel María Verd Conradi, «El P. Roque Menchaca, San Ignacio y el soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», Archivo Teológico Granadino, 67, 2004, pp. 111-148; José Eugenio Uriarte, «Apuntamientos y extractos para una disertación sobre el soneto: “No me mueve, mi Dios, para quererte”: edición, notas y comentarios de Gabriel María Verd Conradi, S. I.», Archivo Teológico Granadino, 68, 2005, pp. 111-152; Gabriel María Verd Conradi, «El soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte” y su versión latina en los Países Bajos», Archivo teológico granadino, 69, 2006, pp. 49-70; Arnulfo Herrera, «Un avatar de San Francisco Xavier en su autoría del soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», en Ignacio Arellano Ayuso, Alejandro González Acosta y Arnulfo Herrera (eds.), San Francisco Javier entre dos continentes, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007, pp. 123-132; Gabriel María Verd Conradi, «San Francisco Javier y el soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», en Congreso Internacional «Los mundos de Javier»: Pamplona, 8 a 11 de noviembre de 2006, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo, Institución «Príncipe de Viana»), 2008, pp. 487-508; Gabriel María Verd Conradi, «San Ignacio de Loyola y el soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», Archivo Teológico Granadino, 75, 2012, pp. 99-166; Gabriel María Verd Conradi, «Santa Teresa de Jesús y el soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», Archivo Teológico Granadino, 76, 2013, pp. 191-239; Gabriel María Verd Conradi, «“En tus penas el orbe sentimiento”. Una glosa hispano-mexicana del soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», en Alain Bègue y Antonio Pérez Lasheras (eds.), Hilaré tu memoria entre las gentes: estudios de literatura áurea (en homenaje a Antonio Carreira), Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2014, vol. 2, pp. 327-342; Gabriel María Verd Conradi, «Fray Miguel de Guevara (O.S.A.), Alberto María Carreño y el soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», Archivo Teológico Granadino, 77, 2014, pp. 5-91; Gabriel María Verd Conradi, «Historia de la atribución a San Francisco Javier del soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», Archivo Teológico Granadino, 78, 2015, pp. 27-104; Gabriel María Verd Conradi, «Las poesías del manuscrito de Fray Miguel de Guevara y el soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”», Nueva Revista de Filología Hispánica, 65.2, 2017, pp. 471-500; Gabriel María Verd Conradi, «El texto-tipo moderno del soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”: en busca de una versión común», La Perinola. Revista anual de investigación quevediana, 25, 2021, pp. 301-324. Remito también a un trabajo de Elvezio Canonica disponible on line«Una oración en forma de soneto: “No me mueve, mi Dios, para quererte”. Entre espiritualidad jesuítica y mística sufí». En estos otros enlaces puede escucharse el soneto recitado por Jorge Trujillo Ortiz o cantado por Ximena Gray.

«Pastor que con tus silbos amorosos…», de Lope de Vega

Los muchos años de zozobras de Lope de Vega, de vaivenes de la carne al espíritu… y vuelta a la carne, de grandes pecados y grandes arrepentimientos, culminarían con la impresión, en 1614, de sus Rimas sacras, colección poética en la que el yo lírico hace balance de su situación, se humilla ante Dios y pide compungido perdón por su descarrío, del que ahora se da plena cuenta (por ejemplo, en el soneto que comienza «Cuando me paro a contemplar mi estado…»). Y, así, las Rimas sacras son el resultado lírico de esa honda crisis espiritual:

Yo me muero de amor, que no sabía
—aunque diestro en amar cosas del suelo—,
que no pensaba yo que amor del cielo
con tal rigor las almas encendía.

El amor a Dios, el dolor de haberle ofendido y el arrepentimiento (que parece sincero) se plasman en bellísimos sonetos intensamente emotivos, como el que empieza «No sabe qué es amor quien no te ama…»; o este otro, que hoy me limito a transcribir[1]:

Pastor que con tus silbos amorosos
me despertaste del profundo sueño;
Tú que hiciste cayado de ese leño,
en que tiendes los brazos poderosos,

vuelve los ojos a mi fe piadosos,
pues te confieso por mi amor y dueño,
y la palabra de seguir te empeño
tus dulces silbos y tus pies hermosos.

Oye, pastor, pues por amores mueres,
no te espante el rigor de mis pecados,
pues tan amigo de rendidos eres.

Espera, pues, y escucha mis cuidados;
pero ¿cómo te digo que me esperes,
si estás para esperar los pies clavados?

Cristo crucificado, de Velázquez


[1] Como mínima referencia bibliográfica remito a Emilia I. Deffis de Calvo, «La figura del pastor en dos sonetos místicos de Lope de Vega», Rilce. Revista de Filología Hispánica, 5.2, 1998, pp. 273-284.

Literatura española del ciclo de la Pasión

Puede afirmarse sin temor a equivocarse que los grandes temas abordados por la literatura son, en realidad, muy pocos en número, y que esos temas responden a las grandes preguntas que se ha hecho el hombre, a lo largo de todos los tiempos, acerca del amor y la amistad, la vida y la muerte, la religiosidad y el deseo de trascendencia… Tales son, en efecto, los grandes temas de la literatura universal. Por supuesto, alrededor de esos temas mayores existen constelaciones de subtemas, cada uno de ellos con una amplia gama de motivos asociados; pero, en cualquier caso, los grandes núcleos temáticos de la literatura responden a esas inquietudes del hombre y a esos enigmas de la vida humana.

Pues bien, uno de esos grandes temas literarios viene determinado, sin duda, por la idea religiosa, ya se trate de la reflexión poética sobre la existencia de Dios y de su presencia en nuestras vidas, de la celebración de las festividades religiosas, del misterio de la muerte y la trascendencia hacia una vida eterna… Así pues, dentro de esta literatura de tono y contenido religiosos, podemos distinguir distintos núcleos temáticos, algunos de los cuales vienen a coincidir con los ciclos litúrgicos de la Iglesia católica.

En este sentido, por señalar dos ejemplos señeros, la literatura inspirada por la Navidad y la literatura relacionada con la Semana Santa han sido materias especialmente productivas. A la literatura de Navidad he dedicado mi atención en otras ocasiones[1]; hoy, dadas las fechas en que nos encontramos, toca acercarse, siquiera brevemente, a esa otra literatura relacionada con la Semana Santa, y hay que comenzar diciendo que podemos encontrar numerosos textos, tanto en prosa como en verso, que evocan poéticamente la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo y que reflexionan acerca de su importancia para los cristianos: desde el Arcipreste de Hita en el Libro de Buen Amor, hasta destacados poetas españoles del siglo XX como Gerardo Diego, Luis Rosales o Dionisio Ridruejo, entre otros, sin olvidar a autores hispanoamericanos tan notables como Gabriela Mistral, Vicente Huidobro o Jorge Luis Borges.

Cristo crucificado, de Giotto Di Bondone

En estas composiciones relacionadas con la Semana Santa y la Pasión de Cristo vamos a encontrar una gran variedad de enfoques; no de tonos (porque el tono aquí es siempre grave), pero sí de focalizaciones literarias: es decir, dentro de ese tema general, existen numerosos detalles concretos en que puede centrarse la inspiración del poeta o escritor. Por ejemplo, los textos medievales del Arcipreste de Hita destacan la maldad y ceguedad de los judíos, el pueblo deicida; otros autores pueden poner de manifiesto el valor salvífico de la sangre derramada del Cordero; otros, por su parte, resaltarán la ingratitud del hombre, que a veces permanece insensible frente al dolor del Hijo de Dios humanado; algunos textos se centran más bien en los instrumentos de la Pasión (cruz, clavos, corona de espinas…), o bien en el dolor y la soledad de María, la Madre de Jesús, etc. En cualquier caso, el objetivo fundamental de casi todas estas composiciones es el de emocionar y conmover (movere) al receptor.

Convengamos, pues, en que es esta una materia verdaderamente abundante. Aquí, en las entradas de los próximos días, ofreceré tan solo una pequeña selección de textos.


[1] Véase mi trabajo La Navidad en las letras españolas y en los poetas navarros, Pamplona, Universidad de Navarra, 2006, así como varias entradas de este mismo blog en los meses de diciembre-enero.

La Navidad de los poetas navarros: final

La lista de poetas navarros que han cantado —y siguen cantando en nuestros días— el nacimiento de Cristo podría ampliarse largamente; pero hoy, con la festividad del Bautismo de Jesús, termina ya el ciclo litúrgico de la Navidad y convendrá cerrar igualmente con algunos nombres últimos esta serie de «La Navidad de los poetas navarros», complementaria de la anterior «La Navidad en las letras españolas».

Bautismo de Jesús

Varios poemas navideños tiene, por ejemplo, Carlos Baos Galán. De entre los que incluye Arbeloa en su antología, recojo el titulado «Coplas para andar por la Noche de Belén»:

A este lado del mundo,
en esta orilla
donde el hombre se encuentra
sin lejanías…
En esta orilla
Belén es cielo abajo
y tierra arriba.
Un pobre establo
redime en el sendero
leguas y años.
Un aire, erguido
de promesas cumplidas,
riega el sentido.
Y el horizonte
diluvia cercanías
de Dios y el hombre.
Todo es un huerto,
un caudal de raíces
de amor entero.
Frío encendido
por pastores y ángeles
amanecidos.

… En esta orilla
donde el hombre se encuentra,
Belén respira.
Respira siglos
de sangres arribadas
a su destino.
Sobre la rosa
de los vientos que marca
rutas sin sombra.
La vida empieza
a tener argumento
de vida nueva.
De alta palabra
en el mástil del tiempo.
Sonido de agua.
De agricultura
de trigo pregonado
desde la altura.

… En esta orilla,
la paz nace entre pajas
y no termina.

En esta orilla
del mundo, Belén arde
muertes vencidas.
Todo se alza
junto al Niño, a la sombra
de la esperanza.
Y todo es bueno
en la noche, entre el gozo
de lo más cierto.
… Entre el caliente asombro
del pensamiento.

Blanca Urabayen, en su libro Besos de otoño. Relatos y poesía (Estella, 2000), da entrada a algunas narraciones navideñas («Navidad, paisaje y poesía», «Navidad en la portada») y también a dos composiciones poéticas tituladas «Navidad lejana, feliz Navidad» (evocación de la Navidad de una «vieja chapada a la antigua») y «Caminando la Navidad» (reflexión lírica sobre la puntual cita de esta gozosa Fiesta, que cada año viene «preñada de gloria y de gracia celestial»).

Recordaré que otro poeta y pintor navarro, Alfredo Díaz de Cerio, tiene reunidas sus composiciones navideñas bajo el título De Navidad a Nochevieja. Copio aquí la primera parte de su poema «La otra Navidad»:

Ha crecido la Navidad en nuestras manos. Ha crecido
como una rosa de oro en el techo del mundo,
como una flor transparente y lejana en la ciudad
que amé, que amamos en los días de invierno.

Navidad, niño perdido entre la nieve mansa
de diciembre. Teníamos entonces
la edad primera de los campos —ese leve verdor
de alguna rama todavía frutal y misteriosa—.
El musgo nos hacía cosquillas en los dedos y madre
olía a mazapán y fuego lento, y todas las preguntas
volaban a sus ojos por un camino lleno
de luces amarillas y manteles en flor.

Mira, todavía tintinea en los cielos la luz
que acarició mi infancia; todavía escribe alguien
una postal desde muy lejos con palabras de humo
y dibuja en la arena la huella de mis pasos.

En fin, terminaré mencionando a Ángel de Miguel, poeta castellano-navarro afincado en Estella, quien nos brinda un precioso y cantarín «Villancico de la Fuente de Irache»:

Villancico líquido,
la Fuente de Irache:
Navidad sonora
del Niño que nace.
Música del agua
que a estrellas nos sabe,
a Jesús le suena
a nana de Madre.
Murmullo del vino
en zambomba suave,
los astros se embriagan
con la luz del Padre.
El agua y el vino:
la Fuente de Irache;
Jesús y María,
siempre manantiales.

La Navidad de los poetas navarros: Jesús Górriz Lerga

Otro poeta que se ha acercado con fina sensibilidad al tema navideño es Jesús Górriz Lerga —quizá su nombre, Jesús, le predispone a ello, como a los “Ángeles” que mencionaba en una entrada anterior—. En efecto, tiene todo un libro, del año 1994, dedicado a este asunto, de bello e ilustrativo título: Memorial del gozo, porque gozo e inmensa alegría es lo que nos trae la Navidad. Además de mencionar algunos títulos de poemas tan sugerentes como el «Villancico del payaso que adoró al Niño en representación de todo el circo» o el «Villancico del hombre del siglo XX», quiero copiar el titulado «Villancico del anuncio gozoso», que dice así:

¡Echa pregón, pregonero;
grita tu pregón de gloria!

Que despierte el mundo entero
y reviva la memoria
al son de la Buena Nueva.

¡Echa pregón, pregonero,
mientras la tierra se nieva
y en el frío de la cueva
nos nace el Dios verdadero!

(Ya el arcángel mensajero
lo anunció con su mensaje,
a los pastores primero,
y al resto del paisanaje…)

¡Grita el pregón, pregonero,
y desborde la alegría
este anuncio que nos llega
entre las claras del día:
LA VIRGENCICA MARÍA
HA DADO A LUZ, EN BELÉN,
A JESÚS, EL DIOS HERMOSO…

Belén es maravilloso
por los siglos de los siglos,
amén.

También podemos recordar su «Villancico del vagabundo»:

¿No había posada
para ti en Belén…?
No me extraña nada:
a los vagabundos
nadie quiere bien.
Pero eso… ¿qué importa?
En este portal,
si bien se le mira,
no se está tan mal…
Y eso que la noche
va en nuestro favor
y llena de estrellas
todo alrededor.
¿No había posada
para ti en Belén…?
Te lo dije antes:
a los caminantes
nadie quiere bien.
Ya voy viendo claro.
¿Tú has venido al suelo,
y vienes de arriba,
nacido del cielo?
¡Bienhaya la dicha
de nacer en cueva!,
que es cosa de pocos
—y que no se lleva—.
La brisa acaricia
el sueño del hombre
que va por el mundo
sin lucir su nombre.
¿No había posada
para ti en Belén…?
¿Y nadie le dijo
a tu madre… ven?
Yo tampoco tuve
sitio en el mesón.
Cosa que me alegra
ya, de corazón.

La Navidad del vagabundo

En fin, de ese mismo poemario es el «Villancico del corolario que resume el gozo», que constituye una  lograda síntesis poética de la esencia de la alegría de la Navidad:

Amorosamente Dios
Verdaderamente vino
Hermosamente al portal
Indefensamente niño.
Felizmente nos nació
Gozosamente en Belén
Silenciosamente Dios
Rematadamente bien.

Ya en 1968, Górriz había publicado en la revista Pregón unos «Gozos para entonar en la Nochebuena», de influencia clásica, tal vez guilleniana, al decir de Arbeloa:

¡Aleluya, aleluya,
que floreció el tomillo!
Nace Dios en Belén
y el mundo tiene brillo.

¡Aleluya, aleluya,
toda la nieve es hielo!
El establo perdido
cobra fulgor de cielo.

¡Aleluya, aleluya,
el agua de la fuente
sabe a mieles y a vino
de modo permanente!

………

¡Aleluya, aleluya,
los Tres Reyes de Oriente
adoran al Dios Niño
y se pasma la gente!

¡Aleluya, aleluya,
la noche se ha incendiado!
La voz suena a concierto,
el aire huele a nardo.

¡Aleluya, aleluya,
se apaga el Nacimiento!
Pero lo vemos todos
claramente por dentro.

Podemos recordar por último su «Romancillo de la Natividad del Señor», «casi familiar, de puro clásico», de nuevo en palabras de Arbeloa:

A la media noche
se inundó el Portal
de luz y aleluyas
y olor celestial.

Dios era nacido
en carne mortal
de Santa María,
Madre Virginal.
A la media noche,
toda de cristal…

Trajeron panderos
Florencio y Pascual,
flautas y rabeles
trajo cada cual,
con gran alborozo
de tan buen Zagal.

A la media noche,
entre el palmeral
que a la vieja gruta
sírvele de umbral,
Dios era nacido,
en carne mortal,
de Santa María,
Madre sin igual.

Fue cosa de puro
gozo elemental…
A la media noche
Dios vino al Portal.

La Navidad de los poetas navarros: Víctor Manuel Arbeloa

A Víctor Manuel Arbeloa hay que recordarlo en este recorrido por la Navidad de los poetas navarros en un doble sentido. Por un lado, es autor de dos poemarios de tema navideño: Dios es hombre para siempre: cantos y llantos de Navidad (Salamanca, Sígueme, 1966) y Nuevos cantos y llantos de Navidad (Estella, Verbo Divino, 1977), que fueron reunidos después en un solo volumen titulado Toda la Navidad (1989). Por otra parte, ha recopilado un libro antológico sobre La Navidad en la poesía navarra de hoy (Pamplona, edición del autor, 1987), muy útil para quien quiera profundizar en la lectura de otros poemas. En fin, más tarde volvió a recoger algunos poemas navideños suyos en La otra Navidad (Estella, Verbo Divino, 1993).

Arbeloa es, en efecto, un escritor importante para el tema que nos ocupa, pues con sus obras vino a renovar el panorama de la poesía navideña, no solo en el ámbito navarro, sino en el conjunto de la poesía española. Cabe destacar, en muchos de sus poemas, la mezcla de la Navidad con una clara temática social, como reflejan los títulos de Nuevos cantos y llantos de Navidad: «Villancico a Rafael Alberti», «Entre el frío y el hambre», «Navidad en las chabolas», «Réquiem navideño por el Che Guevara», «Casas de Sicilia», «Guerra entre judíos y árabes», «Los magos del petróleo», «Villancico al P. Camilo Torres», «Canción del niño pastor», «Muchachitos de Praga», «Los niños de Extremadura», «Belenes del siglo XX», «Elegía a Martín Lutero King», «Letrilla al soldado norteamericano en Vietnam», etc. (el libro, lo recordaré, no pudo publicarse hasta 1977, y esa era la época complicada de los primeros momentos de la transición hacia la democracia en España).

En el comienzo del «Villancico del pozo del tío Raimundo» (una conocida población suburbial madrileña) leemos:

Los pastores son muy claros,
los ángeles muy oscuros,
el cielo se llama tierra,
los caminos van sin rumbo
hacia chabolas de latas,
de viento y de barro duro.
Los Magos son las quinielas,
el sueño, el vino y el fútbol.

Los inocentes del Sur
aquí buscaron refugio,
huyendo de los Herodes
con corazones de puño
que van siguiendo a los pobres
con sus anillos de pulpo.

Navidad en la chabola

Arbeloa canta también la Navidad del dinero y el poder:

Dios ha nacido
en la Wall Street.

El dios del dólar
y de Caín.

Le cantan nanas
Ian Smith,
los banqueros de Londres
o de Madrid.

Cien mil marines
con su fusil.

O vierte sus preocupaciones sociales en letrillas cáusticas como estas:

Obrero,
¿te han puesto en este belén
para tocar el pandero?
¡Qué bien!

… … …

Un poco más de valor,
mi señora sensiblera.
¿Era el establo peor
que el cuarto de la portera?

La idea de que las cosas deben cambiar, de que hay que hacer algo más que dar besos, la encontramos al comienzo del poema «Cancionero muy real de Navidad», donde leemos esta versión de un célebre villancico:

San José al Niño Jesús
un beso le dio en la cara,
y el Niño Jesús le dijo:
—Con besos no arreglas nada.

En otros poemas se repite un estribillo sorpresivo:

¡Déjenlo crecer!
«Este niño hermoso»
les dará que hacer.
No es tan delicioso
como algún meloso
puede pretender.
¡Déjenlo crecer!
Entonces veremos
lo que muchos “buenos”
le harán padecer.
¡Déjenlo crecer!

A veces el poema adopta la forma de nana para dormir al Niño:

Duerme, paloma blanda,
panal de nieve,
estrella recortada,
luna creciente.

… … …

Antes de que los hombres
que no te quieren
quieran verte despierto,
mi Niño, duerme.

Que tu madre te guarda
senos calientes
y unos besos de virgen
cuando despiertes.

O bien, se anticipan en los versos dedicados al nacimiento los sufrimientos de la Pasión, como era tradicional en este tipo de poesía en la época clásica:

Como las ramas
del pino
son los dos brazos
del niño.

Redondas
como los clavos
tiene mi niño
las manos.

Generosa y dócil
como una tabla
tiene mi niño
la espalda.

En definitiva, Víctor Manuel Arbeloa es uno de los poetas navarros que más y mejor contribuyeron a renovar el panorama de la poesía navideña, y lo hizo utilizando múltiples y variados registros, que van desde los más tradicionales a otros modernos, como la inclusión en sus poemas de la problemática social española de los años 70.

La Navidad de los poetas navarros: José María Pérez-Salazar

Capítulo aparte merece José María Pérez-Salazar, periodista pamplonés nacido en 1912. Está también muy vinculado al núcleo de Pregón, en cuyas páginas, en la Navidad de 1948, publicó un hermoso romance del más puro estilo villancístico, en el que emplea dos rimas distintas:

La buena noche es llegada,
pastores, la Noche Buena.
Ya alumbra largos caminos
lumbre de largas hogueras,
y canta el cielo luceros
y canta limpias estrellas.
Ya cantan ríos y fuentes
rumor de las aguas nuevas;
cantan, alegres de pájaros,
los árboles y las selvas,
y canta flores de Virgen
el prado de nieve fresca.
¡Venid, pastores, al alba,
que el Alba se hizo pureza!
Caminos son de Belén
los que a maravilla llevan.

La Virgen lava pañales
en lo más hondo del río
mientras San José los tiende
en un romero florido…
Estaban las aguas limpias
más que estuviera el rocío,
y el Niño estaba llorando,
porque el Niño tiene frío.
Ya tejieron las estrellas
un paño de lienzo fino
en los telares del cielo,
y un ángel se lo ha traído.
—¿Adónde vas, el pastor,
por este largo camino?
—Voy al Portal de Belén.
Voy a adorar a ese Niño.

En Pregón, invierno de 1952, salió este lindo y musical romance de estructura paralelística, recogido más tarde en su libro Caminos de la tarde (1992):

Bien haya, que el Niño duerme.
Bien haya, que está dormido.
Ríen las flores, bien haya,
con el temblor del rocío.
Bien haya, que duermen, duermen
las sendas y los caminos
que a Ti conducen, bien haya,
y en Ti despiertan dormidos.
Bien haya, porque tu sueño
es el alba que ha venido.
Campanas blancas, bien haya,
que las mueve el Niño, Niño,
¡ay, con sus manos, bien haya,
y es el silencio el sonido!
Bien haya quien oye, oye,
este su toque infinito.
¡Campanas de Dios, bien haya!
¡Bien haya quien las ha oído!

Campanas de gloria que pregonan el gozo de la Natividad del Señor. Para Arbeloa, «el poema transcrito es una especie de saludo gozoso a toda la creación que rodea al Nacimiento dentro de la mejor tradición bíblica»[1]. Un año más tarde, en 1953, publica Pérez-Salazar el soneto «Carne de Dios»:

Carne de Dios venida a creatura
concebida en la luz de la pureza,
cuando la voz del ángel llama y reza
«Dios te salve», porque eres la más pura.

Ya el rigor de la noche te asegura
un aterido trono en la pobreza,
pues se cerró la puerta con fiereza
a que llamaba el cielo con presura.

Senda de ingratitud amarga y fría
en riguroso hielo así cerrada
a quien el sol enciende. Dios venía

y el parto de la luz no halló morada
mientras la voz del cielo repetía:
«Llamé, pero no oíste mi llamada.»

Además, gracias a la generosidad de su hija, la Prof.ª Carmela Pérez-Salazar, del Departamento de Filología de la Universidad de Navarra, puedo ofrecer la transcripción de algunos otros poemas navideños suyos, sonetos no recogidos en ninguno de sus libros[2], como el titulado «Palmera»:

Grácil copa del viento. Seno. Cuna
donde duerme la noche y nace el día,
donde se mece el sol. Epifanía
de todas las estrellas hechas una.

El aire tiene sal; la brisa, espuma,
y sueñan mil espadas, en porfía,
un combate de luz sin agonía,
herida el alba en éxtasis de bruma.

No te vayas, amor. Goza la suave
aventura de verte traspasado
por un dardo velero. Sueño. Nave

donde navega un eco sosegado
hecho distancia que disputa al ave
un vuelo quieto, eterno, inacabado.

Otro lleva por título «Cuna de aurora»:

Así, como rocío en una rosa
—cuna de aurora, luz enamorada—,
esta carne de Dios, nueva y rosada,
pura, a la vez, como ninguna cosa.

Aquí, María. El alma le rebosa.
Y José, el carpintero. Su mirada,
presa de amor, humilde, sosegada
en la quietud de noche rumorosa.

¡Ya se anuncia, Señor, un alba clara
al pastor, a la oveja y al sendero!
¡Ya crepita la luz sobre la jara!

¡Qué despertar de espliego y de romero!
¡Qué júbilo de estrellas se dispara!
¡Qué tierna la presencia del lucero!

Rosa blanca con rocío

De gran belleza son los dos tercetos que cierran el soneto, donde también se pregona el alba —el nacimiento— de Dios. Vemos además cómo algunas imágenes y metáforas se reiteran en estos poemas para nombrar a la Virgen y al Niño nacido: Alba, Sol, Lucero, etc. Otro soneto, sin título, dice así:

Ríe José. Está junto a María,
con el gozo saltándole en el pecho.
Y ríe el Sol, ya cuna, fuego, techo,
convidando de luz a la alegría.

Ríe el pastor. La noche estalla en día.
La tierra siente fruto en el barbecho.
Los caminos del alba se hacen lecho
de la primera huella en nieve fría.

Maravillosamente se abre el cielo.
Una legión de Dios se asoma y canta,
llamando a gloria, júbilo y promesa.

¡Oh, celestial asombro en noche santa!
Cuando todo es amor, vida y anhelo
en blanco despertar de aurora ilesa.

Y uno más, también sin título, pero fechado en 1990:

Con el alba mecida entre sus manos
la Virgen hizo blancos los caminos,
alumbrando de pasos peregrinos
la distancia, los montes y los llanos.

Se juntaron inviernos y veranos
en unidad de rumbos y destinos.
Y se escucharon ecos, ya divinos,
en la noche de paz de los arcanos.

La Virgen, entre tanto, sonreía
en la quietud, la gracia y la dulzura
que acompaña la luz de la llamada.

Era tanto su gozo, su ventura,
que todo ante sí misma parecía
una gran soledad acompañada.

Como hemos podido apreciar, el tema navideño ofrece una recurrencia especial y muy lírica en la poesía de José María Pérez-Salazar.


[1] Víctor Manuel Arbeloa, La Navidad en la poesía navarra de hoy, Pamplona, edición del autor, 1987, p. 38.

[2] Son tarjetas de felicitación navideña, con textos poéticos de José María Pérez-Salazar ilustrados con dibujos de su hija Carmela Pérez-Salazar.

La Navidad de los poetas navarros: el entorno de «Pregón»

Seguimos todavía en tiempo litúrgico de Navidad (tras la Natividad y la Epifanía, queda todavía la festividad del Bautismo de Jesús), y continuamos, por tanto, con el examen de la Navidad de los poetas navarros.

Un núcleo importante de poesía navideña va a publicarse en la revista Pregón (años 40-70) o por parte de escritores de su entorno. Así, Faustino Corella Estella tiene un poema de 1951, «En Belén está ese cielo», cuyos versos finales rezan así:

En Belén está ese cielo
donde el día se hizo noche,
carne infantil de esperanza
y el Hijo de Dios es hombre.

Más tarde este autor publicó todo un libro de Villancicos. Temas navideños (Pamplona, Gráficas Areta-Amondarain, 1961).

José Díaz Jácome (periodista natural de Mondoñedo, pero afincado en Pamplona) publica en el número de Navidad de 1946 de Pregón una composición con huellas de la poesía tradicional gallega:

La Virgen goza tibias
perlas de llanto.
El Niño resplandece
—flor de milagro—.
San José, pensativo,
lo está mirando.

—Cala, ña xoia,
Rey de la Gloria.

En el establo huele
a romería.
Los pastores, que traen
fiesta de esquilas,
están diciendo al Niño
su melodía.

—Durme, meniño,
Clavel cautivo.

Se ha parado la dulce
gracia del trino.

Solo canta el silencio
con voz de nimbo.
El latido de todo
llora de frío.

—Pecha a boquiña,
Rey de la Vida.

Sube, sube, glorioso
como un incienso,
el aliento del buey
hacia los cielos.
Las alas de un querube
le dan más vuelo.

—Pecha os ollinos,
Cordero mío.

Perlas de llanto

En el mismo número publica otro «que es una donosura», en opinión de Arbeloa:

En lo alto del otero
hay un nido de pastores.
La nieve cerca a la nieve.
El aire huele a canciones.

¡Ay, río ledo,
dame el escorzo de los corderos!

Cada pastor tiene un sueño,
un rebaño y una flauta.
Cada rebaño, la risa
silvestre de una zagala.

¡Ay, senda amiga,
dame la fiesta de las esquilas!

En la alta noche la estrella
enciende un nuncio gozoso.
La hierba, bajo la escarcha,
llora un íntimo alborozo.

¡Ay, musgo breve,
dame el latido fiel de la nieve!

Por los caminos en fiesta
hay un milagro de flores.
Cantan maitines de gloria
las flautas de los pastores.

¡Ay, dulce alba,
dame la pura luz que nos salva!

El tudelano Luis Gil Gómez saca en Pregón, Navidad de 1965, el romancillo titulado «Cántico de paz», que ofrece esta «encantadora descripción del parto»[1] de María:

La noche azulada
girando su rueda
traspuso el recodo
de las leyes viejas.
En las huecas fosas
de cal y de piedra
movieron sus huesos
antiguos profetas.
Señor San José
descuidó la azuela
y endulzó los ojos
un temblor de abeja.
Señora María,
toda rosa y cera,
se oprimió las manos,
dobló la cabeza
y alumbró un Infante,
la flor de Judea.

Víctor Manuel Arbeloa ha valorado así la producción de estos años:

Hay en toda esta tradición navideña, incluso en la mejor […], demasiados lugares comunes, demasiado tomar a la letra el ámbito geográfico del relato bíblico que se viene arrastrando desde los balbuceos del lenguaje medieval. Todo esto que, en los primeros siglos de la lengua escrita, pareció genuino y nuevo, en los últimos años llega a fatigar y a inutilizar aun los más perfilados logros formales. Hay en todos estos poemas que se escriben en Navarra, igual que en el resto de España, un hartazgo de mieles, una orquesta interminable de flautas y rabeles, un batallón pesadísimo de pastores, que saben, que tocan, que hablan, respectivamente, lo mismo que hace cinco o diez siglos[2].

Sigamos recordando algunos otros nombres: Cástor Olcoz, en su primer libro de poemas, del año 1975, incluye el soneto «La Navidad fenece con el día», que «apunta sin miedo a las varias degradaciones de la fiesta divina y humana»[3]:

La Navidad fenece con el día
si cristaliza en musgo o en abeto
y de Belén apenas es boceto
si toda se disuelve en melodía.

Es hueca y desfasada letanía
transcrita sin pudor en un panfleto
si el mensaje se trueca en un boleto
que promete ilusión de romería.

Y si su voz es solo un balbuceo,
eco senil confuso y estridente
del misterio perenne que refleja,

no hay anuncio real, solo siseo,
ruido ambiental que aturde, solamente,
feria cabal, pregón de nochevieja.

Por su parte, el Padre Valeriano Ordóñez tiene algunas canciones navideñas, como la titulada «Tus ojuelos», bellísima (recogida en el capítulo «Tiempo de Navidad» de su libro Intenta orar cantando, Madrid, 1969):

Tus ojuelos me dicen
que vives de amor,
que lloras como un niño
y amas como un Dios.

Por mirar tus ojos
una estrella nace,
y estrellas del alma
en tus ojos abres.


[1] Víctor Manuel Arbeloa, La Navidad en la poesía navarra de hoy, Pamplona, edición del autor, 1987, p. 43.

[2] Arbeloa, La Navidad en la poesía navarra de hoy, p. 39.

[3] Arbeloa, La Navidad en la poesía navarra de hoy, p. 41.