El «Soneto a Jesucristo» de Bartolomé Llorens

¿Quién me presta una escalera
para subir al madero,
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?
(saeta popular y Antonio Machado,
popularizada por Joan Manuel Serrat,
aquí a dúo con Camarón)

Vaya para este Viernes Santo el «Soneto a Jesucristo» de Bartolomé Llorens (1922-1946), perteneciente a su poemario Secreta Fuente, publicado póstumamente por Adonais en 1948, selección y prólogo de su amigo Carlos Bousoño. El poema constituye un apóstrofe a «Cristo mío» (v. 1), «Jesús» (v. 13). Los dos cuartetos y el primer verso del primer terceto son una enumeración de distintos elementos relacionados con la Pasión de Cristo (corona de espinas, clavos, sudor y lanza, a cada uno de los cuales se dedica un par de versos; llagas, dolores y agonía, unidos en enumeración en el v. 9). En los vv. 10-11 el yo lírico indica que tales instrumentos de la Pasión (arma Christi) los siente arder en sí, abrasando en dolor su alma. En fin, el segundo terceto pone de relieve lo dulce (adjetivo repetido: «¡qué dulce, cuán dulce este tormento!, v. 12) de ese dolor, oxímoron de sabor barroco, y el remate es la afirmación de la voluntad del hablante de crucificarse por Jesús «si así evitase yo tu sufrimiento» (v. 14). Este es el texto completo del soneto, que ilustro con el cuadro anónimo de época virreinal «Cristo con los instrumentos de la Pasión» (Museo Amparo, Puebla, México):

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La corona de espinas, Cristo mío,
que fiera te mordió la pura frente;
los clavos que tu carne transparente
hendieron, apagando en ti su frío;

el acerbo sudor, letal rocío
que te empapó la carne amargamente;
la lanza con que abrió la oculta fuente
de tu costado el centurión impío.

Tus llagas, tus dolores, tu agonía
en mí los siento arder, en mí los siento
abrasando en dolor el alma mía…

Mas ¡qué dulce, cuán dulce este tormento!
Por ti, Jesús, me crucificaría
si así evitase yo tu sufrimiento[1].


[1] Bartolomé Llorens, Secreta Fuente, en Juan Ignacio Poveda, Bartolomé Llorens. Una sed de eternidades, prólogo de Carlos Bousoño, Madrid, Ediciones Rialp, 1997, p. 138. Cito por Cantaré tus alabanzas. Selección de poesías para orar, recopilación, presentación y notas de Manuel Casado, Madrid, Ediciones Rialp, 2006, p. 141.

Un soneto «A Cristo en la Cruz» de Lope de Vega

Tres jueves hay en el año
que relucen más que el sol:
Jueves Santo, Corpus Christi
y el día de la Ascensión
(popular)

Ya en años anteriores hemos dado entrada en este blog a poemas de Lope de Vega dedicados a la Pasión y Muerte de Cristo. Así, por ejemplo, los titulados «A Cristo en la Cruz» (romance), «A la despedida de Cristo nuestro bien de su Madre Santísima», «A la muerte de Cristo Nuestro Señor» o «Al entierro de Cristo», además del soneto que comienza «Muere la vida y vivo yo sin vida…» o el célebre «Pastor que con tus silbos amorosos…». Vaya para este día de Jueves Santo una nueva composición del Fénix —¡gran pecador y gran arrepentido!—, el Soneto LXXIII de sus Rimas sacras, «A Cristo en la Cruz», que muestra el arrepentimiento del hablante lírico, que se sabe alejado de Dios («¿adónde voy de tu hermosura huyendo?», v. 2; «las espaldas pude yo volverte», v. 13), conoce sus pecados («tu rostro ofendo», v. 3) y se avergüenza de ellos («me avergüence de ofenderte tanto», v. 8); y que se dirige contrito en apóstrofe a «Cristo santo» («vida de mi vida», v. 1, y «mi dulce amor», v. 10). Nótese además el bello encabalgamiento de los vv. 9-10, «mis perdidos / pasos», que resalta, desde el punto de vista rítmico, el estado de «confuso espanto / de ver que me conozco y no me enmiendo» (vv. 5-6).

Cristo en la Cruz, de Federico Barocci
Cristo en la Cruz, de Federico Barocci.

Este es el texto del soneto:

¡Oh vida de mi vida, Cristo santo!,
¿adónde voy de tu hermosura huyendo?
¿Cómo es posible que tu rostro ofendo,
que me mira bañado en sangre y llanto?

A mí mismo me doy confuso espanto
de ver que me conozco y no me enmiendo;
ya el Ángel de mi guarda está diciendo
que me avergüence de ofenderte tanto.

Detén con esas manos mis perdidos
pasos, mi dulce amor; ¿mas de qué suerte
las pide quien las clava con la suyas?

¡Ay Dios!, ¿adónde estaban mis sentidos,
que las espaldas pude yo volverte,
mirando en una cruz por mí las tuyas?[1]


[1] Cito por Lope de Vega, Obras poéticas, edición, introducción y notas de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1989, p. 331, con algún ligero retoque en la puntuación. Figura reproducido en Cantaré tus alabanzas. Selección de poesías para orar, recopilación, presentación y notas de Manuel Casado, Madrid, Ediciones Rialp, 2006, p. 131.

«Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia»: personajes

Respecto a los personajes de esta comedia de magia[1], hay que indicar que se han reducido a los mínimos imprescindibles, tres, «todos de humor, zambra y fiesta», según se nos advierte en la «Introducción»: don Quijote, objeto pasivo de las burlas y engaños; Lucila, maga o hechicera que organiza todas las trazas (es una buena heredera de tantas «damas tracistas y tramoyeras» de la literatura áurea); y su marido Tracañino, mero ayudante que se presta al juego, tras oponer siempre una pequeña resistencia verbal. Estos dos personajes se burlan de un pobre loco, se ríen de él para pasar así un rato divertido (y se supone que con ellos también el espectador).

Don Quijote es un personaje ridículo, casi grotesco, y terminará cantando la palinodia de su locura caballeresca y renunciando a su amada Dulcinea; loco, pollino, pacato, demente, majadero son algunos de los epítetos que le dedican Lucila y Tracañino; otros sintagmas con que lo designan son: don Piltrafas, esqueleto andante, figuronazo andante (sustantivo figurón + sufijo despectivo –azo). Su caracterización física nos lo presenta como retrato de la muerte (si ya el hidalgo era enjuto y avellanado, aquí aparece esquelético y cadavérico, pues sale literalmente de la huesa).

Don_Quijote-Guadalupe-Posada

Es un personaje que ronca al quedarse dormido, del que todos se burlan y al que, en un determinado momento, le dan de palos, como al típico bobo de entremés. No se respeta aquí el más mínimo decoro caballeresco, ni hay rastro alguno de idealidad. Veamos este diálogo:

DON QUIJOTE.- Advertid que, aunque soy vuestro criado,
de caballero andante he sido armado.

LUCILA.- Caballeros tan necios y tan locos
los tratamos en casa a soplamocos.

La obra retoma del personaje cervantino su sentimiento caballeresco (el servicio a la dama que solicita su ayuda, aunque le mande algo indigno, que le degrada, como es el servir de boyero), aunque al final se le obliga a renunciar a sus ideales:

LUCILA.- Desatémosle, pues, y en el instante
deshonorarle de caballero andante.

DON QUIJOTE.- Haced lo que quisiereis, pues conozco
que todo lo merezco por ser loco;
cuando buscando vengo aventuras
tanto he dado que reír con mis locuras.

LUCILA.- ¿Y qué dirá la infanta Dulcinea?

DON QUIJOTE.- No me habléis de eso más, maldita sea,
si he visto yo a esa infanta ni a otra alguna,
ni en el Toboso hay mujer ninguna
que pueda ser infanta ni condesa.
Allí haber puede sólo una alcaldesa
criada con gazpachos y con migas
que en el ayuntamiento va a buscar espigas;
y aunque por todo el orbe conocido
por don Quijote soy, nombre es fingido
porque mi nombre propio y verdadero
es Alonso Quijano. Majadero
crédito di a las supercherías
que encontré en libros de caballerías
y con una afición a ellos sin tasa
abandonando mi quietud y casa
quise de sus amores y combates
seguir tan continuados disparates…

Uno de los recursos más reiterado para lograr la caracterización de don Quijote es el empleo de arcaísmos y otras expresiones lingüísticas que recrean la fabla antigua: finar, facían, non escuché, fermosura, non temas, non duerme, fasta non desfacer, facer, falaz malsía, non te fuyas, plañir, non se oculta, vos tiene esclavizada, non me desvío, non te habrá de valer, simpar fermosa, fasta ahora, finado hubiera, el que fice juramento, ollos ‘ojos’, fincada la derecha mano, facia allí, fermosura bella, vos postréis, fidalgo, vos ofrezco non yantar, fasta non remediar, vos condena, vos lo juro, desfacer cualquiera mal vegada, non se compadezca, fermosa, fermoso dueño, fazañoso, ferido, non se pasme, fazaña, non es fácil, non me atrevo, fermosa peregrina… En un par de ocasiones son los otros dos personajes los que emplean esa fabla arcaizante, y así Lucila se referirá a don Quijote como «hombre fazañoso» o dirá priesa (si bien aquí se trata de una palabra que va en posición de rima con mesa); Tracañino, por su parte, usará el adjetivo fazañeros.

A esa tríada de personajes, habría que añadir el de Dulcinea, no presente en escena, pero sí aludido en varias ocasiones. En cambio, no aparece ni se menciona en ningún momento a Sancho Panza[2].


[1] El texto se conserva en el manuscrito 16.515 de la Biblioteca Nacional de España (Madrid).

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia, comedia de magia burlesca», Anales cervantinos, XXXV, 1999, pp. 309-323. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: comicidad «en obras» (1)

La comicidad «en obras» (de situación y escénica) de La celosa de sí misma[1] es notable, aunque no llega a alcanzar el mismo nivel de la comicidad verbal, de la que me ocuparé en próximas entradas. Esta comicidad de situación se va intensificando en el transcurso de la acción y culmina en la consabida entrevista amorosa de los enamorados al pie de una reja, con la particularidad aquí de que don Melchor asiste a la misma subido a las espaldas de su criado. Pero repasemos acto por acto la comicidad «en obras» de la comedia.

La celosa de sí misma

En el primero, hay dos escenas susceptibles de provocar la comicidad por sí mismas: una es aquella en que Ventura se declara, de forma paralela a su amo, a Quiñones y la vieja dueña le da un bofetón por respuesta. El criado comenta, aludiendo a las reglas del honor, que «Afrenta fue», ya que le ha golpeado «de llano», con la palma de la mano, y esta circunstancia, a diferencia del golpe dado con el puño, era causa de deshonor que exigía una inmediata reparación. También se presta a una comicidad gestual expresiva, con grandes aspavientos de admiración y sorpresa, la escena en que Ventura y don Melchor descubren el contenido del preñado bolsillo de doña Magdalena, del que van sacando una serie de objetos más o menos ridículos: una piedra buena para el mal de ijada, un dedal de plata, un devanador de ébano, algunas sortijas de azabache y vidro, es decir, una serie de baratijas, y no los dineros que el criado esperaba encontrar.

En el acto segundo hay una escena en que Ventura, muy amigo del recibir y poco del entregar, obtiene inesperadamente de sendas mujeres, doña Magdalena y doña Ángela, dos sortijas. Cabe imaginar las manifestaciones de alegría del venturoso criado ante el regalo de tan peregrinas damas que, en lugar de pedir, dan[2]. Por otra parte, el segmento de acción que remata el acto puede dar igualmente mucho juego escénico, y pide, para ser más efectivo, que se ejecute con un ritmo rápido, casi vertiginoso: diversos personajes se despiden desairadamente de don Melchor, que va a quedar confuso al verse abandonado sucesivamente por las mujeres que le amaban, por los caballeros cuya amistad compartía y por su deudo don Alonso (también Quiñones deja a Ventura). La eficacia dramática está en función del ritmo que se imprima a esas breves frases, en réplicas casi cortantes, que todos dirigen a don Melchor, pues cuanto más acelerado sea el ritmo, mayor será el aturdimiento del leonés[3].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] En una próxima entrada analizaré lo relativo a las mujeres y el dinero, al estudiar la comicidad «en palabras».

[3] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

Los personajes de «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada: la reina Urraca

ReinaUrraca.jpgUno de los personajes más importantes, como prueba el hecho de dar título a la novela, es la reina de Castilla y León. Francisco Navarro Villoslada[1] presenta a tan controvertido personaje con tres notas dominantes en su carácter: amor, orgullo y ambición; en los primeros capítulos retrata a doña Urraca como una dama de singular belleza, enamorada en su juventud, cuando era infanta, del caballero don Bermudo de Moscoso, quien la rechazó para casarse en secreto con otra dama de Galicia, la bastarda Elvira de Trava. Entonces ella contrajo matrimonio con el conde Raimundo de Borgoña; mientras duró en su interior el recuerdo del amor puro y apasionado que sintió por don Bermudo, doña Urraca fue una mujer virtuosa, espejo de princesas y de esposas; pero al conocerse la muerte del primogénito de Altamira, su carácter fue cambiando poco a poco. Murió también su marido y entonces, aconsejada por sus nobles, casó con el rey de Aragón y de Navarra, don Alfonso el Batallador:

Verificóse entonces una completa transformación en el carácter de la reina; la aspereza y la ambición de su marido la hicieron apreciar por primera vez lo que antes miraba con indiferencia; de abandonada de sus derechos, hízose guardadora y celosa de ellos; de aborrecedora de todo lo que fuesen negocios de Estado, convirtióse en fautora de intrigas políticas; de tenaz en sus propósitos, en mudable y tornadiza; de mujer sin mancilla, en descuidada de su fama, y de inaccesible y severa, en fácil y seductora.

En efecto, desde ese momento se le han conocido dos amantes, los condes de Candespina y de Lara (de este último ha tenido un hijo llamado Fernando Hurtado). Navarro Villoslada mantiene, por tanto, la fama de liviana atribuida por varios historiadores a la reina; pero, al comenzar la acción novelesca, ella intenta cambiar: Ramiro, el joven paje llevado como prisionero ante su presencia, le recuerda poderosamente a su primer amor, don Bermudo, de ahí el cariño con que lo recibe; esta vez no se trata de un nuevo devaneo de doña Urraca, como todos piensan, sino de un sentimiento distinto que le hace desear volver a ser buena y virtuosa:

—¡Ah! —exclamó doña Urraca, con una voz que penetraba como saeta, y cuajados súbitamente de lágrimas los ojos—. Otros me han visto muy más hermosa que tú me ves, y sin embargo me desdeñaron. ¿Qué me importa —prosiguió—, qué me importa parecerte hermosa, si no te parezco buena?

No obstante, la reina sostendrá en su interior una violenta lucha para conservar ese sentimiento dentro de unos límites razonables, para que ese amor maternal no se convierta en pasional; así, cuando se confirman las sospechas de que Ramiro es hijo de don Bermudo, doña Urraca se alegra de poder elevar socialmente al pajecillo, circunstancia que lo acercaría indudablemente a su posición y podría favorecer sus amores; es más, se muestra dispuesta a casarse con él, rompiendo con todo, si ese es su real deseo. Desde que conoce la verdadera identidad del paje, todos sus esfuerzos se encaminarán a liberarlo, lo mismo que a don Bermudo, y a castigar a don Ataúlfo, que les ha usurpado sus estados de Altamira. Finalmente, cuando don Bermudo sea liberado, doña Urraca sentirá vergüenza de aparecer impura ante el que fue su primer y único amor verdadero y decidirá que, si se presenta ante él, será casada con el conde de Lara, el padre de su hijo, para poner freno al escándalo y la murmuración, y habiendo entregado el reino de Galicia a su hijo, tal como disponía el testamento de Alfonso VI.

Por lo demás, el narrador nos retrata a la reina con algunas características de heroína romántica: llora, se desmaya, ofrece melancólicas sonrisas y una «mirada lastimosa». El autor consigue que el personaje nos resulte simpático a pesar de sus defectos y faltas porque a lo largo de la novela se propone enmendar su conducta y finalmente lo consigue; y también por las desgracias y sufrimientos que ha padecido la infeliz soberana, que se pueden resumir con esta frase suya:

—¡Amáronme todos aquellos a quienes yo miraba con indiferencia; hanme aborrecido todos aquellos a quienes he amado![2]


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

Estructura de la comedia de magia «Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia»

Iré comentando en sucesivas entradas lo relativo a la estructura, los personajes, los recursos escenográficos, el lenguaje, el estilo y la métrica de la comedia de magia Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia[1].

Por lo que toca a la estructura, toda la obra se articula como una sucesión de burlas a don Quijote, enmarcadas por los actos mágicos de su resurrección y de su vuelta al sepulcro. Son episodios yuxtapuestos, sin mayor conexión o articulación entre sí. Esta estructura recuerda vagamente la de la Segunda parte del Quijote, en concreto los capítulos que se desarrollan en el palacio de los Duques[2], en los que una serie de personajes organizan tramas —de mayor o menor complejidad y crueldad— para hacer ver al hidalgo manchego lo que ni sus ojos ni su fantasía ven. Pero no hay pasajes que se puedan considerar con propiedad paralelos de otros de la novela, aunque sí existen, como es lógico, referencias o alusiones que entroncan de forma general con el modelo: los encantadores que ayudan o engañan a don Quijote o la importancia de la dama amada (aunque Dulcinea no está presente en escena, su valor estructural es grande, con varias referencias a su encantamiento). La resurrección del personaje sí remite al capítulo final de la Segunda parte y la mención de la supuesta princesa encantada Clarisea evoca indirectamente las aventuras de la princesa Micomicona y otras similares con damas sojuzgadas por magos y gigantones; don Quijote en el cepo recuerda a don Quijote en la jaula en el momento de su vuelta a casa al final de la primera parte, etc.

DonQuijoteEnjaulado

Pero se trata más bien de reminiscencias vagas, no tomadas sobre pasajes concretos sino sobre estructuras generales de la construcción novelesca cervantina; más bien se han inventado nuevos episodios y burlas, funcionalmente parecidos, pero novedosos en su contenido (aquí, los engaños a don Quijote resultan fáciles, por tratarse precisamente de una comedia de magia). Otros episodios célebres (el yelmo de Mambrino, la dueña Dolorida, la princesa Micomicona…) son meramente aludidos[3], sin mayor aprovechamiento textual ni dramático[4].


[1] El texto se conserva en el manuscrito 16.515 de la Biblioteca Nacional de España (Madrid).

[2] Para esos episodios, véase Augustin Redondo, «Fiestas burlescas en el palacio ducal: el episodio de Altisidora», en Antonio Bernat Vistarini (ed.), Actas del Tercer Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Palma, Universitat de les Illes Balears, 1998, pp. 49-62.

[3] En fin, la mención del sepulcro de Dulcinea podría ponerse en relación con su epitafio burlesco, que se lee al final de la primera parte del Quijote: «Del Tiquitoc, académico de la Argamasilla, en la sepultura de Dulcinea del Toboso».

[4] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia, comedia de magia burlesca», Anales cervantinos, XXXV, 1999, pp. 309-323. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: el enredo y las industrias de los personajes (y 3)

Un tercer elemento del enredo en la comedia[1] lo propician doña Ángela y don Sebastián. Enamorados respectivamente de don Melchor y de doña Magdalena, se proponen alborotar la boda de los prometidos: don Sebastián dirá que doña Magdalena le dio palabra de esposa, hecho que, unido a su renta y al hábito que ha conseguido, decidirá al padre de la dama a casarla con él: «Ardid es provechoso», comenta su hermana (p. 1114). Y así lo hacen. Además don Sebastián explica luego a don Alonso que el leonés está a punto de casarse con una condesa, y doña Magdalena confirma esas palabras al indicar que, en efecto, su prometido está en vísperas de ser conde: «¿Hay caso más peregrino?», se pregunta el aturdido anciano (p. 1123).

También la criada Quiñones traza sus planes en beneficio propio; ella misma comenta que tiene «engaños de indiana» (p. 1136), y es quien propone a doña Ángela que vaya a la Victoria enlutada y tapada, fingiéndose la condesa, de forma que pueda casar con don Melchor y doña Magdalena quede para su hermano Sebastián. A su vez, don Jerónimo podría casar con la condesa, con lo que ella se convertirá en casamentera de «un amor de tres en raya» (p. 1138). Doña Ángela insiste en el carácter industrioso de la dueña con estas palabras: «Salga yo bien deste enredo, / y darete un dote igual / a tu ingenio» (p. 1138). Además, ella le proporciona el bolsillo de oro que dio don Melchor a la tapada en el primer encuentro, con el que tratará de probar que ella es la dama misteriosa[2].

La celosa de sí misma

Las idas y venidas de los distintos bolsillos y, sobre todo, los mantos que ocultan la identidad de las dos enlutadas constituyen otros aspectos fundamentales del enredo de La celosa de sí misma. Las palabras de Ventura: «¡Que dos mujeres tapadas / hacer con los mantos puedan / tan sutil transformación!» (p. 1154) ponen de relieve las posibilidades que, hábilmente manejado, brindaba este recurso tan socorrido en nuestro teatro aurisecular. Es ese velo de misterio que envuelve a la belleza femenina, mostrada «a sorbos» (ahora una mano, luego unos ojos…) el que engatusa y ciega a don Melchor, incapaz de reconocer en su prometida, cuando acude a vistas, a la desconocida. Tal es el encanto de lo oculto… Al final, la confusión del cuitado leonés crecerá tanto que se verá obligado a pedir a su criado: «Huyamos de tanto engaño…» (p. 1130)[3].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] La criada de doña Magdalena es buen correlato femenino de Ventura, el ingenioso gracioso, al que mantos, cambios de vestidos y argucias diversas de las damas no consiguen engañar en ningún momento, a diferencia de lo que sucede con su amo.

[3] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

«Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada: estructura y narrador

DoñaUrracaDeCastilla.jpgEsta novela de Francisco Navarro Villoslada[1] consta de cuatro libros de ocho, once, ocho y siete capítulos; como preliminares figuran una dedicatoria a sus tíos canónigos, don Lucas y don Félix Navarro Villoslada, y un «Prólogo» en el que se explicita que la fuente de inspiración ha sido la Historia Compostelana; tras el texto propiamente dicho siguen tres apéndices en los que el autor añade noticias sobre las peregrinaciones a Santiago y sobre los libros de caballerías y explica sus «Errores, descuidos y erratas». En general, los sucesos siguen un orden cronológico lineal (toda la acción transcurre en unos pocos días), salvo cuando se intercalan algunas historias, relacionadas con el hilo novelesco, que recuperan tiempo pasado: la de los Moscosos, don Bermudo y don Ataúlfo; la de Ramiro y Nuña, en la conversación entre la reina y el obispo; o la de Constanza, contada por la dueña Mauricia a Elvira, con la inclusión de la «Confesión de Constanza».

En la novela encontramos un narrador omnisciente en tercera persona que va controlando todos los resortes de la acción y que continuamente se hace presente en el texto, no solo juzgando a los personajes y los hechos —es decir, que toma partido en lo que cuenta—, sino también con sus continuas llamadas de atención al lector («lo que el lector ha visto y adivinado en el capítulo precedente», «ya sabe el lector lo que sucedió», «el lector está bien enterado»…). El narrador se sitúa en un momento contemporáneo al de la escritura de la novela, contemplando desde fuera la historia que narra; se repiten las expresiones «entonces», «en aquellos tiempos», «en aquella época», «en aquel tiempo», que marcan su lejanía respecto a la época en que se sitúa la acción, la Edad Media; habla del «negro cuadro de las costumbres y carácter del siglo XII» y señala que tratará de reflejar «el espíritu de aquella época, una de las más oscuras y singulares de nuestra historia». De la misma manera, el narrador marca su presencia como organizador del discurso narrativo con distintas fórmulas que ordenan la materia novelesca. Cuando se producen de forma simultánea acontecimientos igualmente interesantes o cuando distintos grupos de personajes requieren su atención, él selecciona el material que entra en cada caso. En fin, es habitual que el narrador introduzca al hilo de los sucesos algunas afirmaciones de carácter general, a veces de tono moralizante, o digresiones sobre temas diversos[2].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

«Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia»: resumen de la acción

El deslinde de los bloques de acción de las tres jornadas de la comedia Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia[1] (la «Introducción» quedó ya resumida en una entrada anterior), es decir, el resumen de su argumento, servirá al mismo tiempo para ir apuntando algunos detalles sobre la estructura y la caracterización de los personajes que luego, en próximas entradas, comentaré de forma más sistemática.

Jornada primera

El escenario representa un campo árido y una gruta. Lucila, que sale vestida de aldeana, se declara discípula del famoso Merlín[2]. Desde el principio nos advierte de que su intención es humorística: «hoy pretendo, a pesar de mi marido, / el rato disfrutar más divertido». Para ello, va a poner en práctica sus «traviesas invenciones» y, así, solicita al mago Merlín que aparezca «el hidalgo más caballerista / desfacedor de toda fechoría / para poder pasar alegre el día». Una voz le comunica que se le concede su deseo de resucitar a ese «hombre fazañoso», de forma que pueda continuar su vida[3].

Salen unos rayos de la gruta y aparece don Quijote echado, con una bacía como yelmo, rodela, lanza y peto. La acotación nos lo presenta sin color, porque sale de la sepultura, y se le califica además como «esqueleto andante». Lucila se retira para verlo mejor y don Quijote muestra su extrañeza, porque no sabe dónde se encuentra. Recuerda que estaba en la cama a la hora de la muerte, y que todos le lloraron en aquel trance (esta evocación entronca, pues, con el capítulo final del Quijote, el II, 74).

Muerte de don Quijote

Ahora cree que todo eso ha sido un sueño, y piensa que está trastornado por la belleza de Dulcinea, a la que quiere ver desencantada. Al reparar en la cueva se imagina que algún malsín tendrá allí encerrada a alguna princesa encantada.

En ese momento sale Lucila, fingidamente amenazada por su marido Tracañino, hecho que confirma a don Quijote en su idea. Este se ofrece a esa mujer de tan sin par hermosura, mientras que el marido se queja de las brujerías de Lucila y le pide una explicación: «Esta es tramoya tuya, picarona; / declárame el secreto, gran burlona». Tracañino ve en don Quijote a un hombre loco y Lucila le resume la historia del personaje; comenta que, valiéndose de su magia, ha hecho que vuelva a Italia porque intenta formar «un gran divertimento». Tracañino, en un aparte, le pide que se deje de disparates.

Lucila sigue con su traza, fingiendo estar prisionera. Don Quijote se declara enemigo de encantadores y encara a Tracañino. Pero Lucila le solicita que, de momento, suspenda su libertad, y el manchego obedece; y pide a su esposo que entretenga la demencia de don Quijote. Tracañino entra en el juego de Lucila, llamando «don Piltrafas» al hidalgo, aunque no está convencido del todo: «Si yo sé lo que digo, que me muera». Canta Lucila, quejándose de su suerte y suenan unos ladridos. Tracañino se entra y don Quijote le persigue.

Cambia el decorado, que representa ahora un salón (estas mutaciones son habituales en las comedias de magia). Lucila, de princesa ridícula, quiere con su «invención, astucia y arte» embobar al «pollino» de don Quijote, que se empeña en seguir las extrañas y ridículas leyes de los libros de caballerías. Tracañino se queja de Lucila, pero esta le dice que le siga en sus astutas mañas: su arte consiste en embobar a majaderos, porque así «pasar se logra el rato divertido». Don Quijote solo es para ella un «figuronazo andante».

Nuestro hidalgo, que parece un retrato de la muerte (las acotaciones insisten en su aspecto esquelético), se acerca lanza en ristre. Lucila da las pertinentes instrucciones a Tracañino para una nueva burla (se sienta en una silla y queda debajo su esposo). Don Quijote dice que la librará de su prisión; Lucila finge llorar, mientras la música canta que la prisión de la hermosa no tendrá fin. Don Quijote pide que salga el encantador que la maltrata. Entonces se oye un chillido y se ve salir una llama.

Aparece Tracañino por sorpresa con careta y garrote. Don Quijote cree que es un artificio. Luchan ambos. Se obscurece el teatro y se oculta Tracañino. Lucila hace entonces que el salón se transforme en un prado árido «para que este hombre confuso y aturdido / acabe de perder todo el sentido».

Mientras don Quijote reniega del encantador que ha operado tal cambio, salen Tracañino y Lucila de aldeanos. Tracañino sigue reprendiendo a su esposa porque no paran sus embustes, achacándolo todo al genio travieso de las mujeres (todo son, en su opinión, «ideas mujeriles»). Lucila da nuevas instrucciones a su esposo. Este manifiesta su temor (porque tales cariños traen aparejados siempre resultados fatales), pero ella le dice que no desconfíe. Tracañino insiste en los artificios e invenciones de las mujeres, que dejan a los hombres embobados; y reconoce resignado que él vive sujeto por completo a Lucila: «¡Ah, mujeres, y cuánto señorío / sobre el hombre tenéis, y su albedrío!».

Jornada segunda

Don Quijote, solo, afirma que sus fuerzas harán frente a los encantadores (se menciona aquí de nuevo al mago Merlín). Arrima la lanza y sale Tracañino con un cántaro; el marido de Lucila ve a don Quijote como esqueleto o alma en pena y un hombre majadero. Se oyen dentro ruidos de cadenas arrastradas y cómo Lucila se lamenta de su prisión, de que ningún caballero se duela de ella. Don Quijote le dice que no ha acudido antes al rescate porque desconocía su situación, y se ofrece de nuevo para liberarla, arremetiendo contra Tracañino.

Después de esa escena, que ha ocurrido a oscuras, sale el sol y se ve un prado hermoso. Lucila, a los pies de don Quijote, pide que la socorra. Él solicita a la dama que se levante, y asegura que la protegerá. Ella ruega al caballero que se ponga a su servicio y don Quijote acepta, siempre que eso no suponga nada en deshonor de su Dulcinea.

Sale Tracañino en traje de moro, comentando el nuevo embuste preparado por Lucila; insiste en que su mujer le domina y tiene que hacer cuanto ella quiere. Lucila le explica que todo es para pasar el rato: «¿No adviertes que en mi genio todo es chanza, / y que quiero pasar alegre el rato / siempre que reconozco algún pacato?». Lucila comenta que a don Quijote le gusta ser tratado como caballero andante, por ello lo tiene sometido con sus mañas. Tracañino será ahora el encantador Altisidoro, nueva traza para conseguir «embobar a este demente». Lucila entrega una cabeza de pasta a Tracañino y le da instrucciones sobre lo que debe hacer; el marido se apercibe de nuevo al juego, escondiéndose tras una cortina.

Don Quijote dice a Lucila que debe dar gracias a Dulcinea, que es su guía. Se oyen unos versos de Tracañino dentro. Cuando sale, don Quijote y él luchan con espadas. La cabeza, que está sobre la mesa, sale volando y la mesa se convierte en sofá, donde aparece Lucila vestida de gala. Pide a don Quijote obediencia y que le sirva de «bueyero». Don Quijote se enfada por esta proposición deshonrosa, pero ella le explica que es necesaria para desencantar a Dulcinea, así que el manchego acepta resignado el sacrificio.

Jornada tercera

Don Quijote, en traje rústico, se queja de su adversa suerte y pide como remedio la muerte. También se queja de que su amor a Dulcinea le obligue a romper con todas las leyes de la caballería trabajando como boyero, para reconocer a continuación: «Mas fuerza es aguantar a fuer de honrado, / ya que mi Dulcinea lo ha ordenado». Lucila le regaña por andar perezoso en ir al campo con los animales y él protesta: aunque ahora anda como criado, no por ello deja de ser caballero andante. Tracañino le da con un palo, y vuelve a quejarse de la fortuna infeliz. Lucila, que es quien sigue urdiendo todos los hilos de la trama, dice a Tracañino: «Sigamos con la burla comenzada»; ahora la casa se transformará en camposanto, y por ello se debe vestir de ermitaño. Tracañino protesta, como otras veces, por las travesuras de su mujer, que es un demonio: «De trabar disparates, ¿cuándo acabas?», pero de nuevo cede y se presta al juego.

Don Quijote ve una ermita, y se pregunta si será una ilusión, un sueño o un nuevo engaño de sus enemigos encantadores. Cree que Clarisea —nombre fingido que usa Lucila como princesa— le hace obrar así, no porque ella sea malvada, sino impelida también por los encantadores que la tienen sojuzgada. Ve un sepulcro dedicado a un caballero y su esposa Dulcinea; se enfada y reta a quien hable en deshonor de Dulcinea, diciendo que se casó. Llama al ermitaño y le pide una explicación sobre la sepultura. Tracañino, de ermitaño, le dice que Dulcinea —que era hija de un cabretero— casó con don Pentapolipán el africano. La sepultura contiene además los restos de los caballeros de la guerra de Grecia.

Sale Lucila, vestida también de ermitaño, y ofrece una bebida a don Quijote para curar sus heridas. Cuando va a beber, hace que arda el licor y los dos fingidos ermitaños simulan tener miedo, diciendo que don Quijote es un demonio. Afirman que es un hechicero, pero Lucila hará un conjuro para liberarlo de sus encantadores. Saca Tracañino unos calendarios, como si fuesen un libro de ritual; don Quijote ve en esta ocasión lo que hay en realidad, unos calendarios, pero ambos falsos ermitaños le dicen que son libros que contienen fórmulas mágicas. Don Quijote reconoce: «Será lo que queráis, yo me confundo». Lucila le dice que se ponga en cuclillas, se oyen truenos por dos veces y cae don Quijote. De nuevo se muda el teatro, lo que provoca una nueva queja del manchego. Se oye una gaita gallega y la música que canta, y don Quijote cree que será algún caballero que sufre alguna pena. No obstante, se duerme y empieza a roncar.

Nueva invención de Lucila y nueva queja de Tracañino. Se insiste, una vez más, en que van a reírse a costa de ese majadero. Tracañino, como siempre, acaba siguiéndole el humor: «Tu gusto sigo», aunque reconoce que él también va a volverse loco, con tanto cambio de traje; comenta que enmaridó con una mujer loca, y mal de su grado se ve obligado a seguirle el juego si no quiere que corra peligro su mollera (es decir, que ella le tiene completamente dominado y hasta le puede pegar).

El teatro se transforma en una marina. Tracañino se viste de marinero y Lucila aparece disfrazada de sirena. Suenan cajas y clarines y despierta don Quijote, que queda sorprendido por la nueva mutación, al verse en un puerto, y por el aviso de que los genoveses quieren prender a Dulcinea. Ve a la sirena, y le pregunta por Lucila. Ella dice que es Dulcinea encantada. Tracañino aparece como un barquerolo genovés; el barco se transforma en cepo y el teatro en cárcel. Lucila dice a don Quijote que el cepo es un castigo a sus locuras, y que van a deshonorarle de caballero andante. Don Quijote canta la palinodia, afirmando ser tan solo Alonso Quijano. Reconoce que todas sus aventuras no han sido sino disparates y supercherías: la propia existencia de Dulcinea, el yelmo de Mambrino, la dueña Dolorida, la princesa Miquimicona (sic)… y dice que ahora está desengañado de todo ello. Lucila, tras preguntar a Tracañino si no celebra haber pasado un rato divertido de esa manera, hace volver a don Quijote a su panteón, y quedan los dos esposos juntos en buena paz y compaña[4].


[1] El texto se conserva en el manuscrito 16.515 de la Biblioteca Nacional de España (Madrid).

[2] Recuérdese que Merlín, el famoso encantador de la traducción artúrica, se menciona con cierta frecuencia en el Quijote (véase Juan Bautista de Avalle-Arce, Enciclopedia Cervantina, 2.ª ed., Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cervantinos / Universidad de Guanajuato, 1997, pp. 307b-308a), con un importante papel para el desencantamiento de Dulcinea.

[3] Santiago López Navia ha estudiado las principales continuaciones, ampliaciones, imitaciones y paráfrasis narrativas del Quijote en su artículo «“Contra todos los fueros de la muerte”: las resurrecciones de don Quijote en la narrativa quijotesca hispánica», en Actas del Segundo Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas (Alcalá de Henares, 6-9 de noviembre de 1989), Barcelona, Anthropos, 1991, pp. 375-387. En la conclusión indica: «Pero el principal valor que atesoran todas estas “resurrecciones” consiste en entender que, a pesar de tantas páginas y tantos capítulos como tiene la obra original de Cervantes, la compañía entrañable de don Quijote ha sabido a poco, y más allá de la eternidad y la gloria que le confieren sus primeras hazañas y su primera historia, ha habido autores que han solicitado su presencia dispuestos, “contra todos los fueros de la muerte”, a mostrar a la posteridad que no admiten el final del caballero» (p. 387).

[4] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia, comedia de magia burlesca», Anales cervantinos, XXXV, 1999, pp. 309-323. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: el enredo y las industrias de los personajes (2)

Será en el acto II de la comedia[1] donde comiencen a particularizarse todos esos engaños y hechizos de Madrid de los que hasta entonces se ha hablado genéricamente. La primera enredadora es doña Magdalena, quien, celosa de sí misma, decide volver, vistiendo luto y en una silla ajena, a la Victoria, comentando: «Todos éstos son ardides / de mi amor» (p. 1099); y es que, como añade poco después, «Amor […] en todo es astuto». En su entrevista con don Melchor, de nuevo en el papel de dama desconocida, tenemos un buen ejemplo de lo que Lope definió en el Arte nuevo como el «engañar con la verdad»[2], cuando afirma al galán:

Yo os juro a fe de quien soy
[…]
que no es doña Magdalena
ni más bella, ni más rica,
ni más moza, ni más sabia,
ni más noble ni más digna
de serviros y estimaros
que yo… (p. 1107).

Claro está que no es más, ni tampoco menos, por la sencilla razón de que ella, la dama misteriosa, la supuesta condesa, y doña Magdalena son la misma persona. Quiñones reitera luego: «siendo sola una mujer / te partes en dos mujeres» (p. 1119); y ella misma confirma: «pues soy dos, imaginadas, / aunque en la verdad soy una» (p. 1120). Ahora bien, es esta duplicidad de personalidades en la dama lo que va a dar lugar al sentimiento que anuncia el título de la comedia, esto es, a que sufra celos de sí misma. Ante Quiñones resumirá su situación con estas palabras:

Mira qué extraña quimera
causa este ciego interés,
que en tres dividirme ves,
y aunque una sola en tres soy,
amada en cuanto una, estoy
celosa de todas tres (pp. 1152-1153).

Ella ha sido quien ha llevado hasta el extremo el engaño, al representar no solo el papel de dama desconocida de la Victoria, sino también el de falsa condesa. Luego inventará que es requerida desde Italia para casarse allí. Creerá que de esta forma, haciendo que la misteriosa mujer salga de la vida de don Melchor, todo se va a arreglar[3]. Pero no es tan sencillo como piensa, pues no cuenta con la aparición de una segunda condesa falsa, doña Ángela, que le viene a disputar el marido. Doña Magdalena es, por tanto, el primer motor del enredo, pero no el único, y de hecho ella sufrirá los enredos de otros personajes.

La celosa de sí misma

La segunda traza que complica la acción es fruto de Santillana, el escudero viejo, quien finge que la desconocida a la que ha acompañado a la Victoria en la silla es la condesa de Chirinola. Esta mentira dicha para salir del paso se verá luego confirmada por la propia doña Magdalena, y a partir de ahí la existencia de esa supuesta condesa italiana será aceptada por todos los personajes, hasta el final de la comedia, en que se aclare la verdad[4].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] «El engañar con la verdad es cosa / que ha parecido bien […]; / siempre el hablar equívoco ha tenido / y aquella incertidumbre anfibológica / gran lugar en el vulgo…» (vv. 319-325; cito por Juan Manuel Rozas, Significado y doctrina del «Arte nuevo» de Lope de Vega, Madrid, Sociedad General Española de Librería, S. A., 1976, p. 191).

[3] Quiñones comentará ante doña Ángela, refiriéndose a la invención de la marcha a Italia de doña Magdalena: «Su ingenio sutil estimo. / Engaño fue…» (p. 1135).

[4] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.