A juzgar, al menos, por el número de reediciones que alcanzó Los españoles en Chile, podemos deducir que esta comedia de Francisco González de Bustos fue una pieza de bastante éxito. Desconocemos la fecha exacta de su redacción, que ha de ser anterior, en cualquier caso, a 1665 (año de publicación de la que podemos considerar la editioprinceps). Sobre esta cuestión escribe, con atinados argumentos, Fausta Antonucci:
Aunque no se pueda conjeturar nada cierto acerca de la fecha de composición, seguramente ésta es mucho más tardía que la de las comedias hasta ahora analizadas [las otras de tema araucano que examina en su tranajo]. En primer lugar, ya no queda rastro en la construcción de la intriga de las fuentes principales que habían inspirado a los dramaturgos precedentes. Ya no es central en la comedia el intento encomiástico y didáctico centrado en la figura de García Hurtado de Mendoza, sino que el eje de la intriga es un complicadísimo enredo de amor y celos, cuyo protagonista masculino es don Diego de Almagro, un personaje que nunca había aparecido en las comedias precedentes[1].
No dispongo de datos sobre representaciones en España, pero sin duda las debió de haber (así, al menos, lo sugiere el título de Comedia famosa… con que se presenta editada); José Toribio Medina alude a esta pieza teatral «que tan popular fue en Chile durante la Colonia, habiendo constancia de que se representó en Santiago en varias solemnes ocasiones»[2], aunque no ofrece los datos concretos de esas representaciones; en fin, está documentada una representación en la Villa Imperial de Potosí (Audiencia de Charcas) en 1735[3].
Por lo que respecta a la cuestión textual, sin entrar ahora en mayores detalles, la comedia se nos ha transmitido en los siguientes testimonios: la princeps de 1665 (encabeza la Parte veinte y dos de Comedias nuevas, escogidas de los mejores ingenios de España[4]); diversas sueltas del XVIII: Madrid, en la imprenta de Antonio Sanz, 1736; Valencia, en la Imprenta de la viuda de Josef de Orga, 1761; Sevilla, en la imprenta de Josef Padrino, s. a.; y una más, s. l., s. i., s. a.; conoció una nueva edición en la colección «Teatro español», La Habana, Imprenta de R. Oliva, 1841; después, José Toribio Medina la reimprimió en el tomo II de su Biblioteca Hispano-Chilena (Santiago de Chile, en casa del autor, 1897); la volvió a editar en formato multimedia James Thorp Abraham (tesis doctoral de la University of Arizona, 1996); más reciente es la edición de Benito Quintana (Newark, Juan de la Cuesta, 2012); el texto está disponible también como recurso electrónico (Barcelona, Linkgua, 2011); y existe, en fin, otra edición en versión electrónica, disponible en Internet, establecida por Vern G. Williamsen a partir de la edición de Abraham[5].
[1] Fausta Antonucci, «El indio americano y la conquista de América en las comedias impresas de tema araucano (1616-1665)», en Ysla Campbell (coord.), Relaciones literarias entre España y América en los siglos XVI y XVII, Ciudad Juárez, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 1992, p. 40.
[2] José Toribio Medina, Biblioteca Hispano-Chilena (1523-1817), tomo II, Ámsterdam, N. Israel, 1965 [reproducción facsimilar de la edición de Santiago de Chile, en casa del autor, 1897, tomo II, p. 531.
[3] Joseph M. Barnadas y Ana Forenza indican que «en 1735, la visita a la Villa del Arzobispo platense, Alonso del Pozo y Silva, fue honrada con la representación de Los españoles en Chile, interpretada por representantes del clero local y en la vivienda del doctrinero de San Roque, el Dr. José de la Piedra. El tema se comprende sabiendo que el Prelado era chileno» («Noticias sobre el teatro en Charcas (siglos XVI-XIX)», Anuario del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia, 2000, p. 565).
[4] Medina asegura que hubo una edición primera de 1652, siguiendo a La Barrera, quien en su Catálogo habla de una Parte segunda de comedias, bastante dudosa. Todas mis citas serán por la edición de 1665, pero modernizando las grafías y la puntuación.
[5] Patricio C. Lerzundi anunciaba su intención de editar todas las piezas dramáticas de tema araucano, algunas de las cuales han ido saliendo en los últimos años, pero ignoro el estadio en que se encuentra ese proyecto en lo que respecta a Los españoles en Chile. Ver su monografía Arauco en el teatro del Siglo de Oro, Valencia, Albatros Hispanófila Ediciones, 1996. Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Rebeldes y aventureros en Los españoles en Chile (1665), de Francisco González de Bustos», en Hugo R. Cortés, Eduardo Godoy y Mariela Insúa (eds.), Rebeldes y aventureros: del Viejo al Nuevo Mundo, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2008, pp. 161-186.
En primer lugar, dentro de la variada producción periodística de Navarro Villoslada, encontramos artículos de tipo político (por ejemplo, la inmensa mayoría de los publicados en El Pensamiento Español; bastará citar algunos títulos significativos: «El liberalismo», «Origen del liberalismo. Desde Lutero hasta la Paz de Westfalia», «El krausismo sin máscara», «La legalidad de los partidos»); otro grupo importante correspondería a los artículos de tipo «erudito», sobre diversos temas: «Telégrafos españoles», «Estudios sobre la Inquisición española en sus relaciones con la civilización» (que incluye distintas secciones: «De la filosofía popular en España», «De la teología popular en España», «De la lengua castellana como prueba de la ilustración española», «La vida intelectual de España y la Inquisición»…), «Influencia del cristianismo en la civilización», «De lo prehistórico en las Provincias Vascongadas», «De la poesía vascongada», «Apuntes sobre el grabado tipográfico en España», «De las ediciones ilustradas con láminas en el siglo XVI» (también de los siglos XVII, XVIII y XIX), «De los libros del rezo eclesiástico»; otros muchos artículos tratan de temas diversos de historia, arte, geografía, religión, etc.: «El día de difuntos» (desarrolla la idea de que la muerte es la puerta hacia Dios), «Ruinas» (un recorrido por las de diversos monumentos de varios países), «Antigüedades» (sobre la existencia de la torre de Babel), «El fin del mundo» (sobre los visionarios que han anunciado a lo largo de la historia el final de los tiempos), «El Escorial de la Rioja» (sobre San Millán de la Cogolla), «De nuestro carácter nacional» (el carácter español estriba en el catolicismo), «Job» (comentario de este libro de la Biblia)… Ninguno de estos trabajos nos interesa en relación con el género cuento.
Sin embargo, existen otros «artículos» o «relatos» (utilizo adrede estos términos vagos) de Navarro Villoslada, especialmente algunas colaboraciones publicadas en el Semanario Pintoresco Español, que se hallan ya en un terreno fronterizo entre el artículo periodístico, el artículo de costumbres y el cuento. Sabido es que durante el período romántico existió una gran confusión terminológica respecto a este último subgénero narrativo que, hasta fechas recientes, no había merecido por parte de la crítica toda la atención dedicada, por ejemplo, a la novela[1]. Pues bien, es a estos otros trabajos de Navarro Villoslada en los que se puede apreciar cierto germen de una historia narrativa, y a aquellos que podrían ser considerados con toda propiedad «cuentos» o «leyendas históricas», a los que voy a dedicar las próximas entradas.
[1] Para estas cuestiones terminológicas y para la delimitación del género resultan imprescindibles los trabajos ya clásicos de Mariano Baquero Goyanes: El cuento español en el siglo XIX, Madrid, CSIC, 1949; Qué es la novela. Qué es el cuento, Murcia, Universidad de Murcia (Cátedra Manuel Baquero Goyanes), 1988; y El cuento español: del Romanticismo al Realismo, ed. revisada por Ana L. Baquero Escudero, Madrid, CSIC, 1992. También me ha resultado útil la tesis doctoral de María Teresa Arregui Zamorano, Estructuras y técnicas narrativas en el cuento literario de la generación del 98: Unamuno, Azorín y Baroja, Pamplona, Universidad de Navarra, 1990, posteriormente publicada como libro (Pamplona, Eunsa, 1998). Para el autor remito a mis dos libros: Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995; y Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Literatura, periodismo y política, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2018, donde se encontrarán todos los datos sobre la vida y la obra del escritor de Viana así como una completa bibliografía.
Conocido ante todo por su producción novelística[1], Manuel Iribarren (1902-1973) fue un escritor precoz y ecléctico que cultivó los más diversos géneros con singular acierto, lo que le hizo merecedor de diversos galardones. En este sentido, la labor de Manuel Iribarren en el ámbito del periodismo, que se manifiesta por medio de colaboraciones y artículos en varios periódicos y revistas, fue merecedora de diversos reconocimientos, entre ellos el premio «Domund» de 1953. Sus dramas El capitán de sí mismo, La otra Eva y El misterio de San GuillénySanta Felicia recibieron respectivamente el Primer Premio del Certamen Nacional organizado con motivo del IV Centenario de la Aprobación del libro de Ejercicios de San Ignacio de Loyola, el Premio Nacional de Teatro 1952 y el Premio Nacional de Literatura 1965. Además, quedó finalista del Premio Vicente Blasco Ibáñez con la novela Las paredes ven y recibió el máximo galardón en los III Juegos Florales de Sangüesa con su ensayo Escritores navarros de ayer y de hoy. Tampoco sus poemas pasaron desapercibidos, y así en 1943 recibió un premio en Barcelona por un Romance sobre la Guerra Civil y dos años más tarde también fueron galardonados[2] unos sonetos «A mi madre».
Manuel Iribarren Paternáin
Manuel Iribarren fue, por tanto, un escritor de calidad reconocida no solo en los círculos literarios regionales sino también en el resto de España[3]. Como autor dramático, son únicamente cuatro las piezas teatrales que conocemos de él: El capitán de sí mismo (1950), La otra Eva (1956), La advenediza[4] y El misterio de San Guillén ySanta Felicia (1964). Sin embargo, hay que señalar que, junto a ellas, existe una larga serie de piezas inéditas conservadas por su familia[5] como Sol de invierno, La gran mascarada, Santa diablesa, Entre mendigos, Hoy como ayer, A gusto de todos, Buscando una mujer, Cuando la comedia terminó, La ilusa admirable o Una aventura en la noche.
De todo ese corpus dramático de Manuel Iribarren, una de las mejores creaciones es El capitán de sí mismo. Compuesta con una versificación hábil y fluida, esta obra fue concebida como un retablo escénico dividido en diez estampas y un epílogo, a lo largo de las cuales se da cuenta al espectador de la historia de San Ignacio de Loyola. Dos son las dimensiones que se pueden distinguir en un primer acercamiento a este texto, la histórica y la psicológica, que examinaremos en las próximas entradas[6].
[1] De hecho, su irrupción en el mundo de la literatura se produjo con una novela, de corte costumbrista, publicada en 1932. Retorno, que así se titula esta obra, relata el regreso del protagonista a la fe cristiana y a su hogar. A esta novela siguieron otras, como La ciudad (1939), San Hombre (1943), Pugna de almas (1945), Encrucijadas (1952), El tributo de los días (1968) o Las paredes ven (1970). Además se conserva una novela inédita de este autor titulada El miedo al mañana.
[2] El certamen en que estos poemas fueron premiados fueron los Juegos Florales de Cataluña de 1945.
[3] A pesar de que la escasa atención recibida por el teatro contemporáneo cultivado en Navarra podría hacernos pensar que no existen escritores relevantes en este ámbito, casos como el de Manuel Iribarren demuestran lo equivocado de esta idea.
[4] No hemos podido obtener datos precisos sobre las fechas de composición, edición o representación de esta obra.
[5] Para un acercamiento general al escritor, véase Carlos Mata Induráin, «Semblanza de Manuel Iribarren en el XXV aniversario de su muerte», Pregón Siglo XXI, 12, Navidad de 1998, pp. 63-66, artículo donde se da noticia de la existencia de estos textos dramáticos inéditos. Sobre El capitán de sí mismo, véase Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, Madrid, Universidad Pontificia de Salamanca / Fundación Universitaria Española, 1983, pp. 671-676.
[6] Para más detalles remito a María Ángeles Lluch Villalba y Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola en el teatro español del siglo XX: El caballero de Dios Ignacio de Loyola (1923) de Juan Marzal, SI y El capitán de sí mismo (1950) de Manuel Iribarren», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 315-337. Sobre el tratamiento literario del santo en los siglos XVI y XVII, puede verse Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 145-176.
No son muchos los datos de que disponemos acerca del autor de Los españoles en Chile. Fausta Antonucci lo califica como «un dramaturgo prácticamente desconocido»[1], mientras que Patricio C. Lerzundi escribe:
Escasean los datos sobre Francisco González de Bustos. No es mencionado ni por Nicolás Antonio ni por José Simón Díaz. La Barrera se limita a anotar que es un autor de fines del siglo XVII y da una lista de las obras que compuso. Por su parte, Francisco [de Bances] Candamo supone que nació a principios del siglo XVII, por cuanto se hizo presente en un teatro hacia 1683, donde llegó «viejo, gotoso y “cargado de comedias”» a recitar un diálogo jocoso. No se sabe la fecha exacta de su muerte[2].
Sin embargo, quien nos proporciona más datos es Alessandro Cassol, en un artículo dedicado a las colecciones de Comedias escogidas. Considera que González de Bustos es un «autor que ha suscitado poco interés, pese a ser un dramaturgo relativamente prolífico entre los de tercera fila»[3]. Del corpus de sus obras, además de la pieza que nos ocupa, menciona las siguientes: El mosquetero de Flandes (1652), Santa Olalla de Mérida (1665), El Fénix de la Escriptura (1675, sobre San Jerónimo) y El Águila de la Iglesia (1672, sobre San Agustín, escrita en colaboración con Pedro Lanini y Sagredo), más otras comedias conservadas en manuscritos como Santa Rosa de Viterbo o El español Viriato. Podría añadirse asimismo la comedia Los valles de Sopetrán, de Lanine (sic, por Lanini), Diamante, y Bustos[4], autógrafo de 1696 localizado en el Institut del Teatre de Barcelona[5].
[1] Fausta Antonucci, «El indio americano y la conquista de América en las comedias impresas de tema araucano (1616-1665)», en Ysla Campbell (coord.), Relaciones literarias entre España y América en los siglos XVI y XVII, Ciudad Juárez, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 1992, p. 40. A veces su nombre es mencionado como Francisco de González Bustos (así lo llaman Lauer y Dille). Ver también José Toribio Medina, Biblioteca Hispano-Chilena (1523-1817), tomo II, Ámsterdam, N. Israel, 1965 [reproducción facsimilar de la edición de Santiago de Chile, en casa del autor, 1897], tomo II, p. 531.
[2] Patricio C. Lerzundi, Arauco en el teatro del Siglo de Oro, Valencia, Albatros Hispanófila Ediciones, 1996, p. 36.
[3] Alessandro Cassol, «Flores en jardines de papel. Notas en torno a la colección de las Escogidas», Criticón, 87-88-89, 2003, p. 150.
[4] Simón Palmer atribuye únicamente la comedia a Lanini y Diamante, pero en la portada figura también Bustos como autor.
La segunda parte del volumen nos sitúa al personaje «En París» y consta de un prólogo, un sainete y un drama. En el «Prólogo del Trovador estudiante» (siguen las habituales estrofas de seis versos y los arcaísmos) se nos refiere que el vasco Loyola, peregrino, va a París en busca de la esciencia. En la página 40 se nos ofrece una descripción de Ignacio ahora: camina despacio, como enfermo mal convalecido, con el cabello crecido y la palidez de la cera; pero no sabe del miedo ni de la ira: es un ser cuerdo vestido de loco que tiene en poco todo lo terreno. Dios le ha dicho que se detenga, lo quiere letrado; debe lograr las almas con la esciencia. Cura a los dolientes (enfermos) en el hospital, mientras se prepara para ser doctor por la Sorbona. Allí, en la Universidad, será un montero de caza mayor capaz de ojear los mejores doctores en Filosofía. Y su principal presa va a ser Javier. El Trovador ha fecho un retablo de «homildes actores» y nos anuncia: «Et veréis a Ignacio ganar sotilmente / al doctor Francisco, que luego en Oriente / fizo tales cosas que descir non sé…» (p. 42).
La segunda pieza de esta segunda parte es Adiós a las letras. Sainete de estudiantes, en prosa. La acción se sitúa en un barrio del antiguo París. Llama la atención que figure en el reparto Guzmán de Alfarache (como luego veremos, el famoso pícaro será, en efecto, uno de los personajes del sainete y también del drama que viene a continuación). Varios estudiantes españoles, incluidos Ignacio y Javier, están a punto de comenzar sus estudios de Filosofía. Para despedirse de las Letras Humanas, hacen un certamen, una justa poética junto al río Sena y preparan tres coronas, para los que canten mejor al Amor, a la Patria y a la Fe. Varios estudiantes declaman sus composiciones al Amor, a la Patria, a España y a la Fe, mientras que Javier recita su soneto «No me mueve, mi Dios, para quererte…», con el que gana el premio de los que cantaban a la Fe. Después juegan espadas Guzmán y los Estudiantes 1 y 4. A Javier, que es el más experto de Santa Bárbara, le piden que se bata con Loyola, que fue soldado en España. Pero dice Ignacio que dejó las armas para siempre a los pies de la Virgen. Finalmente, en una escena ingeniosa desde el punto de vista dramático, esgrimen Loyola y Javier. Si gana él, dice Ignacio, Javier hará lo que le diga, y al revés. Y le explica: el mundo es un campo de batalla; hay que estar preparado por si la muerte le asalta. Dios es su maestro de esgrima: se trata de una santa esgrima, en la que el hombre cae rendido ante Dios de una divina estocada. Le advierte al navarro:
Javier, no tiréis conmigo, que os vencerían mis mañas y os pondría en condiciones que al presente no os agradan. Ya esgrimiremos más tarde con igual brío la espada, en un mismo campamento, en una misma campaña, sirviendo a un mismo Señor, que nos dará igual soldada. Javier, hasta que luchemos por Dios, sin sangre y sin chanzas (p. 52).
Javier no se toma en serio sus palabras y se ríe del «nuevo profeta». Después, todos los estudiantes bailan la gallarda, destacándose la arraigada amistad del grupo de españoles. Cuando acaba el canto y el baile, cae el telón[1].
[1] Para más detalles remito a María Ángeles Lluch Villalba y Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola en el teatro español del siglo XX: El caballero de Dios Ignacio de Loyola (1923) de Juan Marzal, SI y El capitán de sí mismo (1950) de Manuel Iribarren», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 315-337. Sobre el tratamiento literario del santo en los siglos XVI y XVII, puede verse Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 145-176.
La figura de Francisco Navarro Villoslada (Viana, 1818-1895) ofrece un carácter polifacético ya que, además de literato, fue un importante político, propagandista y adalid de la causa carlista (fue tres veces diputado, una más senador y secretario personal de don Carlos de Borbón y Austria-Este, Carlos VII). Fue también un notabilísimo periodista, colaborador, redactor y director de importantes publicaciones del pasado siglo, como La España, el Semanario y el Siglo pintorescos, El Padre Cobos o El Pensamiento Español, por citar solo los más destacados, contándose por centenares los artículos, así literarios como políticos, que salieron de su pluma para vivir la efímera vida de la columna periodística[1].
Entrando ya en el terreno de la literatura, Navarro Villoslada es conocido fundamentalmente como novelista histórico por sus novelas Doña Blanca de Navarra (1847), Doña Urraca de Castilla (1849) y, sobre todo, Amaya o Los vascos en el siglo VIII (1879). Se le puede incluir, junto a Cánovas del Castillo, Amós de Escalante o Castelar, en una segunda generación de románticos que cultivan una novela histórica seria y documentada, casi erudita. La enorme popularidad —cuando menos local, en Navarra y las Provincias Vascongadas— de su última novela, tanto por su temática referida a la antigua Vasconia como por el oportuno momento en que aparecía[2], motivó que las otras facetas de su producción literaria quedaran oscurecidas. Y así, el ilustre vianés es conocido (si lo es) fundamentalmente como el autor de Amaya.
Sin embargo, Navarro Villoslada escribió obras pertenecientes a otros géneros literarios, prácticamente a todos los cultivados en su momento: novelas folletinescas (El Antecristo, Las dos hermanas); una novela de costumbres, pseudoautobiográfica (Historia de muchos Pepes); cuentos («El remedio del amor», «La luna de enero», «Mi vecina», «Aventuras de un filarmónico»); leyendas históricas («La muerte de César Borja», «El castillo de Marcilla»); artículos costumbristas («El canónigo», «El arriero», «La mujer de Navarra»); comedias (La prensa libre, Los encantos de la voz); un drama histórico (Echarse en brazos de Dios); el libreto de una zarzuela (La dama del rey),a la que puso música Emilio Arrieta; un ensayo épico (Luchana); y un puñado de composiciones líricas, dejando aparte biografías, traducciones y obras de propaganda política, así como diversos trabajos inéditos que se conservan en su archivo[3].
Navarro Villoslada es el primer novelista de cierta importancia en el panorama de las letras navarras. Es significativo que González Ollé titule «Por fin, la novela» el capítulo que le dedica en su Introducción a la historia literaria de Navarra, llamando la atención sobre el tardío cultivo del género narrativo entre los literatos navarros. Pues bien, el escritor de Viana puede ser considerado igualmente el primer cuentista navarro, en el mero orden cronológico (y siempre con la salvedad de algunos antecedentes del género que cabe señalar en los siglos anteriores).
En efecto, Navarro Villoslada es cuando menos el primer escritor navarro de relevancia que redacta y publica —aunque nunca los reuniera en volumen— una serie de relatos que pueden ser considerados plenamente como cuentos (es decir, narraciones breves, en la que unos personajes ficticios protagonizan una historia también ficticia, etc.) y que poseen una notable calidad literaria. Por otra parte, entre su producción se cuentan también otros relatos que están en las fronteras del género cuento, lindando ya con el artículo de costumbres, ya con la leyenda histórica. Dado que he considerado a este escritor como el primer cuentista en el panorama del siglo XIX, bueno será que repase brevemente —lo haré en una serie de entradas sucesivas— el contenido y las características de todos esos relatos, no solo de los que considero cuentos, sino también de los pertenecientes a géneros limítrofes, pues este comentario iluminará —creo que con claridad— ese terreno fronterizo que el cuento comparte durante varias décadas del XIX con otras modalidades narrativas breves[4].
[2] Por lo que respecta a los acontecimientos políticos relacionados con Navarra y las Provincias Vascongadas (derrota carlista en 1876, abolición de los fueros vascos…), no en cuanto a la moda literaria, pues la de la novela histórica romántica había quedado superada años atrás, constituyendo ahora el modelo los Episodios Nacionales de Pérez Galdós.
[3] Cedido por sus bisnietos, los Sres. Sendín Pérez-Villamil, al Archivo General de la Universidad de Navarra, donde actualmente se conserva.
[4] Adaptaré aquí las páginas que dedico al mismo tema en mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas.
En QH el «gracioso» Morfuz juega con los nombres propios (confunde a Efraín con a freír, p. 660b[1]; rey Jabín con rey Jabón, Sísara con Chicharra, dios Bahalín con dios Badil, p. 661a). En un determinado momento cae prisionero de los soldados de Sísara, que lo han encontrado desmandado, pero él replica que iba mandado y muy mandado por sus amos. Cuando Sísara le pregunta cómo se llama, responde con lógica aplastante que él nunca se llama a sí mismo, que son otros los que le llaman. Nuevos juegos de palabras: al verse amenazado con la muerte, afirma que adorará, no solo al dios Badil, sino al dios Badil y Tenaza (p. 668a); también juega con el nombre Haber y el infinitivo del verbo haber (haber ‘tener dinero, ser rico’ manda tanto como su amo, Haber, p. 668b). A propósito de este, indica Morfuz:
Presumo que anda […] dando a entender que él también huye de ti, y que en su casa sin su voluntad te alojas, ya que no te limonadas ni garapiñas (p. 668b).
El alojas, interpretado no como segunda persona del singular del verbo alojar, sino como ‘bebida de agua y miel’ permite la introducción jocosa de otros refrigerios similares: limonadas, garapiñas (también considerados como formas verbales: te alojas / te limonadas / [te] garapiñas). Al final, Sísara ordena que se le dé una salvaguardia, un salvoconducto para circular por el territorio por él contralado, y Morfuz entiende que le dan una gordasalva (p. 669b).
Artemisia Gentileschi,Yael y Sísara (c. 1620). Museo de Bellas Artes, Budapest.
El humor en ER se concentra en el pasaje de la «ollitragedia» (p. 1095a); Zafio es el villano simple encargado de llevar la comida al campo a los segadores. Cuando destapa la olla, solo puede servirles el caldo del guisado. Trata de explicar que por el camino tropezó y dio con la olla en el suelo, y que solo pudo recoger el caldo, en tanto que los bocados de carne fueron absorbidos por la tierra. Por último, confiesa que se fue comiendo todos lo bocados uno tras otro: él fue sacando los bocados como si fuesen presos encerrados en la cárcel de la olla y él la visita general que los ponía en libertad (p. 1095b). De la misma forma, se ha bebido el vino y ha llenado la bota con agua. También manifiesta celos porque su esposa trata con consideración (demasiada, según él) al huésped invitado, Lucero.
Mucho menos frecuentes son estos rasgos humorísticos en autos como Las Órdenes Militares o La Hidalga del valle (en este último, algunos comentarios del Placer, sirviente en la casa de Joaquín, que habla en sayagués y juega en alguna ocasión del vocablo, como en la interpretación literal de la frase hecha hacer de su capa un sayo,p. 122a). En El cubo de la Almudena, cabe destacar el personaje de Alcuzcuz, cuya habla es entre sayaguesa y aljamiada y hace chistes tópicos acerca del poco caudal del madrileño Manzanares, «humilde arroyo, / que trae vanidad de río»; el «gracioso» aconseja a la ciudad «vender puente o comprar río» (p. 570b). Otro aspecto que se explota es su cobardía (sale «armado ridículamente», acot. en p. 577a); o su gusto por el vino, pese a que los moros lo tienen por veneno (pp. 580a y 584a, donde también se remonta, en concatenación festiva, desde el sarmiento hasta el vino, pasando por cepo ‘cepa’, pámpano, agraz, uva y mostillo).
En definitiva, los elementos humorísticos presentes en estos autos son bastante numerosos, aunque, como concluye García Ruiz, su presencia no sea requisito indispensable. Creo que cabe relacionar esa presencia humorística con el mayor o menor contenido teológico de cada auto. Para González los autos marianos no presentan tantas complicaciones filosóficas como otros, pues su tema es más restringido. Si damos por bueno este aserto, podemos aventurar que sería el menor acarreo de datos eruditos, la existencia de menos paráfrasis de pasajes bíblicos, etc., lo que permite la entrada, en mayor proporción, de lo humorístico. Por otra parte, la localización parcial de la acción en el campo, con la introducción de personajes rústicos (pastores, segadores, villanos, todos ellos en la órbita del simple o del gracioso, especialmente en ER y PS) aumenta las posibilidades cómicas de estos autos[2].
[1] Todas las citas corresponden a Pedro Calderón de la Barca, Obras completas, tomo III, Autos sacramentales, ed. de Ángel Valbuena Prat, 2.ª reimp. de la 2.ª ed., Madrid, Aguilar, 1991. En lo que sigue emplearé las abreviaturas de las Concordancias de Flasche: HV(=La Hidalga del valle), MC (=A María el corazón), ER (=Las espigas de Ruth), QH (=¿Quién hallará mujer fuerte?),FC (=La primer Flor del Carmelo), PS (Primero y segundo Isaac), CA (=El cubo de la Almudena) y OM (=Las Órdenes Militares).
[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Imaginería barroca en los autos marianos de Calderón», en Ignacio Arellano, Juan Manuel Escudero, Blanca Oteiza y M. Carmen Pinillos (eds.), Divinas y humanas letras. Doctrina y poesía en los autos sacramentales de Calderón, Kassel, Edition Reichenberger, 1997, pp. 253-287.
Nos acercamos al final del relato de Félix Urabayen[1]. Fermín y Piedad viven felices: «Hartura en la tierra, serenidad en el paisaje. Dentro de nosotros, sosiego y paz» (p. 346). El paisaje vasco acaricia, no desgaja, como el castellano. En Vasconia el gris está en las nubes; el azul en la tierra. «Vasconia entera tiene la piel azul…» (p. 347); en Castilla ocurre al revés: el azul está en el cielo mientras que la tierra es gris: «Su alegría es instable, fugitiva; su tristeza, eterna. Toda la piel de Castilla es gris… […] El azul es la esperanza, y en Castilla el cielo se aleja siempre…» (p. 347). Piedad, trasplantada al valle baztanés, ya no tiene aquel aire trágico que le acompañaba en Toledo. «Sopla una brisa propicia para la sementera…» (p. 346). A propósito de la dicotomía de Iturris y Mendías comenta Fermín:
Yo también necesito afianzar mis pies en el Pirineo. Cuanto más afinco mis raíces espirituales en este solar, pronto pierden mis pensamientos su vaguedad inicial, más pronto me limpio de ensueños enfermizos, de visiones delirantes y de fermentaciones pesimistas. El Pirineo es mi sanatorio; repara mis fuerzas y me reconcilia con el genio práctico de los Iturris; fuera de él, la herencia de los Mendías se agiganta, triunfa y manda sobre mí (pp. 346-347).
Valle de Baztán (Navarra)
Y de nuevo la misma idea que recorre toda la novela:
Apoyándose en la matriz castellana, el martillo vasco irá forjando miles de cabecitas rubias, de sonrisas niñas, de cándidos y juveniles corazones. Porque sólo penetrando en la matriz, una raza de cíclopes puede ser eterna; porque sólo arañando aún más la tierra, los vascos podrán destronar a Júpiter (p. 348).
El capitulillo final, «El otoño baztanés: alegoría», insiste en el idilio del versolari vasco-navarro y la princesa castellana, Fermín y Piedad. Esta ya no lleva ropilla negra sino vestidos blancos que al marido se le figuran «blancos pañales, espuma de encaje, agua de Bautismo». Ambos han resucitado a una nueva vida. Las palabras finales de la novela son: «¡La vieja luz de agonizante, con su llama incierta de hachón funerario, ha despertado en nosotros este temblor creador, que a su vez engendra las carnes rosadas de todos los Nacimientos!» (p. 349). Antes los enamorados, mientras escuchaban el arrullo de unas palomas, habían enlazado sus manos, imagen visual que representa la fusión de las dos tierras complementarias, el vital solar vasco actuando sobre la matriz histórica castellana; la unión de los esposos simboliza, en suma, ese idilio de Vasconia y Castilla propugnado por Félix Urabayen en esta novela.
Y es que Vasconia, su tierra natal, y Castilla, la región donde estuvo destinado largo tiempo, constituyen los dos ejes geográficos y temáticos de la mayor parte de la producción narrativa de Félix Urabayen, tanto de sus novelas como de sus estampas de viaje (nuestro escritor se definió en alguna ocasión como «estampista peripatético»). La inter-penetración mutuamente enriquecedora de ambos territorios, la fusión de ambas realidades geográficas en una síntesis superadora para lograr un futuro pleno de progreso y prosperidad, es idea por la que aboga Urabayen en varias de sus obras, como he tratado de mostrar a propósito de Toledo: Piedad, novela en la que la propuesta de maridaje entre Vasconia y Castilla queda simbolizada en la unión del «versolari» Fermín y la «princesa mora» Piedad.
Podría añadirse, para acabar, que se aprecia una gradación en las tres novelas toledanas de Urabayen, que va del mayor optimismo de 1920 al pesimismo bastante marcado de 1936 (ya en vísperas de la Guerra Civil). Esta evolución podría considerarse como la constatación del fracaso de las ideas regeneracionistas del autor: los proyectos, las ideas, los sueños, las posibilidades de mejora, no se han podido hacer realidad. Al final, las «fuerzas vivas» (más bien muertas) de la moribunda ciudad lo impiden. En suma, a tenor de lo que leemos en las novelas de Baroja y Urabayen, para la Generación del 98 y la del 14 Toledo ha dejado de ser la imperial ciudad, mística y guerrera, que fuera en otros tiempos, para convertirse en una ciudad levítica que quintaesencia de manera simbólica la situación de toda Castilla y de España entera[2].
[1] La primera edición de Toledo: Piedad fue la de Madrid, Fernando Fe, 1920, pero citaré por la segunda, Madrid, Espasa-Calpe, 1925.
Bartolomé Esteban Murillo, San Francisco Javier (c. 1670). Wadsworth Atheneum (Hartford, Connecticut, Estados Unidos)
1506 El 7 de abril nace en el castillo de Javier (Navarra) Francisco (Francés) de Jaso y Azpilicueta. Su padre, Juan de Jaso, era Presidente del Real Consejo del rey de Navarra, Juan III de Albret. Su madre, doña María de Azpilicueta, pertenecía a una noble familia de la que formaba parte Martín de Azpilicueta, el llamado «Doctor Navarrus». Francisco era el benjamín de cinco hermanos: Magdalena, Ana, Miguel, Juan y él mismo.
1512 Conquista de Navarra por las tropas castellano-aragonesas al mando de don Fadrique Álvarez de Toledo, duque de Alba, por orden de Fernando el Católico, rey ya de Aragón y Castilla.
1515 Muerte de su padre en el exilio. Navarra es incorporada a la Corona de Castilla.
1516 Miguel y Juan, los hermanos de Francisco, partidarios del legítimo rey de Navarra, don Juan de Albret, participan en una incursión bélica para tratar de recuperar el reino, que fracasa. Ambos son encarcelados; la familia es desposeída de sus propiedades, y el castillo desmochado por orden del gobernador, el cardenal Cisneros.
1521 Una nueva invasión navarro-francesa al mando del duque de Foix penetra hasta Logroño, permitiendo a los leales al rey Juan de Albret recuperar el control casi total del reino, si bien por poco tiempo. El 20 de mayo Íñigo López de Loyola —que combate con las tropas guipuzcoanas del emperador Carlos— es herido en la defensa del castillo de Pamplona, asediado por el ejército navarro-francés.
1524 Francisco Javier tiene tomada la determinación de ir a estudiar a París, en la célebre Universidad de la Sorbona. Antes cursa estudios en diferentes ciudades navarras, entre ellas Pamplona.
1528 Viaja a París para proseguir sus estudios en la Sorbona.
1529 Conoce a Ignacio de Loyola.
1531 Se gradúa en París en filosofía. Comienza estudios de teología.
1532-1533 La conversión de Javier se produce entre diciembre de 1532 y junio de 1533 (según Schurhammer). Ignacio le recuerda la frase evangélica: «¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?» (Mateo, 16, 26).
1534 El 15 de agosto, una vez finalizados sus estudios, Javier, Ignacio y otros compañeros pronuncian en la Cripta del Martirio de Montmartre sus votos de pobreza y castidad y prometen peregrinar a Tierra Santa. Francisco se queda en París otros dos años más estudiando teología, después de participar en los Ejercicios espirituales impartidos por Ignacio de Loyola.
1537 Viaja con Ignacio a Italia. En Roma visitan al papa Paulo III para pedirle su bendición antes de emprender el viaje a Tierra Santa, viaje que no se iba a poder realizar por haber entrado en guerra Venecia con el imperio turco. El 24 de junio Javier es ordenado sacerdote en Venecia, donde se dedica a predicar. Ante la tardanza del viaje a Jerusalén, vuelven a Roma y se ofrecen al papa para ser enviados a cualquier otro lado.
1540 El papa aprueba formalmente la Compañía de Jesús. Javier marcha a Lisboa, pasando por Azpeitia para entregar cartas de Ignacio de Loyola a su familia. La iniciativa de marchar a Portugal se debe a la solicitud del embajador portugués en Roma, don Pedro de Mascarenhas, que pidió a Ignacio de Loyola, en nombre del rey don Juan III, algunos hombres suyos para enviarlos a las Indias Orientales. Para ese viaje, Francisco fue nombrado por el papa «legado suyo en las tierras del mar Rojo, del golfo Pérsico y de Oceanía, a uno y otro lado del Ganges».
1541 Javier parte de Lisboa el 7 de abril hacia las colonias portuguesas en la India como nuncio papal en el lejano Oriente. El 22 de septiembre llega a Mozambique, donde se queda hasta febrero del año siguiente. Allí ayuda en el hospital y percibe el mal trato que se da a los negros, lo cual le lleva a tener los primeros enfrentamientos con las autoridades civiles portuguesas.
1542 El 6 de mayo, después de efectuar escalas en Melinde y Socotora, llega Javier a Goa (ciudad que luego sería capital de la India Portuguesa). Prepara un texto divulgativo basado en el catecismo de Juan Barros y comienza a predicar la doctrina católica por la ciudad, a la vez que asiste a moribundos, visita a presos y socorre a pobres. Trata de aprender la lengua del país. Tras rechazar el puesto de director del seminario de San Pablo, en octubre de 1542 se embarca para las islas de la Pesquería, en la costa de Goa, donde permaneció más de un año. Aprende el idioma tamil y traduce a esa lengua parte de los textos cristianos. Evangeliza a los indios paravas y recorre las ciudades de Tuticorrín, Trichendur, Manapar y Combuture, encontrando la oposición de los brahmanes de la región.
1543 En el mes de noviembre se encuentra en Goa con sus compañeros micer Paulo y Mansilla y se entrevista con el obispo de la ciudad, Juan de Alburquerque, para pedirle misioneros. Este destina a seis sacerdotes para esa labor y Javier se vuelve con ellos a la Pesquería. En el viaje escribe varias cartas a sus compañeros de Roma, señalando que «muchos cristianos se dejan de hacer en estas partes por no haber personas que se ocupen en la evangelización». En la Pesquería permanece un mes con los makuas, donde bautizará a más de 10.000 personas.
1545 Parte a las islas Molucas en compañía de Juan Eiro, llegando a Malaca poco después. Durante tres meses aprende algo del idioma, traduce algunos textos de la doctrina católica y se familiariza con la cultura local. Escribe al rey de Portugal sobre «las injusticias y vejaciones que les imponen [a los nativos] los propios oficiales de Vuestra Majestad».
1546 Viajes por el archipiélago malayo. En el mes de enero sale hacia la isla de Amboino. Recorre diferentes islas de la región y en Baranula (Ceran), según cuenta la tradición, un cangrejo le devuelve el crucifijo que había perdido durante una tempestad. En junio llega a Ternate, rico centro comercial de especias y última posesión portuguesa. Permanece allí tres meses. Otros tres meses los pasa en las islas del Moro, y de allí emprende el viaje de vuelta a Malaca. Llega a Cochín el 13 de enero de 1548.
1548 Recorre diversos lugares de la India realizando labores de reordenación y supervisión de las misiones establecidas en este extenso territorio y en las Molucas.
1549 El domingo de Ramos de este año Javier emprende el viaje a Japón, acompañado de sus compañeros Cosme de Torres y Juan Fernández y el traductor Anjirō, llegando a su destino el 15 de agosto. Permanece un año en Kagoshima, entonces capital del reino Sur del Japón. Su estancia en tierras japonesas se extiende por dos años y tres meses. Con ayuda de su compañero Pablo de Santa Fe trata de evangelizar a sus gentes.
1550 Se dirige al norte del Japón. Funda una pequeña colectividad cristiana en Hirado. Llega a Yamaguchi, luego a Sakai y, finalmente a Meaco, donde intenta, sin conseguirlo, ser recibido por el emperador. Se traslada a Yamaguchi de nuevo y obtiene del príncipe la garantía de respeto a los conversos al cristianismo. Su predicación da como fruto la creación de una comunidad católica que permanece hasta nuestros días. Muchos de los convertidos son samuráis. Cuenta en cambio, con la fuerte oposición del clero local, los bonzos.
1551 En septiembre le llama el príncipe de Bungo, quien le permite predicar en esas islas.
1551 Abandona Japón para visitar las misiones de la India. Realiza el viaje de vuelta en la nao Santa Cruz, capitaneada por Diego de Pereira, quien le brinda la idea de organizar una embajada a China en nombre del rey de Portugal. Al llegar a Malaca se entera de que la India ha sido nombrada provincia jesuítica independiente de Portugal y que él es su provincial.
1552 El 24 de enero llega a Cochín y el 18 de febrero a Goa. Realiza preparativos para el viaje a China y parte rumbo a ese país el 14 de abril en la nao Santa Cruz del capitán Pereira. Le acompañan el sacerdote Gago, el hermano Álvaro de Ferreira, Antonio de Santa Fe (de origen chino) y un criado indio llamado Cristóbal. Cuando llegan a Malaca tienen problemas con el capitán de Mares, Álvaro de Ataide, que retrasa el viaje por dos meses e impide que Pereira siga al mando de la nao.
1552 Desembarca en el islote de Sancian (Shangchuan), a 150 km. de Cantón, cerca de Macao, China. Allí permanece a la espera de un barco chino que les introduzca, clandestinamente, en el continente. El 3 de diciembre, a los 46 años de edad, Francisco Javier fallece a causa de unas fiebres.
1553 Desenterrado, se descubre que su cuerpo está incorrupto. El 22 de marzo es enterrado en Malaca, en la iglesia de Santa María del Monte. Después su cuerpo es conducido a Goa, adonde llega en la primavera de 1554.
1614 Un sacerdote jesuita secciona su brazo derecho —con el que bautizó a miles de personas— y se traslada como reliquia a Roma, donde se venera en la iglesia del Gesù.
1619 El 25 de octubre es beatificado por el papa Paulo V.
1621 Es nombrado patrón de Navarra por la Diputación del reino.
1622 Es canonizado —San Francisco Javier— el 12 de marzo por el papa Gregorio XV, junto con San Ignacio de Loyola, Santa Teresa de Jesús, San Isidro Labrador y San Felipe Neri.
1623 Llega a Goa la noticia de su canonización, la cual se solemnizó con una gran ceremonia al año siguiente, 1624. Sus restos son depositados en una urna de plata.
1624 Es ratificado como patrón de Navarra por las Cortes del reino (desde 1657 compartirá el patronazgo con San Fermín de Amiens —y también con Santa María la Real—).
1748 Es nombrado patrono de todas las tierras al este del cabo de Buena Esperanza.
1904 Es nombrado patrono de la Obra de la Propagación de la Fe.
1927 El papa Pío XI le nombra patrono de las Misiones junto a Santa Teresita del Niño Jesús.
1952 El papa Pío XII lo proclama patrono del Turismo.
1491 Año probable del nacimiento de Íñigo López de Loyola, en la casa solariega de Loyola (parroquia de Azpeitia, Guipúzcoa) donde vivía su familia, perteneciente a la nobleza del señorío de Vizcaya. Era el último de los ocho hijos varones de don Beltrán Ibáñez de Oñaz, señor de Loyola, y doña Marina Sánchez de Licona.
1506-1517 Es educado como paje en el palacio del contador mayor de Castilla, don Juan Velázquez de Cuéllar, en Arévalo (Ávila). En 1507 muere su padre. En 1515 es acusado de «delitos enormes» en Azpeitia. En 1517 muere Juan Velázquez de Cuéllar e Ignacio se traslada de Arévalo a Navarra como gentilhombre del virrey, don Antonio Manrique, duque de Nájera.
1521 Como soldado del virrey de Navarra, interviene en la defensa de Pamplona contra las tropas francesas de Francisco I que pretendían invadir Navarra, recuperando el reino para Enrique II de Navarra. El 20 de mayo es herido por una bala que le rompió una pierna y le lesionó la otra. Pasa la convalecencia en Loyola; en este tiempo caen en sus manos algunos libros piadosos que le hacen descubrir, en la vida de Jesús y de los santos, un nuevo horizonte en su vida. Se produce en Ignacio una primera conversión. Experimenta, igualmente, una lucha interior entre deseos piadosos y deseos mundanos.
1522-1523 Ignacio comienza una vida de oración, meditación y penitencia. Tras visitar el santuario mariano de Aránzazu, donde seguramente hizo voto de castidad, emprende una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Montserrat. Una vez en Montserrat, hace una confesión general que dura tres días y una vela de armas, en la noche del 24 al 25 de marzo de 1522, dejando a los pies de la Virgen morena sus vestidos y su espada. En febrero de 1523 continúa el camino hacia Manresa, donde da comienzo a una vida de pobreza, oración, y penitencia. Después de un tiempo de turbación, escrúpulos, dudas y angustias, vivirá una singular experiencia de Dios que recordará toda la vida: «la ilustración del Cardoner». Concibe entonces la idea de crear un instituto religioso. Igualmente comenzará a formular su experiencia espiritual, con lo que da comienzo a lo que más adelante será el libro de los Ejercicios espirituales. El 20 de marzo de 1523 se embarca en Barcelona para iniciar su peregrinación a Tierra Santa: pasa por Roma, para obtener el permiso papal, y el 14 de julio sale de Venecia. Llega a Jerusalén el 14 de julio. Su intención era quedarse allí, pero el provincial de los franciscanos se opone y parte de regreso el 23 de septiembre, llegando a Venecia a mediados de enero de 1524.
1524-1526 Se instala en Barcelona, donde es recibido por una bienhechora, Isabel Roser. A los 33 años, empieza a estudiar latín con el bachiller Jerónimo Ardévol, maestro de gramática. Reúne a sus tres primeros compañeros, que le seguirán a Alcalá y Salamanca.
1526-1527 En marzo de 1526 se traslada a Alcalá de Henares para cursar filosofía. Comienza a impartir ejercicios espirituales, actividad por la cual es considerado sospechoso de alumbramiento. Sufre tres procesos, siendo condenado a no predicar durante tres años. En junio de 1527, al salir de la prisión, viaja a Salamanca, donde también conoce dificultades: nuevamente tendrá procesos inquisitoriales, es encarcelado otra vez, se le prohíbe predicar y enseñar materias teológicas por no haber hecho suficientes estudios. Al quedar libre, Ignacio decide marchar a París para proseguir sus estudios. Adoptará la forma latina (Ignatius) de su nombre de pila (Íñigo).
1529-1531 Cursa filosofía en el colegio de Santa Bárbara, donde se encuentra con el saboyano Pedro Fabro y el navarro Francisco Javier. Realiza tres viajes a Flandes y uno a Londres para subvencionarse los estudios.
1532 Recibe el grado de bachiller en Artes.
1533 Se licencia en Artes.
1534 Obtiene el grado de maestro en Artes (aunque el diploma lleva la fecha de 14 de marzo de 1534). Da el mes de Ejercicios a Fabro, Laínez, Salmerón, Rodrigues, Bobadilla y Francisco Javier. El día 15 de agosto, Ignacio y sus compañeros realizan en Montmartre votos de pobreza, castidad y vida apostólica, que renovarán en el mismo día los dos años siguientes.
1535 A principios de abril, enfermo, sale de París camino de Azpeitia. Además de cuidar su salud, pretende visitar a los familiares de Javier y de Laínez. Viajes por España (Obanos, Almazán, Sigüenza, Madrid, Toledo, Segorbe, Valencia).
1536 En Venecia completa sus estudios de teología, comenzados en París en 1533, y ejercita el apostolado con conversaciones y Ejercicios. Es ordenado sacerdote de manos de Vicente Negusanti, obispo de Arbe.
1537 Año de espera para la peregrinación a Jerusalén. Proceso judicial, acusado de ser un fugitivo de España y de París, quedando exculpado el 13 de octubre. Visión trinitaria de la Storta: Ignacio tiene una experiencia espiritual de excepcional trascendencia que confirma definitivamente su idea de servicio divino. Esta visión tuvo claras repercusiones en la fundación de la Compañía de Jesús, empezando por el nombre de la nueva orden, un nombre que era todo un programa: ser compañeros de Jesús, alistados bajo su bandera, para emplearse en el servicio de Dios y bien de los prójimos. En noviembre entra en Roma.
1538 Ignacio celebra su primera misa en la iglesia de Santa María la Maggiore. Él y sus compañeros se ofrecen al papa.
1539 Deliberaciones sobre la fundación de la Compañía. El papa Paulo III aprueba oralmente la Compañía de Jesús. Salen a varias partes los primeros compañeros.
1540 Por medio de la bula Regimini militantis EcclesiaePaulo III aprueba de manera canónica, el 27 de septiembre, la constitución del instituto de clérigos regulares de la Compañía de Jesús, cuyos estatutos ya había admitido verbalmente el año anterior. Francisco Javier parte para la India.
1541 Ignacio comienza la redacción de las Constituciones de la Compañía y es elegido, el 8 de abril, Superior General de la misma. A partir de este momento, salvo breves ausencias, Ignacio vivirá permanentemente en Roma, dedicándose al apostolado y al gobierno de la Compañía.
1544 Comienza la redacción del Diario espiritual.
1546 Muere Pedro Fabro. Admisión de Francisco de Borja. Ignacio termina las Constituciones. Enferma gravemente.
1548 Se publican sus Ejercicios espirituales, aprobados por Paulo III.
1550 El papa Julio III confirma la aprobación de la Compañía.
1551 Funda el Colegio Romano.
1552 Funda el Colegio Germánico. Muere Francisco Javier a las puertas de China.
1553 Comienza a dictar su Autobiografía.
1556 Muere Ignacio de Loyola en la madrugada del 31 de julio. Su cuerpo fue sepultado en la pequeña iglesia de Santa Maria de la Strada, quedando después depositado en el actual altar dedicado a él en la iglesia del Gesù.
1609 El 27 de julio el papa Paulo V beatifica a San Ignacio de Loyola.
1622 El 12 de marzo el papa Gregorio XV canoniza a Ignacio de Loyola, junto con Francisco Javier, Teresa de Jesús, Isidro Labrador y Felipe Neri.
1922 Pío XII le nombra patrono de los Ejercicios Espirituales y de las obras que los promueven.