Otras comedias de asunto religioso de Jerónimo de Cáncer

En Dejar un reino por otro y mártires de Madrid (1678, escrita por Cáncer y Velasco en colaboración con Villaviciosa y Moreto[1]), Enrique, cautivo español que guarda gran parecido físico con Solimán, el desaparecido sobrino del emperador otomano Amurates, tiene la oportunidad de hacerse pasar por el infante y aspirar al trono de los turcos y al amor de la bella princesa Luna. Ya en Constantinopla, se reúne con Flora, mujer a la que cortejó en Madrid y que le ha seguido por toda Europa. Ambos se niegan a renunciar a su fe cristiana, mueren mártires y un ángel pone sobre sus cabezas sendas coronas de color rojo y blanco (símbolo de su sangre derramada y de su castidad).

Santa Sofía

En Antioquía, en tiempos de Diocleciano, ocurre la acción de La Margarita preciosa (1663, con Zabaleta y Calderón[2]). Margarita, hija supuesta de Esedio, sacerdote gentil, se convierte al cristianismo y es sacrificada a los dioses; después de muerta, obra el prodigio de decir que Cristo es el Dios verdadero. En la Jornada II, Cáncer la presentaba en traje de pastora, entonando bellas alabanzas a Dios-Pastor: «Ya todo me ha faltado, / mas como os tenga a Vos, Divino Esposo, / nada encuentro, Señor, que sea penoso» (p. 420). La obra se desarrolla en un ambiente campesino, con bellas cancioncillas intercaladas:

MÚSICOS.- La beldad de Flora
celebren y alaben
todos los pastores
deste ameno valle.
Que de Margarita
la hermosura grande
quemósela el sol,
llevósela el aire (Jornada II, pp. 420b-421a)[3].


[1] Dejar un reino por otro y mártires de Madrid, de Cáncer, Villaviciosa y Moreto, en Parte cuarenta y cuatro de comedias nuevas, nunca impresas, escogidas de los mejores ingenios de España, Madrid, por Roque Rico de Miranda, a costa de Juan Martín Merinero, 1678.

[2] La Margarita preciosa, comedia famosa de tres ingenios, la primera jornada de Don Juan de Zabaleta, la segunda de Don Gerónimo Cáncer y la tercera de Don Pedro Calderón, en Parte veinte y una de comedias nuevas escogidas de los mejores ingenios de España, Madrid, Joseph Fernández de Buendía a cargo de Agustín Verges, 1663. Puede leerse en el tomo XIV de la BAE (Obras de don Pedro Calderón de la Barca, ed. de Juan Eugenio Hartzenbusch, tomo cuarto, Madrid, Rivadeneyra, 1945), pp. 517-536.

[3] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Cáncer y la comedia burlesca», en Javier Huerta Calvo (dir.), Historia del teatro español, vol. I, De la Edad Media a los Siglos de Oro, Madrid, Gredos, 2003, pp. 1069-1096.

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: algo más sobre la comicidad verbal

Como ya señalé en alguna entrada anterior, esta comedia de Tirso[1] rebosa de comicidad verbal, con numerosos juegos de palabras y chistes, en su mayor parte puestos en boca del criado Ventura.

Letras

Algunas de esas alusiones del gracioso están basadas en dilogías: de pesado (el bolsillo es tan pesado que parece necio, p. 1081); de preñado ‘lleno de cosas’ y ‘embarazado’, siendo esta segunda acepción operante por la mención de virgen (p. 1081); de sortija ‘anillo’ y ‘juego consistente en correr la sortija’, jugando además con la palabra precio, que designaba el ‘premio de las justas literarias’ (p. 1082); de ay, ay, ay ‘exclamaciones de don Melchor’ y ‘un baile de la época’ (p. 1104); de celebrada ‘encarecida’ y ‘misa celebrada’ (p. 1112); de faltas ‘ausencia de la menstruación’, ‘mataduras y defectos de una caballería’ y ‘errores en el juego de la pelota’ (p. 1116); de reverencias ‘saludo de cortesía’ y ‘tratamiento eclesiástico’, segundo significado atraído por la alusión inmediata a paternidades (p. 1140); de alba ‘vestidura religiosa’ y ‘amanecer’ (p. 1141), etc. También son frecuentes los juegos con las distintas acepciones de mano, como en este pasaje:

Mano, si en bolsillos fiera,
en sortijas franca y linda,
mano ginovesa o fúcar,
mano de papel batida,
mano de reloj de Flandes,
de cabrito o de cabrita,
de almirez que hace almendrada
y de misal manecilla (p. 1112).

Otros juegos de palabras están basados en fáciles paronomasias, como dedal y Dédalo, devanador y devaneos, ébano y Eva no (p. 1082); primo y primero (p. 1082); yerros ‘errores’ y [hierros] ‘cadenas’ de amor (p. 1086); cabello y cabe ello (p. 1087); muda y mudanzas (p. 1100); Chirinola y chirimía (p. 1110) o Chirinola y chilindrina (p. 1112); doblón y doblar de las campanas (p. 1131; luego el juego es entre doblón y doblar las rodillas, p. 1140); escudos, escudero y escudería (p. 1132). Puro floreo verbal es esta mezcla de paronomasias y derivaciones que hace Ventura:

Ya, ojos, pierdo la ojeriza
con que el bolso nos aojaste.
Ojalá ese ojal [dé] vista
al dios sin ojos ni ojetes[2],
pues es hojuela en almíbar.
Ojo a la margen, señor (p. 1111).

O esta acumulación de palabras que empiezan por la letra f:

… esta es mano, y no la otra,
flemática, floja y fría,
frágil, follona, fullera,
fiera, fregona y francisca (p. 1112).

En fin, la misma escena se remata con otro juego de paronomasia y aliteración: «¡Oh mano que mana minas!» (p. 1113)[3].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Enmiendo aquí el texto de la edición. Blanca de los Ríos, por su parte, en la edición de Aguilar, edita: «Ojale ese ojal de vista / el dios sin ojos ni ojetes».

[3] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

Otros personajes de «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada

Otros tres personajes históricos de Doña Urraca de Castilla, que refuerzan con su presencia ese aspecto de la novela, son los condes de Trava (Traba) y de Lara y don Gutierre Fernández de Castro. Don Pedro Froilaz, conde de Trava (esta es la grafía que se usa en la novela), es el ayo del príncipe don Alfonso y su principal valedor junto con don Diego Gelmírez.

PedroFroilaz

Respecto a don Pedro González de Lara, Francisco Navarro Villoslada[1] nos ofrece la imagen transmitida por el Padre Mariana y otros historiadores: afeminado, delicado y lleno de melindres, débil, cobarde e irresoluto, cuya ambición y orgullo le llevan a darse aires de grandeza. Don Gutierre Fernández de Castro, el conde de los Notarios, es el encargado de administrar justicia en los reinos de Castilla y León. Aparece en la novela como un hombre duro, inflexible, incluso cruel, pero de carácter noble, recto y justiciero; vasallo rudo y leal de la reina, hace siempre lo que mejor conviene para el bien de su soberana, aunque tenga a veces que contrariar su voluntad o decirle verdades que hacen daño.

Por último, en el catálogo de los personajes históricos, hay algunos aludidos, que no intervienen directamente en la acción de la novela, como Raimundo de Borgoña, primer marido de doña Urraca, Alfonso Raimúndez, su hijo, Alfonso el Batallador o Gómez González Salvadores, el conde de Candespina.

Los demás personajes son menos importantes: Elvira, la hermana bastarda de don Pedro Froilaz, conde de Trava, caracterizada por su melancólica hermosura; don Bermudo, noble bizarro y cumplido, la flor de la caballería de Galicia; Munima, la hija de Pelayo y vecina de Ramiro, una joven bella y tímida, candorosa y discreta, resignada hasta el extremo de sacrificar su propia felicidad para conseguir la de la persona que ama[2]; Gontroda o doña Gertrudis, la nodriza de don Ataúlfo, que recuerda muchísimo (por su edad, por su carácter, por las puntas y ribetes de bruja que tiene, por su dramática muerte) a la Ulrica del castillo de Torquilstone de Ivanhoe (su figura, sin ser de las principales, alcanza en el desenlace de la novela cierta grandeza trágica: Gontroda será la única persona que permanezca al lado de don Ataúlfo cuando todos lo abandonen, pereciendo entre las llamas del castillo); Pelayo, el fiel escudero de don Bermudo de Moscoso, «resuelto y decidido, sobre todo, a morir por su antiguo señor»; maese Sisnando, inteligente y astuto alarife que ayuda a Gelmírez en la construcción de varias obras, pero que es también el inspirador de la hermandad formada en Santiago contra él; Mauricia, Odoaria y Nuña, viejas dueñas, cotillas y muy habladoras, murmuradoras y supersticiosas (estos personajes habladores, criados o escuderos, se repiten con frecuencia en la novela histórica romántica española, sirviendo habitualmente para introducir pasajes humorísticos); o el verdugo Martín, odioso personaje que siempre acompaña a don Ataúlfo, ansioso de que su hacha pueda sacrificar alguna víctima[3].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Este personaje desempeña la misma función que Inés en Doña Blanca de Navarra. Como vemos, existe cierta tendencia en las novelas de Navarro Villoslada a incluir un personaje que simboliza el amor cristiano, la caridad, la resignación y el sacrificio.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

Jerónimo de Cáncer: comedias «de santos y bandoleros»

Un subgrupo particular dentro de la producción dramática de Cáncer y Velasco lo forman dos comedias «de santos y bandoleros». Me refiero a Chico Baturi y Caer para levantar. La primera, publicada en 1652, colaboración con Antonio de Huerta y Pedro Rosete Niño[1], es comedia de ambiente italiano (Palermo). Francisco Baturi mata a César Veintemilla, que ha conseguido rendir a su hermana Laura Baturi. Para proteger su honor, Baturi mantiene encerrada a Laura. Convertido en capitán de bandoleros, comete mil excesos, ensañándose especialmente con los familiares y partidarios de César. Al final, vestido con el hábito de San Juan, se entrega y pide al duque de Montalto que mire por el honor de su padre y su hermana, y el generoso duque perdona al arrepentido «bandolero capuchino».

ChicoBaturi

Caer para levantar (1662, con Matos Fragoso y Moreto[2]) es una versión del mito del hombre que vende su alma al diablo a cambio de placeres mundanos. La acción sucede en Coimbra. Violante, hija del noble don Vasco de Noroña, rechaza los planes de su padre para casarla con don Sancho de Portugal. Ella ama a don Diego de Meneses, que fue el matador de su hermano. Don Vasco maldice a su hija y solicita la ayuda de don Gil Núñez, varón con fama de gran virtud. Sin embargo, don Gil se deja llevar por su apetito y goza a Violante (quien lo recibe creyendo que se trata de su amado). Convertido en bandolero, don Gil firma un pacto con Angelio, el Demonio. En la escena final, cuando ya se le ve hundirse entre llamas infernales, solicita la ayuda divina y un ángel lo salva, y tanto él como Violante hacen votos religiosos. El humor corre por cuenta del gracioso Golondro, que aparece primero de bandolero y luego de ermitaño, haciendo —dice él— más milagros que longanizas[3].


[1] Chico Baturi, de tres ingenios, don Antonio de Huerta, don Gerónimo Cáncer y don Pedro Rosete, en Primera parte de comedias escogidas de los mejores de España…,  Madrid, por Domingo García Morras, a costa de Juan de San-Vicente, 1652.

[2] Caer para levantar, de don Juan Vélez, don Gerónimo Cáncer y don Antonio Martínez, en Parte diez y siete de comedias nuevas, y escogidas de los mejores ingenios de Europa, Madrid, Melchor Sánchez a cargo de San Vicente, 1662.

[3] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Cáncer y la comedia burlesca», en Javier Huerta Calvo (dir.), Historia del teatro español, vol. I, De la Edad Media a los Siglos de Oro, Madrid, Gredos, 2003, pp. 1069-1096.

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: el dinero

En entradas anteriores he revisado cuestiones relacionadas con la belleza femenina y el lenguaje galante en La celosa de sí misma de Tirso de Molina[1]. En cuanto al dinero, Ventura pinta a las mujeres como verdaderas pidonas, entusiastas amigas, como diría Quevedo, de Santo Tomé. Y así, si lo único que ve don Melchor de la dama de la Victoria es la mano (una mano gustada a sorbos, con intermitencias, como si jugara al escondite[2]), Ventura lo único que intuye, aunque no la vea, es su uña rapaz: «¡Ay qué uñas aguileñas! / ¡Ay qué bello rapio, rapis! / ¡Ay qué garras monederas!» (p. 1068). Si el galán comenta, refiriéndose a los encajes de la manga del vestido, que era una mano adornada con una vuelta de red, el gracioso verá en esa red la imagen perfecta de la pescadora de bolsillos ajenos; y si aquel habla de su puño abierto (de nuevo en referencia al vestido), el criado comentará que no estuvo cerrado el que les tomó los dineros (pp. 1092-1093). Ventura se escandaliza de que su amo dé a la tapada su propio bolsillo[3], comentando humorísticamente: «Espiró nuestro bolsillo: / Requiscat in pace, amén» (p. 1078), y el acto I se remata con un nuevo lamento suyo por los dineros perdidos: «¡Ay mis escudos doscientos, / espirasteis en Madrid» (p. 1095).

Niñas contando monedas

En su concepto, las mujeres oliscan las faltriqueras y «si no exhalan el aliento / dorado, vuelven el rostro, / escupen y hacen un gesto» (p. 1080). Por eso, cree que la «ninfa» volverá por la Victoria tan solo si intuye «otro bolsillo preñado / de doradas gollorías» (p. 1101). En las escenas siguientes siguen los dicterios del cuitado Ventura contra esa «mano de tejo / que hemos engastado en oro» (p. 1084), verdadera «mano […] de Judas, / pues lleva bolsa y dineros» (p. 1087; recuérdese que Judas era quien guardaba la bolsa con el dinero común de los apóstoles). Todas estas prevenciones del criado contra las uñas femeninas las confirma su compañera Quiñones, quien comenta que todas las damas reciben con gusto las dádivas de sus amados, al afirmar que «Es grande hechicero el dar» y que, jugando del vocablo, «en los estudios de amor / sólo hay libros de recibo» (p. 1089)[4].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Ventura se sorprenderá de este amor de su amo, que entra por la grosura, por la mano, no por los ojos (p. 1072), vía de transmisión de los espíritus amorosos, según las idealizadas teorías neoplatónicas.

[3] Reprocha a su amo que va a hacer un mal papel, yendo a vistas sin un real, pues le parecerá a la novia un pelón que aspira a casarse con ella por el interés, por el dinero de su dote: «Pero agora, yendo a vistas / sin un real, por Dios, que temo / que al instante que te mire / le has de oler a perro muerto» (p. 1080), haciendo un juego de palabras entre el significado literal: ‘le has de parecer mal, como el olor de un perro muerto’ y la expresión formulística dar perro muerto, alusiva al engaño consistente en engañar a alguien (se decía sobre todo cuando no se pagaba a una prostituta por sus servicios). En cambio, la prometida de don Melchor es rica, y el oro nunca es feo; con dinero puede ser tenida como prototipo de belleza, como Elena de Troya, y de honestidad, como Lucrecia (p. 1062).

[4] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

Elementos de intriga en «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada: disfraces e identidades ocultas

También en Doña Urraca de Castilla de Francisco Navarro Villoslada[1] encontramos el recurso folletinesco de la ocultación de la personalidad o la vuelta de personajes a los que se daba por muertos. Como sabemos, el cliché del personaje supuestamente plebeyo que termina siendo de origen noble es un recurso muy tópico. Ese es el caso, en esta novela, del joven protagonista, Ramiro, que pasa por ser hijo de un pequeño hidalgo de Santiago, y a quien conocemos en los primeros capítulos como simple pajecillo del obispo Gelmírez. Pero es en realidad hijo de don Bermudo de Moscoso y de doña Elvira de Trava, y el heredero de todos los estados de Altamira.

El suyo es un caso más de niño expósito. Podemos reconstruir brevemente su historia: el nacimiento de Gonzalo (que es su nombre verdadero) suponía un obstáculo más para la ambición de su tío don Ataúlfo de hacerse con las posesiones de Altamira; dado que no puede matar a nadie —por su creencia en la superstición comentada en una entrada anterior—, encierra a don Bermudo, el hermano primogénito, en un calabozo de Altamira, y entrega el niño a Gontroda para que lo abandone, de forma que las fieras acaben con su vida, al tiempo que hace circular el rumor de que ambos han muerto durante el ataque de unos piratas normandos; Gontroda lo abandona en un bosque, pero no sin antes asegurarse de que por allí pasaría Nuña, desesperada porque acababa de perder a su hijo recién nacido. Poco antes de morir, Nuña ha confesado a Gelmírez que Ramiro no es su hijo, y que ignora quiénes pueden ser sus padres. A partir de ahí comienzan las averiguaciones del obispo y de la reina doña Urraca. Los personajes que disponen de más datos son Gontroda y Pelayo, el fiel escudero de Bermudo, al que don Ataúlfo cortó la lengua para que no hablase; sin embargo, ha aprendido a escribir y sus revelaciones serán de vital importancia para resolver el caso.

Como es habitual en estas novelas, se van dando aquí y allá algunas pistas que adelantan el descubrimiento de la verdadera identidad del personaje en cuestión. La reina insiste constantemente en la semejanza de Ramiro con su antiguo amado, don Bermudo, en la voz, en la fisonomía y en el carácter. Además, Gonzalo tenía «una mancha a modo de lunar grande en la espalda», y Pelayo se encarga de comprobar que Ramiro conserva esa señal de nacimiento. Al final se producirá la anagnórisis entre los padres y el hijo, y Gonzalo-Ramiro queda reconocido por todos como hijo legítimo de don Bermudo y doña Elvira.

Como reaparición de personajes supuestamente muertos podemos mencionar el caso de doña Constanza de Monforte (Elvira finge que la ha visto viva); y el de don Bermudo, encerrado durante veinte años por su hermano en las mazmorras de Altamira (don Ataúlfo, además de hacer circular el rumor de que murió en el ataque de los piratas normandos, presentó el cadáver de un soldado con el arnés de su hermano para dar mayor verosimilitud a su historia). Como sucede siempre, el grado de información de los lectores y de los diversos personajes es distinto; el lector conoce pronto que don Bermudo vive; Elvira se entera a través de la lectura de un pergamino; Ramiro lo descubre en la torre de las prisiones; la reina, el obispo y don Gutierre conocen la noticia más tarde, cuando unos mensajeros traen una carta de Elvira. Munima, en fin, se encarga de decir a los soldados de Altamira que vive encerrado su legítimo señor, para que depongan las armas y cesen en su defensa de don Ataúlfo.

Dona-Urraca-de-Castilla-3

Por lo que toca al empleo de disfraces, en Doña Urraca se utiliza este recurso desde el principio, pues se nos comenta que los mensajeros que han comunicado a Gelmírez con el príncipe iban disfrazados de peregrinos para correr menos peligro, aunque eso no les ha evitado sufrir varios ataques. Don Ataúlfo viste las ropas de Rui Pérez para ir a combatir con Gundesindo Gelmírez sin dar a conocer su identidad. Don Pedro Froilaz visita a don Ataúlfo como si fuera un simple mensajero; en otra ocasión, escucha con la visera calada para que Ramiro no le pueda reconocer cuando habla con el obispo. Maese Sisnando usa siempre una gorra de piel de nutria, dato que nos permite reconocer sus apariciones en la novela aun cuando aparezca embozado y el narrador no mencione expresamente su nombre. Aparte de los conjurados de la hermandad, que siempre aparecen embozados, Sisnando se disfraza de religioso de la orden de San Benito, y se hace llamar Padre Prudencio. Más adelante, Munima se disfraza de varón (es el «villano barbilampiño» que trata de sublevar a la guarnición de Altamira), y la reina doña Urraca se viste de enlutada y se tapa para ver a don Bermudo sin que este pueda reconocerla[2].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

Jerónimo de Cáncer y Velasco: obras no dramáticas

En 1651 Jerónimo de Cáncer y Velasco publicó en Madrid sus composiciones poéticas, en un volumen dedicado a su protector, don Gaspar Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, que incluía además la comedia burlesca La muerte de Valdovinos y el entremés La garapiña (suprimido en la segunda edición, que salió ese mismo año, y en las siguientes)[1]. Estas Obras varias de don Gerónimo de Cáncer y Velasco se reimprimieron en Lisboa en 1657 y 1675. Bergman[2] apunta que el volumen conoció diez ediciones hasta 1761. La mayoría de las composiciones líricas reunidas aquí por Cáncer pertenecen al género festivo (sátira de tipos y costumbres, parodias mitológicas, versos divinos a lo burlesco…), aunque abundan también las de contenido religioso serio y otras de raigambre cultista como su «Fábula del Minotauro», escrita en octavas reales. En todo caso, el conjunto más destacado de la poesía de Cáncer está formado por sus jocosos poemas petitorios y satírico-burlescos, en los que da frecuente entrada a equívocos, dilogías y otras modalidades del juego de palabras[3].

Obras varias poéticas de Cáncer y Velasco

En ese volumen de Obras varias se recoge también el famoso Vejamen que redactó como secretario de la Academia poética de Madrid, en el que traza burlescas semblanzas de Martínez de Meneses, Belmonte, Alfonso de Batres, Rojas Zorrilla, Zabaleta, Rosete, Juan Vélez de Guevara, Matos Fragoso o Huerta, es decir, sus principales amigos y colaboradores literarios. Para Bonilla y San Martín es «un documento modelo en su género»[4], en el que campean todo el gracejo y naturalidad del autor[5].


[1] Obras varias de don Geronimo de Cáncer y Velasco, Madrid, por Diego Díaz de la Carrera, véndese en casa de Pedro Coello, 1651.

[2] Hannah E. Bergman (ed.), Ramillete de entremeses y bailes nuevamente recogidos de los antiguos poetas de España. Siglo XVII, Madrid, Castalia, 1970, p. 279.

[3] Una selección de sus poesías puede leerse en el tomo XLII de la BAE (Poetas líricos de los siglos XVI y XVII, tomo II, ed. de Adolfo de Castro, Madrid, Atlas, 1951), pp. 429-435; para un análisis remito a Narciso Díaz de Escovar, «Don Jerónimo de Cáncer y Velasco», Revista Contemporánea, tomo CXXI, cuaderno IV, núm. 606, 1901, pp. 399-404. Ver ahora Jerónimo de Cáncer y Velasco, Obras varias, ed. de Rus Solera, Zaragoza, Larumbe, 2005; y Jerónimo de Cáncer y Velasco, Poesía completa, ed. de Juan Carlos González Maya, Madrid, Fundación Universitaria Española, 2007.

[4] Adolfo Bonilla y San Martín [bajo el seudónimo de El Bachiller Mantuano], Vejámenes literarios por D. Jerónimo de Cáncer y Velasco y Anastasio Pantaleón de Ribera (siglo XVII), Madrid, Biblioteca Ateneo, 1909, p. 9. Lo reproduce en las pp. 19-36; puede verse también en el tomo XLII de la BAE (Poetas líricos de los siglos XVI y XVII, tomo II, ed. de Adolfo de Castro, Madrid, Atlas, 1951), pp. 435-437. Pueden verse nuevas aportaciones sobre el autor en varios trabajos de Elena Martínez Carro y Alejandro Rubio San Román: «Documentos sobre Jerónimo de Cáncer y Velasco», Lectura y Signo, 2, 2007, pp. 15-32; «Documentos sobre Jerónimo de Cáncer y su familia. Parte II», Lectura y Signo, 4, 2009, pp. 61-77; «Una nota biográfica sobre Jerónimo de Cáncer y Velasco», Revista de literatura, vol. 77, núm. 154, 2015, pp. 585-595; y «Relaciones entre Rojas Zorrilla y Jerónimo de Cáncer», Arbor, CLXXXIII, 2007, pp. 461-473.

[5] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Cáncer y la comedia burlesca», en Javier Huerta Calvo (dir.), Historia del teatro español, vol. I, De la Edad Media a los Siglos de Oro, Madrid, Gredos, 2003, pp. 1069-1096.

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: la burla del culteranismo

En La celosa de sí misma de Tirso de Molina, un aspecto importante en la parodia del lenguaje amoroso es la burla del culteranismo[1]. Por ejemplo, cuando don Melchor elogia la famosa mano diciendo que es «blancura tierna» y «cristal animado», Ventura apunta: «Di candor, si intentas / jerigonzar critiquicios», etc. (p. 1069).

Mano

Al enseñar doña Magdalena un ojo, don Melchor elogiará la «belleza en cifra» de ese «lucero», ocasión que aprovecha Ventura para animarle en el empleo acumulativo de metáforas e imágenes cultistas:

Mata, rinde, esplende, brilla,
hermoso rasgón de gloria,
luminosa saetía
para las flechas de amor.
Sé culto aquí, critiquiza (p. 1111).

Más tarde juega con la indicación de que los diamantes son «a lo culto rutilantes» (p. 1128). Por último, cuando el galán insista en calificar la blanca mano de «nieve helada» y use otras metáforas con las mismas connotaciones de ‘blancura’, Ventura volverá a insistir en su burla anticulterana:

Quitad la encella a esa nata,
si es que hay natas con encellas;
que yendo a decir cuajada,
andan, desde que hablan cultos,
las metáforas bastardas (p. 1142)[2].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

Los personajes de «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada: don Diego Gelmírez

Don Diego Gelmírez es un personaje histórico: se trata del que llegaría a ser primer arzobispo de Santiago de Compostela[1].

Diego Gelmírez

El capítulo II del Libro I de la novela de Francisco Navarro Villoslada nos ofrece una presentación completa del personaje, con una descripción que, como es habitual en estas obras, aúna el retrato físico y el moral:

Aparecióse en el umbral el venerable obispo apoyado en humilde báculo y revestido de larga túnica y estola, que desde el año anterior llevaba siempre por especial privilegio del Papa. Frisaba en los sesenta años de edad, y en sus ya decaídas facciones, ruinas de un hermoso monumento, brillaba cierta nobleza y bondad, que las hacían halagüeñas al mismo tiempo que majestuosas. Era alto, enjuto de carnes, pero fornido; su dulce mirada tornábase fácilmente severa, y en uno y otro caso los nevados cabellos, que debajo del ancho sombrero le caían, realzaban aquella severidad y dulzura.

El novelista[2] nos presenta al ilustre prelado como persona grave y seria, pero bondadosa. Dejando de lado que fue uno de los principales señores de su época, en la novela aparece como tímido y asustadizo, temeroso de las asechanzas de la reina. Es uno de los personajes que funciona como quicio entre la historia y la ficción: a la parte histórica corresponde su faceta de valedor, junto con el Conde de Trava, del príncipe don Alfonso, su ahijado; en el plano novelesco, el obispo es el protector del joven Ramiro, su pajecillo, al que cuida con profundo cariño[3].


[1] Ver Enrique Flórez, España Sagrada, tomo XIX, Contiene el estado antiguo de la Iglesia Iriense y Compostelana, hasta su primer Arzobispo, Madrid, Antonio Marín, 1765; y España Sagrada, tomo XX, Historia Compostelana, Madrid, Imprenta de la viuda de Eliseo Sánchez, 1765. Remito también a Antonio López Ferreiro, Historia de la Santa A. M. Iglesia de Santiago, vol. III, Santiago, Imprenta y Enc. del Seminario Conciliar Central, 1900; y Manuel Murguía, Don Diego Gelmírez, La Coruña, Imprenta y Librería de Carré, 1898.

[2] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

Jerónimo de Cáncer y Velasco (¿1599?-1655): datos biográficos y personalidad

Jerónimo de Cáncer y VelascoHombre de buen humor, dotado de agudísimo ingenio, amigo de equívocos y juegos de palabras, Cáncer destacó en el cultivo de la literatura jocosa, tanto en el terreno poético como en el dramático. Incluido entre los dramaturgos del ciclo de Calderón, escribió la mayoría de sus comedias en colaboración con numerosos ingenios del momento (el propio Calderón, Luis y Juan Vélez de Guevara, Agustín Moreto, Juan de Matos Fragoso, Pedro Rosete Niño, Antonio de Huerta, Antonio Martínez de Meneses, Sebastián de Villaviciosa, Juan de Zabaleta, los hermanos Figueroa…).

Cáncer nació a finales del siglo XVI (quizá en 1599) en Barbastro, en el seno de una familia noble. Sirvió, como contador o secretario, al conde de Luna, y contó con la protección puntual de otros nobles. En 1620 estaba en Madrid, y en 1625 casó con una viuda joven, doña María de Ormaza, con la que tuvo una hija. En alguna ocasión representó con los criados de Felipe IV en las comedias que se hacían en Palacio (es mérito que hace constar en uno de sus poemas para solicitar una ayuda de costa al rey). Fue asiduo a fiestas cortesanas, reuniones de academia y certámenes poéticos. Toda su vida pasó estrecheces económicas y es fama que, al morir en Madrid en 1655, fue enterrado de limosna. Una de las facetas más destacadas de su personalidad es precisamente la de «poeta pedigüeño»; él mismo se burlaba de su pobreza, por ejemplo en el romance dedicado «Al Excelentísimo señor Conde de Niebla, pidiéndole un vestido»:

Las llagas de mis calzones
son, señor, tan incurables,
que pasan las entretelas
y van descubriendo el Cáncer.

Además de su eterna pobreza, en sus composiciones poéticas quedan también apuntadas algunas notas físicas: su baja estatura, su obesidad, su desaliño indumentario… Bonilla y San Martín[1] y Sainz de Robles[2] han insistido en este retrato grotesco y abufonado de Cáncer. Por lo que toca a su producción literaria, un rasgo unánimemente destacado por la crítica es su carácter ingenioso, que se pone de manifiesto tanto en sus poemas como en los entremeses y comedias, y de forma particular en el subgénero de la comedia burlesca, del que Cáncer fue un verdadero especialista[3].


[1] Adolfo Bonilla y San Martín [bajo el seudónimo de El Bachiller Mantuano], Vejámenes literarios por D. Jerónimo de Cáncer y Velasco y Anastasio Pantaleón de Ribera (siglo XVII), Madrid, Biblioteca Ateneo, 1909, pp. 5-9.

[2] Federico Carlos Sainz de Robles, «Jerónimo de Cáncer y Velasco (¿1598?-1655)», en El teatro español. Historia y antología, vol. IV, Madrid, Aguilar, 1943, p. 821. Ver la ficha biobibliográfica que le dedica Juan Carlos González Maya, «Jerónimo de Cáncer y Velasco», en Pablo Jauralde Pou (dir.), Diccionario Filológico de Literatura Española. Siglo XVII, I, Madrid, Castalia, 2012, pp. 141-170.

[3] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Cáncer y la comedia burlesca», en Javier Huerta Calvo (dir.), Historia del teatro español, vol. I, De la Edad Media a los Siglos de Oro, Madrid, Gredos, 2003, pp. 1069-1096.