Cervantes, personaje de ficción en la narrativa española del siglo XIX

Uno de los temas de investigación en los que vengo trabajando es la recreación de escritores del Siglo de Oro que, en distintas obras literarias, pasan a convertirse en personajes de ficción: así ha sucedido con Garcilaso, con Lope de Vega, con Tirso, con Góngora, con el conde de Villamediana, con Calderón de la Barca y, por supuesto, también con Cervantes. El Romanticismo (y el post-Romanticismo) es un momento muy propicio para este tipo de recreaciones con escritores auriseculares como protagonistas, principales o secundarios, de las tramas argumentales —tanto en narrativa como en teatro—, pero también en los últimos años se aprecia un incremento muy importante de tales recreaciones, dada la muy abundante presencia de temas y personajes del Siglo de Oro en la novela histórica española.

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En el caso concreto de Cervantes, esa presencia del autor del Quijote convertido en personaje literario se da de forma muy especial en la época romántica (considerada cronológicamente en sentido amplio, hasta los años setenta del XIX), lo que viene a coincidir con el momento en que se produce la plena canonización del escritor alcalaíno. Ya en un trabajo he estudiado cómo Cervantes se convierte en personaje de zarzuela y drama en dos obras de Narciso Serra, El loco de la guardilla y El bien tardío[1]. En las próximas entradas voy a centrar mi atención en las recreaciones cervantinas —que no quijotescas, aunque en algunas de ellas se da cierta quijotización de Cervantes— de Manuel Fernández y González, verdadero profesional de la novela folletinesca y por entregas, quien tiene, al menos, tres recreaciones ficticias de Cervantes: 1) un poema en octavas reales titulado La batalla de Lepanto (Granada, 1850); una novela breve sobre El manco de Lepanto (Madrid, 1874); y otra mucho más extensa, de mil trescientas páginas, que se presenta bajo el título de El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra. Novela original (Barcelona, s. a., c. 1878). Me detendré sobre todo en la segunda de ellas, pero no sin antes recordar —en una nueva entrada— algunos datos esenciales sobre el autor y su contexto literario, que es el de la novela histórica romántica española, concretamente en su tendencia de la denominada novela de aventuras históricas[2].


[1] Ver Carlos Mata Induráin, «Cervantes, personaje de zarzuela y drama: El loco de la guardilla (1861) y El bien tardío (1867), de Narciso Serra», en Christoph Strosetzki (ed.), Visiones y revisiones cervantinas. Actas selectas del VII Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Alcalá de Henares, Asociación de Cervantistas / Centro de Estudios Cervantinos, 2011, pp. 579-589.

[2] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193.

Características literarias del Romanticismo en España

Los principales rasgos del movimiento literario romántico son:

1) Subjetivismo: cobra importancia el yo del autor (elevado a la categoría de genio creador) y también el yo del personaje protagonista.

2) Sentimentalidad: se pone en primer plano la comunicación del sentimiento, se busca la expresión de la interioridad de los personajes, que en ocasiones es trasunto de la propia personalidad del autor.

3) Relación entre sentimiento y paisaje: muchas veces la naturaleza se identifica con el personaje; la descripción de los elementos del paisaje está en situación de paralelismo (o de contraste) con el estado anímico del protagonista.

Leonardo Alenza, Sátira del suicidio romántico

4) Actitud evasionista: el autor romántico desea escapar de la realidad del mundo en que vive, que le parece vulgar y prosaica. De ahí que sean recurrentes los temas exóticos. En las obras se busca una lejanía que puede ser espacial (Oriente, India, Japón…) o temporal (sobre todo, la Edad Media y, en menor medida, el Siglo de Oro).

5) Énfasis de lo nacional: la vuelta a la Edad Media supone muchas veces una mirada al pasado nacional.

Se ensalzan las viejas glorias históricas, los hechos más famosos, las tradiciones patrias (novela histórica, baladas…).

La literatura se tiñe de patriotismo y se pone, a veces, al servicio de una determinada causa ideológica (de sentido liberal o conservador). No olvidemos que en el siglo XIX asistimos al auge de los nacionalismos y los regionalismos en Europa.

—Lo mismo sucede en Hispanoamérica, donde la literatura pasa a ser expresión de la sociedad y voz de las nacientes repúblicas independientes.

6) Rechazo de las normas neoclásicas: los tratadistas del siglo XVIII habían impuesto el respeto a las reglas como principal piedra de toque para determinar la calidad de una obra literaria: lo que se ajustaba a esas reglas, al «buen gusto» literario, era correcto y de mayor valor.

—En cambio, el Romanticismo proclama la libertad del autor para expresarse sin ningún sometimiento a las normas dictadas por las preceptivas.

—La libertad es total, de ahí que a veces se difuminen las fronteras entre los géneros literarios (mezcla de prosa y verso, combinación en la misma obra de elementos narrativos y dramáticos, trágicos y cómicos, etc.).

—Es manifiesto el gusto por los contrastes.

7) Preferencia por los personajes marginales: los protagonistas de las obras románticas suelen ser personajes al margen de la sociedad, que rompen por completo con sus leyes y convenciones; de esta forma,

los antihéroes se convierten en héroes: el bandido, el pirata, el cosaco, el mendigo, el verdugo, el reo de muerte, la prostituta, etc. Las canciones de Espronceda nos ofrecen un buen repertorio de estos nuevos héroes románticos.

8) Ambientes y motivos románticos: hay algunos escenarios y motivos típicamente románticos, como

—la noche, la luna;

—los cementerios, los sepulcros, las ruinas;

—las tormentas, los huracanes, la fuerza desatada de la naturaleza;

—atmósferas misteriosas, elementos fantásticos y de terror gótico.

9) Carácter tópico. Las obras románticas se construyen con personajes y estructuras que tienen mucho de clichés repetidos, los cuales resultan intercambiables de unas piezas a otras.

—Tanto en novela como en teatro, el universo de los personajes se divide maniqueamente en buenos y malos (héroes / villanos). Los protagonistas son tipos simbólicos sin demasiada profundidad psicológica.

—Los autores manejan unos recursos también tópicos en la construcción de la intriga para mantener el interés del lector o del espectador.

10) Énfasis de la expresividad: el estilo de las obras románticas es grandilocuente y retórico. Por ejemplo:

—abundan los vocablos sonoros y altisonantes, con especial preferencia por los esdrújulos: cárdeno, lóbrego, lúgubre, mísero;

— son frecuentes los adjetivos epítetos;

—se da importancia al ornato retórico de la obra: exclamaciones, interrogaciones retóricas, reticencias, y en general, todos los recursos estilísticos;

polimetría (se usa una gran variedad de versos, de arte mayor y menor, para conseguir distintos efectos expresivos)[1].


[1] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

Breve cronología del Romanticismo en España

La crítica ha discutido mucho sobre la duración y la trascendencia del Romanticismo en España. Para Russell P. Sebold, el Romanticismo surge en fechas muy tempranas, hacia los años 70 del siglo XVIII. Representantes de ese primer Romanticismo serían José de Cadalso con su relato titulado Noches lúgubres (escrito en 1771) o Melchor Gaspar de Jovellanos con su comedia lacrimosa El delincuente honrado (estrenada en 1774). Según sus teorías, habría todo un siglo romántico, que se prolongaría, aproximadamente, desde 1770 hasta 1870 (con los post-románticos Bécquer y Rosalía de Castro). En cambio, para otros autores, como Edgar A. Peers, el Romanticismo en España es un fruto muy tardío (su triunfo se produce hacia 1833-1834), su plenitud es muy breve (dura unos pocos años), carece de un fundamento teórico-ideológico profundo, es más bien superficial (imita los rasgos más externos del Romanticismo europeo) y no produce resultados especialmente brillantes.

 

En el caso de Hispanoamérica, el apogeo romántico se da más tardíamente que en España, entre los años 1840 y 1890.

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Sea como sea, lo que sí está claro es que el triunfo del Romanticismo en España se vio retrasado por las adversas circunstancias históricas y políticas: por un lado, el miedo a la Revolución Francesa hizo que durante años las fronteras se cerrasen y se pusieran obstáculos a la difusión de libros e ideas procedentes de Europa; por otra parte, la guerra de la Independencia (1808-1814) interrumpió bruscamente la actividad artística y el cultivo de las letras; después, el turbulento reinado de Fernando VII, con las continuas luchas políticas de absolutistas y liberales en el periodo 1814-1833, resultó fatal para la creación literaria e impidió el normal desarrollo de la vida cultural: existía una férrea censura y muchos escritores fueron encarcelados (Quintana, Gallego, Martínez de la Rosa…) o tuvieron que marchar al exilio.

Uno de los géneros triunfantes en el Romanticismo español será la novela, concretamente la novela histórica, con títulos importantes publicados entre 1834 y 1844 (la moda seguiría varias décadas más, pero ya con menos calidad literaria: novela de aventuras históricas, folletines, etc.). Pero el camino que tuvo que recorrer fue muy largo. Recuérdese que en el siglo XVIII se produjo un gran vacío novelesco —matizado por la crítica reciente— y que el periodo 1800-1830 produjo imitaciones y traducciones más que obras originales. Así lo expresa este pasaje de una novela de Benito Pérez Galdós:

En esto de novelas andamos tan descaminados, que después de haber producido España la matriz de todas las novelas del mundo y el más entretenido libro que ha escrito humana pluma, ahora no acierta a componer una que sea mayor que el tamaño de un cañamón, y traduce esas lloronas historias francesas, donde todo se vuelve amores entre dos que se quieren mucho durante todo el libro, para luego salir con la patochada de que son hermanos» (Napoleón en Chamartín, capítulo VII).

Además de sufrir la censura aplastante que señalábamos, el género novelesco se vio atacado en varios frentes. Ya en 1799 el Gobierno había intentado suprimir la publicación de novelas. El desprestigio de la narrativa era doble: por un lado, en el terreno de la moral, se pensaba que era un género dañino, corruptor de las costumbres y especialmente peligroso para los jóvenes; desde el punto de vista de la preceptiva, se consideraba un género menor, muy poco apreciado. La recuperación fue muy lenta, y a ella contribuyeron distintas iniciativas, como la «Colección de Novelas» (1816). Interesa destacar que, en los años 30, muchos españoles se educarían para la lectura con las novelas históricas románticas, y en esta circunstancia sociológica, más que en su calidad literaria, estriba su verdadero valor.

Por otra parte, hemos de considerar que el Romanticismo no surge de repente, sino que hay una etapa de transición entre la Ilustración dieciochesca y el nuevo estilo que triunfará en los años 30 del nuevo siglo. Efectivamente, los últimos poetas del XVIII que cronológicamente pasan también al XIX (Cienfuegos, Quintana…), aun cuando conservan técnicas neoclásicas, muestran una ideología política liberal más o menos radical que apunta al nuevo movimiento. Otro nombre que debemos recordar es el de Alberto Lista (1775-1848), en su juventud liberal avanzado, luego afrancesado, quien pasará (como Mora) desde posiciones neoclásicas a un tibio Romanticismo muy limitado.

No siempre resulta fácil diferenciar a los escritores románticos de los no románticos. Sus posiciones son muy variadas, e incluso se dan en ellos contradicciones entre la actitud política y sus posicionamientos estéticos (e incluso, en el terreno literario, a veces difieren sus ideas teóricas y su práctica). Así, nos encontramos con autores que todavía pueden ser considerados neoclásicos (Bretón de los Herreros); otros cuyas obras presentan rasgos eclécticos, neoclásicos y románticos (Martínez de la Rosa, Larra); hay algunos neoclásicos en sus comienzos que se pasan, a veces con matices, al Romanticismo (el duque de Rivas, Espronceda); otros plenamente románticos (Gil y Carrasco, García Gutiérrez, Hartzenbusch, Zorrilla, Navarro Villoslada…); y, en fin, los costumbristas (Mesonero Romanos, Estébanez Calderón).

Desde otro punto de vista, se ha señalado la existencia de dos tipos de Romanticismo: el Romanticismo tradicional (cristiano, nacional), que está representado por Schlegel, Novalis, Scott, Chateaubriand, y en España por Böhl de Faber, el duque de Rivas, Zorrilla o Navarro Villoslada; y el Romanticismo liberal, cuyos paladines son lord Byron, Victor Hugo, Alejandro Dumas, Alfredo de Vigny y, entre los españoles, Espronceda, Gil de Zárate o Hartzenbusch.

Como ya señalamos, el triunfo pleno del Romanticismo se produce hacia el año 1834, que ha sido considerado por la crítica como un annus mirabilis dada la acumulación de importantes publicaciones y estrenos: La conjuración de Venecia, de Martínez de la Rosa; Macías y El doncel de don Enrique el Doliente, de Larra; El moro expósito, del duque de Rivas.

En los años siguientes podemos destacar los siguientes títulos:

  • 1835 Don Álvaro o la fuerza del sino, del duque de Rivas.
  • 1836 El trovador, de García Gutiérrez.
  • 1837 Los amantes de Teruel, de Hartzenbusch.
  • 1840 Poesías, de Espronceda.
  • 1841 Romances históricos, del Duque de Rivas; Cantos del trovador, de Zorrilla.
  • 1844 Don Juan Tenorio, de Zorrilla; El señor de Bembibre, de Gil y Carrasco[1].


[1] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

La introducción del Romanticismo en España (y 2)

Al hablar de la introducción del Romanticismo en España debemos recordar algunos otros factores y circunstancias:

  • La polémica entre Böhl de Faber y Mora (desarrollada en los años 1814 y 1818). La discusión se establece en septiembre de 1814 a propósito del teatro calderoniano y las tres unidades. Juan Nicolás Böhl de Faber, cónsul alemán en Cádiz, publica en El Mercurio gaditano un artículo en el que defiende a Calderón y hace una apología de la libertad del dramaturgo. Con el seudónimo Mirtilo gaditano, le replica en el mismo periódico su amigo José Joaquín de Mora, que es partidario de la tendencia neoclásica y, por tanto, de las normas y las unidades. Böhl de Faber, buen conocedor de la literatura española, sostiene unas ideas similares a las de los hermanos Schlegel: identifica Romanticismo con la corriente literaria tradicional española que arranca de la Edad Media (lo popular, lo heroico, lo monárquico…), pasa por el Siglo de Oro (Calderón y el teatro áureo…) y llega hasta el siglo XIX. Para él, hay toda una tradición romántica continuada, y las notas más destacadas de ese romanticismo trans-histórico serían el carácter medievalizante y el catolicismo. En cambio, para Mora el Romanticismo debe ser un movimiento actual, de su siglo.
  • La revista El Europeo (publicada en Barcelona desde octubre de 1823 hasta abril de 1824) es igualmente importante para la difusión del Romanticismo en España. Fue fundada por Luis Monteggia, Buenaventura Carlos Aribau y Ramón López Soler, autores que también vuelven la vista a la Edad Media y los valores del cristianismo. Sus modelos son Chateaubriand, Manzoni y Scott. De hecho, López Soler imita (parafraseando e incluso traduciendo algunos fragmentos) las novelas históricas de este último en Los bandos de Castilla o El caballero del Cisne (1830), cuyo prólogo se ha considerado uno de los primeros manifiestos del Romanticismo en España.
  • La figura de Agustín Durán (1793-1862). Este erudito publicó en 1828 un estudio sobre el teatro español con este significativo título: Discurso sobre el influjo que ha tenido la crítica moderna en la decadencia del teatro antiguo español y sobre el modo con que debe ser considerado para juzgar convenientemente de su mérito peculiar. Como Böhl de Faber, Durán defiende el teatro nacional del Siglo de Oro y la libertad creadora de los dramaturgos, frente a la incomprensión que sintió por él la crítica neoclásica del XVIII. Durán debe ser recordado además por su ingente labor de recopilación y publicación, en dos tomos, del Romancero general (1828-1832), nueva muestra del interés de la época por los temas medievales.
  • Otros manifiestos románticos. El primer escritor que propone un intento de definición del movimiento romántico es Antonio Alcalá Galiano, autor del famoso prólogo a El moro expósito (1833) del duque de Rivas, que se considera uno de los principales manifiestos del Romanticismo español. Efectivamente, en él se plantea qué es y cómo debe entenderse el Romanticismo. Para Alcalá Galiano, se trata de un movimiento actual, propio del siglo XIX, y la piedra de toque la constituyen los modelos extranjeros, sobre todo lord Byron, Víctor Hugo y Alejandro Dumas. Por otra parte, la «Canción del pirata» de Espronceda (publicada en 1835) vendría a ser el manifiesto lírico del Romanticismo español.

ElMoroExposito

  • Las influencias extranjeras. Los autores más significativos son: en Alemania, Johann Wolfgang Goethe (1749-1832), con dos obras fundamentales, Werther y Fausto; y también Schlegel, Schiller, Heine…; en Inglaterra, MacPherson (creador de los poemas de Ossian), Young, Richardson, Goldsmith, Radcliffe, Scott, lord Byron…; y en Francia, Gautier, Merimée, Dumas padre, Victor Hugo, Delavigne, el vizconde d’Arlincourt
  • El regreso de los exiliados en 1834. Factor importantísimo en la difusión del Romanticismo es la influencia que ejercen a su vuelta a España los escritores exiliados (principalmente en Francia e Inglaterra) tales como Espronceda o el duque de Rivas. Estos habían leído a los escritores románticos europeos que acabamos de citar, e incluso tuvieron ocasión de entrar en contacto con algunos de ellos. A su regreso tras las amnistías políticas de 1833-1834, difunden en España la nueva estética. De esta forma, asistimos al triunfo simultáneo del liberalismo (en política) y del Romanticismo (en literatura). Los años que van de 1834 a 1844 constituyen la gran década del movimiento romántico español. Se da un cambio en las formas literarias, en la sensibilidad, en la actitud frente a la condición humana: en definitiva, una nueva visión de la vida. Triunfa el drama romántico y se acentúa la moda de la novela histórica a la manera de Walter Scott.
  • La abundancia de tertulias y sociedades: las nuevas ideas literarias circulan en los lugares de encuentro de los escritores, que son, entre otros, El Parnasillo, el Ateneo de Madrid y el Liceo Artístico y Literario.
  • La aparición de revistas importantes: podemos destacar El Artista (1835-1836) y No me olvides (1837-1838).
  • En fin, no olvidemos que surgen en contra diversas arremetidas antirrománticas, como el famoso artículo satírico y caricaturesco «El Romanticismo y los románticos» (1837), de Mesonero Romanos[1].


[1] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

La introducción del Romanticismo en España (1)

El primer movimiento literario clave del siglo XIX es el Romanticismo, que se extiende, grosso modo, hasta mitad de siglo . En la segunda mitad se impondrá el Realismo (que, llevado a sus últimas consecuencias, desembocará en el Naturalismo).

La palabra romántico es de uso bastante tardío; la primera documentación de su empleo en España corresponde al año 1818. Antes se utilizaba el término romancesco, aplicado a situaciones, escenas o escritos que se consideraban ‘extravagantes, extraños, exagerados, exóticos’. En 1823 Stendhal acuña la palabra Romantisme, y también romantique, con el significado de ‘novelesco’. En inglés se usa romantic en el sentido de ‘pintoresco, sentimental’ y en alemán romantich para designar lo ‘anticlásico’.

Romanticismo

El Romanticismo supone una reacción contra el racionalismo del siglo XVIII. En Inglaterra, Francia y Alemania, se llega a la conclusión de que la pura razón no basta para explicar el mundo, las artes, las ciencias:

  • Se da más importancia ahora a la fantasía, a la imaginación y a las fuerzas irracionales del espíritu.
  • Se escriben obras menos «acabadas», menos perfectas desde el punto de vista formal, pero más íntimas, más subjetivas.
  • Se predica la libertad máxima (tanto en el terreno político como en lo artístico). Un buen ejemplo lo tenemos en Espronceda, cuyos héroes gritan al viento que son absolutamente libres (baste recordar su célebre «Canción del pirata»).
  • Los viajeros extranjeros consideran a España un país romántico. Para los hermanos Schlegel (Augusto y Federico), el romanticismo del siglo XIX es el mismo romanticismo de Calderón; por ello, en la génesis de este nuevo rebrote hay que situar la influencia de la tradición literaria española (el Romancero, el Quijote y todo el «desarreglado» teatro áureo, que es un teatro en libertad)[1].


[1] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

El Romanticismo en España: algunos datos históricos

En 1808 —año en que José de Espronceda el más destacado poeta romántico español— viene al mundo, en España está a punto de comenzar la guerra de la Independencia: este conflicto bélico, que tuvo como objetivo expulsar a las tropas napoleónicas invasoras de la península, fue el primero de los muchos que protagonizaría España durante el siglo XIX: a este debemos sumar las continuas luchas entre absolutistas y liberales, los movimientos de Independencia de los territorios americanos, las sucesivas guerras carlistas (especialmente en los años 30 y en los 70) o la guerra de Marruecos, hasta culminar el siglo con el Desastre de 1898, que supuso la pérdida de los últimos restos del imperio colonial (Cuba, Puerto Rico y Filipinas).

Todo el siglo XIX español (y en concreto su primera mitad) se encuentra marcado por una fuerte agitación política y literaria. En política se asiste a una prolongada confrontación entre conservadores (partidarios del absolutismo y el Antiguo Régimen) y liberales (progresistas que abogan por un nuevo modelo de Estado y de sociedad). Algo similar sucede en literatura, con la lucha entre Clasicismo y Romanticismo. En este sentido, interesa destacar que el triunfo del liberalismo en política viene a coincidir con el triunfo del Romanticismo en literatura, en los años 30 de la centuria. Triunfo que no es pleno, pues en esos años las tendencias neoclásicas e ilustradas seguirán vigentes; y si bien hay autores que, tras unos comienzos neoclásicos, evolucionarían hasta postulados románticos, en muchos otros se impone el eclecticismo o mezcla de características de ambas tendencias literarias.

Los poetas contemporáneos (1846), de Antonio María Esquivel

Recordaremos a continuación, de forma esquemática, los hitos esenciales que jalonan el acontecer histórico-político en España en la primera mitad de siglo[1]:

  • 1808-1814 Guerra de la Independencia. En 1812, los liberales proclaman en las Cortes de Cádiz una Constitución muy progresista para la época: derechos individuales frente al Estado, libertad de conciencia, de reunión y de expresión, etc.
  • 1814 Regreso de Fernando VII. Inicio de la época absolutista de su reinado (1814-1820).
  • 1820 Pronunciamiento del general liberal Riego.
  • 1820-1823 Trienio Liberal.
  • 1823-1833 La «Ominosa década», con la vuelta al absolutismo fernandino más radical. El año 1824, con la batalla de Ayacucho, marca el final de la dominación española en América.
  • 1833 Tras la muerte de Fernando VII, comienza la primera guerra carlista (que enfrenta a los absolutistas, partidarios de Carlos María Isidro de Borbón, Carlos V, hermano de Fernando VII, con los liberales, que apoyan a la infanta niña Isabel), que durará hasta 1839. Se inicia el reinado de Isabel II, con la regencia de María Cristina, dada su minoría de edad.
  • 1834-1836 Ataques y asaltos a conventos. Disolución de las órdenes religiosas. Leyes desamortizadoras de los bienes de la Iglesia propuestas por Mendizábal.
  • 1837 Nueva Constitución liberal.
  • 1839 Abrazo de Vergara entre Espartero y Maroto, que pone fin a la guerra en el norte.
  • 1843 Fin de la regencia de Espartero. Con catorce años, Isabel II es declarada mayor de edad[2].


[1] Los datos políticos correspondientes a esta época pueden verse de forma más completa en Mariano José de Larra, Artículos. Antología, edición a cargo de Gabriel Insausti, Madrid, Cooperación Editorial, 2002 (col. Clásicos Populares, 2), pp. 8-24.

[2] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

Regionalismo y naturalismo en «Blancos y negros» (1898) de Arturo Campión

Tampoco puedo detenerme ahora en el comentario de las bellas descripciones del paisaje navarro que salpican las páginas de la novela[1] de Arturo Campión. El costumbrismo regional se aprecia con nitidez en el capítulo VI, «Maizachuriketa», dedicado a la festiva deshoja del maíz, amenizada por los cuentos del viejo Fralle, que es «costal de historias y relatos» (p. 274); y en las descripciones de los bailes al son del silbo y el tamboril o de las faenas agrícolas, como esta briosa evocación de la siega:

Cuadrillas de segadoras interrumpían el incesante cantar de las cigarras. Envueltas las cabezas por un paño blanco, que no dejaba al descubierto sino la frente, nariz y ojos, en mangas de camisa y con justillo o corsé y enaguas cortas, por el traje blanco y la piel morena parecían árabes. Baja la cabeza, doblada la cintura, recibía su cara el hálito abrasador de la tierra, más aún que el del aire, sofocante. Sus espaldas se recocían al sol, cual si las cubriese una plancha de acero candente desde la nuca a los riñones. Manchas de sudor, especialmente a lo largo de la columna vertebral y en los sobacos, jaspeaban la blancura del lienzo. El trigo iba cayendo; por las heredades serpeaban las hoces de plata entre los tallos de oro. De tanto en tanto, al amontonar los manojos de un haz, interrumpían las segadoras por breves instantes la faena, y sedientas como el caminante del desierto, vaciaban ávidamente medio cántaro, entornando por el placer los ojos bajo los resplandores del cielo. Y allá, a la tardecica, cuando Aralar y Urbasa unían sus aterciopeladas sombras con el broche diamantino del río, y el lucero enviaba sus primeros fulgores entre frescas bocanadas de cierzo, sobre el pandero de las cigarras, el crótalo de los grillos, el cuarreo de las ranas, el gemido del búho y la flauta cristalina del sapo, sobre todos los rumores, susurros y voces de la noche misteriosa y elocuente, resonaba el coro de las segadoras, celebrando la alegría de sus pechos con melancólicas canciones éuskaras, que parecían aumentar la serena majestad del crepúsculo (pp. 466-467).

Segadoras

Dos pasajes con clara influencia naturalista son el de la muerte de Martinico y el de la descripción de la enfermedad de doña María. El jorobado Martinico[2], «triplemente herido por la escrófula, el raquitismo y la miseria» (p. 324), muere como consecuencia de la brutal paliza que le propina el maestro por hablar vascuence (capítulo IX[3]), cuyos efectos —unidos a su mermada constitución física— hacen que su enfermedad degenere en una bronco-neumonía. Así se describe la casa donde vive con su abuela (alcoholizada y también con un horrible bocio[4]):

Cerca ya del anochecer entró doña María en una desvencijada casuca, cuya mayor parte era ruina cubierta de vegetación parietaria, la cual, lejos de vestirla y ennoblecerla como otras ruinas, semejaba horrenda lepra que le royese el grietoso frontis, cuyas paredes húmedas, cubiertas de manchones verduzcos, sobre todo en las combas de la fachada, provocaban el recuerdo de vientres exantematosos. El alero, de mucho vuelo, más agujereado que criba, con los salientes astillosos laciamente inclinados cual las orejas de animal rendido; el trozo de balcón que colgaba sobre la calle, rotos su antepecho y pasamano; sin marcos ni hojas las ventanas, a medio cerrar, con tablones carcomidos, los huecos; las vigas que asomaban las esponjosas cabezas por entre los dislocados ladrillos; los cachos de teja y montones de cascote esparcidos al pie de las paredes: el aspecto y los detalles todos de la casuca parecían vaticinar un derrumbamiento próximo, una súbita barredura, por medio del viento y la lluvia, de aquella inmunda vivienda, orillada en la charca negruzca de lóbrega callejuela, donde el fango hasta la canícula no se secaba (p. 361).

El deterioro de tan sórdida vivienda es trasunto del deterioro físico de sus moradores: la ruina física del edificio es símbolo de la ruina de los cuerpos. Con la misma técnica detallista, con morosa minuciosidad cuasi-científica y sin obviar la mención de aquellos aspectos más desagradables, se describe asimismo la enfermedad de doña María, aquejada de una lesión cardiaca que estalla violentamente tras la discusión con su desnaturalizada hija María Isabel (capítulo XV, «Sombras»). En fin, en la ceguera de la anciana Madalen de Ermitaldea podríamos ver también un símbolo de la turbia historia que oculta su pasado (ceguera física de los ojos / ceguera pasional del entendimiento)[5].


[1] Cito por Arturo Campión, Blancos y negros, en Obras completas, vol. IX, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 171-469, pero restituyendo las grafías originales de la edición de 1898. Una edición más reciente es esta: Arturo Campión, Blancos y negros. Guerra en la paz, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 17).

[2] Véase su descripción en las pp. 227-228.

[3] Es el único momento en que Cuadrau aparece caracterizado positivamente; tras ser testigo del maltrato, da una ochena al muchacho para que no llore: «La compasión ennoblecía a sus ojos, de ordinario procaces, y en su voz ruda vibraba la nota tierna de la piedad» (p. 327).

[4] Véase su descripción en la p. 365.

[5] Para más detalles, remito a Carlos Mata Induráin, «“Chocarán el puchero y la olla”: conflictos sociales e ideológicos en Blancos y negros, de Arturo Campión», en Carmen Erro Gasca e Íñigo Mugueta Moreno (eds.), Grupos sociales en la historia de Navarra. Relaciones y derechos. Actas del V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona, septiembre de 2002), Pamplona, Ediciones Eunate / Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 2002, vol. II, pp. 165-178.

Técnicas narrativas en «Blancos y negros» (1898) de Arturo Campión (y 2)

Blancos y negros, de Arturo CampiónLas técnicas de contraste en Blancos y negros[1] de Arturo Campión las podemos apreciar igualmente en detalles menores: por ejemplo, al final del capítulo VI, los sonidos del silbo y tamboril que suenan en la gambara de casa de Josepantoñi contrastan con los rugidos de la tempestad que se oye fuera. La tristeza de la escena en que doña María se entera de que no es dueña de ninguna de sus propiedades porque perdió el usufructo foral tiene como contrapunto el júbilo de las canciones de Navidad que se escuchan en la calle. Unas líneas merece también el empleo de técnicas caricaturescas en los retratos de algunos personajes. Caricaturesco es, en efecto, el de don Abdón, el teniente de la parroquia. También carga Campión las tintas en el retrato del maestro, navarro de nacimiento, no de sentimiento, don Bernardino, descrito como un sádico («Me llamo Balda y… baldo», p. 324). Véase asimismo la descripción de doña Sotera (p. 284) o esta nota a propósito de la esposa de Osambela: «La risa sacudía las carnes de doña Gertrudis, asemejándose a un budín de gelatina recién extraído del molde» (p. 298). La carta del fraile Aguinaga que se incluye en el capítulo V, plagada de faltas de ortografía, constituye un acertado retrato caricaturesco de su persona, de su cerrilidad e incultura.

Campión gusta de dotar de estructura circular a algunos capítulos. El capítulo primero comienza con lluvia: «Llueve, llueve, llueve. Quince días de lluvia incesante, inagotable, irrestañable» (p. 189), y acaba con una alusión al murmullo de la lluvia «que se precipitaba a borbotones por las cañerías y canales de hojalata, o libre caía a la calle chorreando desde los tejados» (p. 198). En este capítulo I se indica que el suelo de la plaza de Urgain ha quedado convertido «en papilla de lodo negruzco, espeso, pegajoso y resbaladizo, licuado, a trechos, en agua fangosa» (p. 190), lodo negruzco en el que podemos ver anticipado «el líquido derramado por las eras» (palabras finales de la novela), es decir, la sangre mezclada con el fiemo y la tierra. Estructura circular tiene también el capítulo XIII, que comienza con la imagen papeletas electorales=mariposas:

Si a estos papelitos el viento reinante los hubiese arrancado de las callosas manazas de Loipea, con caprichosos revuelos de blancas mariposas se habrían esparcido por el ámbito de la villa, siendo recreo de los ojos (p. 393).

Y acaba con la de copos de nieve=mariposas=papeletas electorales:

La blanquísima nieve de San Donato, a la luz discontinua de la luna, chispeaba como un diamante. De las pardas nubes, impelidas por el sudeste, escapábanse argentados copos que, con vuelos de mariposa, sumíanse dentro de las chimeneas, extendíanse sobre los tejados y torbellineaban en las fangosas callejuelas, semejantes a las papeletas electorales que invadieron a Urgain, escapándose, no de las callosas manazas de Loipea, sino, realmente, de las negrísimas garras del demonio de la política (p. 411).

Comentario más detenido merecería la abundante utilización de metáforas, imágenes y símiles, aspecto cuyo análisis habrá de quedar para otra ocasión. Haré notar, en fin, la huella de Cervantes, que se aprecia en pequeños detalles de estilo como la forma de comenzar algún capítulo («Las ocho de la mañana serían…» es la expresión que abre el capítulo V) o la predilección por algunos adjetivos (desaforado, descomunal…) de clara raigambre cervantina[2].


[1] Cito por Arturo Campión, Blancos y negros, en Obras completas, vol. IX, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 171-469, pero restituyendo las grafías originales de la edición de 1898. Una edición más reciente es esta: Arturo Campión, Blancos y negros. Guerra en la paz, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 17).

[2] Para más detalles, remito a Carlos Mata Induráin, «“Chocarán el puchero y la olla”: conflictos sociales e ideológicos en Blancos y negros, de Arturo Campión», en Carmen Erro Gasca e Íñigo Mugueta Moreno (eds.), Grupos sociales en la historia de Navarra. Relaciones y derechos. Actas del V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona, septiembre de 2002), Pamplona, Ediciones Eunate / Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 2002, vol. II, pp. 165-178.

Técnicas narrativas en «Blancos y negros» (1898) de Arturo Campión (1)

Muchos de los personajes de la novela[1] de Arturo Campión se construyen como parejas de contrarios (Osambela y doña María, Cuadrau y don Mario, Celedonia y Josepantoñi…). Añadamos ahora algunos detalles más con relación a la presentación antitética de Osambela y doña María. Si la palaciana es generosa y amable con los pobres (cuando entrega unas monedas, ofrece además el consuelo del alma), el odioso cacique es «avaro por naturaleza y cálculo» (p. 385) y su propio hijo Perico se da cuenta de que tan solo pretende hacer un negocio de «usurero desalmado, vengándose, al mismo tiempo, de una familia a quien detesta» (p. 384). Pero la misma consideración negativa se extiende al propio Perico, menospreciado por la mayorazga doña Rosa de Altolaguirre y Zufiaurre:

Doña Rosita consideraba la casa de Ugarte como a templo donde la raída nobleza de Urgain y cinco leguas a la redonda recibía solemne culto, y además, como a ejecutoria donde constaba fehaciente el número de las personas que podían alternar entre sí, sin desdoro. De suerte que, propiamente, a Perico Osambela lo equiparaba a callejero can que se cuela en el archivo, hociquea los papelotes, y cual de ruines piltrafas, se apodera de las más preciosas genealogías y las arrastra por el enfangado suelo (p. 357).

El contraste maniqueo lo observamos asimismo en la presentación de los personajes vascongados (la familia de Juan Bautista Oyarbide, sobre todo[2]), que constituyen acabados modelos de bondad y virtud, frente a los personajes foráneos (sobre todo los hijos de Aquilino Zazpe, Celedonia y Casildo, verdaderos dechados de maldad). Campión idealiza el carácter y las costumbres tradicionales del pueblo vasco y fustiga las novedades venidas de fuera para distorsionar su alma. Desde la ventana del palacio observa don Mario (capítulo IV) el baile que en la plaza consistorial protagoniza la juventud urgainesa, «sana, alegre y ágil», al son del silbo y el tamboril, baile honesto que contrasta con el «agarrao» que tiene lugar junto al portal de la taberna de Aquilino Zazpe, al son de guitarra, bandurria y pandereta, con intervención de la «gente forastera» (carabineros, guardias civiles, mozos de la estación y sus mujeres).

SilboyTamboril

Esa radical oposición de autóctonos y foráneos se personaliza en el enfrentamiento entre Josepantoñi y Celedonia (que culmina en la pelea en el río del capítulo IX). Si las montañesas hablan «la lengua éuskara, formada por Dios para susurrar ternezas y amores» (p. 365), las otras mujeres, las esposas e hijas de guardias civiles, carabineros y empleados del ferrocarril, se expresan en un español plagado de vulgarismos y coloquialismos y con un acento marcadamente ribero-aragonés. El carácter idílico de la vida en la aldea vasca queda subrayado en las visitas que hace Mario al caserío de Ermitaldea:

Mario saboreaba la honradez y la rústica poesía de aquel hogar feliz. Opinaba que las instituciones y costumbres, el lenguaje nativo y las tendencias étnicas naturales que semejantes ejemplares de clase popular producen, se habían de conservar y defender. Su amor a la tierra éuskara templábase en los cuadros familiares que veía. Tomaba cuerpo ante sus ojos la imagen de un pueblo creyente, sencillo, bondadoso, roído por el tiempo y arrojado a las altas cumbres de las montañas, circuido por desbordados mares, cuyas aguas con impasible e ineluctable progresión crecen, avanzan, suben, se extienden, sin retroceder nunca un palmo, ni rebajar su nivel nunca, fatales como el curso de las estrellas y la sucesión de los siglos, hasta anegar, disolver y sumergirlo todo bajo una desolada uniformidad (p. 343).

La misma técnica del contraste y la dualidad sirve para presentar la división política existente en Urgain, que se escenifica en los cafés (el Café de la Paz es el cuartel general del puñadico liberal mientras que la taberna de Aquilino Zazpe constituye el centro popular de los carlistas). Verdaderamente antológico es el capítulo XIII, «El diablo en Urgain» —el diablo llega al pueblo en forma de candidaturas electorales—, donde Campión describe magistralmente la «exaltación furiosa de las pasiones políticas» (p. 439) y cómo los ánimos pacíficos se transforman en pendencieros: «Ardió la pasión política» (p. 393). Unas palabras del abad tratando de convencer a don Mario anticipan de nuevo lo que va a ocurrir más adelante:

«Cada hogar —decía— es copia del infierno; cada hombre, encarnación del demonio. Hay muchas lágrimas, y me temo que hasta sangre ha de correr. Satanás, y no otro, es el inventor de semejantes sistemas políticos.» (p. 439)

Y así sucede en la escena final, cuando las eras estercoladas, bajo el asfixiante sol canicular, quedan empapadas con la sangre de blancos y negros:

Ganchos y muñidores de ambos partidos recorrían las eras, torciendo las voluntades con la promesa, la dádiva y el engaño. Sobre el fiemo de las cuadras, campaba el fiemo, mil veces más pestilente, de la política española. […]

Vacío el cesto de las injurias, exhausto el desaguadero de los insultos, los hombres, enardecidos por el sol que en las venas inyectaba fuego, se lanzaron unos contra otros a puñadas, mordiscos y coces, rodando y revolcándose frenéticos por el suelo.

Y cuando, al cabo, se logró restablecer el orden y llegó el caso de levantar los contusos y heridos, nadie hubiese podido decir quiénes eran los blancos y quiénes los negros, pues a todos les tiznaba y embadurnaba, parificándolos, desde la uña del pie hasta la punta del pelo, el líquido derramado por las eras (p. 469)[3].


[1] Cito por Arturo Campión, Blancos y negros, en Obras completas, vol. IX, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 171-469, pero restituyendo las grafías originales de la edición de 1898. Una edición más reciente es esta: Arturo Campión, Blancos y negros. Guerra en la paz, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 17).

[2] Véanse las pp. 341 y ss.

[3] Para más detalles, remito a Carlos Mata Induráin, «“Chocarán el puchero y la olla”: conflictos sociales e ideológicos en Blancos y negros, de Arturo Campión», en Carmen Erro Gasca e Íñigo Mugueta Moreno (eds.), Grupos sociales en la historia de Navarra. Relaciones y derechos. Actas del V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona, septiembre de 2002), Pamplona, Ediciones Eunate / Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 2002, vol. II, pp. 165-178.

«Blancos y negros» (1898) de Arturo Campión: Juan Miguel Osambela versus doña María de Axpe-Salazar

Algunos datos sobre la personalidad del cacique liberal Osambela han quedado apuntados ya en las entradas precedentes. Es en el capítulo II donde Arturo Campión nos ofrece el retrato de la familia de don Juan Miguel Osambela y Zurutuza, escribano y agente del partido liberal, y resume la historia familiar y las causas de su enriquecimiento. El notario de Urgain es un potentado que tiene dos únicas pasiones, la avaricia y la dominación: «Su bolsillo era de rico; su modo de vivir, no. […] Nada le satisfacía tanto como que le reconociesen y ponderasen su riqueza e influencia. La vanidad constituía su único placer intelectual» (pp. 203-204). Tramará su venganza (apoderarse de la hipoteca de los Ugarte y obligarlos a la boda de doña María Isabel con su hijo Perico), y para ello contará con la colaboración del abogado pamplonés Ignacio Ostiz.

En el capítulo VII, Osambela visita a Ostiz; ambos están unidos por una amistad añeja, pese a militar en distintos bandos políticos: lejos de ser enemigos, estos dos «doctores en cucología» se unen para sacar adelante sus negocios. Osambela expresa ante su compadre sus deseos de «patear a esa bruja de doña María» (p. 280). El capítulo VIII, «Intimación matrimonial», enfrenta por primera vez directamente a ambos personajes rivales. El notario visita a la palaciana y le expone sus propósitos sin rodeos: «El fingimiento y disimulo —apostilla el narrador— no formaban parte del caudal de sus defectos» (p. 306). Le explica que ha comprado la hipoteca que pesa sobre su hacienda y pide la mano de su hija para su Perico. Doña María llama a María Isabel, quien confirma que ella y el hijo de Osambela se quieren. Pero doña María, digna, se niega a autorizar semejante unión: ella es una madre católica y no entregará su hija, por su propia voluntad, a un liberal; herida en su orgullo, despacha a Osambela, pero la amenaza de este queda flotando en la estancia de Jaureguiberri (nueva prolepsis narrativa):

—¡Acaso el que sale despedido como criado, volverá con las ínfulas de dueño! Mis propósitos eran pacíficos, conciliadores: sólo han servido para aumentar la soberbia de quien la derrama por todos su poros como un veneno. ¿Queréis guerra?, pues la habrá sin cuartel. Chocarán el puchero y la olla: el puchero se hará pedazos, que yo, soy de hierro, ¡badajo! (p. 314)

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Osambela visualiza el enfrentamiento de ambas familias (nobleza decadente y burguesía ascendente) con esa expresiva imagen del choque del puchero y la olla. Más adelante hará uso de otras similares:

—¡Cómo acaban los linajes! La coraza del infanzón atravesada por la pluma ruin del curial (p. 263).

—Al diablo lágrimas y sensiblerías: yo, el acreedor, martillo; ellos, el deudor, yunque, y porrazo limpio hasta que se hagan polvo (p. 379[1]).

Don Mario pronto comprende que Osambela tan solo busca arruinar a su familia, que constituye el único «dique de su avasallador caciquismo» (p. 340). Su mayor deseo es buscar dinero a cualquier precio para escapar de las garras del notario. Pero Juan Miguel, que como elector y cacique es ducho «en todo linaje de marrullerías» (p. 397), entabla sus diligencias contra los Ugarte, mostrándose como un acreedor implacable y codicioso:

Sonaba la hora de la ruina, precedida de edictos y subasta. El desahucio de la casa solariega, la caída desde pedestales seculares, la desaparición por la honda sima del pueblo anónimo. Un poco de espuma sobre el verdoso abismo que se cierra, y luego… nada: la inmensa extensión del mar sobre los náufragos (p. 429).

En efecto, cuando llega el verano, Osambela se instala en Jaureguiberri como nuevo dueño. Doña María y su hija María Isabel han de marcharse a Vizcaya. El narrador describe la escena de su partida, que ocurre bajo una intensa lluvia: la insultante felicidad de Juan Miguel contrasta con la pena sincera de los aldeanos, que se duelen del «éxodo lamentable de los últimos Ugartes» (p. 458). Doña Gertrudis, la esposa de Juan Miguel, ve alejarse a doña María, gravemente enferma, montada en un carrito: «Pues, con todo —comenta—, paralítica, muda, semimuerta y pobre, es una señora, una verdadera señora» (p. 459). Su marido Osambela afirma orgulloso que ahora son ellos las personas más importantes e influyentes del pueblo, están «en la punta de la cucaña», porque quien tiene el dinero lo tiene todo: él cree únicamente en el brillo del oro, no en el de los escudos nobiliarios. Sin embargo, su mujer le explica en una especie de apólogo la incómoda situación en que queda:

—Y al oírte hablar de la cucaña, recordé un cuento de mi padre —¡digo cuento, y fue sucedido!— que a ti también te hará gracia, y para desenfadarte, lo voy a contar. «Celebrábanse las fiestas de un pueblo, y acudió muchísima gente, la cual se extendió por la plaza, alrededor de la cucaña. Por entre los grupos, andaba un pobre jorobadito sin que nadie notase su presencia o le hiciese mayor caso. Observando que ninguno de los mozos conseguía llegar a la punta de la cucaña, el jorobadito, muy ágil, se acercó, y en un santiamén se encaramó por el palo. La gente, al principio creyó que era un niño, y le aplaudía. Pero cuando se detuvo el ganancioso para apoderarse de la bolsa y saludar, muy ufano, al público, ¡uu, uu, uy!, entonces le vieron todos la joroba, y le pegaron una silba… ¡una silba!…» (p. 460).

Osambela ha expulsado de su solar nativo a los Ugarte; ha ascendido a lo más alto de la cucaña; pero siempre se le verá la joroba…[2]


[1] Estas parejas de contrarios son muy frecuentes. Celedonia usa la de regadío y secano (noble / campesino) para mostrar a su hermano Cuadrau la diferencia que le separa del que consideran su rival en lides amorosas, don Mario: «—¡Pero igo mal, porra! ¡Ca andará por casarse, como tú y José Martín: quiós, no sus ha salido mala parte contraria! Secano contra regadío» (p. 320).

[2] Para más detalles, remito a Carlos Mata Induráin, «“Chocarán el puchero y la olla”: conflictos sociales e ideológicos en Blancos y negros, de Arturo Campión», en Carmen Erro Gasca e Íñigo Mugueta Moreno (eds.), Grupos sociales en la historia de Navarra. Relaciones y derechos. Actas del V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona, septiembre de 2002), Pamplona, Ediciones Eunate / Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 2002, vol. II, pp. 165-178.