Un villancico anónimo del siglo XVII: «Monterilla de plumas…»

Escuchad, hermanos, una gran noticia:
«Hoy en Belén de Judá os ha nacido el Salvador».

¡Muy feliz Navidad
a todos los lectores y amigos insulanos!

Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad…, y desde el blog vamos a celebrar el Nacimiento del Señor, como otros años, con algunos poemas de temática navideña, de diversas épocas, autores y estilos. Comenzaremos hoy con este hermoso villancico anónimo del siglo XVII, cuyo texto se nos ha transmitido en varios testimonios, que ofrecen ligeras variantes en las coplas, pero todas ellas de escasa trascendencia.

Luca Giordano, La Adoración de los Pastores (c. 1688). Musée du Louvre (París, Francia).

Monterilla de plumas
y pellico de armiños
[1]
quiérole yo para mi pastorcito;
zurroncillo moteado,
cayadito florido
quiérole yo para mi pastorcito.
¡Ay, qué agraciado!
¡Ay, qué pulido!
¡Ay, que tirita de frío!
Niño, no llores;
calla, bien mío,
que ya los pastores
te traen dones ricos.
Si estás desnudito,
que te abrigue tu Madre,
Cuerpo de Cristo.
Niño, no llores;
calla, bien mío,
que aquí traigo yo
para tu desabrigo
monterilla de plumas
y pellico de armiños;
zurroncillo moteado,
cayadito florido,
¡quiérole yo para mi pastorcito!

Coplas

[1.ª]

No ven cómo llora
el rapaz pulido
y es más hombre cierto[2]
que su Padre mismo.
Mírenle cuál tiembla
desnudito al frío,
siendo un rayo hermoso,
siendo un fuego vivo.
De una palomita
nos dicen que es Hijo,
y a mí me parece
que es un corderito.
Luego bien le aplico
monterilla de plumas
y pellico de armiños.
¡Quiérole yo para mi pastorcito!

[2.ª]

Si como un gigante
corrió su camino,
¿para qué esta noche
se nos hace niño?
Allá hacía cielos,
estrellas y signos,
y acá se nos viene
a hacer pucheritos[3].
Si una corderita
le sacó de quicio,
sepa que en la tierra
mejoró de impíreo[4].
Luego bien le aplico
zurroncillo moteado,
cayadito florido.
¡Quiérole yo para mi pastorcito!

[3.ª]

Para que le admiren
llama [a] pastorcitos
y también a reyes[5].
¡Oiga el señorito!
Quéjase que el mundo
no le ha conocido[6]
y ángeles y luces
lo dicen a gritos:
¡Venga norabuena
hacia nuestro aprisco[7],
cuide el zagalejo
de su ganadito!
Luego bien le aplico
monterilla de plumas
y pellico de armiños.
¡Quiérole yo para mi pastorcito![8]


[1] pellico de armiños: pellico es zamarra de pastor, hecha de pieles; el yo lírico desea que sea de armiños (una piel de alta calidad) para ofrecérsela al Niño Jesús recién nacido, igual que desea que la monterilla (prenda de abrigo para la cabeza), que habitualmente se hace de paño, vaya adornada de ricas plumas. Nótese la acumulación de léxico del ámbito pastoril en estos primeros versos del villancico.

[2] cierto: con valor adverbial, ʻciertamenteʼ.

[3] hacer pucheritos: amagar el llanto. Estos versos expresan bella y poéticamente la doble naturaleza de Cristo, que siendo un Dios todopoderoso, autor de la Creación, pasa a adoptar la naturaleza humana de un desvalido infante recién nacido («se nos hace niño»).

[4] impíreo: lo mismo que empíreo, el más alto de los cielos, sitio de la presencia plena de Dios.

[5] llama [a] pastorcitos / y también a reyes: todo el género humano, sin distinción de clases, está llamado a la redención.

[6] Quéjase que el mundo / no le ha conocido: cfr. Juan, 1, 10-11: «En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron».

[7] aprisco: redil o majada, paraje donde los pastores recogen el ganado para resguardarlo de la intemperie.

[8] Recogido en el trabajo «Francesc Valls (ca. 1671-1747). Obras en romance conservadas en el archivo musical de Canet de Mar. Edición crítica de Lola Josa y Mariano Lambea», pp. v-vi, disponible en DigitalCSIC. Tomo el texto de ahí, modificando ligeramente la puntuación y quitando la tilde a «qué» en el v. 9 y añadiéndosela a «como» en el primer verso de la primera copla. En ese trabajo se puede ver una anotación más detallada del texto, la mención de las fuentes textuales y la transcripción poético-musical de este «Tono a solo al Nacimiento de Cristo» musicado por Francesc Valls.

El «Villancico que llaman del aviador», de Federico Muelas

Otro poeta que ha compuesto originales villancicos es Federico Muelas (Cuenca, 1910-Madrid, 1974), perteneciente a la Generación del 36. De profesión farmacéutico, fundó la revista El Bergantín, si bien prefirió vivir alejado de la vida literaria pública. Su producción lírica está formada por títulos como Aurora de voces altas (1934), Entre tu vida y mi sueño (1934), Pliegos de cordel (1936), Vuelo y firmeza (1936), Temblor (1941), Cantando entre cielo y sangre (1941), Rodando en tu silencio (1964), Los villancicos de mi catedral (1967), Cuenca en volandas (1967) o Ángeles albriciadores (1971), entre otros, a los que cabe sumar otros volúmenes póstumos como la recopilación de Poesía (1979) o Poesía secreta (2000), que incluye los libros Ardiente huida y El libro de las arengas, escritos ambos en los años 50 bajo el influjo estético del surrealismo.

En el blog ya hemos dado entrada a otras composiciones navideñas suyas como «Por atajos y veredas», el «Villancico que llaman unos del aserrín y otros del Niño Carpintero», el «Villancico que llaman de la partera», el «Villancico que llaman de la llegada de los Reyes Magos» o el «Villancico nana de los tres Reyes». Añado hoy otra composición, el «Villancico que llaman del aviador», que se inserta en una serie habitual de representantes de distintos gremios u oficios que visitan el Portal de Belén. Lo más notable de este poema es que —siguiendo un motivo frecuente en la poesía de Navidad desde los tiempos clásicos— se mezcla el anuncio del nacimiento del Niño-Dios con el futuro sufrimiento de su Pasión y Muerte en la cruz, anticipada aquí en la figura del avión.

Cristo y avión-cruz

El texto es como sigue:

—¡Un arcángel!…
                                        Asombrados
le miraban los pastores.
Sobre la paz de los prados
trepidaban los motores.

—Tu pájaro es, aviador,
una cruz que vuela… Un día
pilotaré mi dolor
desde una cruz.
                             Sonreía
yerto, en su cuna, el Señor[1].


[1] Cito por la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 247.

El «Villancico que llaman del camionero» de José María Fernández Nieto

De profesión farmacéutico, José María Fernández Nieto (Mazariegos de Campos, Palencia, 1920-Palencia, 2013) fundó en 1955, junto con Marcelino García Velasco y Carlos Ureña, la revista de poesía y crítica Rocamador, de la que fue su director, y también la colección de libros de poesía de igual título. Publicó varios libros de poesía, entre otros Ramillete de poesías (1946), Aunque es de noche (1947), La trébede (1961), Un hombre llamado José (1963), Villancicos de zambomba y transistor (1968), Galería íntima (1972), La claridad compartida (1972), La nieve (1974), Poemas de amor de cada día (1982) o Fulgores de ascensión (1993). Existe además una Antología de sus versos (Palencia, Cálamo, 1997).

En las composiciones de temática navideña de Fernández Nieto se hace presente a veces el tono humorístico, como por ejemplo en su «Villancico gitano». Lo mismo sucede con este «Villancico que llaman del camionero», compuesto por seis estrofas de versos octosílabos (tres redondillas y tres cuartetas).

—Echa, conductor, el freno
a la carga de tu olvido,
porque el Señor ha nacido
y a ti te tiene por bueno.

Dejó el camión aparcado,
pero aparcado muy mal,
y se acercó hasta el Portal,
sorprendido y deslumbrado.

—¿Qué me das tú?
                                    —¡Yo qué sé!
¿Mi camión? ¡Te lo daría!
pero, chaval, para qué…
¡Para qué te serviría!

El Niño se sonrió
tiernamente complacido,
que no le dijo que no
sin habérselo pedido.

José le advirtió seráfico:
—Aparca en otro lugar,
que te acaban de multar
los motoristas de Tráfico.

Se enfureció el conductor
gritando que era un atraco.
¡Y por culpa del Señor
no pudo soltar un taco![1]


[1] Cito, con algunos retoques en la puntuación, por la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 251.

El «Villancico del incendio y el campanero», de Emilio Breda

Del argentino Emilio Breda ya había traído al blog, en alguna ocasión anterior, su «Villancico del marinero». Para este día de Nochevieja transcribo su «Villancico del incendio y el campanero», un sencillo poema (un romancillo —versos hexasílabos— con rima é o y forma dialogada), que reza así[1]:

Nacimiento de Cristo

—Toca las campanas,
tú, buen campanero.

Toca las campanas.
Salgan los bomberos.

En ese pesebre
se ha encendido un fuego.

Grita el buey y el asno
entre los luceros

Corren los pastores.
Corren los corderos.

Aplaude el palmar.
Saltan los camellos.

Las uvitas gimen
entre los viñedos.

Las olivas ríen
en el árbol viejo.

Los trigales danzan
la danza del viento.

—Tú calla y escucha
la voz de los vientos.

—No, no es esa luz
la luz de un incendio.

Es la luz de un Niño,
de un niño pequeño,

que redime al mundo
con su triste sueño.

—Toca las campanas,
tú, buen campanero.

Toca las campanas
por el Niño Bueno.

Toca las campanas
por el mensajero.

Toca las campanas
por el Carpintero.

Toca las campanas
también por sus celos[2].

Toca las campanas,
tú, buen campanero.

Toca por la Virgen
y Gabriel partero[3].


[1] Tomo el texto de Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 247-248.

[2] por el Carpintero … por sus celos: el Carpintero es José, y sus dudas ante el embarazo de María constituyen un motivo tradicional en la poesía de Navidad. Véase, por ejemplo, el «Villancico de los qué dirán» de Antonio Murciano.

[3] Gabriel partero: el arcángel san Gabriel es el encargado de la Anunciación a María («Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús…», Lucas, 1, 31-33). Aquí, festivamente, se le asocia al parto.

«Villancico triste para un Niño sin posada», de Ángel de Miguel

De Ángel de Miguel Martínez, poeta castellano-navarro (burgalés de nacimiento, en La Nuez de Arriba, pero afincado en Estella desde hace muchos años), ya había quedado recogido en el blog su precioso y cantarín «Villancico de la Fuente de Irache». Ahora, respondiendo amable a la petición del Gobernador de esta Ínsula Barañaria, me envía, en prueba de amistad, su inédito «Villancico triste para un Niño sin posada». El poema, de grácil ritmo (se construye con ágiles tetrasílabos), pone de relieve el desvalimiento del Niño Jesús recién nacido, que no ha encontrado posada abierta para Él, y que se ve reconfortado únicamente por distintos elementos de la naturaleza (astros, escarcha, nieve, agua, noche-vaca, luna-mula, estrella, auroras).

PortalyEstrella

Este es el texto del villancico:

Para el Niño
no hay posada,
solo hay astros
que lo guardan.

Para el Niño,
pan de escarcha,
miel de nieve,
roscos de agua…

Y la noche,
negra vaca
que le muge
sol de nanas.

Y la luna,
mula blanca
que le rumia
madrugadas.

Y una estrella
oxidada,
pezoncillo
de luz pálida

que lo arrulla
y amamanta
mientras llega
la mañana.

Para el Niño
no hay posada,
solo auroras
desoladas.

El «Villancico que repite la letanía de siempre», de Jesús Górriz Lerga

El nombre de Jesús Górriz Lerga (Pamplona, 1932-2016) ya se había asomado a este blog como fino cultivador poético de la temática navideña, al tratar precisamente de «La Navidad de los poetas navarros». Todo un poemario suyo está dedicado a esta materia; me refiero a Memorial del gozo (Pamplona, edición del autor, 1994), título significativo, porque gozo e inmensa alegría es lo que nos trae la Navidad. Como certeramente escribe Miguel dʼOrs,

Memorial del gozo es una colección de villancicos (en el hoy usual sentido navideño del término), que prolonga una tradición, casi tan antigua como la poesía española misma, en que brilla una larga teoría de figuras ilustres, desde Gómez Manrique, Fray Ambrosio Montesino, Fray Íñigo de Mendoza, Juan del Encina y otros poetas de hacia 1500 —de nombre conocido o no— influidos por el franciscanismo y la “devotio moderna” hasta contemporáneos jóvenes, como José Mateos o Abel Feu, pasando por Lope de Vega, Góngora, Gerardo Diego, Luis Rosales, Aquilino Duque o los hermanos Murciano; una tradición —no puedo dejar de notarlo— considerablemente viva entre los poetas navarros de la segunda mitad del siglo XX, supongo que en gran parte a causa del fuerte sustrato católico, y aun sacerdotal en no pocos casos, que los caracteriza[1].

En esa entrada anterior ya quedaron transcritos algunos poemas suyos como el «Villancico del anuncio gozoso», el «Villancico del vagabundo», el «Villancico del corolario que resume el gozo», los «Gozos para entonar en la Nochebuena» y el «Romancillo de la Natividad del Señor». Hoy transcribo su «Villancico que repite la letanía de siempre», perteneciente a ese mismo poemario, Memorial del gozo, que se construye como una acumulación de vocativos dirigidos a la Virgen María, como una letanía, entre los que destacan los nombres de flores a Ella aplicados (clavelina, retama, camelia, rosa, buganvilla, azucena…).

Jan Brueghel el Joven, Virgen con el Niño
Jan Brueghel el Joven, Virgen con el Niño.

La emotividad del texto se refuerza por el empleo de diminutivos (doncellica, galanica, virgencica), en tanto que el uso del hexasílabo (romancillo, pero con rima diferente en cada estrofa) dota de grácil musicalidad al poema.

A la clavelina,
a la perla fina.
(Lope de Vega)

Clavelina blanca,
doncellica hermosa
retama florida,
florecida rosa
que donáis de amores
lo que de graciosa.

Estrella del alba,
camelia bendita,
preciosa entre todas,
que disteis la vida
al Dios del Eterno
para su venida.

Limpia como el oro,
madre virginal,
galanica y bella,
rosa en su rosal,
que nos dais al niño
celeste y mortal.

Clavelina blanca
flor de buganvilla,
virgencica guapa,
serena y sencilla,
que dais a la tierra
tan buena semilla.

Azucena abierta,
granada crecida,
sol del Sol más claro,
perla, la más fina…[2]


[1] Miguel dʼOrs, introducción a Jesús Górriz Lerga, Obra poética (1950-2006), Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo, Institución Príncipe de Viana), 2006, p. 23.

[2] Lo cito, con algún ligero retoque, por Jesús Górriz Lerga, Obra poética (1950-2006), p. 189. 

«Zagalejo de perlas, / hijo del Alba», villancico de Lope de Vega

Hoy en Belén de Judá
os ha nacido el Salvador.

Vaya para este gozoso día de Navidad otro villancico de Lope de Vega, incluido también en Pastores de Belén (como otros ya recogidos en el blog: «De una Virgen hermosa / celos tiene el sol», «Nace el alba María, / y el Sol tras ella» o «Campanitas de Belén»). Antonio Carreño nos recuerda el contexto narrativo en que se inserta este poema:

Canta esta composición Aminadab, el hombre «leído y sabio en las divinas letras» y «después de haberle dicho mil amorosos requiebros, bastantes a enternecer las piedras de aquellos muros, cuánto más los corazones de aquellos santos pastores». Le acompaña Palmira con su voz e instrumento (ff. 401-402). Es este villancico una de las más destacadas nanas a lo divino de la lírica española[1].

Y en nota a los vv. 1 y 9 explica:

Es Zagalejo de perlas porque ha nacido del Alba, que es María, de ahí la asociación con las perlas. Se creía que estas nacían del rocío que dejaba el alba al salir el sol.

El Pastor como el Cordero son imágenes iconográficas que ha consagrado la liturgia en himnos y en representaciones plásticas.

Sandro Botticelli, Virgen del libro
Sandro Botticelli, Virgen del libro.

Una vez más, el Fénix nos brinda un villancico que es pura delicadeza, una composición plena de ritmo y musicalidad:

Zagalejo de perlas,
hijo del Alba,
¿dónde vais, que hace frío
tan de mañana?

Como sois lucero
del alma mía,
al traer el día
nacéis primero;
Pastor y Cordero
sin choza y lana,
¿dónde vais, que hace frío
tan de mañana?

Perlas en los ojos,
risa en la boca,
las almas provoca
a placer y enojos;
cabellitos rojos,
boca de grana,
¿dónde vais, que hace frío
tan de mañana?

Que tenéis que hacer,
pastorcito santo,
madrugando tanto
lo dais a entender;
aunque vais a ver
disfrazado el alma,
¿dónde vais, que hace frío
tan de mañana?[2]


[1] Antonio Carreño, en su edición de Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, Barcelona, Crítica, 1998, p. 611.

[2] Lope de Vega, Pastores de Belén. Prosas y versos divinos de Lope de Vega. Dirigidos a Carlos Félix, su hijo, en Madrid, por Juan de la Cuesta, año 1612, fol. 203. Lo cito por Rimas humanas y otros versos, ed. de Antonio Carreño, núm. 298, p. 611, con ligeros retoques en la puntuación (añado coma al final del verso 2, y también coma tras vais en el estribillo). 

«Villancico nana de los tres Reyes», de Federico Muelas

Es tradición en este blog copiar para la noche de Reyes (5 de enero) y para el propio día de Reyes (6 de enero) algunos poemas dedicados al tema de la Epifanía del Señor y la adoración de los Magos de Oriente. Así, han aparecido aquí, en años pasados, el poema titulado «Que es la noche de Reyes», de José Luis Hidalgo; el «Villancico que llaman de la llegada de los Reyes Magos», de Federico Muelas; el «Soneto para la madrugada de un seis de enero», de Carlos Murciano; el «Villancico de la falta de fe», de Luis Rosales; y otras composiciones como «Epifanía», de Jorge Guillén, «Los tres reyes magos», de Rubén Darío o «El camello cojito (Auto de los Reyes Magos)», de Gloria Fuertes.

Añadiré hoy este sencillo «Villancico nana de los tres Reyes» de Federico Muelas, de alegre musicalidad con sus versos de arte menor (heptasílabos y pentasílabos, más dos octosílabos al final) y sus variadas rimas asonantes (é a, é o, é e), cuyo ritmo se ve reforzado por las repeticiones paralelísticas de algunos versos, a veces con ligeras variantes («tras una estrella» / «tras un lucero»; «si quieres verla» / «si quieres verlo»):

Tres peregrinos vienen
tras una estrella.
¡Duérmete, Niño mío,
si quieres verla!

Tres peregrinos vienen
tras un lucero.
¡Duérmete, Niño mío,
si quieres verlo!

Duérmete, Niño mío,
mi Niño, duerme…

(Tras una estrella venían
por el desierto los Reyes.)[1]

La adoración de los Reyes Magos, de El Greco
La adoración de los Reyes Magos, de El Greco.

[1] Poema incluido en la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 202. 

El villancico «Canta, gallo, canta…» de Rodrigo de Reinosa

¡Aleluya, Aleluya,
ha nacido el Salvador!

Rodrigo de Reinosa, pseudónimo del bachiller Rodrigo de Linde (Reinosa, Cantabria, c. 1450-c. 1530), es poeta conocido por ser el creador de la lírica germanesca en lengua castellana. Ha sido estudiado por José María de Cossío, quien le dedicó un volumen en la Antología de escritores y artistas montañeses[1]. La primera obra impresa con su nombre, aunque perdida, es el Cancionero de Rodrigo de Reinosa de coplas de Nuestra Señora (Barcelona, 1513). Por otra parte, se le ha atribuido un Cancionero de Nuestra Señora, impreso tardíamente (León, 1612), pero tal atribución resulta problemática. Rodrigo de Reinosa fue muy popular en su época y sus composiciones se nos han conservado en distintos cancioneros y a través de pliegos sueltos. En sus poemas da entrada a personajes populares como rufianes, prostitutas, pastores, comadres, venteros, negros, etc. Cultivó también el tema navideño; al decir de Gerardo Diego, lo trata

de diversos modos y con variedad de intenciones. Una veces, anacrónica y deliciosamente, como en la letrilla a la Virgen para que abrigue al Niño con una de las dos mortajas de Lázaro, con la media capa de San Martín, el manto de Elías o el velo del Templo. Otras de manera un tanto conceptuosa y refinada. O como en el romance «Al Nacimiento», lleno de sagrado estupor. O bien, y es quizá su más tierna inspiración, cantando sobre el estribillo popular la inminencia del parto virginal[2].

Este último comentario se refiere al villancico que copio hoy, en el que la voz lírica corresponde a san José, que se dirige en apóstrofe al gallo (vv. 1-2), para que anuncie el amanecer del nuevo día; y luego ya, durante el resto de la composición, a su esposa María, cuyo vientre está  a punto de florecer con el nacimiento del Niño-Dios:

Canta, gallo, canta,
cata[3] que amanece;
y tú, Virgen Santa,
tu vientre florece[4].

El parto es llegado
de nuestra esperanza;
que Dios encarnado
nació sin dudanza;
por donde se alcanza
el bien que parece[5];
tu vientre florece.

A la media noche
acá entre nos
sin ningún reproche
nació hombre y Dios;
pues, Señora, a nos
por vos tal contece[6],
tu vientre florece.

Según me decíais,
y a mí me dijeron,
estas profecías
en vos se cumplieron;
pues vos escogieron[7]
porque Adam padece,
tu vientre florece.

Pues Dios nos echó
en este portal
do el Niño nació
por lo humanal;
en este arrabal,
con frío que crece,
tu vientre florece.

Si quieres que vaya
partera[8] a buscar,
el gabán y sayo
os quiero dejar;
en pobre lugar
todo esto acaece;
tu vientre florece.

Mientras vo[9], Señora,
partera a buscar,
quered vos agora
sola consolar:
no queráis llorar,
que a mí me entristece;
tu vientre florece.

Lumbre no tenemos
ni leña ninguna,
ni tampoco habemos[10]
mantillas ni cuna;
pues nuestra fortuna
todo esto merece,
tu vientre florece.

Con terrible invierno
y noche lloviosa[11],
sin ningún gobierno,
con pena penosa,
consuélate, Esposa,
aunque algo fallece[12];
tu vientre florece[13].

Adoración_de_los_pastores_Bonifazio_Veronese
Adoración de los pastores, de Bonifazio Veronese.


[1] Rodrigo de Reinosa, selección y estudio de José María de Cossío, Santander, Librería Moderna, 1950. Ver también Stephen Gilman y Michael J. Ruggerio, «Rodrigo de Reinosa and La Celestina», Romanische Forschungen, 73, 1961, pp. 255-284; La poesía de Rodrigo de Reinosa, estudio y ed. de José Manuel Cabrales Arteaga, Santander, Institución Cultural de Cantabria, 1980; Rodrigo de Reinosa, Poesía de germanía, ed. de María Inés Chamorro Fernández, Madrid, Visor, 1988; y, más reciente, Rodrigo de Reinosa, Obra conocida, ed. de Laura Puerto Moro, San Millán de la Cogolla, Cilengua, 2010.

[2] Gerardo Diego, La Navidad en la poesía española, Madrid, Ateneo, 1953, pp. 19-20.

[3] cata: mira, date cuenta.

[4] florece: haz florecer.

[5] parece: aparece, se presenta.

[6] contece: acontece, sucede.

[7] pues vos escogieron: Diego lee este verso «pues a vos escogieron», largo; enmiendo para regularizar la medida del hexasílabo.

[8] partera: cambio la lectura de Diego, partero, por partera, como figura luego en el v. 41.

[9] vo: voy.

[10] habemos: tenemos.

[11] lloviosa: forma usual en la lengua antigua, con vacilación en la vocal átona.

[12] fallece: falta.

[13] Diego, La Navidad en la poesía española, pp. 20-22. Retoco ligeramente la puntuación y destaco en cursiva la cabeza del villancico y el verso repetido como estribillo. Diego cierra su comentario sobre este villancico con una nota humorística, en guiño regional: «Bien se echa de ver que este San José, disfrazado bajo el capote recio y pardo de Rodrigo de Reinosa, conocía bien las noches cerradas de cellisca y ventisca en Campóo de Suso» (p. 22).

«Villancico que llaman de la partera», de Federico Muelas

Federico Muelas (Cuenca, 1910-Madrid, 1974), poeta, periodista y guionista de cine cuya figura se adscribe a la Generación del 36, es un autor que dio abundante entrada al tema navideño en sus poemas. En este blog, en años anteriores, ya he reproducido algunos de sus villancicos más conocidos, como los titulados «Por atajos y veredas», el «Villancico que llaman unos del aserrín y otros del Niño Carpintero» y el «Villancico que llaman de la llegada de los Reyes Magos». Vaya ahora para este día de Nochebuena su «Villancico que llaman de la partera», que adopta la tradicional forma de la décima y pone de relieve (a través del detalle del cordón umbilical) la naturaleza también humana del Niño-Dios recién nacido:

—¿Qué tiene que hacer partera
en este Santo Lugar?
La luna acaba de entrar
a través de la vidriera.
Hablo María: —Quisiera
algo de tu oficio. Pido
ese cordón retorcido,
que humano quiere ser Él…

¡Caracolilla de piel
en el vientre del nacido![1]

Natividad, de Giotto
Natividad, de Giotto.

[1] Texto recogido en Tallas y poemas del Niño-Dios, Madrid, Publicaciones Españolas, 1967, s. p.