Vaya para hoy, 3 de enero, fiesta del Santísimo Nombre de Jesús, un soneto del Fénix dedicado a esta temática —incluido en el Libro II de Pastores de Belén—, que no requiere mayor comento.
Si cada vez que un hombre murmurase del amigo, del prójimo y ausente «Jesús» dijese, es nombre suficiente a que la voz y el ánimo templase.
Si cada vez que del honor tratase del que infama y corrige vanamente «Jesús» dijese, y con humilde frente a las divinas letras se humillase,
es imposible que el furor más ciego y la vergüenza más soberbia y loca con tal rocío no templase el fuego.
Que el nombre de JESÚS tanto provoca amar[1] a Dios y al prójimo, que luego penetra el corazón desde la boca[2].
[1]amar: entiéndase ʻa amarʼ, con la preposición a embebida.
[2] Cito por Suma poética. Amplia colección de la poesía religiosa española, por José María Pemán y Miguel Herrero, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1944, pp. 251-252 (hay ed. facsímil, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2008). Modifico levemente la puntuación. De Pastores de Belén contamos con una edición moderna de Antonio Carreño (Madrid, Cátedra, 2010) y otra en formato electrónico preparada por Enrique Suárez Figaredo, disponible aquí (el poema se localiza en las pp. 169-170).
Hace unos días copiaba aquí la composición «Chanzoneta a la Virgen sobre los Inocentes» de Alonso de Bonilla (Baeza, c. 1570-Baeza, 1642) incluida en su Nuevo jardín de flores divinas en que se hallara variedad de pensamientos peregrinos (Baeza, por Pedro de la Cuesta, 1617). Hoy añado sus «Chanzonetas de la circuncisión de Cristo»[1], cuyo texto dice así:
Bartolommeo Veneto, Circuncisión de Jesús (1506). Museo del Louvre (París, Francia)
Niño, aunque con vos se estrella la ley de sangre y dolor, sufridla, que ese rigor todo ha de llover sobre ella.
Pues que siendo vos Dios mesmo a vuestras carnes lastima, justo es que le llueva encima un diluvio de bautismo;
porque no quede centella del fuego de su dolor, anegando su rigor para que llueva sobre ella.
Dejad al cuchillo cruel que vuestras venas desangre, que aunque el diluvio es de sangre, agua se espera tras dél[2];
porque la justa querella contra la ley del dolor desterrará su rigor, para que llueva sobre ella.
Dejad que llueva, chiquito, que a fe[3] que mojada salga, sin que el capote le valga de su intolerable rito;
que ley que con Dios se estrella sin reservarle el dolor es justo por tal rigor que todo llueva sobre ella[4].
[1] Cfr. Lucas, 2, 21: «Cuando se cumplieron los ocho días y fueron a circuncidarlo, lo llamaron Jesús, nombre que el ángel le había puesto antes de que fuera concebido». La festividad de la Circuncisión de Cristo, en el Calendario romano general, se celebraba el día 1 de enero; a partir de la reforma del Calendario en 1960 por el papa Juan XXIII se le dio a la celebración litúrgica el nombre de «Octava de Navidad». En la actualidad el 1 de enero se celebra la solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Sobre el mismo tema ver «Sor Jerónima de la Ascensión (1605-1660) y su poema “A la circuncisión del Niño Jesús”».
[2]aunque el diluvio es de sangre, / agua se espera tras dél: porque tras la circuncisión vendrá el bautismo.
[3]a fe: muletilla lingüística a modo de juramento.
[4] Cito, con ligeros retoques en la puntuación, por Suma poética. Amplia colección de la poesía religiosa española, por José María Pemán y Miguel Herrero, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1944, p. 247 (hay ed. facsímil, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2008). En el verso 5 cambio «Ques» por «Pues», que me parece mejor lectura. Añado la cursiva para destacar la copla inicial y el estribillo que, con variantes, se va repitiendo.
«María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lucas, 2, 19)
Para este día de Año Nuevo, solemnidad de Santa María, Madre de Dios, quiero recuperar el bello y sentido «Villancico de las estrellas altas», de Luis Rosales[1], perteneciente a su Retablo sacro del Nacimiento del Señor (no figura en la edición original de Madrid, Escorial, 1940, pero se incorpora en la segunda edición, corregida y aumentada, Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964).
Se trata de un romancillo (versos hexasílabos, por tanto) con rima á a del que cabe destacar su estructura circular y su alegre musicalidad, ligereza y gracia:
La Virgen María se siente cansada; San José la acuesta; la Virgen descansa.
La techumbre rota; las estrellas altas; leguas, muchas leguas llevan caminadas.
La Virgen María está soleada por dentro, su sangre se convierte en savia,
su cuerpo florece igual que una vara de nardos o un ramo de celindas blancas[2].
El niño ha nacido como nace el alba; los ojos con risa, la boca con lágrimas.
En el aire nieve; en la nieve alas y el viento que bate puertas y ventanas.
La Virgen no tiene rebozo[3] ni manta; San José la mira, se quema mirándola.
Entre la penumbra, pidiendo posada, la carne del niño desnuda se halla.
La nieve que cae, pues del cielo baja, va formando techo para cobijarla.
La Virgen María se siente cansada; cuando mira al niño la Virgen descansa[4].
[2]nardos … celindas blancas: el color blanco de ambas flores simboliza la pureza de la Virgen María.
[3]rebozo: «Parte de la capa, el manto y otras prendas de vestir que permite cubrirse la cara» (DRAE).
[4] Luis Rosales, Retablo sacro del Nacimiento del Señor, 2.ª edición, corregida y aumentada, Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964, pp. 26-27, donde es el poema número 2. En la edición de las Obras completas, donde el libro se recoge con el título de Retablo de Navidad, es el poema número 3 (aquí el verso 12 acaba con punto y coma en vez de con coma). Ver Luis Rosales, Obras completas, vol. I, Poesía, Madrid, Trotta, 1996, pp. 218-219. Mantengo la distribución de los versos del romancillo agrupados de cuatro en cuatro y la palabra niño en minúscula.
Vaya para este último día del 2021 esta bella «Meditación de fin de año» de Pedro Miguel Lamet, SJ (Cádiz, 1941- ), incluida en su libro La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad, al igual de algunos de los poemas suyos que han ido apareciendo aquí en fechas previas (así, «Isaías», «María» o «Encarnación»).
Cuando, al mirarme en el espejo, vago hacia la sombra que detrás me dejo y desayuno en la ventana un poco de esta alba luz que me regala el tiempo, te pregunto, Señor, cómo me llamo y quién es este que pregunta al cielo ahora que dicen que se acaba un año y le dan fin con risas y festejos, como si el fin no fuera cada día y cada hora un nuevo comienzo; cual si pudiera retornar al niño que jugaba a peonzas en el suelo o al soñador sentado en la escollera por bucear tu luz entre los versos. Me parece este paso como un río que no puedo atrapar; cual un intento que no tiene otro fin ni otra diana que despeñarse en un desfiladero donde el «yo» ya es la nada iluminada, gota de amor unida al Universo[1].
[1] Pedro Miguel Lamet, SJ, La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad, Bilbao, Ediciones Mensajero, 2016, p. 147. El poema está recogido también en La página de Pedro Miguel Lamet, con fecha 30 de diciembre de 2020, bajo el mismo título de «Meditación de fin de año», pero con algunas variantes: en el v. 1, sin coma tras «Cuando»; en el v. 4 falta el adjetivo «alba»; en el v. 8 se lee «y lo despiden»; en el v. 11, «como si»; en fin, el último verso es «una gota en el mar del Universo». Ahí se enlaza a un vídeo con el recitado del poema elaborado por Miguel Ángel Lamet Moreno, hermano del escritor.
Traigo hoy al blog este sencillo —pero emotivo— poema de Luis García Arés (Ávila, 1934-2013), poeta, narrador, traductor y cofundador de la editorial Cuadernos del Laberinto. Entre su producción literaria se cuentan títulos como Sonetos interiores, El Santo Rosario en sonetos, Gratia plena o Versos para la Navidad. «Las lágrimas del ángel» —composición formada por cuatro estrofas, las tres primeras de 10 versos y la última de 12, en las que alternan versos heptasílabos y pentasílabos con ritmo de seguidillas: 7- 5a 7- 5a— presenta la originalidad de ser un diálogo entre el Niño Jesús y su ángel de la guarda[1].
El ángel de la guarda velando al Niño Jesús
Este es el texto del poema:
El ángel de la guarda de Jesús Niño no cabía en su cuerpo de regocijo. —¿Por qué el Señor —pensaba— habrá escogido a un ángel como yo tan pequeñito, que ni siquiera sabe un villancico?
El Niño le miraba complacidísimo, y en la lengua del ángel así le dijo: —Yo tengo serafines de amor subido, y cualquiera podría venir conmigo a cantarme esta noche un villancico,
pero de todo el Cielo a ti he elegido, porque eres de los ángeles quizá el más chico. También yo por amor hoy me hago niño. Guárdame como sepas, dulce ángel mío; ¿qué importa que no cantes un villancico?
En oyendo que hubo el angelito palabras tan hermosas de amor divino, sus lágrimas cayeron como el rocío sobre el pesebre y pajas do estaba el Niño, y a Jesús le supieron —justo es decirlo— como el mejor de todos los villancicos[2].
[1] Luis Rosales, en su Retablo de Navidad, tiene un «Diálogo entre Dios Padre y el Ángel de la Guarda del Niño, que regresaba de Belén», el cual reproduciré próximamente.
[2] Cito por Me gusta la Navidad. Antología de poesía navideña contemporánea, Madrid, Cuadernos del Laberinto, 2016, pp. 17-18. Con posterioridad se ha incluido en Luis García Arés, Versos para la Navidad (villancicos), Madrid, Cuadernos del Laberinto, 2019, pp. 62-63.
De Manuel Machado (Sevilla, 1874-Madrid, 1947) ya ha parecido en este blog un conocido poema navideño suyo, «El Niño divino (villancico de Navidad)». Hoy copiaré su soneto «Bethlem», construido como un apóstrofe al «Señor» (v. 1), del que se pondera su eterna bondad, su amor sin condiciones al sujeto lírico a pesar de la maldad (v. 12) y las ofensas por este cometidas (vv. 1, 12 y 14). En los dos cuartetos encontramos la contraposición de la condición divina y la humana a través de algunas antítesis (pureza / mísera torpeza, vv. 3-4; grandeza / nulidad y pobreza de este gusano vil, vv. 7-8). Por lo demás, cabe destacar en el texto que la mención del apelativo «celestial cordero» (v. 10) trae aparejada una alusión a la misión redentora de Cristo («para el sacrificio señalado», v. 12), esto es, a su futura muerte en la Cruz como sacrificio expiatorio de los pecados de la humanidad.
Rafael Sanzio, Sagrada Familia del cordero (c. 1507). Museo del Prado (Madrid)
El poema dice así:
Nunca, Señor, pensé que te ofendía porque jamás creí que a tu pureza alcanzase la mísera torpeza de quien, aun de quererlo, ¡no podría!
Triste de mí, tampoco concebía que pudiera caber en tu grandeza amar la nulidad y la pobreza de este gusano vil, que dura un día.
Pero al llegar la Navidad y verte niño y desnudo, celestial cordero, y para el sacrificio señalado…
Sé cuánto mi maldad pudo ofenderte y sé también —y en ello sólo espero— que más que te he ofendido me has amado[1].
[1] Cito por Manuel Machado, Poesías completas, edición de Antonio Fernández Ferrer, Sevilla, Renacimiento, 1993, p. 536. El poema pertenece a la sección «Horario» de la recopilación poética Cadencias de cadencias (Nuevas dedicatorias), Madrid, Editora Nacional, 1943.
Hace unos días, en el tiempo de Adviento, reproducía aquí un par de sonetos de Pedro Miguel Lamet, SJ (Cádiz, 1941- ), «Isaías» y «María», pertenecientes a su libro La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad. Copio hoy otro soneto del mismo libro, dedicado este a la «Encarnación», que se construye como un apóstrofe al «niño mío» (v. 1; la voz lírica habla luego de «tu silencio», v. 5; «tus abrazos», v. 7; «tu eterna algarabía», v. 14).
Giovanni Battista Tiepolo, Natividad (1732). Basílica de San Marcos, Venecia (Italia)
El poema, que no requiere mayor comentario, canta la alegría «de admirar cómo Dios se hizo palpable» (v. 12), esto es, evoca poéticamente el gozoso misterio de la Palabra divina encarnada en forma humana.
La Palabra se hizo carne. (Juan, 1, 14)
Nace en mí tu palabra, niño mío, como arrullo de sol en estos pazos, y se rompe la noche en mil pedazos al fundirse de amor el viento frío.
Brilla en mí tu silencio en el vacío que colma de calor estos ribazos y el mundo se deshace en tus abrazos al saber qué mar buscan nuestros ríos.
Ya no existe en la tierra desconsuelo ni en la vida pavor insuperable que pueda destruir esta alegría
de admirar cómo Dios se hizo palpable y mi carne es su carne hecha un anhelo de danzar en tu eterna algarabía[1].
[1] Pedro Miguel Lamet, SJ, La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad, Bilbao, Ediciones Mensajero, 2016, p. 95. El poema había sido publicado previamente en la web La página de Pedro Miguel Lamet, el 24 de diciembre de 2014, en una entrada bajo el título «La mayor explosión de la historia», con una variante, «en mis regazos», en el v. 2. Se reprodujo también, con la misma variante, en ReligiónDigital.org, el 22 de febrero de 2015, con el mismo epígrafe de «La mayor explosión de la Historia», donde se lee este comentario explicativo del autor: «La Encarnación es la mayor explosión de luz de la Historia y la Navidad su manifestación. Desde entonces nuestra carne es divina y nuestro abrazo multiplica esa explosión de amor que se actualiza».
Luis Rosales (Granada, 1910-Madrid, 1992) es uno de los autores españoles que nos han dejado bellos poemas dedicados al tema de la Natividad del Señor. En este sentido cabe recordar especialmente su poemario Retablo sacro del Nacimiento del Señor (Madrid, Escorial, 1940; 2.ª ed. corregida y aumentada, Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964, ambas ediciones con ilustraciones de José Romero Escassi). En el «Prólogo» a la edición de 1964 escribía el poeta:
De niño, allá en Granada y en la infancia, las lucecitas azules y rojas y amarillas del Belén, la plata de las aguas; los pastores y la nieve en la sierra; los ganados, la ermita y el blanco espejeante y acurrucado de la cal en el pueblo; el carrito de bueyes con los adrales, las mieses y el boyero de la aguijada; la risa de mi madre con un poco de musgo sobre el labio, y ¡en fin!, el movimiento de las figuras que íbamos acercando todos los días un poco hacia el Portal. Y yo, alelado, sin movimiento corporal alguno, me pasaba las horas muertas ante la hiedra que festoneaba el nacimiento, me pasaba las horas muertas aprendiendo a nacer. Mientras esta impresión no se me borre seguiré siendo niño. Sí, panderos, sonajas y el bullir de la sangre en Nochebuena, cuando se reunía toda la familia ante el Belén y cantábamos y cantábamos villancicos hasta que el sueño nos rendía. Y luego, algo más tarde, en el año mil novecientos cuarenta, escribí de un tirón este libro. Lo escribí recordándolo, viéndolo, moviendo con la mano sus figuras, y por esto le he llamado Retablo. Desde entonces, todos los años he cumplido esta cita conmigo mismo y con los míos y he escrito villancicos como si los cantara; he escrito villancicos quizás con el deseo de que todo lo que era mío no se acabara de una vez. Ahora los junto todos para juntarme, y doy gracias a los amigos que me ayudaron a escribirlos[1].
El Greco, Adoración de los pastores (1612-1614). Museo del Prado (Madrid)
Hoy reproduciré su hermoso soneto «De cómo estaba la luz ensimismada en su Creador cuando los hombres le adoraron», perteneciente al mismo poemario:
El sueño como un pájaro crecía de luz a luz borrando la mirada; tranquila y por los ángeles llevada la nieve, entre las alas, descendía.
El cielo deshojaba su alegría; mira la luz al niño ensimismada; con la tímida sangre desatada del corazón, la Virgen sonreía.
Cuando ven los pastores su ventura, ya era un dosel el vuelo innumerable sobre el testuz del toro soñoliento;
y perdieron sus ojos la hermosura, sintiendo, entre lo cierto y lo inefable, la luz del corazón sin movimiento[2].
[1] Cito por Luis Rosales, Obras completas, vol. I, Poesía, Madrid, Trotta, 1996, p. 213. La edición de 1940 incluía quince poemas navideños. La de 1964 añadía otros quince, además de introducir correcciones en los poemas aparecidos en la primera edición. En las Obras completas forman el Retablo sacro un total de 39 poemas.
[2] Rosales, Obras completas, vol. I, Poesía, p. 229, donde es el poema número 18 del Retablo sacro. En la edición de 1940 es el número 9 y el título figura «De cómo estaba la luz, ensimismada en su Creador, cuando los hombres le adoraron». Además, en el v. 4 se lee sin comas «la nieve entre las alas descendía»; en el v. 5 hay coma en vez de punto y coma, y en el v. 9 falta la coma final. En la edición de 1964 es el poema número 15, y el título y la puntuación son los que se reproducen en Obras completas.
Hemos visto en La Hidalga la imagen de la Naturaleza esclava, con la cara herrada. Otra representación emblemática tópica es la del amor ciego: pues bien, Calderón recurre a ella en PS, p. 804b[1], a la hora de presentar el sacrificio de Isaac, al que se ve en el primer carro, que figura una montaña, con los ojos vendados (porque Abrahán, al ir a inmolar a su hijo único, da indicio de un Amor ciego a Dios).
Rembrandt, El sacrificio de Isaac. Museo del Ermitage (San Petersburgo, Rusia)
Metáfora tópica es la de hierba=esmeralda, por el color verde de la piedra preciosa. Laureta, comentando que la región está infestada de bandidos, señala que no hay hierba «que amaneciendo esmeralda, / rojo rubí no anochezca» (MC, p. 1143a); aquí se añade el elemento rubí para significar la hierba cubierta por la sangre de las víctimas de los salteadores. En QH, se menciona la esmeralda (ya sin mención del término real hierba) «vuelta / en acero» (p. 666a), para indicar que el campo está cubierto por las tropas de Sísara (acero es, a su vez, metonimia por armas). En otra ocasión no se refiere a la hierba sino a la mies verde, en combinación con la metáfora oro=trigo: «golfos de oro, arroyos de esmeralda» (ER, p. 1094a). Con semejante valor lírico encontramos la equiparación de la lana de las ovejas con plata, cristales ‘agua’ y nieve:
Desde Faran a Maón, lindes que el Carmelo cercan, corren con temor las aguas, cuando descienden a ellas [las ovejas] a consumir sus cristales; y en el esquilmo a que llegas, golfos de nieve verás que les hacen competencia, pues entre plata que corre y plata que se está queda, su misma lana las reses tal vez se beben sedientas (FC, p. 638b).
Otras imágenes o metáforas frecuentes en los autos responden a un sentido religioso o están tomadas directamente de pasajes bíblicos: aguas=tribulaciones de la vida (MC, pp. 1141b y 1146b); la Nave de la Iglesia (MC, p. 1146b); hombre=templo vivo de Dios (MC, p. 1146b); las estrellas y las arenas ‘fecundidad’, ya en la descendencia de Abrahán (PS, pp. 802b y 805a) o de Isaac y Rebeca (PS, p. 818a), ya para encomiar el número de tropas (CA, p. 572b); el hombre como pequeño mundo (FC, p. 636b; MC, p. 1148a); seno materno=primer sepulcro del hombre (HV, p. 116b); el dedo de Dios como buril que deja escrita la ley de gracia (HV, p. 118a y MC, p. 1140a), etc.
Otras, en cambio, pertenecen a la tradición lírica: lágrimas=perlas (MC, p. 1142b); las flores del prado y las estrellas del cielo (PS, p. 810b); Babilonia ‘confusión’ (FC, p. 648a); Ofir, metonimia por ‘oro’, que sirve como imagen para el ‘color rubio del cabello’ (ER, p. 658a); orbe=Babilonia (ER, p. 660a); edificios=Narcisos (CA, p. 566b); Culpa=volcán, Etna (HV, p. 118a, como suele ser habitual, asociada a personajes como la Culpa; la imagen del volcán como bostezo de la tierra en FC, p. 639a); Luzbel=estrella arrancada=luz desasida=errado cometa (FC, p. 639a); los cuatro elementos (ER, p. 672b)…[2]
[1] Todas las citas corresponden a Pedro Calderón de la Barca, Obras completas, tomo III, Autos sacramentales, ed. de Ángel Valbuena Prat, 2.ª reimp. de la 2.ª ed., Madrid, Aguilar, 1991. En lo que sigue emplearé las abreviaturas de las Concordancias de Flasche: HV (=La Hidalga del valle), MC (=A María el corazón), ER (=Las espigas de Ruth), QH (=¿Quién hallará mujer fuerte?), FC (=La primer Flor del Carmelo), PS (Primero y segundo Isaac), CA (=El cubo de la Almudena) y OM (=Las Órdenes Militares).
[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Imaginería barroca en los autos marianos de Calderón», en Ignacio Arellano, Juan Manuel Escudero, Blanca Oteiza y M. Carmen Pinillos (eds.), Divinas y humanas letras. Doctrina y poesía en los autos sacramentales de Calderón, Kassel, Edition Reichenberger, 1997, pp. 253-287.
El Adviento es esperanza; la esperanza, salvación; ya se acerca el Señor. Preparemos los caminos, los caminos del amor; escuchemos su voz.
(Carmelo Erdozáin, «Abre tu tienda al Señor», Nuevos cantos de Adviento y Navidad)
Vaya para este cuarto domingo de Adviento —tiempo de esperanzada espera de la Navidad y el nacimiento del Niño Dios— otro soneto de Pedro Miguel Lamet, SJ (Cádiz, 1941- ), «Isaías», perteneciente a su libro La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad. Forma parte de la serie «Tres profetas de Adviento», junto con los también sonetos «Juan el Bautista» y —ya recogido en este blog— «María».
Isaías profetiza el nacimiento de Jesús
«Isaías» es el primer soneto de la serie, y este es su texto:
Mirad, la joven está encinta y dará a luz un hijo… Porque un niño nos ha nacido, nos han traído un hijo, consejero maravilloso, príncipe de la paz.
(Isaías, 7, 14; 9, 4-5)
Él miraba a lo lejos una tarde el horizonte rojo de temblores y el asirio imperio en los horrores que avanza, mata, arrasa, hiere y arde,
empuñando la espada del cobarde. Cuando una luz deshace sus dolores y de la sangre brota entre las flores una visión de paz como un alarde:
¡No temas más, que ya amanece un sueño: un hijo trae la luz sobre la tierra, un niño se os dará, la joven madre
ya está encinta y en su seno encierra el sendero de amor con que se abre al mundo un Dios que anhela ser pequeño![1]
[1] Pedro Miguel Lamet, SJ, La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad, Bilbao, Ediciones Mensajero, 2016, p. 71. Los tres poemas quedaron recogidos también el 13 de diciembre de 2020 en el blog unassemillitas.com, de Daniel S. Barbero, entrada titulada «Tres personajes del Adviento». Ahí escribe el propio Lamet: «Avanzamos en el Adviento. La liturgia nos presenta tres profetas de este tiempo de caminar en la esperanza: Isaías, Juan el Bautista y María, a los que he dedicado tres sonetos».