Hace unos días copiaba aquí la composición «Chanzoneta a la Virgen sobre los Inocentes» de Alonso de Bonilla (Baeza, c. 1570-Baeza, 1642) incluida en su Nuevo jardín de flores divinas en que se hallara variedad de pensamientos peregrinos (Baeza, por Pedro de la Cuesta, 1617). Hoy añado sus «Chanzonetas de la circuncisión de Cristo»[1], cuyo texto dice así:
Bartolommeo Veneto, Circuncisión de Jesús (1506). Museo del Louvre (París, Francia)
Niño, aunque con vos se estrella la ley de sangre y dolor, sufridla, que ese rigor todo ha de llover sobre ella.
Pues que siendo vos Dios mesmo a vuestras carnes lastima, justo es que le llueva encima un diluvio de bautismo;
porque no quede centella del fuego de su dolor, anegando su rigor para que llueva sobre ella.
Dejad al cuchillo cruel que vuestras venas desangre, que aunque el diluvio es de sangre, agua se espera tras dél[2];
porque la justa querella contra la ley del dolor desterrará su rigor, para que llueva sobre ella.
Dejad que llueva, chiquito, que a fe[3] que mojada salga, sin que el capote le valga de su intolerable rito;
que ley que con Dios se estrella sin reservarle el dolor es justo por tal rigor que todo llueva sobre ella[4].
[1] Cfr. Lucas, 2, 21: «Cuando se cumplieron los ocho días y fueron a circuncidarlo, lo llamaron Jesús, nombre que el ángel le había puesto antes de que fuera concebido». La festividad de la Circuncisión de Cristo, en el Calendario romano general, se celebraba el día 1 de enero; a partir de la reforma del Calendario en 1960 por el papa Juan XXIII se le dio a la celebración litúrgica el nombre de «Octava de Navidad». En la actualidad el 1 de enero se celebra la solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Sobre el mismo tema ver «Sor Jerónima de la Ascensión (1605-1660) y su poema “A la circuncisión del Niño Jesús”».
[2]aunque el diluvio es de sangre, / agua se espera tras dél: porque tras la circuncisión vendrá el bautismo.
[3]a fe: muletilla lingüística a modo de juramento.
[4] Cito, con ligeros retoques en la puntuación, por Suma poética. Amplia colección de la poesía religiosa española, por José María Pemán y Miguel Herrero, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1944, p. 247 (hay ed. facsímil, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2008). En el verso 5 cambio «Ques» por «Pues», que me parece mejor lectura. Añado la cursiva para destacar la copla inicial y el estribillo que, con variantes, se va repitiendo.
Vaya para este día, festividad de los Santos Inocentes, una composición de Alonso de Bonilla (Baeza, c. 1570-Baeza, 1642) incluida en su Nuevo jardín de flores divinas en que se hallara variedad de pensamientos peregrinos (Baeza, por Pedro de la Cuesta, 1617). Se trata de la «Chanzoneta a la Virgen sobre los Inocentes», que no requiere mayor comentario (anoto, sí, algunos pequeños detalles al pie).
Pedro Pablo Rubens, La matanza de los inocentes (c. 1638). Alte Pinakothek, Münich (Alemania)
Tened, Virgen, este día vuestro cordero[1] guardado; mirad que os lo han sentenciado para la carnicería[2].
Guardadle del carnicero, Virgen, en esta ocasión, porque un tirano león tiene hambre de un cordero. Discreción será, María, tener el cordero alzado[3]; mirad que os lo han sentenciado para la carnicería.
Han degollado un millón, mas no quiere comer de ellos, que puesto que[4] son tan bellos, corderos manchados son. El nuestro es blanco, María, pues no es de culpa manchado[5], y os lo tiene sentenciado para la carnicería.
Si lo pudiese alcanzar, a comerlo crudo aspira, que en el homo de su ira solo lo pretende asar. Gran hambre tiene, y porfía por vuestro cordero amado, tanto que os lo ha sentenciado para la carnicería[6].
[1]vuestro cordero: Cordero es uno de los nombres tradicionalmente aplicados a Cristo.
[2]la carnicería: la matanza de los niños menores de dos años decretada en Belén por el rey Herodes I el Grande, que se cuenta en Mateo, 2, 16-18: «Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos. Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: “Voz fue oída en Ramá, / Grande lamentación, lloro y gemido; / Raquel que llora a sus hijos, / Y no quiso ser consolada, porque perecieron”».
[3]tener el cordero alzado: aquí alzado vale ʻescondido, a resguardoʼ; pero creo que se anticipa, de alguna manera, la imagen futura del Cordero alzado en el leño del Calvario.
[4]puesto que: con valor concesivo, ʻaunqueʼ, habitual en la lengua clásica.
[5]no es de culpa manchado: Cristo, el Hijo de Dios, que es perfecto y santo, nace libre del pecado original, igual que su Madre, la Virgen María, había sido concebida también sin esa mancha, inmaculada.
[6] Cito por Suma poética. Amplia colección de la poesía religiosa española, por José María Pemán y Miguel Herrero, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1944, p. 246 (hay ed. facsímil, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2008). Añado la cursiva para destacar la copla inicial y el estribillo repetido al final de cada estrofa. La chanzoneta puede escucharse recitada por Mons. Alberto José González Chaves, Delegado para la Vida consagrada en Córdoba, en este enlace.
Sin ser del todo desconocida, la presencia de San José en la poesía de Navidad no es tan frecuente, pues el Esposo de María figura como “secundario” (secundario de importancia, sin duda) en esta historia en la que el protagonismo “estelar” se lo llevan el Niño Dios y la Virgen. Eso no quiere decir, ni mucho menos, que el santo varón no aparezca en algunos poemas de temática navideña; sirvan como muestra algunos de los que ya han ido apareciendo en este blog en años anteriores, como los sonetos «José» de Eduardo González Lanuza y «San José» de Jacinto Fombona Pachano, las composiciones «Villancico que llaman unos del aserrín y otros del Niño Carpintero» y «Por atajos y veredas» de Federico Muelas, o el delicioso «Villancico de los qué dirán» de Antonio Murciano, cuyo título alude a ese motivo tradicional de las dudas sobre la paternidad de San José.
Pues bien, para este domingo, festividad de la Sagrada Familia, copiaré una de las composiciones del Fénix incluidas en Pastores de Belén. Prosas y versos divinos de Lope de Vega Carpio. Dirigidos a Carlos Félix, su hijo (Madrid, Juan de la Cuesta, 1612; Lérida, a costa de Miguel Manescal, 1612), que está dedicada también a «Los celos de San José».
Francisco Bayeu y Subías, La Sagrada Familia (h. 1776). Museo del Prado (Madrid)
El texto (tirada de romance, 44 versos, con rima á a en su parte inicial, y luego una serie de seguidillas, algunas con verso inicial hexasílabo), bajo su aparente sencillez, encierra toda una serie de alusiones bíblicas que han sido interpretadas por la tradición patrística como prefiguración de la virginal concepción de Jesús en el seno de María (las explico en las notas al pie). Y dice así:
Afligido está José de ver su esposa preñada, porque de tan gran misterio no puede entender la causa.
Sabe que la Virgen bella es pura, divina y santa, pero no sabe que es Dios el fruto de sus entrañas.
Él llora, y la Virgen llora, pero no le dice nada, aunque sus ojos divinos lo que duda le declaran.
Que como tiene en el pecho al Sol la Niña sagrada, como por cristales puros los rayos divinos pasan[1].
Mira José su hermosura y vergüenza sacrosanta, y, admirado y pensativo, se determina a dejarla[2].
Mas, advirtiéndole en sueños el ángel que es obra sacra del Espíritu divino, despierta y vuelve a buscarla[3].
Con lágrimas de alegría, el divino Patrïarca abraza la Virgen bella, y ella llorando le abraza.
Cúbrenlos dos serafines, como aquellos dos del Arca[4], la del Nuevo Testamento, la vara, el maná y las tablas[5].
Adora José al Niño, porque a Dios en carne humana, antes que salga a la tierra, ve con los ojos del alma:
el Sol que viste a la Virgen[6] y el fuego en la verde zarza[7], la puerta de Ezequïel[8], la piel bañada del alba[9].
Los ángeles que asistían del Rey divino a la guarda, viendo tan tierno a José, desta manera le cantan:
«Bien podéis persuadiros, divino Esposo, que este santo preñado de Dios es todo.
Mirad la hermosura del santo rostro, que respeta el cielo lleno de gozo. Hijo de David[10], no estéis temeroso, que este santo preñado de Dios es todo.
Desta bella palma[11] el fruto amoroso ha de ser del mundo remedio solo[12]. Desta Niña os dicen las de sus ojos[13] que este santo preñado de Dios es todo»[14].
[1] Para aludir al milagroso parto virginal de María los Padres de la Iglesia usaron este símil de la luz del sol que atraviesa el cristal sin romperlo. Siglos después, el Catecismo del papa San Pío X habla de que la concepción de Cristo se produjo «como un rayo de sol atraviesa el cristal sin romperlo ni mancharlo».
[2]dejarla: así transcriben Pemán y Herrero la lectura del original, «dejalla».
[3] Comp. Mateo, 1, 18-21: «El nacimiento de Jesús, el Cristo, fue así: Su madre, María, estaba comprometida para casarse con José, pero, antes de unirse a él, resultó que estaba encinta por obra del Espíritu Santo. Como José, su esposo, era un hombre justo y no quería exponerla a vergüenza pública, resolvió divorciarse de ella en secreto. Pero, cuando él estaba considerando hacerlo, se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María por esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”».
[4]dos serafines / como aquellos dos del Arca: sobre el Arca de la Alianza figuraban, en realidad, dos querubines. Comp. Éxodo, 18, 21: «Harás también dos querubines de oro; labrados a martillo los harás en los dos extremos del propiciatorio. Harás, pues, un querubín en un extremo, y un querubín en el otro extremo; de una pieza con el propiciatorio harás los querubines en sus dos extremos. Y los querubines extenderán por encima las alas, cubriendo con sus alas el propiciatorio; sus rostros el uno enfrente del otro, mirando al propiciatorio los rostros de los querubines. Y pondrás el propiciatorio encima del arca, y en el arca pondrás el testimonio que yo te daré». Pemán y Herrero editan «Cubren los»; adopto la lectura de Suárez Figaredo, «Cúbrenlos». Interpreto: ʻA José y María los cubren dos serafines, como aquellos otros dos serafines del Arca —la del Nuevo Testamento— cubrían la vara, el maná y las tablasʼ.
[5]la vara, el maná y las tablas: de acuerdo con Hebreos, 9, 3-4, el Arca de la Alianza guardaba la vara reverdecida de Aarón, una vasija de oro con el maná enviado por Dios a los israelitas para que les sirviera de alimento en el desierto y las tablas de los Diez Mandamientos («Y detrás del segundo velo había un tabernáculo llamado el Lugar Santísimo, el cual tenía el altar de oro del incienso y el arca del pacto cubierta toda de oro, en la cual había una urna de oro que contenía el maná y la vara de Aarón que retoñó y las tablas del pacto»). En 1 Reyes, 8, 9 se indica que dentro del Arca solo estaban las dos tablas de piedra de Moisés.
[6]El sol que viste a la Virgen: primera de las cuatro referencias bíblicas que se acumulan en estos versos, y que aluden a la Virgen. Aquí se refiere a la mujer vestida del sol de Apocalipsis, 12, 1-2 («Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Y estando encinta, clamaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento»), identificada con la Virgen por los exégetas de la Biblia.
[7]el fuego en la verde zarza: la zarza ardiente de Moisés (Éxodo, 3, 2: «Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía»). La Patrística la considera prefiguración de la encarnación del Verbo de Dios en el seno virginal de Santa María, al menos desde San Gregorio de Nisa (siglo IV), quien escribió que «lo que era figurado en la llama y en la zarza, fue abiertamente manifestado en el misterio de la Virgen. Como sobre el monte la zarza ardía sin consumirse, así la Virgen dio a luz, pero no se corrompió». El arte cristiano representa en ocasiones a la Virgen y el Niño dentro de la zarza ardiente.
[8]la puerta de Ezequïel: San Agustín identifica con la Virgen María la Puerta Oriental de Jerusalén que se menciona en Ezequiel, 10, 19 («[…[ y se pararon [los querubines] a la entrada de la puerta oriental de la casa de Jehová, y la gloria del Dios de Israel estaba por encima sobre ellos») y 44, 1-3 («Me hizo volver hacia la puerta exterior del santuario, la cual mira hacia el oriente; y estaba cerrada. Y me dijo Jehová: Esta puerta estará cerrada; no se abrirá, ni entrará por ella hombre, porque Jehová Dios de Israel entró por ella; estará, por tanto, cerrada. En cuanto al príncipe, por ser el príncipe, él se sentará allí para comer pan delante de Jehová; por el vestíbulo de la puerta entrará, y por ese mismo camino saldrá»). Ver ahora Guillermo Serés, «La Virgen, Puerta Oriental (Ezequiel, 44, 2), o la vuelta del alma a su origen», e-Spania, 39, juin 2021, s. p.
[9]la piel bañada del alba: se refiere a la piel de Gedeón bañada por el rocío del amanecer (alba), que también se interpreta en clave mariana. El pasaje relativo a Gedeón está recogido en Jueces, 6, 36-40. Gedeón pidió una señal de su alianza a Dios, quien hizo llover rocío sobre el vellón de la piel, dejando seco el campo de alrededor, y luego al revés. Calderón tiene un auto sacramental titulado La piel de Gedeón. Ver la nota de Ignacio Arellano y Ángel L. Cilveti a El divino Jasón, Pamplona / Kassel, Universidad de Navarra / Edition Reichenberger, 1992, vv. 211-212.
[10]Hijo de David: este apelativo se aplica tradicionalmente a Jesús, pero aquí se refiere a su padre. El Nuevo Testamento recoge la genealogía de Jesús (y de José) remontándose hasta el rey David.
[11]palma: la palma, símbolo de victoria, es uno de los atributos tradicionales de la Virgen María.
[12]ha de ser del mundo / remedio solo: Jesús, el Dios humanado, será el redentor del mundo, su muerte sacrificial supondrá el perdón universal para el género humano.
[13]las de sus ojos: entiéndase ʻlas niñas de sus ojosʼ.
[14] Cito por Suma poética. Amplia colección de la poesía religiosa española, por José María Pemán y Miguel Herrero, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1944, pp. 458-459, con ligeras modificaciones en la puntuación (hay ed. facsímil, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2008). De Pastores de Belén contamos con una edición moderna de Antonio Carreño (Madrid, Cátedra, 2010) y otra en formato electrónico preparada por Enrique Suárez Figaredo, disponible aquí (el poema se localiza en las pp. 21-23).
Vaya para hoy, solemnidad de la Inmaculada Concepción de Santa María Virgen, un poema de Francisco de Borja y Aragón, príncipe de Esquilache y virrey del Perú (c. 1577-1658). Es el romance titulado «A la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora», composición que —como otras de escritores áureos— fue incorporada hace unas décadas, como himno, a la Liturgia de las Horas[1].
Pedro Pablo Rubens, La Inmaculada Concepción (1628-1629). Museo del Prado (Madrid)
Este es el texto del poema (mantengo la disposición tipográfica del original, con los versos repartidos de cuatro en cuatro):
Reina y Madre, Virgen pura, que sol y cielos pisáis, a vos sola no alcanzó la triste herencia de Adán[2].
¿Cómo en vos, Reina de todos, si llena de gracia estáis, puede caber igual parte de la culpa original?
De toda mancha estáis libre[3]; ¿y quién pudo imaginar que vino a faltar la gracia adonde la gracia está?
Si los hijos de sus padres toman el fuero en que están, ¿cómo pudo ser cautiva quien dio a luz la libertad?
Sois entre tantos pecheros de vuestro mismo solar hidalga de privilegio[4], que a ninguno se dará.
Sois de Jacob estrella[5] que cielo y tierra alumbráis; ¿qué obscuro vapor de culpa pudo una estrella manchar?
Si la que en Adán fue culpa pena ha sido en los demás, y nunca fuisteis deudora, ¿quién os la puede llevar?
Si con tanta diferencia excedisteis a San Juan[6], los que Dios desigualó, ¿quién los pretende igualar?
Antes del día os guardaron, y aunque al paso natural madruga en todos la culpa, pero en vos la gracia más.
Una misma fuisteis siempre, y es imposible ajustar hija de guerra un instante y otro Madre de la paz[7].
[1] Escribe Miguel de Santiago al respecto: «La actual edición española de la Liturgia de las Horas cuenta para esta solemnidad [de la Inmaculada Concepción] con cuatro himnos tomados de otros tantos autores clásicos. Francisco de Borja y Aragón, príncipe de Esquilache y virrey del Perú, escribió en el primer tercio del siglo XVII los versos que comienzan: “Reina y Madre, Virgen pura…”. Del mismo siglo es Tomás de la Vega, autor de los versos (por cierto muy desfigurados y con variantes que incomprensiblemente se distancian del original) “De Adán el primer pecado…”. De Fray Pedro de Padilla son las redondillas que dicen “Ninguno del ser humano…”. Y, por último, encontramos en el Breviario los versos mediocres de un clérigo latinista del siglo XVI, el vallisoletano Luis Pérez, protonotario de Felipe II, uno de los glosadores de Jorge Manrique, que recurre una vez más a la estrofa manriqueña: “Un solo Dios Trino y Uno…”» («La Inmaculada en la Liturgia de las Horas», en la web Soto de la Marina, 8 de diciembre de 2015).
[2]la triste herencia de Adán: el pecado original.
[3]De toda mancha estáis libre: la Inmaculada Concepción de María no sería dogma de fe de la Iglesia católica hasta el siglo XIX (fue proclamado por el papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854, en su bula Ineffabilis Deus), pero en el XVII existía ya una importante corriente de Inmaculismo (los franciscanos, defensores de la limpia concepción de María, se enfrentaron en una recia polémica con los dominicos). Ver por ejemplo, entre la mucha bibliografía existente: Estrella Ruiz-Gálvez Priego, «“Sine Labe”. El inmaculismo en la España de los siglos XV a XVII: la proyección social de un imaginario religioso», Revista de dialectología y tradiciones populares, tomo 63, cuaderno 2, 2008, pp. 197-241; David Martínez Vilches, «La Inmaculada Concepción en España. Un estado de la cuestión», ’Ilu. Revista de Ciencias de las Religiones, 22 2017, pp. 493-507; o José Javier Ruiz Ibáñez y Gaetano Sabatini (eds.), La Inmaculada Concepción y la Monarquía Hispánica, Madrid, FCE / Red Columnaria, 2019.
[4]pecheros … hidalga de privilegio: los pecheros estaban obligados a pagar impuestos (pechas), a diferencia de los hidalgos de privilegio, exentos de las tributaciones.
[5]de Jacob estrella: la profecía de la estrella de Jacob (Números, 24, 17) se considera una de las menciones bíblicas más antiguas del futuro Mesías: «Lo veo, pero no ahora; lo contemplo, pero no cerca; una estrella saldrá de Jacob, y un cetro se levantará de Israel que aplastará la frente de Moab y derrumbará a todos los hijos de Set».
[6]con tanta diferencia / excedisteis a San Juan: San Juan Bautista anunció la llegada del Mesías, pero María lo excede porque lo concibe y da a luz en Belén.
[7]Obras en verso de don Francisco de Borja, príncipe de Esquilache, Amberes, en la Emprenta Plantiniana de Baltasar Moreto, 1654, p. 690. Cito por Suma poética. Amplia colección de la poesía religiosa española, por José María Pemán y Miguel Herrero, 2.ª ed., Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1940, pp. 494-495.
En el eco de tus montes vibre eterna esta canción al cruzado que vencía con la fuerza del amor. Por enseña el crucifijo donde expira y gime Dios, donde Cristo da a los hombres un abrazo de perdón. En el solar de nuestra fe cantemos todos a Javier. («Himno a San Francisco Javier»)
En la festividad de San Francisco Javier (1556-1552), apóstol de las Indias y el Japón, patrono de las Misiones y copatrono de Navarra junto con San Fermín y Santa María la Real —y también Día de Navarra—, copio unas redondillas que dedicó Lope de Vega en 1622 al santo navarro y universal.
San Francisco Javier. Iglesia parroquial de San Juan Bautista, Solchaga (Navarra).
Redactadas en tono jocoso, están incluidas en la Relación de las fiestas que la insigne villa de Madrid hizo en la canonización de su bienaventurado hijo y patrón San Isidro[1] y dicen así:
Francisco, si yo tuviera tanta virtud como vos, seguro de ver a Dios irme a su Cielo quisiera.
¿Qué había de hacer acá no teniendo qué comer, pudiendo hartarme de ver la ambrosía[2] que sobra allá?
¿Qué mucho[3] que os abraséis por iros a descansar, pues de tanto trabajar seguro el premio tenéis?
¿Cuáles ansias hay mayores que los deseos de Dios en un ángel como vos, todo regalo y amores?
Aquí no hay nada constante, todo es allá permanente, frío ni calor se siente, ni hay Poniente ni Levante.
Allá en fin no pediría Burguillos limosna al coche, media con limpio de noche ni sopa fraila de día[4].
Ni andaría a ver enfados de poetas siempre ayunos[5], ni de necios importunos, ni de discretos cansados.
Todos andamos acá desde Tambico a Chacona[6]; vos, como veis la corona, quereisos partir allá.
Todos andan enojados, no hay contento con segundo, que la taberna del mundo vende los gustos aguados[7].
Unos de otros por ahí son de sus faltas testigos; ni aun yo estoy sin enemigos, tantos crío y tengo en mí.
De los que pasan ayer se burlan los que son hoy, tanto que a espulgarme voy a donde los vi comer.
¡Qué bien conocistes[8] vos estas vanas confianzas! Todo es locura y mudanzas, bien haya quien sirve a Dios,
que es Señor para servir, los hombres siempre contentos, que entiende los pensamientos y no se puede morir[9].
[1]Relación de las fiestas que la insigne villa de Madrid hizo en la canonización de su bienaventurado hijo y patrón San Isidro; con las comedias que se representaron y los versos que en la justa poética se escribieron; dirigida a la misma insigne villa por Lope de Vega Carpio, Madrid, por la viuda de Alonso Martín, 1622, pp. 272-273. Se presentaron bajo el nombre del Maestro Burguillos, seudónimo habitual de Lope (baste recordar sus famosas Rimas de Tomé de Burguillos).
[2]ambrosía: manjar con el que se alimentaban los dioses olímpicos.
[4] Se acumulan varios tópicos en estos versos dedicados a los poetas pobres y pedigüeños: el gusto por los coches (signo de distinción social entonces, y motivo muy satirizado en la literatura áurea), la media con limpio (para abaratar los gastos de hospedaje, se solía compartir cama con otro, con la condición de que estuviera sano y aseado) y la sopa fraila (la gallofa que se repartía a los pobres en los conventos).
[5]ayunos: porque los poetas eran pobres y pasaban hambre; y, seguramente, también ayunos de poesía, es decir, ‘malos poetas’.
[6]desde Tambico a Chacona: en sentido figurado, ‘de un lado para otro, desasosegados’. Tambico, con sonorización en la palabra exótica, es mención de Tampico, una ciudad de Méjico. La chacona era un baile popular y lascivo (era habitual el estribillo «El baile de la chacona / encierra la vida bona»).
[7]taberna del mundo … gustos aguados: imagen expresiva del mundo, no como un teatro, sino como una taberna en la que los vinos (los gustos) se venden aguados; aguar el vino era acusación tópica contra los taberneros.
[8]conocistes: por conocisteis, forma usual en la lengua clásica.
[9]Señor para servir … y no se puede morir: eco de la famosa frase «Nunca más servir a señor que pueda morir» de San Francisco de Borja.
Además de todas las composiciones sueltas sobre San Ignacio de Loyola, escritas para justas y torneos poéticos, que hemos visto en entradas anteriores, diversos autores redactaron poemas de más extensión y de mayor aliento épico, la mayoría en el siglo XVII y alguno saltando ya al XVIII. Enumero esquemáticamente algunos datos mínimos relativos a ellos[1]:
1) Así, Luis de Belmonte Bermúdez cantó poéticamente la vida de Ignacio en su poema titulado Vida del Padre Maestro Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, dirigida a sus religiosos de la Provincia de la Nueva España (en México, en la emprenta de Gerónimo Balli por Cornelio Adriano Cesar, 1609). Se trata de un poema extenso compuesto en quintillas dobles, dividido en diez libros, a lo largo de 256 hojas. El autor anuncia una segunda parte, de la que no sabemos nada.
2) Antonio Escobar y Mendoza compuso San Ignacio, poema heroico (Valladolid, Francisco Fernández de Córdova, 1613), dividido en siete libros, con abundantes versos de estilo gongorino y retórico.
3) Pedro de Oña es autor de El Ignacio de Cantabria. Primera parte (en Sevilla, por Francisco de Lyra, 1639), poema heroico en octavas reales, repartidas en un total de doce libros. Abarca desde la conversión del gentilhombre guipuzcoano convaleciente en Loyola hasta su estancia en Palestina. También promete este autor continuar en una segunda parte, que no llegó a salir.
4) Hernando Domínguez Camargo escribió una verdadera epopeya ignaciana en el más puro estilo gongorino: San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. Poema heroico…Obra póstuma dada a la estampa y al culto teatro de los doctos por el maestro don Antonio Navarro de Navarrete (en Madrid, por José Fernández Buendía, 1666). Consta de cinco libros, cada uno de los cuales se divide en seis cantos. De este poema, que quedó inconcluso, copio aquí sus primeros versos, la primera octava, en la que se anuncia el tema épico que se va a desarrollar:
Al David de la casa de Loyola, al rayo hispano de la guerra canto, al que imperiales águilas tremola y es, aun vencido, del francés espanto; al que sufrió de la celeste bola sin fatigas el peso, Alcides santo, al que el Empíreo hollando trïunfante habitador es ya del que fue Atlante[2].
5) En fin, José Antonio Butrón y Mújica es autor de El gran capitán de Dios, San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús…, obra firmada en 1729, que no llegó a publicarse, la cual consta de nada menos que 1.792 octavas reales[3].
[1] Para más datos sobre estos autores y obras, remito a Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, Salamanca, Universidad Pontificia, 1983, pp. 109-163.
[2] Tomo el texto de Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, p. 128.
[3] Sobre algunos de estos poemas épicos ignacianos existe bibliografía. Por ejemplo, Giovanni Meo-Zilio, Estudio sobre Hernando Domínguez Camargo y su «San Ignacio de Loyola, Poema heroyco», Mesina, Casa Editrice G. D’Anna, 1967. Para más detalles remito Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 145-176.
Me refiero en esta entrada a algunos poemas del Siglo de Oro que cantan juntos a San Ignacio de Loyolay a San Francisco Javier, las dos columnas más importantes de la Compañía de Jesús, su primer General y su primer Secretario.
Son abundantes, y de hecho ya hemos encontrado algunas alusiones a ambos en los textos citados en entradas anteriores. Podemos recordar, por ejemplo, una poesía de Juan de Jáuregui que comienza «Del américo reino y nuevo mundo…»[1], a la que pertenecen estos versos:
Al siglo inútil de metal inmundo Javier e Inacio en las tinieblas vanas aparecieron, luces soberanas, sol y planeta cada cual segundo (vv. 5-8);
o esta otra de Martín Silvestre de la Cerda, su «Glosa de “Hacen a Dios compañía…”»[2], que repite el estribillo:
Hacen a Dios compañía Guipúzcoa y Navarra, y dan al mundo un gran capitán, a todo el Oriente guía.
En este poema, el autor compara a San Ignacio y San Francisco Javier con los «fuertes Gedeones» y hace de ellos dos nuevos Sansones (vv. 15 y 17). También Miguel Sagrera, en su «Glosa de “Para ganar Dios almas para el Cielo”»[3], canta conjuntamente a ambos personajes: «Ve que Ignacio y Javier aquí en el suelo / con su Jesús han hecho Compañía» (vv. 3-4), juego de palabras (reiterado en otros muchos textos) que debemos interpretar como ‘se han juntado, se han reunido’ y ‘han formado la Compañía de Jesús’. El poema los presenta como pescadores de almas, al servicio del sumo Pescador (=Dios), con la diferencia de que Ignacio queda en Europa, mientras Javier «a pesquería de Indias va, y recoge / perlas» (‘gana almas para el Cielo’).
Por su parte, Alonso de Bonilla en uno de los varios sonetos que dedica a ambos santos, el que comienza «Planeta y sol fue Ignacio en la asistencia…»[4], insiste en esa misma idea: Ignacio permanece alumbrando la fe de Europa, pero, en justa correspondencia, «dio Javier al antípoda ignorante / influjo y luz de fe, justicia y ciencia» (vv. 7-8), de forma que uno y otro fueron «dos planetas, dos soles en dos cielos» (v. 14). Merece la pena copiar entero este otro soneto suyo «A San Francisco Javier y San Ignacio»[5], de tema similar:
El enemigo del que hizo el día, por estragar del mundo la distancia, en la banda del sur plantó ignorancia y en el septentrïón sembró herejía.
Pero la original Sabiduría, viendo que era el socorro de importancia, en dos justos defensa y vigilancia puso, de quien su Iglesia y honor fía.
Reparó la ignorancia con la ciencia Javier, por cuya luz divina y pura el antípoda vio, que estaba ciego;
y el norte la herética dolencia curó el fuego de Ignacio, y fue gran cura, porque la cura del hereje es fuego.
En un poema de José Pellicer de Salas «A las navegaciones de San Francisco Javier, y al aparecerse en dos lugares»[6], la equiparación de Javier con Jasón —que se reitera en otros textos similares— permite presentar a Ignacio como «nuevo Pelias»:
Del Jasón prodigioso la conquista, que al remoto Japón, Colcos segundo, nuevo Pelias Ignacio manda asista, averiguando términos al mundo, pronósticos dichosos da a su vista y anuncios santos de su amor fecundo, que a desterrar tinieblas de la noche conduce en campos de agua alado coche (vv. 41-48).
Recordemos que Pelias, hijo de Tiro y Posidón, envió a Jasón a Colcos a la conquista del vellocino de oro. De la misma manera, San Ignacio, nuevo Pelias, manda a Javier al Japón, Colcos segundo.
En fin, de Juan Portillo, ya aludido en una entrada anterior, es esta glosa de «Segundo Ignacio y segundo…», que obtuvo el premio… a la peor composición de las presentadas a uno de los certámenes de la canonización:
Segundo Ignacio y segundo Francisco a su Iglesia Dios ha dado; sonle los dos lo que los polos al mundo.
Por virtudes que no pinto, pues no ha de ser necesario, al bendito San Ignacio Gregorio Decimoquinto ha puesto en el calendario.
Fue segundo por el mundo en santidad milagrosa del mártir de Dios yocundo, por eso dice la glosa: Segundo Ignacio y segundo.
Llagas Francisco tenía impresas de un serafín, y él, de Jesús Compañía, bebió las de un pobre un día con sus labios de marfil;
y como el profeta Amós en el Testamento Viejo, aquestos luceros dos en el Testamento Nuevo ha dado a su Iglesia Dios.
Aquí ninguno refiere de virtud más obelisco para que nadie se altere; mas quien hizo un San Francisco, hará cuantos él quisiere.
Asieron Franciscos dos la ocasión por el copete, de manera que entre nos su capilla y su bonete ha dado, sonle los dos.
Dios que en los altos apriscos de la gran Jerusalén mira los humanos ciscos, como le saben tan bien, nunca se harta de Franciscos,
ni de Ignacios, pues lo fundo en que uno y otro segundo ya luces del cielo lindas son de España y las Indias lo que los polos al mundo.
Id con ánimo sencillo, glosa, al juïcio que vais; mi nombre es Juan de Portillo, que si el premio no alcanzáis, Dios os depare el trapillo[7].
[1]Primavera de poemas en loor de San Francisco Javier, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2004 (Biblioteca Javeriana, 3), p. 56.
[2]Primavera de poemasen loor de San Francisco Javier, pp. 57-58.
[3]Primavera de poemasen loor de San Francisco Javier, pp. 68-70.
[4]Primavera de poemasen loor de San Francisco Javier, p. 73.
[5] Incluido en Alonso de Bonilla, Nombres y atributos de la impecable siempre Virgen María, Señora Nuestra. En octavas, con otras rimas a diversos asumptos y rimas difíciles, en Baeza, por Pedro de la Cuesta,1624.
[6]Primavera de poemasen loor de San Francisco Javier, pp. 40-42.
Consideremos ahora este soneto del conde de Villamediana dedicado a San Ignacio de Loyola, más difícil por su sintaxis culterana y por las alusiones clásicas que encierra en los cuartetos:
No bárbaras colunnas erigidas a pompa de soberbios Tolomeos; piadosos, sí, católicos trofeos, aras te dan de gloria construidas.
Voces de luz y llamas ofendidas en culto fuego el claro mausoleo, pues son centellas del honor sabeo, a fragantes estrellas reducidas.
Hoy te consagra el religioso gremio de uniforme, costante Compañía, que lograr ya con Dios la tuya espera.
Suya, pues, gloria en ti librado el premio en pompa esclarecidamente[1] pía, tanto incienso te ofrece, tanta cera[2].
San Ignacio de Loyola
Si gongorino es este soneto, tenemos otro del propio don Luis de Góngora que desarrolla el pie forzado del último verso, «ardiendo en aguas muertas llamas vivas»:
En tenebrosa noche, en mar airado, al través diera un marinero ciego, de dulce voz y de homicida ruego, de sirena mortal lisonjeado,
si el fervoroso, celador cuidado del grande Ignacio no ofreciera luego (farol divino) su encendido fuego a los cristales de un estanque helado.
Trueca las velas el bajel perdido y escollos juzga que en el mar se lavan las voces que en la arena oye lascivas;
besa el puerto, altamente conducido de las que, para norte suyo, estaban ardiendo en aguas muertas llamas vivas[3].
También me interesa reproducir ahora este otro de Alonso de Ledesma, especialmente por desarrollar en extenso la alusión (tópica, por otra parte, como hemos tenido ocasión de comprobar en una entrada anterior) a Vizcaya y a la abundancia de hierro en esa región, merced a la equiparación del cojo Ignacio con el cojo dios Vulcano:
Vulcano cojo, herrero vizcaíno, si quieres ablandar un hierro helado de un pecador protervo y obstinado, saca tu fragua en medio del camino.
Los muelles de oración sopla contino hasta que enciendas un carbón tiznado que en fuego de lujuria se ha quemado y es para fragua cual carbón de pino.
El hierro y el carbón, que es culpa y hombre, traerás con las tenazas de paciencia a tu amorosa y encendida fragua.
Pide a Jesús el fuego de su nombre; la yunque y el martillo su conciencia, y tú serás hisopo puesto en agua[4].
De Juan Pérez de Montalbán es un poema que comienza «Divino Ignacio, si al amor, si al celo…», y una glosa a «Segundo Ignacio, y segundo…», que no reproduzco. Existe, asimismo, una canción de Anastasio Pantaleón de Ribera sobre las estrellas del sepulcro de Ignacio, que empieza «Si tu atención no turba, oh, Peregrino…». No copio aquí, tampoco, otros muchos textos más que se podrían aducir de Francisco de Quevedo, Juan de Jáuregui, Antonio Mira de Amescua, etc. En fin, para cerrar este apartado, recordaré que existen, asimismo, versiones en tono jocoserio o incluso plenamente jocosas de los temas ignacianos (ya nos ha aparecido alguna en una entrada anterior). Por ejemplo, a un tal Juan Portillo pertenece este «Romance a lo burlesco justado en Sevilla», que transcribo por extenso —pese a su escasa calidad literaria y métrica— porque sirve como buena muestra de esas composiciones a lo ridículo. El poema (que en su segunda parte, que omito, se centra en Javier) abunda en chistes dilógicos y diversos juegos de palabras, sin que falten, una vez más, las consabidas alusiones a lo corto de razones de Ignacio y al famoso hierro de Vizcaya:
Aquel ingenio de Dios, Dios es Dios, que no lo entiendo ni aún entenderá el dïablo lo que con Ignacio ha hecho. Habiendo en el mundo tiendas de científicos supuestos, a la tienda de los cojos vino a mostrar sus secretos. No sé qué es lo que vio en él, pues que con amor intenso quiso darle a un peregrino más virtudes que a un romero. Y de una pierna quebrada, cual de regalado lienzo, pierna de sábana hizo por darla a su esposa lecho. En las quiebras que en su ley heresïarcas hicieron, hizo nuevas soldaduras Dios con un soldado viejo. De un espaldar hizo espalda que llevó la cruz en peso, y de su honor poner quiso en una celada el celo. Un soldado belicoso quitó un acerado peto, por hacerse pectoral el mismo Dios de su pecho. En una visera puso visos para ver el cielo, y en una lanza los lances contra el poderoso infierno. Dolerse de almas cristianas puso en el libro del duelo, y en medio de un voto a Dios un en verdad y por cierto. En aquel que se alojaba en los cortijos y pueblos, cifró de su empírea corte gloriosos alojamientos. Al que derribó a sus pies cien mil adversarios muertos, hizo tan mortificado que a pies medirle pudieron. El que al son de la trompeta eran un león cuando menos, ya es cordero y, sobre todo, trompeta del Evangelio. Con quien disparó en el campo tantas bombardas de fuego, quiso corregir del mundo los disparates inmensos. De un capitán que mandaba dar tratos de cuerda horrendos, hizo un ángel soberano en lo tratable y lo cuerdo. De una mecha de arcabuz, ¿quien vio tan extraño trueco?, hizo una antorcha divina que está en su presencia ardiendo. De un soldado hizo un sol que dio luz al universo, y encerró en un ¡Cierra España! el modo de abrirse el cielo. Y dando a un falido triste tu traje, su adorno y fieltro, de un Marte hizo un Martín, que es de caridad espejo. En un corto de razones puso tan largos conceptos, que del concepto de Dios declararon los misterios. Finalmente a un vizcaíno, sacándole de entre el hierro, le dio en un decir ¡Jesús! oro rico de su imperio, que si el oro es caridad, en Ignacio hay tanto de esto, que con lo medio no hubiera ningún vizcaíno necio. Y no menos trueques hizo Dios con otro Apóstol nuevo, pues dicen que con Javier le dio un jabón al infierno. Que no bastó que en Ignacio quiso vincular su fuego para guisar su palabra en el ártico hemisferio, sino poner en la India en Javier, varón excelso, la especia para el guisado de su divino Evangelio[5]
[2] Ángel Valbuena Prat, Antología de poesía sacra española, Barcelona, Apolo, 1940, p. 294. Cito por Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, Salamanca, Universidad Pontificia, 1983, pp. 47-48.
[3]Obras en verso del Homero español Luis de Góngora, que recogió Juan López de Vicuña, prólogo e índices por Dámaso Alonso, Madrid, CSIC, 1963. Cito por Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, Salamanca, Universidad Pontificia, 1983, p. 49.
[4] Cito por Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, Salamanca, Universidad Pontificia, 1983, pp. 51-52.
De Tirso de Molina es este «Romance», que se presenta como una justa entre Guipúzcoa, patria de San Ignacio de Loyola, y Navarra, tierra natal de Javier[1]:
Como juez de comisión por la justa literaria cometida a los poetas entre Guipúzcoa y Navarra, a dar audiencia a las partes, con un bieldo en vez de vara, se asentó al brocal del pozo Paracuellos de Cabañas. El bachiller Juan Polido, abogado por Vizcaya, graduado de barbero en el juego de las damas, informó como se sigue: «Vizcaya, corta en palabras, larga en obras y en limpieza, de Ignacio dichosa patria, querella de su vecina, porque, siendo patrïarca Loyola de sus bonetes, de sus santos primer causa, posponiéndole a Javier, quiere que, en silla más alta, compre su hijo la gloria a costa de sus hazañas. Esto es contra el mandamiento cuarto, en que la Iglesia manda honrarás tu padre y madre, y siendo cosa tan clara que es Ignacio padre suyo (si no natural, por gracia), en tercio y quinto merece mejoras de esta ganancia. Non est discipulus, dice de Dios la verdad sagrada, supra magistrum, ni es bien que Javier contra esto vaya.» «Callad —dijo Blas Alonso, abogado por Navarra—, que os hace hablar en latín la sidra de sus manzanas. La gloria es medida justa de los méritos y alcanzan los de Javier en el Cielo corona más encumbrada.» «¿Más que Loyola? —replica—. Eso no, que es patria cara Vizcaya suya y está dos dedos de Dios Vizcaya.» «Andad con Dios —dijo el otro—, que según el hierro labra Vizcaya, yo, pecadora, podré decir, muy errada.» «A no dar hierro sus minas —dijo estotro—, ¿con qué espadas murieran en Roncesvalles los doce Pares de Francia? Más noble es esta que esotra.» «Mentís —dijo— por la barba.» Era capón Juan Polido, y respondió: «No me agravia.» Levantose Paracuellos y dijo, en la dicha causa: «Fallo que paguen las costas el salero y las cucharas.»
San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier
Según vemos, toda la composición, de tono marcadamente jocoso, abunda en chistes basados en dilogías, paronomasias y otros juegos de palabras, sin que falten las consabidas alusiones a los vizcaínos cortos de razones y al hierro de Vizcaya.
Por su parte, Calderón de la Barca tiene varios poemas dedicados al santo, como por ejemplo un romance a la penitencia de San Ignacio, con el que ganó el primer premio en el certamen de las fiestas de la canonización. Los versos son, ciertamente, gráciles y hermosos:
Con el cabello erizado, pálido el color del rostro, bañado en un sudor frío, vueltos al cielo los ojos, más muerto que vivo, haciendo de gemidos y sollozos los suspiros una esfera, las lágrimas dos arroyos, a Ignacio su mismo cuerpo lado, sangrïento y roto desta manera le dice con voz baja y pecho ronco: «—No te espantes si te trato como ajeno de ti propio, que es bien que con otro hable, pues ya contigo soy otro. No es mucho ignore quién eres si el mismo que soy ignoro, que tal tu rigor me ha puesto, que aun a mí no me conozco. Siete días ha que muero, pues vivo sin saber cómo, y a mi torpe natural forzosas leyes le rompo. Negando lo que me pido, siete días ha que solo agua de lágrimas bebo y pan de dolores como. Duros abrojos tres veces castigan mis perezosos miembros: tan estéril tierra ¿qué ha de tener sino abrojos? Gastadas tengo las piedras donde las rodillas pongo, y porque cabales[2] vivan cubro de sangre los hoyos. Vivo cadáver me dejas y en su espíritu dichoso vas a gozar dulces gustos, a gustar süaves gozos. Todo en amor te transformas porque vivas en Dios todo con una gloria amorosa y con un amor glorioso. Al alma solo regalas, quejas justamente formo, pues a tus gustos mis penas son manjar dulce y sabroso. Dueño soy de los sentidos, ¿qué importa, si no los gozo[3]?, pues sin alma ¿qué me sirven boca, manos, oídos ni ojos? Yo sus contentos no gusto, yo sus gustos no los toco, sus regalos no los veo, sus dulzuras no las oigo. Mira no se ofenda Dios que cargues sobre mis hombros murallas de penitencia, siendo el cimiento tan poco. Una llama soy que vivo obediente a un fácil soplo, humilde barro y, al fin, fuego y humo, tierra y polvo[4].»
[1] Al frente del «Certamen décimo» van estas palabras: «Pudieran competir, a tener discurso, las vecinas patrias de los dos canonizados, padre y hijo, aunque renovaran antiguas competencias, sobre la mayoría de tan ínclitos tutelares. Esta litis pidió la justa literaria se decidiese y Paracuellos, atribuyéndose el compromiso en un romance de dieciséis coplas (tasa de la festiva premática), sentenció, con su donaire acostumbrado, de esta suerte…».
[2] Elizalde trae «cuales», mala lectura que corrijo.
[3] Elizalde lee «sino los gozos», lectura que enmiendo.
[4] Cito por Ignacio Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, Salamanca, Universidad Pontificia, 1983, pp. 35-36. Para más detalles remito Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 145-176.
De Alonso de Bonilla podemos recordar una composición sobre San Ignacio de Loyola recogida en su Nuevo jardín de flores divinas, publicado en 1617, en la que, al decir del Padre Elizalde, «añade a la semblanza del soldado la nota de disciplina cortante, militar y vasca del “creer y obrar”»[1], verso repetido a modo de estribillo. El autor juega con las cortas razones de vizcaíno[2] ‘vascoparlante’ de Ignacio y la dilogía de hierro (abundante en Vizcaya) / yerro ‘error, equivocación’:
—Ignacio, ¿entre las naciones vuestro lenguaje es divino? —Antes, por ser vizcaíno, soy muy corto de razones. —Pues si dais cortas lecciones, ¿qué pretendéis enseñar? —Creer y obrar. —En Vizcaya es vinculada hoy la ciencia de justicia. —Sí, mas la humana estulticia la tiene por vizcainada. —Del cielo son estos dones de vuestro ingenio divino. —¿No veis que soy vizcaíno y soy corto de razones? —Pues con tan cortas lecciones, ¿qué pretendéis enseñar? —Creer y obrar. —Sois, Ignacio (si no yerro), oro entre yerro nacido. —Para haber de ser sufrido nacer convino entre hierro. —Vos sois, entre las naciones, elocuente y peregrino. —Corto, como vizcaíno, soy en todas mis razones. —¿Qué aprenden los corazones con tan corto razonar? —Creer y obrar[3].
También podemos traer a estas páginas otro poema de Alonso de Bonilla, en esta ocasión un soneto[4], de estilo bien diferente, que se abre con una referencia mitológica al Cancerbero e incluye una alusión a Javier en los vv. 7-8:
Como el voraz de la trifauce frente es valiente y sagaz, el Verbo amante, celando dél su Esposa militante, fio su honor de un sabio y de un valiente.
Ignacio fue del brazo omnipotente, contra el infierno, espada de diamante, y el insigne Javier pluma elegante regida por deidad indeficiente.
Porque quien dijo ciencia dijo pluma, quien dijo espada dijo valentía, y todo es armas para el brazo eterno;
que si la espada vicios corta, en suma, la pluma es un cañón de artillería contra las fuerzas del horrible infierno.
Recordaré asimismo un soneto de Bartolomé Leonardo de Argensola, que el Padre Elizalde valora diciendo que es «de dicción pura, intelectual, sin arrebatado vuelo lírico»[5]:
Cuelga Ignacio las armas por trofeo de sí mismo en el templo, y con fe ardiente espera que las suyas le presente quien la infunde tan bélico deseo.
Que así, en dejando al pastorcillo hebreo el real arnés, le dio una fiel corriente limpias las piedras con que hirió en la frente altiva al formidable filisteo.
Salid, pues, nuevo rayo de la guerra, a los peligros que producen gloria, oprimid fieras, tropellad gigantes,
que si al valor responde la vitoria, no dejaréis cervices repugnantes ni en los últimos fines de la tierra[6].
Con motivo de las fiestas de la beatificación (27 de julio de 1609), Lope de Vega glosó en décimas «Si por nombre capitán…». Pero la mejor pieza ignaciana del Fénix es «Al Beato Ignacio, cuando colgó la espada en Monserrate», de la que destaco el bello verso paronomástico «armas que conquisten almas»:
En aquel monte serrado donde gusta de vivir aquella serrana hermosa más bella que Abigaíl, a cuyo niño le ponen una sierra, por decir que instrumentos de Josef no los aparte de sí, un soldado vizcaíno, y cansado de servir guerras del mundo en Navarra contra las flores de lis, la espada al altar ofrece porque se quiere ceñir armas que conquisten almas, que Dios se lo manda así. Mirando se está Jesús, y la boca de rubí bañó de risa y de gloria sobre su blanco marfil, porque ver que un vizcaíno la dorada trueque allí por una cruz de madera, los niños hará reír. Mas dicen que fue alegría de ver que quiere esculpir su santo nombre en los hechos del más bárbaro gentil. Porque ha de hacer Compañía que por él vaya a morir desde la dichosa España hasta las islas de Ofir. Que adonde el fiero Luzbel sembrara torpe maíz, han de sembrar pan del cielo con ricas aguas de abril. Mucho le pesa al soldado de verse cojo al salir a guerra tan peligrosa, que se han vuelto más de mil. Pero díjole una voz: «—Ignacio fuerte, partid, que no ha menester las piernas quien ha de ser querubín. Cubrid con alas la Iglesia, que el Jacob a quien servís de todas sus religiones os quiere hacer Benjamín. No se ha de preciar España de Pelayo ni del Cid, sino de Loyola solo, porque a ser su sol venís. El nombre tenéis de fuego, mas no es mucho presumir quien a Jesús acompaña de abrasado serafín. Haced vuestra Compañía y tomad el nombre aquí, que os esperan enemigos en el Japón y el Brasil. Los principios no os espanten pues con tal nombre salís, que donde Dios da el principio, seguro tenéis el fin. A la envidia, aunque es tan fuerte, pisad la dura cerviz, que si es gigante la envidia vos sois piedra de David[7].
Como podemos apreciar, los poemas de Lope y de Argensola coinciden en tratar el motivo de la entrega de las armas caballerescas como exvoto en Monserrat y en incluir una alusión a David vencedor de Goliat[8].
[1] Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, Salamanca, Universidad Pontificia, 1983, p. 24.
[2] Véase Anselmo de Legarda, Lo vizcaíno en la literatura castellana, San Sebastián, Biblioteca Vascongada de los Amigos del País, 1953.
[3] BAE, vol. XXXV, p. 236. Cito por Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, pp. 24-25.
[4] Incluido en Alonso de Bonilla, Nombres y atributos de la impecable siempre Virgen María, Señora Nuestra. En octavas, con otras rimas a diversos asumptos y rimas difíciles, en Baeza, por Pedro de la Cuesta, 1624.
[5] Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, p. 27.
[6] BAE, vol. XLII, p. 325. Cito por Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, pp. 27-28.
[7] BAE, vol. XXXV, p. 124. Cito por Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, pp. 30-31.
[8] Para más detalles remito Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 145-176.