«Villancico triste para un Niño sin posada», de Ángel de Miguel

De Ángel de Miguel Martínez, poeta castellano-navarro (burgalés de nacimiento, en La Nuez de Arriba, pero afincado en Estella desde hace muchos años), ya había quedado recogido en el blog su precioso y cantarín «Villancico de la Fuente de Irache». Ahora, respondiendo amable a la petición del Gobernador de esta Ínsula Barañaria, me envía, en prueba de amistad, su inédito «Villancico triste para un Niño sin posada». El poema, de grácil ritmo (se construye con ágiles tetrasílabos), pone de relieve el desvalimiento del Niño Jesús recién nacido, que no ha encontrado posada abierta para Él, y que se ve reconfortado únicamente por distintos elementos de la naturaleza (astros, escarcha, nieve, agua, noche-vaca, luna-mula, estrella, auroras).

PortalyEstrella

Este es el texto del villancico:

Para el Niño
no hay posada,
solo hay astros
que lo guardan.

Para el Niño,
pan de escarcha,
miel de nieve,
roscos de agua…

Y la noche,
negra vaca
que le muge
sol de nanas.

Y la luna,
mula blanca
que le rumia
madrugadas.

Y una estrella
oxidada,
pezoncillo
de luz pálida

que lo arrulla
y amamanta
mientras llega
la mañana.

Para el Niño
no hay posada,
solo auroras
desoladas.

«Nana en el día de los Inocentes», de Víctor Manuel Arbeloa

Víctor Manuel Arbeloa (Mañeru, Navarra, 1936- ) es otro escritor que se ha acercado con mucha frecuencia a la temática de la Navidad, en una doble faceta de estudioso y de poeta, según quedó consignado en una entrada anterior. En otra ocasión, también un 28 de diciembre, he recordado su «Villancico cruel a un subnormal no nacido». Para el día de los Santos Inocentes de este año copio otro poema ad hoc, su «Nana en el día de los Inocentes», correspondiente a la sección «Poemas inéditos» de su poemario La otra Navidad (1996). La composición es sencilla y no requiere mayor comento.

La matanza de los inocentes, de Pedro Pablo Rubens
La matanza de los inocentes, de Pedro Pablo Rubens.

Día de los Inocentes

Tengo miedo al fantasma
que anda de noche
asustando a los niños
que no conoce.
No es un fantasma, mi niño,
sólo es un hombre.

—Tengo miedo al dragón
que vuelve al monte
con los niños que roba
y los esconde.

—No es dragón, niño mío,
que sólo es hombre.

—Tengo miedo a los lobos
negros del bosque
que se llevan los niños
y se los comen.

—No son lobos, mi niño…
Duerme…
¡¡Son hombres!![1]


[1] Cito por Víctor Manuel Arbeloa, Obra poética (1964-2010), prólogo de Jesús Mauleón, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo, Institución Príncipe de Viana), 2010, p. 786.

El «Villancico que repite la letanía de siempre», de Jesús Górriz Lerga

El nombre de Jesús Górriz Lerga (Pamplona, 1932-2016) ya se había asomado a este blog como fino cultivador poético de la temática navideña, al tratar precisamente de «La Navidad de los poetas navarros». Todo un poemario suyo está dedicado a esta materia; me refiero a Memorial del gozo (Pamplona, edición del autor, 1994), título significativo, porque gozo e inmensa alegría es lo que nos trae la Navidad. Como certeramente escribe Miguel dʼOrs,

Memorial del gozo es una colección de villancicos (en el hoy usual sentido navideño del término), que prolonga una tradición, casi tan antigua como la poesía española misma, en que brilla una larga teoría de figuras ilustres, desde Gómez Manrique, Fray Ambrosio Montesino, Fray Íñigo de Mendoza, Juan del Encina y otros poetas de hacia 1500 —de nombre conocido o no— influidos por el franciscanismo y la “devotio moderna” hasta contemporáneos jóvenes, como José Mateos o Abel Feu, pasando por Lope de Vega, Góngora, Gerardo Diego, Luis Rosales, Aquilino Duque o los hermanos Murciano; una tradición —no puedo dejar de notarlo— considerablemente viva entre los poetas navarros de la segunda mitad del siglo XX, supongo que en gran parte a causa del fuerte sustrato católico, y aun sacerdotal en no pocos casos, que los caracteriza[1].

En esa entrada anterior ya quedaron transcritos algunos poemas suyos como el «Villancico del anuncio gozoso», el «Villancico del vagabundo», el «Villancico del corolario que resume el gozo», los «Gozos para entonar en la Nochebuena» y el «Romancillo de la Natividad del Señor». Hoy transcribo su «Villancico que repite la letanía de siempre», perteneciente a ese mismo poemario, Memorial del gozo, que se construye como una acumulación de vocativos dirigidos a la Virgen María, como una letanía, entre los que destacan los nombres de flores a Ella aplicados (clavelina, retama, camelia, rosa, buganvilla, azucena…).

Jan Brueghel el Joven, Virgen con el Niño
Jan Brueghel el Joven, Virgen con el Niño.

La emotividad del texto se refuerza por el empleo de diminutivos (doncellica, galanica, virgencica), en tanto que el uso del hexasílabo (romancillo, pero con rima diferente en cada estrofa) dota de grácil musicalidad al poema.

A la clavelina,
a la perla fina.
(Lope de Vega)

Clavelina blanca,
doncellica hermosa
retama florida,
florecida rosa
que donáis de amores
lo que de graciosa.

Estrella del alba,
camelia bendita,
preciosa entre todas,
que disteis la vida
al Dios del Eterno
para su venida.

Limpia como el oro,
madre virginal,
galanica y bella,
rosa en su rosal,
que nos dais al niño
celeste y mortal.

Clavelina blanca
flor de buganvilla,
virgencica guapa,
serena y sencilla,
que dais a la tierra
tan buena semilla.

Azucena abierta,
granada crecida,
sol del Sol más claro,
perla, la más fina…[2]


[1] Miguel dʼOrs, introducción a Jesús Górriz Lerga, Obra poética (1950-2006), Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo, Institución Príncipe de Viana), 2006, p. 23.

[2] Lo cito, con algún ligero retoque, por Jesús Górriz Lerga, Obra poética (1950-2006), p. 189. 

«Villancico del niño caribe», de Leopoldo Panero

Leopoldo Panero (Astorga, León, 1909-Castrillo de las Piedras, León, 1962) es autor que cultivó en algunas ocasiones el tema navideño. Así, cabe recordar títulos como «Villancicos del jinete iluso» (de Poemas sueltos, 1, 1939-1949); «Villancico del Niño caribe» (de Poemas sueltos, 2, 1950-1962); «Navidad de Caracas» y «Nochebuena del Ávila» (de Navidad de Caracas y otros poemas, 1955); «Villancico de la Navidad errante» (de Romances y canciones, 1960), «La nieve en Navidad» o «Nochebuena muerta» (de Poemas inéditos. Poemas varios).

Natividad-Murillo
Natividad del Señor, de Bartolomé Esteban Murillo.

Reproduzco hoy su «Villancico del niño caribe», que adopta la forma métrica de la seguidilla arromanzada (7- 5a 7- 5a), con rima á a.

A Gastón Baquero

¡Navidad del Caribe,
lejos de España!
¡Navidad de las islas,
vaivén del agua!

… Navidad de otros niños,
y de otras caras,
que esperan el milagro
de hoy a mañana.

Mi errante Nochebuena
no tiene escarcha;
sin cierzo está el pesebre
y el chopo es palma.

¡Ay, corazón a solas,
lumbre lejana!
… Movidas por los remos
van mis palabras.

Con el son de la espuma
la madrugada,
un niño entre los brazos,
mece mi alma.

Que a todos esta noche
toque con alas
y con risa de niño,
canta que canta.

Un solo nacimiento,
solo una casa
de agrupada ternura
la noche santa[1].


[1] Lo tomo de Mundo Hispánico, año XIII, núm. 142, enero de 1960, p. 23, retocando ligeramente la puntuación y manteniendo, en el título, la minúscula en la palabra caribe (en otras ocasiones se edita con mayúscula, Caribe). Puede verse también en Leopoldo Panero, Obra completa. Poesía I, ed. crítica de Javier Huerta Calvo con la colaboración de Javier Cuesta Guadaño y Juan José Alonso Perandones, Astorga, Ayuntamiento de Astorga, 2007, pp. 489-490. María José Cordero musicó este texto, y otros poemas de Panero, cantados al piano, en su espectáculo Leopoldianas (2015).

«Zagalejo de perlas, / hijo del Alba», villancico de Lope de Vega

Hoy en Belén de Judá
os ha nacido el Salvador.

Vaya para este gozoso día de Navidad otro villancico de Lope de Vega, incluido también en Pastores de Belén (como otros ya recogidos en el blog: «De una Virgen hermosa / celos tiene el sol», «Nace el alba María, / y el Sol tras ella» o «Campanitas de Belén»). Antonio Carreño nos recuerda el contexto narrativo en que se inserta este poema:

Canta esta composición Aminadab, el hombre «leído y sabio en las divinas letras» y «después de haberle dicho mil amorosos requiebros, bastantes a enternecer las piedras de aquellos muros, cuánto más los corazones de aquellos santos pastores». Le acompaña Palmira con su voz e instrumento (ff. 401-402). Es este villancico una de las más destacadas nanas a lo divino de la lírica española[1].

Y en nota a los vv. 1 y 9 explica:

Es Zagalejo de perlas porque ha nacido del Alba, que es María, de ahí la asociación con las perlas. Se creía que estas nacían del rocío que dejaba el alba al salir el sol.

El Pastor como el Cordero son imágenes iconográficas que ha consagrado la liturgia en himnos y en representaciones plásticas.

Sandro Botticelli, Virgen del libro
Sandro Botticelli, Virgen del libro.

Una vez más, el Fénix nos brinda un villancico que es pura delicadeza, una composición plena de ritmo y musicalidad:

Zagalejo de perlas,
hijo del Alba,
¿dónde vais, que hace frío
tan de mañana?

Como sois lucero
del alma mía,
al traer el día
nacéis primero;
Pastor y Cordero
sin choza y lana,
¿dónde vais, que hace frío
tan de mañana?

Perlas en los ojos,
risa en la boca,
las almas provoca
a placer y enojos;
cabellitos rojos,
boca de grana,
¿dónde vais, que hace frío
tan de mañana?

Que tenéis que hacer,
pastorcito santo,
madrugando tanto
lo dais a entender;
aunque vais a ver
disfrazado el alma,
¿dónde vais, que hace frío
tan de mañana?[2]


[1] Antonio Carreño, en su edición de Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, Barcelona, Crítica, 1998, p. 611.

[2] Lope de Vega, Pastores de Belén. Prosas y versos divinos de Lope de Vega. Dirigidos a Carlos Félix, su hijo, en Madrid, por Juan de la Cuesta, año 1612, fol. 203. Lo cito por Rimas humanas y otros versos, ed. de Antonio Carreño, núm. 298, p. 611, con ligeros retoques en la puntuación (añado coma al final del verso 2, y también coma tras vais en el estribillo). 

«Nace el alba María, / y el Sol tras ella», villancico de Lope de Vega

¡Gloria a Dios en las alturas
y paz en la tierra a todos los hombres
de buena voluntad!

Vaya para este día de Nochebuena un villancico del Fénix, perteneciente a Pastores de Belén (como otros ya recogidos en el blog en años anteriores; ver, por ejemplo, «De una Virgen hermosa / celos tiene el sol», o «Campanitas de Belén»). Explica su editor moderno, Antonio Carreño:

Canta este villancico Palmira, que con Aminadab mueve el discurso narrativo de esta novela pastoril a lo divino. El drama de la redención está alegóricamente aprisionado en este villancico: María es concebida por una gran luz que penetra su vientre; se anuncia la epifanía y el destierro alegórico de la noche ante la figura mesiánica del que va a nacer: Cristo[1].

Y en nota a los vv. 1-2 añade:

En términos lumínicos y cósmicos se establece la alegoría del nacimiento de María (Alba) y con ella la promesa de Cristo (Sol), que al nacer desterrará el pecado de nuestras vidas, idea que refuerza el estribillo (vv. 3-4, 11-12, 19-20 y 27-28).

Natividad

Como tantas otras composiciones de temática navideña de Lope de Vega, este villancico tiene toda la gracia y sencillez de la mejor poesía popular:

Nace el alba María,
y el Sol tras ella,
desterrando la noche
de nuestras penas.

Nace el Alba clara,
la noche pisa,
del cielo la risa
su paz declara;
el tiempo se para
por sólo vella,
desterrando la noche
de nuestras penas.

Para ser señora
del cielo, levanta
esta niña santa
su luz como Aurora;
él canta, ella llora
divinas perlas,
desterrando la noche
de nuestras penas.

Aquella luz pura
del Sol procede,
porque cuanto puede
le da hermosura
el alba segura
que viene cerca,
desterrando la noche
de nuestras penas[2].


[1] Antonio Carreño, en su edición de Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, Barcelona, Crítica, 1998, p. 606.

[2] Lope de Vega, Pastores de Belén. Prosas y versos divinos de Lope de Vega. Dirigidos a Carlos Félix, su hijo, en Madrid, por Juan de la Cuesta, año 1612, fol. 19. Lo cito por Rimas humanas y otros versos, ed. de Antonio Carreño, núm. 295, pp. 606-607 (modifico la puntuación del v. 24).

Poesía de Adviento: «Espera la Virgen pura», de Francisco Vaquerizo

La Virgen sueña caminos,
está a la espera…

Mañana ya es Nochebuena, pero hoy todavía estamos en tiempo de Adviento, de espera para la llegada del Niños-Dios, el Emmanuel (ʽDios con nosotrosʼ), el Salvador del mundo. Vaya, pues, para cerrar este tiempo de preparación espiritual el poema «Espera la Virgen pura», de Francisco Vaquerizo. El poema (42 versos de romance con rima é e) tiene la musicalidad y la gracia de la mejor poesía tradicional navideña. La repetición del verso inicial, «Espera la Virgen pura…», además de incidir en esa gozosa espera (espera que es esperanza) de María, contribuye igualmente al ritmo de la composición. Se trata de una poesía sencilla y emotiva, que no requiere mayores notas explicatorias[1].

VirgenEmbarazada

Espera la Virgen pura,
el momento ya inminente,
en que dé a luz al Infante
que ha concebido en su vientre,
porque va a nacer el día
veinticuatro de diciembre.
En la grávida doncella[2]
un gozo especial se advierte
y hay un brillo en su mirada
que sobrepasa con creces
la belleza y el candor
que imaginarse uno puede.
Espera la Virgen pura,
el momento ya inminente,
en que la familia humana,
sumida en sombras de muerte[3],
con la venida del Niño,
la claridad recupere
y se sienta hija de Dios
y heredera de sus bienes.
Espera la Virgen pura,
el momento ya inminente,
en que aparezca en la tierra
el que será Rey de Reyes
y el que abra al hombre las puertas
de las moradas celestes[4].
Mientras llega ese momento,
la esperanza la mantiene
en una íntima vigilia
de ternuras y quereres,
siempre atenta a los anuncios
que a su Niño se refieren
porque sabe a ciencia cierta
que, ya en el mismo Pesebre,
será preciso que empiece
a cumplir con sus deberes.
Gozosa mira a José,
ensimismada y silente,
mientras piensa que su Niño
llenará el globo terrestre
de amor e instaurará un reino
que durará eternamente.


[1] Publicado en la revista Ecclesia el 7 de diciembre de 2014: «“Espera la Virgen pura”, poema de Adviento con María, por Francisco Vaquerizo», de donde lo tomo.

[2] grávida doncella: bella formulación; grávida vale ʽencinta, embarazadaʼ.

[3] sumida en sombras de muerte: alude al pecado y, por extensión, a todo el mal que se extiende por el mundo. La antítesis sombras / claridad es evidente.

[4] el que abra al hombre las puertas / de las moradas celestes: Cristo, con su muerte y resurrección, redimirá al género humano.

«Navidad y Epifanía», de Carlos López Narváez

Para celebrar este 6 de enero, fiesta de la Epifanía del Señor, copio aquí el poema «Navidad y Epifanía», del literato colombiano Carlos López Narváez (Popayán, 1897-Bogotá, 1971), quien además de abogado, profesor y diplomático, fue miembro de la Academia Colombiana de la Lengua y destacó como traductor de textos de Baudelaire, Heredia, Valery, Leconte de Lisle o Barbusse, entre otros. Su composición aúna, ya desde el título, la evocación de dos momentos clave de estas fiestas, el Nacimiento de Cristo (Navidad) y su manifestación ante los magos de Oriente (Epifanía).

Adoración de los Reyes Magos

El texto del poema dice así:

Blanca de corderos,
rubia de luceros,
diáfana y tranquila noche de Belén.
Nevadas colinas,
auras peregrinas,
mecen los olivos en blando vaivén.

«Con el ala de ave
de mi barba suave
al recién nacido yo quiero abrigar.»

Y el negro monarca
de ardiente comarca
Baltasar —en ónix el bronco perfil—.

«Oh Rey sempiterno
—dirá triste y tierno—,
para ti soy trono de ébano y marfil.»

Blanca de corderos,
rubia de luceros,
sagrada y hermosa noche del Portal.

¡Hosanna en la altura!
Por la tierra oscura
difunde la Estrella su luz inmortal[1].


[1] Tomo el texto (introduciendo algún pequeño cambio en la puntuación) de Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 255-256.

«Los Reyes Magos», de Eduardo González Lanuza

Días atrás traía al blog el soneto «José» de Eduardo González Lanuza (Santander, España, 1900- Buenos Aires, Argentina, 1984). Y hoy, para esta mágica noche de esperanza e ilusión, he seleccionado su poema dedicado a «Los Reyes Magos»:

AdoracionMagos

Engualdrapados sus camellos
vienen siguiendo los destellos
del astro vivo del Amor;
el más zahorí de todos ellos
ya reconoce a su Señor,
y hunde en el polvo sus cabellos
Melchor.

La magia alumbra su mirada,
llega a la humilde portalada
—súbito fue el descabalgar—;
la tiara en tierra derribada,
se va ante el Niño a prosternar
con la sonrisa alucinada
Gaspar.

Ébano el rostro reluciente,
púrpura viste del Oriente;
¡qué poderoso el rebrillar
de la corona de su frente!
Incienso y mirra va a quemar
ante aquel Niño sonriente
Baltasar.

Quiebran la espada y el venablo
arrodillándose a adorar
al que ha nacido en un establo
Melchor, Gaspar y Baltasar[1].


[1] Cito (con algún ligero retoque en la puntuación) por la antología Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 354-355.

«Romance del establo de Belén», de Gabriela Mistral

Unos días atrás copiaba el «Romance de Nochebuena» de la chilena Gabriela Mistral (1889- 1957), Premio Nobel de Literatura en 1945, y hoy para el Año Nuevo traigo al blog su «Romance del establo de Belén», perteneciente también a su poemario Ternura. El poema, bello y alegre en su infantil sencillez, describe la tierna algarabía de los animales que quieren mimar al Niño, transformando el Portal de Belén en un «establo conmovido».

Se-armo-el-belen2

 Este es el texto del romance:

Al llegar la medianoche
y romper en llanto el Niño
las cien bestias despertaron
y el establo se hizo vivo…

y se fueron acercando,
y alargaron hasta el Niño
los cien cuellos, anhelantes
como un bosque sacudido.

Bajó un buey su aliento al rostro
y se lo exhaló sin ruido,
y sus ojos fueron tiernos
como llenos de rocío…

Una oveja lo frotaba,
contra su vellón suavísimo,
y las manos le lamían,
en cuclillas, dos cabritos…

Las paredes del establo
se cubrieron sin sentirlo
de faisanes y de ocas
y de gallos y de mirlos.

Los faisanes descendieron
y pasaban sobre el Niño
su ancha cola de colores;
y las ocas de anchos picos

arreglábanle las pajas;
y el enjambre de los mirlos
era un vuelo palpitante
sobre del recién nacido…

Y la Virgen entre el bosque
de los cuernos, sin sentido,
agitada iba y veía
sin poder tomar al Niño.

Y José sonriendo iba
acercándose en su auxilio…
¡Y era como un bosque todo
el establo conmovido![1]


[1] Tomo el texto de Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 216-217. Existe otra versión, con ligeras variantes, bajo el título «El establo»; ver, por ejemplo, Gabriela Mistral, Ternura, 6.ª ed., Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 2004, pp. 53-54.