Vaya para este Martes Santo el soneto «A la oración del Huerto», del misionero y escritor del siglo XVI Cristóbal Cabrera, nacido en Burgos hacia 1513, que vivió en Nueva España protegido primero por el virrey Antonio de Mendoza y luego por Vasco de Quiroga.

La humanidad de Dios, triste, afligida,
con pura sangre matizando el suelo[1],
rogaba al Padre con humilde celo
le escusase la muerte dolorida[2].Un ángel le envió, su voz oída,
que ansí le dice, dándole consuelo:
«¿Qué es esto, Capitán de tierra y cielo?
¿Teméis la muerte, siendo vos la Vida?Como hombre la temió; mas como fuerte
y eterno Dios, no hay cosa que le asombre;
y así el temor en ánimo convierte.Pues di, cristiano indigno de tal nombre:
si Cristo, con ser Dios, temió la muerte,
¿cómo tú no la temes, siendo hombre?[3]
[1] con pura sangre matizando el suelo: según Lucas, 22, 44, Jesús sudó sangre en el huerto de Getsemaní durante su angustiosa oración antes de la crucifixión. Médicamente, este fenómeno se conoce como hematidrosis, y se produce cuando un estrés emocional extremo rompe los capilares, mezclando sangre con el sudor.
[2] rogaba al Padre … le escusase la muerte dolorida: comp. Mateo, 26, 39: «Unos pasos más adelante, se inclinó sobre su rostro y comenzó a orar. Y decía: “Padre mío, si es posible, haz que pase de mí esta copa. Pero que no sea como yo lo quiero, sino como lo quieres tú”».
[3] Cito con algún retoque por Poesía española contemporánea. Antología (1939-1964). Poesía religiosa, selección, prólogo y notas de Leopoldo de Luis, Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969, p. 272.