Por tratarse de un texto poco conocido, copiaré hoy este «Soneto a Cervantes» del poeta argentino Francisco Luis Bernárdez (Buenos Aires, 1900-Buenos Aires, 1978) perteneciente a su poemario El arca (Buenos Aires, Losada, 1953). Su calidad literaria no es excepcional, pero constituye un eslabón más de la larga cadena de evocaciones poéticas del autor del Quijote.
Estatua de Cervantes en la Plaza de Cervantes (Alcalá de Henares).
El poema dice así:
Ceñido por la luz de tu memoria Y encerrado en la gracia de tu sueño, Siento el vano rumor y el vano empeño Del vano tiempo y de la vana historia.
Siento que la ilusión de que soy dueño Se me vuelve más leve y transitoria, Y que hasta el bien de la soñada gloria Me parece más pobre y más pequeño.
Porque en la carne de tus criaturas Y en la substancia de sus almas puras Vivo despierto y como nunca estoy,
Viendo a partir de sus perfectas vidas Las proporciones justas y escondidas De lo que en ellas y con ellas soy[1].
[1] Lo cito por Francisco Luis Bernárdez, Antología, selección y prólogo de Graciela Maturo, Buenos Aires, Secretaría de Cultura de la Nación / Editorial Bonum, 1994, p. 284. Mantengo la mayúscula al comienzo de cada verso.
Gregorio Reynolds (Sucre, 1882-La Paz, 1948), político y diplomático boliviano, miembro de la Academia Boliviana de la Lengua, es autor en cuya dilatada producción literaria destacan sus poemarios El cofre de Psiquis (1918) y Horas turbias (1922); en 1948, de forma póstuma, se recogieron sus Poesías escogidas[1].
Copio aquí su poema «Loa al Rey de las quimeras», que constituye una evocación conjunta de don Quijote y su creador, Miguel de Cervantes, unidos ambos en la inmortalidad de la gloria literaria:
«Para mí solo nació don Quijote, yo para él; él supo obrar, yo escribir; sólo los dos somos para en uno» (Cervantes)
Gloria a ti, gran señor, paladín fiero, loco ejemplar, divinamente humano; de Francisco de Asís eres hermano, y hermano de don Juan, el pendenciero.
Necesitan, señor aventurero, tu amparo la mujer, tu odio el villano y, eterno Rocinante, el vulgo vano tu luciente espolín de caballero.
Compendias a Jesús y a don Rodrigo de Vivar… Los poetas, cuando sales ávido de imposibles, van contigo,
porque el gran don Miguel te hizo en sus males consejero leal y buen amigo. Tú por él y él por ti sois inmortales[2].
[1] Puede verse una amplia semblanza del autor en Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, La Paz, PROINSA Industrias Gráficas, 2009, pp. 244-254.
[2] Poema incluido en Edgar Ávila Echazú, Resumen y antología de la literatura boliviana, La Paz, Gisbert y Cía., 1973, p. 438. Cito, con ligeros retoques en la puntuación, por Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, p. 255.
Óscar Cerruto (La Paz, 1912-La Paz, 1981) es uno de los grandes escritores bolivianos del siglo XX. Fue también periodista y diplomático (embajador de Bolivia en Uruguay). Su producción escrita incluye novelas, cuentos y poesía, además de trabajos ensayísticos, piezas de crítica literaria y artículos periodísticos. De entre su producción narrativa destacan sobre todo su novela social Aluvión de fuego (1935) y su magnífico libro de relatos Cerco de penumbras (1958). Publicaciones póstumas son La muerte mágica (1988) y De las profundas barrancas suben los sueños (1996). Entre sus libros de poesía se cuentan Cifra de las rosas y siete cantares (1957), Patria de sal cautiva (1958), Estrella segregada (1975), Reverso de la transparencia (1975), Cántico traspasado. Obra poética (1975) y Poesía (1985).
Acerca de su creación poética Juan Quirós había dejado escritas, ya a la altura de 1964, estas palabras:
Consagrado por la crítica del continente, Óscar Cerruto es poeta sutil, refinado y arduo que horada la imagen y se apodera de sus símbolos. Gracia, primor, raíz profunda, voz de la sangre, entraña de la tierra, signo y alquimia, mesura y sobre todo técnica, son los motivos y la realización de sus dos volúmenes de poemas: Cifra de las rosas, 1957; y Patria de sal cautiva, 1958. Óscar Cerruto constituye el exponente máximo de la poesía boliviana actual y uno de los nombres más conocidos —es también novelista y cuentista— de la literatura patria más allá de nuestras fronteras[1].
Comentaré hoy la composición de Cerruto titulada «Casa de Lope». Las palabras que este poema lleva como lema son las de la inscripción que figuraba a la entrada de la casa que Lope de Vega compró en la madrileña calle de Francos (hoy de Cervantes) para instalarse con su familia legítima a la altura de 1610: «Parva propria magna. / Magna aliena parva» («Que propio albergue es mucho, aun siendo poco, / y mucho albergue es poco, siendo ajeno», traduciría Calderón esa máxima latina en La viña del Señor). La casa le costó al Fénix 9.000 reales, esto es, el equivalente a los beneficios obtenidos por la venta de dieciocho de sus comedias, valoradas en 500 reales cada una. En esa casa de su propiedad, Lope reúne sus modestas posesiones, se entretiene cuidando su pequeño jardín y vive un ideal de aurea mediocritas, de dorada medianía. Durante veinticinco años, hasta su muerte en 1635, esta casa de la calle de Francos fue su refugio y atalaya.
El nombre de Antonia Clara, mencionado en la quinta estrofa, corresponde al de la única hija fruto de la sacrílega relación de Lope, ya sacerdote, con Marta de Nevares, que nació el 12 de agosto de 1617. En la estrofa siguiente, la mención de las Trinitarias puede remitir a dos sucesos en la vida del dramaturgo: hay que recordar, por un lado, que el 24 de enero de 1610 Lope había ingresado en la Congregación del Oratorio de las Trinitarias Descalzas. Pero aquí la alusión parece referirse más bien a otro suceso: años después, el 12 de febrero de 1622, su hija Marcela profesaría como religiosa, ingresando en el convento de las Trinitarias Descalzas con el nombre de Sor Marcela de San Félix.
Y es que, en efecto, el poema nos presenta a un Lope viejo y cansado (la voz lírica corresponde al propio escritor barroco): lágrimas, dolor, soledad, olvido, tristes presagios, afanes de muerte, miedo… En la parte final del poema, en las dos últimas estrofas, apreciamos además la inclusión motivos propios del desengaño barroco: la nada que es el hombre, con todas sus vanidades (los «Artificios del mundo», la fama que «a cumbres de fulgor» lo exalta…) frente a la grandeza y trascendencia de la divinidad («mientras Dios, que es sustancia, permanece»). Este es el texto del poema[2]:
Parva propria magna, magna aliena parva.
¿No he pisado antes este suelo? ¿No he sido yo el que ha plantado junto al brocal del pozo esa aspidistra?
Cuántas edades tiene si fue mano la de él quien le dio vida, la formó como obra de su aliento.
Calle de los Francos, todavía salobre de mis lágrimas; piedras de mis entrañas, dolidas por diligencia del agravio.
Ah vosotros fantasmas más vivos que la vida, sostenidos por su amor que os permite bullir en aposentos y braseros.
Qué solo estoy, Antonia Clara, qué amargo rey con mis memorias y este dolor por ti humillados de espinas y de olvido.
Los cuervos de la tarde graznan ya en las torres de las Trinitarias. Campanadas que la hora tiñe de presagios.
Afanes de muerte me consumen, clamo, el eco me responde y con mi propia voz me desengaña. No sangre, miedo por mis venas sangra.
Ya es noche; noche larga. Artificios del mundo, ingratitudes, menos sois que soflama de pavesa, mientras Dios, que es sustancia, permanece.
El hombre es nada, hombre solamente, aunque la fama a cumbres de fulgor lo exalte, si el vejamen del vivir todo lo iguala.
[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 205.
[2] Lo copio tal como figura en Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 224-225. Puede leerse también en Óscar Cerruto, Estrella segregada, Buenos Aires, Losada, 1973, pp. 43-45 (corresponde a la sección «Moradas»), donde varía ligeramente la distribución de los versos; y también en Óscar Cerruto, Obra poética, recopilación, introducción y notas de Mónica Velásquez Guzmán, La Paz, Plural Editores, 2007, pp. 171-172. Un comentario del poema se encuentra en Mary Carmen Molina Ergueta, «Soledad y lenguaje. Los matices. Una lectura de Estrella segregada de Óscar Cerruto», en Montserrat Fernández Murillo, Mary Carmen Molina Ergueta, Mauricio Murillo Aliaga, Mónica Velásquez Guzmán y Farit Rojas Tudela, La crítica y el poeta: Óscar Cerruto, La Paz, UMSA-Carrera de Literatura / Plural Editores, 2011, pp. 65-66.
Dado que don Luis no aparece con mucha frecuencia por esta Ínsula Barañaria, no estará de más recordarle hoy —antes de que se nos enfade…— a través del soneto-homenaje que le dedicó el poeta boliviano Franz Tamayo.
Franz Tamayo (La Paz, 1879-La Paz, 1956), que además de poeta fue político y diplomático, constituye una de las figuras centrales de la literatura boliviana del siglo XX. Entre sus obras poéticas se cuentan Odas (1898) —cuya aparición fue saludada efusivamente por Rubén Darío—, Proverbios sobre la vida, el arte y la ciencia (1905), La Prometheida o las oceánides (1917), Nuevos proverbios (1922), Proverbios sobre la vida, el arte y la ciencia, fascículo segundo (1924), Nuevos rubayat (1927), Scherzos (1932), Scopas (1939) y Epigramas griegos (1945). Su obra puede adscribirse, en líneas generales, al Modernismo: «Es la poesía rara de un indio griego», escribe Juan Quirós[1], quien nos recuerda además el que fuera su lema —hermoso lema, ciertamente— en el terreno de la creación literaria: «La obra de belleza es para siempre».
Y este es el texto —creo que no muy conocido— de su «Soneto en honor de don Luis de Góngora y Argote»:
Gran Don Luis, la rosa ha florecido en vuestras manos de oriental orífice; a un pagano donaire de pontífice el garbo unís de príncipe garrido.
Ya Galatea y Tisbe os han sonreído cual dos estatuas a su amante artífice. Ya por siempre el canoro dios munífice guardará vuestras rosas del olvido.
Indaga el peregrino apasionado vuestra morada de cruzado moro en el país lejano de Eldorado;
y una ciudad señala el dios canoro donde en Alhambras de cristal calado alza la gloria sus Giraldas de oro[2].
[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 41.
[2] Tomo el texto de Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, p. 52, con un ligero retoque en la puntuación (el verso 2 se cierra ahí con un punto tras orífice).