Los «Cuentos de vacaciones» de Ramón y Cajal: valoración final

Cuentos de vacaciones, de Ramón y CajalEn todos los relatos de Ramón y Cajal incluidos en Cuentos de vacaciones (Madrid, Imprenta de Fortanet, 1905[1]), que he ido examinando en sucesivas entradas, apenas hay acción. Con frecuencia la narración se convierte en mero vehículo para la exposición de ideas y temas próximos al ensayo, con notas que consiguen literaturizarla vagamente. Los personajes encarnan ideas, son portavoces de una tesis y, a veces, encuentran la antítesis encarnada en otro personaje. Los contenidos se expresan a través de continuas digresiones y largos parlamentos, que entorpecen el normal desarrollo de la acción narrativa. El común denominador de los pensamientos del autor así transmitidos es una visión optimista de la ciencia y una defensa de lo racional (frente a creencias irracionales y supercherías religiosas), que debe iluminar y hacer avanzar al hombre y a la sociedad. Ese objetivo quizá no se logre en un plazo de tiempo corto, pero Ramón y Cajal manifiesta su confianza de que se alcanzará en el porvenir.

El rasgo estilístico más destacado sería el empleo de una onomástica y toponimia elocuentes: el conflictivo pueblo donde el fabricante de honradez quiere experimentar su vacuna moral es Villabronca; ese hipnólogo, que tiene grandes proyectos, se llama Alejandro Mirahonda (y es Mirahonda, también, por ser hipnólogo); las localidades donde vive el hidalgo padre de Inés, en «La casa maldita», son Rivalta y Villaencumbrada; el hombre natural del último relato, con grandes ideales, se apellida Miralta, en tanto que su amigo tradicionalista tiene el pomposo y significativo nombre de don Esperaindeo Carcabuey; un sacerdote que escudriña en las conciencias de sus parroquianos se llama Padre Zahorí, etc.

Ciertamente, la calidad de estas cinco narraciones no es demasiado alta, pero sin duda ofrecen un considerable interés: estos relatos, además de ser las distracciones literarias de un excepcional hombre de ciencia, nos revelan algunas de las ideas nucleares de su pensamiento, manifestadas a través de la expresión literaria, que —una vez más— mezcla «lo útil» de la enseñanza (contenido) con «lo dulce» del envoltorio (forma), según el desideratum clásico del «deleitar aprovechando» (el horaciano delectare et prodesse). Y es que, como tantos otros médicos humanistas, don Santiago Ramón y Cajal también sintió la seductora atracción de la literatura y quiso utilizarla ancilarmente como vehículo de su ideario.Ciencia yCienci


[1] Hay varias ediciones modernas. Manejo la 4.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1955.

«El Niño divino (villancico de Navidad)» de Manuel Machado

El poema navideño de hoy nos lo brinda Manuel Machado. Se titula «El Niño divino (villancico de Navidad)» y canta en estilo sencillo y popular (versos octosílabos con repetición de un estribillo, empleo de diminutivos afectivos, etc.) el doble sentimiento que suscita el nacimiento del Niño Jesús, que ríe y llora al mismo tiempo en el pesebre: de un lado, la alegría (risa), porque su venida al mundo trae la salvación al género humano; pero, al mismo tiempo, la tristeza (llanto) que provoca su desvalimiento en el Portal de Belén, el cual anticipa además los futuros sufrimientos de su Pasión y Muerte redentora en la Cruz («Cuando el niño sea un hombre / lo llevarán al Calvario…)»:

Niño Jesús en el pesebre

De llanto y risa,
de risa y llanto.

Venid a ver el infante
que ha nacido en el establo,
que por ser Rey en los Cielos
no quiso en tierra  palacios.

Es el niño más bonito
que nunca vieron humanos…
En la boquita y los ojos
tiene un indecible encanto,

de llanto y risa,
de risa y llanto. 

Para que no sienta el frío
del mundo donde ha llegado,
una mulita y un buey
su aliento le están echando.

Tiene por lecho las pajas,
por techo el cielo estrellado…
De una claridad sublime,
tiene el semblante bañado…

de llanto y risa,
de risa y llanto. 

Cuando el niño sea un hombre
lo llevarán al Calvario…
Pero su Padre Divino
lo arrebatará en sus brazos…

Como a la par llora y ríe,
al mover de uno a otro lado
la cabecita, en el aire
traza del Iris el arco…

de llanto y risa,
de risa y llanto[1].


[1] Tomo el texto de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 101-102.

Ramón y Cajal, cuentista: «El hombre natural y el hombre artificial»

El quinto y último relato de los Cuentos de vacaciones (1905)[1] de Santiago Ramón y Cajal es «El hombre natural y el hombre artificial» (pp. 207-289), que refiere en su primera parte el encuentro en París de Jaime Miralta, ingeniero español, y don Esperaindeo Carcabuey, barón del Vellocino, que ha sido educado en «el veneno de la intransigencia religiosa» (p. 209). Nótese la onomástica elocuente al nombrar a los personajes, como sucede en otros relatos del volumen. Carcabuey pide ayuda a su amigo, porque se considera un «no yo», «una pobre víctima de la mala educación» (p. 209), un hombre artificial, sumamente dócil, que execra la razón: «católico por sugestión y costumbre, ultramontano por imposición, procaz e intemperante por imitación y orador retórico y florido por recetas» (p. 217).

Santiago Ramón y CajalPara ayudarle a salir del error y el parasitismo, en la segunda parte Jaime le resume su vida —con claras reminiscencias autobiográficas del autor—, que le servirá como lección y camino: hijo de campesinos, trabajó desde joven como zagal, en el campo. «Desde entonces —explica— mi vida y mi pensamiento se modelaron con la bravía Naturaleza» (p. 237). Ya de niño sintió el afán de la ciencia, de la búsqueda de la verdad. El maestro, que vio sus buenas disposiciones, le enseñó a explorar la realidad, inculcándole el gusto por la Naturaleza; con su observación, la memoria organizada y el espíritu crítico se fueron desarrollando en él. El maestro le da varios consejos: «Sé, no los demás»; «Jamás olvides que tus talentos no valen sino por la sociedad y para la sociedad»; «Esculpe tu cerebro, el único tesoro que posees». Aunque ello le supone renunciar a la pensión que cobra, abandona sus estudios en el Seminario, dominados por «las tinieblas de la teología dogmática», y se convierte en un self made man: cursa la carrera de Ingeniero y la de Ciencias; emprende trabajos científicos e inventa varias máquinas eléctricas y radiográficas (en España no le harán caso, pero sí en París, aunque no por ello dejará de amar a su patria). Jaime cree en la inmortalidad a través de las ideas y desea «ensanchar la geografía moral de la raza» (p. 286). Esperaindeo acepta el cargo de secretario que le ofrece Jaime, quien vive recogido «en la tranquila playa de la ciencia y de la industria». Y concluye el relato con un mensaje esperanzador para el futuro:

Laboremos, pues, en él [el mundo de la ciencia], puesto que en él se nos permite discurrir libremente. Los apóstoles de la justicia serán oídos más adelante, cuando la ciencia omnipotente haya iluminado todos los antros y sinuosidades de la Naturaleza y del espíritu (p. 289).


[1] Cito por la 4.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1955.

«Por atajos y veredas», de Federico Muelas

Federico Muelas (Cuenca, 1910-Madrid, 1974) fue farmacéutico de profesión. Fundó la revista El Bergantín, pero más tarde escapó de la vida literaria para dedicarse a la creación personal, publicando obras como las tituladas Rodando en tu silencio (1964), Los villancicos de mi catedral (1967) o Cuenca en volandas (1967). Fue Muelas un escritor que se acercó repetidas veces en sus versos al tema navideño.

Copio aquí para este día de Año Nuevo (festividad de Santa María, Madre de Dios) su composición «Por atajos y veredas», que da entrada a algunas metáforas que son verdaderos aciertos expresivos («Gusanicos de luz pura / le brillan entre los dedos», «Los yunques de la fatiga / martilleaban su pecho»…). Cabe destacar además la personificación de ese Viento-Centauro que dialoga con San José (que no llega a tiempo a Belén para el Santo Parto), y que lo transporta en sus lomos por las nubes «con sus luceros», lo que llega a poner en duda a los Magos de Oriente sobre cuál sea la estrella que deben seguir…

Portal de Belén

El texto completo del poema dice así:

Por atajos y veredas
vuelve el Santo Carpintero.
Gusanicos de luz pura
le brillan entre los dedos.

A la mitad del camino
sentose junto al sendero.
Los yunques de la fatiga
martilleaban su pecho.
—¡Ay, que pronto vendrá el día
y dar un paso no puedo!

Corriendo a todo correr
llegó el Centauro del Viento.
—No llores, José, no llores,
que alas en los cascos tengo.
Acomódate en mi lomo,
que aunque Belén está lejos,
en un cerrar y abrir de ojos
hasta sus puertas te llevo.

Por las nubes galopaba
San José con sus luceros.
¡Qué envidia dio aquella noche
a los cometas del cielo!

Los Reyes Magos de Oriente
vacilan en el desierto…
¡Son demasiadas estrellas
guías en el firmamento!

(Desde aquella noche, piensan
en Noel algunos pueblos.)[1]


[1] Tomo el texto de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 100-101.