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Acerca de insulabaranaria

Soy Catedrático acreditado de Literatura española, investigador y Secretario del Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra (Pamplona), Secretario del Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA, Madrid / Nueva York) y Secretario de la Asociación de Cervantistas. También correspondiente en España de la Academia Boliviana de la Lengua. Mis principales líneas de investigación se centran en la literatura española del Siglo de Oro: comedia burlesca, autos sacramentales de Calderón, Cervantes y las recreaciones quijotescas y cervantinas, piezas teatrales sobre la guerra de Arauco, etc. También me he interesado por la literatura virreinal (en especial la de ámbito chileno), la literatura española moderna y contemporánea (drama histórico y novela histórica del Romanticismo español, novela de la guerra civil, cuento español del siglo XX…) y la historia literaria de Navarra.

Lope de Vega y las dádivas del duque de Sessa

Ese corte de seda al que aludía en la entrada anterior es uno de los muchos regalos que el poeta recibe del duque, solicitados o enviados por propia iniciativa[1]. No debe extrañar que en una sociedad muy distinta a la de consumo del siglo XXI unos metros de tela o unos litros de aceite tengan su importancia, y se agradezcan a la vez que un beneficio de capellán o un nombramiento para cargos retribuidos.

Casulla

Lope, en distintas cartas, pide a Sessa una casulla nueva para estrenar en Pascua; agradece el envío de una caja de dulces; pide, «en vez de la seda para calzones y jubón», «diez varas de tirela para una ropa a mi hija, digo nueve y media, y 150 varas de pasamanos»; parodia una poesía de Góngora para reclamar al duque aceite de Andalucía («¡Ay, que al duque le pido / aceite andaluz! / Pues no me le envía, / cenaré sin luz»); agradece el cargo de procurador fiscal de la Cámara Apostólica que ha conseguido por intercesión del duque; y solicita en diciembre de 1621 ayuda para la dote de su hija Marcela, que quiere profesar de monja en las Trinitarias:

Marcela, mi hija, me ha dicho con lágrimas los muchos deseos que ha tenido siempre de consagrarse a Dios, pero que ha de ser tan de veras, que como se quiere desnudar de cuanto es mundo, quiere también descalzarse. Yo he hecho tratar con las religiosas trinitarias su propósito, y ellas, encomendándolo a Nuestro Señor, la reciben. Soy tan pobre como Vuestra Excelencia sabe, pues si no me hubiera socorrido, no viviera, culpa de mi Fortuna u de mi ignorancia. No puedo darle lo que me piden si no me ayuda y favorece Vuestra Excelencia con los mil ducados prometidos, ni me atreviera a suplicarle los asegurara, a no le haber hecho su majestad merced de esa encomienda, donde por ventura tienen parte algunas oraciones y sacrificios. Para Pascua u después queda concertado, y ellas se contentan por afición de entrambos con ese dote, que lo que es ajuar y propinas, con otras circunstancias que llegarán a tres mil reales, yo quiero dárselos, y ojalá que pudiera todo, por excusar a Vuestra Excelencia deste cuidado cuando tiene tantos. Hase de hacer escritura el día que entre para el que haga profesión, que es tiempo de un año. Si Vuestra Excelencia, señor mío, quiere hacerme este bien, podrá en dos tercios señalados en sus alimentos, u donde tuviere gusto, para que desde el año de 22 al de 23 esté cobrado, y ella quede a ser capellana toda su vida a Vuestra Excelencia y del conde mi señor; que bien creo que lo sabrá hacer quien ofrece a Dios dieciséis años, ni feos ni necios, y a tanta descalcez y penitencia, cuando las doncellas deste tiempo se inclinan a otros regalos. Alberto de Ávila tratará esto a boca con Vuestra Excelencia, que yo no me atrevo, por no obligarle con mi presencia a que no haga su gusto. En cuya cabeza se puede hacer la escritura o traer el desengaño, que después de lo que se pide, es el mayor beneficio; por el cual, Excelentísimo Señor, celebraré mientras viviere el nombre, la grandeza, la piedad y el valor de Vuestra Excelencia, tan hijo de su ilustrísima ascendencia y sangre. Y Dios pagará a Vuestra Excelencia esta limosna hecha a un hombre de bien y a una doncella güérfana, con la vida larga y aumentos de estado que Él puede y todos le deseamos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«La amiga del Rey» de Eduardo Galán (5)

Retrato ecuestre de conde-duque de Olivares, por VelázquezComo ya anticipaba en una entrada anterior, Eduardo Galán carga las tintas en el retrato de Olivares, presentado como un alcahuete del rey: él es quien le proporciona amigas para distraerlo y poder gobernar a su antojo, enriqueciéndose sin tasa y alimentando su desmedida ambición de poder. Pronto comienzan a acumularse los adjetivos negativos, que le aplican todos los personajes. Doña Elvira lo califica de «ladino», y el embajador francés indica: «Te digo que distrae al rey con amigas y cacerías para mantenerle ignorante de sus planes» (p. 42; cfr. también las pp. p. 65, 67 y 87: «es el Valido quien, como buena alcahueta, le celestinea damas, mancebas y mujercillas de toda condición», confirma Madre Apolonia)[1]. El pueblo le llama rufián y sinvergüenza, don Diego ve en él un «fullero malnacido» y un «rufián» (pp. 50 y 51)… Sus robos y su ambición desmedida (pp. 83 y 84) auguran un mal final para el valido; cuando don Diego se lamenta: «Olivares sólo busca enriquecerse a costa de nosotros. Y a fe, que acabará amasando una fortuna inmensa. ¿Quién podrá detener su ambición si él gobierna sin temor a perder su Privanza?», responde Luzmán: «Algún día perderá el poder, señor. Y ese día habrá justicia. ¡Vive Dios!» (p. 84). También la reina doña Isabel manifiesta sus quejas a Madre Apolonia:

¡Olivares, siempre Olivares! ¡Ha urdido tal red de intereses y negocios entre los Grandes de España y los Capitanes Generales que nadie se atreve a discutir su privanza!» (p. 87). Y más adelante se repite el mismo lamento: «¡Olivares! ¡Siempre Olivares! (p. 94).

El rey es el único que lo aprecia (cree que es «extremadamente trabajador y honesto», p. 94), sin darse cuenta, como todos los demás, de que ha adquirido bienes y fincas sin cuento a costa del erario público. Por eso Luzmán insiste en calificarlo como «el mayor rufián de estos reinos» (p. 108). El Conde-Duque protege a los judíos a cambio del dinero de sus banqueros lisboetas: pero saben que su protección es ficticia, pues en cuanto dejen de proporcionárselo, los mandará a la cárcel o a la hoguera. Respecto a sus manejos diplomáticos, se dice de él que es un «maestro de emboscadas» (p. 119), capaz de mantener un doble juego con Inglaterra y Francia a cambio, claro, de poner en peligro la estabilidad y los intereses de España. Don Diego previene a Luzmán: «Desconfía de Olivares, pues sólo la sed de poder y la ambición de gobernar eternamente sin temor a caer le mueve a obrar sin conciencia ni sentido del deber» (p. 119). Como vemos, su figura queda reducida a la de alcahuete del rey, desvergonzado y pícaro ladrón, y político caracterizado por su doblez. Acierta Fernández Insuela al comentar que su función es similar a la de Pepe el romano en La casa de Bernarda Alba: en ningún momento está presente en escena, pero su figura condiciona el comportamiento de todos los demás personajes.


[1] Cito por Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

Lope de Vega, alcahuete del duque de Sessa (2)

Las tercerías de Lope le provocarán un grave dilema cuando se ordena sacerdote, y el confesor le niega la absolución si sigue prestándose a semejante oficio[1]. En el verano de 1614, probablemente, escribe una carta bastante patética en la que se muestra preocupado por la negativa del confesor y suplica al duque que lo releve de ocupaciones semejantes, lo que no parece complacer a Sessa:

Yo hablé a aquella persona, Señor Excelentísimo, y me dijo resueltamente buscase otro confesor con tanta cólera como si le hubiera dicho que fuera hereje: suplico a Vuestra Excelencia no crea de mí que por menos rigor dejara de serville: para prueba desta verdad lo será el mandarme cosas que no excedan de mi propósito, que la misma sangre de mis venas es corto encarecimiento. […]

Este papel había escrito a Vuestra Excelencia, que viendo el suyo, que me dieron partiéndome con este fraile sobrino mío a acompañarle, le vuelvo a suplicar a Vuestra Excelencia, por la sangre que Dios derramó en la cruz, no me mande que en esto le ofenda, ni le parezca que es pequeño pecado haber yo sido el conservador desta amistad, y causa de que mi señora la duquesa pierda ahora a Vuestra Excelencia por tanto tiempo como propone ausentarse, que es rigor grande que me escriba que hago mi gusto: yo no hago sino el de Dios; y si esto es sin duda, será también el de Vuestra Excelencia. Esta palabra le di en mi confesión general: lo más tiene conquistado Vuestra Excelencia; no me ha menester a mí, a quien yo he servido de día y de noche en todo lo que Vuestra Excelencia me ha mandado, sin acudir a mí mismo, por no faltar un punto a su gusto. […] Yo no he engañado a Vuestra Excelencia, que ha muchos días que le dije la causa, y éstos no son escrúpulos, sino pecados, para no hallar la gracia de Dios, que es lo que yo agora deseo. Vuestra Excelencia lo mire, por Dios y por su Santísima Madre, como príncipe cristiano y señor tan generoso, y me perdone si en esto no le sirvo, que Vuestra Excelencia no aventura nada, y yo, el estar en pecado, siendo causa de que se hagan muchos.

El final de la carta, aún más triste, se refiere a un corte de seda que Lope finge rechazar, pues no ha cumplido los encargos del duque, aunque subraya que Bermúdez, administrador de Sessa, le ha traído la mitad de lo que decía, y en todo caso se guarda la tela hasta que el duque disponga, sin duda con la esperanza de quedársela:

Bermúdez, contra mi voluntad, envió aquí no sé qué seda, aunque no la mitad de lo que él decía; Vuestra Excelencia vea a quién quiere que se dé que la merezca mejor que yo, pues yo no le he servido como quisiera. Guarde Dios a Vuestra Excelencia muchos años.

Seda

[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«La amiga del Rey» de Eduardo Galán (4)

Isabel de Borbón, por VelázquezEn esta pieza dramática de Eduardo Galán, del personaje de la reina Isabel de Borbón también se destaca su belleza (así lo hacen Madre Apolonia y Polilla). Sin embargo, frente a la vitalista Calderona, la francesa es una mujer embargada por la tristeza, ya que no consigue dar un hijo varón al rey. Madre Apolonia comenta que es «generosa y austera, como nuestro pueblo» (p. 55)[1]. Su dama doña Elvira se sorprende de que no tenga amigos o admiradores secretos, pero ella no imita al rey en sus devaneos: «Una reina está obligada a ser esposa fiel y madre ejemplar» (p. 90). Al final del primer acto se rebela tímidamente, trazando un plan para que don Felipe, como rey y como esposo, regrese a Palacio; y al comienzo del siguiente se apresta a jugar sus bazas. Se viste y adorna para estar lo más seductora posible; quiere lucir su belleza en la fiesta de toros para que el rey la desee y pase esa noche, que es el aniversario de sus bodas, con ella. Pero su habilidad no es tanta como la de la cómica, y fracasará en su intento de manejarlo. Por otra parte, no solo como mujer, sino también como soberana es más responsable que Felipe IV, y así lo demuestra al preparar un decreto para que los gobernadores hagan un inventario de los bienes que poseen al comenzar un mandato, de forma que luego se pueda comprobar si se han enriquecido indebidamente[2].


[1] Cito por Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

[2] El carácter de los hombres no cambia con el paso del tiempo, y aquí podemos ver referencias claras a la realidad española actual.

Lope de Vega, alcahuete del duque de Sessa (1)

En casa de la alcahueta, de Jan Vermeer

Lope atiende a su papel de alcahuete de los amores del duque, sobre los que graceja en sus cartas sin eludir la alusión obscena, aconseja estrategias y comenta episodios de estas aventuras de su patrón sobre todo con la llamada Flora y la llamada Jacinta, principal de las amantes de Sessa en el epistolario[1]. En abril de 1614 el duque había roto con Flora, a la que Lope califica de culebra engañosa de la que es mejor huir. Para esa fuga ayuda la nueva pasión del duque por la llamada Jacinta («gracias a Dios y a Jacinta / que nos puso en salvamento»), pasión que no ha de ser precisamente platónica, según recomienda Lope, sino un placer sin mayores compromisos, porque mucho más no cabe esperar de las mujeres

Crea al hombre del mundo que más le adora y estima, y destas cosas no la haga mayor que para lo que ellas son, que no importa nada que sea puerta ni puerto el padre de lo que tiene entre las piernas Jacinta, pues Vuestra Excelencia no lo quiere más de para encajar en el quicio de esa puerta su excelentísimo carabajal, y acabado esto, todo es arrepentimiento y quejas, y por ventura odios y venganzas. Quien esto considera con maduro juicio no hace del gusto disgusto, ni va por la posta en este deleite, sino en silla de borrenes, con más descansado asiento que ellas le tienen en su almohada, donde con sus amigas viejas o mozas no se trata más que del desollamiento de un galán, si alto, por los diamantes, si bajo, por los servicios personales, etcétera (enero-febrero de 1616).

El tono desvergonzado no ahorra la crueldad; así, cuando muere el marido de Jacinta, dejando la vía libre sin preocupaciones al duque, Lope le escribe (septiembre-octubre de 1614):

Deseaba hallar camino por donde dar el pésame a Vuestra Excelencia de la muerte deste caballero que Dios tiene, y no se me había ofrecido hasta que esta carta de su majestad usó conmigo de piedad, como si fuera la del Cielo. Realmente, señor, que si hallara a Jacinta y a Vuestra Excelencia, que no sé a cuál de los dos se le diera con mayor sentimiento: ¿hay tal retirarse del mundo, hay tal viudez, hay tal encerramiento? ¿Cuál de los dos ha enviudado, vos o Jacinta, señor?, que siendo uno mismo Amor, será uno mismo el cuidado. Pero yo no pongo duda de que quedastes los dos tan juntos, que seréis vos la mitad de la vïuda. Señor, dígame Vuestra Excelencia: ¿para qué le fuera bueno un hombre que le dio tantos celos? Pero como es tan discreto Vuestra Excelencia, débele de haber pesado que le quiten la dificultad al gusto, porque suele ser la que los hace mayores; y agora que el de Vuestra Excelencia queda solo en la estacada, ¿quién duda que le ha de parecer que sin contradicción, que sin celos, se ha de cansar presto de la abundancia? Que un mismo mantenimiento cansa el gusto, aunque él sea por sí mismo precioso. ¡Alegre Vuestra Excelencia esa cara, por Dios! Cosas son que Él hace; no era tanto lo que él amaba a Vuestra Excelencia que le merezca esta tristeza; consuélese Vuestra Excelencia con que lo debe de estar Jacinta, aunque todas se consuelan fácilmente, y advierta que no ha tenido suceso de hombre dichoso tan feliz como éste después que nació Duque de Sessa, porque si se quiere holgar, nadie se lo impide; y si holgándose mucho ha de cansarse, ¿qué mayor dicha que estarlo para no vivir con el cuidado que solía? Dios, finalmente, haya dado a los difuntos descanso, y a los vivos tenga de su mano piadosa. Amén.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«La amiga del Rey» de Eduardo Galán (3)

Además de por su comportamiento general, en la obra de Eduardo Galán Felipe IV queda caricaturizado en varios pasajes concretos como un rey cómico, propio de una comedia burlesca del Siglo de Oro. Recordemos, por ejemplo, el momento en que declama unos ridículos versos con rimas esdrújulas, que la Calderona califica de «latinicultos y cultiparlantes». Otro aspecto que le degrada es la ridícula comparación con Juan Rana, un actor de la época especializado en papeles cómicos. Más tarde Luzmán parodia su muletilla preferida «Soy el rey», etc.

María Calderón, la CalderonaEnorme importancia adquiere el personaje de la Calderona, hasta el punto de ser el que, perifrásticamente, da título a la obra: ella, la Calderona, es «la amiga del Rey» (condición de la que se jacta orgullosa en su parlamento final; cfr. infra). Hay que tener en cuenta que en la lengua clásica, la palabra amiga era polisémica y, además de significar ‘compañera en una relación de amistad’, valía ‘amante, manceba, concubina’ (cfr. las menciones de la expresión «amiga del rey» en las pp. 57, 63, 90, 100, 118 y 134)[1]. Los primeros elogios de la dama están puestos en boca de don Diego y de Luzmán, que la admiran como actriz y como mujer («¡Qué prodigio de hembra, don Diego!», p. 52). Es su diálogo el que informa al espectador, en una de las primeras escenas, de que el rey se ha encaprichado de ella y desea verla en la casa de conversación de don Lope.

Frente al carácter tiránico y despótico del rey, ella intentará mostrar y hacer valer su independencia: «Y Vos [veréis] cómo una mujer decide cuándo y con quién se complace de amores» (p. 64). Con habilidad logra llevar la iniciativa de la relación, juega con el rey y retrasa una semana el entregarse físicamente a él pretextando que le ha venido a visitar el nuncio (‘la menstruación’). También se muestra valiente al anunciar que intercederá por los judíos, prevaliéndose de su estima con el monarca (que ha crecido al quedar embarazada): «Fuera de escena no finjo sentimientos jamás» (p. 106), explica a don Diego.

También se nos informa de que la Calderona es adorada por el pueblo de Madrid, que la aclama al verla en el balconcillo de la Plaza Mayor rivalizando con la reina. Ella sigue jugando sus armas: en ese episodio de la fiesta de los toros, la Calderona da un pañuelo verde (el color que significa ‘esperanza’, tanto en el Siglo de Oro como en nuestros días) al capitán Polilla, porque sabe que eso pondrá celoso al rey y que los celos acrecientan los amores. Si Felipe IV pregona continuamente: «¡Yo soy el rey!», ella podrá igualmente blasonar: «¡Soy la Calderona!» (p. 101). Al final quedará derrotada y resignada, pues el rey afirma categórico que no va a reconocer a su hijo, sino que lo inscribirá, cuando nazca, como «hijo de la tierra». Ahora su suerte está echada: el rey destierra a los cómicos y a ella la manda a un convento; y la obra concluye con un pasaje efectista[2], en el que Eduardo Galán le concede la última réplica para que pueda rebelarse y desafiar a la autoridad regia, por lo menos de palabra, con el siguiente alegato:

Ved que me estáis quitando hasta mi nombre y mi voz. Ayer los aplausos del público me ensalzaban y las gentes gritaban a coro mi nombre. Mañana trocaré vestidos de cómica por hábito de monja, mudaré de nombre, pero con la cabeza bien alta, pues sólo yo, María Calderón, la Calderona, he sido y seré siempre ¡la amiga del Rey! (p. 134).


[1] Cito por Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

[2] Este final tiene algo de decimonónico, por su efectividad romántica; y también de comedia aurisecular, pues en los ultílogos se solía recordar, como se hace aquí, el título de la comedia representada.

Lope de Vega y sus cartas con el duque de Sessa

El tono familiar que se permite muchas veces Lope en estas cartas personales dirigidas al de Sessa deriva hacia lo obsceno y el chiste grotesco[1]. Así, no se recata en contar alguna aventura, ya antigua cuando escribe en octubre de 1611:

… llegando yo mozuelo a Lisboa, cuando la jornada de Ingalaterra, se apasionó una cortesana de mis partes, y yo la visité lo menos honestamente que pude. Dábale unos escudillos, reliquias tristes de los que había sacado de Madrid a una vieja madre que tenía; la cual, con un melindre entre puto y grave, me dijo así: «No me pago cuando me güelgo.»

Lope de Vega, Cartas sobre Amarilis

Con algo más de contención, aunque sin ocultar la índole de sus relaciones, comenta sus amores con Amarilis, Marta de Nevares, loando la belleza de sus piernas (carta de febrero-marzo de 1617); el gusto de la reconciliación de los amantes tras el enojo («El enojo en los amantes es tempestad de verano, que llevando las escorias de las calles, dejan el lugar más fresco. Con todo eso, no por los gustos de las paces querría los pesares de los enojos, y como de muchos actos se hace un hábito, así de muchas pendencias algún odio», mayo de 1617); o las ansiedades de la pasión:

Verdad es que Amarilis me ha hecho algunas visitas, con cuyo consuelo (que al parecer de Vuestra Excelencia no le hay mayor) he pasado una sed insaciable, que es lo que más me ha atormentado, y templado la de verla, que es lo que más me podía atormentar (junio de 1617).


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«La amiga del Rey» de Eduardo Galán (2)

Felipe IV, por VelázquezEl retrato de los personajes constituye uno de los puntos más interesantes de La amiga del Rey. Eduardo Galán nos presenta negativamente a Felipe IV, mal esposo y mal rey. Es un monarca obsesionado con el sexo, autoritario solo con los inferiores, tiránico con los débiles, incapaz de emplear su energía para mejorar la caótica situación de su arruinado país. Cegado por la pasión, con María Calderón emplea un lenguaje casi obsceno, que revela que en ella no busca amor, sino tan solo la satisfacción del deseo carnal: «Y tú, prepárate, porque vas a comprobar cómo el rey sacia de amor y placeres a una mujer» (p. 64)[1]. Su comportamiento roza lo sádico, pues en los dos meses que dura la pasión con la cómica la trata sin miramientos (sus golpes le causan varios moratones, y ella misma se quejará: «Esto ni es amor ni es placer»). Con su esposa es capaz de emplear un lenguaje más cortesano, pero tiene la indelicadeza de reconocer delante de ella que desea a la cómica y que prefiere sus «caderas» y «tetas». Es, por supuesto, una persona posesiva («¡Eres mía y sólo mía!», grita a la Calderona, p. 115), celosa (cfr. los comentarios de don Diego y la cómica) e iracunda: cuando sorprende a Polilla abrazando a María, estalla su cólera y abofetea al capitán (p. 109). Para humillar a la reina, dispone que actué en Palacio su rival; la Calderona trata de oponerse pero, como otras veces, ha de someterse a los caprichos del superior: «¡Soy el rey!» (p. 92), «En Palacio mando yo» (p. 116), «¡Lo digo yo y basta!» (p. 121) son las frases favoritas de Felipe IV para hacer cumplir su voluntad, y no tiene más argumentos.

Lo peor de este comportamiento liviano del monarca es que le aparta del ejercicio del poder. En un determinado momento se comenta que lleva quince días sin recibir al embajador francés, ya que ha permanecido fuera de palacio por «Asuntos de mujeres»[2]. Cuando la reina Isabel lo reclame a su lado, responderá: «Me iré con quienquiera y en cualquier lugar me mostraré en compañía de damas, cortesanas o mancebas. (Soberbio.) ¡Que soy el Rey, vive Dios!» (p. 92). Él exige a su bella esposa obediencia y sumisión, pero no tendrá reparo en exhibir a la cómica en un balcón de la Plaza Mayor, aunque sabe que mancilla el honor de doña Isabel y que degrada su propia dignidad real. La reina le pide que, si no puede dejar a sus amantes, se ocupe al menos de los asuntos de gobierno, porque el pueblo murmura, y la única respuesta que se le ocurre consiste en amenazar con cortar las cabezas a todos. Insiste la reina tratando de hacerle ver que, si no a ella, deberá rendir cuentas ante Dios, y de nuevo el monarca no sabe salir de su eterna cantinela: «¿Es que no soy el rey?». Así las cosas, a la hermosa francesa no le queda más remedio que reconocer, resignada y dolida: «Con razón dicen las gentes que en las Españas reina un conde y desgobierna un rey» (p. 96).


[1] Cito por Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

[2] Aquí se imbrican magníficamente los ámbitos de lo público y lo privado: sus amoríos con la Calderona, al tiempo que le apartan de su esposa, le impiden recibir al embajador francés Jean Pierre du Fargis.

«El grito silencioso», un relato sanferminero de Jesús Carlos Gómez Martínez

Tres elementos claves en la producción literaria de Jesús Carlos Gómez Martínez son la fantasía, el humor y el tema sanferminero. Baste recordar, en este sentido, sus libros Sanfermines forever, publicado en 1995, o La historia secreta de los kilikis de Pamplona, del año 2001. En esta ocasión quiero comentar uno de sus relatos sanfermineros, «El grito silencioso», que el autor recogió en dos recopilaciones de sus cuentos: Actos de amor ingrato, recopilación de 1993 (el relato ocupa las pp. 11-16), y también en Capricho de faraones, de 1995 (aquí figura en las pp. 55-59).

«El grito silencioso», que va encabezado por una cita de Fenelón: «El verdadero valor consiste en prever todos los peligros y despreciarlos», fue Primer Premio Internacional «Ayuntamiento de Carreño» (Asturias, 1988). Se trata de un relato en tercera persona sobre Javier, experto corredor del encierro de Pamplona. Una gitana le ha vaticinado: «Estos sanfermines te va a matar un toro». A pesar del vaticinio, ha visto a un toro negro que le incita a correr. Presiente que algo no será igual en esa mañana. «Hoy, el miedo fracasará de nuevo» (p. 15). Al final, Javier cae ante el toro Facineroso y los gritos de la gente anuncian su muerte: «Su pensamiento último es para el grito más sentido, que nunca podrá oír» (p. 16), es decir, el de su madre, a la que ya no podrá telefonear para tranquilizarla, como hacía siempre al acabar la carrera.

Cogida en el encierro de San Fermín

La frase corta, impresionista, logra transmitir acertadamente la emoción y la tensión del encierro. El relato tiene también cierto tono de artículo periodístico.

«La amiga del Rey» de Eduardo Galán (1)

La amiga del Rey, de Eduardo Galán FontEn esta comedia en dos actos, escrita en solitario por Eduardo Galán[1], el fondo histórico tiene mucho mayor peso; la acción se ambienta en primavera de 1628. Felipe IV está casado con Isabel de Borbón, hermana de Luis XIII de Francia. España vive sumida en la miseria y la corrupción, bajo el poder del valido, el conde-duque de Olivares. Felipe IV, despreocupado de las tareas de gobierno, se dedica a ganarse el calificativo de «el rey galante», con que fue conocido, siendo una de sus últimas conquistas la actriz María Inés Calderón, apodada «la Calderona». Fruto de su relación con ella nacerá un hijo, Juan de Austria, en 1629, que sería reconocido varios años después, en 1642. La actriz fue encerrada en un convento del valle de Utande, en la Alcarria, donde llegó a ser abadesa. Todos estos datos históricos los recoge la comedia y puede afirmarse que, en conjunto, el autor consigue un alto grado de veracidad, resultando patente el esfuerzo de documentación llevado a cabo. Eso sí, en su interpretación de los hechos Eduardo Galán carga las tintas en el retrato negativo de Olivares —verdadero protagonista ausente de la obra—, lo mismo que en el del monarca, como veremos.

Como recuerda Fernández Insuela, la obra fue redactada entre noviembre de 1993 y abril de 1994 y obtuvo el Premio «García Enrique Llovet» de la Excelentísima Diputación Provincial de Málaga correspondiente a ese año 1994. El mencionado crítico habla de la «notable complejidad y riqueza temáticas» de la pieza, por la imbricación en ella de un doble plano, el de lo público y el de lo privado, en las relaciones de los personajes: entre el rey y la actriz se abre el foso de la diferencia de clases, a lo que hay que añadir el hecho de que él sea casado. Pero, además de esa relación entre Felipe IV y la Calderona, hay otras acciones dramáticas, secundarias aunque conexas entre sí, que llegan a hacer sombra a la principal por su alto interés dramático. Desde el punto de vista estructural, cabe destacar la importancia de la última escena, que Fernández Insuela califica como «de auténtica maestría compositiva» (p. 23): basada en la técnica del «teatro dentro del teatro», la mezcla de ficción y realidad es completa, y en ella se decide el destino de la protagonista, que queda derrotada en sus objetivos, pero vencedora en su lucha por la dignidad personal. Otros aspectos generales que deberíamos destacar son la soltura de los diálogos y el sabio aprovechamiento de la cultura aurisecular (no solo la literatura, también las costumbres, la «intrahistoria» del periodo en que la pieza se ambienta), perfectamente asimilada por el dramaturgo. Un buen ejemplo es la construcción del personaje de Madre Apolonia, claro homenaje a la Celestina (cfr., por ejemplo, la p. 87)[2] .


[1] Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.