«De cuán graciosa y apacible era la belleza de la Virgen Nuestra Señora», soneto de Luis Rosales

Tota pulchra es, amica mea, et macula non est in te.

Vaya para el día de hoy, festividad de la Inmaculada Concepción, este hermoso soneto de Luis Rosales (perteneciente a su poemario Retablo de Navidad), sin comento, pero acompañado de uno de los cuadros que Francisco de Zurbarán dedicó a este tema:

Inmaculada Concepción de Zurbarán (Budapest)

Alba, mírala bien, mira el lucero
de miel, casi morena, que trasmana
un rubor silencioso de milgrana
en copa de granado placentero;

la frente como sal en el estero,
la risa con repique de campana
y el labio en que despunta la mañana
como despunta el sol en el alero.

¡Alba, mírala bien! y el mundo sea
heno que cobra resplandor y brío
en su mirar de alondra transparente;

aurora donde el cielo se recrea,
¡aurora Tú que fuiste como un río,
y Dios puso la mano en tu corriente![1]

[1] Cito por Luis Rosales, Obras completas, vol. I, Poesía, Madrid, Trotta, 1996, pp. 222-223. Es el poema número 9 de Retablo de Navidad. En el primitivo Retablo sacro del nacimiento del Señor, Madrid, Escorial, 1940, figura en la p. 34 y es el poema número 5; ahí aparece con cuatro variantes significativas: «Venid, alba, venid; ver el lucero» (v. 1); «la mano amiga como luz cercana» (v. 6); «con sonrisa de almendro tempranero» (v. 8); «¡Venid, alba, venid!; y el mundo sea» (v. 9).

«Estrella de Oriente», villancico de Juan Colino Toledo y José Javier Alfaro Calvo

De Nazaret a Belén
hay una senda;
por ella van los que creen
en las promesas.

Vaya, para este segundo domingo de Adviento, el texto de otro villancico de los escritores Juan Colino Toledo (†) y José Javier Alfaro Calvo, pertenecientes ambos al Grupo Literario Traslapuente de Tudela. Este villancico (un romancillo, formado por tres breves tiradas de seis versos cada una, con rimas en á, é a y é o) nos habla, desde su sencilla formulación, de realidades por desgracia muy vigentes en nuestros días. Y finaliza con tono desiderativo, para que esa estrella de Oriente presida «sobre un mismo suelo» una paz beneficiosa para todos, «sin bombas ni burkas, / sin odio y sin miedo».

Adviento

Su texto dice así:

La estrella de Oriente
nos trae la Paz
en cielos de guata
y de celofán
junto a mesas llenas
de todo con pan.

Al cielo de Oriente
le falta una estrella,
cosa que se nota
bastante en su tierra
pues se fue la Paz
y llegó la guerra.

Ojalá que un día
tengamos un cielo
con la misma estrella,
sobre un mismo suelo
sin bombas ni burkas,
sin odio y sin miedo[1].


[1] Juan Colino Toledo y José Javier Alfaro Calvo, De miel y de hiel. Villancicos, Tudela, Grupo Literario Traslapuente, 2013, p. 25.

«Caminos de Belén», de Juan Colino Toledo y José Javier Alfaro Calvo

Los que soñáis y esperáis
la Buena  Nueva,
abrid las puertas al Niño,
que está muy cerca.

Hoy comienza el Adviento, tiempo de espera y de Esperanza… Un tiempo que nos va acercando, semana a semana, al Portal de Belén. Y para llegar a Belén, muchas son las sendas y las veredas, como certeramente nos muestra este emotivo romancillo de Juan Colino Toledo y José Javier Alfaro Calvo[1], en el que a la gracia y sencillez de la métrica tradicional de arte menor se une la buscada ingenuidad infantil de muchas de sus imágenes.

Caminos de Belén

He aquí el texto de «Caminos de Belén»:

La risa de un niño
que borra el estrés,

la estela de un ángel
de color de fe,

la luna lunera
en oro de ley,

las letras vocales,
a, i, o, u, e,

y todos los números
desde el 1 al 10,

la senda que han hecho
la mula y el buey,

la estrella de plata
sobre la pared,

el cristal de un río
con pato y con pez,

la Paz que un abuelo
dibuja en su piel,

las nubes de guata
que quitan la sed,

el viento velero,
la vía del tren,

cualquier carretera,
en coche o a pie…

… TODOS LOS CAMINOS
LLEVAN A BELÉN[2].


[1] Juan Colino Toledo (Zamora, 1913-Tudela, 2001), «escritor polifacético, pero sobre todo poeta», publicó los poemarios Sonetos a cuatro voces y Por las catorce rutas del soneto. José Javier Alfaro Calvo (Cortes, Navarra, 1947) ha dado a las prensas una decena de libros de poemas, la mitad de ellos dirigidos al público infantil, entre los que cabe destacar el titulado Magiapalabra. Los dos pertenecen al Grupo Literario Traslapuente, de Tudela.

[2] Juan Colino Toledo y José Javier Alfaro Calvo, De hiel y de miel. Villancicos, Tudela, Grupo Literario Traslapuente, 2013, pp. 34-35.

Dos poemas de Julio Martínez Mesanza: «Ciudad de muchas torres» y «Felices las ciudades»

A la memoria de las víctimas de los atentados del 13-N en París

Una de mis lecturas para el reciente viaje a Saint-Étienne (Francia) para participar en el congreso cervantino de los días 12 y 13 de noviembre (coorganizado por CELEC-Université de Saint-Étienne, GRISO-Universidad de Navarra y CHER-Université de Strasbourg) era la antología poética de Julio Martínez Mesanza Soy en mayo, que reúne poemas escritos entre los años 1982 y 2006, correspondientes a los poemarios Europa (1983, 1986, 1988 y 1990), Las trincheras (1996), Fragmentos de Europa (1998) y Entre el muro y el foso (2007). No había leído mucho de Julio Martínez Mesanza, pero tenía muy buenas referencias de su poesía y, en efecto, con la lectura de esta antología descubrí a un magnífico poeta.

Sus versos me acompañaron a la ida a Saint-Étienne y también en el viaje de regreso el sabado 14 de noviembre, fuertemente impactado por los brutales y cobardes atentados terroristas de la noche anterior en París. Sabemos que las obras literarias, y en especial las líricas, admiten una pluralidad interpretativa, en función de muchos factores: la propia subjetividad del receptor o lector, su bagaje de conocimientos previos y su horizonte de expectativas, etc., etc. A mí, en aquel momento de vuelta a casa, conmocionado por los trágicos sucesos ocurridos en la capital de Francia (sin pensar todavía entonces —pero ahora sí— en la necesidad de un nuevo Carlos Martel y una nueva batalla de Poitiers que detengan la expansión por Europa del Califato Omeya, en su actual versión yihadista-terrorista), me parecieron especialmente emotivos (¿y qué otra cosa sino emoción es la poesía, la literatura en general?) dos textos de Martínez Mesanza, «Ciudad de muchas torres» y «Felices las ciudades». Ignoro ahora las razones exactas de su génesis, el contexto en que se escribieron y los motivos de su autor para componerlos. En todo caso, los transcribo hoy aquí por la intensa red de conexiones mentales y de emociones que su lectura suscitó en mí en aquel preciso momento y bajo aquellas concretas circunstancias.

«Ciudad de muchas torres»

Durante muchos años construyeron
sólidas torres. Las hicieron altas:
torres de ataque y torres defensivas
y al combate civil se acostumbraron.
Después la emulación y el oro escaso
buscaron los más pobres materiales.
A menudo caía alguna torre:
también se acostumbraron al escombro.
Al atacar la ley sobre edificios
de aquel lugar absurdo me expulsaron.
Cuando por vez primera vi de lejos
aquella proliferación de torres
que ninguna muralla protegía,
me hizo reír un símbolo evidente.
Desde entonces dedico mis esfuerzos
a investigar la causa de esas torres,
a componer libelos infamantes
y a preparar mi hueste mercenaria[1].

Torre-Eiffel1_Beso

«Felices las ciudades»

Felices las ciudades que conservan
indemnes sus iglesias, y felices
las que, después del siglo, las consagran.
Ninguno dijo en ellas: «Dios no existe,
y si existe, no cuida de nosotros;
mirad, si no, la muerte de los niños,
que le culpa o le niega, y la injusticia
y la tristeza avasallando el mundo».
Felices porque su esperanza vive
y les hizo decir humildemente:
«La culpa del dolor es sólo nuestra»[2].

Notre-Dame_de_Paris_Flores


[1] Julio Martínez Mesanza, Soy en mayo (Antología 1982-2006), selección y prólogo de Enrique Andrés Ruiz, Sevilla, Renacimiento, 2007, p. 67.

[2] Julio Martínez Mesanza, Soy en mayo (Antología 1982-2006), p. 107.

«El genio y el idioma», sonetillo cervantino de Lope Hernández

Al ilustre cervantista Emmanuel Marigno,
buen colega y mejor amigo,

por su amabilísima hospitalidad en este segundo coloquio cervantino
de la Université Jean Monnet de Saint-Étienne

Copiaré hoy aquí, sin necesidad de mayor comento, este breve poema (un sonetillo, con esquema de rima abba abba ccd eed) de Lope Hernández dedicado a «El genio y el idioma», valga decir a Cervantes y la lengua española. Sirva este sencillo homenaje lírico al ingenio complutense (con sus catorce octosílabos de ágil ritmo, que recuerda algo —y aun algos— la efectista facilidad versificatoria de José Zorrila) como un cariñoso reconocimiento también al Dr. Emmanuel Marigno por haber vuelto a acogernos en la Université Jean Monnet de Saint-Étienne, con su acostumbrada gentil cortesía, para el Coloquio Internacional «Cervantès et don Quichotte depuis le XXIe siècle / Cervantes y don Quijote desde el siglo XXI» (o «Cervantes 2», según su personal nomenclatura).

Del autor de la composición, el citado Lope Hernández, no me ha sido posible recabar demasiados datos bio-bibliográficos. Intuyo, aunque no lo puedo dar por seguro, que se trata del mismo Lope Hernández, «poeta salmantino que se proclama a sí mismo enemigo de la prisa», cuyo poemario Claridad. Sonetos (Madrid, Magisterio Español, 1967, con prólogo de Federico Carlos Sainz de Robles), queda reseñado brevemente en el ABC de Madrid del miércoles 17 de enero de 1968, edición de la mañana, p. 56, columna c. La anónima reseña indica que

Hasta setenta sonetos sobre los más variados temas componen este volumen, Claridad —quinto de los editados de este autor—, en el que se percibe, desde la primera a la última página, un fino espíritu poético y un hábil dominador de la mecánica del verso.

Y reproduce además unas palabras de su presentador, Sainz de Robles, que se corresponden bien con las características del texto que hoy nos ocupa:

Poeta de siempre y para siempre, Lope Hernández es fiel devoto practicante de las reglas ortodoxas del juego poético y se somete jubiloso a la melodía, a la rima, al ritmo, a la claridad y a la emoción…

El sonetillo «El genio y el idioma» se presta, sin duda alguna, a una declamación de tono elocuente y “cuasi teatral”; algo, por otra parte, aplicable igualmente a buena parte de este tipo de poemas panegíricos, que vuelven siempre sobre los consabidos tópicos de la vida y la obra de Cervantes (dechado de cristiana caballerosidad española, valeroso y heroico soldado, cautivo en Argel pero libre de espíritu, «ingenio soberano» y «entendimiento divino», modelo, en fin, para todos en el uso literario del idioma patrio. He aquí el texto de la composición:

Miguel de Cervantes

Tu vida, de caballero;
tu conciencia, de cristiano,
y la herida de tu mano,
gloria de bravo guerrero.

Tu cuerpo fue prisionero;
tu espíritu, libre y sano,
y tu ingenio soberano,
del bien decir, el primero.

De las letras el camino
tu entendimiento divino
sembró con genial semilla…

Que en Don Quijote se encierra
la más bella de la tierra,
que es el habla de Castilla[1].


[1] Tomo el texto de Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, p. 75, pero introduzco algún leve retoque en la puntuación.

La Tolosa y la Molinera del «Quijote», evocadas por Sagrario Torres

Don Quijote llega a la venta

En su poemario Íntima a Quijote (Madrid, Asociación de Escritores y Artistas Españoles, 1986), al que ya dediqué alguna entrada anterior, Sagrario Torres evoca líricamente la figura de las dos mozas del partido que encuentra don Quijote en la venta —para él castillo— en la que terminará siendo armado caballero por escarnio a manos de su socarrón ventero (Quijote, I, 2-3). Recordemos el pasaje en cuestión:

Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, destas que llaman del partido, las cuales iban a Sevilla con unos arrieros que en la venta aquella noche acertaron a hacer jornada […] se llegó a la puerta de la venta y vio a las dos destraídas mozas que allí estaban, que a él le parecieron dos hermosas doncellas o dos graciosas damas que delante de la puerta del castillo se estaban solazando[1].

El poema de Sagrario Torres se localiza en el apartado «Intermedio» de su poemario y va precedido, a modo de lema, por una cita de la Vida de Don Quijote y Sancho de Miguel de Unamuno:

Ellas, la Tolosa y la Molinera, le dieron de comer; ellas le ciñeron espada y le calzaron espuela, mostrándose con él serviciales y humildes. Humilladas de continuo en su fatal profesión, penetradas de su propia miseria y sin siquiera el orgullo hediondo de la degradación, fueron adoncelladas por Don Quijote y elevadas por él a la dignidad de doñas […] ¡Pobres mujeres que, sencillamente, sin ostentación cínica, doblan la cerviz a la necesidad del vicio y a la brutalidad del hombre, y para ganarse el pan se resignan a la infamia! ¡Pobres guardadoras de la virtud ajena, hechas sumideros de lujuria, que estancándose mancharía a las otras! Fueron las primeras en acoger al loco sublime; ellas le ciñeron espada, ellas le calzaron espuela, y de sus manos entró en el camino de la gloria.

La glosa unamuniana contextualiza perfectamente el poema de Torres. En efecto, sus versos evocan bellamente la transformación que se opera en las mozas del partido al contacto con don Quijote, hombre soñador que con su presencia y su trato caballeroso eleva y purifica (adoncella, escribe hermosamente Unamuno) a las dos mujeres de la venta: «Las miraste en dulcísimo respeto, / con inmensa ternura. / […] / Y te fuiste, Quijote, / dejándoles un nombre ennoblecido». El mero hecho de tratarlas con dignidad y respeto redime a las mozas de la sordidez de su dura vida, tal como reflejan estos otros bellísimos versos de Sagrario Torres: «De luz y de perfume / se sintieron envueltas, / ingrávidas, limpísimas». Y todavía más: el trato dispensado por «el Amador andante» no solo las ennoblece puntualmente, sino que puede llegar a tener una trascendencia todavía mayor, pues tal encuentro puede decidir a las mozas a emprender un cambio de vida (así parece sugerirlo, al menos, el final del poema: «Y pensaron la huida»).

Este es el texto completo de la composición, que no lleva un título específico:

QUIJOTE:

Las nodrizas celestes
que atraviesan los mundos,
escriben los destinos
desde la aurora de las cunas.

Rondan los edificios,
planean hasta posarse en los tejados,
corren por las barandillas,
atisban los balcones y los abren.

Se acercan a los predestinados
con sus pechos de nueces
abiertas y lechosas,
y aquellos elegidos beben.

Las nodrizas les soplan
en sus frentes tiernísimas,
les ungen y les marcan con la huella
que no verán ni sus progenitores.

TOLOSA y MOLINERA. Ellas nacieron
como la flor arriba de los tallos.

En precioso saltar
—su fresca voz, la boca de la risa—,
iban por los limpios regatos de las peñas
persiguiendo vilanos y calandrias.

Dientes de su niñez descantillaron
el duro pan.

Echaron en sus cestas restos de las vendimias.

Y fueron al cercao. Y ahecharon el trigo.
Y trabaron la harina del escaso comer.

Y dijeron adiós a las carretas.
Y algunos acechaban aquel luciente
y palmeral cabello.

Chapas de alcantarilla les cerraron
su alegre corazón.
Emborracharon a sus cuerpos
para anestesia de los golpes.

Enfrente de sus ojos ya no estaban
las serenas llanuras, fulgores de sus cielos,
sino hombres doblados de lujuria sobre ellas.

Bubas internas taponaron aquel hondón
hecho para otras ilusiones.

Solícitas, humildes, te ciñeron espada,
te calzaron espuela,
con la emoción con que se toca
el borde del vestido de un ser predestinado.

Las miraste en dulcísimo respeto,
con inmensa ternura.

De sus bocas huyó la risotada.
Les vino un ademán sereno.
Fueron dignísimas al punto.

Se quedaron suspensas, silenciosas.
En comunicación estaban sin hablarse.

Te miraron, y un rubor no sentido
se extendió por sus rostros.

Una ola el pecho les movía.
Un estallido de conocimiento
apareció en sus mentes.

Canales agitados sintieron por sus venas.
Flores en su arenal.

Su memoria borraba escenas que vivieron,
los cuerpos de los hombres.
Un mismo pensamiento les unía.

Y te fuiste, Quijote,
dejándoles un nombre ennoblecido.

Admiradas como nunca lo fueran,
preferidas de ti,
envueltas en aquella dulzura indefinible,
vieron marchar al Hombre enflaquecido,
dos veces Caballero.

Sus manos reprimían
golpes del corazón.
El sueño no les llegó esa noche
con grosero dormir.

Atrancaron la puerta. Abrieron el ventano.

De luz y de perfume
se sintieron envueltas,
ingrávidas, limpísimas.

A lo lejos, en medio de la noche,
rezaba y se perdía el Amador andante.

La Tolosa recordó su promesa al Caballero:
«Dondequiera que ella estuviese,
le serviría y le tendría como señor»[2].

Y pensaron la huida[3].


[1] Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico con la colaboración de Joaquín Forradelas, estudio preliminar de Fernando Lázaro Carreter, 2.ª ed. corregida, Barcelona, Crítica, 1998, pp. 48-49.

[2] Compárese con el texto cervantino: «Hecho esto, [el ventero] mandó a una de aquellas damas que le ciñese la espada, la cual lo hizo con mucha desenvoltura y discreción […]. Don Quijote le preguntó cómo se llamaba, porque él supiese de allí adelante a quién quedaba obligado por la merced recebida, porque pensaba darle alguna parte de la honra que alcanzase por el valor de su brazo. Ella respondió con mucha humildad que se llamaba la Tolosa, y que era hija de un remendón natural de Toledo, que vivía a las tendillas de Sancho Bienhaya, y que dondequiera que ella estuviese le serviría y le tendría por señor. Don Quijote le replicó que, por su amor, le hiciese merced que de allí adelante se pusiese don y se llamase «doña Tolosa». Ella se lo prometió, y la otra le calzó la espuela, con la cual le pasó casi el mismo coloquio que con la de la espada. Preguntole su nombre y dijo que se llamaba la Molinera y que era hija de un honrado molinero de Antequera; a la cual también rogó don Quijote que se pusiese don y se llamase «doña Molinera», ofreciéndoles nuevos servicios y mercedes» (Quijote, I, 3, pp. 60-61; el destacado en itálica es mío).

[3] Sagrario Torres, Íntima a Quijote, Madrid, Asociación de Escritores y Artistas Españoles, 1986, pp. 36-39. Es el poema II de la sección «Intermedio», y le siguen dos sonetos (pp. 40-41) «En homenaje a la Tolosa y la Molinera». Para el contenido y la estructura global de Íntima a Quijote, puede verse otra entrada del blog.

«A don Quijote», soneto de Manuel de Sandoval

Manuel de Sandoval (Madrid, 1874-Madrid, 1932) fue un profesor de Literatura y académico de la Real Academia de Córdoba, además de poeta. Tras estudiar las carreras de Derecho y Filosofía y Letras, a los veinticuatro años obtuvo por oposición la plaza de Catedrático de Instituto de Retórica y Poética, que ocupó en diferentes capitales como Teruel, Soria, Burgos, Córdoba (1905-1920), Toledo (1920-1930) y, finalmente, Madrid (1930-1932).

Sandoval ingresó en la Real Academia Española en 1907 como académico correspondiente en Córdoba y trece años después, en 1920, como numerario. Su discurso de recepción versó sobre Lo inconsciente y lo voluntario en las obras literarias y poéticas, y le respondió en nombre de la corporación el académico Francisco Rodríguez Marín.

De entre su producción poética me interesa destacar su soneto «A don Quijote», en el que presenta la necesidad de la resurrección del personaje cervantino para regenerar al país («a ver si un loco regenera y salva  / la nación destrozada por los cuerdos», vv. 13-14). Su pensamiento entronca, pues, con el de muchos otros autores de las generaciones del 98 y del 14, que también tomaron la figura de don Quijote para reflexionar sobre la caótica situación de España tras el Desastre de 1898.

Quijote-Cristo

Este es el texto del soneto de Sandoval, cuyo tono está marcado por el apóstrofe al «manchego ilustre» (v. 2) y los acuciantes imperativos a él dirigidos (Quebranta, monta, enristra, cierra, sal, Vuelve):

Quebranta del sepulcro que te encierra,
manchego ilustre, la pesada losa,
y vuelva tu locura generosa
a ser pasmo y asombro de la tierra.

Ya Rocinante, tu corcel de guerra,
te aguarda fiel al borde de la fosa:
monta, enristra la lanza ponderosa,
y contra el mal y la injusticia cierra.

Sin miedo a que te ultrajen a mansalva
forzados viles y asquerosos cerdos,
¡sal, como antaño, al despuntar el alba!

¡Vuelve al campo que pueblan tus recuerdos,
a ver si un loco regenera y salva
la nación destrozada por los cuerdos![1]


[1] Tomo el texto de Discursos leídos ante la Real Academia Española en la recepción pública del señor don Manuel de Sandoval el día 1.º de febrero de 1920, Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1920. Se reproduce en el Discurso del Excmo. Señor don Francisco Rodríguez Marín, p. 49, quien añade este pequeño comentario: «Otra musa, la patriótica, a quien indigna y subleva el contemplar el origen de muchos de los males de España, inspiró valientemente estotro soneto dirigido A Don Quijote». Está recogido también en Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, p. 141.

«Ínsula», de Felipe Cortines Murube

Felipe Cortines Murube (Los Palacios y Villafranca, Sevilla, 1883-1961) es un escritor adscrito al Modernismo poético, autor de poemarios como De Andalucía. Rimas (1908), El poema de los toros (1910), Nuevas rimas (1911) y Del levantamiento por la tradición de España (1936). Publicó también relatos de viajes y algunas novelas. Hoy nos interesa recordar una composición poética suya, un soneto, que constituye una evocación de Sancho Panza y su gobierno de la Ínsula Barataria. Dice así:

Un costal de malicias y refranes
llamaba don Quijote a su escudero[1],
el gran Panza, el famoso marrullero,
prez de los castellanos ganapanes.

Como premio a sus múltiples afanes
Sancho ganó la Ínsula primero,
y al regirla, un maligno curandero
no le dejó comer[2]: sufrió desmanes.

Sube al mando el humilde guardacabras
porque, al fin, aquel sandio[3] sin oficio
era un hombre gracioso en sus palabras.

¡Pero cuántos hoy son corregidores,
y solo alegan este vil servicio:
ser lacayos de apócrifos señores![4]

José Moreno Carbonero, Festín de Sancho Panza en la Ínsula Barataria


[1] Un costal de malicias y refranes / llamaba don Quijote a su escudero: «… que toda esa personilla que tienes no es otra cosa que un costal lleno de refranes y malicias» (Quijote, II, 43).

[2] un maligno curandero / no le dejó comer: se refiere al doctor Pedro Recio de  Agüero o doctor Tirteafuera (por ser natural de este lugar de Ciudad real), «médico insulano y gobernadoresco» (Quijote, II, 45) que mata de hambre a Sancho Panza.

[3] sandio: tonto, necio.

[4] Tomo el texto de Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, p. 44.

«Cervanterías», de Juan Pérez Zúñiga

Juan Pérez Zúñiga (Madrid, 1860-Madrid, 1938) destacó como escritor inclinado a la vena humorística. Fue redactor de publicaciones como Madrid Cómico, ABC, Blanco y Negro, El Liberal, Heraldo de Madrid, Nuevo Mundo o La Esfera, en las que popularizó el seudónimo Artagnán. Su ingenio cómico y su gran habilidad versificatoria le inclinaron al cultivo de la poesía festiva, terreno en el que se le calculan más de veinte mil composiciones escritas y publicadas. Fue también autor teatral que obtuvo algunos éxitos notables, siempre cultivando los subgéneros cómicos.

A esa misma veta festiva responde su composición titulada «Cervanterías». Obvio es decir que la calidad literaria de este romance con rima aguda no es grande pero, entre burlas y bromas, el autor va dejando caer algunas verdades como puños. Y como en este 2015 también estamos —seguimos— de centenarios cervantino-quijotescos, aquí va el texto de Pérez Zúñiga por si sirve como aviso para navegantes

Con ocasión y pretexto
del centenario de un tal
Cervantes, cuyos libracos
ustedes conocerán,
algunos autores que aman
al compañero inmortal,
le estudian de cuantos modos
se puede al hombre estudiar,
y sobre considerarle
como vate excepcional,
como filósofo inmenso,
como bravo militar,
como manco distinguido
y como hijo de Alcalá
(aun con los vientos que corren
por Alcázar de San Juan),
no sería muy difícil
que, como cosa especial,
hubiese algún cervantófilo
que llegase a publicar
un examen analítico,
crítico y aun algo más,
de los pelos que a Cervantes
le solían asomar
por entrambos ventanillos
de las napias. Y aun habrá
quien estudie a Miguel como
timbalero singular,
como ciclista premiado,
como devoto del flan
y hasta como ama de cría
pa casa de los papás.

Pelos de la nariz

Yo, por no ser menos que esos
que a tales cosas se dan,
estoy escribiendo un libro
que así voy a titular:
El Rocinante y el Rucio
mirados en sociedad
como sesudos filósofos.
Estudio trascendental.
Digo en él que si el ingenio
y la hidalguía se van
de nosotros y el carácter
de Quijotes nada es ya,
de las líneas que encabezan
al libro monumental
no queda más que la Mancha
que no se puede quitar.
Para el cuarto centenario
terminado se hallará.
Dios nos dé salud y suerte
para verlo publicar[1].


[1] Cito por Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, pp. 116-117. En este mismo volumen se recoge otra recreación poética cervantina de Pérez Zúñiga, «Cervantes me escribe» (pp. 113-115).

La prosa «amable» de Rafael López de Ceráin

Escritos de vapor, de Rafael López de Ceráin

Se recopilan en estos Escritos de vapor —¡sugerente título!— (Madrid, Cyan, 2015) los principales libros en prosa de Rafael López de Ceráin (Pamplona, 1964), a saber Olvidos y presencias (Pamplona, Medialuna Ediciones, 1999), Las rutas de Antonio Machado (Pamplona, Ediciones Eunate, 2002), El perplejo encadenado (Madrid, Devenir, 2003), Páginas de un tiempo (Pamplona, Ediciones Eunate, 2004), Cavilaciones (Pamplona, Ediciones Eunate, 2006) y Un año más, un año menos (Pamplona, Ediciones Eunate, 2010). Se trata de un conjunto de artículos, ensayos, semblanzas y evocaciones diversas, que podrían agruparse en torno a tres núcleos temáticos esenciales: 1) los escritores y la literatura (o la cultura en general, para abarcar también las abundantes referencias cinéfilas presentes en los textos de López de Ceráin); 2) los viajes, las ciudades y los paisajes (que, en muchas ocasiones, están indisolublemente unidos a la literatura, por ejemplo en el caso señero de Soria y Antonio Machado, pero también en otros); y 3) reflexiones en torno a ideas políticas, a veces relacionadas con la situación política nacional e internacional, junto con otros temas de actualidad periodística, de mayor o menor trascendencia.

En este volumen recopilatorio de los libros en prosa de Rafael López de Ceráin se encuentra un compendio de sus principales preocupaciones temáticas, que se hacen presentes también —con otros registros y tonalidades— en su poesía. Las ciudades visitadas, los paisajes vistos y vividos, los libros leídos —siempre con Antonio Machado y Soria ocupando una posición central— están detrás de todas estas páginas en prosa. A su vez, la reflexión sobre temas graves que afectan a España y a Europa, y sobre situaciones diversas en otros países del mundo, son fiel testimonio de la constante preocupación ética del autor. Y, aunque sea en menor medida, la vida de López de Ceráin —con sus ilusiones y sus desengaños— también se deja ver aquí si sabemos leer entre líneas…

En fin, no es este el momento ni el lugar para hacer un análisis estilístico de la prosa de López de Ceráin. Baste con decir que es la suya una prosa amable, en el sentido de amena y ligera, entretenida y muy fácil de leer. Y, dado que el autor es además poeta, no nos habrá de extrañar que sus escritos se tiñan en ocasiones de un delicado tono poético, evocador, nostálgico a veces[1].


[1] Extractado de mi prólogo al libro, «La prosa amable de Rafael López de Ceráin», fechado en Pamplona, a 23 de abril de 2015. En cuanto a su poesía, se encuentra recogida en dos libros recopilatorios: Seguro es el pasado. Antología 1985-2000 (Madrid, Devenir, 2007) y Cuaderno de versos. Antología 1985-2010 (Madrid, Íncipit, 2010).