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Acerca de insulabaranaria

Soy Catedrático acreditado de Literatura española, investigador y Secretario del Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra (Pamplona), Secretario del Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA, Madrid / Nueva York) y Secretario de la Asociación de Cervantistas. También correspondiente en España de la Academia Boliviana de la Lengua. Mis principales líneas de investigación se centran en la literatura española del Siglo de Oro: comedia burlesca, autos sacramentales de Calderón, Cervantes y las recreaciones quijotescas y cervantinas, piezas teatrales sobre la guerra de Arauco, etc. También me he interesado por la literatura virreinal (en especial la de ámbito chileno), la literatura española moderna y contemporánea (drama histórico y novela histórica del Romanticismo español, novela de la guerra civil, cuento español del siglo XX…) y la historia literaria de Navarra.

Las historias intercaladas en el «Quijote» de 1615

Una de las diferencias fundamentales entre la I y la II Parte estriba en la presencia de las historias intercaladas[1]: además de ser menos en número y en extensión, las del Quijote de 1615 están mejor integradas con el hilo central del relato, vienen más a cuento (son episodios como el de las bodas de Camacho el rico, el de los rebuznadores, el de la hija de doña Rodríguez, el de la hija de Diego de la Llana, el de Claudia Jerónima y el de Ana Félix y el morisco Ricote).

Las bodas de Camacho, de Eutimio Sánchez Rubio

Cervantes hace alusión a las críticas recibidas en dos pasajes distintos, II, 3 y II, 44. En el primero de ellos, Sansón Carrasco le explica a don Quijote:

—Una de las tachas que ponen a la tal historia —dijo el bachiller— es que su autor puso en ella una novela intitulada El Curioso impertinente, no por mala ni por mal razonada, sino por no ser de aquel lugar, ni tiene que ver con la historia de su merced del señor don Quijote (p. 652).

A lo que Sancho responde con su graciosa locuacidad habitual:

—Yo apostaré […] que ha mezclado el hideperro berzas con capachos (p. 652).

En el comienzo de II, 44 el narrador reproduce la explicación que da Cide Hamete Benengeli para haber incluido en la I Parte historias ajenas al núcleo narrativo central: el haber tomado entre manos «una historia tan seca y tan limitada como esta de don Quijote» le obligaba a hablar siempre de «un solo sujeto» (‘de un único tema’), y

por huir deste inconveniente había usado en la primera parte del artificio de algunas novelas, como fueron la del Curioso impertinente y la del Capitán cautivo, que están como separadas de la historia, puesto que las demás que allí se cuentan son casos sucedidos al mismo don Quijote, que no podían dejar de escribirse (p. 980).

Y añade a continuación:

También pensó, como él dice, que muchos, llevados de la atención que piden las hazañas de don Quijote, no la darían a las novelas, y pasarían por ellas o con priesa o con enfado, sin advertir la gala y artificio que en sí contienen, el cual se mostrará bien al descubierto, cuando por sí solas, sin arrimarse a las locuras de don Quijote ni a las sandeces de Sancho, salieran a la luz. Y, así, en esta segunda parte no quiso ingerir novelas sueltas ni pegadizas, sino algunos episodios que lo pareciesen, nacidos de los mesmos sucesos que la verdad ofrece, y aun estos limitadamente y con solas las palabras que bastan a declararlos; y pues se contiene y cierra en los estrechos límites de la narración, teniendo habilidad, suficiencia y entendimiento para tratar del universo todo, pide no se desprecie su trabajo, y se le den alabanzas, no por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de escribir (p. 980).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

El teatro en el siglo XVIII y la comedia moratiniana

No pretendo ofrecer aquí un panorama completo del teatro español del siglo XVIII[1], sino referirme a él a grandes rasgos —y en sucesivas entradas—, de forma que sirva para contextualizar mínimamente la producción dramática de Leandro Fernández de Moratín y su aportación al teatro neoclásico con la denominada comedia moratiniana[2].

La principal característica en la evolución de ese teatro dieciochesco es la lucha entre formas que se estaban extinguiendo (el teatro barroco posterior a Calderón) y otras que no acababan de inventarse o de triunfar entre el público. Calderón había muerto en 1681. Él había llevado el teatro barroco (la comedia de capa y espada, la tragedia, el auto sacramental…) a su último extremo de calidad y perfección. Todo lo que se intentase después sobre esta base podía considerarse una repetición sin mayor interés: el teatro barroco posterior a Calderón estaba abocado a entrar en decadencia y serán muy pocas las obras aceptables que produzca.

Pedro Calderón de la Barca

Calderón había perfeccionado también, desde mediados del siglo XVII, el teatro cortesano. Se trataba fundamentalmente de comedias mitológicas, heroicas o caballerescas, en gran parte cantadas, que se representaban en palacio, en las fiestas de la corte. En ellas había alcanzado un gran desarrollo la tramoya, esto es, las máquinas y los recursos escenográficos. Este género de gran espectáculo lo cultivaron algunos seguidores de Calderón en los primeros años del XVIII. Estas obras de espectáculo resultan cada vez más exageradas y ridículas: la inclusión de trucos y efectos escénicos no está ya al servicio de la acción de la comedia, sino que se convierte en el elemento principal; lo verdaderamente dramático, en cambio, queda reducido a algo accesorio. Moratín criticará duramente este tipo de teatro, tanto en sus escritos teóricos como desde la propia práctica teatral (La comedia nueva o El café).


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

[2] Sobre el teatro español del siglo XVIII ver, entre otros estudios, John A. Cook, Neo-Classic Drama in Spain. Theory and Practice, Dallas, Southern Methodist University Press, 1959; René Andioc, Sur la querelle du théâtre au temps de Leandro Fernandez de Moratín, Tarbes, Impr. Saint-Joseph, 1970 y Teatro y sociedad en el Madrid del siglo XVIII, 2.ª ed., Madrid, Castalia / Fundación March, 1988; René Andioc  y Mireille-Coulon Andioc, Cartelera teatral madrileña del siglo XVIII (1708-1808), Toulouse, Presses Universitaires du Mirail, 1996, 2 vols.; y Jesús Pérez Magallón, El teatro neoclásico, Madrid, Ediciones del Laberinto, 2001.

Estructura y contenido del «Quijote» de 1615

Algunos de los problemas narrativos señalados para la Primera Parte se solventan en la Segunda[1]. Cervantes tomó buena nota de las críticas que se le hicieron y las tuvo presentes a la hora de componer su Segunda Parte, y aunque está escrita también a lo largo de varios años, presenta una estructura mucho más acabada. Externamente, el Quijote de 1615 se divide en 74 capítulos (más breves que los de 1605), esta vez no agrupados en «Partes», y recoge una sola salida del caballero y su escudero.

Repasemos brevemente el contenido y los principales episodios de esta Segunda Parte, que pueden separarse en tres grandes bloques:

Capítulos 1-29. Preparación de la tercera salida y primeras aventuras. La preparación de la nueva salida es morosa y ocupa los siete primeros capítulos. Aparición del bachiller Sansón Carrasco y noticia de la publicación de la I Parte. Don Quijote va al Toboso. Encantamiento de Dulcinea fingido por Sancho. Episodio de las Cortes de la Muerte. Aventura del Caballero del Bosque (victoria de don Quijote). Encuentro con el Caballero del Verde Gabán. Aventura de los leones. Episodio de las bodas de Camacho. Descenso a la cueva de Montesinos y nueva visión de Dulcinea encantada. Episodio del mono adivino y el retablo de maese Pedro. Episodio de los rebuznadores. Aventura del barco encantado.

Aventura del barco encantado

Capítulos 30-58. Encuentro con los Duques y estancia en el Palacio ducal, donde don Quijote y Sancho sufrirán una serie de burlas: Merlín y el desencanto de Dulcinea, doña Trifaldi, Clavileño, Altisidora… Separación de don Quijote y Sancho al ir este al gobierno de la ínsula Barataria. Episodio de doña Rodríguez. Encuentro de Sancho con el morisco Ricote. Reencuentro de don Quijote y Sancho. Desafío con el lacayo Tosilos en defensa de la hija de doña Rodríguez y salida de la casa ducal.

Capítulos 59-74. Conclusión y conocimiento por parte de don Quijote del apócrifo de Avellaneda. Cambio de destino, de Zaragoza a Barcelona, para diferenciarse del falso don Quijote. Encuentros en el camino: Roque Guinart y Claudia Jerónima. Estancia en Barcelona: Antonio Moreno y la cabeza encantada. Visita a la imprenta y a las galeras. Episodio de Ana Félix. Derrota de don Quijote frente al Caballero de la Blanca Luna. Regreso a casa. Testamento y muerte de Alonso Quijano el bueno.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

Leandro Fernández de Moratín, poeta y prosista

Dejando aparte El sí de las niñas —que analizaré con más detalle en próximas entradas—, y también sus adaptaciones dramáticas —de Molière, La escuela de los maridos y El médico a palos; de Shakespeare, Hamlet—, el panorama del corpus literario de Leandro Fernández de Moratín se completa con algunas obras líricas y otras en prosa[1].

En efecto, Moratín hijo tuvo una notable faceta como poeta, cuya producción, de gran perfección formal, se puede situar dentro de la corriente de poesía neoclásica de finales del siglo XVIII. De sus poemas destaca el dedicado a la toma de Granada, un romance fronterizo en el que imita la línea seguida por su padre[2]. Lección poética. Sátira contra los vicios introducidos en la poesía castellana es un importante poema sobre teoría teatral, enderezado sobre todo contra la comedia barroca. En él expresa sus ideales literarios del buen gusto, la moderación y el rechazo de las metáforas violentas así como del léxico y la sintaxis latinizantes. A temas parecidos dedica otras composiciones como la «Epístola a Andrés», la «Epístola a Claricio» o la «Epístola a Geroncio» (esta última es un ataque contra sus enemigos literarios que le critican). Escribió Moratín varios poemas más de esta índole, pues le preocupaba la literatura en cuanto producción teórica: así, los dedicados «A Pedancio» y «A un escritor desventurado».

Por lo que toca a su producción propiamente lírica, sigue en ella el modelo horaciano de la moderación, con los temas clásicos del beatus ille (la vida despreocupada del que se halla lejos de los ajetreos e inquietudes de la corte) y de la aurea mediocritas (la vida mediana y tranquila, ni del todo pobre ni demasiado ambiciosa). Dentro de este modelo horaciano hay que incluir su famosa oda «A don Gaspar de Jovellanos», que presenta una retórica un tanto anticuada ya y un tono elevado (tendencia al esdrújulo culto). Es también conocida su «Elegía a las Musas», en la que se queja de los enemigos que le atacan y se despide de su vida literaria.

Poesías sueltas y obras en prosa de Moratin

En el terreno de la prosa, hay que mencionar su sátira La derrota de los pedantes o las impresiones recogidas en sus Apuntaciones sueltas de Inglaterra y en su Viaje de Italia. En época moderna se han editado su Diario y su Epistolario.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

[2] Leandro corrigió y editó la poesía de su padre, y la crítica discrepa sobre su posible participación en la elaboración del famoso poema de don Nicolás «Fiesta de toros en Madrid».

Descuidos e incoherencias en el «Quijote» de 1605

Para terminar esta serie de entradas sobre la estructura de la I Parte del Quijote[1], debo hacer referencia a los numerosos descuidos y contradicciones que se le han señalado a Cervantes desde el momento de aparición de su novela (el asunto del robo del rucio de Sancho, que en la segunda edición se quiso solventar con un pasaje explicativo, pero intercalado en un lugar equivocado; varios epígrafes que no se corresponden con el texto, debidos a los diversos desplazamientos de material narrativo…).

Cervantes escribiendo el QuijoteTales descuidos existen, sin duda, pero podríamos afirmar que sin esos descuidos tan cervantinos el Quijote no sería el Quijote. Además, muchos de ellos son fáciles de explicar si tenemos en cuenta que la obra tuvo una génesis compleja, dilatada a lo largo de muchos años. Pensemos que Cervantes lleva en ese momento una vida muy ajetreada, con continuos viajes de un lado a otro: cabe preguntarse dónde y cómo escribía. En ese andar errante por pueblos y ventas, ¿llevaba siempre encima sus papeles? ¿Tomaba apuntes, impresiones, que desarrollaba luego al encontrar un lugar para escribir con sosiego, por ejemplo cuando se asentaba un tiempo en Esquivias? Debemos imaginárnoslo redactando su Quijote de forma fragmentaria, hoy aquí y mañana allá, en medio de la incomodidad de aquellas posadas y alojamientos, y asediado por las preocupaciones y amarguras derivadas de su poco grato cargo como recaudador de impuestos. Recordemos que en el prólogo el narrador dice que el libro «se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación» (p. 9), y también se ha especulado mucho acerca de si el Quijote pudo ser redactado —o al menos pergeñado y comenzado— en la cárcel sevillana, aunque para otros estudiosos esa frase hay que entenderla en sentido metafórico, y no literal.

Cueva de Medrano

Además, para explicar en parte esas incoherencias narrativas y estructurales de la novela debemos tener presente el modo de trabajar en las imprentas de aquella época. Casi con seguridad Cervantes, desde Valladolid, no pudo controlar el proceso de preparación y corrección de pruebas de la primera edición del Quijote que se hacía en Madrid (por ejemplo, la dedicatoria del autor al duque de Béjar no llegó a tiempo, y el editor Francisco de Robles introdujo otra hecha con retazos de la que Fernando de Herrera puso en 1580 al frente de su edición de las Obras de Garcilaso de la Vega con anotaciones). Por otra parte, en las imprentas de entonces, al componer las páginas para la impresión, los tipógrafos no eran nada escrupulosos a la hora de añadir texto si hacía falta para llenar la plana, o bien de cortarlo sin tapujos, si sobraba y era necesario hacer encajar el número de líneas; los epígrafes, probablemente, fueron añadidos en una revisión última[2], etc.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

[2] Para estas cuestiones textuales, ver Francisco Rico, «Historia del texto», estudio preliminar en Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998, pp. CXCII-CCXLII.

El teatro de Moratín: «La comedia nueva o El café»

La comedia nueva. El sí de las niñas, de MoratínLa comedia nueva o El café (este subtítulo indica el lugar donde tiene lugar la acción), obra en prosa de Leandro Fernández de Moratín representada en 1792, es un ataque ilustrado a los dramas espectaculares y descabellados a la manera de Comella[1]: don Hermógenes (que quiere casar con doña Mariquita) elogia el disparatado drama de don Eleuterio, titulado El cerco de Viena, para sacarle dinero. Vemos, pues, que de nuevo aparece el tema de la falsedad y la hipocresía. El título hace referencia a la obra escrita por don Eleuterio, una comedia horrorosa que pretendía ser un gran espectáculo heroico (con batallas, asedios, cañonazos, cientos de soldados y caballos en escena…). Aunque la obra es algo absurdo y sin sentido, todos la alaban, en especial don Hermógenes, un hipócrita pedante que con sus elogios pretende sacar beneficio económico. El protagonista, completamente obsesionado, no se fija en nada más que no sea su comedia, a pesar de que hay otro personaje, don Pedro de Aguilar (el único que tiene un nombre normal y que es sensato), que le hace ver que lo que ha escrito es una ridiculez; se muestra sincero con él: le revela la verdad y le insiste en que es una tontería intentar representar este tipo de obras.

En el desarrollo de la acción se citan algunos pasajes de El cerco de Viena, revelándose así los vicios dramáticos y las exageraciones que Moratín quería criticar. Esas escenas «grandiosas» de El cerco de Viena, imposibles de representar, las conocemos sobre todo a través de los relatos del camarero del café, que trata con todos los personajes, y de los diálogos que se entablan entre ellos. No interesa aquí tanto el desarrollo de una intriga, sino la crítica de las comedias de gran espectáculo. La obra es pues, en buena medida, una crítica literaria de ese teatro exageradamente absurdo de las postrimerías del Barroco.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

Las historias intercaladas en el «Quijote» de 1605

También se ha debatido acerca de la función y pertinencia de las distintas historias intercaladas, que son mucho más abundantes en la I Parte que en la II[1]. Ocurre que, en 1605, Cervantes —que todavía no está del todo seguro de su arte— se guía en su relato por el principio renacentista de «variedad en la unidad» y busca un equilibrio entre los elementos quijotescos y los episódicos (lo que, por cierto, le lleva a desplazar importantes segmentos narrativos de un lugar a otro, dentro de esta I Parte). En cambio, en 1615 Cervantes es más consciente de su dominio del arte narrativo y ya no se siente esclavo de convenciones literarias de ningún tipo.

Las historias intercaladas se pueden leer por separado porque tienen carácter independiente, pero sin duda adquieren un valor añadido interpretadas en el conjunto del libro. Son una especie de segunda melodía del Quijote, sobre todo en torno al tema central del amor. Además, amplían considerablemente el mundo de los personajes, sobre todo los femeninos (Cervantes nos brinda magníficos retratos de mujeres, algunas de compleja personalidad). Por otra parte, esas historias le sirven al autor para presentar un amplio panorama de los géneros narrativos entonces al uso; Cervantes viene a mostrar, así, que es capaz de escribir obras pertenecientes a todos esos géneros, y además de un modo personal:

1) La novela pastoril está representada por la historia de Marcela y Grisóstomo y por el episodio del cabrero celoso y la pastora Leandra. Además, en muchos pasajes del Quijote se da la consideración en clave crítica de diversos aspectos de la literatura pastoril, porque el autor considera que es un modelo agotado que ya no funciona (y, de hecho, él nunca llegaría a escribir la tantas veces prometida II Parte de La Galatea).

Marcela

2) De la novella italiana tenemos un estupendo ejemplo en El curioso impertinente, historia de ambiente florentino y personajes de notable profundidad psicológica. Para algunos autores (entre ellos, Unamuno), estamos ante una novela muy poco pertinente en cuanto a la oportunidad de su introducción, ya que tiene poco que ver con el resto del relato (en su opinión, se trata, simplemente, de un texto leído dentro de la novela). Sin embargo, la novelita adquiere mayor sentido en el conjunto del Quijote, y a su vez arroja luz sobre determinados aspectos de la narración en que se inserta (interesante es, por ejemplo, la comparación de la «locura» de Anselmo con la de don Quijote).

3) La novela morisca se hace presente a través de la historia del capitán cautivo y sus amores con la mora Zoraida, que además enlaza de forma muy clara con aspectos biográficos del propio Cervantes.

4) Con la novela picaresca entronca todo lo relativo al galeote Ginés de Pasamonte, que está escribiendo su autobiografía (probablemente en alusión al soldado Jerónimo de Pasamonte, compañero de armas de Cervantes que había escrito su Vida).

En fin, no olvidemos tampoco la hipótesis apuntada en una entrada anterior acerca del Quijote como una posible novela ejemplar en su origen.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

El teatro de Moratín: «La mojigata»

La mojigata, escrita en 1791, fue representada en 1804[1]. Leandro Fernández de Moratín la compone en romance octosílabo. Posee igualmente un carácter satírico, en esta ocasión contra la falsa piedad; aunque fue tibio en materias religiosas, Moratín hijo deseaba una fe robusta a los creyentes que los librara de la hipocresía con la cual dificultaban la libre convivencia ciudadana. Esta fue, en general, la actitud de los ilustrados, tanto creyentes como impíos: reclamar una religiosidad que no fuera ni agresiva ni inculta.

La mojigata, de Moratín

El argumento puede resumirse así: dos hermanos, don Martín y don Luis, han educado de forma distinta a sus hijas: severo uno, tolerante el otro. Como resultado de ello, Inés, hija de don Luis, es sincera y natural; Clara es hipócrita y falsa, y finge que va a tomar los hábitos para cobrar una herencia. El tema principal es, nuevamente, la educación de los jóvenes. La obra ha sido comparada con Tartufo de Molière y con Marta la piadosa de Tirso de Molina.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

Elementos estructurantes del «Quijote» de 1605

Mucho se ha debatido acerca de si todo el material narrativo que forma la I Parte del Quijote tiene una disposición orgánica o no[1]. Para los estudiosos del siglo XVIII, no hay en ella un plan narrativo, y todo lo que Cervantes incluye forma un conjunto desordenado. Pero otros autores han visto que el material sí está regido por el orden: en la aventura del Caballero del Lago (I, 50), relatada por don Quijote, se describe un jardín en el que hay una fuente ornamentada con diversas piezas «puestas con orden desordenada», las cuales «hacen una variada labor, de manera que el arte, imitando a la naturaleza, parece que allí la vence» (p. 570). Se trata de un pasaje en el que los principios de la mímesis aristotélica se unen al binomio tradicional de arte y naturaleza, y se ha considerado que ese concepto de «orden desordenada» es aplicable al conjunto compositivo del Quijote.

En este sentido, el libro no sería una mera mímesis, una sarta de aventuras y escenas costumbristas puestas una detrás de otra, y por ello intercambiables, sino que hay una progresión en ellas que da lugar a una evolución de sus protagonistas, don Quijote y Sancho. Así pues, Cervantes sí tiene un plan narrativo profundo con relación a su personaje y su crecimiento narrativo, frente a lo que ocurre en la novela de caballerías, en la que el héroe es un personaje plano que se comporta de un modo típico e invariable en todas las aventuras que se suceden.

Sin duda, el principal hilo conductor de la novela es la presencia de don Quijote (de don Quijote y Sancho desde el comienzo de la segunda salida). La sucesión de sus aventuras y sus continuos diálogos forman el entramado narrativo y estructuran el relato. Sin embargo, hay otros elementos que desempeñan un destacado papel estructurante: así, la aparición frecuente del cura y el barbero, cuya misión es llevar a don Quijote a casa, además de portar una función clave para el desarrollo del tema literario; y, por otra parte, las estancias en las ventas: en una de ellas don Quijote es armado caballero por escarnio, con la anuencia y colaboración de un ventero pícaro; en la segunda salida encontramos la de Juan Palomeque el zurdo, espacio cuasi-mágico que reúne a muy diversos personajes, protagonistas tanto de la historia principal como de las secundarias, etc.

La venta de Juan Palomeque el zurdo


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

El teatro de Moratín: «El barón»

El baronEl barón, estrenada en 1803, es una adaptación en forma de comedia de una zarzuela escrita en 1787, con música de José Lidón[1]. Esta pieza de Leandro Fernández de Moratín presenta tintes satíricos, y la sátira incide nuevamente sobre los matrimonios de conveniencia. Hay un falso barón que pretende apoderarse del dinero de doña Mónica, una labradora rica de Illescas. Esta, deslumbrada por el título de nobleza, quiere emparentar con el barón casando a su hija Isabel con él. La sátira moratiniana se manifiesta en un doble plano: por un lado, contra el falso barón, que es en realidad un estafador (él, a su vez, quiere quedarse con la hacienda de la tía Mónica); pero, sobre todo, contra la madre vanidosa que da excesiva importancia al título nobiliario.

Encontramos aquí otra lección ilustrada y neoclásica, y es que cada persona debe casarse con otra de su misma condición; no se debe intentar salir por medio del matrimonio del lugar al que por nacimiento se pertenece, sino que cada uno debe reducirse al estado social que le corresponde. Se trata, por tanto, de una defensa de la estratificación social, de un ataque a la ridícula ansia de ascenso social (a través del personaje del figurón farsante). Apunta aquí también el tema clásico del menosprecio de corte y alabanza de aldea.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.