Cervantes poeta: el soneto del paje Clemente

Se trata del segundo poema del paje-poeta Clemente, inserto en La gitanilla[1], la primera de las Novelas ejemplares, que cuenta la historia amorosa que se establece entre Preciosa, supuesta gitana, y el noble caballero don Juan de Cárcamo, quien para probar su constancia vive dos años entre los gitanos bajo la identidad de Andrés Caballero. El soneto del paje, que despertará los celos del noble enamorado, desarrolla el tópico clásico de la descriptio puellae o, más bien, de la descripción de los efectos que causa la belleza de Preciosa entre quienes la contemplan: a todos los deja enamorados, todos quedan prendidos de su hermosura. En cualquier caso, la muchacha incita a un amor honesto, no lascivo (segundo cuarteto). Notemos la estructura paralelística de los versos 3-4, y la alusión de los versos 10-11: «a sus plantas tiene / amor rendidas una y otra flecha» que se refiere a las dos flechas del dios Amor (o de Cupido), una de oro y otra de plomo, que causan respectivamente amor o desdén. Además, el texto lírico inserto en la narración avisa de que la muchacha es más de lo que aparenta («y aún más grandezas de su ser sospecha», v. 14). Para Ynduráin, este soneto de La gitanilla, más que narrado, está puesto en acción[2]; es algo parecido a lo que sucede en otros sonetos de Cervantes (piénsese, por ejemplo, en el dedicado al túmulo de Felipe II con el diálogo entre el soldado y el valentón). En opinión de Valbuena Prat, se trata de un «vibrante soneto de alegre aire de danza meridional»[3].

Cuando Preciosa el panderete toca
y hiere el dulce son los aires vanos,
perlas son que derrama con las manos,
flores son que despide con la boca.

Suspensa el alma, y la cordura loca,
queda a los dulces actos sobrehumanos,
que, de limpios, de honestos y de sanos,
su fama al cielo levantado toca.

Colgadas del menor de sus cabellos
mil almas lleva, y a sus plantas tiene
amor rendidas una y otra flecha.

Ciega y alumbra con sus soles bellos,
su imperio amor por ellas le mantiene,
y aún más grandezas de su ser sospecha.

(La gitanilla, en Novelas ejemplares, ed. de Harry Sieber, Madrid, Cátedra, 1980, vol. I, p. 96)

 Gitana con pandereta


[1] Para los poemas insertos en La gitanilla, véase Monique Joly, «En torno a las antologías poéticas de La gitanilla y La ilustre fregona», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, XIII, 2, 1993, pp. 5-15. El primer poema del paje —también leído, como este soneto— era el romance a Preciosa. Vicente Gaos opina que «las composiciones insertas en las Novelas ejemplares bastarían para acreditarle [a Cervantes] de buen poeta» («Cervantes, poeta», en Cervantes. Novelista, dramaturgo, poeta, Barcelona, Planeta, 1979, p. 187).

[2] «Es una de las poesías de Cervantes que más comentarios elogiosos ha tenido; pero ahora me importa la ocasión y oportunidad con las implicaciones textuales que dispara. La verdad es que el soneto juega un papel importante en la situación, en la escena, pues todo lo que acontece, más que narrado está puesto en acción» (Francisco Ynduráin, «La poesía de Cervantes: aproximaciones», Edad de Oro, IV, 1985, p. 224).

[3] Ángel Valbuena Prat, «Cervantes, poeta», en Historia de la literatura española, tomo II, 7.ª ed., Barcelona, Gustavo Gili, 1964, p. 16. Para Andrés Amorós, este soneto de Preciosa, «una de las obras maestras de la poesía española», destaca por su «gran colorido y ritmo coreográfico» («Los poemas de El Quijote», en Manuel Criado de Val, dir., Cervantes: su obra y su mundo. Actas del I Congreso Internacional sobre Cervantes, Madrid, EDI-6, 1981, p. 710).

Cervantes poeta: el soneto de don Lorenzo

Don Quijote, que se encuentra en casa de don Diego Miranda, el Caballero del Verde Gabán, ha elogiado desmedidamente a su hijo don Lorenzo con motivo de su glosa «¡Si mi fue tornase a es…» y le pide diga «algunos versos mayores»; entonces el hijo del caballero recita «este soneto a la fábula o historia de Píramo y Tisbe»[1]. Con este texto Cervantes se acerca al ámbito mitológico, al abordar el caso de estos jóvenes enamorados que se comunicaban por una grieta de la pared que separaba sus casas (a la que se alude en el verso 4, «quiebra estrecha y prodigiosa», y más artificiosamente en el verso 6 con el sintagma «estrecho estrecho») y su final trágico (narrado en el libro IVde las Metamorfosis de Ovidio). Estructurado en su parte final con una correlación trimembre («los mata … una espada, los encubre… un sepulcro y [los] resucita … una memoria», vv. 13-14), estamos de nuevo ante un buen ejemplo de soneto manierista[2]. Como bien indica Galanes, «el mito ovidiano de Píramo y Tisbe en el soneto de don Lorenzo de Miranda (18) choca con la particularización del mito dentro del mundo social en que transcurre la historia de Basilio-Píramo, Quiteria-Tisbe y Camacho-leona (19-21)»[3].

Píramo y Tisbe

Téngase en cuenta que, en efecto, a continuación figura el episodio de las bodas de Camacho, que viene a ser una versión novelada del tema de Píramo y Tisbe en la vida real. Para Alberto Sánchez[4], el soneto es irónico: se trata de un resumen esencial de la fábula horaciana, de una «aguda síntesis de la tragedia de los dos enamorados que sólo conseguirán unir sus restos en la urna funeraria donde reposarán perdurablemente», pero con intención desmitificadora[5]. Enlaza además («Habla el silencio allí», v. 5) con el motivo del «maravilloso silencio» que reina en casa del Caballero del Verde Gabán.

El muro rompe la doncella hermosa
que de Píramo abrió el gallardo pecho;
parte el Amor de Chipre y va derecho
a ver la quiebra estrecha y prodigiosa.

Habla el silencio allí, porque no osa
la voz entrar por tan estrecho estrecho;
las almas sí, que amor suele de hecho
facilitar la más difícil cosa.

Salió el deseo de compás, y el paso
de la imprudente virgen solicita
por su gusto su muerte. Ved qué historia:

que a entrambos en un punto, ¡oh estraño caso!,
los mata, los encubre y resucita
una espada, un sepulcro, una memoria.

(Quijote, II, 18, ed. Rico, p. 779)


[1] Véase Elena Percas de Ponseti, «Glosa y soneto de don Lorenzo», en Cervantes y su concepto del arte. Estudio crítico de algunos aspectos y episodios del «Quijote», Madrid, Gredos, 1975, vol. II, pp. 375-378; y Alberto Sánchez, «Historia y poesía: el mito de Píramo y Tisbe en el Quijote», Anales cervantinos, XXXIV, 1998, pp. 9-22, especialmente pp. 15-17, apartado «El “consumado” soneto de don Lorenzo Miranda».

[2] El carácter artificioso del poema lo señala precisamente el hidalgo manchego en su juicio: «¡Bendito sea Dios —dijo don Quijote a don Lorenzo—, que entre los infinitos poetas consumidos que hay he visto un consumado poeta, como lo es vuestra merced, señor mío, que así me lo da a entender el artificio desde soneto!» (p. 78). Para Eugenio Florit, «Algunos comentarios sobre la poesía de Cervantes», Revista Hispánica Moderna, XXXIV, 1968, pp. 264-265, con este comentario Cervantes se alaba a sí mismo.

[3] Adriana Lewis Galanes, «El soneto “Vuela mi estrecha y débil esperanza”: texto, contextos y entramado intertextual», Nueva Revista de Filología Hispánica, XXXVIII, 2, 1990, p. 679, nota 9.

[4] Sánchez, «Historia y poesía: el mito de Píramo y Tisbe en el Quijote», p. 15.

[5] «La festiva paronomasia de consumido y consumado no desveló a Clemencín el verdadero alcance de la parodia estilística y juzgó el juicio de nuestro caballero como otra cándida alabanza a sus propios versos» (pp. 15-16), y destaca «la rebuscada afectación estilística del soneto de don Lorenzo como indicio posible de la intención paródica que habíamos advertido» (p. 16). Tras señalar la resonancia antitética del último verso con el de Hernando de Acuña «un monarca, un imperio y una espada», la significación simbólica, dice, queda clara en el último verso: «Solamente perdura la espada; es decir, la violencia, la muerte, la destrucción. En cuanto al mismo sepulcro, que une para siempre a los dos fieles amantes, es un traslado fiel del propio Ovidio, según hemos adelantado: una reciescit in urna (v. 166). En cuanto a la memoria de la doble inmolación, queda muy reforzada para siempre en los múltiples reflejos de la fábula de Ovidio (incluida la versión de don Lorenzo)» (p. 17). Para Percas de Ponseti, el soneto «tiene algo de aparatoso en lo de partir el Amor a Chipre a ver los estragos que ha hecho, sobre todo en función del trágico desenlace, algo así como si hubiera mezcla de tonos (burlón y serio) en su composición» (p. 377); e indica que este soneto de tonos grotescos «me parece querer ser malo». Andrés Amorós también señala el «acercamiento del mito sentimental a la realidad prosaica o a la ironía desmitificadora», a propósito de este soneto (en «Los poemas de El Quijote», en Manuel Criado de Val, dir., Cervantes: su obra y su mundo. Actas del I Congreso Internacional sobre Cervantes, Madrid, EDI-6, 1981, p. 709).

Cervantes poeta: el soneto del Caballero del Bosque

En Quijote, II, 12, don Quijote y Sancho oyen que alguien templa su laúd o vigüela y escupe para desembarazar el pecho, al modo de caballero enamorado que se dispone a cantar al son de su instrumento; porque, según declara el hidalgo manchego, «de la abundancia del corazón habla la lengua» (p. 723). El caballero canta, en efecto, con voz «que no era muy mala ni muy buena». El soneto ha sido juzgado por la crítica como texto paródico de diversos motivos amorosos del Caballero del Bosque a su supuesta dama enamorada, Casildea de Vandalia (el amante que no tiene otra voluntad que la de la amada, el silencio que conduce a la muerte, el carácter contradictorio del amor, el pecho del amante como materia sobre la que la dama puede grabar lo que quiera…). En este sentido, la mala calidad poética del soneto no habría que atribuirla a Cervantes (es mal poeta y por tanto escribe malos versos), sino al bachiller Sansón Carrasco, a quien corresponde el texto: estaríamos, por tanto, ante un ejercicio de decoro, esto es, de adecuación del texto recitado al personaje que lo ha compuesto[1]. Nótese que el verso 2 evoca vagamente el «mi alma os ha cortado a su medida» de Garcilaso (soneto V, v. 10); por lo demás, cabe señalar el quiasmo antitético del verso 10, «de blanda cera y de diamante duro».

Las leyes del amor

Este es el texto del soneto:

—Dadme, señora, un término que siga,
conforme a vuestra voluntad cortado,
que será de la mía así estimado,
que por jamás un punto dél desdiga.

Si gustáis que callando mi fatiga
muera, contadme ya por acabado;
si queréis que os la cuente en desusado
modo, haré que el mesmo amor la diga.

A prueba de contrarios estoy hecho,
de blanda cera y de diamante duro,
y a las leyes de amor el alma ajusto.

Blando cual es o fuerte, ofrezco el pecho:
entallad o imprimid lo que os dé gusto,
que de guardarlo eternamente juro.

(Quijote, II, 12, ed. Rico, p. 724)


[1] Se anota en la edición de Rico: «Los sonetos eran concebidos como composiciones para ser cantadas; este, de muy escasa calidad, como corresponde a la categoría poética del bachiller, es un centón paródico de expresiones garcilasianas. El aspecto caricaturesco se subraya con el ¡ay! que le sirve de estrambote» (p. 723, nota 33). En efecto, tras haber cantado el soneto, escribe el narrador: «Con un ¡ay! arrancado, al parecer, de lo íntimo de su corazón, dio fin a su canto el Caballero del Bosque» (p. 724). Además, la parodia iniciada en el soneto se continúa más adelante con el relato de sus amores.

Cervantes poeta: dos sonetos de Lotario

Primero de los sonetos de la historia intercalada de El curioso impertinente, compuesto por Lotario[1] (tomado, con retoques, de La casa de los celos, donde abría la tercera jornada). Lotario —que es con quien se identifica el yo lírico— se pasa el día quejándose y lamentando la ingratitud de Clori, mientras enamora a Camila, casada con Anselmo. Como se anota en la edición del Quijote coordinada por Rico, el poema —cuya cadencia marca muy bien el paso del tiempo: noche, amanecer, mediodía, noche— se apoya en Petrarca, Canzoniere, núm. CCXVI. Desde el punto de vista estilístico, cabe destacar la antítesis paralelística del verso 3 («la pobre cuenta de mis ricos males») y el verso final también bimembre: «al cielo sordo, a Clori sin oídos» (como también lo era el undécimo, «el llanto crece y doblo los gemidos»), donde resulta patente que no hay variación en la situación del amante, para quien solo queda el sufrimiento.

En el silencio de la noche, cuando
ocupa el dulce sueño a los mortales,
la pobre cuenta de mis ricos males
estoy al cielo y a mi Clori dando.

Y al tiempo cuando el sol se va mostrando
por las rosadas puertas orientales,
con suspiros y acentos desiguales
voy la antigua querella renovando.

Y cuando el sol, de su estrellado asiento
derechos rayos a la tierra envía,
el llanto crece y doblo los gemidos.

Vuelve la noche, y vuelvo al triste cuento
y siempre hallo, en mi mortal porfía,
al cielo sordo, a Clori sin oídos.

(Quijote, I, 34, ed. Rico, p. 399)

Segundo soneto de Lotario, que forma serie con el anterior e insiste en el tópico de la «amada enemiga». Camila, sabiendo que ella es la Clori aludida en el texto anterior, le pide que recite más poemas, si sabe algún otro, y Lotario indica: «Sí sé […], pero no creo que es tan bueno como el primero, o, por mejor decir, menos malo» (Quijote, I, 34, ed. Rico, p. 400). Tras ser recitado, anota el narrador: «También alabó este segundo soneto Anselmo como había hecho el primero añadiendo eslabón a eslabón a la cadena con que se enlazaba y trababa su deshonra» (p. 401). Ahora el yo lírico anuncia su muerte desde el primer verso y se sigue quejando de su «bella ingrata» (v. 3), aunque insiste en que no se arrepiente de adorarla. El segundo cuarteto retoma el motivo neoplatónico del rostro dibujado (aquí, esculpido) en el pecho del amante. El segundo terceto desarrolla la imagen de la navegación peligrosa, sin esperanza de llegar a seguro puerto[2].

Navegación peligrosa

Como se anota en la edición de Rico, los versos 1 y 8 son ecos de Garcilaso, sonetos I, verso 7, «sé que me acabo, y más he yo sentido», y V, verso 1, «Escrito‘stá en mi alma vuestro gesto». Añadiré que el verso 5, «Podré yo verme en la región de olvido», es otro eco garcilasista que evoca el verso 14 del soneto XXXVIII, «por la oscura región de vuestro olvido».

Yo sé que muero, y si no soy creído,
es más cierto el morir, como es más cierto
verme a tus pies, ¡oh bella ingrata!, muerto,
antes que de adorarte arrepentido.

Podré yo verme en la región de olvido,
de vida y gloria y de favor desierto,
y allí verse podrá en mi pecho abierto
como tu hermoso rostro está esculpido.

Que esta reliquia guardo para el duro
trance que me amenaza mi porfía,
que en tu mismo rigor se fortalece.

¡Ay de aquel que navega, el cielo escuro,
por mar no usado y peligrosa vía,
adonde norte o puerto no se ofrece!

(Quijote, I, 34, ed. Rico, p. 400)


[1] Lotario ha dicho a Anselmo que corteja a una tal Clori, y Anselmo pide a su amigo les recite alguna composición dedicada a esa Clori; Lotario explica que «cuando algún amante loa a su dama de hermosa y la nota de cruel, ningún oprobrio hace a su buen crédito; pero, sea lo que fuere, lo que sé decir, que ayer hice un soneto a la ingratitud desta Clori, que dice ansí» (Quijote, ed. Rico, p. 399). Y luego se añade: «Bien le pareció el soneto a Camila, pero mejor a Anselmo, pues le alabó y dijo que era demasiadamente cruel la dama que a tan claras verdades no correspondía» (p. 400). Para los dos sonetos de Lotario véase Pedro Ruiz Pérez, «Contexto crítico de la poesía de Cervantes», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, XVII, 1, 1997, pp. 73-75. Para Francisco Ynduráin, «La poesía de Cervantes: aproximaciones», Edad de Oro, IV, 1985, p. 224, se da así un juego de elegancia espiritual entre prosa y verso: «en el texto narrativo, los dos sonetos refuerzan y dan relevancia a las pasiones celadas, de que el lector tiene la clave». Andrés Amorós, «Los poemas de El Quijote», en Manuel Criado de Val (dir.), Cervantes: su obra y su mundo. Actas del I Congreso Internacional sobre Cervantes, Madrid, EDI-6, 1981, p. 710, al clasificar los poemas del Quijote, incluye estos dos sonetos en el apartado de «poesía de meditación».

[2] La misma imagen de la navegación se reitera en otros sonetos cervantinos. El sintagma «no usado» se repite en el soneto del enamorado portugués del Persiles que comienza «Mar sesgo, viento largo, estrella clara, / camino, aunque no usado, alegre y cierto».

«Cervantes no escribió el “Quijote”»

Tan radical, atrevida y peregrina afirmación no es, por supuesto, mía, ni se trata tampoco de una de las bromas propias de un 28 de diciembre, Día de los Inocentes, a la que haya querido dar entrada hoy en el blog. La afirmación es del Prof. Francisco Calero Calero (UNED) y fue enunciada en una conferencia que tuvo lugar el pasado viernes 21 de diciembre en la Universidad de Navarra, en el marco de una reunión del Grupo de Estudios Medievales y Renacentistas (GEMYR), dirigido por Javier Vergara Ciordia (UNED). Su argumento es en esencia que, dado que en el Quijote hay un conocimiento «en grado máximo» de las disciplinas universitarias, de varios saberes humanísticos (retórica, traducción, etc.) y, en general, de muchos otros conocimientos científicos (medicina, astronomía…), la novela no pudo ser escrita por alguien que no hubiese pasado por la Universidad; Cervantes no pasó por la Universidad, ergo Cervantes no es el autor del Quijote.

Cervantes

Por si algún curioso y desocupado lector estuviere interesado en ver con más detalle los argumentos del Prof. Calero, puede consultar su trabajo «Las disciplinas universitarias en el Quijote o “siendo de toda imposibilidad imposible”», publicado en Historia de la Educación. Revista interuniversitaria, 31, 2012, pp. 31-51 (confieso paladinamente que yo no lo he leído; con la conferencia ya tuve bastante…). Es más, a una pregunta mía, el Prof. Calero respondió que tampoco son de Cervantes ni las Novelas ejemplares, ni el Persiles, ni sus obras de teatro. El Prof. Calero prometió seguir investigando para proponer, en el plazo de un año, la posible identidad del autor del Quijote. Habrá que estar atentos, entonces, porque quizá haya que cambiar el nombre a la Asociación de Cervantistas y, de paso, tirar por la borda varios siglos de Cervantismo.

Interrogación

Y si hasta ahora teníamos el enigma de Avellaneda, es decir, el problema de no saber a ciencia cierta quién fue el enemigo de Cervantes que se le adelantó con la segunda parte apócrifa del Quijote, ahora se le vendría a sumar este otro enigma mayor de saber quién escribió el Quijote, pues resulta «de toda imposibilidad imposible» —según, claro, el Prof. Calero— que fuese Cervantes. Insisto en que no es inocentada y reitero que la idea se expuso públicamente el pasado 21 de diciembre en un ámbito académico: el Aula 30, ¡ay!, del Edificio Central de la Universidad de Navarra, el mismo espacio donde una semana atrás nos reuníamos 40 cervantistas de todo el mundo para hablar de las recreaciones cervantinas

La Navidad en las letras españolas: siglos XVI y XVII

A caballo de los siglos XVI y XVII se sitúa la figura de Francisco de Ocaña (1570-1630), autor de un Cancionero para cantar la noche de Pascua (1603). En «Camino de Belén»[1] pone estas palabras en boca de San José:

Caminad, Esposa,
Virgen singular,
que los gallos cantan,
cerca está el lugar.

Caminad, Señora,
bien de todo bien,
que antes de una hora
somos en Belén;
y allá muy bien
podréis reposar,
que los gallos cantan,
cerca está el lugar.

Yo, Señora, siento
que vais fatigada[2]
y paso tormento
por veros cansada;
presto habrá posada
do podréis holgar,
que los gallos cantan,
cerca está el lugar.

Señora, en Belén
ya presto seremos;
que allí habrá bien
do nos alberguemos;
parientes tenemos
con quien[3] descansar,
que los gallos cantan,
cerca está el lugar.

¡Ay, Señora mía!,
si librada os viese,
de albricias daría
cuanto yo tuviese.
Este asno que fuese[4]
holgaría dar;
que los gallos cantan,
cerca está el lugar.

Según vemos, el yo lírico enunciador del poema es San José y la composición se centra en la marcha de Nazaret a Belén de la Sagrada Familia, y concretamente en el desamparo y cansancio de la Virgen María, a la que su esposo trata de consolar con la esperanza de llegar a un refugio que se adivina ya cercano.

Nacimiento de Cristo

Y Juan Díaz Rengifo tiene otro poema dedicado «Al Niño Jesús», que dice así:

Soles claros son
tus ojuelos bellos,
oro los cabellos,
fuego el corazón.

Rayos celestiales
echan tus mejillas,
son tus lagrimillas
perlas orientales,
tus labios corales,
tu llanto es canción,
oro los cabellos,
fuego el corazón.

Niño divino,
Niño adorado,
mi bien amado,
mi buen Pastor,
estos pastorcitos
que tanto te aman
humildes te aclaman,
escucha su voz.

En el pesebre
sobre unas pajas,
con pobres fajas
veo a mi amor;
llora y tirita,
mas no de frío,
del hombre impío
siente el rigor.

Mortal que lloras
los grandes daños
que tantos años
tu culpa da,
con gran anhelo
busca gozoso
al Niño hermoso
nacido ya.

Niño divino,
ven a mi pecho,
que dulce lecho
te quiero dar,
y si en las pajas
lloras de frío,
arrullo mío
te hará callar.

Como podemos apreciar, la primera parte se detiene en la descripción física del Niño, mientras que la segunda insiste en el llanto del recién nacido, que llora, pero no de frío, sino al ver el rigor del hombre y su maldad.

Por su parte, José de Valdivielso dedicó un romancillo al «Día de la Epifanía, descubierto el Santísimo Sacramento», con el hermoso estribillo:

Atabales tocan
en Belén, pastor;
trompeticas suenan,
alégrame el son.

Podríamos recordar asimismo un romance de Bartolomé Leonardo de Argensola, «En la fiesta del Nacimiento de Cristo», que repite estos versos:

Vos, gloriosa Madre,
que le dais el pecho,
recogednos las perlas
que vierte gimiendo;
que por ser de sus ojos,
no tienen precio.

El poema se centra también en el llanto que derrama el Niño-Dios al nacer, indicando que esas lágrimas serán «general remedio» para el hombre, al que devuelve al estado de gracia anterior al pecado original.

Asimismo se pueden traer a colación otros versos, no menos famosos que los de Lope que veíamos el otro día, que Luis de Góngora dedicó igualmente «Al nacimiento de Cristo Nuestro Señor», y que glosan el estribillo:

Caído se le ha un Clavel
hoy a la Aurora del seno:
¡qué glorioso que está el heno
porque ha caído sobre él!

Donde la Aurora es, claro está, la Virgen María, y el Clavel —con mayúscula— que ha caído sobre el heno es el Niño Jesús.


[1] Ver Torcuato Luca de Tena, La mejor poesía cristiana, Barcelona, Martínez Roca, 1999, p. 131.

[2] siento / que vais fatigada: lamento que vayáis fatigada.

[3] quien: quienes.

[4] Este asno que fuese: aunque fuese este asno, incluso este asno.

Cervantes poeta: soneto de Cardenio

Es uno de los dos sonetos de la pieza dramática La casa de los celos retocados en la primera parte del Quijote (capítulos 23 y 34[1]). Don Quijote lo encuentra al inspeccionar el librillo de memoria de Cardenio y lo lee en voz alta para que lo oiga también Sancho Panza (quien confunde burlescamente Fili, nombre poético de raigambre tradicional, con la palabra hilo): «Por esa trova —dijo Sancho— no se puede saber nada, si ya no es por ese hilo que está ahí se saque el ovillo de todo». Y don Quijote le aclara: «No dije sino Fili —respondió don Quijote—, y este sin duda es el nombre de la dama de quien se queja el autor deste soneto; y a fe que debe de ser razonable poeta, o yo sé poco del arte» (ed. Rico, p. 253). Amorós lo califica de «soneto conceptuoso, logrado»[2].

Cupido

El dios Amor es cruel —viene a decirnos—; el amante siente un profundo dolor, pero a pesar de todo lo estima; la voz lírica, además de quejarse aquí de la ingratitud de su amada Fili, anuncia su próxima muerte de amor en el verso 12: «Presto habré de morir».

O le falta al Amor conocimiento
o le sobra crueldad, o no es mi pena
igual a la ocasión que me condena
al género más duro de tormento.

Pero, si Amor es dios, es argumento
que nada ignora, y es razón muy buena
que un dios no sea cruel. Pues ¿quién ordena
el terrible dolor que adoro y siento?

Si digo que sois vos, Fili, no acierto,
que tanto mal en tanto bien no cabe
ni me viene del cielo esta ruina.

Presto habré de morir, que es lo más cierto:
que al mal de quien la causa no se sabe
milagro es acertar la medicina.

(Quijote, I, 23, ed. Rico, p. 252)


[1] Andrés Amorós, «Los poemas de El Quijote», en Manuel Criado de Val (dir.), Cervantes: su obra y su mundo. Actas del I Congreso Internacional sobre Cervantes, Madrid, EDI-6, 1981, p. 798 destacó la «innegable importancia [de los poemas] dentro del conjunto del libro». Para las funciones de la poesía en el Quijote, véase también Gaspar Garrote Bernal, «Intertextualidad poética y funciones de la poesía en el Quijote», Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, 14, 1996, pp. 113-127; Antonio Guerrero, Motivos del «Quijote»: sonetos, 2.ª ed., Buenos Aires, Librería y Editorial El Ateneo, 1947; y Mercedes Alcalá Galán, «Teoría de la poesía en Cervantes: poesía citada en la novela», Caliope, V, 2, 1999, pp. 27-43.

[2] Amorós, «Los poemas de El Quijote», p. 713.

La Navidad en las letras españolas: Lope de Vega

(Hoy es Navidad, y la Princesa, los dos Guerreros y el Guardián de la Ínsula Barañaria también quieren desear unas muy felices Fiestas a todos los insulanos, es decir, a todos los que visitan este blog regular o esporádicamente…)

En la época áurea, es imposible olvidarse del Fénix de los ingenios españoles, el inmortal Lope de Vega, autor que nos dejó numerosos villancicos y coplas navideñas de subida belleza. Ciertamente, solo con poemas de Lope se podría compilar una magnífica antología de poesía de Navidad. Cabe destacar, por ejemplo, su poema titulado «El sol vencido», un romance endecha que refiere los celos que de María tiene el astro sol «porque vio en sus brazos / otro Sol mayor». Muy hermoso es «Campanitas de Belén», que comienza así:

Campanitas de Belén,
tocad al Alba que sale
vertiendo divino aljófar
sobre el Sol que della nace,
que los ángeles tocan,
tocan y tañen,
que es Dios hombre el Sol
y el Alba su madre:
din, din, din, que vino en fin,
don, don, don, San Salvador,
dan, dan, dan, que hoy nos le dan,
tocan y tañen a gloria en el cielo
y en la tierra tocan a paz.

Lo reproduzco entero en otra entrada del blog. Otro romance, «El evangelio de san Juan», parafrasea en verso ese célebre pasaje evangélico en que se nos anuncia que «El Verbo carne se hizo». Otro «Al Nacimiento» evoca a los pastores guardando el ganado y el aviso angelical:

¡Gloria a Dios en las alturas,
paz en la tierra a los hombres,
Dios ha nacido en Belén
en esta dichosa noche!

Los pastores se acercan al portal con palmas y laureles y el Niño sonríe; y la composición se remata con una petición al alma para que ella también ofrezca a Jesús sus dones. Y todavía podríamos seguir citando versos del gran Lope. Así, su villancico «Al Nacimiento del Hijo de Dios», que lleva por estribillo[1]:

Norabuena vengáis al mundo,
Niño de perlas,
que sin vuestra vista
no hay hora buena.

Pero, quizá, los más famosos versos navideños del Fénix sean aquellos tantas veces antologados:

Las pajas del pesebre,
niño de Belén,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Lloráis entre las pajas
de frío que tenéis,
hermoso Niño mío,
y de calor también.

Dormid, Cordero santo,
mi vida, no lloréis,
que si os escucha el lobo,
vendrá por vos, mi bien.

Dormid entre las pajas,
que aunque frías las veis,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Las que para abrigaros
tan blandas hoy se ven
serán mañana espinas
en corona cruel.

Mas no quiero deciros,
aunque vos lo sabéis,
palabras de pesar
en días de placer.

Que aunque tan grandes deudas
en paja cobréis,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Dejad el tierno llanto,
divino Emanuel,
que perlas entre pajas
se pierden sin por qué.

No piense vuestra madre
que ya Jerusalén
previene sus dolores
y llore con José.

Que aunque pajas no sean
corona para Rey,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Niño Jesús en el pesebre

Hermosos versos en los que, además de cantarse la alegría por el nacimiento («flores y rosas»), se anticipa el dolor («hiel») de la Pasión.


[1] Y otros poemas repiten distintos estribillos: «con unos ojuelos mira / que penetra el corazón»; «Quedito, que duerme ahí», etc.

Cervantes poeta: sonetos de Gelasia y Elicio

Va el comentario de los dos últimos sonetos que selecciono de La Galatea. Es el primero, el famoso de Gelasia, un buen soneto, de gran tensión poética, construido con una serie de interrogaciones retóricas y un hermosísimo verso final con el que la pastora pondera su entera libertad para amar o no amar[1]. Gelasia protesta contra el «falso amor» (v. 11) y añade una enumeración de sus perniciosos efectos. Para Vicente Gaos, es una de las más logradas composiciones líricas cervantinas y una de las más bellas poesías españolas, injustamente no incluida en las antologías. Pedro Ruiz Pérez ha señalado el contraste bitemático que establece la estructura polar manierista y el rotundo terceto final con la aparición del yo lírico, que rompe la trabada estructura paralelística[2]. Por mi parte, no dejo de preguntarme si la repetición del adjetivo frescas en el segundo verso es voluntaria, con función estilística, o tal vez un error en la transmisión textual (en mi opinión, el verso sonaría mejor evitando esa repetición, con adjetivos distintos aplicados a cada sustantivo: podría ser algo así como «las frescas yerbas y las claras fuentes»).

¿Quién dejará del verde prado umbroso
las frescas yerbas y las frescas fuentes?
¿Quién de seguir con pasos diligentes
la suelta liebre o jabalí cerdoso?

¿Quién, con el son amigo y sonoroso,
no detendrá las aves inocentes?
¿Quién, en las horas de la siesta ardientes,
no buscará en las selvas el reposo,

por seguir los incendios, los temores,
los celos, iras, rabias, muertes, penas,
del falso amor, que tanto aflige al mundo?

Del campo son y han sido mis amores;
rosas son y jazmines mis cadenas;
libre nascí, y en libertad me fundo.

(La Galatea, Libro VI, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 137b)

 Rosas y cadenas

En el soneto de Elicio, el yo lírico, que se encuentra en una situación de peligro en alta mar, amenazado por la tormenta, hace un voto: si sale con vida, dirá que el Amor es un gran bien y que pueden darse por buenos todos sus padecimientos; en el ejercicio amoroso no hay un justo medio, sino que todo es extremo. El soneto se construye con algunos versos paralelísticos, destacando además el quiasmo que articula los versos 10-11.

Si deste herviente mar y golfo insano,
donde tanto amenaza la tormenta,
libro la vida de tan dura afrenta
y toco el suelo venturoso y sano,

al aire alzadas una y otra mano,
con alma humilde y voluntad contenta,
haré que amor conozca, el cielo sienta,
qu’el bien les agradezco soberano.

Llamaré venturosos mis sospiros,
mis lágrimas tendré por agradables
por refrigerio el fuego en que me quemo.

Diré que son de Amor los recios tiros
dulces al alma, al cuerpo saludables,
y que en su bien no hay medio, sino estremo.

(La Galatea, Libro VI, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 141a)


[1] Se trata de un personaje claramente emparentado con la Marcela del Quijote y su discurso sobre la libertad (compárese el verso 14 con las palabras de aquella otra pastora en I, 14: «Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos», ed. Rico, p. 154). Para ambas mujeres la libertad es la piedra fundamental de su sicología y su ética: «“Libre nací y en libertad me fundo”, canta Gelasia en La Galatea. Y esa libertad irrenunciable se refleja necesariamente en el desembarazo del estilo, en la desnudez de afeites retóricos y literarios —“rosas son y jazmines mis cadenas”, acaba de cantar Gelasia—, en la variabilidad y aparente anarquía del humor, en la falta de prejuicio técnico. Por ese sentimiento hondísimo de libertad, Cervantes creó la novela como género y la mayor novela como ejemplo. Pudo hacer otro tanto con la poesía, si para ello le hubiera asistido la gracia que no quiso darle el cielo. Al menos, él no se paró en barras y se comportó en verso con el mismo desparpajo y el mismo arrojarse por la calle de en medio de su inventora prosa» (Gerardo Diego, «Cervantes y la poesía», Revista de Filología Española, XXXII, 1948, pp. 219-220). Eugenio Florit, «Algunos comentarios sobre la poesía de Cervantes», Revista Hispánica Moderna, XXXIV, 1968, p. 271 lo juzga así: «Soneto que es una bellísima contribución a la poesía de la vida retirada».

[2] «Y frente a la tensión de ese primer terceto, la sencillez formal de los tres últimos versos, “uno de los mejores tercetos de toda la poesía española”, en opinión de Blecua. En ellos, postergada según el esquema característico del soneto manierista, Cervantes concentra, con una capacidad de economía expresiva reservada únicamente al gran poeta, una apretada síntesis de elementos renacentistas, articulados en torno a una formulación del “Beatus ille” horaciano adecuada a la configuración ofrecida por el contexto de las convenciones de la novela pastoril en que se enmarca» (Pedro Ruiz Pérez, «El manierismo en la poesía de Cervantes», Edad de Oro, IV, 1985, p. 176).

Cervantes poeta: sonetos de Erastro y Timbrio

Sigo comentando sonetos insertos en la prosa de La Galatea. En el primero de ellos, el yo lírico, cuya voz corresponde a Erastro, pondera su voluntad de seguir amando, su constancia amorosa, pese a las dificultades que encuentra: caminos ásperos, noche cerrada, oscura y fría, falta de fuerzas, cercanía de la muerte. A pesar de todo, tiene fe para seguir firme su difícil camino, calificado como «estrecha vía» (v. 6). El primer terceto introduce una alegoría muy grata a Cervantes, la de la vida (en particular la vida amorosa) como navegación: en medio de los peligros del mar, y puesto casi al borde de la muerte («morir me veo», v. 5), el yo lírico espera llegar a un puerto seguro de salvación, siendo su fe amorosa la luz que le guía, a modo de faro, en la oscuridad.

Por ásperos caminos voy siguiendo
el fin dudoso de mi fantasía,
siempre en cerrada noche escura y fría
las fuerzas de la vida consumiendo.

Y, aunque morir me veo, no pretendo
salir un paso de la estrecha vía;
que en fe de la alta fe sin igual mía,
mayores miedos contrastar entiendo.

Mi fe es la luz que me señala el puerto
seguro a mi tormenta, y sola es ella
quien promete buen fin a mi viaje,

por más que el medio se me muestre incierto,
por más que el claro rayo de mi estrella
me encubra amor, y el cielo más me ultraje.

(La Galatea, Libro V, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 108a)

En el segundo soneto de hoy, es Timbrio quien pondera su constancia amorosa, su esperanza bien fundada, su firmeza en el amor: su sentimiento, afirma, no sufrirá ningún cambio, y antes se acabará su vida que su confianza. La piedra de toque para el pecho enamorado es el tormento, y él sigue constante pese a todos los peligros, simbolizados aquí en los monstruos marítimos Scila y Caribdis.

Scila y Caribdis

Encontramos, pues, de nuevo la consideración del amor como una peligrosa navegación, en medio de la tormenta, de la que solo se salvan los que tienen la constancia y la fe de llegar a seguro puerto. Cabe destacar además el hermoso remate del soneto, con dos bellos versos bimembres y la paronomasia de mar / amor.

Tan bien fundada tengo la esperanza,
que, aunque más sople riguroso viento,
no podrá desdecir de su cimiento:
tal fe, tal fuerza y tal valor alcanza.

Tan lejos voy de consentir mudanza
en mi firme amoroso pensamiento,
cuan cerca de acabar en mi tormento
antes la vida que la confianza.

Que si al contraste del amor vacila
el pecho enamorado, no meresce
del mesmo amor la dulce paz tranquila.

Por esto el mío, que su fe engrandece,
rabie Caribdis o amenace Cila,
al mar se arroja y al amor se ofresce.

(La Galatea, Libro V, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 109a-b)